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Homenaje
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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Ser o no ser
Por
Karim Tabet
Publicado

“Ser o no ser”. En este célebre monólogo, Shakespeare simboliza la vida con su carga de dolores, injusticias y sufrimientos que hemos padecido durante décadas, pero también encarna la muerte y el suicidio como una salida. Si un grupúsculo fanático ha decidido tomar ese camino en nombre de una causa oscurantista, la mayoría de los libaneses lo rechaza abiertamente. El fin anunciado de una tiranía Las señales no engañan. La historia lo demuestra una y otra vez. Cuando una dictadura como la de los mulás y los Guardianes de la Revolución se encuentra contra la pared, cuando el peligro acecha y las quimeras y megalomanías de las que se alimentó durante años para sobrevivir se estrellan contra la dura realidad, cuando ese castillo de naipes que levantó durante décadas a cualquier precio se derrumba, despreciando toda consideración moral y ética hacia una población que cree mantener bajo su yugo, cuando la desesperación se impone y todos los indicadores se tiñen de rojo, entonces el fanatismo ciego, la histeria furiosa y la locura kamikaze sustituyen a la razón. Parafraseando a Georges Clemenceau: “Las dictaduras son como el suplicio del empalamiento: empiezan bien, pero terminan mal”. La rana iraní que quiso hacerse tan grande como el buey terminó implosionando. Pero siempre a un precio exorbitante para las poblaciones sometidas a su dominio. Lo mismo ocurre con su agente en el Líbano, Hezbolá. ¿La montaña parió un ratón? “Pudieron elegir entre la guerra y el deshonor. Eligieron el deshonor y tendrán la guerra”. A mi juicio, esta crítica amarga y premonitoria de Churchill a Chamberlain ilustra simbólicamente la política del gobierno frente a Hezbolá. Tras semanas de relativa calma, los cohetes lanzados a Israel por Hezbolá el 1 de marzo no solo fueron una sonora bofetada y una afrenta al Estado. Sino, sobre todo, una prueba evidente de que la lealtad de esta milicia hacia el Líbano es inexistente. Sin valor militar, no son más que gestos inútiles, una huida hacia adelante, un acto irresponsable y suicida. Paranoia, delirio, megalomanía y fanatismo ciego son los hilos conductores. Pero el precio pagado por el pueblo libanés, y en particular por la comunidad chiita que la milicia dice representar, es enorme. Se trata no solo de enormes daños materiales, dolorosas pérdidas humanas, empobrecimiento general, desplazamientos de población y una humillación sin límites. Están en juego, sobre todo, el destino y el futuro de todo un país, empujado al abismo por la aberración mortífera de una organización totalitaria, doctrinaria, exaltada y completamente subordinada a la República Islámica de Irán. La decisión del 2 de marzo de 2026 de catalogar a la rama militar del partido como organización ilegal llegó, lamentablemente, demasiado tarde. El hierro debía haberse golpeado hace quince meses, cuando aún estaba caliente. Haber perdido ese momento resultó fatal y benefició a la milicia, que aprovechó el laxismo y la falta de firmeza oficial para continuar, ante la vista de todos, con su labor de subversión y desestabilización. El pulso de fuerza en la Gruta de las Palomas ya anunciaba problemas. En lugar de oponerse con firmeza y prohibirlo, en lugar de ponerle un freno, las autoridades prefirieron agachar la cabeza y esperar a que pasara la tormenta. Y el 2 de marzo volvió a repetirse la escena con otro ataque en dirección a Israel. Un nuevo desafío a la decisión gubernamental. Querer suavizar demasiado las tensiones termina por hacer perder oportunidades. La historia demuestra que llega un momento, inevitable y decisivo, en el que golpear la mesa y actuar con firmeza cuando está en juego el interés superior del Estado se vuelve necesario y crucial, independientemente del precio que haya que pagar. Pese a los intentos del presidente Joseph Aoun de hacer entrar en razón a la milicia, la misma que había firmado el acuerdo de alto el fuego y su desarme en todo el territorio libanés, cualquier ciudadano tiene el derecho legítimo de pensar que Aoun fue engañado y, con él, todos nosotros. Las amenazas de guerra civil, de fractura en el ejército, de invasión siria y otros escenarios apocalípticos repetidos a diario por la propaganda de Hezbolá no son más que cortinas de humo, simples espantapájaros destinados a sembrar miedo y confusión. “Los tiranos solo son grandes porque estamos de rodillas”, escribió Alexis de Tocqueville. ¿Un eterno recomienzo? Zeus condenó a Sísifo a empujar eternamente una roca hasta la cima de una colina, solo para verla rodar cuesta abajo cada vez que alcanzaba la cumbre. Sísifo conoce la magnitud de su miserable condición y piensa en ella durante el descenso. Pero aun así elige la vida, no cede al desánimo y continúa empujando su roca, desafiando a los dioses. Este mito trágico me recuerda a nuestro país exhausto, atrapado en el ojo del huracán, en un torbellino del que le resultará muy difícil salir. Pero no tiene otra opción que combatir el mal y derrotarlo. El tiempo, sin embargo, apremia. La urgencia está a nuestras puertas. Las palabras y las buenas intenciones oficiales ya no bastan. Hasta ahora se han mostrado estériles, ineficaces y contraproducentes. Tergiversaciones, vacilaciones y lenguaje vacío ya no tienen cabida ni pueden seguir tolerándose. Mientras las autoridades no ejecuten de inmediato la decisión oficial de imponer de una vez por todas la ley en todo el territorio, mientras no tengan la audacia, la determinación y el coraje de poner en cintura a Hezbolá y desarmarlo sin contemplaciones. Sin pedirle permiso, el Líbano seguirá a merced de irresponsables, matones y criminales. Y el país no gozará de ninguna credibilidad ni simpatía en el plano internacional, algo que, por cierto, solo beneficia a Israel, que esperaba un error para continuar con toda tranquilidad su labor de desgaste, una estrategia que seguirá aplicando hasta nuevo aviso.

El túnel y la tienda
Por
Akram Nehmé
Publicado

Tienen misiles de precisión, pero no mantas para los niños. No es un descuido ni un error de organización; es una elección. El cemento no se utilizó para construir refugios que protegieran a las familias; se usó para cavar túneles que protegieran los cohetes. En esa lógica, una ojiva tiene valor estratégico, mientras que un civil es considerado reemplazable. Basta con producir otros. La demografía se convierte así en una forma de arsenal. El sufrimiento de esos civiles tampoco representa un fracaso para quienes dirigen este sistema. Por el contrario, se convierte en una herramienta. Una madre que llora en una escuela, frente a las cámaras de todo el mundo, deja un mensaje poderoso que se difunde por sí solo: miren lo que nos hacen. Lo que a menudo se olvida de decir es que el enemigo no destruyó los refugios. Simplemente nunca existieron. Para evitar que la gente haga demasiadas preguntas, la miseria terminó convirtiéndose en doctrina. Se explica que sufrir es una forma de resistencia, que la pobreza es una prueba de dignidad y que vivir en la privación es casi una medalla de honor. En este sistema, quien se atreve a quejarse se vuelve sospechoso, como si traicionara la memoria de los mártires. Mientras tanto, los dirigentes conducen la causa desde búnkeres con aire acondicionado y oficinas protegidas. Mientras los militantes comunes a veces duermen sobre el asfalto y son declarados gloriosos. Los discursos no cuestan nada; los colchones, en cambio, sí. Durante décadas se hizo todo lo posible para que el Estado libanés siguiera siendo demasiado débil, demasiado dividido y demasiado corrupto como para ofrecer una verdadera alternativa a la población. El resultado es simple: la gente permanece donde está, no por amor al sistema, sino porque siente que no hay otra salida. El verdadero genio de este sistema no reside ni en los misiles ni en las redes financieras paralelas. Su genio consiste en transformar a poblaciones enteras en rehenes que terminan agradeciendo a quienes las mantienen prisioneras, simplemente porque ya no tienen fuerzas para imaginar otra cosa. Los túneles protegen las armas. Las tiendas, en cambio, sirven para mostrar el sufrimiento. Y para quienes no se convencen con la miseria, siempre queda la gran promesa del paraíso. Es, en cierto modo, el salario diferido del pobre. En este mundo no siempre hay jubilación, no siempre hay atención médica, no siempre hay una escuela digna para los niños, pero se promete una recompensa perfecta después de la muerte, con condiciones generales que nadie ha podido leer jamás. El contrato es ideal para quienes lo ofrecen, porque el beneficiario nunca vuelve a pedir cuentas. En este sistema, morir se convierte casi en un ascenso, y enviar a otros a morir puede presentarse como un acto de generosidad. Es una forma de contabilidad del martirio en la que la mano de obra se paga a sí misma con su fe. No hay cargas sociales, no hay sindicatos, no hay huelgas. Solo hay madres que lloran y carteles en las paredes. Esos carteles son esenciales porque el mártir no desaparece realmente. Se convierte en una imagen. En el cartel, antes de su nombre, se escribe “El mártir feliz”; después se añade: “En el camino de Jerusalén”. Pero el cartel nunca dice lo que dejó atrás. No muestra a la familia sin padre, a los hijos que crecen sin él, ni el enorme vacío que se crea en una casa cuando alguien ya no regresa. Ese vacío simplemente es sustituido por el próximo voluntario. Entonces termina surgiendo una pregunta simple: ¿quién decidió que es feliz? El muerto no habla y eso es precisamente lo que hace que el sistema sea tan eficaz. Se le puede hacer decir lo que se quiera. Se puede afirmar que está colmado, que es feliz en el paraíso y que nadie podrá comprobarlo jamás. Decirle a una madre que su hijo es feliz equivale casi a prohibirle llorar. Su dolor se vuelve sospechoso, como si fuera una forma de ingratitud. Entonces muchas madres guardan silencio. Miran los carteles en las paredes y callan. Pero en lo más profundo de ellas, una pregunta sigue persiguiéndolas: si su hijo es realmente feliz, ¿por qué el dolor es tan grande? Mientras tanto, se sigue prometiendo la victoria divina. Siempre está cerca, siempre es inminente, pero parece alejarse cada vez que se cree que está a punto de alcanzarla. Se anuncia para pronto, para dentro de diez años, para la próxima generación o para la próxima guerra. Y mientras esa promesa se desplaza en el tiempo, los arquitectos de esa victoria viven bastante bien. Tienen guardaespaldas, villas protegidas y hijos que estudian en Europa. Hablan de sacrificio desde tribunas blindadas y lloran a los mártires con gran elocuencia, pero casi nunca se convierten ellos mismos en mártires. Esta coincidencia se repite desde hace décadas y, con el tiempo, termina pareciendo menos una coincidencia que un sistema bien organizado. En ese sistema, los túneles se excavan cada vez más profundos para proteger las armas, mientras que en la superficie las tiendas esperan el viento, la lluvia y las cámaras de todo el mundo. Y el sistema sigue girando. Gira desde hace décadas porque los muertos nunca regresan para contar su versión de la historia y porque los vivos están cansados. Cansados de luchar, de perder, de esperar. Entonces terminan votando por quienes los mantienen en esta maquinaria. Rara vez votan por convicción y casi nunca por amor. A menudo votan por miedo, por falta de alternativas y, sobre todo, por cansancio. Y a veces también por un cierto cinismo muy humano que consiste en pensar que, si uno debe seguir siendo prisionero, al menos que su carcelero gane. El sistema conoce muy bien ese cansancio y se alimenta de él. Y seguirá funcionando mientras nadie se atreva a plantear la pregunta más simple, esa que todos evitan por costumbre, por miedo o por cortesía. ¿Quién decidió que es feliz? Y sobre todo, después de todos estos años, ¿cuántos de esos mártires han llegado realmente a Jerusalén?

Lectura sociológica de la transformación de la sociedad chiita

La compleja relación entre una parte de la sociedad chiita libanesa y Hezbolá no puede comprenderse únicamente mediante el análisis político convencional. Va más allá de los cálculos estratégicos y de los intereses inmediatos para adentrarse en un espacio más profundo: el de las arquitecturas culturales y simbólicas que moldean la conciencia de las comunidades y orientan sus comportamientos. Aquí se vuelve necesario recurrir a las herramientas de la sociología y la antropología, en particular a lo que Émile Durkheim elaboró sobre la conciencia colectiva y a lo que Claude Lévi-Strauss reveló sobre las estructuras culturales profundas que organizan la manera en que las sociedades perciben el mundo. La conciencia colectiva y la obediencia en tiempos de miedo Durkheim sostiene que toda sociedad produce un sistema de valores y creencias compartidos, lo que denomina conciencia colectiva. Este sistema no solo determina lo que la comunidad considera justo o injusto. También ejerce una presión moral sobre los individuos, inclinándolos a ajustarse a lo que el grupo juzga necesario para su supervivencia. En tiempos de crisis existencial o de guerra, la conciencia colectiva tiende a endurecerse y a replegarse. Las sociedades que se sienten amenazadas buscan símbolos poderosos capaces de organizar su miedo común y transformarlo en un sentimiento de cohesión. En esos momentos, las organizaciones ideológicas se afirman como depositarias de la identidad colectiva, para dejar de ser simples actores políticos. En este marco, se vuelve comprensible el ascenso de Hezbolá. El partido ha logrado presentarse no solo como una organización política o militar, sino como un cuerpo simbólico que encarna una dignidad colectiva amenazada. Con el tiempo, esa dimensión simbólica se ha entrelazado con la conciencia colectiva del entorno social que lo vio nacer. Así, cuestionar al partido se ha vuelto, para muchos, equivalente a cuestionar a la propia comunidad. Ya no se trata de criticar una decisión política, sino de poner en duda la pertenencia. Durkheim, sin embargo, recuerda que la conciencia colectiva también puede transformarse en una fuerza conservadora, resistente a la revisión crítica, sobre todo cuando los valores comunitarios quedan vinculados a instituciones poderosas o sacralizadas. En ese contexto, cualquier debate sobre decisiones políticas o militares se vuelve casi imposible, porque la cuestión deja de ser política y pasa a ser identitaria. Del pluralismo de Jabal Amel a la centralidad de la Resistencia Para comprender esta transformación en toda su profundidad, es necesario volver a la historia social de la región de Jabal Amel, en el sur del Líbano. Antes de las últimas décadas del siglo XX, la sociedad chiita de esta región no era monolítica ni estaba gobernada por un único relato político. Era más bien un espacio social de múltiples referencias: ulemas independientes, amplias redes familiares, tradiciones eruditas y una emigración activa hacia África y las Américas que había moldeado una cultura social relativamente abierta. En ese entonces, la pertenencia religiosa era un elemento importante de la identidad, pero no constituía el único marco que definía la relación del individuo con el mundo. La cultura de Jabal Amel había producido históricamente un pensamiento intelectual y científico notable, dando lugar a eruditos y pensadores que desempeñaron papeles importantes en la vida religiosa y cultural de la región. Sin embargo, la guerra civil libanesa, junto con las ocupaciones y los conflictos armados que la acompañaron, transformó profundamente ese tejido social. En ese contexto convulso, Hezbolá apareció como un actor capaz de organizar el miedo colectivo y canalizarlo hacia un proyecto político y militar coherente. Gradualmente, la identidad política de la comunidad fue reformulada en torno de una idea central y única: la Resistencia. La estructura simbólica de la identidad El análisis estructural de Lévi-Strauss ayuda a comprender esta transformación cultural. Según él, las culturas no funcionan mediante ideas aisladas, sino mediante estructuras simbólicas profundas que organizan la forma en que las sociedades perciben el mundo. Estas estructuras suelen basarse en oposiciones binarias fundamentales: el interior y el exterior, la protección y la amenaza, la comunidad y el enemigo. En la experiencia de Hezbolá, la identidad colectiva se ha reorganizado alrededor de una dualidad marcada: la Resistencia frente al enemigo. Esta estructura simbólica no opera únicamente en el discurso político; se convierte en el prisma a través del cual la sociedad interpreta los acontecimientos cotidianos. Las pérdidas pueden leerse como sacrificios necesarios, las crisis como pruebas de resistencia y las críticas internas como fragmentos de un complot exterior. De este modo, la realidad se reinterpreta constantemente para preservar la coherencia del relato fundacional. Pero esta estructura también encierra un riesgo de repliegue. Cuando el mundo entero se reduce a la binariedad entre Resistencia y enemigo, la capacidad de percibir la complejidad política y social en toda su amplitud se estrecha hasta desaparecer. De movimiento de resistencia a estructura de poder social Con el tiempo, Hezbolá dejó de ser simplemente un actor militar o un movimiento de resistencia. Se transformó en una estructura de poder social integral en el entorno chiita. El partido construyó una extensa red de instituciones educativas, medios de comunicación y servicios sociales, acompañada de un aparato económico y caritativo de gran escala. Esta red creó un vínculo orgánico entre el partido y la sociedad, hasta el punto de que su presencia se volvió constitutiva de la vida cotidiana de muchas personas. En ese sentido, el partido ya no es solo una fuerza política que se puede apoyar o combatir. Se ha convertido en un marco social que estructura múltiples dimensiones de la vida colectiva. Esta metamorfosis reforzó su capacidad para anclar la estructura simbólica sobre la que descansa su discurso. Pero también profundizó el entrelazamiento entre identidad colectiva y organización política. Haciendo que cualquier crítica al partido pareciera una amenaza contra la propia comunidad. Esta lectura sociológica no absuelve al partido de su responsabilidad política y moral. Una organización que se presenta como representante exclusivo de una comunidad también debe asumir la responsabilidad por el precio que esa comunidad paga por sus decisiones. Cuando esas decisiones conducen a guerras repetidas, al desplazamiento de poblaciones y a la exposición permanente de la sociedad a riesgos, surge una pregunta fundamental: ¿esta estrategia sigue protegiendo a la comunidad o se ha convertido en parte de la crisis que atraviesa? El momento del balance La historia social muestra que las comunidades no permanecen indefinidamente prisioneras de sus estructuras simbólicas. Cuando las contradicciones entre el discurso y la realidad vivida se acumulan, la propia conciencia colectiva comienza a transformarse. Este proceso es lento y a menudo invisible en sus inicios, pero constituye el verdadero punto de inflexión en la historia de los pueblos. Lo que vive hoy el Líbano podría ser uno de esos momentos. El agotamiento social, el colapso económico y el desplazamiento masivo de poblaciones son fuerzas que empujan a muchas personas a reconsiderar la relación entre identidad y armas, entre la protección prometida y su costo real. La pregunta que se plantea hoy a la sociedad libanesa no es solo una cuestión de seguridad o de política. Es una cuestión más profunda: cómo redefinir la dignidad y la protección fuera de la lógica de la guerra permanente. Una sociedad a la que se le pide sacrificarse sin fin podría, en algún momento, comenzar a buscar otra forma de seguridad: una seguridad fundada no en las armas y la lealtad, sino en el Estado y el derecho.

Los ocho primeros días de un conflicto que cambiará Oriente Medio

Desde el inicio, el 28 de febrero, de la ofensiva israelo-estadounidense contra el régimen de los mulás iraníes, marcada por el asesinato del Guía Supremo de la República Islámica Ali Jamenei, hasta el estallido del frente del sur del Líbano, al amanecer del 1 er de marzo, pasando por los ataques iraníes en todos los países del Golfo Árabe, la primera semana de la nueva guerra de Oriente Medio es sin duda histórica en más de un aspecto. Hay años que se pueden resumir en pocas palabras, y semanas que parecen años. Los días transcurridos del 28 de enero al 8 de marzo de 2026 han sido tan ricos en giros que podrían calificarse como el paso de una era a otra. El punto de partida fue el desencadenamiento, sin embargo previsible, de los ataques israelo-estadounidenses contra el régimen iraní, tras el fracaso de las negociaciones sobre el expediente nuclear, el programa de misiles balísticos de largo alcance y el destino de las antenas regionales de los Pasdarán, en particular Hezbolá libanés. El resto fue una sucesión de sorpresas, como si el ataque a Irán hubiera abierto una caja de Pandora. La primera sorpresa provino de la precisión de los ataques israelíes en la mañana de este sábado 28 de febrero, que resultaron, como se anunciaría horas después, en el éxito del asesinato del Guía Supremo de la revolución iraní, Ali Jamenei, el verdadero líder espiritual y político de este país, al mismo tiempo que una cuarentena de altos funcionarios y ejecutivos iraníes, incluido el ministro de Defensa, el jefe de los Pasdarán, el jefe de Inteligencia y el consejero más cercano de Jamenei. ¿Hasta qué punto este primer golpe, y los primeros bombardeos americano-israelíes en territorio iraní, han desestabilizado este país? A modo de represalia, el régimen creó la sorpresa al dirigir sus misiles balísticos no solo contra Israel o las bases americanas en la región, como habría sido previsible, sino sobre todo hacia los Estados árabes del Golfo, hasta entonces considerados símbolos de seguridad y estabilidad. Las agresiones contra los países del Golfo Diariamente, desde el comienzo de esta guerra, las infraestructuras civiles de Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Qatar, Arabia Saudita e incluso el sultanato de Omán, sin embargo intermediario privilegiado en las negociaciones irano-americanas, son bombardeados por los misiles de los Guardianes de la Revolución. Desde hace ocho días, sus aeropuertos están casi cerrados y su legendaria seguridad interna es violada, a pesar de la interceptación de la gran mayoría de los misiles y drones iraníes lanzados contra su territorio. E incluso cuando el presidente iraní Masoud Pezeshkian se resuelve a «disculparse» con estos países por los daños causados, ocho días después del desencadenamiento del conflicto, prometiéndoles la «suspensión» de los ataques contra ellos, los disparos continuaron el mismo día, sugiriendo o bien una posición conciliadora táctica, de pura fachada, por parte de los iraníes, o bien un inicio de desmoronamiento del régimen entre el ala dura representada por los Pasdarán y una autoridad política supuestamente más moderada. En todos los casos, otra señal del debilitamiento del régimen iraní ha sido el retraso en la designación de un sucesor de Jamenei durante los últimos ocho días, sabiendo que los Guardianes de la Revolución buscan imponer la candidatura del hijo del Guía asesinado, Mojtaba Jamenei, cuya designación es rechazada por los estadounidenses. Los israelíes, por su parte, siguen oponiéndose a cualquier elección de un nuevo Guía: después de atacar por primera vez el lugar de reunión del Consejo de Expertos iraní encargado de esta misión, el ejército israelí, por boca de su portavoz arabófono, Avichay Adraee, ha vuelto a amenazar a este consejo con un nuevo ataque en caso de reunión para la votación, que sería «inminente». En cualquier caso, esta primera semana de conflicto concluyó la noche del 7 al 8 de marzo con una escalada de orden «cualitativo», a saber, el bombardeo de cuatro almacenes de combustible en la periferia de Teherán, lo que provocó monstruosos incendios alrededor de la capital. La apertura del frente en Líbano La otra gran sorpresa fue la reapertura por Hezbolá del frente del sur del Líbano. Esta iniciativa, suicida en todos los sentidos de la palabra, se produjo a petición expresa de los Pasdarán. En lo que constituyó una declaración de guerra a Israel, el partido proiraní lanzó cohetes Katiusha contra el territorio israelí la noche del 1 er al 2 de marzo, casi 48 horas después del inicio de la ofensiva americano-israelí y menos de dos años y medio después de la «guerra de apoyo» a Gaza, el 8 de octubre de 2023, de la que el país aún no se ha recuperado. Incrédulos, los libaneses se encontraron de nuevo inmersos en un círculo vicioso de violencia, bombardeos destructivos, éxodo de habitantes de regiones enteras del sur del Líbano, de los suburbios del sur de Beirut y de la Bekaa-norte. Hezbolá, por su parte, continúa sus ataques diarios hacia el norte de Israel, utilizando cohetes y drones. Incluso ha lanzado drones contra una base británica en la pacífica isla de Chipre. Tanques Merkava israelíes en la frontera libanesa. Después de este nuevo frente abierto desde un país exhausto, minado por la crisis económica y las consecuencias de una guerra muy reciente, incluso los más acérrimos defensores de la «libanesidad» (!) de Hezbolá tuvieron que revisar sus teorías. Porque este partido, que seguía sufriendo, sin reaccionar, asesinatos selectivos israelíes a pesar del alto el fuego del 27 de noviembre de 2024, solo respondió al asesinato del Guía Supremo de la revolución iraní, lo que fue percibido unánimemente como una clara respuesta a una orden venida del «padrino» iraní. Amenazas israelíes Esta decisión tomó por sorpresa a toda la clase política libanesa, incluido el aliado del partido proiraní, el jefe del movimiento Amal y presidente del Parlamento libanés, Nabih Berry. El presidente de la República, Joseph Aoun, y el gobierno de Nawaf Salam se posicionaron claramente en contra de esta decisión unilateral de Hezbolá, declarando «ilegales» todas sus actividades militares y exigiéndole que entregara sus armas, como se desprende de una resolución del Consejo de Ministros, de fecha lunes 2 de marzo. Sin embargo, esta decisión inédita de las autoridades libanesas, cuya ejecución fue confiada al ejército libanés (encargado previamente de desarmar el sur del Litani, con el éxito que conocemos), no puso al poder a salvo de las críticas internas ni de las amenazas israelíes, ante el regreso de los combatientes de Hezbolá a las fronteras. El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, amenazó el sábado al Líbano con pagar un alto precio si no lograba desarmar a este partido. En cualquier caso, este nuevo conflicto parece diferente del anterior: el ejército israelí ocupa espacios aún más importantes, incluso realizó un descenso en helicóptero en un pueblo de la Bekaa el sábado 7 de marzo, y toda la región al sur del Litani está ahora evacuada por los habitantes, así como los suburbios del sur de Beirut. Entre los asesinatos selectivos, varios han tenido como objetivo a cuadros iraníes de los Guardianes de la Revolución, incluso en el Monte Líbano y en Beirut, regiones consideradas «seguras». El desenlace de este nuevo y sangriento episodio es más incierto que nunca. El régimen iraní ha decidido sembrar el caos y sacrificar de nuevo países como Irak y, sobre todo, Líbano, así como sus relaciones con los países vecinos, desde el Golfo Árabe hasta Azerbaiyán y Chipre. ¿Cómo será Oriente Medio después de este episodio explosivo? Sin duda, este conflicto actuará como un acelerador de la historia.

¿Qué tipo de Consejo de Cooperación después de la guerra contra Irán?

La posición unificada de los miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) con respecto a los ataques iraníes contra los seis Estados miembros permite vislumbrar una forma de renacimiento para este bloque, al menos en apariencia. Hay que reconocer que el Consejo ha experimentado profundas turbulencias internas desde finales de 2025, a raíz de los desacuerdos saudí-emiratíes en Yemen, desacuerdos que ya habían salido a la luz en Sudán. Algunos estiman que la chispa inicial se encontraba en Libia. Estos desacuerdos han paralizado el Consejo, llegando a provocar una crisis interna sin precedentes en 45 años de historia de este bloque regional. La amenaza iraní era precisamente la razón de ser del Consejo de Cooperación del Golfo. El nombre dado a este consejo de seis miembros fue cuidadosamente elegido. El objetivo aparente era evitar provocar a Irán absteniéndose de usar la expresión «Golfo Arabico», considerada tabú en Irán. Los Estados del Golfo, bajo el impulso del defunto jeque Zayed bin Sultán, se esforzaban por contener la amenaza que representaba el eslogan de «exportación de la revolución», lanzado por el ayatolá Jomeini, fundador de la República Islámica, en 1979, tras la caída del régimen del Sha. El jeque Zayed acogió la primera cumbre del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) en el hotel Intercontinental de Abu Dabi. Este evento abrió el camino a un largo proceso destinado a crear un baluarte contra la agresión iraní, que se manifestaba en la negativa de Irán a poner fin a la guerra contra Irak, independientemente del origen del conflicto. El Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), creado en Abu Dabi en mayo de 1981, constituyó así un baluarte para sus seis Estados miembros tras el estallido de la guerra Irán-Irak en septiembre de 1980. El Consejo logró en gran medida impedir la escalada del conflicto, a pesar de sus ocho años de guerra y la voluntad de Irán de tomar represalias contra los Estados del CCG, en particular Arabia Saudí y Kuwait. El Consejo logró en gran parte contener la extensión del conflicto. Es notorio que los Estados miembros del CCG apoyaron a Irak durante toda la guerra. La caída de Irak, puerta de entrada oriental del Golfo, habría provocado la caída de toda la región del Golfo, independientemente de los errores cometidos por Sadam Huseín, entonces presidente iraquí. Los errores iraquíes pueden reconocerse si se considera que Sadam, con su limitada experiencia política y su imprudencia, no comprendió desde el principio que iniciar una guerra contra la República Islámica equivalía a caer en la trampa de Jomeini, que buscaba un enemigo exterior para avivar el nacionalismo iraní y el chovinismo persa. También es notorio que Irán buscó vengarse de Arabia Saudí intentando politizar la peregrinación del Hajj y provocar disturbios mientras cientos de miles de peregrinos se encontraban en La Meca durante ese período. Irán también atacó a Kuwait, intentando asesinar al emir, jeque Jaber Al-Ahmad, y provocando incidentes de seguridad en varias ocasiones. Arabia Saudí logró defenderse de la agresión iraní. Del mismo modo, Kuwait consiguió protegerse y asegurar la continuidad de sus exportaciones de petróleo. En respuesta a los ataques iraníes contra estos buques, izó las banderas estadounidense y soviética en sus petroleros. Cada Estado miembro del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) ha sufrido la agresión iraní. La República Islámica no ha perdonado ni a Baréin ni a los Emiratos Árabes Unidos, estos últimos habiendo desempeñado un papel determinante en la elaboración de una posición común del Golfo destinada a poner fin a la guerra, dadas las posibles consecuencias de una invasión iraní de Irak en aquella época. El Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) resistió los choques sufridos, incluida la invasión de Kuwait por parte de Irak en 1990. Trabajó para la liberación de Kuwait y su restitución a su población. Más tarde, en 2003, el CCG asumió las repercusiones del terremoto iraquí – la retrocesión de Irak a la República Islámica por parte de la administración de George W. Bush – con todo el desequilibrio estratégico que ello generó para toda la región. Este desequilibrio coincidió con la caída total de Siria y Líbano en manos de Irán. Durante la Primavera Árabe, el CCG desempeñó un papel esencial en la protección de Baréin, donde Irán explotó las tensiones sectarias. La intervención directa de los Estados miembros del CCG fue determinante para frustrar un intento iraní flagrante de derrocar el régimen de este pacífico país. Se quiera o no, el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) ha vivido, desde su creación, bajo la sombra de la crisis iraní, e incluso de la amenaza iraní. Un nuevo Oriente Medio, un Golfo diferente y un Irán diferente nacerán de la guerra israelo-estadounidense contra Irán. ¿Surgirá también un nuevo Consejo de Cooperación del Golfo? ¿Qué papel desempeñarán el CCG y sus Estados miembros frente a los nuevos desafíos planteados por los profundos cambios en Irán, especialmente teniendo en cuenta los temores de desintegración de este país que busca dominar el Golfo desde antes incluso de la instauración de la «República Islámica»? El CCG se enfrentará a un Irán diferente, cuya forma y naturaleza de régimen son difíciles de prever en esta etapa. La única certeza es que el régimen actual, la «República Islámica», está destinado a desaparecer. Nada lo demuestra mejor que los ataques lanzados por los «Guardianes de la Revolución» contra los países del CCG por razones falaces, revelando así la verdadera cara del régimen. Estos ataques incluso han afectado al sultanato de Omán, que siempre ha mantenido relaciones amistosas con Irán. El sultanato ha adoptado una escuela política basada en el principio de que las relaciones amistosas con Irán, país vecino, son inevitables, independientemente de la naturaleza del régimen en Teherán... Dejando a un lado a Irán, la pregunta sigue siendo: ¿qué pasa con Irak, un país que debe cambiar y que, desde la creación del Consejo de Cooperación del Golfo, ha sido una fuente de preocupación para cada Estado miembro, ya sea bajo Sadam Huseín o después de su caída?

León XIV… Líbano y la Tercera Independencia!
Por
Ziad Al-Sayegh
Publicado

La visita del Papa León XIV al Líbano no es una visita común, es un momento histórico que impone su carácter excepcional. En esta patria-mensaje, y en toda la región y el mundo, convergen grandes confrontaciones: la paz frente a la guerra, el diálogo frente a la violencia, la moderación frente al fanatismo, la diversidad frente a la uniformidad, la humanización frente al populismo, la Constitución frente a las leyes de excepción, el derecho frente al caos, la ciudadanía frente al Minoritismo y al Mayoritismo, el Estado frente a la no-estatalidad, la gobernanza frente a la corrupción. El Líbano y el mundo libre viven estas tensiones en un momento en que el país tiene una oportunidad única para demostrar su capacidad de levantarse nuevamente. Durante cinco décadas, la Santa Sede nunca renunció a la idea del Líbano como un “Estado modelo”, a pesar de los colapsos políticos, económicos y soberanos. Un cardenal dijo alguna vez: “Creen que el Líbano histórico está muriendo, pero su resurrección vendrá de su élite, residente y de la diáspora.” Era una señal clara de que la apuesta sigue siendo por los propios libaneses. El Papa Francisco, hoy fallecido, enfrentó esta realidad con claridad espiritual y política. Besó la bandera libanesa y movió la diplomacia vaticana para proteger la identidad civilizacional del país, pero se negó a visitar Beirut en aquel momento, enviando un mensaje inequívoco: no a la alianza de minorías, no a la no-estatalidad, no a la corrupción, no a la confusión entre la Iglesia y el poder político, no a convertir al Líbano en una plataforma de conflictos. Era el diagnóstico de un Estado en erosión y de una fórmula civilizacional amenazada. Hoy, León XIV llega bajo un título unificador: paz. Una paz que no es solo el opuesto de la guerra, sino el opuesto del colapso moral, de la renuncia nacional y de la complicidad en la destrucción del Estado. Es resistencia frente a las armas ilegales, frente a las alianzas que fabrican minorías imaginarias, frente a los fanatismos que socavan la Constitución, paralizan las instituciones y amenazan la convivencia. Viene a afirmar que el Líbano merece la vida, merece la resurrección y merece un Estado a la altura de su mensaje. Viene a reavivar la voluntad de un pueblo agotado y a recordar a una élite vacilante que el mundo todavía ve en el Líbano un espacio de libertad y responsabilidad. La elección del Líbano como primera parada después de Turquía no es casualidad, es un mensaje de que su colapso golpea el corazón del pluralismo en todo Oriente y más allá. Su mensaje a los libaneses es claro: “O salvan su Estado, o pierden su misión.” No hay espacio para medio Estado o media soberanía, ni para mezclar buena gobernanza con manipulación política, ni para ceder al chantaje de las armas bajo el pretexto de la paz civil. La verdadera paz se basa en la ciudadanía, en la Constitución y en la legitimidad internacional. Su mensaje al mundo también es claro: “Salvar al Líbano es defender al ser humano”, defender un pluralismo amenazado, preservar un puente entre Oriente y Occidente. La paz se convierte en un proyecto de liberación: liberar al ser humano del miedo, al Estado de la dependencia, a la política de la corrupción, y a la identidad libanesa de la distorsión. La visita se convierte en una oportunidad para escribir un nuevo capítulo, la tercera independencia: la independencia del Estado frente al caos, de la verdad frente a la falsificación, del ser humano frente a sistemas que destruyen el bien común.