
Tienen misiles de precisión, pero no mantas para los niños. No es un descuido ni un error de organización; es una elección. El cemento no se utilizó para construir refugios que protegieran a las familias; se usó para cavar túneles que protegieran los cohetes. En esa lógica, una ojiva tiene valor estratégico, mientras que un civil es considerado reemplazable. Basta con producir otros. La demografía se convierte así en una forma de arsenal.
El sufrimiento de esos civiles tampoco representa un fracaso para quienes dirigen este sistema. Por el contrario, se convierte en una herramienta. Una madre que llora en una escuela, frente a las cámaras de todo el mundo, deja un mensaje poderoso que se difunde por sí solo: miren lo que nos hacen. Lo que a menudo se olvida de decir es que el enemigo no destruyó los refugios. Simplemente nunca existieron.
Para evitar que la gente haga demasiadas preguntas, la miseria terminó convirtiéndose en doctrina. Se explica que sufrir es una forma de resistencia, que la pobreza es una prueba de dignidad y que vivir en la privación es casi una medalla de honor. En este sistema, quien se atreve a quejarse se vuelve sospechoso, como si traicionara la memoria de los mártires.
Mientras tanto, los dirigentes conducen la causa desde búnkeres con aire acondicionado y oficinas protegidas. Mientras los militantes comunes a veces duermen sobre el asfalto y son declarados gloriosos. Los discursos no cuestan nada; los colchones, en cambio, sí.
Durante décadas se hizo todo lo posible para que el Estado libanés siguiera siendo demasiado débil, demasiado dividido y demasiado corrupto como para ofrecer una verdadera alternativa a la población. El resultado es simple: la gente permanece donde está, no por amor al sistema, sino porque siente que no hay otra salida.
El verdadero genio de este sistema no reside ni en los misiles ni en las redes financieras paralelas. Su genio consiste en transformar a poblaciones enteras en rehenes que terminan agradeciendo a quienes las mantienen prisioneras, simplemente porque ya no tienen fuerzas para imaginar otra cosa.
Los túneles protegen las armas. Las tiendas, en cambio, sirven para mostrar el sufrimiento.
Y para quienes no se convencen con la miseria, siempre queda la gran promesa del paraíso. Es, en cierto modo, el salario diferido del pobre. En este mundo no siempre hay jubilación, no siempre hay atención médica, no siempre hay una escuela digna para los niños, pero se promete una recompensa perfecta después de la muerte, con condiciones generales que nadie ha podido leer jamás.
El contrato es ideal para quienes lo ofrecen, porque el beneficiario nunca vuelve a pedir cuentas.
En este sistema, morir se convierte casi en un ascenso, y enviar a otros a morir puede presentarse como un acto de generosidad. Es una forma de contabilidad del martirio en la que la mano de obra se paga a sí misma con su fe. No hay cargas sociales, no hay sindicatos, no hay huelgas. Solo hay madres que lloran y carteles en las paredes.
Esos carteles son esenciales porque el mártir no desaparece realmente. Se convierte en una imagen. En el cartel, antes de su nombre, se escribe “El mártir feliz”; después se añade: “En el camino de Jerusalén”. Pero el cartel nunca dice lo que dejó atrás. No muestra a la familia sin padre, a los hijos que crecen sin él, ni el enorme vacío que se crea en una casa cuando alguien ya no regresa. Ese vacío simplemente es sustituido por el próximo voluntario.
Entonces termina surgiendo una pregunta simple: ¿quién decidió que es feliz? El muerto no habla y eso es precisamente lo que hace que el sistema sea tan eficaz. Se le puede hacer decir lo que se quiera. Se puede afirmar que está colmado, que es feliz en el paraíso y que nadie podrá comprobarlo jamás.
Decirle a una madre que su hijo es feliz equivale casi a prohibirle llorar. Su dolor se vuelve sospechoso, como si fuera una forma de ingratitud.
Entonces muchas madres guardan silencio. Miran los carteles en las paredes y callan. Pero en lo más profundo de ellas, una pregunta sigue persiguiéndolas: si su hijo es realmente feliz, ¿por qué el dolor es tan grande?
Mientras tanto, se sigue prometiendo la victoria divina. Siempre está cerca, siempre es inminente, pero parece alejarse cada vez que se cree que está a punto de alcanzarla. Se anuncia para pronto, para dentro de diez años, para la próxima generación o para la próxima guerra.
Y mientras esa promesa se desplaza en el tiempo, los arquitectos de esa victoria viven bastante bien. Tienen guardaespaldas, villas protegidas y hijos que estudian en Europa. Hablan de sacrificio desde tribunas blindadas y lloran a los mártires con gran elocuencia, pero casi nunca se convierten ellos mismos en mártires.
Esta coincidencia se repite desde hace décadas y, con el tiempo, termina pareciendo menos una coincidencia que un sistema bien organizado.
En ese sistema, los túneles se excavan cada vez más profundos para proteger las armas, mientras que en la superficie las tiendas esperan el viento, la lluvia y las cámaras de todo el mundo.
Y el sistema sigue girando. Gira desde hace décadas porque los muertos nunca regresan para contar su versión de la historia y porque los vivos están cansados. Cansados de luchar, de perder, de esperar. Entonces terminan votando por quienes los mantienen en esta maquinaria.
Rara vez votan por convicción y casi nunca por amor. A menudo votan por miedo, por falta de alternativas y, sobre todo, por cansancio. Y a veces también por un cierto cinismo muy humano que consiste en pensar que, si uno debe seguir siendo prisionero, al menos que su carcelero gane.
El sistema conoce muy bien ese cansancio y se alimenta de él. Y seguirá funcionando mientras nadie se atreva a plantear la pregunta más simple, esa que todos evitan por costumbre, por miedo o por cortesía.
¿Quién decidió que es feliz?
Y sobre todo, después de todos estos años, ¿cuántos de esos mártires han llegado realmente a Jerusalén?