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Homenaje
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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Dior, la magdalena de Proust de la alta costura
Por
Yasmina Comair
Publicado

En el corazón de la Ciudad de la Luz, entre archivos, esculturas, fondos de vestidos y dedales, late una casa donde las fragancias de la rosa de mayo despiertan la memoria olfativa de los visitantes. Un lugar donde pasado y presente dialogan. Desde la sombra fértil dejada por John Galliano y con la llegada de Jonathan Anderson, parece emerger una nueva lectura del legado de Dior: más conceptual, más artística, pero profundamente fiel al espíritu de la casa fundada en 1946. Un estudio de la forma Fue en el Museo Rodin, maravilloso entre las esculturas del gran Auguste, donde se reveló esta nueva etapa. Tras el desfile de alta costura, durante la última semana de enero de 2026, la instalación Gramática de las Formas abrió al público en el pabellón efímero donde el prodigio había sido presentado al mundo. Quince siluetas de Anderson dialogaban allí con nueve creaciones históricas de Monsieur Dior y cerámicas de la escultora keniana Magdalene Odundo. El dispositivo era casi radical. El suelo, cubierto con un parqué en punto de Hungría de tono plateado envejecido, parecía susurrar bajo un techo inundado de ciclámenes rosados. Este escenario envolvía tanto los vestidos como las curvas de las piezas de Odundo. Modeladas a mano, estas desarrollan un lenguaje de tensiones inspirado en el cuerpo humano y en antiguas tradiciones de la alfarería. En la colección de Anderson, esas formas encuentran un eco evidente: cinturas marcadas, volúmenes esculpidos, siluetas casi arquitectónicas. La costura se convierte aquí en materia, en una conversación entre prenda y escultura. Grupos de niños, sentados en el suelo y con lápices en la mano, dibujaban y coloreaban los modelos en sus cuadernos. Un momento simple y silencioso que recordaba que la costura es, ante todo, una mirada que se forma. Esta primera colección de Anderson para Dior no busca un efecto espectacular. Funciona, más bien, como un estudio. Galliano, la sombra fértil Es imposible abordar este momento sin mencionar a John Galliano. El enfant terrible de la moda, aquel cuya enésima provocación lo condujo a un purgatorio para enfrentar sus propios demonios. Antes de Anderson, fue él quien realmente transformó Dior. En las décadas de 1990 y 2000, Galliano convirtió la venerable casa en un teatro: desfiles espectaculares, referencias históricas y siluetas deslumbrantes. Anderson no intenta reproducir esa dramaturgia. Pero parece haber retenido lo esencial: la idea de que Dior debe seguir siendo un espacio de experimentación. Mientras Galliano trabajaba en la narración y el vestuario, Anderson exploraba los archivos y la forma. Otra manera de ser radical, pero con la misma conciencia del legado. De hecho, los ciclámenes en el techo prolongan el diminuto ramo que el maestro ofreció al alumno cuando fue invitado por este, en primicia, a descubrir la colección de quien realmente lo sucedería. Una flor conmovedora, como un punto de inflexión, bella como un homenaje. La chaqueta Bar, centro de gravedad En el corazón de esta reflexión permanece una pieza fundacional: la chaqueta Bar. Creada en 1947 para acompañar el New Look, sigue siendo la matriz de toda la casa: cintura entallada, caderas esculpidas, silueta arquitectónica. En manos de Anderson aparece a veces intacta, otras veces desplazada o descompuesta, acortada o alargada, como una escultura observada desde distintos ángulos. Es la señal de que una casa puede evolucionar sin renegar de su origen. La demostración continuó durante el último desfile de la nueva colección de prêt-à-porter en el Jardín de las Tullerías, en París, frente a un estanque salpicado de nenúfares. Los clásicos reinterpretados fueron aclamados por su equilibrio entre precisión histórica y aliento contemporáneo, en un momento en que la casa parece asumir plenamente esa tensión entre archivo y vanguardia. Literatura y humanismo Dior mantiene desde hace tiempo un diálogo discreto con la cultura. Hoy se percibe en los bolsos tipo tote Dior Book Tote, convertidos casi en objetos literarios. Algunos reproducen en la tela títulos de grandes clásicos. De Las flores del mal a Madame Bovary , de Las amistades peligrosas a Drácula , estos accesorios parecen libros que se llevan al hombro, como si la costura misma se volviera biblioteca. Sin embargo, la historia de Dior no es solo estética ni intelectual. Durante la Ocupación, Christian Dior continuó trabajando como modista en París mientras su hermana Catherine Dior se unía a la Resistencia. Fue arrestada y deportada al campo de concentración de Ravensbrück y regresó tras la guerra. El perfume Miss Dior le está dedicado. Esa tensión entre sombra y luz forma parte de la memoria de la casa. Explica por qué Dior nunca ha sido solo una marca, sino también una historia humana. Una casa que se redefine Dior ha atravesado varias etapas. Estuvieron la radicalidad del New Look, las visiones sucesivas de distintos directores artísticos y también años en los que la imagen de la casa parecía buscar su rumbo. Los logotipos, antes discretos, se volvieron gigantes antes de encontrar una forma más sutil. Hoy, bajo el impulso reflexivo de Delphine Arnault, la casa parece querer recuperar un equilibrio entre herencia e invención. La llegada de Jonathan Anderson se inscribe claramente en esa dirección. Una memoria activa A veces basta tocar un cuero, observar o vestir un corte, oler un perfume refinado o incluso abrir con delicadeza un bolso Lady Dior para comprender el ADN de esta casa. Dior no es solo una silueta ni únicamente una estética. Es una memoria creativa en movimiento, una alta costura nacida bajo una buena estrella que nunca olvida de dónde viene, pero que sigue explorando lo que puede llegar a ser: una magdalena de Proust de la costura, en permanente reinvención.

Noticia de última hora: ¡ha comenzado la guerra!

Nada nuevo en la frase. Pero esta vez su peso es distinto — el ritmo de su cadencia me desgarra con su estrépito. Nos llamamos todos para tranquilizarnos. Las respuestas llegan como un ritual diario: Estamos bien, ¿y ustedes? ¡Bien! Como si la palabra fuera un conjuro detrás del que nos guarecemos. Mi madre — bien. Mi hermano mayor y su familia — bien. Mi hermano menor, en su destino del Golfo — bien. Mi hermana y su familia, aquí — bien. Los que guarda mi corazón y los que amo — bien. ¡Bien! Lo escribimos, lo repetimos hasta que se le va el filo. Mis familiares que vinieron de Francia a pasar una semana en la tierra de los cedros — y entre ellos algunos a quienes conocíamos por primera vez, sobre todo los niños — vuelven a su país en pocas horas. Las maletas están en la puerta. Dos niños preguntan: ¿no vamos al aeropuerto? Una madre que intenta sonreír para que su desasosiego no pase a los rostros de los pequeños. Padres que fingen estar enteros. El vuelo de las tres — cancelado. La puerta del regreso directo — cerrada. Vi en sus ojos esa inquietud que nosotros, los hijos de esta tierra, hemos aprendido: una inquietud que no grita. Que calcula. Nos reunimos, decidimos rápido — porque el tiempo en las crisis no concede el lujo de dudar. Tras llamadas en cascata y una búsqueda entre lo que queda disponible, se consiguen asientos desde Beirut a las nueve y media de la noche hacia Estambul, luego Bélgica, luego Lille. Diez horas de viaje y tránsitos entre varios aeropuertos valían más que quedarse en una ciudad a cuyos cielos y costas las llamas de la región iban acercándose. Beirut, que yo recorría aún hace unos días como turista, buscando en sus piedras algún rastro del pasado, me parecía ahora erguida de puntillas. La ciudad que sabe caer y levantarse recomponía su aliento, una vez más. Comprendí entonces: la seguridad no se posee. Se toma prestada. Su avión despegó. Aterrizaron en Estambul. Un mensaje corto: estamos bien. Una foto — están en el suelo, o en las sillas de una sala de espera. Los niños sonríen a pesar del cansancio. Luego el camino a Lille. Respiro. No por mucho. Las noticias de última hora se suceden. Leo, no lo creo, vuelvo a leer: la región arde. Capitales árabes son bombardeadas. Los míos están allá — mi madre, mis hermanos, la mitad de mi familia. Tomo el teléfono. Vacilo. No quiero transmitirles lo que tiembla en mí. Y vuelvo a la misma pregunta, ritual, familiar: ¿Están bien? Pero ¿qué bien se mide por el número de aeropuertos cruzados en paz? ¿Y qué tranquilidad necesita confirmarse cada pocas horas? Bien — porque el avión despegó y aterrizó. Bien — porque el cielo permaneció abierto antes de que cayeran los proyectiles y temblara la tierra. Bien — porque el peligro siguió siendo una probabilidad. Por unos minutos más. Pienso en ese momento en la plaza, escuchándome explicar Beirut a mis familiares. No sabía que unos días después viviría una nueva lección sobre la fragilidad de la geografía. La ciudad cuya historia conté en mi francés salpicado de inglés vuelve a recordarme: sus capítulos se escriben mientras los atravesamos. ¿Estamos realmente bien? ¿Bien cómo? ¿Qué país es este? ¿Qué región? ¿Qué paz? ¿Qué vida? Somos una generación que sigue los movimientos aéreos y los mapas de las zonas por bombardear y la trayectoria de los misiles — como otros siguen el tiempo. Dominamos el arte de los planes alternativos antes de atrevernos a soñar con un plan. Vivimos de un cansancio crónico. Cargamos una oscura capacidad de espera. Amamos, temblamos, e intentamos sobrevivir cada día — a todo. Esa tarde la región comenzó a arder… Y al amanecer del lunes, ardió el Líbano. Y yo — sigo aferrada a una pequeña frase: Déjenme ver sus rostros. Bien.

Un comando israelí en Nabi Chit; ¡Pezeshkian «se disculpa» ante los países árabes!

La noche del viernes 6 al sábado 7 de marzo estuvo marcada por una incursión israelí helitransportada en una aldea de la Bekaa, cuyo objetivo aparente era la búsqueda de los restos de Ron Arad, aviador israelí desaparecido en 1986 después de que su avión fuera derribado. Los habitantes de varias regiones libanesas, especialmente el Monte Líbano, escucharon el ruido incesante de la aviación israelí a baja altitud durante toda la noche del viernes al sábado. La acción, en sí, tuvo lugar en una aldea de Baalbek, en el norte de la Bekaa, Nabi Chit, que fue escenario de la operación de una unidad de comando. En plena noche, la presencia de soldados sobre el terreno atrajo la atención de miembros de Hezbolá y de habitantes de la región. De hecho, hubo un enfrentamiento cuyo balance fue particularmente grave del lado libanés, con no menos de 41 muertos y otros tantos heridos (según el ministerio de Salud libanés) y una escena de devastación total en la aldea, tal como lo mostraron videos que circularon el sábado por la mañana. En efecto, para evacuar a sus soldados, la aviación israelí bombardeó fuertemente la localidad. Si Hezbolá relató este enfrentamiento en uno de sus comunicados, asegurando haber «rechazado» una incursión, la explicación provino del ejército israelí un poco más tarde: parece que la información proporcionada por un miembro de Hezbolá retenido prisionero por Tel Aviv puso a los israelíes tras la pista de indicios sobre el destino del piloto desaparecido en 1986 en Líbano, Ron Arad. Según un mensaje del portavoz arabófono del ejército israelí, Avichay Adraee, los restos de Ron Arad no fueron encontrados en el lugar. El Sr. Adraee precisó que la operación no causó víctimas en las filas de los militares implicados. ¿La búsqueda de los restos de un hombre desaparecido hace 40 años, por importante que sea, es suficiente para explicar esta peligrosa operación o habría una justificación más racional aún no revelada? Lo más grave del asunto es la implicación del ejército libanés en el incidente, ya que tres de sus soldados se encuentran entre los muertos. El ejército precisó en un comunicado que sus patrullas habían detectado un movimiento inusual de helicópteros israelíes incluso mientras continuaban los bombardeos violentos en las aldeas circundantes. Sin embargo, los intercambios de disparos tuvieron lugar principalmente con los «habitantes» de la región, según el texto. Cascos Azules heridos La otra noticia importante de las últimas 24 horas es el ataque a una posición de la FINUL en la frontera libano-israelí, que dejó heridos entre los cascos azules ghaneses. La ONU reaccionó con fuerza, advirtiendo contra desbordamientos en el sur del Líbano. Por otro lado, los bombardeos israelíes, precedidos o no de advertencias en las redes sociales, continúan de forma casi incesante en los suburbios del sur de Beirut y en las regiones del sur del Líbano y la Bekaa. Y las órdenes de evacuación continúan en ambos lados: la última lanzada por los israelíes concernía una vez más a toda la zona al sur del Litani y particularmente la de Tiro. La ciudad fue un poco más tarde objetivo de un bombardeo devastador. Hezbolá respondió llamando a los habitantes de los asentamientos de Nahariya y Kiryat Shmona (a pocos kilómetros de la frontera con Líbano) a evacuar los lugares. El lanzamiento de cohetes, misiles o drones por parte de Hezbolá no ha cesado, atrayendo represalias cada vez más violentas sobre las regiones libanesas. Y esto, a pesar de las decisiones del gobierno libanés de considerar estas actividades como «ilegales»: al respecto, fuentes del ministro de Justicia Adel Nassar indican que «estudia» la posibilidad de iniciar acciones legales contra el secretario general de Hezbolá, Naïm Kassem. Continuará. Como hace casi a diario, el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, lanzó amenazas contra Líbano, nombrando esta vez directamente al gobierno libanés y exhortándolo a desarmar a Hezbolá para «no pagar un precio muy alto». Por su parte, la representante de la ONU en Líbano, Jeanine Hennis-Plasschaert, pidió conversaciones directas entre Líbano e Israel, en un momento en que el ruido de botas ahoga de lejos las voces de la diplomacia. Un discurso y su contrario Por parte de Irán, el evento más destacado de las últimas horas ha sido el discurso casi surrealista del presidente iraní, Masoud Pezeshkian, en el que «se disculpa» con los países vecinos por los ataques contra su territorio. Al mismo tiempo, anunció una «suspensión» de estos ataques, «salvo que se lance un ataque desde esos países». Como para desmentir sus palabras, los ataques iraníes contra los países del Golfo han sido particularmente virulentos en las últimas horas. Destacan los misiles que impactaron de lleno en el aeropuerto de Dubái, lo que provocó la suspensión de los vuelos desde y hacia dicho aeropuerto. No menos de diez drones también fueron lanzados hacia Catar casi al mismo tiempo. Y Baréin dice haber interceptado decenas de misiles y drones. Los Guardianes de la Revolución, por su parte, reivindicaron ataques contra el Kurdistán iraquí. Cabe señalar, en este sentido, que la aviación estadounidense e israelí bombardeó el sábado posiciones del régimen de los mulás en la frontera iraquí-iraní. Este bombardeo se produce en un momento en que se habla cada vez más de una ofensiva terrestre, hacia Irán, por parte de opositores kurdos iraníes estacionados en Irak. En todo caso, las «disculpas» del presidente Pezeshkian a los países del Golfo y el compromiso que asumió de que los disparos de misiles contra esos países no se repetirán fueron desmentidos por los nuevos lanzamientos de misiles el sábado por la mañana contra Catar, Baréin y Dubái, donde el aeropuerto fue blanco, lo que interrumpió momentáneamente el tráfico aéreo. ¿Es la aparente contradicción entre las declaraciones de Pezeshkian y la práctica sobre el terreno una táctica o el indicio de un cisma real que comienza a aparecer dentro del régimen, ya fuertemente sacudido por la ofensiva estadounidense-israelí? Sea como fuere, Irán sigue siendo bombardeado con violencia por octavo día consecutivo. Israel anunció haber llevado a cabo una ofensiva con 80 aviones de combate que dejaron fuera de servicio los diferentes aeropuertos. Y el presidente estadounidense Donald Trump, como para responder al presidente iraní que aseguró que su país «nunca se rendiría», amenazó a Irán con una intensificación de los ataques, prometiendo para el sábado «un ataque muy duro» sobre «zonas y grupos nunca antes objetivo». Horas calientes en perspectiva.

¿Cómo llegamos a esto?
Por
Jawad Pakradouni
Publicado

Otro retorno a la guerra, una guerra que todavía no es la nuestra, la de vengar la muerte de un dictador teócrata. Se dice que en tiempos de infortunio, la solidaridad es primordial, y que solo debemos ajustar cuentas después. Esto es, por cierto, lo que las voces moralistas preconizaban en 2023-2024. ¡No! Hoy más que nunca, debemos denunciar de una vez por todas las causas de nuestras desgracias. Nuestras desgracias se las debemos, evidentemente, a Hezbolá, pero también a la complacencia política, al consentimiento de un estado de cosas, de todos los partidos. La complacencia para evitar la «guerra civil»; el consentimiento que se traduce en alianzas contra natura, para el reparto de puestos o para preservar cuotas confesionales. ¡La hipocresía política! Esa es la verdadera fuente del problema. Esta hipocresía se ha traducido en la última decisión del gobierno: «Los actos militares y de seguridad de Hezbolá son ilegítimos». Es asombroso hacer (todavía) una distinción entre la rama militar y la rama política de esta milicia, máxime cuando ambas se combinan: el líder del grupo parlamentario es él mismo el número 2 de esta organización paramilitar. Lo que nos ha llevado al desastre es la debilidad de un sistema político que ha preferido el acomodamiento a la verdad. En noviembre de 2024, se nos explicó que había que preservar la estabilidad, no provocar la sensibilidad del bando perdedor, no reprocharle nada, siendo la culpa únicamente del «enemigo opresor» que solo sueña con el establecimiento del Gran Israel… También se nos explicó que criticar a Hezbolá equivalía a dividir a los libaneses, como si la división no viniera precisamente de la existencia de una organización armada que decide sola la guerra y la paz. Como si la unidad nacional pudiera existir cuando algunos ciudadanos viven bajo la autoridad de la ley y otros por encima. En realidad, esta actitud no era más que una capitulación progresiva. Cada concesión hecha en nombre de la «preservación de la paz social» ha retrasado un poco más la soberanía del Estado. La tinta de la decisión del consejo de ministros que proscribía las acciones militares de Hezbolá aún no se había secado cuando la milicia lanzó cohetes y drones sobre Israel. La verdad que no admite interpretación: mientras la anomalía persista, el Líbano seguirá condenado a sufrir guerras que no son suyas, con su cuota de muertos y destrucciones. Somos tan responsables como Hezbolá en lo que nos sucede. Nuestro silencio y nuestra benevolencia son mucho más peligrosos que su arsenal. Aprender de nuestros errores, incluso en tiempo de guerra, para que, si la paz regresa algún día, seamos finalmente capaces de preservarla….

El momento de atreverse a decir…
Por
Youssef Mouawad
Publicado

¿Debemos llorar al ayatolá Jamenei? ¿Nos uniremos a la procesión de los afligidos o daremos el nombre de este «mártir» a una avenida de nuestra capital? En su complacencia, nuestros gobiernos ya habían dado el nombre de Hafez al-Asad a una calle transitada para celebrar in sæcula sæculorum su edad de oro en nuestra tierra*. Después de todo, el Líder Supremo iraní forjó el Líbano y lo gobernó de la misma manera que los usurpadores Asad, padre e hijo. Y aunque fue por personas interpuestas, dejó sus huellas indelebles en nuestra historia, violando nuestras instituciones y desgarrando nuestro tejido social tan específico. Durante décadas, nuestro país no fue más que un condominio sirio-iraní, una franja de tierra a lo largo del Mediterráneo donde Damasco y Teherán ejercían concomitantemente su soberanía conjunta. Nuestros respectivos jefes de Estado, nuestros Primeros Ministros, nuestros comandantes en jefe y sus segundos al mando, esas eminencias grises, no veían ningún inconveniente mientras sus intereses respectivos estuvieran asegurados y su camarilla prosperara, y mientras su parentela cercana pudiera construir imperios financieros y fortunas inmobiliarias. El miedo instaurado y el beneficio prometido El eje de la recalcitrancia (al-moumana’a) no había abandonado la escena libanesa con la retirada de las tropas sirias en 2005. Habiendo invertido en el Estado desde el mandato de Elías Hraoui, había colocado a sus «criaturas» en todos los niveles de la administración civil y militar. Había insuflado su veneno y gangrenado el aparato estatal. Y lo peor de todo, había impuesto a los medios su narrativa oficial. A regañadientes, hubo que adoptar su pensamiento único que exaltaba la «Resistencia». ¡Y habíamos llegado a salmodiar involuntariamente sus antífonas! La colaboración de nuestras élites era evidente: como en todos los cielos, estaba suscitada por el miedo que el Hezbolá instauraba y por el beneficio que hacía vislumbrar. La prensa libre permanecía amordazada y el ciudadano común iba a tomar un mal camino, el de no llamar a las cosas por su nombre. El silencio, llámese mutismo o discreción, esa cortesía de cobardes, hizo el resto. Pero ahora, en este momento preciso del intervencionismo americano, en este punto de ruptura, ¿qué impide al libanés, rebelde como pocos, exclamar: «¡Basta! ¡Fuera los iraníes! ¡Vuestros sicarios se comportan aquí como en tierra conquistada!» La apología de la liquidación física El bombardeo estadounidense acabó con el vicario de Alá en Teherán. Mitra Hejazipour, campeona de ajedrez, una refuznik iraní, saludó sin rodeos la noticia. Y en su «insolencia», no puso freno a su exultación, a diferencia de muchos de nuestros responsables políticos que viven con el temor a una represalia. «Hace décadas, dijo textualmente, que millones de iraníes esperaban el fin de este hombre y de lo que encarnaba. Nada resucitará a las víctimas de este régimen, nada borrará las vidas destrozadas, las torturas, las ejecuciones, las humillaciones. Pero en los cuarenta y siete años que esta dictadura criminal ha mantenido a Irán, es la primera vez…». Libaneses, que permanecéis amordazados por el miedo llamado templanza, tomad ejemplo de Mitra Hejazipour o de nuestra estrella del pop Élissa que tildó a Hezbolá de organización terrorista. ¡Una iraní y una libanesa se atrevieron! ¿Qué esperáis para denunciar lo insostenible? *Para luego cambiarle el nombre y concedérselo a Ziad al Rahbani, conmemorando así su recuerdo, mucho más melódico.

Un debate estadounidense inédito: ¿Israel, aliado o lastre estratégico?

Con el estallido de la segunda guerra israelí-estadounidense-iraní, las preguntas y las observaciones se acumulan en torno a este gran conflicto que transformará, sin la menor duda, el rostro de la región y del mundo, dejando tras de sí profundas consecuencias sobre el porvenir del Oriente Medio y la naturaleza de sus relaciones políticas. He aquí las más destacadas: — Es evidente que esta guerra no fue bien preparada. A pesar de la eliminación del Guía Supremo, del ministro de Defensa iraní y del mando superior desde las primeras horas, la arquitectura de mando y control en Irán se revela igualmente descentralizada, como lo demuestra la persistencia de las andanadas de misiles disparadas en todas las direcciones. La incapacidad de Estados Unidos e Israel para neutralizar la capacidad de segundo ataque del Irán (Second Strike Capability) confirma esta impresión. Asimismo, la apuesta por un levantamiento de protestas en Irán ha fracasado y no puede invocarse como factor fiable. Tampoco cabe ignorar que el combatiente iraní actúa desde una doctrina religiosa que considera el martirio no como una amenaza, sino como una meta y una ganancia. — Junto a las considerables pérdidas iraníes, no es posible apartar la vista del hecho de que los misiles iraníes han destruido efectivamente todas las bases militares estadounidenses en los países del Golfo, según un revelador informe publicado por The New York Times, lo que plantea la interrogante seria y profunda de si la implicación estadounidense en esta guerra sirve realmente al «interés nacional de Estados Unidos». Los comentarios políticos se han multiplicado sosteniendo que Israel ha «enredado» a Washington en esta batalla, informándole de su decisión de ir a la guerra en lugar de solicitar la aprobación americana, como hacían los gobiernos israelíes anteriores antes de emprender cualquier operación militar de envergadura. Esto pone en cuestión el lema de Trump de detener todas las guerras y su jactancia de haber puesto fin a al menos ocho conflictos. — Esta guerra carece de cobertura política o jurídica, ni en el plano internacional — con la deliberada exclusión de las Naciones Unidas y todos sus organismos —, ni en el plano interior estadounidense, donde el presidente Donald Trump sorteó por completo al Congreso sin solicitar su aprobación, ignorando las instituciones políticas americanas y la propia Constitución. — El debate se amplía dentro de Estados Unidos en torno a los verdaderos objetivos de la guerra y a si Irán representa realmente una amenaza para la seguridad nacional americana. Es cierto que Teherán no ha dejado de agitar el lema «Muerte a América» y que se le atribuyen numerosos ataques contra fuerzas estadounidenses. Pero la discusión seria gira en torno a si Irán amenaza realmente la seguridad interior de Estados Unidos, y si ir a la guerra es la respuesta más adecuada al desafío que representa. Este debate regresa, inevitablemente, a Israel: la amenaza apunta a Israel, no a América, e Israel ha arrastrado a Estados Unidos a este conflicto. Washington paga hoy un precio mucho más alto que el propio Israel. — Los bombardeos iraníes contra los países del Golfo deberían llevar a Estados Unidos a reflexionar en profundidad sobre sus consecuencias, y a establecer una comparación inevitable: los países del Golfo contribuyen a la economía americana con miles de millones de dólares en contratos de armamento y de otra índole, mientras que Israel le cuesta a Washington decenas de miles de millones de dólares anuales desde la Nakba de 1948. ¿No existe acaso un sentimiento creciente en los círculos americanos de que Israel se ha convertido más en una «carga estratégica» que en un verdadero «aliado estratégico»? Es un debate político serio que recorre numerosos ámbitos estadounidenses. Sea como fuere, la región está abierta a todas las posibilidades. La ambición israelí de hegemonizar la región e ir devorando sus territorios uno a uno podría no resultar tarea fácil, a la luz de las profundas transformaciones que vive el Oriente Medio en este momento. Y su política —fundada en el rechazo al reconocimiento de los derechos legítimos del pueblo palestino, en la perpetuación de la ocupación de los territorios de 1967, en la indiferencia absoluta hacia todas las iniciativas de paz durante décadas, y en el rechazo de todas las soluciones propuestas— no puede prolongarse hasta el infinito. ¿Quién dijo que la aceptación árabe —y no árabe— de la supremacía total de Israel sobre la región estaría al alcance de la mano, aun cuando el desempeño árabe a lo largo de las décadas pasadas haya resultado decepcionante e insuficiente para hacer frente a los crecientes desafíos que representa el proyecto israelí en cada una de sus etapas —desde la fundación del Estado sionista sobre las tierras de la Palestina histórica hasta la erosión progresiva de otras tierras árabes, pasando por el rechazo a la creación de un Estado palestino independiente, la obstaculización del retorno de los refugiados o de cualquier entendimiento sobre los arreglos para Jerusalén, hasta el derrumbe de todas las barreras políticas y morales en la última guerra de Gaza, donde el número de mártires roza los setenta mil civiles e inocentes? La región ha entrado en un parto doloroso, y salir de esta guerra será infinitamente más difícil que haber entrado en ella. Los acontecimientos que se avecinan darán fe de ello.