


“Ser o no ser”. En este célebre monólogo, Shakespeare simboliza la vida con su carga de dolores, injusticias y sufrimientos que hemos padecido durante décadas, pero también encarna la muerte y el suicidio como una salida. Si un grupúsculo fanático ha decidido tomar ese camino en nombre de una causa oscurantista, la mayoría de los libaneses lo rechaza abiertamente.
El fin anunciado de una tiranía
Las señales no engañan. La historia lo demuestra una y otra vez. Cuando una dictadura como la de los mulás y los Guardianes de la Revolución se encuentra contra la pared, cuando el peligro acecha y las quimeras y megalomanías de las que se alimentó durante años para sobrevivir se estrellan contra la dura realidad, cuando ese castillo de naipes que levantó durante décadas a cualquier precio se derrumba, despreciando toda consideración moral y ética hacia una población que cree mantener bajo su yugo, cuando la desesperación se impone y todos los indicadores se tiñen de rojo, entonces el fanatismo ciego, la histeria furiosa y la locura kamikaze sustituyen a la razón.
Parafraseando a Georges Clemenceau: “Las dictaduras son como el suplicio del empalamiento: empiezan bien, pero terminan mal”. La rana iraní que quiso hacerse tan grande como el buey terminó implosionando. Pero siempre a un precio exorbitante para las poblaciones sometidas a su dominio. Lo mismo ocurre con su agente en el Líbano, Hezbolá.
¿La montaña parió un ratón?
“Pudieron elegir entre la guerra y el deshonor. Eligieron el deshonor y tendrán la guerra”. A mi juicio, esta crítica amarga y premonitoria de Churchill a Chamberlain ilustra simbólicamente la política del gobierno frente a Hezbolá.
Tras semanas de relativa calma, los cohetes lanzados a Israel por Hezbolá el 1 de marzo no solo fueron una sonora bofetada y una afrenta al Estado. Sino, sobre todo, una prueba evidente de que la lealtad de esta milicia hacia el Líbano es inexistente. Sin valor militar, no son más que gestos inútiles, una huida hacia adelante, un acto irresponsable y suicida.
Paranoia, delirio, megalomanía y fanatismo ciego son los hilos conductores. Pero el precio pagado por el pueblo libanés, y en particular por la comunidad chiita que la milicia dice representar, es enorme. Se trata no solo de enormes daños materiales, dolorosas pérdidas humanas, empobrecimiento general, desplazamientos de población y una humillación sin límites. Están en juego, sobre todo, el destino y el futuro de todo un país, empujado al abismo por la aberración mortífera de una organización totalitaria, doctrinaria, exaltada y completamente subordinada a la República Islámica de Irán.
La decisión del 2 de marzo de 2026 de catalogar a la rama militar del partido como organización ilegal llegó, lamentablemente, demasiado tarde. El hierro debía haberse golpeado hace quince meses, cuando aún estaba caliente. Haber perdido ese momento resultó fatal y benefició a la milicia, que aprovechó el laxismo y la falta de firmeza oficial para continuar, ante la vista de todos, con su labor de subversión y desestabilización.
El pulso de fuerza en la Gruta de las Palomas ya anunciaba problemas. En lugar de oponerse con firmeza y prohibirlo, en lugar de ponerle un freno, las autoridades prefirieron agachar la cabeza y esperar a que pasara la tormenta. Y el 2 de marzo volvió a repetirse la escena con otro ataque en dirección a Israel. Un nuevo desafío a la decisión gubernamental.
Querer suavizar demasiado las tensiones termina por hacer perder oportunidades. La historia demuestra que llega un momento, inevitable y decisivo, en el que golpear la mesa y actuar con firmeza cuando está en juego el interés superior del Estado se vuelve necesario y crucial, independientemente del precio que haya que pagar. Pese a los intentos del presidente Joseph Aoun de hacer entrar en razón a la milicia, la misma que había firmado el acuerdo de alto el fuego y su desarme en todo el territorio libanés, cualquier ciudadano tiene el derecho legítimo de pensar que Aoun fue engañado y, con él, todos nosotros.
Las amenazas de guerra civil, de fractura en el ejército, de invasión siria y otros escenarios apocalípticos repetidos a diario por la propaganda de Hezbolá no son más que cortinas de humo, simples espantapájaros destinados a sembrar miedo y confusión. “Los tiranos solo son grandes porque estamos de rodillas”, escribió Alexis de Tocqueville.
¿Un eterno recomienzo?
Zeus condenó a Sísifo a empujar eternamente una roca hasta la cima de una colina, solo para verla rodar cuesta abajo cada vez que alcanzaba la cumbre. Sísifo conoce la magnitud de su miserable condición y piensa en ella durante el descenso. Pero aun así elige la vida, no cede al desánimo y continúa empujando su roca, desafiando a los dioses.
Este mito trágico me recuerda a nuestro país exhausto, atrapado en el ojo del huracán, en un torbellino del que le resultará muy difícil salir. Pero no tiene otra opción que combatir el mal y derrotarlo. El tiempo, sin embargo, apremia. La urgencia está a nuestras puertas. Las palabras y las buenas intenciones oficiales ya no bastan. Hasta ahora se han mostrado estériles, ineficaces y contraproducentes.
Tergiversaciones, vacilaciones y lenguaje vacío ya no tienen cabida ni pueden seguir tolerándose. Mientras las autoridades no ejecuten de inmediato la decisión oficial de imponer de una vez por todas la ley en todo el territorio, mientras no tengan la audacia, la determinación y el coraje de poner en cintura a Hezbolá y desarmarlo sin contemplaciones. Sin pedirle permiso, el Líbano seguirá a merced de irresponsables, matones y criminales.
Y el país no gozará de ninguna credibilidad ni simpatía en el plano internacional, algo que, por cierto, solo beneficia a Israel, que esperaba un error para continuar con toda tranquilidad su labor de desgaste, una estrategia que seguirá aplicando hasta nuevo aviso.