


¿Y qué hay del perdón cuando los ofensores saben a ciencia cierta y con conocimiento de causa lo que hacen? ¿Qué hay de la clemencia hacia aquellos a quienes les importa un bledo el país, los demás e incluso los suyos?
En nombre de Khamenei y de la República Islámica, Hezbolá lanza cohetes contra el país que aniquiló a su guía supremo en un solo ataque.
El supuesto líder de Hezbolá, Naim Kassem, el escondido, lanza guerras «karbalíes», batallas bautizadas con nombres de versículos coránicos, honrando así a su origen, «la resistencia islámica en el Líbano».
Y mientras tanto, hay muerte, destrucción, pánico, caos. ¿Perdonarlos?
Está por encima de las fuerzas de Cristo mismo. Además, no es Hezbolá el único culpable, es todo el sistema, todos los políticos, diputados y ministros que son oficialmente sus aliados, que los defienden por dhimmitud o por interés.
También son los otros, los que arengan a las multitudes y se jactan de estar contra la milicia, pero que a la primera oportunidad, se saludan calurosamente, mientras sus partidarios se enfrentan en las redes sociales o incluso en el terreno.
Ahora, la ecuación es muy simple, maniquea: o con, o contra. Ya no hay lugar para la zona gris. La milicia iraní ha declarado la guerra al Líbano lanzando sus misiles contra Israel, ese Estado dirigido por un loco que solo debe su libertad a la guerra.
Es hora de afrontar la realidad: esta milicia no tiene nada de libanesa y no representa a los verdaderos chiitas libaneses.
Y cuando se hace la guerra a un país del que se procede en nombre de otro, eso no se llama resistencia, sino traición....