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Enorme explosión provocada por un ataque israelí cerca de la localidad de Al-Mansuri, en el sur del Líbano. (AFP)
Lo esencial de la semana
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Por LevantTime .
Publicado sep 6, 2026 - 23:27
Mientras Estados Unidos parecía haber optado únicamente por la guerra económica contra Irán, el ejército estadounidense lanzó abruptamente el martes ataques contra territorio iraní en represalia por ataques a petroleros, lo que desencadenó una espiral de violencia a lo largo de la semana. En el Líbano, Israel liberó a varios civiles detenidos en sus prisiones, mientras su ejército tomaba la estratégica colina de Ali el-Taher y proseguía sus masivos bombardeos en la zona que controla al sur del país. La semana del 31 de agosto al 6 de septiembre estuvo marcada por una clara aceleración de los acontecimientos en Oriente Medio, tras una semana anterior que parecía regida por la inmovilidad. En el frente iraní, desde la noche del martes, el ejército estadounidense llevó a cabo ataques selectivos en territorio iraní, los primeros en casi un mes. Esta captura de pantalla, realizada el 6 de septiembre de 2026 a partir de imágenes de video sin fecha difundidas ese mismo día por el Mando Central de Estados Unidos, muestra lo que el Centcom presenta como uno de los petroleros iraníes que destruyó en respuesta a intentos de ataques con misiles contra buques militares. (Centcom vía AFP) Sin embargo, su ritmo relativamente limitado da la impresión de que la administración estadounidense ha optado por una escalada controlada, al tiempo que mantiene su bloqueo y sus presiones económicas contra Teherán. Pese a todo, la tensión no ha dejado de crecer a lo largo de la semana. El sábado se escucharon explosiones en la altamente estratégica isla de Kharg, por donde transita la mayor parte del petróleo iraní. El presidente estadounidense Donald Trump, por su parte, amenazó con atacar el sitio nuclear de Kuh-e Kolang —«montaña del pico» en persa, o Pickaxe Mountain —, una instalación fuertemente fortificada situada a gran profundidad, no lejos de Natanz, el principal centro de enriquecimiento de uranio de Irán. A principios de semana, había planteado la fórmula del «petrolero por petrolero», prometiendo atacar un buque iraní cada vez que los Guardianes de la Revolución golpearan un petrolero en el estrecho de Ormuz. Eso fue precisamente lo que hizo el ejército estadounidense el sábado, al incendiar dos buques iraníes. En el plano político, Donald Trump volvió a endurecer el tono hacia Teherán. Tras afirmar en una entrevista que las conversaciones estaban definitivamente congeladas «porque un acuerdo con ellos no vale el papel en el que está escrito», el sábado consideró que el «conflicto» con Irán no era una «guerra», sino «algo rutinario» para Estados Unidos. Una forma de jugar con los nervios de los iraníes mientras tranquiliza a su opinión pública de cara a las elecciones de mitad de mandato. Un puerto, además de instalaciones de almacenamiento y bodegas, resultó dañado tras un ataque militar estadounidense llevado a cabo en la provincia iraní meridional de Hormozgán, que limita con el estrecho del mismo nombre, el 6 de septiembre de 2026. (AFP) Al mismo tiempo, el medio estadounidense Axios publicó el sábado un informe que sugiere que Estados Unidos ya proyecta su mirada más allá de este conflicto, iniciado el 28 de febrero. El sitio afirma, citando a funcionarios estadounidenses y otras fuentes informadas, que la administración Trump está elaborando una estrategia más amplia para el Oriente Medio de la posguerra. Esta se basaría en la creación de una alineación regional destinada a contener a Irán, poner fin a las repercusiones regionales de los ataques del 7 de octubre de 2023 perpetrados por Hamás en Gaza y ampliar el círculo de la normalización entre Israel y los países de la región. La amenaza contra Kuh-e Kolang, que marca el resurgimiento del expediente nuclear iraní, se hace eco de un anuncio del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), que lamentó, el 1 de septiembre, que Irán no haya vuelto a abrir sus instalaciones a sus inspectores tras los ataques de mayo de 2025. Recordemos que, a pesar de la magnitud de la ofensiva israelí-estadounidense contra los emplazamientos iraníes, es casi seguro que las reservas de uranio enriquecido permanecen intactas y fueron puestas a resguardo por las autoridades iraníes, que siguen aferradas a lo que consideran su derecho a desarrollar un programa nuclear. Tras el anuncio del OIEA, Estados Unidos, así como Francia, Gran Bretaña y Alemania, manifestaron su intención de presentar una resolución ante el Consejo de Seguridad de la ONU condenando el incumplimiento por parte de Irán de sus compromisos en materia de no proliferación nuclear. Una unidad de fachada que contrasta con la frialdad reinante entre Washington y sus aliados europeos desde el inicio del conflicto. Por su parte, los iraníes parecen seguir respondiendo a la conmoción de la misma manera: atacando a varios países vecinos, entre ellos Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos y Jordania, sin llegar a atacar directamente a Israel. Ataques masivos en el sur del Líbano En el frente libanés, Israel intensifica sus operaciones de destrucción en los pueblos del sur, llegando incluso a utilizar, en algunos casos, barriles explosivos. El presidente libanés Joseph Aoun instó a Washington y a la comunidad internacional a «poner fin» a los ataques israelíes en territorio libanés, que dejaron siete muertos el domingo en medio de una tregua frágil. Los bombardeos alcanzaron distintas localidades de la región de Nabatiye. Según el Ministerio de Salud, otras veinte personas resultaron heridas, entre ellas niños. Además, un ataque destruyó el antiguo hospital Ghandour, fuera de servicio desde hace años. Liberación de detenidos y toma de Ali el-Taher Pero el hecho más destacado de la semana en el sur fue la toma, por parte de Israel, de la estratégica colina de Ali el-Taher, en la región de Nabatiye. El lugar era un importante centro de mando de Hezbolá, formado por un vasto entramado de túneles desde donde operaban combatientes del partido chiita, así como, según ciertas informaciones, combatientes iraníes. El jueves por la noche, Israel anunció haber tomado el control del complejo. El domingo, el ministro israelí de Defensa, Israel Katz, declaró que aún quedaban túneles por volar. Este «éxito» militar quizás no fue una sorpresa tras semanas de bombardeos, pero la reacción de Hezbolá sí lo fue. Después de haber asegurado durante mucho tiempo que se negaría a ceder esta colina estratégica —al igual que los iraníes, que también habían amenazado con intervenir—, el partido chiita terminó minimizando el impacto de este suceso a través de sus medios y voceros, sin confirmar oficialmente, no obstante, la pérdida del sitio, que se había negado a preservar entregándolo al ejército libanés. La otra gran sorpresa de la semana fue la liberación, por parte de Israel, de cinco civiles libaneses y sirios detenidos en sus cárceles. Esta medida se produjo tras una visita a Tel Aviv del embajador de Estados Unidos en el Líbano, Michel Issa. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «responde a los esfuerzos realizados por Israel y el Líbano para localizar y repatriar los restos de los líderes de la comunidad judía que fueron secuestrados y asesinados en el Líbano» entre 1984 y 1986. También aquí la reacción de Hezbolá llama la atención. Aunque considera la medida positiva pero insuficiente, el partido volvió a arremeter contra las autoridades libanesas, acusándolas de «someterse al enemigo» y responsabilizándolas del desastre en el sur. Incluso les advirtió sobre «los conflictos internos». ¿Podrían los reveses militares del partido llevarlo a volcarse aún más contra el escenario interno? Por último, el ejército israelí hizo el domingo una declaración importante al anunciar que estudia reducir su zona de ocupación en el sur del Líbano, pasando de la actual «zona amarilla» a una «zona gris». Según esta interpretación, tal evolución reflejaría una disminución de la amenaza que representa Hezbolá. Sin embargo, la medida aún no ha sido aprobada por el liderazgo político israelí. Yemen y Palestina La semana también fue especialmente tensa en Yemen, donde los enfrentamientos entre los rebeldes hutíes y las fuerzas gubernamentales no dejaron de intensificarse, hasta un sábado particularmente sangriento que dejó más de 60 muertos en un solo día, elevando a unas 200 las víctimas desde el jueves. La ofensiva de los hutíes busca sobre todo hacerse con el control de ciertas zonas cercanas al paso de Bab el-Mandeb, lo que daría a este aliado de Irán una ventaja adicional sobre otro punto estratégico clave, tras el estrecho de Ormuz. En Palestina, la semana estuvo marcada por unas declaraciones especialmente preocupantes de Israel Katz sobre Gaza. Este afirmó, sin aportar pruebas, que la mayoría de los habitantes de la franja deseaban abandonarla, subrayando que Israel estaba «preparado para una evacuación» de tal magnitud. Todo apunta a que el calvario de los gazatíes está lejos de terminar. Por último, cabe destacar que el OIEA anunció, el 1 de septiembre, que unas infraestructuras descubiertas en Deir ez-Zor, Siria, indican que el antiguo régimen de Bachar al-Ásad preparaba en secreto un programa nuclear avanzado que podría haber llevado a la fabricación de un arma atómica con la ayuda de expertos norcoreanos.
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Por Michel Hajji Georgiou - Publicado sep 6, 2026 - 13:31
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El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026, perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del fútbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el fútbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales ni de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen, sin embargo, eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El fútbol de hoy, y no solamente el fútbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter. Una especie de alter ego del Neo de Matrix, arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de amor-odio con su hijo pródigo. Sin importar sus resultados, su talento o su genialidad, debía responder a una única e implacable pregunta: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el fútbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del fútbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del fútbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, había transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del fútbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletitud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, a los ojos de su pueblo, esto reforzaba esa sensación de amor-odio: al fin y al cabo, un dios caído sigue siendo un dios. Pero con el valor añadido de lo que, a ojos de sus admiradores, es un sustrato insoportable y, por lo tanto, perfectamente odioso de la humanidad: sus defectos, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué miras, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también en su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del fútbol, en las lejanas tierras del soccer. Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
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El Estado y las armas ilícitas en el Líbano
Por
Kassem El Saddik
Publicado

El debate sobre el monopolio de las armas por parte del Estado en el Líbano ha dejado de ser una simple cuestión de soberanía o legalidad para convertirse en una verdadera prueba de la capacidad del Estado de cumplir sus funciones esenciales. La problemática ha superado así el plano del principio, que cuenta con un consenso teórico casi unánime: lo que falta son los mecanismos internos y una visión estratégica nacional que permitan hacerlo efectivo, en un contexto de profundas interdependencias regionales y de una fragilidad económica e institucional sin precedentes. La ausencia de una hoja de ruta clara, la persistencia de una política de dilación y el desgaste del factor tiempo podrían, por sí solos, constituir la mayor amenaza para la estabilidad del Líbano y el futuro de su Estado. El debate sobre el monopolio de las armas por parte del Estado en el Líbano ha dejado de ser una discusión soberanista clásica sobre la aplicación de la Constitución o la ejecución de la resolución 1701. Se ha convertido en una prueba existencial de la capacidad del Estado para ejercer sus funciones esenciales. La cuestión central hoy radica en la enorme brecha entre la decisión soberana y la capacidad real de llevarla a la práctica en una visión nacional y en un consenso social amplio, más que en la validez de un principio que cuenta con un consenso teórico casi general. Este desplazamiento del debate revela la gravedad del momento actual. La voluntad política ya no es suficiente. Lo que está en juego ahora es la capacidad estructural. El Estado libanés se encuentra en una situación inédita de carencia de herramientas: no dispone de un mecanismo interno decisivo frente a Hezbolá, ni de un respaldo regional favorable, ni de una solidaridad internacional suficiente, ya sea política, de seguridad, económica o financiera. Más allá de un debilitamiento coyuntural, esta situación muestra que la decisión de monopolizar las armas, por más legítima que sea en principio, está atrapada en un triángulo de impotencia: incapacidad para imponerla, para negociar desde una posición de fuerza y para asumir el costo de su fracaso. Restaurar la primacía del Estado La persistencia de armas fuera del control estatal es solo la cara visible del problema. Más preocupante aún es que la brecha entre la decisión y la capacidad se ha convertido en un factor de inestabilidad. Un gobierno, incluida la presidencia, que proclama un objetivo soberano y estratégico sin contar con las herramientas reales para alcanzarlo se adentra en un terreno riesgoso, poniendo en juego su propia credibilidad, como si fuera un actor secundario y no plenamente soberano. El verdadero desafío va más allá de la cuestión de las armas: radica en la capacidad de alinear la ambición soberana con la realidad, garantizando al mismo tiempo la estabilidad social interna. Para entender este momento, es necesario remontarse al contexto en el que la cuestión del monopolio de las armas adquirió su forma actual. Este expediente es el resultado de un proceso acumulativo que se remonta a los Acuerdos de Taif, pero que permaneció en suspenso durante décadas debido a los equilibrios heredados de la guerra civil. Lo nuevo hoy es que este proceso ha pasado del discurso político al ámbito de las decisiones ejecutivas, especialmente tras la guerra de apoyo a Gaza de 2024 y los acuerdos de seguridad restrictivos que la acompañaron. Hezbolá aceptó estos acuerdos y contribuyó a su diseño como actor principal, a través de su aliado, el líder del movimiento Amal y del Parlamento libanés, en lugar del Estado o del gobierno, en el marco de la declaración de cese de hostilidades entre el Líbano e Israel del 26 y 27 de noviembre de 2024 y la reactivación de la aplicación de la resolución 1701. Sin embargo, la transición hacia la implementación de esta decisión reveló rápidamente los límites de la capacidad del Estado. El relativo éxito logrado mediante el despliegue del ejército libanés al sur del río Litani no fue tanto el resultado de un acuerdo político interno, sino de las condiciones impuestas por la guerra y las presiones derivadas de ella. En cambio, el paso hacia el restablecimiento del monopolio de la fuerza en el resto del territorio puso de manifiesto las complejidades estructurales del sistema libanés, donde las consideraciones de soberanía se entrelazan con los imperativos de estabilidad y los cálculos internos se cruzan con los regionales, exponiendo al Estado a críticas por su falta de credibilidad en el cumplimiento de los compromisos. La obsolescencia de la noción de “Resistencia” El expediente del monopolio de las armas parece haber entrado en una fase de dilación estratégica, comparable a la de otros asuntos sensibles como el déficit financiero o el caso del puerto de Beirut. Se trata de una situación en la que ni el Estado puede avanzar de forma decisiva, ni Hezbolá está dispuesto a retroceder, ni la comunidad internacional puede imponer una solución, ni el entorno regional permite una resolución rápida, ni el sistema interno logra consensuar una opción. Esto revela que el problema ya no es técnico ni de seguridad, sino una disfunción más profunda en la relación entre el Estado y la sociedad libanesa. En este contexto, no se puede ignorar el cambio más significativo en el entorno político: el desgaste progresivo de la amplia legitimidad nacional de la noción de “Resistencia”. Antes del año 2000, este concepto se sustentaba en tres pilares —la liberación del territorio, la disuasión frente a Israel y la acción dentro de un proyecto nacional unificador— que se han ido erosionando. Hezbolá ha concentrado progresivamente su base en su propio entorno social, en detrimento del Estado, utilizando recursos de una economía rentista y consolidando su control político y social mediante mecanismos internos que garantizan su permanencia. Además, las armas nunca se integraron en una estrategia nacional de defensa consensuada, sino que permanecieron fuera del marco institucional, constituyendo una estructura militar con proyección regional más que un actor estrictamente libanés. La participación en conflictos regionales, especialmente en Siria, transformó su imagen: de instrumento de resistencia a herramienta de influencia regional. Por último, el colapso económico y las guerras recurrentes han añadido un nuevo factor: el elevado costo social que amplios sectores de la población deben asumir por decisiones en las que no participaron. Asignar un rol soberano al ejército Esta evolución no ha provocado el colapso total del concepto de “Resistencia”. Pero sí ha provocado su transformación en una legitimidad parcial, ligada a un entorno político y social específico. El desafío actual es claro: si ese modelo ha perdido legitimidad, ¿puede el Estado llenar ese vacío? Esta pregunta remite a un problema más profundo: la ausencia de una estrategia de defensa nacional alternativa que genere confianza. El Estado libanés, pese a su legitimidad jurídica, no dispone de capacidades militares ni de una doctrina de disuasión suficientes para enfrentar a Israel, especialmente en un contexto de armisticio frágil y violaciones recurrentes. Esto se explica tanto por la escasez de recursos como por la doctrina heredada de Taif, que priorizó la estabilidad interna sobre la preparación militar externa, y por un apoyo internacional orientado más al mantenimiento del orden que al fortalecimiento de una fuerza de combate. Por ello, el debate sobre el monopolio de las armas está incompleto si no se vincula a la construcción de una estrategia de defensa viable. En este marco, el debate libanés se articula en torno a tres enfoques. El primero, soberanista, identifica la dualidad del poder como el problema central y apuesta por imponer el monopolio estatal de las armas conforme a los acuerdos de Taif y las resoluciones internacionales. Es sólido en principios, pero tiende a ignorar las condiciones materiales de su aplicación. El segundo, realista, plantea una solución progresiva basada en acuerdos políticos y evita la confrontación directa, considerando la fragilidad del contexto libanés. Sin embargo, suele derivar en una gestión de la crisis más que en su resolución. Reconquistar el monopolio de las armas El tercer enfoque, crítico, sostiene que el calendario de este asunto depende más de presiones externas —especialmente del equilibrio posterior a la guerra y de presiones estadounidenses e israelíes— que de un consenso interno. Advierte sobre los riesgos de imponer una solución sin condiciones políticas adecuadas, aunque no ofrece una alternativa clara. En definitiva, estos enfoques reflejan una divergencia fundamental sobre la naturaleza del Estado: si el Líbano puede recuperar el monopolio de las armas, si debe preservar sus frágiles equilibrios internos o si es un escenario de rivalidades regionales que debe ser neutralizado. La falta de una respuesta común explica por qué el debate sobre las armas se convierte recurrentemente en una discusión sobre la propia naturaleza del Estado. Todo ello conduce a la dimensión más compleja: la regional. La decisión sobre las armas en el Líbano nunca ha sido exclusivamente nacional. Los vínculos entre Hezbolá e Irán, su relación con los acuerdos de alto el fuego con Israel y su papel en la negociación entre Estados Unidos e Irán han colocado esta cuestión fuera del control del Estado libanés, relegado a un rol secundario. Esta contradicción se agrava por la creciente presión internacional sobre el Líbano para adoptar medidas internas, mientras la comunidad internacional carece de capacidad para garantizar las condiciones regionales necesarias. El panorama regional sigue bloqueado. La posibilidad de separar a Hezbolá de Irán es incierta. En contextos de presión extrema, las alianzas tienden a reforzarse. La política de “máxima presión” puede conducir tanto a un repliegue táctico como a una mayor rigidez, al considerar las armas como garantía de supervivencia política. En este escenario, las armas dejan de ser solo un instrumento militar y se convierten en un mecanismo de supervivencia política, lo que debilita aún más la posición del Estado, que exige su desarme en el momento en que este actor percibe esas armas como esenciales para su existencia. En el centro de este bloqueo está el propio Estado libanés, afectado por una crisis financiera sin precedentes, debilidad institucional, divisiones políticas y fuertes presiones sociales y de seguridad. El desplazamiento masivo desde el sur, que supera las 800 mil personas, añade tensiones sobre los servicios, los recursos y los equilibrios locales. Los fantasmas de las divisiones pasadas El riesgo de tensiones aumenta ante la falta de apoyo suficiente a los desplazados, lo que puede politizar su acogida y alimentar divisiones en un país ya fragmentado. El ejército libanés, encargado de ejecutar esta política, actúa con extrema cautela. Ha logrado establecerse al sur del Litani, pero la extensión hacia el norte revela un escenario mucho más complejo por sus implicaciones internas. Esta prudencia responde no solo a limitaciones militares, sino al temor de un conflicto interno que podría afectar la cohesión de la institución, evocando los recuerdos de la guerra civil. A ello se suma la fragilidad de las instituciones estatales, debilitadas por la crisis económica desde 2019 y con recursos limitados para implementar una política integral de control y desarme. Un margen de maniobra muy reducido El Estado libanés carece de instrumentos de presión, alianzas decisivas y garantías de seguridad, lo que limita su capacidad de negociación. Incluso cuando exige un alto el fuego como condición previa, no dispone de medios para imponerlo. Algunos actores internacionales, como Francia, han reconocido la dificultad de exigir el desarme de Hezbolá en medio de los bombardeos israelíes. Sin embargo, este reconocimiento no se traduce necesariamente en apoyo efectivo. Así, el Líbano enfrenta una ecuación compleja: se le exige tomar decisiones soberanas sin contar con los recursos para implementarlas ni con la capacidad de influir en los actores clave. En definitiva, el país vive una situación inédita de carencia de herramientas, enfrentando simultáneamente presiones externas, crisis interna y un margen de maniobra internacional muy limitado. El verdadero peligro no radica tanto en las armas en sí, sino en la ausencia de una estrategia nacional clara y realista que defina objetivos, plazos, costos y garantías. Persistir en la política de dilación y avanzar sin rumbo puede resultar más peligroso que tomar decisiones.

Declaraciones contradictorias sobre el «nuevo régimen» en Irán mencionado por Trump

Una vez más, la opinión pública y las poblaciones del Levante, y de Oriente Medio en general, se enfrentan a una cascada de declaraciones e indiscreciones contradictorias filtradas a los medios, relativas a la evolución de la guerra desatada el 28 de febrero en la región. El presidente Donald Trump reafirmó este miércoles 1 er de abril la existencia en Teherán de un «nuevo régimen», indicando que el «presidente de este nuevo poder nos acaba de pedir un alto el fuego». «Nos pronunciaremos sobre la oportunidad de este alto el fuego cuando el estrecho de Ormuz sea reabierto a la libre circulación marítima, declaró el presidente Trump. De lo contrario, seguiremos bombardeando las infraestructuras de manera que Irán retroceda a la Edad de Piedra». Las declaraciones optimistas del jefe de la Casa Blanca sobre la actitud positiva del «presidente del nuevo régimen iraní» que ha surgido en Irán «y que resulta ser más inteligente que sus predecesores» fueron, sin embargo, desmentidas por fuentes oficiales en Teherán. Un comunicado atribuido al Ministerio de Asuntos Exteriores iraní desmintió categóricamente cualquier solicitud de alto el fuego que se hubiera presentado al presidente Trump. Por su parte, el vicepresidente del Parlamento iraní afirmó que «el estrecho de Ormuz permanecerá cerrado y no se está llevando a cabo ninguna negociación al respecto». Estas posiciones contradictorias plantean varias preguntas: ¿el presidente Trump muestra un optimismo medido para que el régimen iraní asuma la responsabilidad de una próxima escalada en las operaciones militares, que tomaría la forma de un desembarco o de operaciones de comando puntuales y bien dirigidas? ¿Existe realmente un «nuevo régimen más cartesiano» que habría surgido en Teherán? ¿El poder en Teherán está seriamente afectado por una profunda división entre un ala pragmática y una corriente radical representada por los Pasdaran? Solo los hechos tangibles y los desarrollos a nivel de las operaciones militares aportarán fragmentos de respuestas a estas interrogantes. Queda claro que algunos parámetros están lejos de apoyar la tesis del surgimiento de un «nuevo régimen en Teherán», como demuestran la represión salvaje contra los opositores iraníes y las ejecuciones de prisioneros políticos que continúan sin tregua. Además, nuevos refuerzos estadounidenses han sido enviados a la región, incluyendo varios miles de Marines y paracaidistas, lo que tiende a evidenciar que el clima general a nivel de los verdaderos tomadores de decisiones en Irán sigue siendo en gran medida belicoso. Las operaciones militares En cualquier caso, los ataques aéreos, los bombardeos (por unidades navales) y los disparos de misiles continuaron el miércoles a gran escala. La aviación estadounidense e israelí reanudó sus intensos ataques en las zonas de Teherán e Isfahán, apuntando a infraestructuras estratégicas, militares e industriales. Al final de la tarde del miércoles, informaciones no confirmadas incluso indicaban la entrada en acción de los grandes bombarderos estadounidenses B-52. En la noche del martes al miércoles, un importante ataque israelí, por mar, alcanzó un convoy de coches en el suburbio de Jnah, un barrio poco habitual en los ataques. El balance de este ataque es particularmente elevado, con no menos de siete muertos y más de 25 heridos según el último informe del Ministerio de Salud. La identidad de la persona objetivo no fue comunicada hasta el mediodía por el ejército israelí, precisando que se trata de Youssef Hachem, un alto mando de Hezbolá, responsable del frente sur y del lanzamiento de cohetes y drones hacia el norte de Israel. Hezbolá no confirmó la información hasta varias horas después. Este experimentado combatiente, que cuenta con cuarenta años de actividades milicianas en las filas del partido de Dios, desempeñó un papel esencial en la reestructuración de la rama armada del partido, tras la debacle de 2024. Hezbolá anunció además la muerte de otro de sus cuadros, Mohammad Baqer al-Naboulsi, en el mismo ataque. Probablemente se trate del otro «combatiente de alto rango» de la milicia proiraní, que el ejército israelí anuncia haber matado en el mismo convoy. El otro asesinato del día (relacionado con el Líbano), anunciado por el ejército israelí en su cuenta X el miércoles, es el de «Mahdi Vafaei, jefe de la rama de ingeniería del Cuerpo libanés de la Fuerza Qods en la región de Mahallat, en Irán». «Vafaei ha realizado proyectos subterráneos (los túneles) en Líbano y Siria, dirigiendo los esfuerzos para establecer y gestionar sitios de infraestructuras terroristas subterráneas para Hezbolá y el régimen de Assad», habiendo caído el antiguo régimen de Damasco en diciembre de 2024, indica un comunicado israelí. Las FDI reivindicaron otro ataque al sur de Beirut, en la localidad de Khaldé, al amanecer, que dejó dos muertos y tres heridos. El barrio de Hadeth, en el suburbio sur de la capital, también fue blanco de potentes ataques al amanecer del miércoles. Mientras tanto, en el sur del Líbano, los combates siguen siendo encarnizados y los avances israelíes continúan, mientras que el ejército israelí y el ministro de Defensa, Israel Katz, siguen amenazando al Líbano con una ocupación a mayor escala. Sobre el terreno, los únicos pueblos aún no completamente evacuados, principalmente cristianos, están más que nunca asolados por la guerra tras el «redespliegue» del ejército libanés, criticado por haberse retirado ante los avances israelíes y por haber abandonado a los habitantes que resisten en sus pueblos. En respuesta a estas críticas el miércoles, el ejército libanés explicó que su reposicionamiento tenía como objetivo evitar cualquier cerco y aislamiento de sus vías de suministro, asegurando que mantenía patrullas en los pueblos afectados. Una medida que podría tranquilizar a poblaciones que viven en una angustia creciente, aisladas del mundo exterior. Comunicado europeo sobre la FPNUL Por otro lado, el ataque a la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas en el Líbano (FPNUL) sigue generando controversia a nivel de los países europeos, que contribuyen con los Cascos Azules. Un comunicado de la Unión Europea «condena enérgicamente los recientes ataques contra los contingentes de la FPNUL, que inexplicablemente han causado víctimas entre las filas de los soldados de la paz». El comunicado llama a la calma, expresa su solidaridad con el Líbano y atribuye a Hezbolá la responsabilidad de esta nueva guerra. Por su parte, la ministra delegada ante la ministra de las Fuerzas Armadas y de los excombatientes Alice Rufo viajó al Líbano para «expresar su solidaridad y apoyo a la soberanía libanesa». También atestiguó «la solidaridad de Francia con los militares indonesios de la FPNUL, que perdieron a tres de los suyos en ataques ocurridos los días 29 y 30 de marzo de 2026». No se menciona la identidad del atacante, el ejército israelí.   De Jamenei a Qassem Y es en este clima tenso, tanto en los frentes libanés como iraní, que un comunicado atribuido al Líder Supremo iraní, Mojtaba Jamenei, invisible desde el inicio del conflicto, reafirma el apoyo de la República Islámica a Hezbolá y a su secretario general, Naïm Qassem, quien también es tan invisible como el primero, ya que prefirió comunicar estos dos últimos discursos por escrito. En plena avanzada israelí en el sur del Líbano, y con un balance de más de 1300 muertos desde el inicio de este conflicto abierto para vengar la muerte de su padre -según los términos de Hezbolá-, Mojtaba Jamenei felicitó al partido de Qassem por su acción, asegurándole el apoyo continuo de Irán y pidiéndole que siga frustrando los planes israelíes. Otros aliados de Irán, los hutíes de Yemen, se implican cada vez más en la guerra y anunciaron el miércoles lanzamientos de misiles en coordinación con Irán y Hezbolá contra Israel. Según los servicios de emergencia israelíes, 14 heridos cayeron el miércoles en la región de Tel Aviv. Un grave acontecimiento se registró en Irak, en relación con otro aliado iraní, Hezbolá iraquí: una periodista estadounidense, Shelly Kittleson, fue secuestrada por este grupo en Bagdad, lo que fue confirmado por la Secretaría de Estado estadounidense, a través de Dylan Johnston, subsecretario de Estado, en su cuenta X. En Irán A nivel del frente iraní, los ataques israelí-estadounidenses continúan, alcanzando, en las últimas horas, varios sitios de producción siderúrgica. Fuertes explosiones sacudieron Teherán durante la noche, y resultó que una de ellas apuntó a los alrededores de la antigua sede de la embajada estadounidense en la capital iraní. Un lugar altamente simbólico para estadounidenses e iraníes: allí tuvo lugar la toma de rehenes de 1979, al día siguiente de la Revolución Iraní. La embajada, que nunca reabrió sus puertas, se había convertido en un museo de la revolución. Hace dos días, el presidente estadounidense Donald Trump juraba que «vengaría todo lo que los guardianes de la Revolución han hecho sufrir a los Marines y a los ciudadanos estadounidenses durante 47 años». Es en este contexto que las relaciones se envenenan aún más entre Estados Unidos y sus aliados europeos, quienes siguen negándose a entrar en una guerra «que no es la suya», como repitió de nuevo el miércoles el primer ministro británico Keir Starmer. Según declaraciones recogidas por la AFP, Donald Trump tronó que «si Francia u otro país quisiera tener su petróleo o su gas, que lo compre a Estados Unidos o que vaya directamente al estrecho de Ormuz (...) para conseguirlo». Por su parte, la Unión Europea ha instado a Irán a «garantizar la libertad de navegación» en el estrecho, en un momento en que Teherán habla de imponer un derecho de paso a los buques.

Una guerra implacable deja vidas sin voz
Por
Nanette Ziadé-Ritter
Publicado

Toda guerra deja tras de sí a sus olvidados. Sin embargo, hay un grupo del que rara vez se habla o que se comprende mal: los animales. En un Líbano donde el abandono ya es generalizado, la guerra no ha hecho más que profundizar una crisis agravada durante años por la debacle económica. Al sufrimiento humano se suma así una angustia silenciosa e invisible, que pocas veces encuentra lugar en el relato colectivo. Este fenómeno también revela una fractura más profunda. Abandonar a un animal en tiempos de guerra no siempre es un acto deliberado de crueldad, sino a veces el resultado del colapso. Cuando todo escasea, como alimentos, medicamentos o refugio, la jerarquía de las necesidades se impone con una fuerza brutal. En esas circunstancias, el animal puede llegar a percibirse como una carga adicional. Para muchos, los animales siguen siendo secundarios: compañeros adoptados a veces por impulso, como objetos que pueden descartarse con la misma facilidad. Y cuando la urgencia obliga a huir, algunos emprenden el camino dejando atrás aquello que de pronto parece haber perdido todo valor. Perros y gatos, pero también aves y animales más exóticos, quedan librados a su suerte, indefensos en entornos que se han vuelto hostiles. Esta realidad no surge en el vacío. Se inscribe en un contexto donde la protección animal, aunque consagrada en la ley, sigue siendo en gran medida ineficaz. Ante la falta de voluntad política y de recursos adecuados, las infracciones se multiplican: tráfico de fauna silvestre, maltrato, matanza masiva de aves migratorias, incluso pesca con explosivos. Es toda una cadena de violencia normalizada, a menudo relegada a los márgenes, como si importara menos por no afectar directamente a los seres humanos. Sin embargo, es precisamente esa cadena la que sostiene el equilibrio del que depende la propia supervivencia humana. Rescates complejos En este panorama deteriorado, son los más vulnerables quienes pagan el precio más alto. Las asociaciones, ya debilitadas por la crisis financiera, luchan por mantener sus actividades. Como Beta y Animals Lebanon, junto con numerosos colectivos de base y voluntarios anónimos, continúan su labor, a menudo al límite de sus recursos. Su trabajo es, en ocasiones, de absoluta urgencia: intervenir entre los escombros, responder a llamados de auxilio, arriesgar la vida para rescatar animales atrapados, heridos u olvidados. Sin embargo, los obstáculos son numerosos y siguen acumulándose. Los rescates se vuelven cada vez más complejos en un contexto de inseguridad permanente. Las adopciones internacionales, que durante mucho tiempo representaron una posible solución, son ahora menos frecuentes. Los costos de transporte se han disparado, especialmente desde que Middle East Airlines se ha convertido en la única aerolínea que opera en el Aeropuerto Internacional Rafic Hariri, lo que hace que cada traslado sea prácticamente inaccesible. A ello se suma un agotamiento generalizado: el de los voluntarios, los donantes y un sistema que opera bajo una presión constante. Existe también otra realidad, más matizada y a menudo ignorada: la de quienes se niegan a abandonar a sus animales. Familias desplazadas se hacinan en apartamentos ya de por sí reducidos, a veces con varias generaciones bajo un mismo techo, y aun así intentan mantener a sus animales con ellas. Pero esta convivencia forzada no está exenta de tensiones. El espacio limitado, el miedo y, en ocasiones, las reticencias ligadas a creencias religiosas, especialmente en relación con los perros, convierten la presencia de animales en una fuente adicional de presión en una vida cotidiana ya desbordada. Ciertamente, circulan algunas imágenes que, a primera vista, resultan casi tranquilizadoras: un gato en una jaula bajo una tienda improvisada, un perro acurrucado junto a su dueño sobre un colchón tendido directamente en el suelo. Hablan de un apego real, de una negativa a abandonar a toda costa. Pero, por conmovedoras que sean, no deben ocultar la magnitud del fenómeno. Por cada animal rescatado o protegido, ¿cuántos quedan al borde del camino, vagando, hambrientos, condenados a sobrevivir en la indiferencia? Abandonar animales en tiempos de guerra no es un simple daño colateral. Por el contrario, revela nuestra relación con los seres vivos, con la responsabilidad y con aquello que decidimos considerar esencial, o no, cuando todo se desmorona. Quizá sea ahí donde se pone a prueba lo fundamental: en la capacidad, incluso en medio del caos, de no renunciar por completo a lo que nos vincula con el resto del mundo vivo. Entre Italia, que concede permisos remunerados para cuidar a un animal enfermo o herido, y España, que ha aprobado una ley que reconoce a las mascotas como seres sintientes y no como meros objetos o propiedades, es decir, como miembros de la familia, y Francia, que supuestamente avanza en este ámbito, pero continúa promoviendo campañas publicitarias que fomentan la caza, resulta evidente que la brecha es amplia. Líbano, sin embargo, puede encontrar cierto consuelo en los pequeños pasos que está dando.

Cuando la victoria se convierte en ruido
Por
Jad Akhawi
Publicado

En los grandes momentos de crisis, los enfrentamientos no se limitan al campo militar; se extienden a otro terreno igualmente decisivo, el del relato. En la situación libanesa actual, el comportamiento de Hezbollah se distingue por una intensificación de sus amenazas internas y una saturación del espacio mediático con una avalancha de comunicados que puede alcanzar decenas por día. Este fenómeno merece una lectura atenta, lejos de toda reacción emocional, para comprender sus resortes, sus objetivos y sus repercusiones. Lo que llama la atención de inmediato es el volumen inédito de comunicados que aluden a «operaciones de excepción» y «hazañas heroicas sobre el terreno» en el sur. Este ritmo sostenido no puede explicarse únicamente por hechos militares; pertenece a lo que se conoce como «gestión de la moral». Las guerras modernas no se libran solo con armas, sino también mediante la imagen, la información y la impresión. Cuando un actor se siente bajo presión, ya sea militar o políticamente, recurre a amplificar sus logros para preservar la cohesión de su base de apoyo e impedir que la duda se infiltre en ella. Consolidar el frente interno Hezbollah enfrenta hoy desafíos internos sin precedentes. Su base social sufre las consecuencias económicas severas y los efectos directos de la guerra en sus zonas de influencia, tanto en el sur como en los suburbios del sur de Beirut y en el Valle de la Bekaa. En este contexto, elevar el registro del discurso movilizador se convierte en una necesidad para mantener la adhesión popular. La abundancia de comunicados va más allá de la simple transmisión de información; constituye un mensaje permanente dirigido al público: «Somos fuertes, mantenemos la iniciativa, los sacrificios tienen sentido.» Este tipo de discurso apunta a contener la erosión de la legitimidad interna, en un momento en que las preguntas se multiplican, dentro de esa misma base, sobre el coste y la utilidad de la confrontación. Cuando las pérdidas aumentan o el círculo de los afectados se amplía, producir un relato paralelo que justifique y reencuadre la realidad se vuelve imperativo. Colmar la brecha entre el discurso y la realidad En muchos casos, cuanto mayor es la amplificación mediática, más revela una brecha entre el discurso y los hechos. Ello no significa necesariamente que todos los comunicados sean inexactos, pero el aluvión de detalles cotidianos y las proezas militares repetidas pueden ser un intento de llenar un vacío, o de enmascarar el impacto real limitado sobre el curso del conflicto. Aquí es donde el factor psicológico se impone con fuerza: la repetición de las «victorias» genera un sentimiento acumulativo de poder, incluso cuando la realidad sobre el terreno es más compleja. Este método está bien establecido en la literatura sobre la guerra, donde la saturación mediática sirve para abrumar al receptor e impedirle verificar o cotejar. La disuasión mediante el ruido Una de las funciones de esta escalada retórica consiste en construir una disuasión psicológica, dirigida no solo al enemigo exterior, sino también al interior libanés. Al intensificar sus amenazas y presentarse como una fuerza en alerta permanente, Hezbollah envía un mensaje doble: a los adversarios externos, que sigue siendo capaz de tomar la iniciativa; a sus adversarios internos, que cualquier intento de enfrentársele políticamente o en las calles resultará costoso. Esto explica el tono de ciertos comunicados internos, que van más allá de la descripción de los combates hasta emitir amenazas directas o indirectas. Se trata de un intento de trazar líneas rojas internas, en una fase en que Hezbollah percibe que su posición ya no es tan inexpugnable como antes. Gestionar las contradicciones políticas Más allá del aparato militar, Hezbollah es un actor político central en el Líbano. Enfrenta hoy una ecuación difícil: por un lado, desea preservar su papel de fuerza de «resistencia»; por el otro, afronta una presión creciente, interna y externa, para que las armas vuelvan al Estado, tanto más cuanto que se le considera ya al margen de la legalidad. En este contexto, la escalada mediática se convierte en un instrumento para aplazar el debate de fondo. En lugar de enfrentar directamente la cuestión de sus armas y su papel, Hezbollah desvía la atención hacia la «gran batalla» en el sur e invoca el espectro del nuevo régimen sirio. La abundancia de comunicados contribuye a redefinir las prioridades del debate público, de modo que la guerra permanezca en primer plano, y no la discusión interna. Influir en la opinión árabe e internacional El público al que se dirigen estos comunicados va mucho más allá del interior libanés. La dimensión regional e internacional es evidente. Hezbollah busca consolidar la imagen de un actor que sigue siendo influyente en el conflicto con Israel, a pesar de todas las transformaciones. Al amplificar sus operaciones, intenta recuperar su lugar en la conciencia árabe como fuerza de confrontación, en un momento en que esa imagen se ha empañado ante una parte significativa de la opinión pública. Este discurso también apunta a elevar el coste de cualquier escalada contra él, sugiriendo su capacidad para ampliar el círculo de la confrontación. Aunque esto nunca llegue a materializarse, basta con que esa posibilidad permanezca presente en los cálculos de los demás. La lógica de la movilización permanente Desde su fundación, Hezbollah opera según un modelo de «movilización permanente». El estado de emergencia no es una circunstancia excepcional, sino una condición casi continua. En este modelo, la producción mediática intensiva forma parte integrante de la estructura organizativa, y no constituye una mera reacción circunstancial. El problema, sin embargo, es que este patrón, cuando se lleva al exceso, pierde progresivamente su credibilidad. El exceso de declaraciones puede producir el efecto contrario: en lugar de reforzar la confianza, siembra la duda, en particular entre un público más amplio, más allá de la base partidaria. Los riesgos inherentes Esta escalada retórica entraña peligros serios. La credibilidad se erosiona cuando el relato ya no coincide con lo que la gente ve o escucha de otras fuentes. La multiplicación de las amenazas puede agravar las divisiones y los resentimientos. Cuanto más alto se eleva el techo del discurso, más difícil se vuelve cualquier retirada, estrechando el margen de maniobra política. Un discurso radical puede también invocarse como pretexto para una escalada recíproca, exponiendo al Líbano a riesgos adicionales. Lo que esto significa para el Líbano El Líbano atraviesa hoy un momento de gran fragilidad, en que la crisis económica converge con la tensión de seguridad y la fractura política. En tal contexto, el país necesita un discurso que alivie las crispaciones en lugar de atizarlas, y una transparencia que reconstruya la confianza entre el Estado y la sociedad. Lo que observamos, sin embargo, es lo contrario: un excedente de retórica y un déficit de confianza. Esto es lo que convierte el comportamiento mediático de Hezbollah en un componente de la crisis, y no en un mero reflejo de ella. Resulta claro que la intensificación de las amenazas y la inundación del espacio público con comunicados no son fenómenos aleatorios. Reflejan una estrategia fundada en la gestión de la moral, el fortalecimiento de las filas internas y la construcción de una disuasión psicológica, frente a desafíos crecientes tanto en el frente interno como en el externo. Pero esta estrategia, por eficaz que pueda resultar a corto plazo dentro de un entorno determinado, entraña riesgos serios a medio y largo plazo, tanto para el propio Hezbollah como para el Líbano en su conjunto. En definitiva, la verdad más importante sigue siendo que la fuerza de cualquier actor se mide no solo por lo que dice, sino por el grado en que sus palabras se corresponden con la realidad. En una era en que las fuentes de información proliferan, preservar la credibilidad es el mayor desafío y la prueba más exigente.

El inquietante testamento de Ghassibé Keyrouz, brazo derecho de Nicolas Kluiters s.j. (3/3)

La fiesta de San José (19 de marzo), patrono de la universidad que lleva su nombre, trajo a la memoria de su nuevo rector, el padre François Boëdec, SJ, el recuerdo de Alban de Jerphanion, el primer mártir jesuita de la guerra aparentemente interminable que estalló en el Líbano en 1975, cuyo capítulo más reciente, que se espera que sea el último, comenzó a desarrollarse a inicios de marzo. Otros cinco mártires de ese conflicto cayeron después del padre de Jerphanion. En homenaje a su sacrificio, y con la publicación de una nueva biografía dedicada a una de sus figuras más santas, el sacerdote neerlandés Nicolas Kluiters, cuya causa de beatificación está en curso, se presenta aquí este trabajo, que revela detalles hasta ahora inéditos sobre las motivaciones de quienes asesinaron al padre Nicolas. Al mismo tiempo, arroja luz sobre el sentido más amplio del don que ofreció al Líbano, para que el país pudiera perdurar como un modelo de “libertad y pluralismo” tanto para Oriente como para Occidente, en un momento en que una nación fuertemente militarizada amenaza con despojarlo de una parte vital de su territorio, marcada por la memoria del paso de Cristo. La ofrenda de amor realizada por Nicolas Kluiters, SJ, encontró un eco inesperado en la de un compañero seminarista: Ghassibé Keyrouz, un joven del pueblo vecino de Nabha. Diez años menor que él, Ghassibé había demostrado cualidades notables como catequista, y Nicolás lo había tomado bajo su protección, guiándolo hacia el sacerdocio. Ghassibé fue asesinado en 1975, alrededor de Navidad, cuando se dirigía a su casa para pasar las fiestas con su madre y su hermana. El día anterior, impulsado por una misteriosa premonición, escribió y dejó sobre su escritorio, en su habitación del Colegio Notre-Dame de Jamhour, una carta testamentaria en la que, al presentir que podría ser secuestrado y asesinado, perdonaba de antemano a sus futuros agresores. Esta carta notable se difundió rápidamente por el mundo. Estos son sus pasajes esenciales: “En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: “Cuando comencé a escribir este testamento, era como si otra voz hablara a través de mí. En estos días, todos, libaneses y residentes en el Líbano por igual, viven en peligro. Como uno de ellos, me veo secuestrado y asesinado en el camino que conduce a mi pueblo de Nabha. Y si esta intuición resulta cierta, dejo estas palabras a mi familia, a la gente de mi pueblo y a mi país. A mi madre y a mis hermanas les digo con plena confianza: no estén tristes, o al menos no lloren ni se aflijan en exceso. Esta ausencia, por larga que parezca, es en realidad breve: nos volveremos a encontrar, sin duda nos reencontraremos en la morada eterna del cielo. Allí hay alegría, y hay tristeza si estamos separados. No tengan miedo: la misericordia de Dios nos reunirá a todos nuevamente. “Solo tengo una petición que hacerles: perdonen, de todo corazón, a quienes me han matado. Recen conmigo para que mi sangre, aunque sea la de un pecador, pueda servir como rescate (fidya) por el pecado del Líbano; que se una a la de todas las víctimas que han caído, de todos los bandos y de todas las comunidades religiosas, y sea ofrecida como el precio de la paz, del amor y de la concordia, que han desaparecido de este país e incluso del mundo. Que mi muerte enseñe la caridad; que Dios los consuele, los proteja y los guíe a lo largo de la vida. No tengan miedo; no me arrepiento en absoluto de este mundo. Lo que me entristece es que ustedes estarán tristes. Recen, recen, recen y amén a sus enemigos. “Y a mi país le digo: ‘los habitantes de una misma casa pueden tener opiniones diferentes; no se odian entre sí. Pueden enojarse unos con otros sin convertirse en enemigos; pueden discutir sin matarse. Recuerden los días de armonía y de caridad; dejen atrás los de la ira y la discordia. Juntos hemos comido, bebido y trabajado; juntos hemos elevado nuestras oraciones al único Dios; juntos también debemos morir. Mi padre fue socio de un metualí (chiita) a quien yo llamaba ‘tío Hussein’, un nombre que me gustaba usar. Permanecieron socios durante setenta y cinco años sin romper nunca su acuerdo ni ajustar cuentas. Recuerden esto: a menudo no se puede pedir prestadas cien libras a un propio hermano; sin embargo, basta con acudir a alguien del pueblo, ya sea metualí, maronita, suní o druso, para que acuda en ayuda. Todos lo saben, pero el pecado nos ciega. Cada persona debe volver a la oración, según su creencia y su conciencia, para que Dios disipe la ira y reduzca a polvo los planes de los poderosos de este mundo, en el suelo de este país, que no debería pagar sus maquinaciones con su sangre…’ “En el cielo, no descansaré mientras esta situación en el Líbano continúe. “Que mi funeral sea un día de ordenación, no de entierro ni de tristeza. “Para mi entierro, que el padre Boutros celebre la misa, sin una gran reunión de sacerdotes ni aviso oficial. Si Abou-Khalil puede hacer mi ataúd con algunas cajas viejas, será suficiente. Sin banquete funerario. Que la gente me perdone… sin disparos. Soy polvo, pero por el poder de Dios participaré en la vida divina. Así debe ser. “La gente hablará, pero no dejen que eso les preocupe. Si tuvieran un poco de compasión, no se matarían entre sí, ni permitirían que los lobos triunfaran sobre nosotros… ¡Qué profundamente equivocados están!” Un olivo regado con sangre Nicolás quedó profundamente sacudido por la muerte violenta de Ghassibé Keyrouz, ocurrida mientras él se encontraba temporalmente en Europa. La muerte de Keyrouz prefiguraría el destino del propio Nicolás, así como el de otros cinco jesuitas que servían en el Líbano. Según Christian Taoutel, archivero de la USJ y jefe de su departamento de historia, la guerra civil también cobró la vida del padre Louis Dumas, quien celebraba la misa matutina y fue abatido por un francotirador el 25 de octubre de 1975; del padre Michel Allard, asesinado el 15 de enero de 1976 cuando un proyectil destruyó su habitación; del padre Alban de Jerphanion, secuestrado y asesinado en marzo de 1976 mientras acompañaba a un visitante al aeropuerto; y del padre Finnegan, jesuita estadounidense, alcanzado por un proyectil el 26 de febrero de 1984 cuando se dirigía desde la residencia jesuita en Achrafieh al Hôtel-Dieu de France para celebrar misa. El padre Finnegan valoraba profundamente estar con los pacientes e insistía, incluso bajo bombardeo, en visitarlos en sus habitaciones y compartir su sufrimiento. La guerra también se llevó al padre André Masse, director del campus de la Universidad San José en Saida, quien fue abatido el 24 de septiembre de 1987 por dos intrusos que habían entrado en su oficina, abierta a todos. El padre Joseph Nassar, SJ, quien descubrió el cuerpo de André bañado en sangre, limpió el suelo tras los primeros auxilios y regó un olivo que había plantado con la mezcla de agua y sangre. Sin buscar enfrentarse a la dictadura siria ni a la ideología islamista monolítica, incluso mientras Israel ocupaba parte del Líbano, el padre Kluiters, apóstol de Jesús, del desarrollo y de la diversidad, continuó desplazándose libremente por la Bekaa. Indiferente a su propia seguridad, se negó a limitarse a Barqa o a aceptar cualquier forma de aislamiento que pudiera distorsionar el mensaje de Jesús o volverlo excluyente. No servía únicamente a los cristianos del Líbano, sino al principio mismo de su “coexistencia”. Por ello, llegó a ser considerado un espía de Samir Geagea y finalmente fue eliminado de una tierra que ya no estaba destinada a ser un “modelo de libertad y pluralismo para Oriente y Occidente”, sino que se había convertido en un universo punitivo, una prisión del pensamiento y un modelo de intolerancia. Su muerte convirtió a Nicolas Kluiters en un referente de la kénosis, de la que hablaría el provincial jesuita, el padre Dany Younès, durante una ceremonia en honor al padre André Masse, caído dos años después. Evocando las palabras de Cristo, “Nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mi propia voluntad”, Dany Younès afirmó: “El padre André Masse entregó su vida para servir a un país en guerra”. Y añadió: “André no vino a morir al Líbano. Sí, su elección le costó la vida. Pero esa elección encarna un valor central de la Compañía de Jesús y de la Universidad San José. La educación es siempre una forma de emancipación, una búsqueda de la paz dentro de una sociedad en guerra. Recordar hoy a André Masse nos invita a cultivar la misma pasión que lo animaba: la pasión por la humanidad que desafía las estructuras de opresión”. No, ni André Masse, ni Nicolas Kluiters, ni ninguno de los miembros de la Compañía de Jesús que fueron víctimas de la guerra “vinieron al Líbano a morir”. Por el contrario, vinieron a dar vida. Vinieron para que los libaneses, todos los libaneses sin distinción de religión, “tengan vida y la tengan en abundancia”. Esta verdad debe subrayarse hoy, cuando una nación beligerante amenaza con amputar del Líbano un territorio santificado por el paso de Cristo, uno que es aún más preciado que el Valle Santo, los Cedros, el Castillo del Mar, el Templo de Baalbek y el Palacio de Beiteddine juntos. Leer más sobre el mismo tema: – “Muerto para que viva el Líbano”, el último sacrificio de Nicolas Kluiters S.J. – El martirio de Nicolás Kluiters S.J. en el Líbano: confrontando el mal

Dos focos de tensión a seguir: Bekaa Occidental e Isfahán

Dos regiones de gran relevancia estratégica concentraron la atención durante las operaciones militares nocturnas del lunes 30 al martes 31 de marzo, en el marco del conflicto en Medio Oriente iniciado el 28 de febrero: Isfahán, en Irán, y la Bekaa Occidental, en el Líbano. Durante la noche del lunes, la fuerza aérea de Estados Unidos realizó bombardeos intensos contra Isfahán, dirigidos contra importantes depósitos de armas y municiones del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. Fuentes estadounidenses informaron el martes por la mañana que se emplearon bombas antibúnker de gran capacidad, cada una con un peso superior a una tonelada, para destruir arsenales ubicados en instalaciones subterráneas profundas. Imágenes difundidas ese mismo día, tras una noche de devastación en la región de Isfahán, muestran explosiones de gran magnitud y columnas de fuego densas que se elevan sobre los objetivos alcanzados por la aviación estadounidense. Estos ataques intensivos en la zona de Isfahán resultan especialmente significativos debido a la presencia de instalaciones energéticas, nucleares, industriales y militares operadas por los Pasdarán. La escalada de los bombardeos estadounidenses en un punto estratégico como Isfahán parece responder a la intención clara de la administración de Donald Trump de infligir pérdidas sustanciales al régimen de los ayatolás, presionándolo para que acepte, en el plano militar, las condiciones establecidas en el plan de 15 puntos propuesto por Washington para poner fin a la guerra. En este contexto, el secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, retomó el martes las declaraciones del presidente Donald Trump sobre la existencia de un “nuevo poder” en Teherán, al que instó a actuar con “prudencia”. Al igual que el mandatario, advirtió que los ataques contra el régimen se intensificarán si Irán se niega a respaldar el acuerdo planteado por la administración estadounidense. Analistas interpretan estas declaraciones como una confirmación de que los bombardeos intensos sobre Isfahán durante la noche del lunes buscaban ofrecer a los dirigentes iraníes una advertencia clara sobre las consecuencias de rechazar el plan estadounidense. En paralelo, crecen las especulaciones sobre una posible operación de comandos estadounidenses destinada a incautar y retirar del territorio iraní los 450 kilogramos de uranio enriquecido al 60 por ciento que actualmente estarían en manos de los Pasdarán. Asimismo, se evalúa la posibilidad de una ofensiva terrestre para tomar el control de la estratégica isla de Kharg. A medida que evolucionan las operaciones militares, cerca de 2500 marines estadounidenses llegaron a la región a inicios de esta semana. Se prevé que en breve se sumen varios miles de paracaidistas y efectivos adicionales, en preparación para eventuales misiones específicas dentro del territorio iraní. Por su parte, la fuerza aérea israelí ha intensificado sus ataques contra infraestructura militar e industrial. Una fuente de las Fuerzas de Defensa de Israel señaló el martes que, solo en las últimas 24 horas, se han alcanzado cerca de 250 objetivos, incluidas plataformas de lanzamiento de misiles. Bekaa Occidental El segundo foco de tensión en las operaciones en curso es la Bekaa Occidental. Durante la noche del lunes, la aviación israelí llevó a cabo una serie de bombardeos intensivos sobre varias localidades de la zona, en particular Yohmor, Sehmor y pueblos cercanos. Los ataques tenían como objetivo aislar la Bekaa Occidental del sur del Líbano, dejando intransitables las principales vías que conectan ambas regiones. Las regiones de Bekaa y Baalbek han captado especial atención por parte de analistas debido al riesgo de una escalada, ya que, según informes, Hezbolá utiliza esta zona para lanzar misiles hacia Israel. Retirada del ejército libanés El desarrollo más relevante sobre el terreno el martes fue la decisión del ejército libanés de retirarse de la zona de Bint Jbeil, en particular de las localidades fronterizas cristianas de Debel y Rmeich. Este repliegue podría indicar el inicio de un enfrentamiento centrado en la ciudad de Bint Jbeil. En el plano diplomático, el Consejo de Seguridad de la ONU celebró el martes por la noche, a solicitud de Francia, una sesión de emergencia para abordar la situación generada por los recientes ataques contra la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas en el Líbano, que dejaron tres cascos azules muertos. Más allá de las declaraciones formales, la sesión destacó por la intervención del representante permanente del Líbano ante la ONU, quien condenó enérgicamente a Hezbolá por arrastrar al país a una guerra en contra de la voluntad del gobierno. En una medida relacionada, el Ministerio de Asuntos Exteriores envió una comunicación a la misión libanesa ante la ONU instruyéndola a informar a los organismos internacionales que el gabinete ha decidido considerar ilegal cualquier presencia militar o de seguridad de Hezbolá en el territorio libanés.