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Enorme explosión provocada por un ataque israelí cerca de la localidad de Al-Mansuri, en el sur del Líbano. (AFP)
Lo esencial de la semana
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Por LevantTime .
Publicado sep 6, 2026 - 23:27
Mientras Estados Unidos parecía haber optado únicamente por la guerra económica contra Irán, el ejército estadounidense lanzó abruptamente el martes ataques contra territorio iraní en represalia por ataques a petroleros, lo que desencadenó una espiral de violencia a lo largo de la semana. En el Líbano, Israel liberó a varios civiles detenidos en sus prisiones, mientras su ejército tomaba la estratégica colina de Ali el-Taher y proseguía sus masivos bombardeos en la zona que controla al sur del país. La semana del 31 de agosto al 6 de septiembre estuvo marcada por una clara aceleración de los acontecimientos en Oriente Medio, tras una semana anterior que parecía regida por la inmovilidad. En el frente iraní, desde la noche del martes, el ejército estadounidense llevó a cabo ataques selectivos en territorio iraní, los primeros en casi un mes. Esta captura de pantalla, realizada el 6 de septiembre de 2026 a partir de imágenes de video sin fecha difundidas ese mismo día por el Mando Central de Estados Unidos, muestra lo que el Centcom presenta como uno de los petroleros iraníes que destruyó en respuesta a intentos de ataques con misiles contra buques militares. (Centcom vía AFP) Sin embargo, su ritmo relativamente limitado da la impresión de que la administración estadounidense ha optado por una escalada controlada, al tiempo que mantiene su bloqueo y sus presiones económicas contra Teherán. Pese a todo, la tensión no ha dejado de crecer a lo largo de la semana. El sábado se escucharon explosiones en la altamente estratégica isla de Kharg, por donde transita la mayor parte del petróleo iraní. El presidente estadounidense Donald Trump, por su parte, amenazó con atacar el sitio nuclear de Kuh-e Kolang —«montaña del pico» en persa, o Pickaxe Mountain —, una instalación fuertemente fortificada situada a gran profundidad, no lejos de Natanz, el principal centro de enriquecimiento de uranio de Irán. A principios de semana, había planteado la fórmula del «petrolero por petrolero», prometiendo atacar un buque iraní cada vez que los Guardianes de la Revolución golpearan un petrolero en el estrecho de Ormuz. Eso fue precisamente lo que hizo el ejército estadounidense el sábado, al incendiar dos buques iraníes. En el plano político, Donald Trump volvió a endurecer el tono hacia Teherán. Tras afirmar en una entrevista que las conversaciones estaban definitivamente congeladas «porque un acuerdo con ellos no vale el papel en el que está escrito», el sábado consideró que el «conflicto» con Irán no era una «guerra», sino «algo rutinario» para Estados Unidos. Una forma de jugar con los nervios de los iraníes mientras tranquiliza a su opinión pública de cara a las elecciones de mitad de mandato. Un puerto, además de instalaciones de almacenamiento y bodegas, resultó dañado tras un ataque militar estadounidense llevado a cabo en la provincia iraní meridional de Hormozgán, que limita con el estrecho del mismo nombre, el 6 de septiembre de 2026. (AFP) Al mismo tiempo, el medio estadounidense Axios publicó el sábado un informe que sugiere que Estados Unidos ya proyecta su mirada más allá de este conflicto, iniciado el 28 de febrero. El sitio afirma, citando a funcionarios estadounidenses y otras fuentes informadas, que la administración Trump está elaborando una estrategia más amplia para el Oriente Medio de la posguerra. Esta se basaría en la creación de una alineación regional destinada a contener a Irán, poner fin a las repercusiones regionales de los ataques del 7 de octubre de 2023 perpetrados por Hamás en Gaza y ampliar el círculo de la normalización entre Israel y los países de la región. La amenaza contra Kuh-e Kolang, que marca el resurgimiento del expediente nuclear iraní, se hace eco de un anuncio del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), que lamentó, el 1 de septiembre, que Irán no haya vuelto a abrir sus instalaciones a sus inspectores tras los ataques de mayo de 2025. Recordemos que, a pesar de la magnitud de la ofensiva israelí-estadounidense contra los emplazamientos iraníes, es casi seguro que las reservas de uranio enriquecido permanecen intactas y fueron puestas a resguardo por las autoridades iraníes, que siguen aferradas a lo que consideran su derecho a desarrollar un programa nuclear. Tras el anuncio del OIEA, Estados Unidos, así como Francia, Gran Bretaña y Alemania, manifestaron su intención de presentar una resolución ante el Consejo de Seguridad de la ONU condenando el incumplimiento por parte de Irán de sus compromisos en materia de no proliferación nuclear. Una unidad de fachada que contrasta con la frialdad reinante entre Washington y sus aliados europeos desde el inicio del conflicto. Por su parte, los iraníes parecen seguir respondiendo a la conmoción de la misma manera: atacando a varios países vecinos, entre ellos Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos y Jordania, sin llegar a atacar directamente a Israel. Ataques masivos en el sur del Líbano En el frente libanés, Israel intensifica sus operaciones de destrucción en los pueblos del sur, llegando incluso a utilizar, en algunos casos, barriles explosivos. El presidente libanés Joseph Aoun instó a Washington y a la comunidad internacional a «poner fin» a los ataques israelíes en territorio libanés, que dejaron siete muertos el domingo en medio de una tregua frágil. Los bombardeos alcanzaron distintas localidades de la región de Nabatiye. Según el Ministerio de Salud, otras veinte personas resultaron heridas, entre ellas niños. Además, un ataque destruyó el antiguo hospital Ghandour, fuera de servicio desde hace años. Liberación de detenidos y toma de Ali el-Taher Pero el hecho más destacado de la semana en el sur fue la toma, por parte de Israel, de la estratégica colina de Ali el-Taher, en la región de Nabatiye. El lugar era un importante centro de mando de Hezbolá, formado por un vasto entramado de túneles desde donde operaban combatientes del partido chiita, así como, según ciertas informaciones, combatientes iraníes. El jueves por la noche, Israel anunció haber tomado el control del complejo. El domingo, el ministro israelí de Defensa, Israel Katz, declaró que aún quedaban túneles por volar. Este «éxito» militar quizás no fue una sorpresa tras semanas de bombardeos, pero la reacción de Hezbolá sí lo fue. Después de haber asegurado durante mucho tiempo que se negaría a ceder esta colina estratégica —al igual que los iraníes, que también habían amenazado con intervenir—, el partido chiita terminó minimizando el impacto de este suceso a través de sus medios y voceros, sin confirmar oficialmente, no obstante, la pérdida del sitio, que se había negado a preservar entregándolo al ejército libanés. La otra gran sorpresa de la semana fue la liberación, por parte de Israel, de cinco civiles libaneses y sirios detenidos en sus cárceles. Esta medida se produjo tras una visita a Tel Aviv del embajador de Estados Unidos en el Líbano, Michel Issa. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «responde a los esfuerzos realizados por Israel y el Líbano para localizar y repatriar los restos de los líderes de la comunidad judía que fueron secuestrados y asesinados en el Líbano» entre 1984 y 1986. También aquí la reacción de Hezbolá llama la atención. Aunque considera la medida positiva pero insuficiente, el partido volvió a arremeter contra las autoridades libanesas, acusándolas de «someterse al enemigo» y responsabilizándolas del desastre en el sur. Incluso les advirtió sobre «los conflictos internos». ¿Podrían los reveses militares del partido llevarlo a volcarse aún más contra el escenario interno? Por último, el ejército israelí hizo el domingo una declaración importante al anunciar que estudia reducir su zona de ocupación en el sur del Líbano, pasando de la actual «zona amarilla» a una «zona gris». Según esta interpretación, tal evolución reflejaría una disminución de la amenaza que representa Hezbolá. Sin embargo, la medida aún no ha sido aprobada por el liderazgo político israelí. Yemen y Palestina La semana también fue especialmente tensa en Yemen, donde los enfrentamientos entre los rebeldes hutíes y las fuerzas gubernamentales no dejaron de intensificarse, hasta un sábado particularmente sangriento que dejó más de 60 muertos en un solo día, elevando a unas 200 las víctimas desde el jueves. La ofensiva de los hutíes busca sobre todo hacerse con el control de ciertas zonas cercanas al paso de Bab el-Mandeb, lo que daría a este aliado de Irán una ventaja adicional sobre otro punto estratégico clave, tras el estrecho de Ormuz. En Palestina, la semana estuvo marcada por unas declaraciones especialmente preocupantes de Israel Katz sobre Gaza. Este afirmó, sin aportar pruebas, que la mayoría de los habitantes de la franja deseaban abandonarla, subrayando que Israel estaba «preparado para una evacuación» de tal magnitud. Todo apunta a que el calvario de los gazatíes está lejos de terminar. Por último, cabe destacar que el OIEA anunció, el 1 de septiembre, que unas infraestructuras descubiertas en Deir ez-Zor, Siria, indican que el antiguo régimen de Bachar al-Ásad preparaba en secreto un programa nuclear avanzado que podría haber llevado a la fabricación de un arma atómica con la ayuda de expertos norcoreanos.
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Por Michel Hajji Georgiou - Publicado sep 6, 2026 - 13:31
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El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026, perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del fútbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el fútbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales ni de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen, sin embargo, eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El fútbol de hoy, y no solamente el fútbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter. Una especie de alter ego del Neo de Matrix, arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de amor-odio con su hijo pródigo. Sin importar sus resultados, su talento o su genialidad, debía responder a una única e implacable pregunta: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el fútbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del fútbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del fútbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, había transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del fútbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletitud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, a los ojos de su pueblo, esto reforzaba esa sensación de amor-odio: al fin y al cabo, un dios caído sigue siendo un dios. Pero con el valor añadido de lo que, a ojos de sus admiradores, es un sustrato insoportable y, por lo tanto, perfectamente odioso de la humanidad: sus defectos, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué miras, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también en su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del fútbol, en las lejanas tierras del soccer. Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
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Países del Golfo, ¡sigan el ejemplo de Youssef Rajji!

Nuestra República decadente ha recuperado su lustre. Bastó con que un de nuestros ministros demostrara firmeza y «despidiera», respetando las normas de uso, al representante acreditado de Irán. Y esto fue aún más en honor de Youssef Rajji que supo desafiar la tormenta suscitada por su impertinencia. Sin embargo, no hay que creer que este golpe de fuerza diplomático llegaría a restablecer la credibilidad de este gobierno o de esta administración. Se necesitaría mucho más; ¡y las purgas de magnitud estalinista apenas serían suficientes! El Khalij a sangre y fuego Pero vayamos al golfo Pérsico, ya que hay que llamarlo por su nombre. Acorralado en sus últimos atrincheramientos, Teherán ha decidido poner dicho Khalij a sangre y fuego. Es ciertamente la carta maestra de los mulás y probablemente la última. Una simple comparación al término de un mes de operaciones militares: por 4391 ataques iraníes contra los países árabes (Arabia Saudita, EAU, Qatar, Kuwait, Bahréin, Omán y Abu Dabi), solo hubo 930 contra Israel. En proporción global, si el 17% de los ataques apuntaron al Estado hebreo, el 83 % estaban destinados a los países árabes, ¡todas las naciones juntas! ¿Cómo reaccionar a estas agresiones flagrantes? El Sultanato de Omán que, con fecha 29 de marzo, ha condenado formalmente la agresión «traicionera y cobarde» de la que ha sido objeto, se abstiene de designar al autor y llama a un recurso a los usos diplomáticos. Acto seguido, el Estado de Qatar ha estigmatizado el ataque que ha afectado a las centrales eléctricas y de desalinización de Kuwait. ¡Sin más! Estos países no son los únicos en mostrar contención y extrema prudencia. Hasta ahora ningún embajador de Irán en los países miembros de la Liga Árabe ha sido declarado persona non grata. Y si algunos miembros del Consejo de Cooperación del Golfo han «agradecido» a agregados militares iraníes o a empleados subalternos y adjuntos, nunca se han metido con el legado-jefe de la República de los ayatolás. Lo que habría sido de otra índole y lo que habría tenido otra resonancia! La ciclotimia americana Ciertamente, las capitales agredidas han buscado reforzar su coordinación de seguridad frente a lo que perciben como una amenaza iraní creciente; sin embargo, dudan todavía en tomar la vía de la escalada y de la respuesta militar que sería legítima. Salvo quizás Riad que prepara sus armas… y adopta un tono amenazante. Estas capitales aprehenden de hecho la reactivación en su propio territorio de células durmientes, así como ataques masivos dirigidos a sus infraestructuras petroleras y otras plantas de desalinización. Pero lo que temen por encima de todo es la imprevisibilidad de Donald Trump. Una imprevisibilidad que no dejó de señalar Emmanuel Macron el primero de abril en Tokio y que no disipó la alocución televisada, pronunciada acto seguido por el inquilino de la Casa Blanca*. No se construyen alianzas sólidas cuando no se sabe con qué pie bailar con el socio. El Presidente estadounidense puede convocar tres portaaviones, B52, aviones furtivos y tropas aerotransportadas al teatro de operaciones, pero puede muy bien irse a la francesa, sin pedir nada a cambio. Y, si a veces ha sorprendido a aliados y adversarios con operaciones relámpago, ¿cuántas veces no ha cumplido promesas y compromisos? Su imprevisibilidad táctica (o quizás su farol) no es de naturaleza que tranquilice a sus aliados árabes. Entonces, adoptan una impasible neutralidad en la hora de «la oportunidad histórica» de rehacer el Oriente Medio! *Si Donald Trump agradeció, en su intervención del miércoles primero de abril, a los países del Golfo, se desinteresó, en cambio, de la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz. Además, ¿quién puede creer que bombardear sin descanso a Irán durante 2 o 3 semanas, como prometió, sería capaz de alejar la amenaza que pesa sobre los países árabes ribereños?

Líbano: ¿qué posguerra?
Por
Rami Rayess
Publicado

¿Cómo se presentará la situación del Líbano y de la región a raíz de la guerra estadounidense-israelí contra Irán? ¿Y qué será de la fractura libanesa-libanesa, que se ha profundizado hasta niveles sin precedentes bajo el efecto conjugado de este conflicto, del compromiso de Hezbolá en él y de las agresiones israelíes que no cesan de extenderse por el territorio libanés, mientras el número de víctimas supera ya el millar y crece día tras día, hora tras hora? Por el lado iraniano, la supervivencia del régimen aproximadamente un mes después de que se abrieran las hostilidades constituye en sí misma un logro, y es precisamente lo que los partidarios de lo que antaño se designaba bajo el nombre de «eje de la resistencia» llamarían gustosamente una «victoria». Esta denominación sigue siendo, por supuesto, relativa, puesto que lo que pasa por victoria con arreglo a los criterios de ese eje representa un fracaso estruendoso a la luz del curso real de la guerra. Un régimen que se mantiene en el poder sobre ruinas no puede proclamar genuinamente una victoria, e Irán necesitará décadas enteras para recuperarse del derrumbe en que este conflicto devastador lo ha precipitado. Sin embargo, según los cálculos de un régimen teocrático y dogmático profundamente arraigado en sus certezas ideológicas, el hecho de haberse mantenido frente a la mayor potencia del mundo, que hace gala de su omnipotencia militar, y frente a su aliada regional que logró en pocos meses trastornar los equilibrios de fuerza en la región, representa una hazaña innegable. A ello se añade, en la lógica iraní, el hecho de que Teherán supo desafiar el sistema de la Cúpula de Hierro, atravesar el escudo de seguridad israelí y hacer llover cientos de misiles sobre ciudades y localidades israelíes, en coordinación con Hezbolá, que disparó a su vez cientos de cohetes sobre el norte de la Palestina ocupada, mientras resistía simultáneamente a las columnas del ejército israelí que se empeñaban en adentrarse en el sur del Líbano y en avanzar en la ocupación de sus pueblos, como preludio al establecimiento de un nuevo estado de cosas que cristalizaría en un acuerdo de alto el fuego sin precedentes. Pues el acuerdo de 2024 parece haber perdido toda sustancia, él que por lo demás nunca fue respetado por Israel desde su firma, a lo largo de más de quince meses durante los cuales la soberanía libanesa fue violada cientos de veces sin que el comité del «mecanismo» lograra obligar al Estado hebreo a aplicar disposición alguna. En el plano interior libanés, quienes apostaban por «el fin» de Hezbolá ya no pueden permitirse desviar indefinidamente la mirada de lo que ocurre en Irán, ni negar que esta «resiliencia iraní», por costosa que sea, ofrecerá tarde o temprano, de un modo u otro, un respiro al partido. Más fundamentalmente aún, no pueden ignorar las agresiones israelíes que golpean a civiles inocentes, socorristas, médicos y periodistas, y que se ceban igualmente en las infraestructuras civiles, como puentes e instalaciones públicas, con el fin de aislar la región al sur del río Litani del resto del territorio libanés, sin contar la destrucción total de los pueblos de la línea de frente arrasados hasta los cimientos con el propósito de expulsar definitivamente a sus habitantes y preparar una ocupación de larga duración, de naturaleza radicalmente diferente de lo que ocurrió durante la ocupación del Sur a partir de 1978, y luego durante la gran invasión de 1982 que llegó hasta Beirut, hasta la liberación completa del territorio en 2000. Si esta nueva realidad obliga a los libaneses que se oponían, con razón, al compromiso de Hezbolá en esta guerra en nombre de todos y sin consulta previa, a reconsiderar sus certezas y sus apuestas por la eliminación del partido, impone simultáneamente a Hezbolá renunciar sin demora al lenguaje de la amenaza, la intimidación, la traición y las acusaciones de «sionización» dirigidas contra tal o cual responsable. No cabe aceptar que este partido armado, que ha arrastrado al Líbano a una guerra de la que el país no obtiene ningún beneficio, se vuelva contra el resto de los libaneses una vez suspendido el conflicto, tal como lo dan a entender algunos de sus dirigentes o ciertos medios que gravitan en su órbita, en un desafío provocador a los sentimientos de amplios sectores de la sociedad y a la propia idea del Estado, que se supone debe ser el denominador común de todas las componentes de la nación. De lo que Israel saca quizás el mayor provecho es de alimentar las disensiones y los rencores entre libaneses, de enfrentar a las comunidades unas contra otras, pues ello le ahorra considerables esfuerzos al mantener a los libaneses consumiéndose mutuamente y apartados de la confrontación con su proyecto expansionista, que adquiere ahora contornos alarmantes mientras se elevan, desde el interior mismo de Israel, las voces que reclaman un «Gran Israel» y la necesidad de expandirse hacia el norte, en dirección al sur del Líbano, para proteger pueblos y asentamientos condenados a la inestabilidad crónica. Los libaneses ya vivieron la dolorosa experiencia del 7 de mayo de 2008, que no fue sino un golpe de fuerza armado contra la idea de la convivencia entre las distintas componentes de la sociedad libanesa, producido en el apogeo del poder y de la hegemonía armada del Hezb sobre la vida nacional, constitucional y política del país. Semejante experiencia sigue siendo inaceptable bajo cualquier forma, pues representaría una receta lista para la guerra civil y el repudio de todos los logros de la paz civil, la reconstrucción y la estabilidad, por frágil que sea, hechos posibles por los acuerdos de Taëf de 1989. Lo que los libaneses deben cultivar en esta hora histórica es la humildad y el regreso a las posiciones fundamentales, a fin de trabajar por poner fin a la guerra y a las agresiones, reconstruir el clima nacional propicio a la consolidación de la estabilidad y la paz interior, y de ese modo desbaratar todo proyecto que busque alimentar las divisiones mediante la violencia, esa violencia que el país soportó durante quince años de devastadora guerra civil.

Washington-Teherán: la mediación en punto muerto

Toda la atención sigue centrada en esta nueva fase hacia la que la región parece orientarse decididamente, dado el manifiesto rechazo de Teherán a iniciar un diálogo con Washington, basándose únicamente en las condiciones impuestas por la administración Trump para detener la ofensiva militar lanzada el 28 de febrero. Cabe señalar que hasta el momento la República Islámica no ha anunciado nada oficial al respecto, cuyos líderes ya han hecho saber que la propuesta de 15 puntos de Washington es inviable y excesiva, y que ellos mismos tienen condiciones para un diálogo. Entre estas condiciones, en particular, el cese de los ataques y asesinatos selectivos en Irán, así como garantías solemnes de que la ofensiva no se reanudará. Teherán también exigiría el respeto de «la soberanía iraní» sobre el estrecho de Ormuz, que presenta como un «derecho». A menos que haya un cambio de última hora de aquí al domingo, fecha límite fijada por el presidente Donald Trump a Teherán para responder a su propuesta -antes de que las fuerzas aéreas estadounidense e israelí empiecen a atacar las infraestructuras iraníes, especialmente las energéticas-, la situación se presenta como un bloqueo total, dejando el campo abierto a todo tipo de especulaciones sobre el desarrollo de los acontecimientos. Este bloqueo se ve reforzado de nuevo por las declaraciones del presidente estadounidense quien, en su red social Truth Social, el viernes, minimizó la importancia del cierre del estrecho de Ormuz por Teherán, a la vez que dio a entender que una reapertura por la fuerza sigue siendo posible. «Con un poco más de tiempo, podemos abrir fácilmente el estrecho de Ormuz, tomar el petróleo y hacer fortuna. Sería una verdadera «bonanza» para el mundo», escribió. Frente a Irán, que se niega a ceder, los países del Golfo se dirigieron al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, pidiéndole que diera su visto bueno a la reapertura del estrecho. Se suponía que este organismo se reuniría el viernes para estudiar la solicitud de las monarquías del Golfo y votar, a tal efecto, un proyecto de resolución bahreiní que autorizaba el uso de la fuerza pero bajo ciertas condiciones. Sin embargo, la reunión fue aplazada por falta de consenso sobre la cuestión. Teherán había advertido contra esta votación, alertando de que solo complicaría una situación ya muy complicada. La República Islámica se mantiene así totalmente indiferente a las amenazas que pesan sobre ella. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, anunció el viernes que «Tel Aviv continuará sus ataques contra el régimen iraní, en coordinación con Washington», precisando que su ejército había destruido «el 70% de las capacidades de producción de acero» de Irán, cuyas dos mayores acerías están paradas. «Es un logro considerable que priva a la Guardia Revolucionaria tanto de recursos financieros como de la capacidad de producir numerosas armas», declaró. En este 3 de abril, el intercambio de amenazas a través de fuentes mediáticas se acentuó, mientras que el terreno sigue marcado por violentos ataques israelí-estadounidenses sobre diversos objetivos relacionados particularmente con el desarrollo del arsenal balístico y nuclear de Teherán, así como por la continuación de los disparos iraníes contra Israel y los países del Golfo. La República Islámica sigue atacando la infraestructura civil. Una central eléctrica y una planta desalinizadora de agua en Kuwait sufrieron importantes daños tras ser alcanzadas de lleno por misiles iraníes, mientras que en Abu Dhabi, los restos de misiles que pudieron ser interceptados dejaron temporalmente fuera de servicio las instalaciones de gas de Habshan, especialmente a causa de un incendio que provocaron. Un F-15 derribado en Irán Hecho destacado de la jornada, en el terreno, sigue siendo la caída de un avión de combate estadounidense tipo F-15, derribado por el sistema de defensa aérea. Es la primera vez desde el comienzo de la guerra que Teherán logra derribar un avión de guerra estadounidense. Según la agencia de noticias iraní Fars, citada por AFP, el ejército iraní ha iniciado la búsqueda del piloto que habría logrado eyectarse del aparato. La televisión iraní, por su parte, anunció una recompensa a quien lo encontrara vivo, mientras que según el medio al-Hadath, la aviación estadounidense realizaba una operación de rastreo y búsqueda sostenida. Paralelamente, Israel sigue soplando caliente y frío sobre el Líbano. Según el Jerusalem Post, que cita una fuente militar israelí, el ejército de Tel Aviv habría reconocido que su objetivo de desarmar a Hezbolá es poco realista, «porque requeriría el lanzamiento de una invasión total del país, lo cual no hará». Según este medio, el principal desafío para desarmar a Hezbolá reside «en las reservas de cohetes autopropulsados dispersos al norte del río Litani». «Las divisiones israelíes desplegadas en el Líbano deberían completar la toma de control de territorios situados a entre ocho y diez kilómetros de la frontera con Israel durante la próxima semana. Este avance tiene como objetivo reducir la capacidad de Hezbolá para disparar misiles antitanque hacia Israel y aumentar el tiempo de alerta para los disparos de misiles desde el Líbano», indica el diario israelí, precisando que el gabinete de guerra israelí debería decidir la próxima semana la continuación de su operación en el Líbano, siendo el desarme de Hezbolá «una prioridad militar importante», reafirmó el viernes el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, al mismo tiempo que Benjamin Netanyahu subrayaba que contempla «extender aún más la zona de seguridad al sur del Líbano». Israel Katz recordó de nuevo que su país disocia los dos expedientes libanés e iraní y que por el momento lo importante es garantizar la seguridad de la parte norte de Israel. El ejército israelí continuó en esta perspectiva el establecimiento de una zona de amortiguación haciendo explotar las viviendas de los pueblos fronterizos. Ayer hizo volar varias casas en Aïta el-Chaab. Las explosiones se oyeron hasta Tiro. Además, hizo explotar dos puentes entre Sohmor y Machghara, en la Bekaa, como parte de su estrategia para interrumpir la transferencia de armas y municiones al sur del Litani, cuyos habitantes fueron nuevamente instados, el viernes, a desplazarse hacia el norte. La misma advertencia de evacuar los lugares fue dirigida por el ejército israelí a los habitantes del suburbio sur de Beirut. También el viernes, el ejército israelí anunció haber atacado más de 3.500 objetivos en todo el Líbano y haber «eliminado» a unos 1.000 combatientes de Hezbolá en un mes, paralelamente a su ofensiva terrestre en el sur del país.

¿Hacia una OTAN sunita?
Por
Centro Libanés de Investigaciones y Estudios
Publicado

Todo se remonta a 1998 — al 30 de mayo para ser precisos, fecha en que Pakistán realizó su última prueba nuclear en las arenas de Kharan, en Baluchistán. Este programa, desde la bomba hasta toda su cadena nuclear, había sido financiado por Arabia Saudita, con la aprobación estadounidense e israelí. Ambas capitales habían consentido en que Islamabad accediera al club nuclear con el fin de establecer un contrapeso estratégico en el triángulo India-China-Pakistán, en un momento en que Pekín y Nueva Delhi ya habían cruzado el umbral del armamento atómico. Fue entonces cuando se multiplicaron las especulaciones en torno a la intención de Irán de desarrollar un programa nuclear militar bajo cobertura civil — perspectiva que Tel Aviv y Washington juzgaron inaceptable. La bomba pakistaní, sunita, tenía como vocación imponer un equilibrio en el Extremo Oriente; una bomba iraní, chií, crearía una correlación de fuerzas inédita en Oriente Medio, región donde Israel se considera el primer actor estratégico. La consigna se impuso: Irán no podría acceder al arma nuclear. Teherán, por su parte, nunca dejó de reafirmar el carácter pacífico de sus ambiciones, sin ningún objetivo militar en la materia. La cuestión de una «OTAN sunita» resurge hoy con renovada insistencia, a raíz de la Cumbre de Paz de Sharm el-Sheij, donde cerca de mil trescientos millones de musulmanes se reunieron para proclamar el fin del conflicto armado con Israel, a cambio de la creación de un Estado palestino. Esta dinámica se inscribía en el marco de la iniciativa lanzada por Donald Trump tras la guerra de Gaza — iniciativa concebida en varias fases, la primera de las cuales debía ser el cese de las hostilidades, antes de que se constituyera un gobierno civil en Gaza. El proceso se detuvo ahí, sin poder superar esta primera etapa. Un sentimiento fue entonces tomando forma, en el seno del Reino Saudita en particular y del mundo sunita en general: la convicción de que Trump y la derecha israelí no desean verdaderamente la emergencia de un Estado palestino, que esta última habría convencido al presidente estadounidense de no ir demasiado lejos en sus concesiones a los Estados islámicos de la región, por temor a que estos impusieran sus condiciones en el futuro — y que atacar a Irán sigue siendo la verdadera prioridad. Tensiones internas en la administración republicana afloran además en torno a la cuestión del papel que los Estados del Golfo estarían en condiciones de desempeñar en la región. Trump y parte de su entorno no digirieron bien el acuerdo que Mohammed bin Salmán alcanzó con los hutíes en Yanbu sin informar a Washington; ni tampoco su viaje a Pekín, bajo la presidencia Biden, que había desembocado en un acercamiento irano-saudita bajo patrocinio chino. Hoy, el príncipe heredero y los actores sunitas de la región — a los que se suman Egipto y Turquía — aspiran al fin de los combates y encuentran en J. D. Vance, y en los republicanos que lo respaldan, aliados comprometidos con esta causa. La idea de una OTAN sunita no carece, pues, de sustancia: podría allanar el camino hacia cierto equilibrio regional una vez extinguida la guerra. Si los sunitas se encuentran bien en la región, toda la región estará bien. En el período anterior a la familia Asad, la burguesía sunita siria había llevado a Farès el-Khoury, libanés originario de Kafr, a la presidencia del gobierno de Damasco; y Chawkat Choucair, padre de Ayman Choucair, el druso de Arsoun en el Monte Líbano, había sido nombrado jefe del Estado Mayor del ejército sirio. Y por supuesto, si los cristianos — y con ellos los chiíes de la corriente de Mohammad Hussein Chamseddine — se encuentran bien, será toda la región, y el Líbano con ella, la que estará bien también.

Guerra en Irán: tres días decisivos antes del fin del ultimátum estadounidense

El plazo de diez días que Washington había concedido a Teherán para responder a las quince condiciones impuestas para un cese de las hostilidades, expira el domingo, sin que el menor signo concreto de una posible desescalada se vislumbre en el horizonte. Las posiciones parecen, por el contrario, endurecerse, mientras Estados Unidos e Irán afilan sus armas en previsión de una eventual nueva fase del conflicto militar y la confusión sigue reinando sobre posibles conversaciones entre ambos Estados. La violenta reacción de la República Islámica al esperado discurso del presidente Donald Trump a los estadounidenses, el miércoles por la noche, acompañada de contramenazas, revela la dificultad de la misión emprendida por los mediadores para empujar a los dos principales beligerantes a iniciar un diálogo. En el centro del pulso sigue esta constante que se plantea en forma de pregunta: ¿qué debe establecerse primero, el diálogo o un alto el fuego? Irán, que no es hostil al principio de un diálogo, pero que ha rechazado las 15 condiciones de Washington, considerándolas excesivas e irrealizables, sigue exigiendo que Estados Unidos ponga fin a su ofensiva, lo que el presidente Trump volvió a rechazar el miércoles. El tono ha vuelto a subir entre ambos. En Washington, donde se preparan a fondo para una ofensiva terrestre que podría ser la gran final articulada en torno al control de sitios estratégicos iraníes, se promete «llevar a Irán a la Edad de Piedra», en ausencia de un acuerdo, mientras Teherán blande la amenaza de ataques «devastadores» contra Estados Unidos e Israel. Donald Trump anunció así a los estadounidenses en su discurso, la noche del miércoles, que los ataques, que según él eran necesarios para impedir que Irán tuviera el arma nuclear, no cesarían pronto. Recordó a este respecto las victorias «decisivas» registradas, subrayando que está «cerca de cumplir» sus objetivos en Irán, «Los golpearemos extremadamente fuerte en las próximas dos o tres semanas. Los devolveremos a la Edad de Piedra a la que pertenecen», lanzó. Volvió a amenazar con atacar las infraestructuras energéticas iraníes, afirmando que, en ausencia de acuerdo, Estados Unidos «golpearía muy duramente y probablemente de forma simultánea cada una de sus centrales eléctricas». Washington había decidido suspender estos ataques a la espera de la respuesta de Teherán a sus 15 condiciones. El uranio enriquecido El presidente estadounidense no se extendió sobre posibles conversaciones, reafirmando lo que repite al respecto, a saber, que son los iraníes quienes desean iniciar un diálogo y que ellos mismos han pedido un alto el fuego, lo que el Ministerio de Asuntos Exteriores iraní se apresuró a desmentir. También evitó mencionar un posible despliegue de tropas terrestres, una perspectiva muy impopular en Estados Unidos. Donald Trump mencionó brevemente la cuestión de las reservas de uranio enriquecido de Irán, asegurando que estaban muy profundamente enterradas, sugiriendo que una vigilancia por satélite sería suficiente por el momento. También pasó muy rápidamente sobre el tema que preocupa a los estadounidenses y que le ha hecho caer en las encuestas durante un mes: el aumento del precio de la gasolina. Se trata, según él, de un fenómeno «a corto plazo». La economía estadounidense «nunca ha sido tan fuerte», aseguró. Donald Trump también recordó que Estados Unidos, exportador de petróleo, no dependía de los suministros que transitaban por el estrecho de Ormuz, bloqueado por Irán. Reunión sobre Ormuz Los países que sufren el bloqueo de esta estratégica vía marítima deben «ocuparse de ello», lanzó, al tiempo que prometió no «abandonar» a sus aliados del Golfo. No retomó sus virulentos ataques contra la OTAN, en particular contra los países europeos que, sin embargo, corren el riesgo de verse obligados a intervenir para restablecer la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz, principal palanca de Irán en su pulso con Estados Unidos. Cabe señalar en este contexto que los ministros de Asuntos Exteriores de unos cuarenta países, incluido Japón, celebraron el jueves una reunión virtual para discutir el cierre de esta arteria indispensable para el comercio internacional, sobre la cual Teherán amenaza con ejercer un control total imponiendo derechos de paso. Durante estos intercambios, la jefa de la diplomacia británica, Yvette Cooper, anunció otra reunión, que se celebrará a nivel militar para discutir una acción conjunta destinada a garantizar una reapertura duradera del estrecho y la seguridad de los petroleros y los cargueros, una vez terminada la guerra, sin precisar los países que estarían representados. Francia, por ejemplo, sigue oponiéndose firmemente a una operación militar con este fin. Su presidente, Emmanuel Macron, de visita de Estado en Seúl, calificó así de «irrealista» cualquier operación militar para desbloquear el paso de Ormuz. «Nunca ha sido la opción que hemos elegido», comentó, estimando que corre el riesgo de «llevar un tiempo infinito» y comportaría «numerosos riesgos». Salvo que, mientras se espera un hipotético desbloqueo, los precios del carburante siguen subiendo, afectando al conjunto de la economía internacional. Intensificación de los ataques Otra palanca de presión para Irán, los ataques contra los países del Golfo, que se intensificaron después del discurso de Donald Trump, al mismo tiempo que los lanzamientos coordinados de misiles contra Israel. Esta intensificación de los ataques que continuaron durante todo el día del jueves, siguió a las amenazas iraníes de ataques «devastadores» contra Estados Unidos e Israel, consecutivas al discurso del presidente estadounidense. El comandante operativo del ejército iraní aseguró, en un comunicado difundido por la televisión estatal, que esta guerra continuaría hasta la «humillación» de los enemigos de Irán. Sus proxies siguen comprometidos a fondo en esta misma estrategia, totalmente indiferentes a sus consecuencias en los países de los que proceden. Este es el caso, en particular, de Hezbolá que, al igual que Irán, intensificó simultáneamente sus ataques contra el norte de Israel la noche del miércoles al jueves y durante el día del jueves. Este aumento de la violencia transfronteriza en el sur, llevó al ministro de Defensa israelí, Yisrael Katz, a dirigir sus amenazas directamente al jefe de Hezbolá, Naïm Qassem, «y a sus colegas que pagarán el precio del lanzamiento de cohetes sobre Israel durante la Pascua judía». «Purificaremos el sur del Líbano de Hezbolá y sus partidarios y arrancaremos los colmillos de esta serpiente en todo el Líbano», amenazó además mientras su ejército procedía a la destrucción de viviendas en la zona fronteriza. La declaración de Salam En el ámbito político libanés, al término del Consejo de Ministros que presidió por la mañana, el jefe del gobierno libanés, Nawaf Salam, denunció la política de tierra quemada aplicada por Israel en el sur del Líbano para establecer una zona de amortiguamiento, pero al mismo tiempo criticó la aventura en la que la formación proiraní ha arrastrado al país, «convertido en el teatro de la guerra de otros», con un costo humano, social, material y económico excesivamente elevado. «Nada debería consagrar un vínculo entre el conflicto en nuestro territorio y las guerras de otros, en las que no tenemos ningún interés, incluidas las operaciones militares anunciadas como conjuntas y coordinadas con los Guardianes de la Revolución iraníes», estigmatizó, subrayando que su gobierno se esfuerza por sustraer al país de esta guerra por los medios políticos y diplomáticos.

Previsiones e incertidumbres: ¿hasta dónde llegará la guerra de Irán?

En esta quinta semana de la guerra de Irán, las declaraciones del presidente Donald Trump se prestan a interpretaciones ambiguas. Lo mismo ocurre con las de los dirigentes iraníes. Solo la posición israelí es clara: prioridad a los imperativos militares y de seguridad. La información proveniente del teatro de operaciones, así como los análisis sociopolíticos de los tres Estados beligerantes, proviene principalmente de la prensa. Las fuentes citadas suelen estar sesgadas y solo ponen de relieve una parte de los hechos que respaldan las tesis de sus autores. Es evidente que la mayoría de la prensa y de los medios audiovisuales occidentales insiste más en los costos de la guerra que en su equilibrio estratégico, que no puede ser ni puramente político ni exclusivamente militar, sino que debe constituir una síntesis estratégica integral. Los militares ejecutan sus propias estrategias en función de los objetivos nacionales. Los responsables políticos hacen lo mismo en su ámbito. Evaluar esta campaña debería considerar todos estos elementos. Algunos analistas pasan por alto que el curso de la guerra depende estrechamente de los recursos militares y económicos de cada beligerante. Estos constituyen el principal determinante del éxito o del fracaso. La ideología, la voluntad de combate, la motivación y la cohesión interna de cada bando vienen después. El ciudadano estadounidense considera que el conflicto militar en curso afecta su bolsillo. Algunas compañías estadounidenses se quejan de pérdidas. Otras, por el contrario, obtienen o esperan obtener beneficios. Es probable que, tras la guerra, la economía estadounidense, cada vez más enfocada en el continente americano y en la reactivación de los intercambios con China, se recupere con facilidad, como anticipa Trump. Conviene señalar, en este contexto, que la próxima reunión entre Donald Trump y Xi Jinping, propuesta hace algunos meses, podría ir seguida de la firma de contratos de gran magnitud. Pekín podría, en particular, comprar a Washington 600 aviones Boeing por un valor de 140 mil millones de dólares, soja por 20 mil millones, además de petróleo y gas estadounidenses, así como levantar las restricciones a la compra de chips electrónicos de la empresa Nvidia. A cambio, Estados Unidos podría importar de China “tierras raras”, esenciales para la fabricación de hardware informático y para la inteligencia artificial, sobre las cuales Xi Jinping ha impuesto severas restricciones, sin olvidar los productos chinos de bajo costo destinados a los consumidores estadounidenses. En el plano militar, Washington evita y evitará cuidadosamente cualquier estancamiento o guerra de desgaste, como las evocadas por los opositores de Trump, en referencia a los conflictos de Vietnam, Irak y Afganistán, donde Estados Unidos intentó, sin éxito, cambiar los regímenes. Las pérdidas estadounidenses, tanto humanas como en equipamiento militar, son hasta ahora relativamente limitadas, y los recursos militares y económicos están lejos de agotarse. El Pentágono, además, se había fijado entre cuatro y seis semanas para alcanzar sus objetivos, y ese plazo sigue dentro de los límites anunciados. Irán, por su parte, atraviesa una situación socioeconómica desastrosa. Esta se agravó en 2025, cuando Washington intensificó las sanciones contra la República Islámica, lo que ha estrangulado aún más la economía iraní y reducido considerablemente el flujo de dólares desde los bancos iraquíes. Esta situación podría deteriorarse aún más tras el conflicto. Además, la hegemonía evidente del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica sobre los líderes religiosos y las figuras clave del régimen incrementa el descontento del Artesh, el ejército regular iraní, hasta ahora relativamente al margen de los bombardeos israelíes y estadounidenses, así como de los reformistas, como el presidente Masoud Pezeshkian, y de las minorías kurdas, baluchas, árabes y azeríes, que buscan actuar militarmente. Estas tensiones podrían provocar una mayor radicalización interna en el cuerpo de guardianes. Irán necesitaría al menos dos décadas para recuperarse. En resumen, el fracaso de la estrategia regional del cuerpo de guardianes durante las últimas dos décadas es evidente: ha costado cientos de miles de millones de dólares sin resultados. Irán está en ruinas. Antes del inicio del conflicto, la República Islámica contaba con el arsenal de misiles y drones más grande y diverso de Medio Oriente, caracterizado por una evolución hacia misiles balísticos de combustible sólido, de despliegue rápido y alta precisión, así como grandes reservas de municiones merodeadoras de largo alcance. Según estimaciones, Irán disponía de entre 2000 y 3000 misiles balísticos de largo alcance (2000 km) y corto alcance (300 km), incluidos misiles hipersónicos Fattah, capaces de superar Mach 10, y misiles Khorramshahr, con gran alcance y capacidad de carga superior a una tonelada, incluso con ojivas múltiples, que han demostrado su eficacia. También contaba con unos 480 lanzadores móviles. Además, produjo en masa decenas de miles de drones suicidas, en particular los conocidos Shahed-136, con un alcance operativo de entre 1500 y 2500 kilómetros. Este arsenal incorporaba capacidades de precisión de origen chino, que permitían atacar radares estadounidenses, lo que habría llevado a la destrucción de aproximadamente siete sistemas avanzados y a la apertura de brechas en las defensas antimisiles. Asimismo, Irán invirtió de forma masiva en instalaciones subterráneas de producción y almacenamiento para proteger su arsenal, lo que dificulta su destrucción total desde el aire. La estrategia buscaba saturar los sistemas defensivos enemigos, aunque solo logró un éxito parcial, con una tasa de impacto estimada entre el 5 y el 10 por ciento. Estas capacidades se habrían reducido en dos tercios tras un mes de conflicto, según fuentes estadounidenses e israelíes, y continúan disminuyendo. El Pentágono se prepara en los próximos días para una posible campaña terrestre prolongada, con el despliegue de miles de soldados adicionales, según informaron The Washington Post y CBS. Unidades de élite como los Navy SEALs, Rangers, Marines y la 83ª división aerotransportada se alistan, ofreciendo a Washington opciones flexibles para eventuales operaciones dentro de Irán, destinadas a destruir lo que queda del arsenal de misiles y drones, así como del programa nuclear. El medio Tehran Times advirtió que el plan estadounidense comenzaría con asesinatos selectivos de altos responsables, como al inicio del conflicto, seguidos de ataques contra infraestructuras estratégicas. La fase terrestre implicaría a miles de combatientes locales, iraníes y extranjeros, procedentes del noroeste, probablemente kurdos, apoyados por 5000 soldados estadounidenses desplegados entre Baréin y rutas marítimas, junto con el despliegue de un tercer portaaviones. Según la misma fuente, marines y paracaidistas tomarían aeropuertos en la ciudad portuaria de Bandar Abbas y otras localidades para facilitar puentes aéreos, mientras equipos aerotransportados atacarían instalaciones vinculadas a misiles y al programa nuclear. Estas afirmaciones sugieren que Irán se prepara para enfrentar ese escenario. Mientras tanto, los ataques estadounidenses e israelíes continúan gracias al dominio aéreo y siguen degradando el arsenal iraní. A la luz de estos elementos, la conclusión es la siguiente: pese a los reveses militares y las pérdidas significativas. Irán no muestra señales de flexibilidad ni voluntad de hacer concesiones estratégicas. La victoria estadounidense sería, por tanto, principalmente militar, con el objetivo de neutralizar a largo plazo la capacidad de acción iraní. Por otro lado, y pese a las afirmaciones de Trump, el cuerpo de guardianes continúa resistiendo, lo que hace poco probable un avance en las negociaciones. Las conclusiones siguen siendo prematuras, a la espera de que se implemente o no la opción terrestre estadounidense.