El 10 de mayo de 2000 desaparecía Raymond Eddé, al término de un exilio de más de dos décadas en París. Eddé fue, en el panorama político libanés, una personalidad del todo atípica. Una cierta historia retiene hoy de él la figura de un idealista obstinado, desconectado de la realidad, puesto que rechazó todos los compromisos políticos que buscaban un colmataje temporal de las brechas por reflejo de supervivencia inmediata, a costa de los valores fundamentales de la República y de los fundamentos elementales del Estado, desde el Acuerdo de El Cairo hasta el Acuerdo de Taëf. ¿Irreductible, el Amid? Y sin embargo, paradoja anacrónica, lo contrario fue lo que se le reprochó al interior de su comunidad: el no dejarse arrastrar por las corrientes de testosterona identitaria y el negarse a escuchar los dulces cantos de las sirenas y de la metralla, al contrario de los partidos populares y las organizaciones armadas de la época.









