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Enorme explosión provocada por un ataque israelí cerca de la localidad de Al-Mansuri, en el sur del Líbano. (AFP)
Lo esencial de la semana
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Par LevantTime .
Publié sep 6, 2026 - 23:27
Mientras Estados Unidos parecía haber optado únicamente por la guerra económica contra Irán, el ejército estadounidense lanzó abruptamente el martes ataques contra territorio iraní en represalia por ataques a petroleros, lo que desencadenó una espiral de violencia a lo largo de la semana. En el Líbano, Israel liberó a varios civiles detenidos en sus prisiones, mientras su ejército tomaba la estratégica colina de Ali el-Taher y proseguía sus masivos bombardeos en la zona que controla al sur del país. La semana del 31 de agosto al 6 de septiembre estuvo marcada por una clara aceleración de los acontecimientos en Oriente Medio, tras una semana anterior que parecía regida por la inmovilidad. En el frente iraní, desde la noche del martes, el ejército estadounidense llevó a cabo ataques selectivos en territorio iraní, los primeros en casi un mes. Esta captura de pantalla, realizada el 6 de septiembre de 2026 a partir de imágenes de video sin fecha difundidas ese mismo día por el Mando Central de Estados Unidos, muestra lo que el Centcom presenta como uno de los petroleros iraníes que destruyó en respuesta a intentos de ataques con misiles contra buques militares. (Centcom vía AFP) Sin embargo, su ritmo relativamente limitado da la impresión de que la administración estadounidense ha optado por una escalada controlada, al tiempo que mantiene su bloqueo y sus presiones económicas contra Teherán. Pese a todo, la tensión no ha dejado de crecer a lo largo de la semana. El sábado se escucharon explosiones en la altamente estratégica isla de Kharg, por donde transita la mayor parte del petróleo iraní. El presidente estadounidense Donald Trump, por su parte, amenazó con atacar el sitio nuclear de Kuh-e Kolang —«montaña del pico» en persa, o Pickaxe Mountain —, una instalación fuertemente fortificada situada a gran profundidad, no lejos de Natanz, el principal centro de enriquecimiento de uranio de Irán. A principios de semana, había planteado la fórmula del «petrolero por petrolero», prometiendo atacar un buque iraní cada vez que los Guardianes de la Revolución golpearan un petrolero en el estrecho de Ormuz. Eso fue precisamente lo que hizo el ejército estadounidense el sábado, al incendiar dos buques iraníes. En el plano político, Donald Trump volvió a endurecer el tono hacia Teherán. Tras afirmar en una entrevista que las conversaciones estaban definitivamente congeladas «porque un acuerdo con ellos no vale el papel en el que está escrito», el sábado consideró que el «conflicto» con Irán no era una «guerra», sino «algo rutinario» para Estados Unidos. Una forma de jugar con los nervios de los iraníes mientras tranquiliza a su opinión pública de cara a las elecciones de mitad de mandato. Un puerto, además de instalaciones de almacenamiento y bodegas, resultó dañado tras un ataque militar estadounidense llevado a cabo en la provincia iraní meridional de Hormozgán, que limita con el estrecho del mismo nombre, el 6 de septiembre de 2026. (AFP) Al mismo tiempo, el medio estadounidense Axios publicó el sábado un informe que sugiere que Estados Unidos ya proyecta su mirada más allá de este conflicto, iniciado el 28 de febrero. El sitio afirma, citando a funcionarios estadounidenses y otras fuentes informadas, que la administración Trump está elaborando una estrategia más amplia para el Oriente Medio de la posguerra. Esta se basaría en la creación de una alineación regional destinada a contener a Irán, poner fin a las repercusiones regionales de los ataques del 7 de octubre de 2023 perpetrados por Hamás en Gaza y ampliar el círculo de la normalización entre Israel y los países de la región. La amenaza contra Kuh-e Kolang, que marca el resurgimiento del expediente nuclear iraní, se hace eco de un anuncio del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), que lamentó, el 1 de septiembre, que Irán no haya vuelto a abrir sus instalaciones a sus inspectores tras los ataques de mayo de 2025. Recordemos que, a pesar de la magnitud de la ofensiva israelí-estadounidense contra los emplazamientos iraníes, es casi seguro que las reservas de uranio enriquecido permanecen intactas y fueron puestas a resguardo por las autoridades iraníes, que siguen aferradas a lo que consideran su derecho a desarrollar un programa nuclear. Tras el anuncio del OIEA, Estados Unidos, así como Francia, Gran Bretaña y Alemania, manifestaron su intención de presentar una resolución ante el Consejo de Seguridad de la ONU condenando el incumplimiento por parte de Irán de sus compromisos en materia de no proliferación nuclear. Una unidad de fachada que contrasta con la frialdad reinante entre Washington y sus aliados europeos desde el inicio del conflicto. Por su parte, los iraníes parecen seguir respondiendo a la conmoción de la misma manera: atacando a varios países vecinos, entre ellos Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos y Jordania, sin llegar a atacar directamente a Israel. Ataques masivos en el sur del Líbano En el frente libanés, Israel intensifica sus operaciones de destrucción en los pueblos del sur, llegando incluso a utilizar, en algunos casos, barriles explosivos. El presidente libanés Joseph Aoun instó a Washington y a la comunidad internacional a «poner fin» a los ataques israelíes en territorio libanés, que dejaron siete muertos el domingo en medio de una tregua frágil. Los bombardeos alcanzaron distintas localidades de la región de Nabatiye. Según el Ministerio de Salud, otras veinte personas resultaron heridas, entre ellas niños. Además, un ataque destruyó el antiguo hospital Ghandour, fuera de servicio desde hace años. Liberación de detenidos y toma de Ali el-Taher Pero el hecho más destacado de la semana en el sur fue la toma, por parte de Israel, de la estratégica colina de Ali el-Taher, en la región de Nabatiye. El lugar era un importante centro de mando de Hezbolá, formado por un vasto entramado de túneles desde donde operaban combatientes del partido chiita, así como, según ciertas informaciones, combatientes iraníes. El jueves por la noche, Israel anunció haber tomado el control del complejo. El domingo, el ministro israelí de Defensa, Israel Katz, declaró que aún quedaban túneles por volar. Este «éxito» militar quizás no fue una sorpresa tras semanas de bombardeos, pero la reacción de Hezbolá sí lo fue. Después de haber asegurado durante mucho tiempo que se negaría a ceder esta colina estratégica —al igual que los iraníes, que también habían amenazado con intervenir—, el partido chiita terminó minimizando el impacto de este suceso a través de sus medios y voceros, sin confirmar oficialmente, no obstante, la pérdida del sitio, que se había negado a preservar entregándolo al ejército libanés. La otra gran sorpresa de la semana fue la liberación, por parte de Israel, de cinco civiles libaneses y sirios detenidos en sus cárceles. Esta medida se produjo tras una visita a Tel Aviv del embajador de Estados Unidos en el Líbano, Michel Issa. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «responde a los esfuerzos realizados por Israel y el Líbano para localizar y repatriar los restos de los líderes de la comunidad judía que fueron secuestrados y asesinados en el Líbano» entre 1984 y 1986. También aquí la reacción de Hezbolá llama la atención. Aunque considera la medida positiva pero insuficiente, el partido volvió a arremeter contra las autoridades libanesas, acusándolas de «someterse al enemigo» y responsabilizándolas del desastre en el sur. Incluso les advirtió sobre «los conflictos internos». ¿Podrían los reveses militares del partido llevarlo a volcarse aún más contra el escenario interno? Por último, el ejército israelí hizo el domingo una declaración importante al anunciar que estudia reducir su zona de ocupación en el sur del Líbano, pasando de la actual «zona amarilla» a una «zona gris». Según esta interpretación, tal evolución reflejaría una disminución de la amenaza que representa Hezbolá. Sin embargo, la medida aún no ha sido aprobada por el liderazgo político israelí. Yemen y Palestina La semana también fue especialmente tensa en Yemen, donde los enfrentamientos entre los rebeldes hutíes y las fuerzas gubernamentales no dejaron de intensificarse, hasta un sábado particularmente sangriento que dejó más de 60 muertos en un solo día, elevando a unas 200 las víctimas desde el jueves. La ofensiva de los hutíes busca sobre todo hacerse con el control de ciertas zonas cercanas al paso de Bab el-Mandeb, lo que daría a este aliado de Irán una ventaja adicional sobre otro punto estratégico clave, tras el estrecho de Ormuz. En Palestina, la semana estuvo marcada por unas declaraciones especialmente preocupantes de Israel Katz sobre Gaza. Este afirmó, sin aportar pruebas, que la mayoría de los habitantes de la franja deseaban abandonarla, subrayando que Israel estaba «preparado para una evacuación» de tal magnitud. Todo apunta a que el calvario de los gazatíes está lejos de terminar. Por último, cabe destacar que el OIEA anunció, el 1 de septiembre, que unas infraestructuras descubiertas en Deir ez-Zor, Siria, indican que el antiguo régimen de Bachar al-Ásad preparaba en secreto un programa nuclear avanzado que podría haber llevado a la fabricación de un arma atómica con la ayuda de expertos norcoreanos.
Homenaje
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Par Michel Hajji Georgiou - Publié sep 6, 2026 - 13:31
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El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026, perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del fútbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el fútbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales ni de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen, sin embargo, eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El fútbol de hoy, y no solamente el fútbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter. Una especie de alter ego del Neo de Matrix, arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de amor-odio con su hijo pródigo. Sin importar sus resultados, su talento o su genialidad, debía responder a una única e implacable pregunta: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el fútbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del fútbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del fútbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, había transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del fútbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletitud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, a los ojos de su pueblo, esto reforzaba esa sensación de amor-odio: al fin y al cabo, un dios caído sigue siendo un dios. Pero con el valor añadido de lo que, a ojos de sus admiradores, es un sustrato insoportable y, por lo tanto, perfectamente odioso de la humanidad: sus defectos, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué miras, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también en su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del fútbol, en las lejanas tierras del soccer. Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
Portrait de l'auteur
Par Mona Fayad - Publié sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona que escuchara una historia y luego se la contara a otra, que a su vez se la contara a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
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La rendición libanesa es el patriotismo…
Par
Khairallah Khairallah
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Líbano se encuentra hoy abandonado a su suerte ante la ausencia de una postura unificada por parte de las principales autoridades del Estado, es decir, el presidente de la República, el presidente del Parlamento y el presidente del Consejo de Ministros. Esta falta de consenso se da tanto frente a la necesidad de encontrar una salida como ante la intención de Israel de establecer una zona de amortiguamiento en el sur. Sin embargo, la amenaza israelí no se limita a la creación de esa zona. Todo indica que el Estado hebreo busca destruir pueblos libaneses a lo largo de lo que se considera la frontera entre ambos países, líneas que nunca han sido oficialmente delimitadas. La necesidad de una posición unificada y valiente es más urgente que nunca, sobre todo porque el destino y el futuro del país penden de un hilo desde que los Guardianes de la Revolución iraníes lo arrastraron a una guerra de carácter devastador. ¿Cómo enfrentará Líbano la presencia de más de un millón de desplazados en los próximos meses? La responsabilidad de este desplazamiento masivo, que afecta en su gran mayoría a chiitas, recae tanto en Irán como en Hezbolá. Estos desplazados son consecuencia directa de la decisión de iniciar una nueva guerra contra Israel, desencadenada por seis misiles lanzados desde el sur del Líbano por los Guardianes de la Revolución, bajo el pretexto de vengar la muerte del líder supremo Ali Khamenei. Lo más alarmante es que la República Islámica, completamente dominada por los Guardianes de la Revolución, sabe perfectamente qué quiere del Líbano y con qué propósito pretende utilizarlo, especialmente desde que tomó el control total de Hezbolá. Parece dispuesta a sacrificar a todos los libaneses, incluidos los chiitas, con tal de demostrar que tiene cartas en la región y que es capaz de escalar el conflicto a una guerra regional, incluso con repercusiones en la economía mundial. En términos claros, el régimen iraní busca demostrar que su inversión en Hezbolá y sus esfuerzos por redefinir la naturaleza de la comunidad chiita en el Líbano han sido acertados, y que existen hombres dispuestos a morir para ganarse su lugar como “soldados” en el ejército del wali al-faqih, como solía decir el fallecido Hassan Nasrallah. La administración estadounidense sabe perfectamente qué se espera del Líbano. Desde la perspectiva del gobierno de Donald Trump, decidido a someter a Irán, Israel goza de plena libertad de acción en territorio libanés. En Israel se intentó, en algún momento, asignar el expediente libanés a Ron Dermer, un político con gran capacidad estratégica, pero este pasó rápidamente a manos del ministro de Defensa, Israel Katz, quien no cree en la diplomacia y considera que no hay otra solución para Líbano que la militar, lo que implica la eliminación de Hezbolá y de su arsenal. La dificultad, del lado israelí, radica en la necesidad de Benjamin Netanyahu de mantener a Dermer en Washington, o en contacto permanente con la capital estadounidense, debido a su estrecha relación con la administración Trump, cuyas posturas frente a una guerra con Irán varían constantemente. Existe una posición estadounidense y existe una posición israelí. Líbano parece formar parte del ámbito asignado a Israel. Sin embargo, falta un elemento clave en esta ecuación: la postura libanesa. ¿Qué quiere Líbano? ¿Cuáles son sus prioridades? ¿Tiene otra opción que no sea negociar directamente con Israel para determinar qué exige este país antes de permitir el regreso de los desplazados a sus pueblos, o a lo que queda de ellos? La crisis de los desplazados es una bomba de tiempo que el Líbano deberá enfrentar tarde o temprano. Esto implica superar todos los bloqueos internos, incluida la creencia de que Israel tiene ambiciones territoriales sobre el país. Si ese hubiera sido el caso, Israel no habría evitado la guerra contra Líbano en 1967, cuando este último decidió no participar en la guerra de los Seis Días, conflicto que terminó con la ocupación del Sinaí, Cisjordania, incluida Jerusalén, y los Altos del Golán. Además, si Israel realmente hubiera tenido aspiraciones sobre Líbano, no habría aplicado en mayo de 2000 la resolución 425 del Consejo de Seguridad de la ONU, retirándose del territorio libanés bajo supervisión internacional. Líbano tiene el deber de definir sus prioridades y avanzar hacia negociaciones directas con Israel, sin ilusiones. Estas negociaciones no pueden comenzar mientras Hezbolá permanezca armado, ya que ha quedado demostrado que ese armamento solo ha servido para propiciar la ocupación, prolongarla y alimentar divisiones internas en función de los intereses iraníes. En las circunstancias actuales, la situación en el terreno ya no permite distinguir entre paz y capitulación. ¿Dónde estaría la deshonra en la capitulación si representa la única vía hacia la paz? Todo lo demás es secundario, una pérdida de tiempo y una evasión constante de la realidad, aun cuando se sabe perfectamente qué exige Israel y que no existe una posición estadounidense independiente de la israelí. La tragedia libanesa se resume en una sola cuestión: cómo recuperar el territorio y cuál es el precio a pagar por ello. Ese precio es inevitable, incluso si solo se busca evitar la explosión de la bomba de tiempo que representa el millón de desplazados. A la luz de lo que Irán ha provocado en Líbano, la capitulación aparece como el verdadero patriotismo, y el patriotismo como una forma de capitulación. Es momento de que Líbano defina lo que quiere, ahora que se sabe lo que exige Israel y que ninguna postura estadounidense puede desvincularse de la israelí. La capitulación no es vergonzosa. La verdadera vergüenza radica en la ausencia de una posición libanesa unificada que respalde negociaciones directas, sin las cuales no será posible poner fin a la ocupación ni permitir que la mayoría de los desplazados regrese a sus hogares...

El impresionismo libanés: de la grisalla parisina a la luz del Monte Líbano (1/4)

El año 2026 marca el centenario de la muerte de Claude Monet, uno de los pioneros del impresionismo. De hecho, fue una de sus obras, Impresión, sol naciente , la que dio nombre al movimiento impresionista. El movimiento surge en Francia en la década de 1870, impulsado por artistas como Claude Monet, Auguste Renoir o Camille Pissarro. Rompiendo con las rígidas normas de la Academia, los impresionistas dejan de buscar la representación perfecta del “tema”. En su lugar, intentan capturar la luz, el instante fugaz, la impresión que transmite el modelo. Defienden una visión espontánea y natural del mundo, sin filtros ni jerarquías, con pinceladas fragmentadas, rápidas y visibles, y un uso intensivo del color, donde incluso las sombras son coloreadas, en tonos azulados o violáceos, nunca negras. Pintan al aire libre y ya no en el estudio. Una revolución posible gracias a la invención de la pintura en tubos, que permitió a los artistas trabajar directamente en contacto con la naturaleza. El auge cultural del Líbano A comienzos del siglo XX, el Líbano vivía un auge cultural sin precedentes. Es el momento de la Al Nahda, el renacimiento cultural impactaba casi todos los ámbitos, especialmente la pintura. Artistas pioneros viajan a estudiar en París y Roma, y regresan con técnicas modernas, entre ellas el impresionismo. Ya no se trata de reproducir la luz gris del cielo parisino, sino la luz desbordante de los paisajes del Monte Líbano. Los impresionistas del Levante deben aprender a dominar una luz intensa y muy blanca, propia de la región, lo que da lugar a un impresionismo más contrastado y vibrante. El impresionismo libanés no copia el occidental. Lo adapta a una sensibilidad oriental para expresar la nostalgia, la vida rural y la belleza del patrimonio. El cuarteto de la luz A inicios del siglo pasado, cuatro pioneros marcaron el desarrollo del impresionismo y de la pintura moderna libanesa: Khalil Saleeby, Omar Onsi, César Gemayel y Mustafa Farroukh. Khalil Saleeby, figura clave de la pintura libanesa Es el verdadero precursor de la pintura moderna en el Líbano. Introdujo una aproximación más libre al retrato y al paisaje, y logró captar y transmitir la psicología de sus personajes. Al estilo de los grandes maestros, utilizó la luz y el claroscuro para definir volúmenes, profundidad y dar relieve a sus retratos. Su trayectoria Khalil Saleeby nació en Btalloun en 1870. Tras estudiar en el Syrian Protestant College, hoy American University of Beirut, continuó su formación artística en Edimburgo, en Estados Unidos y luego en París. Allí conoció a grandes figuras, entre ellas el pintor estadounidense John Singer Sargent, quien influyó profundamente en su enfoque del retrato. A su regreso al Líbano en 1900, abrió su propio taller en Beirut, frente a la AUB. Se convirtió en mentor de futuros referentes de la pintura moderna libanesa, como César Gemayel y Omar Onsi. Su vida tuvo un final trágico en 1928, cuando fue asesinado junto a su esposa estadounidense, Carrie, en su pueblo natal, tras un conflicto vecinal relacionado con los derechos de agua. Su obra Saleeby transformó el arte en el Líbano, llevándolo de una práctica artesanal o religiosa a una disciplina intelectual y moderna. Su estilo evolucionó del realismo académico a un impresionismo vibrante, con una paleta rica, dominada por juegos de luz, tonos rosados y azules opalescentes. Aunque pintó paisajes y escenas rurales, es especialmente reconocido por sus retratos y desnudos. Fue uno de los primeros artistas del mundo árabe en abordar el desnudo desde una perspectiva académica, rompiendo los numerosos tabúes sociales de su época. Su colección personal, preservada por su familia, se conserva hoy en la AUB Art Gallery de Beirut y constituye un verdadero tesoro nacional. Una obra emblemática: el autorretrato inacabado Saleeby realizó varios autorretratos a lo largo de su carrera, en los que se representó con una mirada intensa y orgullosa, utilizando la luz y pinceladas amplias. Estas obras reflejan su capacidad para captar no solo el parecido físico, sino también la dimensión psicológica del sujeto. Entre sus piezas más conmovedoras destaca su autorretrato inacabado de 1928. La obra quedó en el caballete en el momento de su asesinato. Resume el estilo de sus últimos años: pincelada libre y enérgica, una mirada profunda que captura su propia psicología y un dominio de la luz que sigue siendo impactante, pese al carácter inconcluso del cuadro. Siguiente artículo El impresionismo libanés: Omar Onsi, maestro de la luz

Perspectiva de escalada en Irán: todas las alertas están en rojo

La semana que acaba de concluir en Medio Oriente ha sido un crescendo de retórica y acciones militares que desemboca este lunes 6 de abril en el vencimiento del ultimátum lanzado por Donald Trump al régimen de los mulás. El jefe de la Casa Blanca ha amenazado con “aniquilar” las instalaciones energéticas de Irán. A lo largo de estos días, el presidente estadounidense multiplicó sus declaraciones, alcanzando su punto más alto el sábado, cuando dio 48 horas a los dirigentes en Teherán para aceptar el acuerdo propuesto, bajo la advertencia de que, de lo contrario, “el infierno” se desataría sobre ellos. Trump les exige “cerrar un acuerdo o abrir el estrecho de Ormuz”, en referencia a negociaciones basadas en 15 puntos planteados por Washington, centrados principalmente en el abandono de los programas nucleares y balísticos, así como en el cese del financiamiento a aliados regionales como Hezbolá. El segundo piloto estadounidense, hallado con vida Durante la semana, el mandatario estadounidense alternó mensajes contradictorios, como lo ha hecho desde el inicio de esta guerra contra el régimen iraní: en ocasiones habló de plazos de dos o tres semanas para el fin del conflicto, y en otras priorizó la vía diplomática, asegurando que los iraníes “quieren llegar a un acuerdo a cualquier costo”. Sin embargo, hacia el final de la semana fueron las autoridades iraníes las que dieron la impresión de buscar la escalada. El sábado rechazaron un alto el fuego de 48 horas propuesto por Estados Unidos y, por el contrario, intensificaron sus ataques contra Israel y, especialmente, contra países del Golfo. Allí atacaron infraestructuras sensibles como plantas desalinizadoras y centrales eléctricas, por ejemplo, en Kuwait. En un contexto de bombardeos crecientes sobre su propio territorio, ese mismo día se registró un hecho inusual: una central nuclear en el sur del país fue alcanzada. Además, los Guardianes de la Revolución iraníes lograron una “victoria” simbólica al derribar el viernes un avión F-15 estadounidense con dos comandantes a bordo. Uno de ellos fue rescatado rápidamente por el ejército estadounidense; el segundo fue encontrado con vida, aunque herido, la noche del sábado, tras una amplia y arriesgada operación de búsqueda llevada a cabo durante 48 horas en pleno territorio iraní por unidades de élite estadounidenses, con apoyo constante de helicópteros y aviones de reconocimiento que volaron a baja altura. La operación de rescate, ejecutada sin contratiempos durante dos días, culminó la noche del sábado con un enfrentamiento con elementos de los Basij, la fuerza paramilitar vinculada a los Guardianes de la Revolución, que intentaron capturar al comandante del F-15 cuya ubicación ya había sido detectada. Los milicianos sufrieron fuertes bajas y la unidad de élite logró rescatar al piloto antes de retirarse hacia un país árabe vecino. Ataques intensivos contra Emiratos y Kuwait En cuanto a las operaciones militares convencionales, el cierre de la semana estuvo marcado por un aumento de lanzamientos de misiles y drones contra, entre otros, los Emiratos Árabes Unidos y Kuwait. El ejército kuwaití informó el sábado que interceptó ocho misiles balísticos y 19 drones con explosivos en 24 horas. Por su parte, los Emiratos señalaron haber interceptado en un solo día 23 misiles balísticos y 56 drones. En esta fase del conflicto, el estrecho de Ormuz se mantiene como el punto clave, eclipsando otras cuestiones como el programa nuclear o el posicionamiento regional del régimen iraní. La apuesta de Teherán por el impacto global del cierre de esta vía marítima estratégica ha dado sus frutos: el aumento de los precios de los combustibles afecta la economía de numerosos países y el poder adquisitivo en regiones muy alejadas del conflicto. Irán incluso ha insinuado que busca obtener beneficios económicos del tránsito por el estrecho, que mantiene prácticamente cerrado desde hace semanas, permitiendo solo el paso de algunos buques autorizados, como embarcaciones turcas e indias. Esto refuerza su control sobre la zona. El sábado, fuentes iraníes afirmaron haber atacado un petrolero “vinculado a Israel”. Otro elemento de escalada desde Teherán: un medio iraní informó que las exportaciones de petróleo desde la estratégica isla de Kharg, que Trump ha amenazado con tomar, han aumentado a pesar del conflicto. ¿Este comportamiento, incluido el rechazo a negociar con Estados Unidos y la negativa a aceptar un alto el fuego, refleja una mayor radicalización del liderazgo iraní? La información sobre la situación interna es limitada, pero un indicio significativo de esta se observa en las reacciones a un artículo publicado en la revista Foreign Affairs por el exministro de Relaciones Exteriores Mohammad Javad Zarif. Zarif sostiene que Irán “lleva la delantera en este conflicto”, al haber resistido los ataques sin ceder, lo que ha derivado, según él, “al fracaso de ambas partes para forzar la capitulación del régimen”. A su juicio, Irán debería aprovechar esta posición no para intensificar la guerra, sino para negociar, proponiendo limitar voluntariamente su programa nuclear y reabrir el estrecho de Ormuz a cambio del levantamiento de sanciones. Las reacciones a este planteamiento evidencian una fuerte polarización. Los sectores conservadores más radicales han respondido con especial dureza, calificando a Zarif de “ingenuo” e incluso de “traidor”, al considerar que sus declaraciones transmiten debilidad en plena guerra. Mientras tanto, el nuevo líder supremo, Mojtaba Khamenei, permanece fuera del foco público. En síntesis, Irán parece decidido a presionar a sus adversarios hasta el límite. ¿Se trata de una estrategia para negociar desde una posición de fuerza o de una huida hacia adelante? ¿Cuáles podrían ser los escenarios de una eventual intervención militar estadounidense en la próxima semana, considerando además que el jefe del Estado Mayor fue destituido recientemente por el secretario de Defensa, en favor de una figura más alineada con la política de Trump? Todo apunta a un endurecimiento también del lado estadounidense. En cualquier caso, la semana que comienza se perfila como un punto de inflexión en la guerra. En Líbano… En el otro frente, el de Líbano, la misma dinámica de escalada se observa entre Hezbolá e Israel. La milicia chiita mantiene ataques constantes con cohetes, misiles y drones contra el norte de Israel y posiciones dentro del territorio. Por su parte, el ejército israelí aplica una política de tierra arrasada en las localidades fronterizas, además de intensificar los bombardeos en distintas regiones. El número de víctimas supera ya las 1400 desde el 2 de marzo. Un desarrollo preocupante tuvo lugar el sábado por la noche, confirmando una mayor implicación de la región de la Bekaa en el conflicto: amenazas israelíes contra el paso fronterizo de Masnaa, entre Líbano y Siria, obligaron a las fuerzas de seguridad libanesas a evacuarlo de emergencia. Las razones no están claras: ¿sospechas de tráfico de armas hacia Hezbolá? El ministro de Obras Públicas y Transporte, Fayez Rassamny, negó fallas en el control del paso. ¿Se trata de una estrategia de bloqueo? Habrá que esperar. Cabe señalar una coincidencia llamativa: el 28 de marzo, autoridades sirias descubrieron y cerraron un túnel que cruzaba la frontera y que, según afirmaron, era utilizado por Hezbolá para contrabando. Durante la semana, también llamó la atención la resistencia de las comunidades cristianas del sur del Líbano. La decisión de replegar progresivamente al ejército libanés ante el avance israelí generó fuertes críticas, al interpretarse como un abandono de estas poblaciones. El ejército justificó la medida como una forma de evitar quedar rodeado, asegurando que mantendrá presencia en la zona. Si el ejército libanés está bajo presión, también lo está la Fuerza Interina de las Naciones Unidas en Líbano (FINUL). El 30 de marzo, tres cascos azules indonesios murieron en un ataque, y otros tres resultaron heridos días después. A menos de un año de su retirada definitiva prevista para finales de 2026, el papel de la misión vuelve a ser cuestionado. Otro episodio generó interrogantes: mientras Hezbolá mantiene un discurso de confianza total y exalta el heroísmo de sus combatientes, el ejército israelí difundió videos de interrogatorios a supuestos miembros capturados del grupo. En ellos, los detenidos expresan dudas sobre el sentido de su participación y un bajo estado de ánimo, aunque admiten no poder negarse a obedecer. La autenticidad de estos materiales puede ser cuestionada, pero su difusión ha tenido un fuerte impacto. El futuro del Líbano aparece cada vez más incierto, y una eventual escalada en Irán solo aumentaría la tensión. Otro país que muestra signos de fragilidad es Irak, que, sin estar en guerra abierta, parece convertirse en escenario del conflicto. Además de ataques contra intereses estadounidenses, se reportó el secuestro de una periodista estadounidense en Bagdad por parte de Kataeb Hezbolá, milicia proiraní, lo que refleja el control de facto que ejercen grupos vinculados a los Guardianes de la Revolución.

Los intereses detrás de la guerra Irán-EE. UU.

Quienes han estudiado la guerra, como Gaston Bouthoul o Marvin Harris, nunca limitaron su análisis a la dimensión geopolítica inmediata. No se conformaban con preguntar “¿por qué estalló?”, sino que también planteaban “¿qué produce?” y “¿a quién beneficia?”. Cuando las sociedades se muestran incapaces de resolver sus contradicciones internas, tienden a proyectarlas hacia el exterior, y la guerra se convierte entonces en un medio para reorganizar el espacio interno mediante una violencia dirigida hacia afuera. Este enfoque permite una lectura de las guerras contemporáneas que trasciende su reducción al ámbito militar o geopolítico. El conflicto que hoy involucra al triángulo Irán–Estados Unidos–Israel no puede entenderse simplemente como una disputa de influencia o un juego de disuasión mutua. Más bien, debe analizarse como un proceso complejo, con múltiples funciones: consolidar legitimidades internas en crisis, redibujar equilibrios regionales y producir relatos de movilización que redefinen al enemigo y a la propia identidad. Para Bouthoul, la guerra ha dado origen a la historia, que comienza con el registro de las batallas armadas. Representa una frontera que marca grandes transformaciones y encarna una transición acelerada. En Vacas, cerdos, guerras y brujas , Marvin Harris intenta explicar fenómenos culturales, religiosos y bélicos desde una perspectiva material, económica y ecológica. Su enfoque ayuda a dimensionar el papel de los recursos como factor de conflicto y a mostrar que la economía y la geoestrategia constituyen el trasfondo de los enfrentamientos aparentes. También permite entender por qué ciertas comunidades permanecen en estados de guerra prolongados pese a las pérdidas: la guerra cumple funciones sociales inscritas en la estructura material. Además, Harris vincula la infraestructura, entendida como economía, entorno y tecnología, con la superestructura formada por religión, símbolos y creencias. Sin embargo, este marco resulta insuficiente para explicar el peso de las ideologías religiosas y políticas, ya sean chiitas, sunitas, sionistas o nacionalistas, así como el rol de las emociones, el odio y la memoria histórica. La agresión iraní contra los Estados del Golfo ha demostrado la fuerza de estos factores. Tampoco aborda plenamente las interacciones en tiempo real entre líderes estatales que marcan la agenda internacional. Entonces, conviene entender la guerra actual como un conflicto de múltiples objetivos. Los recursos estratégicos son clave para la participación estadounidense: consolidación de su influencia en el Golfo, control de corredores energéticos y rutas marítimas, y afirmación de su superioridad tecnológica. A esto se suman las dinámicas internas de poder: élites políticas e industriales que capitalizan la inestabilidad, y aparatos militares y económicos que se benefician de la prolongación de las tensiones. El conflicto también sirve para mantener la cohesión interna de ciertos regímenes, en particular el de Benjamin Netanyahu, mientras que la “amenaza externa” opera como mecanismo de control social, como ocurre en Irán. Aquí entra en juego el factor simbólico, psicológico y político. En Medio Oriente, los símbolos, la memoria y las identidades tienen un papel central. También la guerra responde a dinámicas ideológicas, religiosas y nacionalistas que el materialismo cultural no logra abarcar por completo. Se trata de luchas por la identidad, por los relatos históricos y religiosos, por la seguridad existencial y por la legitimidad interna. Descomponer el conflicto entre los tres actores permite identificar los intereses materiales ocultos tras los discursos ideológicos. Desde el punto de vista geográfico y de recursos, Irán aparece como una potencia regional con gran profundidad territorial y vastas reservas energéticas. Israel, con un territorio limitado, basa su supervivencia en la superioridad tecnológica y militar, así como en el respaldo estadounidense. El escenario estratégico incluye el Golfo, los corredores energéticos y las aguas regionales. Israel mantiene una superioridad nuclear no declarada, mientras Irán impulsa su programa nuclear como mecanismo de disuasión. Paralelamente, la carrera en misiles, drones y guerra cibernética intensifica las tensiones. Desde la perspectiva estadounidense, el conflicto impacta la arquitectura misma de la economía global. Las sanciones contra Irán han generado una economía de resistencia interna, mientras las industrias militares estadounidenses e israelíes se benefician del clima de amenaza. Las tensiones también justifican alianzas militares y de seguridad a escala global. El conflicto trasciende así lo doctrinal para convertirse en una disputa por hegemonía, disuasión y distribución del poder en una región rica en recursos estratégicos. La pregunta central es cómo este conflicto beneficia a las estructuras internas de cada actor. En Irán, la “amenaza israelo-estadounidense” ha reforzado la narrativa de asedio, legitimado el endurecimiento del aparato de seguridad y consolidado el papel de los Guardianes de la Revolución. En Israel, la amenaza iraní ha reforzado la centralidad de la seguridad en la política, consolidado las corrientes que perciben un peligro existencial y generado cohesión social pese a profundas divisiones internas. Para Estados Unidos, ha permitido mantener el equilibrio regional, fortalecer alianzas y gestionar su influencia frente a potencias emergentes. En este sentido, la guerra cumple una función social interna basada en la cohesión a partir del miedo compartido. En el plano simbólico, que incluye lenguaje, religión e identidad, emergen fórmulas como la eliminación de Israel, la defensa de la existencia, el apoyo al eje de la resistencia y la amenaza nuclear. Estas no son solo consignas: operan como herramientas de movilización. A esto se suma una dimensión metafísica en el discurso iraní y un trauma histórico en la conciencia israelí que se intensificó tras la guerra del 7 de octubre, reactivando la memoria colectiva y la ansiedad existencial. ¿Es el conflicto entre Irán e Israel estructuralmente resoluble? ¿O se ha convertido en parte de un equilibrio funcional que garantiza la supervivencia de los propios regímenes? ¿Necesita Netanyahu la continuidad del conflicto para sostener su posición? ¿Necesitaba Donald Trump ese equilibrio estratégico para contener a China y su expansión? ¿Necesita Irán mantener la confrontación para sostener su régimen frente a tensiones internas? Sin embargo, el equilibrio funcional que acabamos de describir parece escapar de todo control. Los regímenes que se creen dueños de la escalada permanecen expuestos a cualquier evento imprevisto, ya sea un asesinato, un error de cálculo o un golpe decisivo, y he aquí que nos hallamos sumidos en una guerra cuyo coste pesa sobre todos los actores, mientras la propia supervivencia del régimen iraní se encuentra ya en juego.

48 horas para evitar un nuevo « infierno » en Irán

Era, naturalmente, de esperar... Blandiendo la amenaza de un diluvio de fuego que podría caer en breve sobre las infraestructuras estratégicas iraníes, el presidente Donald Trump recordó a los líderes de la República Islámica que el último plazo de 10 días que les había concedido para aprobar el plan de 15 puntos presentado por Washington expira en 48 horas (es decir, el lunes) o asegurar la libre circulación marítima en el estrecho de Ormuz. «Irán tiene un plazo de 48 horas antes de enfrentarse al infierno», declaró el presidente Trump. El sábado por la noche, 4 de abril, no había todavía ningún indicio que permitiera prever un posible desbloqueo susceptible de evitar una escalada a gran escala en las operaciones militares, pero los giros de última hora no son, evidentemente, de excluir en este tipo de situaciones. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria reiteró el sábado su postura intransigente, afirmando que no estaba dispuesto a reunirse con los negociadores estadounidenses «en los próximos días», y asegurando, en todo caso, que las demandas estadounidenses (formuladas en el plan de quince puntos) son «inaceptables». Los próximos días permitirán saber si se trata de una actitud de principio para reforzar la posición del negociador iraní o si, por el contrario, esta actitud refleja realmente una línea de conducta intransigente fundada en una base ideológica rígida que tiene por esencia llegar hasta el final en el pulso entablado con Estados Unidos y Occidente en general. La cuestión que también se plantea en este contexto es saber hasta qué punto los Pasdaran se han convertido en los únicos dueños de la situación en Irán y en qué medida el bando calificado de «moderado» y «pragmático» ha perdido toda influencia en la escena interna, bajo el peso abrumador de los radicales. A nivel estadounidense, la pequeña frase lanzada el sábado por el presidente Trump invita a la reflexión y puede abrir el camino a todo tipo de especulaciones. El jefe de la Casa Blanca ha dado, en efecto, 48 horas al régimen de los mulás para «llegar a un acuerdo» (el plan de quince puntos) o restablecer la libre circulación en el estrecho de Ormuz. El « o» marca toda la diferencia... ¿Significa esto que la Casa Blanca se conformaría con este último punto para poner fin a la guerra? En cuyo caso –muy poco probable, pero en un contexto así nada es realmente imposible– el presidente Trump habría abandonado sus objetivos proclamados en repetidas ocasiones, relativos al programa nuclear, el arsenal balístico y el abandono del expansionismo regional desestabilizador, mantenido a través de los proxies subyugados a los Guardianes de la Revolución. Por lo tanto, fuera de una capitulación total del poder en Teherán –también poco probable–, sería difícil que el presidente Trump se resolviera a poner fin a las operaciones militares basándose en una solución coja que no resolvería ninguno de los contenciosos que son la base de esta guerra y que, por ello mismo, mantendría las raíces del mal y sumiría, a más o menos breve plazo, a la región y a la comunidad internacional en una nueva crisis existencial aguda, o incluso en un nuevo conflicto armado. A última hora del sábado, algunas fuentes indicaron que Washington habría informado a Tel Aviv de que los contactos con la República Islámica están en un punto muerto. Como para confirmar esta información, fuentes oficiales israelíes afirmaron que la Administración estadounidense podría dar «esta semana» su visto bueno a ataques contra las instalaciones energéticas, lo que representaría un golpe muy severo para la economía iraní, y por extensión para el régimen en el poder. La gran industria ya objetivo A la espera de la expiración de este plazo fijado por el presidente estadounidense, los desarrollos a nivel de las operaciones militares indican, en el estado actual, que la balanza se inclina más, claramente, hacia la escalada. Prueba de ello es que las aviaciones estadounidense e israelí han tomado como objetivo en las últimas cuarenta y ocho horas un sector altamente estratégico que se habían esforzado en preservar desde el inicio de la guerra, a saber, la gran industria. Las importantes infraestructuras petroquímicas han sido así duramente bombardeadas y dañadas. Este es el caso, más particularmente, del gran complejo petroquímico de la región de Ahwaz que asegura, según diversas fuentes, no menos del 70 por ciento de las necesidades del mercado iraní en gasolina y carburantes. Los golpes asestados a este sector vital tendrán un impacto desastroso en la economía iraní en su conjunto, que ya atraviesa una fase crítica desde hace varios meses. Paralelamente, la aviación israelí se desató en la noche del viernes al sábado contra las instalaciones militares, estratégicas y administrativas del vasto aparato de los Guardianes de la Revolución en la región de Teherán. La escalada de los ataques también alcanzó los complejos siderúrgicos, que constituyen otra rama vital de la economía iraní. Un hecho notable en este contexto: puestos iraníes en la frontera con Irak fueron bombardeados por la aviación israelí. Al margen de estas operaciones militares, las fuerzas especiales de EE. UU. continuaron durante todo el día y la noche del sábado sus búsquedas para encontrar al segundo piloto del avión F-15 que había sido derribado a finales de semana. Unidades de élite han sido desplegadas en territorio iraní en el marco de estos esfuerzos de rescate y operan desde hace dos días en profundidad dentro de Irán sin ser en lo más mínimo inquietadas por una fuerza hostil, lo que dice mucho sobre el estado de las unidades armadas y de seguridad de la República Islámica. Nuevos ataques contra los suburbios del sur En el frente libanés, el ejército israelí informó el sábado que su aviación bombardeó en los suburbios del sur las infraestructuras de Hezbolá, así como posiciones de «la brigada del Líbano, dentro de la brigada de Jerusalén». No es sino desde mediados de la semana pasada que se habla abiertamente de esta «brigada del Líbano» dentro de la «brigada de Jerusalén», que constituye el brazo armado de los Pasdaran en Oriente Medio. De manera concomitante a los ataques contra los suburbios del sur, la aviación israelí centró sus bombardeos el sábado principalmente en algunas localidades importantes de la Bekaa occidental, un nuevo punto caliente del «frente libanés» que corre el riesgo de estar pronto en el centro de las operaciones israelíes, paralelamente a la zona meridional.

Juro ser fiel a la patria, al ejército y a la bandera...

En los últimos días, ver al ejército retirarse de algunas aldeas del Sur como Rmeich, Ain Ebel, Debel o Qlayaa provoca algo por dentro que nos cuesta nombrar. No es solo tristeza. Es más antiguo que eso, más profundo, como si este retroceso viniera a confirmar una intuición que habíamos estado postergando durante mucho tiempo, la de un país que se desliza lentamente fuera de sí mismo. En los cafés, en los mensajes que nos enviamos por la noche, sentimos que algo se ha roto. Pero la emoción, por muy justa que sea, no basta para entender lo que está pasando. Y mientras nos quedemos dentro, no vemos nada. Un ejército no está hecho para suicidarse. Está hecho para durar lo suficiente como para seguir siendo útil cuando realmente importa. Enviar hombres sin cobertura frente a una potencia que los aplasta no es coraje. Es ordenar su muerte llamándolo valentía. Porque hay que entender una cosa. Hay quienes pueden resistir hasta el final, hasta el último hombre, porque no responden a la misma lógica. Sus órdenes vienen de otro lugar, de una capital extranjera que contabiliza las pérdidas sin mirar nunca cómo arden las aldeas. Para ellos, los muertos son útiles. El territorio libanés es solo un espacio de maniobra. Lo que viene después de la guerra no es asunto suyo. Pero un ejército nacional no tiene derecho a razonar como ellos. Si se destruye en un combate que no puede ganar, no es una batalla perdida, es el propio país el que se va con él. Y después, no queda nadie para sostener nada. Así que sí, retrocede. Es difícil de ver. Pero este retroceso no es una huida, es un cálculo, el único que permite seguir en pie mañana. George Washington abandonó Nueva York en 1776, y los lealistas se burlaron de él durante meses. Los rusos dejaron Moscú a Napoleón en 1812. Los ingleses embarcaron precipitadamente en Dunkerque en 1940. A todos los llamaron cobardes. Todos ganaron. No es una coincidencia. Un capitán no se mide por las olas que afronta. Tampoco se mide por la violencia de la tormenta. Se mide por el número de hombres que trae de vuelta vivos. Un capitán que se hunde con su tripulación por negarse a cambiar de rumbo no es un héroe. Es un náufrago. Un padre de familia no toma su fusil para morir en la puerta de su casa. Saca a los suyos por detrás, retrocede, incluso huye si lo llaman cobarde, porque su deber no es morir de pie: es asegurar que los suyos vivan. El ejército, hoy, es a la vez este capitán y este padre. No retrocede por debilidad. Retrocede porque tiene millones de hijos que traer de vuelta. También hay que decir lo que preferimos no decir. Líbano no ganará una guerra contra Israel. No es un juicio, es un hecho. Pero un ejército no existe solo para ganar guerras. Existe para que después de la guerra, quede algo por gobernar, alguien para evitar que todos resuelvan sus cuentas solos en la calle. Sin ejército, no hay Estado. Y un país sin Estado, es la guerra civil volviendo a llamar a la puerta. Aquellos que quieren que se quede a toda costa no piden coraje. Piden sangre. Exigen que mantenga posiciones rodeadas, sin líneas de suministro seguras, sin rotación de hombres, sin superioridad aérea, sin municiones suficientes ni apoyo logístico continuo. Piden a una unidad que opere fuera de la cadena de mando, aislada de sus retaguardias, expuesta, inmovilizada, convertida en un blanco. No es una postura de defensa. Es una condena al desgaste, hasta el colapso. Y cuando ya no haya ejército, comprenderán demasiado tarde que destruyeron lo único que los protegía. Y luego está ese soldado. Veinte años, quizás menos. No eligió el uniforme para irse, lo eligió precisamente para quedarse, para defender un lugar, vigilar casas por la noche, aprender los rostros de un pueblo que no era el suyo. Esa mañana, recibió la orden de retirarse. Recogió sus cosas sin hacer ruido, subió al camión y no miró hacia atrás. No porque no le costara nada. Sino porque sabía que si miraba, ya no se iría. En el camión, sus manos temblaban. No de miedo. Sino por el peso de lo que dejaba. Este país sigue en pie gracias a gente como él. Líbano ha sobrevivido a cosas que habrían matado a cualquier otro país. Ha sobrevivido porque hombres como este soldado han seguido levantándose por la mañana, poniéndose el uniforme, manteniendo su puesto sin saber si alguien, en algún lugar, siquiera sabía que existían. Un oficial hizo una vez este juramento: «Juro por Dios Todopoderoso ser fiel a la patria, al ejército y a la bandera.» Mientras mantenga esas palabras, Líbano no caerá. Sangra, retrocede, está exhausto, pero no cae. Retroceder, sí. Traicionar ese juramento, jamás.