

En esta quinta semana de la guerra de Irán, las declaraciones del presidente Donald Trump se prestan a interpretaciones ambiguas. Lo mismo ocurre con las de los dirigentes iraníes. Solo la posición israelí es clara: prioridad a los imperativos militares y de seguridad.
La información proveniente del teatro de operaciones, así como los análisis sociopolíticos de los tres Estados beligerantes, proviene principalmente de la prensa. Las fuentes citadas suelen estar sesgadas y solo ponen de relieve una parte de los hechos que respaldan las tesis de sus autores.
Es evidente que la mayoría de la prensa y de los medios audiovisuales occidentales insiste más en los costos de la guerra que en su equilibrio estratégico, que no puede ser ni puramente político ni exclusivamente militar, sino que debe constituir una síntesis estratégica integral. Los militares ejecutan sus propias estrategias en función de los objetivos nacionales. Los responsables políticos hacen lo mismo en su ámbito. Evaluar esta campaña debería considerar todos estos elementos.
Algunos analistas pasan por alto que el curso de la guerra depende estrechamente de los recursos militares y económicos de cada beligerante. Estos constituyen el principal determinante del éxito o del fracaso. La ideología, la voluntad de combate, la motivación y la cohesión interna de cada bando vienen después.
El ciudadano estadounidense considera que el conflicto militar en curso afecta su bolsillo. Algunas compañías estadounidenses se quejan de pérdidas. Otras, por el contrario, obtienen o esperan obtener beneficios. Es probable que, tras la guerra, la economía estadounidense, cada vez más enfocada en el continente americano y en la reactivación de los intercambios con China, se recupere con facilidad, como anticipa Trump.
Conviene señalar, en este contexto, que la próxima reunión entre Donald Trump y Xi Jinping, propuesta hace algunos meses, podría ir seguida de la firma de contratos de gran magnitud. Pekín podría, en particular, comprar a Washington 600 aviones Boeing por un valor de 140 mil millones de dólares, soja por 20 mil millones, además de petróleo y gas estadounidenses, así como levantar las restricciones a la compra de chips electrónicos de la empresa Nvidia. A cambio, Estados Unidos podría importar de China “tierras raras”, esenciales para la fabricación de hardware informático y para la inteligencia artificial, sobre las cuales Xi Jinping ha impuesto severas restricciones, sin olvidar los productos chinos de bajo costo destinados a los consumidores estadounidenses.
En el plano militar, Washington evita y evitará cuidadosamente cualquier estancamiento o guerra de desgaste, como las evocadas por los opositores de Trump, en referencia a los conflictos de Vietnam, Irak y Afganistán, donde Estados Unidos intentó, sin éxito, cambiar los regímenes.
Las pérdidas estadounidenses, tanto humanas como en equipamiento militar, son hasta ahora relativamente limitadas, y los recursos militares y económicos están lejos de agotarse. El Pentágono, además, se había fijado entre cuatro y seis semanas para alcanzar sus objetivos, y ese plazo sigue dentro de los límites anunciados.
Irán, por su parte, atraviesa una situación socioeconómica desastrosa. Esta se agravó en 2025, cuando Washington intensificó las sanciones contra la República Islámica, lo que ha estrangulado aún más la economía iraní y reducido considerablemente el flujo de dólares desde los bancos iraquíes. Esta situación podría deteriorarse aún más tras el conflicto.
Además, la hegemonía evidente del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica sobre los líderes religiosos y las figuras clave del régimen incrementa el descontento del Artesh, el ejército regular iraní, hasta ahora relativamente al margen de los bombardeos israelíes y estadounidenses, así como de los reformistas, como el presidente Masoud Pezeshkian, y de las minorías kurdas, baluchas, árabes y azeríes, que buscan actuar militarmente. Estas tensiones podrían provocar una mayor radicalización interna en el cuerpo de guardianes. Irán necesitaría al menos dos décadas para recuperarse.
En resumen, el fracaso de la estrategia regional del cuerpo de guardianes durante las últimas dos décadas es evidente: ha costado cientos de miles de millones de dólares sin resultados. Irán está en ruinas. Antes del inicio del conflicto, la República Islámica contaba con el arsenal de misiles y drones más grande y diverso de Medio Oriente, caracterizado por una evolución hacia misiles balísticos de combustible sólido, de despliegue rápido y alta precisión, así como grandes reservas de municiones merodeadoras de largo alcance.
Según estimaciones, Irán disponía de entre 2000 y 3000 misiles balísticos de largo alcance (2000 km) y corto alcance (300 km), incluidos misiles hipersónicos Fattah, capaces de superar Mach 10, y misiles Khorramshahr, con gran alcance y capacidad de carga superior a una tonelada, incluso con ojivas múltiples, que han demostrado su eficacia. También contaba con unos 480 lanzadores móviles. Además, produjo en masa decenas de miles de drones suicidas, en particular los conocidos Shahed-136, con un alcance operativo de entre 1500 y 2500 kilómetros.
Este arsenal incorporaba capacidades de precisión de origen chino, que permitían atacar radares estadounidenses, lo que habría llevado a la destrucción de aproximadamente siete sistemas avanzados y a la apertura de brechas en las defensas antimisiles. Asimismo, Irán invirtió de forma masiva en instalaciones subterráneas de producción y almacenamiento para proteger su arsenal, lo que dificulta su destrucción total desde el aire. La estrategia buscaba saturar los sistemas defensivos enemigos, aunque solo logró un éxito parcial, con una tasa de impacto estimada entre el 5 y el 10 por ciento. Estas capacidades se habrían reducido en dos tercios tras un mes de conflicto, según fuentes estadounidenses e israelíes, y continúan disminuyendo.
El Pentágono se prepara en los próximos días para una posible campaña terrestre prolongada, con el despliegue de miles de soldados adicionales, según informaron The Washington Post y CBS. Unidades de élite como los Navy SEALs, Rangers, Marines y la 83ª división aerotransportada se alistan, ofreciendo a Washington opciones flexibles para eventuales operaciones dentro de Irán, destinadas a destruir lo que queda del arsenal de misiles y drones, así como del programa nuclear.
El medio Tehran Times advirtió que el plan estadounidense comenzaría con asesinatos selectivos de altos responsables, como al inicio del conflicto, seguidos de ataques contra infraestructuras estratégicas. La fase terrestre implicaría a miles de combatientes locales, iraníes y extranjeros, procedentes del noroeste, probablemente kurdos, apoyados por 5000 soldados estadounidenses desplegados entre Baréin y rutas marítimas, junto con el despliegue de un tercer portaaviones. Según la misma fuente, marines y paracaidistas tomarían aeropuertos en la ciudad portuaria de Bandar Abbas y otras localidades para facilitar puentes aéreos, mientras equipos aerotransportados atacarían instalaciones vinculadas a misiles y al programa nuclear. Estas afirmaciones sugieren que Irán se prepara para enfrentar ese escenario.
Mientras tanto, los ataques estadounidenses e israelíes continúan gracias al dominio aéreo y siguen degradando el arsenal iraní. A la luz de estos elementos, la conclusión es la siguiente: pese a los reveses militares y las pérdidas significativas. Irán no muestra señales de flexibilidad ni voluntad de hacer concesiones estratégicas. La victoria estadounidense sería, por tanto, principalmente militar, con el objetivo de neutralizar a largo plazo la capacidad de acción iraní.
Por otro lado, y pese a las afirmaciones de Trump, el cuerpo de guardianes continúa resistiendo, lo que hace poco probable un avance en las negociaciones. Las conclusiones siguen siendo prematuras, a la espera de que se implemente o no la opción terrestre estadounidense.