

Diez minutos bastaron para que Beirut y las demás regiones sufrieran los ataques israelíes más feroces que jamás habían conocido. El saldo fue de cientos de muertos y miles de heridos. Todo ello ocurrió tras la conclusión del opaco acuerdo entre América e Irán sobre el alto el fuego. Israel, conducido por un Netanyahu poco dispuesto a aceptar cualquier acuerdo que lo devolviera a la difícil realidad interior israelí, quiso hacer saber a todos que la declaración iraní de incluir al Líbano en ese acuerdo era nula y sin efecto. Irán la rechaza verbalmente, aunque sigue respetando el acuerdo por su parte. ¡En cuanto a Hezbolá, diseminado por todos los rincones del país y mezclado con la población civil, declaró su adhesión al alto el fuego y se ha abstenido hasta ahora de responder a Israel, salvo con algunos cohetes lanzados sobre Kiryat Shmoneh!
El Líbano es oficialmente una arena entregada a las violaciones, con el consentimiento de ese mismo gobierno que luego decretó un luto nacional por las víctimas. En cuanto al pueblo libanés, ha sido sobre su gobierno y sus responsables sobre quienes ha decretado, él, el luto.
Quien vive dentro de una guerra no está obligado a comprender, sino únicamente a testimoniar y a permanecer humano en la medida de lo posible. Eso es lo que haré.
No somos una arena.
No somos una tierra abierta al ajuste de cuentas, ni un mapa sobre el que otros trazan sus líneas de fuego según sus propios intereses. Somos seres humanos, con nombres, hogares, hijos y una memoria ya suficientemente cargada de guerras que no elegimos. Y sin embargo, cada vez, se nos reimpone el mismo papel, el de ser la arena y el corredor, el mensajero y el frente, la víctima permanente. Se nos bombardea para que alguna potencia envíe sus señales, se nos destruye mientras otros negocian en otro lugar, se nos mata por la desgracia de haber nacido en este rincón del mundo.
Rechazamos todo esto.
Rechazamos tomar parte en una guerra en la que no tenemos ni voz ni interés comprometido, ni capacidad de detenerla. Rechazamos ser reducidos a una simple carta en manos de cualquier eje, y ser conminados a morir en silencio bajo grandes consignas que no alimentan a nuestros hijos ni protegen nuestros hogares.
Rechazamos ser vasallos, ya sea de Irán o de cualquier otro. Rechazamos que nuestra tierra, nuestras vidas y nuestro futuro sean regidos por decisiones llegadas desde fuera de nuestras fronteras, bajo la bandera de un Estado teocrático que no ve en nosotros sino una prolongación de su influencia y un escudo para su protección. Rechazamos que una sociedad entera sea tomada como rehén y arrojada a batallas que superan sus capacidades y su voluntad, para que luego se le pida que celebre el sacrificio. ¿Qué sacrificio sería ese, aquel que sus propios autores no eligieron, y qué resistencia aquella que se impone a la gente por la fuerza?
Del mismo modo en que rechazamos que se nos pretenda aleccionar sobre Israel, su perfidia y su barbarie, rechazamos simultáneamente las prácticas bárbaras del propio Israel; rechazamos que permanezca por encima de toda rendición de cuentas, y que un Estado fundado en la fuerza y la ocupación continúe amenazándonos, bombardeándonos y destruyendo nuestras ciudades, justificando cada uno de esos actos en nombre de la seguridad. ¿Qué seguridad sería esa, edificada sobre las ruinas de los demás?
Si los palestinos hubieran obtenido alguna vez sus derechos, si la justicia hubiera existido alguna vez en esta región, ni Irán ni nadie más habría podido explotar esa brecha abierta para chantajearnos, y jamás nos habríamos encontrado en primera línea de las guerras de otros.
Somos víctimas de dos ecuaciones letales, una siendo la de una ocupación sorda a los derechos ajenos, y la otra la de una instrumentalización que no ve en nosotros sino una herramienta. Atrapados entre ambas, se nos tritura.
Pero a pesar de todo ello, proclamamos hoy que basta. Basta de ser utilizados, basta de ser tomados como rehenes, basta de ser asesinados en nombre de causas cuya gestión no sirve en absoluto a nuestros intereses.
Queremos un Estado verdadero, no la sombra proyectada de otro, impotente para ejercer su propia autoridad, sino un Estado que decida soberanamente sobre la guerra y la paz en lugar de vérselas impuestas. Queremos un ejército único, una decisión única, una soberanía indivisible.
Estas palabras pueden parecer irrisorias frente al rugido de los aviones, la lluvia de cohetes y el caos de la sangre y los cuerpos mutilados. Pero la palabra es, en verdad, el arma más poderosa que poseemos. Pues la guerra comienza cuando se despoja al ser humano de su voz, y termina, tarde o temprano, cuando la recupera.
No somos una arena.
No somos cifras.
No somos carne de cañón.
Somos seres humanos…
Simplemente queremos vivir.