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Un miliciano visiblemente feliz tras la toma de control por parte de Hezbolá de la zona oeste de Beirut. (AFP)
Strategia

Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (15)

Mayo de 2008: después de Beirut, la montaña
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Por Khalil Helou
Publicado sep 7, 2026 - 13:10
Esta serie de artículos permite comprender mejor la situación actual a la luz del pasado, alejándose de los discursos apasionados, ideológicos o románticos, que pasan por alto la realidad de los hechos. Nuestro enfoque busca dejar que sea el lector quien saque sus propias conclusiones. Las catorce partes anteriores hicieron un repaso de los acontecimientos relacionados con el ascenso al poder de Hezbolá, sus conflictos armados con Israel y su hegemonía en el Líbano, desde el acuerdo de Taif hasta el acuerdo de Doha. Mayo de 2008, la montaña después de Beirut. El 7 de mayo de 2008, Hezbolá y sus aliados (el movimiento Amal y el Partido Sirio Nacionalista Social, PSNS) ocuparon por la fuerza las oficinas de la Corriente del Futuro de Saad Hariri en Beirut, así como gran parte de los barrios suníes de la capital, que constituían la base popular de la coalición del 14 de Marzo. Las posiciones de la Corriente del Futuro cayeron rápidamente en manos de los atacantes; el ejército se había mantenido en gran medida al margen de estos enfrentamientos, y las gestiones políticas no tuvieron tiempo de detener la operación. El comandante en jefe del ejército se enfrentaba a un dilema: por un lado, era consciente de que una intervención por la fuerza en zona urbana tendría un alto costo en vidas humanas, tanto civiles como militares, sin contar los daños materiales; por otro, debía lidiar con la frustración de los oficiales, sobre todo los de confesión suní, que veían cómo los barrios de sus allegados quedaban sin la protección del ejército. La sede de Future TV, saqueada en Beirut. (AFP) El estado mayor tenía aún fresco el recuerdo de la batalla de Nahr al Bared, que había enfrentado al ejército con la organización terrorista Fatah al Islam un año antes, y que costó la vida a 170 militares en combates que duraron 105 días en un escenario mucho menos urbano y despoblado, de apenas un kilómetro cuadrado. Una batalla en Beirut, con su alta densidad poblacional, habría resultado demasiado costosa en vidas humanas, se habría extendido geográficamente por todo el territorio libanés y no habría tenido fin, dado que Hezbolá contaba con líneas logísticas totalmente abiertas desde Siria. Sin embargo, el ejército tuvo la oportunidad de desplegarse con fuerza entre Hezbolá y los partidarios de la Corriente del Futuro en la calle Mazraa, impidiendo por la fuerza cualquier movimiento miliciano de un lado a otro de esa calle, y evitando así un ataque contra el barrio de Tariq el Jdideh, bastión de la Corriente del Futuro. La tropa también estableció perímetros de seguridad alrededor del Serrallo gubernamental, donde se encontraba el primer ministro Fuad Siniora, y en torno a la residencia de Walid Jumblat, figura destacada de la coalición del 14 de Marzo. Milicianos chiitas cerca de la calle Hamra: el que manipula un cohete antitanque RPG-7 lleva el uniforme de las Fuerzas de Seguridad Interior… (AFP) Estas medidas, sumadas a los contactos establecidos por las capitales del Golfo, contribuyeron a disuadir a Hezbolá de atacar el Serrallo. No obstante, el partido chiita quiso hacerse con el control del bastión druso del Monte Líbano. Las tensiones alcanzaron su punto álgido el 9 de mayo, cuando militantes de Hezbolá secuestraron a policías municipales en Aley, lo que provocó una respuesta armada de la milicia del Partido Socialista Progresista (PSP) druso. Los combates se extendieron rápidamente a Choueifat, Aley, Souk el Gharb y Baisur. Ambos bandos utilizaron armamento pesado, y los combatientes del PSP se atrincheraron en las antiguas fortificaciones y trincheras heredadas de la guerra civil, logrando así frenar el avance de Hezbolá. Este intentó, sin éxito, ocupar la colina 888, que domina el aeropuerto de Beirut y se encuentra entre Aley y Souk el Gharb. En cambio, sí logró ocupar la antigua fortaleza de Niha, en el Chuf, con el fin de asegurar una línea logística directa que conectara la Bekaa con el sur del Líbano sin necesidad de pasar por la carretera costera. El líder druso libanés Walid Jumblat (en primer plano, en el centro) y el ministro de Información Ghazi al-Aridi (centro izquierda) participan en una manifestación en la localidad drusa de Baysur, en el Monte Líbano, al día siguiente del levantamiento de los cortes de carreteras en la capital, que puso fin a una semana de violencia mortal. (AFP) Durante la jornada del domingo 11 de mayo, Hezbolá intentó atacar sin éxito Barouk y Choueifat, lo que le costó la vida a 36 de sus combatientes, entre ellos el comandante de la fuerza atacante en Choueifat. Ese mismo día, el ejército se desplegó en la ciudad y exigió a ambas partes que se retiraran. El PSP entregó entonces sus posiciones a las tropas, y Hezbolá se retiró con sus muertos y heridos. Responsables políticos aliados de Hezbolá intentaron, por vías directas e indirectas, retrasar el despliegue del ejército en Choueifat, pero sin éxito. Su objetivo era darle tiempo a Hezbolá para reorganizarse, retomar la ofensiva y lograr una victoria en la ciudad, pero el comandante de las tropas encargado de la misión se negó rotundamente, evitando así destrucciones adicionales en la ciudad y aliviando a las localidades vecinas de Kfarshima, Wadi Chahrour y Bsaba. Los milicianos dejaron en la puerta de este apartamento en Choueifat un mensaje bastante claro... (AFP) Ese mismo día, Hezbolá difundió rumores completamente infundados, afirmando que las Fuerzas Libanesas (FL) de Samir Geagea se disponían a atacar la residencia de Michel Aoun, líder de la Corriente Patriótica Libre (CPL), en Rabieh, así como los pueblos chiitas del distrito de Jbeil. Estos rumores buscaban extender el conflicto armado hacia las regiones cristianas, involucrando así a la CPL y a las FL. Sin embargo, los servicios de inteligencia militar intervinieron y pusieron fin a estos rumores. El tríptico: ejército, pueblo, resistencia La Corriente del Futuro y sus aliados de la coalición del 14 de Marzo se vieron obligados a negociar tras su derrota del 7 de mayo de 2008. Catar se impuso como mediador y auspició el acuerdo de Doha (mayo de 2008), un compromiso ampliamente favorable a Hezbolá y sus aliados. Este acuerdo condujo a la elección del comandante en jefe del ejército, el general Michel Suleiman, como presidente de la República, poniendo así fin a un vacío presidencial de seis meses, ya que ninguno de los dos candidatos de las alianzas del 14 y el 8 de Marzo lograba reunir una mayoría suficiente de votos en el Parlamento. Fouad Siniora fue reconducido en su cargo de primer ministro y, con la implicación directa de Catar, formó un gobierno de unidad nacional. Sin embargo, este gobierno estaba de antemano condenado a la parálisis en cuanto a las grandes decisiones, ya que incluía a 16 ministros pertenecientes a la mayoría parlamentaria del 14 de Marzo y a 11 de la oposición del 8 de Marzo, entre ellos Hezbolá, el movimiento Amal y la CPL. Estos últimos contaban así con el «tercio de bloqueo». La declaración ministerial de este gobierno incorporó la fórmula del tríptico «ejército, pueblo, resistencia». Esta fórmula había comenzado a gestarse con Emile Lahoud y Hasan Nasrala. Lahoud, en un discurso ante la Asamblea General de la ONU el 21 de septiembre de 2006, justo después de la guerra de julio entre Hezbolá e Israel, declaró textualmente: «... esta barbarie (israelí) no ha debilitado a mi pueblo, ni ha mermado su determinación de resistir, ni ha afectado su apego al Estado, al ejército y a la resistencia nacional...». Ya en la década de 1990, cuando era comandante en jefe del ejército, señalaba en sus discursos los vínculos indisociables entre los soldados regulares, los ciudadanos y la resistencia frente a Israel. Hasan Nasrala, por su parte, explicaba en sus numerosos discursos, tras la guerra de los 33 días, que el Líbano solo había podido resistir a Israel gracias a la coordinación espontánea entre el ejército y los militantes, y al apoyo de la población.
Lo esencial de la semana
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Por LevantTime . - Publicado sep 6, 2026 - 23:27
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Enorme explosión provocada por un ataque israelí cerca de la localidad de Al-Mansuri, en el sur del Líbano. (AFP)
Mientras Estados Unidos parecía haber optado únicamente por la guerra económica contra Irán, el ejército estadounidense lanzó abruptamente el martes ataques contra territorio iraní en represalia por ataques a petroleros, lo que desencadenó una espiral de violencia a lo largo de la semana. En el Líbano, Israel liberó a varios civiles detenidos en sus prisiones, mientras su ejército tomaba la estratégica colina de Ali el-Taher y proseguía sus masivos bombardeos en la zona que controla al sur del país. La semana del 31 de agosto al 6 de septiembre estuvo marcada por una clara aceleración de los acontecimientos en Oriente Medio, tras una semana anterior que parecía regida por la inmovilidad. En el frente iraní, desde la noche del martes, el ejército estadounidense llevó a cabo ataques selectivos en territorio iraní, los primeros en casi un mes. Esta captura de pantalla, realizada el 6 de septiembre de 2026 a partir de imágenes de video sin fecha difundidas ese mismo día por el Mando Central de Estados Unidos, muestra lo que el Centcom presenta como uno de los petroleros iraníes que destruyó en respuesta a intentos de ataques con misiles contra buques militares. (Centcom vía AFP) Sin embargo, su ritmo relativamente limitado da la impresión de que la administración estadounidense ha optado por una escalada controlada, al tiempo que mantiene su bloqueo y sus presiones económicas contra Teherán. Pese a todo, la tensión no ha dejado de crecer a lo largo de la semana. El sábado se escucharon explosiones en la altamente estratégica isla de Kharg, por donde transita la mayor parte del petróleo iraní. El presidente estadounidense Donald Trump, por su parte, amenazó con atacar el sitio nuclear de Kuh-e Kolang —«montaña del pico» en persa, o Pickaxe Mountain —, una instalación fuertemente fortificada situada a gran profundidad, no lejos de Natanz, el principal centro de enriquecimiento de uranio de Irán. A principios de semana, había planteado la fórmula del «petrolero por petrolero», prometiendo atacar un buque iraní cada vez que los Guardianes de la Revolución golpearan un petrolero en el estrecho de Ormuz. Eso fue precisamente lo que hizo el ejército estadounidense el sábado, al incendiar dos buques iraníes. En el plano político, Donald Trump volvió a endurecer el tono hacia Teherán. Tras afirmar en una entrevista que las conversaciones estaban definitivamente congeladas «porque un acuerdo con ellos no vale el papel en el que está escrito», el sábado consideró que el «conflicto» con Irán no era una «guerra», sino «algo rutinario» para Estados Unidos. Una forma de jugar con los nervios de los iraníes mientras tranquiliza a su opinión pública de cara a las elecciones de mitad de mandato. Un puerto, además de instalaciones de almacenamiento y bodegas, resultó dañado tras un ataque militar estadounidense llevado a cabo en la provincia iraní meridional de Hormozgán, que limita con el estrecho del mismo nombre, el 6 de septiembre de 2026. (AFP) Al mismo tiempo, el medio estadounidense Axios publicó el sábado un informe que sugiere que Estados Unidos ya proyecta su mirada más allá de este conflicto, iniciado el 28 de febrero. El sitio afirma, citando a funcionarios estadounidenses y otras fuentes informadas, que la administración Trump está elaborando una estrategia más amplia para el Oriente Medio de la posguerra. Esta se basaría en la creación de una alineación regional destinada a contener a Irán, poner fin a las repercusiones regionales de los ataques del 7 de octubre de 2023 perpetrados por Hamás en Gaza y ampliar el círculo de la normalización entre Israel y los países de la región. La amenaza contra Kuh-e Kolang, que marca el resurgimiento del expediente nuclear iraní, se hace eco de un anuncio del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), que lamentó, el 1 de septiembre, que Irán no haya vuelto a abrir sus instalaciones a sus inspectores tras los ataques de mayo de 2025. Recordemos que, a pesar de la magnitud de la ofensiva israelí-estadounidense contra los emplazamientos iraníes, es casi seguro que las reservas de uranio enriquecido permanecen intactas y fueron puestas a resguardo por las autoridades iraníes, que siguen aferradas a lo que consideran su derecho a desarrollar un programa nuclear. Tras el anuncio del OIEA, Estados Unidos, así como Francia, Gran Bretaña y Alemania, manifestaron su intención de presentar una resolución ante el Consejo de Seguridad de la ONU condenando el incumplimiento por parte de Irán de sus compromisos en materia de no proliferación nuclear. Una unidad de fachada que contrasta con la frialdad reinante entre Washington y sus aliados europeos desde el inicio del conflicto. Por su parte, los iraníes parecen seguir respondiendo a la conmoción de la misma manera: atacando a varios países vecinos, entre ellos Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos y Jordania, sin llegar a atacar directamente a Israel. Ataques masivos en el sur del Líbano En el frente libanés, Israel intensifica sus operaciones de destrucción en los pueblos del sur, llegando incluso a utilizar, en algunos casos, barriles explosivos. El presidente libanés Joseph Aoun instó a Washington y a la comunidad internacional a «poner fin» a los ataques israelíes en territorio libanés, que dejaron siete muertos el domingo en medio de una tregua frágil. Los bombardeos alcanzaron distintas localidades de la región de Nabatiye. Según el Ministerio de Salud, otras veinte personas resultaron heridas, entre ellas niños. Además, un ataque destruyó el antiguo hospital Ghandour, fuera de servicio desde hace años. Liberación de detenidos y toma de Ali el-Taher Pero el hecho más destacado de la semana en el sur fue la toma, por parte de Israel, de la estratégica colina de Ali el-Taher, en la región de Nabatiye. El lugar era un importante centro de mando de Hezbolá, formado por un vasto entramado de túneles desde donde operaban combatientes del partido chiita, así como, según ciertas informaciones, combatientes iraníes. El jueves por la noche, Israel anunció haber tomado el control del complejo. El domingo, el ministro israelí de Defensa, Israel Katz, declaró que aún quedaban túneles por volar. Este «éxito» militar quizás no fue una sorpresa tras semanas de bombardeos, pero la reacción de Hezbolá sí lo fue. Después de haber asegurado durante mucho tiempo que se negaría a ceder esta colina estratégica —al igual que los iraníes, que también habían amenazado con intervenir—, el partido chiita terminó minimizando el impacto de este suceso a través de sus medios y voceros, sin confirmar oficialmente, no obstante, la pérdida del sitio, que se había negado a preservar entregándolo al ejército libanés. La otra gran sorpresa de la semana fue la liberación, por parte de Israel, de cinco civiles libaneses y sirios detenidos en sus cárceles. Esta medida se produjo tras una visita a Tel Aviv del embajador de Estados Unidos en el Líbano, Michel Issa. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «responde a los esfuerzos realizados por Israel y el Líbano para localizar y repatriar los restos de los líderes de la comunidad judía que fueron secuestrados y asesinados en el Líbano» entre 1984 y 1986. También aquí la reacción de Hezbolá llama la atención. Aunque considera la medida positiva pero insuficiente, el partido volvió a arremeter contra las autoridades libanesas, acusándolas de «someterse al enemigo» y responsabilizándolas del desastre en el sur. Incluso les advirtió sobre «los conflictos internos». ¿Podrían los reveses militares del partido llevarlo a volcarse aún más contra el escenario interno? Por último, el ejército israelí hizo el domingo una declaración importante al anunciar que estudia reducir su zona de ocupación en el sur del Líbano, pasando de la actual «zona amarilla» a una «zona gris». Según esta interpretación, tal evolución reflejaría una disminución de la amenaza que representa Hezbolá. Sin embargo, la medida aún no ha sido aprobada por el liderazgo político israelí. Yemen y Palestina La semana también fue especialmente tensa en Yemen, donde los enfrentamientos entre los rebeldes hutíes y las fuerzas gubernamentales no dejaron de intensificarse, hasta un sábado particularmente sangriento que dejó más de 60 muertos en un solo día, elevando a unas 200 las víctimas desde el jueves. La ofensiva de los hutíes busca sobre todo hacerse con el control de ciertas zonas cercanas al paso de Bab el-Mandeb, lo que daría a este aliado de Irán una ventaja adicional sobre otro punto estratégico clave, tras el estrecho de Ormuz. En Palestina, la semana estuvo marcada por unas declaraciones especialmente preocupantes de Israel Katz sobre Gaza. Este afirmó, sin aportar pruebas, que la mayoría de los habitantes de la franja deseaban abandonarla, subrayando que Israel estaba «preparado para una evacuación» de tal magnitud. Todo apunta a que el calvario de los gazatíes está lejos de terminar. Por último, cabe destacar que el OIEA anunció, el 1 de septiembre, que unas infraestructuras descubiertas en Deir ez-Zor, Siria, indican que el antiguo régimen de Bachar al-Ásad preparaba en secreto un programa nuclear avanzado que podría haber llevado a la fabricación de un arma atómica con la ayuda de expertos norcoreanos.
Homenaje
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Por Michel Hajji Georgiou - Publicado sep 6, 2026 - 13:31
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El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026, perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del fútbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el fútbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales ni de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen, sin embargo, eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El fútbol de hoy, y no solamente el fútbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter. Una especie de alter ego del Neo de Matrix, arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de amor-odio con su hijo pródigo. Sin importar sus resultados, su talento o su genialidad, debía responder a una única e implacable pregunta: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el fútbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del fútbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del fútbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, había transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del fútbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletitud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, a los ojos de su pueblo, esto reforzaba esa sensación de amor-odio: al fin y al cabo, un dios caído sigue siendo un dios. Pero con el valor añadido de lo que, a ojos de sus admiradores, es un sustrato insoportable y, por lo tanto, perfectamente odioso de la humanidad: sus defectos, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué miras, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también en su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del fútbol, en las lejanas tierras del soccer. Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
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¿Nacimiento de una decisión de Estado o una apuesta sin medios?

Pronunciado en un momento crítico, tras la entrada en vigor del alto el fuego con Israel, el discurso del presidente de la República libanesa, el general Joseph Aoun, se cuenta sin duda entre los más claros en cuanto al tono empleado y los más ambiciosos en las aspiraciones políticas expresadas. Ni discurso de apaciguamiento ordinario ni comunicado de agradecimiento protocolario, se aproximaba más bien a una declaración de intenciones de gran alcance: redefinir la posición del Líbano, recuperar la decisión del Estado y comprometerse en un proceso de negociación supuestamente diferente de todo lo anterior. Pero entre la fuerza del discurso y la realidad de los equilibrios, las verdaderas preguntas se imponen: ¿estamos ante un giro genuino, o ante un discurso que se adelanta a las capacidades reales del Estado? La estructura del discurso: del agradecimiento al anuncio de un rumbo El discurso se abre sobre un punto de convergencia: los agradecimientos. Agradecimientos a los Estados, y en primer lugar al «amigo Donald Trump», a Arabia Saudí y a todas las partes que contribuyeron al alto el fuego. Esta entrada en materia no es banal. Busca anclar una imagen de respaldo internacional y conferir legitimidad exterior al rumbo que se propondrá a continuación. Pero rápidamente, el discurso pasa de los agradecimientos a lo esencial: el anuncio de la entrada en «la fase de los acuerdos permanentes». Es precisamente aquí donde comienza la verdadera dimensión política. El presidente no se limita a describir lo que ha ocurrido, sino que fija lo que debe venir: negociaciones, acuerdos, un proceso largo que va más allá del simple alto el fuego. El mensaje central: «Hemos recuperado la decisión del Líbano» La fórmula clave del discurso es la siguiente: «Hemos recuperado el Líbano y la decisión del Líbano, por primera vez en casi medio siglo.» Esta frase resume la esencia del discurso, pero al mismo tiempo lleva consigo el mayor grado de complejidad. ¿Qué significa concretamente? Que el Líbano no disponía antes de su propia decisión, que el período actual representa un giro cualitativo, y que el Estado es ahora la única instancia que decide y negocia. Sin embargo, es precisamente aquí donde surge el desafío mayor: ¿se trata de una constatación realista, o de una declaración de objetivos? Porque la recuperación de la soberanía decisional en el Líbano no se logra mediante un discurso, sino mediante una transformación profunda de las relaciones de fuerza internas — y en particular sobre la cuestión del monopolio del Estado sobre las armas y las decisiones de seguridad, cuestión que no ha sido resuelta aún, ni política ni prácticamente. Esta fórmula puede leerse, por tanto, más como una «declaración de intención» que como la constatación de una realidad consumada. La defensa de la negociación y la ruptura de un tabú político Uno de los rasgos más sobresalientes del discurso es la audacia con que se presenta la negociación como una opción legítima, incluso necesaria. El presidente no dejó ningún margen a la ambigüedad, insistiendo en que negociar no es debilidad, ni retirada, ni concesión. Este pasaje apunta directamente al entorno hostil a todo proceso de negociación con Israel, que siempre ha equiparado la negociación con la capitulación. Lo que el presidente intenta aquí es una operación de «redefinición»: transformar la negociación de una acusación en instrumento soberano, vincularla a la protección del pueblo más que a la renuncia de derechos, e inscribirla en el marco del Estado más que en el de transacciones externas. Esta propuesta, pese a su claridad, choca con una realidad política y social dividida, donde una gran parte de la opinión libanesa sigue considerando que cualquier negociación traspasa líneas rojas. El discurso contra las «guerras absurdas»: una confrontación indirecta En varios pasajes, el presidente arremete contra la lógica de las guerras repetidas, con formulaciones llamativas: «la muerte absurda, gratuita y periódica», «morir por algo que no es el Líbano», «entre el suicidio y el florecimiento». Estas fórmulas no son ordinarias. Llevan implícita una impugnación de una orientación mantenida durante años, basada en el amarre del Líbano a los conflictos regionales. Por primera vez con esta claridad, se plantean dos opciones ante los libaneses: perseverar en la lógica de las guerras, o dar el salto a la lógica del Estado y de la vida. Pero aquí también, el problema no reside en el diagnóstico sino en la capacidad de cambiar esta realidad. Las armas y el Estado: la formulación más sensible Entre los pasajes más graves e importantes del discurso figura la afirmación de que la autoridad del Estado debe extenderse a la totalidad del territorio «por sus propias fuerzas exclusivamente», y que «una sola fuerza armada nos protege a todos». Estas formulaciones, sin designar explícitamente a nadie, son inequívocas en su alcance: remiten al monopolio de las armas por parte del Estado. ¿Por qué importa esto? Porque es precisamente ahí donde reside el nudo de la crisis libanesa: la presencia de armas fuera del marco del Estado, la duplicación de la decisión de seguridad y el anclaje de esas armas en cálculos regionales. El presidente sitúa este expediente en el corazón de la próxima fase, sin proponer, no obstante, un mecanismo preciso para lograrlo. Y aquí reside el verdadero desafío: pasar del eslogán del «monopolio de las armas» a un plan de ejecución exige un consenso interno que todavía no existe. La dimensión popular: un discurso de movilización racional El discurso no estaba dirigido únicamente a las élites políticas, sino que se orientaba resueltamente hacia la opinión pública, con un llamamiento explícito a rechazar las acusaciones de traición, a no dejarse arrastrar por los esloganes y a hacer prevalecer la razón sobre el instinto. Esta dimensión refleja la conciencia de que cualquier cambio político en el Líbano requiere un respaldo popular, o al menos una reducción de las tensiones en el espacio público. Pero, en contrapartida, la sociedad libanesa permanece profundamente dividida, lo que expone cualquier discurso unificador a lecturas contradictorias. La dimensión internacional: consolidar la asociación Al agradecer a Estados Unidos y Arabia Saudí, el presidente busca establecer un paraguas internacional para el nuevo rumbo. Dos objetivos se perfilan: tranquilizar al exterior de que el Líbano avanza hacia la estabilidad, y asegurar un apoyo político y económico para la próxima fase. Pero esto también plantea una pregunta: ¿es este rumbo verdaderamente autónomo, o está vinculado a condiciones externas? Entre la audacia y la toma de riesgos Es indudable que el discurso lleva consigo una audacia política manifiesta: plantear públicamente la negociación, hablar del monopolio de las armas, rechazar las guerras por delegación. Pero esta audacia comporta en sí misma un riesgo considerable: el de elevar el umbral de las expectativas sin garantizar la capacidad de satisfacerlas, el de abrir una confrontación política interior no declarada, el de situar al Estado ante una prueba difícil. ¿Estamos ante un momento fundador? El discurso se presenta como un giro decisivo: el fin del «Líbano-escenario» y el comienzo del «Líbano-Estado». Pero la historia libanesa está jalonada de momentos similares que nunca llegaron a concretarse. Lo que determinará el resultado es la confluencia de varios factores: la voluntad política real, la capacidad del Estado para imponer sus decisiones, la posición de las fuerzas internas esenciales, así como el respaldo internacional y regional. Si estos elementos confluyen, el discurso podrá ser el comienzo de un giro. De lo contrario, permanecerá en el registro de la aspiración. En conclusión — un discurso que funda una pregunta más amplia El discurso del presidente Joseph Aoun va más allá de un simple posicionamiento político: es un intento de replantear la pregunta fundamental del Líbano: ¿queremos realmente un Estado? El presidente ofreció una respuesta clara: sí, un solo Estado, una sola decisión, una sola fuerza armada y un proceso de negociación que proteja al país. Pero el desafío verdadero no reside en la formulación de este proyecto, sino en la capacidad de imponerlo en una realidad compleja, donde los intereses internos se entrelazan con los cálculos regionales. El discurso trazó la dirección, sin decidir el camino. Y es aquí donde el juicio sobre esta alocución depende de lo que venga a continuación: o bien será el inicio de un proceso soberano efectivo, o bien se sumará al panteón de las más poderosas alocuciones… que no cambiaron nada.

Y ahora, Hezbolá, ¿estás satisfecho?
Por
Youssef Mouawad
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Este país, el nuestro al fin y al cabo, merece algo mejor que vuestra resistencia. Pero ¿qué maldición pesa sobre nosotros, en este Oriente entregado a los caprichos de agitadores y aspirantes a mártires? Cada vez que los líderes árabes se han entregado a la retórica incendiaria y se han visto envueltos en guerras, hemos estado al borde del desastre. Así, en vísperas de junio de 1967, las provocaciones del Partido Baaz sirio, en el poder en Damasco, arrastraron a Egipto y Jordania a una guerra de seis días. Por un lado, Egipto perdió la península del Sinaí, el control de la Franja de Gaza y el control del Canal de Suez; por otro, Siria perdió los Altos del Golán, mientras que el Reino Hachemita de Jordania se apoderó de Cisjordania y la Ciudad Vieja de Jerusalén (1). Ni Damasco ni Amán se han recuperado de este error hasta el día de hoy; los territorios que Israel les "robó" jamás serán recuperados. Solo Líbano, que se había mantenido al margen, escapó a la debacle y logró preservar sus 10.452 km². Pero ni los palestinos, ni la Haraqa al-Wataniya, ni los iraníes, que llegaron últimos, lo veían así. Estaban decididos a involucrarnos a toda costa en un conflicto perdido desde el principio, para demostrar la solidaridad árabe e islámica. Esta misma Haraqa al-Wataniya, apoyándose en la OLP, creía que podría lograr sus objetivos en 1975 asaltando los bastiones "libaneses" y pro-Legitimistas. Engañada por su propia retórica insurreccional, rechazó la política "aislacionista" del régimen en el poder, una política que, sin embargo, había protegido el sur de Líbano de una invasión israelí. Pero ¿qué podíamos hacer? Estaba escrito que tarde o temprano seríamos ocupados por fuerzas extranjeras. Con una diferencia: actualmente nos encontramos en un estado de beligerancia no por solidaridad árabe, sino para vengar el martirio del Líder Supremo iraní. ¡Bien hecho, “veinte años después”! En medio de la tormenta, dejemos que las cifras hablen por sí solas y admitamos que Hezbolá ha superado su récord de 2006. Durante la guerra de 33 días, se registraron 1200 muertes, mientras que hoy, en el mismo período, ya hay 1400 víctimas (2). ¡Bien hecho, Hezb! Continuemos: si hace veinte años se destruyeron más de 100 000 hogares, esta vez la destrucción sistemática ha pulverizado barrios enteros y pueblos fronterizos han desaparecido del mapa (3). Para concluir esta comparación, cabe señalar que, si bien el millón de desplazados en 2006 pudo regresar a sus hogares inmediatamente después del cese de los combates, no podrá hacerlo en la situación actual: el desplazamiento de 1.200.000 personas desde el mes pasado corre el riesgo de ser irreversible. Debemos esperar ahora, como señaló un observador, una transformación duradera del territorio y una reconfiguración espacial. Una reconfiguración geográfica del sur que consiste en «desarticular las zonas chiítas» mediante el corte de las vías de comunicación. La idea es establecer una zona de amortiguación, quizás un preludio a una anexión gradual. ¡Bien hecho de nuevo, Hezbolá! ¡Occidente, nuestro mihrab! Desde el momento de la independencia, Líbano optó por distinguirse y diferenciarse de los países vecinos, sumidos en anacronismos y retórica nacionalista. Sin negar nuestros orígenes orientales, y mucho menos nuestra hermandad árabe, pero con considerable seguridad en nosotros mismos, miramos hacia Occidente, al que habíamos tomado como modelo y guía. Nuestro Estado desconfiaba tanto de los ideólogos subversivos como de los demagogos y belicistas exaltados. Fue esta diferencia entre nosotros y nuestros vecinos países árabes la que nos definiría y aseguraría el florecimiento de las libertades formales y la libre empresa en nuestro territorio, algo estrictamente prohibido bajo Nasser, bajo los Asad (padre e hijo) y bajo Saddam Hussein. Pero esta idiosincrasia libanesa constituía alta traición a los ojos de ciertos partidos políticos y de gran parte de nuestro pueblo. En 1956, el presidente Chamoun pudo negarse a romper relaciones diplomáticas con el Reino Unido y Francia, que se habían deteriorado durante la Crisis de Suez. Pero a partir de 1990, ya no teníamos los medios para resistir: nos alineábamos definitivamente con Damasco… Y desde entonces, a pesar de la caída del régimen baazista, hemos estado luchando por salir de este atolladero. Y, a decir verdad, aún no hemos terminado con Hezbolá. De un enfrentamiento a otro, se superan a sí mismos: ¡van de una catástrofe a otra! 1- Además, Golda Meir no dejó de decirle al rey Hussein: ¡Todo esto seguiría siendo suyo si no hubiera intervenido el 6 de junio! 2- Y hasta el día de hoy, hemos superado los dos mil muertos, sin contar a los heridos y discapacitados de por vida. 3- Tendremos tiempo de sobra para hacer balance.

El sayyed que mostraba el camino
Por
Michel Hajji Georgiou
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El espíritu y el legado del ulema Mohammad Hassan el-Amine, autoridad de referencia del chiismo amelita, libanista y estatista, permanecen más vigentes que nunca cinco años después de su partida. Hace cinco años, el 10 de abril de 2021, el ulema chií Mohammad Hassan el-Amine sucumbía en Sidón a un COVID contraído a los setenta y cinco años. El Líbano llevaba ya mucho tiempo desmoronándose ante sus ojos — y siguió inexorablemente dislocándose después de él. Quién sabe si la Muerte, quizá pardójicamente magnánima en esta ocasión, concedió a este hombre sabio y bonáchon — como lo había hecho, casi una década antes, con su amigo Hani Fahs — la oportunidad de no sufrir más ante el espectáculo aterrador de la agona continua del País del Cédro y, con ella, de la comunidad chií. Sin duda la finitud le hizo una reverencia última y gentíl al arrebatarlo de este mundo antes de que sus profécias más sombrías empezaran a cumplirse con tanta exactitud. O acaso se trate de ese consuelo último que nos permite sobrevivir a la desaparición de los referentes fundamentales que fueron construyendo progresivamente toda una visión de lo político fundada en la moderación, la convivencia y la paz. Cinco años después, las ruinas del país llevan grabados exactamente los contornos que Mohammad Hassan el-Amine había trazado. Releer sus textos hoy depara una forma de gratitud tardía por ese valor de la clarividencia que se vio obligado a desplegar en el seno mismo de su comunidad, contra la guardia pretoriana que se había erigido como su protectora, y en nombre de una idea de su comunidad que esos guardianes se empleaban metódicamente en desfigurar. El hombre de Nayaf y de Sidón Nacido en 1946 en Chakra, en el corazón del Yabal ʿAmil, en el seno de una familia cuya estirpe religiosa se remontaba a varias generaciones — el gran Mohsen el-Amine, autor del ʿAyan al-Shia , figuraba entre sus antepasados —, había abandonado a los catorce años su rincón periférico del mundo para recorrer las callejuelas eruditas de Nayaf, donde pasó doce años absorbiéndose en el fiqh , la filosofía y la tradición, sin dejar jamás de leer en paralelo lo que los paladines de la prohibición apenas frecuentaban: la historia de las religiones, los grandes textos del Renacimiento europeo, Averroes releído desde los márgenes, o Yamaleddine al-Afgani como fuente de interrogaciones inagotables. Regresó en 1972 portando una sutil mezcla de duda fécunda, de capacidad para separar lo divino de lo humano sin negar lo uno en beneficio de lo otro, y de la convicción de que el fiqh sin un conocimiento profundo de la historia no es, en realidad, más que una extensión infinita, una perpetuación trágica del pasado. Juez del tribunal religioso en Tiro, luego en Sidón, presencia intelectual en una ciudad de mayoría suní donde habitaba sin replegarse sobre el ensimismamiento comunitario, Mohammad Hassan el-Amine animaba el Multaqa al-Thulatha , veladas de los martes en su casa donde se cruzaban poetas y políticos, eclesiasticos y laicos, donde Mons. Selím Ghazal venía a cruzar el acero con el sayyed en una amistad que nada — ni las fracturas confesionales ni las grietas políticas — lograría jamas resquebrajar. Desde Sidón, Mohammad Hassan el-Amine construyó así una figura intelectual singular en el panorama chií libanés, que reivindicaba, en un entorno comunitario cada vez más letal y totalitario, la moderación, la justicia, la libertad y la cultura de la vida, y que se negaba a sacrificar ninguna de ellas en nombre de una doctrina, una ideología o una vacua pseudorretórica populista. El hombre había comprendido a la perfección que la cuestión que el Líbano lleva siglos planteando reside en esta dialéctica: liberar la religión de la política que busca constantemente confiscarla. Reformista hasta la médula, en el espíritu de la tradición amelita libanesa de la que era, a la zaga del imam Mohammad Mahdi Shamseddine, una de las autoridades más eminentes del Líbano. ¿La marea parda que asolaba su entorno? Era perfectamente inmune a ella. Un resistente contra la resistencia confiscada Sin embargo, el sayyed era un resistente. Nadie podía poner en cuestión su legitimidad a ese respecto. Había dado cobijo a Ragheb Harb en su casa de Sidón. Había escondido a Abdel Latif el-Amine durante los oscuros años de la ocupación israelí. Había sido detenido en julio de 1984 y expulsado a Beirut por los servicios de inteligencia militar israelíes. Pero creía a pie juntillas en el principio de una resistencia nacional libanesa que distinguía cuidadosamente, y desde hacía mucho tiempo, de la resistencia armada comunitaria. Esta distinción reposaba sobre una convicción arquitectónica, asentada en una antropología y una teología, según la cual la resistencia sólo tiene valor real cuando la porta un pueblo y se inscribe en un proyecto de Estado, más que cuando se cede a un partido-milicia que termina siempre, habiendo monopolizado la guerra, por monopolizar también la paz, la representación y la vida y la muerte de quienes dice defender. Lo decía sin rodeos, en una entrevista concedida a Sandra Noujeim de L’Orient-Le Jour en julio de 2015, en el momento en que la implicación miliciana de Hezbolá en Siria terminaba de revelar su verdadera naturaleza bajo las capas de retórica que la encubrían: «La resistencia en el Líbano no puede alcanzar las condiciones de su éxito sin unidad libanesa, sin un ejército capaz de enfrentarse al enemigo y sin instituciones estatales que sirvan de referencia al pueblo libanés.» Y más adelante, con una franqueza que, en boca de un respetado sayyed chií, era de un valor ejemplar: «Al convertirse en puntal del régimen sirio, que en nada difiere de las demás dictaduras represivas de la región, la resistencia se desnaturaliza progresivamente.» ¿La moumanaa, el celebrado eje de la resistencia que la propaganda del Partido de Dios blandía como un estandarte sagrado? «Dónde está, pues? No la veo.» La respuesta, perfectamente calmada, hacía estallar en pedazos el mito fundador de Hezbolá sobre la lucha por los oprimidos. El diagnóstico y su cumplimiento La participación de Hezbolá en la guerra siria era una prueba adicional de que el partido había transformado a la comunidad chií libanesa en combustible de un proyecto que había dejado de ser chií en el sentido de la tradición del Yabal ʿAmil, para volverse persa en sus fines escatológicos y mercenario en sus modalidades terrenales. El verano de 2006 ya había costado muy caro, y el veredicto seguía siendo muy cuestionable sobre las «victorias divinas» proclamadas por el Hezb. La década siria había comenzado ya a firmar el verdadero comienzo del fin… antes de que los misiles de septiembre de 2024 y luego los de marzo de 2026 vinieran a escribir el capítulo más brutal y más trágico. Mohammad Hassan el-Amine poseía ese don singular de formular, sin acrimonia, verdades que sus interlocutores se negaban a escuchar, y de poner el diagnóstico sobre la mesa sin complacerse en la herida que causaba. La tristeza lúcida del médico que ve progresar la enfermedad porque el paciente rechaza el tratamiento, y que sigue repitiendo, día tras día, la receta, aun sabiendo que quienes le escuchan son cada vez menos. Tal era su posicionamiento filosófico, y eso es lo que recorría sus textos. ¿La wilayat al-faqih como fundamento de la legitimidad política? Había pasado toda su vida demostrando que el gobierno, en la tradición islámica bien entendida, pertenece al ámbito de los asuntos humanos y no del mandato divino, que la dawla nace en el campo de las mubahaat , las cosas permitidas, y que confundir la sharia con la arquitectura del poder político es cometer exactamente la traición que Muawiya cometía en su tiempo: robar la justicia en nombre de la justicia. ¿La democracia como antítesis del islam? Se había preocupado de mostrar que la democracia funciona como un mecanismo, que el principio coránico de shura no espera sino ser traducido en instituciones, y que hace catorce siglos los musulmanes perdieron una ocasión histórica de inventar la democracia antes que los europeos. Karbala contra la martiropatía El sayyed ya no está para asistir al suicidio de la secta guerrera, que destruyó consigo el conjunto del Yabal ʿAmil, lo cedió al enemigo y provocó sin vergüenza, para mayor gloria del faqíh , el desplazamiento de toda su población. Hezbolá emerge hoy de las cenizas de su propia implosión militar. Y sin embargo, entre las ruinas aún humeantes de esta catástrofe, la retórica martiropatica sigue funcionando, como si la gravedad del desastre fuera incapaz de romper el círculo diabólico de la ideología de la muerte. Una ideología que el-Amine había combatido toda su vida, en nombre de una dignidad superior de la vida, convencido de que el chísmo, tal como lo concebía desde sus lecturas en Nayaf hasta sus últimas conferencias en Sidón, se presenta ante todo como un proyecto de liberación humana, antes de ser instrumentado como programa de sacrificio ritual al servicio de las ambiciones imperiales de Tehrán. La martiropatía, ese culto estructural de la muerte que transforma la derrota en victoria espiritual y la destrucción en sacrificio fundador, ocupa el corazón teológico de la lógica de Hezbolá, sin que nadie dentro del sistema posea las herramientas conceptuales para salir de él. Esto es lo que el-Amine había comprendido al releer Karbala como un llamado a no tolerar jamás la injusticia, a rechazar la sumisión al tirano y a distinguir el testimonio ( shahada ) de la búsqueda compulsiva del martirio ( istishhad ) erigida en finalidad. En sus conferencias de 1992 y 1993 en Teyr Debba, revirtía el eslogan «Cada día es Ashúra, cada tierra es Karbala» contra la lectura dominante que la milicia y sus panegiristas habían hecho de él. Este eslogan, explicaba, significa que la lucha por la justicia se plantea en cada época y en cada lugar, y que el verdadero homenaje rendido al imam Husein es construir el mundo que él propugnaba. Y que, por ende, repetir sin fin la escena de su inmolación traiciona precisamente lo que él quiso transmitir. Pero ¿cómo convencer de ello a una multitud criada desde la cuna en la idea fija y anestesiante de que la vida verdadera pasa por el martirio? El legado y la brújula Lo que hace que el pensamiento de el-Amine sea insustituible en el Líbano de hoy reside en la calidad de la alternativa que propuso y que aún está por construir. Un chísmo liberado de la tutela de un aparato militar que confiscó la decisión de guerra y paz a toda una sociedad sin consultarle jamás, y que impuso su destino a una comunidad instaurando una hegemonía por las armas al servicio de un proyecto ajeno. El legado de Mohammad Hassan el-Amine, más que nunca, es el de una identidad chií libanesa luminosa, radiante, cuyo anclaje primero sea el Líbano y la herencia del Yabal ʿAmil, releídos sin la servidumbre política que la wilayat al-faqih impone sobre ellos desde 1979. Una visión del Estado como proyecto común de justicia y libertad, que trasciende las pertenencias sectarias y es capaz de acoger la pluralidad libanesa en una arquitectura civil fundada en el derecho y la democracia, lejos de las armas, del narcotráfico y de los usos mefistofelicos heredados de los Asesinos. Esta visión libanesa, Mohammad Hassan el-Amine — dignitario religioso, filósofo, escritor y poeta — la había construido en la práctica cotidiana de un hombre sencillo, austero, cálido, que vivía en una ciudad de mayoría suní, participaba en consejos interconfesionales, acogía con los brazos abiertos, en el espíritu de convivencia del Gran Líbano, a sacerdotes maronitas e intelectuales laicos, que leía a Mohammed Arkoun con tanto interés como a Shahid Sadr, y que se negaba a que su posición y sus creencias religiosas dictaran sus relaciones con sus conciudadanos. La proximidad, el cuerpo a cuerpo con la alteridad, la convicción de que el islam constituye el patrimonio de la civilización humana en el sentido más amplio… todo ello hacía de él una especie de clérigo-erudito, de muytahid-humanista, cuya profunda tradición nunca podía obstaculizar su libertad de pensar y de ser con los demás y para los demás. Shia al-ʻaql wal-damir — los chiíes de la razón y la conciencia. Tal es el camino que Mohammad Hassan el-Amine, siguiendo las huellas de sus ilustres predecesores del Yabal ʿAmil, propone a los chiíes libaneses. Es un proyecto de futuro. Para la comunidad chií, como, por lo demás, para todas las comunidades libanesas, actualmente desorientadas y presa de las convulsiones identitarias más violentas, como ocurre siempre en tiempos de crisis. Al igual que sus amigos Mohammad Mahdi Shamseddine, Hani Fahs, Nassir el-Assaad y Mohammad Hussein Shamseddine, y tantos otros, el legado de Mohammad Hassan el-Amine está ahí para recordarnos que la brújula es el Estado del Gran Líbano como patria definitiva para todos sus hijos, soberano, libre, independiente y plural. En el silencio de la eternidad, aún espera — ahora más que nunca — ser escuchado.

La niebla de la no-victoria (2/2)
Por
Rayyan Al-Basseer
Publicado

La primera parte de este análisis estableció que ni Estados Unidos ni Irán salieron de seis semanas de guerra con una victoria estratégica. Esta segunda parte examina lo que esa no resolución significa para los actores que ahora deben vivir con sus consecuencias: Israel, el Líbano, Turquía, los Estados del Golfo y la alianza occidental en sentido amplio. Lo que sigue es un panorama de las contradicciones y los cálculos peligrosos que configuran el próximo capítulo de la región. Israel: la doctrina de la perturbación permanente El primer ministro israelí entró en la campaña contra Irán como su principal arquitecto y promotor. Sale de ella sometido a presión desde ambos lados a la vez. Por un lado, los halcones militares y políticos que querían continuar las operaciones pese al ultimatum estadounidense de detenerlas, y que consideran que el alto el fuego, al igual que el acuerdo yemení que lo precedió, ha dejado a Israel más expuesto que antes. Por el otro, una oposición revigorizada que siempre ha descrito la estrategia de Netanyahu — escalada permanente sin horizonte político — como una fórmula de guerra sin fin antes que de seguridad duradera. Bajo estas presiones políticas subyace una doctrina de seguridad que ha sufrido una mutación fundamental desde el 7 de octubre. En las secuelas inmediatas de los ataques de Hamás, Israel operó un giro de la disuasión hacia la prevención, partiendo del principio de que la acción militar preventiva, más que la amenaza creíble de represalias, constituye el único garante fiable de la seguridad israelí. Gaza fue la primera aplicación a plena escala de esta doctrina, y sus resultados pusieron al descubierto una limitación central: la fuerza aplastante puede destruir infraestructuras y eliminar liderazgos, pero no puede producir un control político sostenido ni impedir la reconstitución progresiva. Hamás ha sobrevivido como actor político. Israel mantiene una dominación militar incontestada sobre la Franja sin llegar a gobernarla, lo que significa que, si bien la amenaza inmediata sobre las localidades circundantes ha sido neutralizada, las condiciones para una eventual reconstitución de Hamás no lo han sido. La doctrina adaptada combina ahora zonas de amortiguamiento desmilitarizadas con esfuerzos sostenidos por mantener a los actores hostiles absorbidos por sus conflictos internos. El objetivo no es gobernar esos territorios, sino impedir que cualquier amenaza militar coherente se reconstituya en ellos. Es una doctrina de perturbación permanente antes que de victoria decisiva y puntual. Encuestas recientes indican que apenas el 22 % de los israelíes considera que su país o Estados Unidos han ganado esta guerra, mientras que solo el 32 % declara satisfacción con el resultado global. Al mismo tiempo, el 79 % sigue respaldando la continuación de las operaciones militares en el Líbano. Las elecciones legislativas israelíes de 2026 tienen todas las probabilidades de agudizar estas tensiones antes que de resolverlas. Los dirigentes políticos enfrentarán electorados que exigen garantías de seguridad, no umbrales estratégicos abstractos — presión que debería mantener el curso de las operaciones militares en el Líbano hasta el desarme completo de Hezbolá, complementadas por una presión diplomática sostenida sobre el gobierno libanes, ataques selectivos continuos y zonas de amortiguamiento desmilitarizadas diseñadas para impedir que Hezbolá recupere su postura militar anterior a 2023. Una aclaración se impone aquí sobre la expansión territorial. El objetivo militar declarado de Israel es el establecimiento de zonas de seguridad intermedias bajo la forma de perímetros avanzados destinados a alejar las amenazas de las fronteras existentes. Israel no puede, por tanto, contemplar la extensión de su soberanía sobre nuevos territorios. Anexar de forma permanente tierras del sur del Líbano acercaría a los civiles israelíes a las capacidades residuales de Hezbolá en lugar de alejarlos de ellas, lo que es exactamente lo contrario de lo que exige la doctrina de prevención. El balance histórico confirma esta lectura: Israel se retiró del Sinaí en los años ochenta, del sur del Líbano en 2000 y de Gaza en 2005. La única excepción es el plateau del Golán, formalmente anexado y luego reconocido por Estados Unidos durante el primer mandato de Trump, tras un intenso lobbying de los grupos pro-israelíes en Washington. En cuanto al proyecto de un Gran Israel en sentido amplio, nunca ha cristalizado en un mapa único de consenso, ni siquiera entre las corrientes más duras de la derecha israelí. Si el maximalismo territorial guiara realmente la política israelí, las retiradas de Gaza y del sur del Líbano — que figuran ambas en al menos algunas versiones de ese mapa — serían inexplicables. El Líbano: entre esperanza desvanecida y catástrofe suspendida En el interior del Líbano, el panorama que hace un año parecía cautelosamente optimista se ha ensombrecido considerablemente. El gobierno de Nawaf Salam, que asumió funciones a principios de 2025, era genuinamente prometedor: primer gobierno libanes en treinta años que suprimió la célebre fórmula «Pueblo, Ejército y Resistencia» de su declaración ministerial, privando así a Hezbolá de su cobertura política oficial. El Ejército libanes comenzó a desplegarse al sur del Litani por primera vez en décadas. Hezbolá, severamente debilitado por la guerra de 2023-2024 con Israel y la eliminación de su dirección, parecía, por un instante, verdaderamente contenido. Sin embargo, la actuación del movimiento desde su decisión de incorporarse a la guerra el 2 de marzo demuestra claramente que no había dejado de reconstituirse y adaptarse, pivotando hacia una postura de guerrilla más dispersa. Más importante aún, busca hoy capitalizar el giro estadounidense respecto a Irán para reconstruir su legitimidad interior, utilizando el momento presente para impedir cualquier retorno a los arreglos de preguerra o a las condiciones político-militares que anteriormente lo habían despojado de su cobertura gubernamental oficial. El grupo evalúa activamente las formas de marginar y debilitar a sus adversarios políticos, primero por vías legales y parlamentarias y, si esas vías resultan insuficientes, mediante asesinatos y liquidaciones selectivas del tipo que el Líbano padeció entre 2005 y 2013. El sistema consociacional libanes, basado en un reparto del poder confesional rígido, hace excepcionalmente difícil cualquier acción decisiva contra un actor único. En este tenso contexto se inscribe una crisis de desplazamiento que afecta a más de un millón de personas desarraigadas, la mayoría procedentes de comunidades alineadas con Hezbolá o dependientes de él. Israel está decidido a impedir el regreso de esos aldeanos al sur del Líbano antes del desarme completo de Hezbolá. Los posibles gobiernos donantes siguen condicionando su apoyo a criterios de desarme que Hezbolá se niega a satisfacer. Los gobiernos del Golfo, más concretamente, se resisten a financiar un Estado cooptado por Hezbolá, suponiendo que las consecuencias económicas de la guerra en sus propios países les permitan todavía donar con tanta generosidad como antes. El resultado, ya visible, es una crisis de desplazamiento prolongada en un país que deriva hacia la misma catástrofe suspendida que Gaza: demasiado roto para recuperarse, demasiado armado para ser gobernado, demasiado dividido para encontrar por sí solo una salida. Turquía: potencia ineludible de un vacío regional Un Irán debilitado no estabiliza automáticamente la región. Crea un vacío. Antes incluso del inicio de la guerra contra Irán, Ankara era ya el actor exterior dominante en la Siria post-Assad. La degradación de Irán ha acelerado la centralidad turca en cualquier orden regional que pudiera emerger — en Siria, en Irak, y sobre todo en la forma en que la opinión política musulmana se estructura. Este poder creciente sitúa a Turquía en una trayectoria de colisión cada vez más directa con Israel. Los responsables israelíes han sido cada vez más explícitos al respecto, percibiendo a Turquía como una amenaza estratégica emergente, en particular en Siria, donde Ankara tiene más cartas que cualquier otro actor. La pregunta de por qué Turquía será un actor regional ineludible tras la guerra contra Irán ha dejado de ser una pregunta: es una realidad. El Golfo: triple presión sobre un contrato social fragilizado Los Estados del Consejo de Cooperación del Golfo han absorbido el choque económico más inmediato de esta guerra. El contrato social de los países del Golfo — la promesa implícita de una prosperidad casi ilimitada a cambio de la lealtad política hacia las dinastías reinantes — descansa sobre una economía regional estable, próspera e interconectada, y se encuentra hoy bajo tensión. El CCG se enfrenta a tres desafíos simultáneos, cada uno de los cuales sería exigente por sí solo. Debe, en primer lugar, restaurar la confianza en el modelo económico que ha construido desde los años setenta, modelo que depende de exportaciones petroleras previsibles, rutas de tránsito seguras e inversiones extranjeras sensibles a la inestabilidad regional. Debe luego decidir cómo gestionar un Irán herido pero no destruido, que conservará, en casi cualquier escenario de alto el fuego, la capacidad de amenazar de nuevo las infraestructuras del Golfo — la acomodación arriesgando envalentonar a Teherán, la confrontación arriesgando provocar un nuevo ciclo de devastación económica. En tercer lugar, y quizás lo más urgente, los Estados del Golfo necesitan poner en marcha un programa de recuperación económica acelerada. Occidente ausente: un error estratégico duradero A lo largo de esta crisis, el rasgo más llamativo de la política europea y occidental en sentido amplio ha sido su ausencia. Mientras Estados Unidos combatía a un régimen que no ha perdonado ningún interés occidental, los gobiernos europeos contemplaban en su mayoría desde las tribunas, aprovechando la crisis iraní para saldar cuentas políticas con la administración Trump en lugar de confrontarse con la realidad estratégica de que la amenaza iraní no se limita a los intereses estadounidenses. Esto será recordado como un error estratégico profundo. Independientemente de lo que uno piense de los métodos de Donald Trump, la realidad subyacente permanece: un Irán envalentonado emerge de este conflicto al mismo tiempo que un Golfo cuyos fundamentos económicos están sometidos a una presión sostenida. Al elegir no sumarse, ni siquiera apoyar mínimamente, el esfuerzo liderado por Estados Unidos para debilitar a Irán, los actores occidentales recalcitrantes han favorecido de facto un equilibrio de fuerzas más peligroso, en el que el poder de palanca iraní crece, la disuasión se erosiona y el coste de una eventual confrontación resulta considerablemente más elevado. La zona gris como horizonte estratégico Las capacidades asimétricas residuales de Irán no permanecerán inactivas mientras las negociaciones diplomáticas siguen su curso. A falta de un acuerdo satisfactorio para el presidente Trump, tanto Estados Unidos como Israel tienen sólidas razones estratégicas para mantener un patrón de operaciones selectivas. No obstante, las tres partes — y el CCG — no pueden permitirse un retorno a la guerra abierta tal como se libró en marzo y principios de abril de 2026. El propósito de la estrategia de zona gris que se perfila es perturbar el rearme nuclear y balístico iraní, degradar las infraestructuras de proxies supervivientes y señalar mediante la acción que el coste de la reconstitución seguirá siendo elevado. Las operaciones de zona gris — ataques de precisión, perturbación cibernética, operaciones de inteligencia — han demostrado ser más duraderas en sus efectos que las campañas militares espectaculares, precisamente porque privan a los adversarios del entorno estable que necesitan para reconstruirse. Una contención estratégica basada en la esperanza de que las negociaciones resolverán los problemas estructurales no haría, a la luz de los hechos actuales, sino ofrecer a Irán y a sus proxies el respiro que necesitan para rearmarse. El patrón se ha repetido demasiadas veces como para suponer un resultado diferente esta vez. El escenario de un avance diplomático global que resolviera el expediente nuclear, limitara la red de proxies de Irán y produjera un nuevo orden estable y aplicable transformaría verdaderamente la ecuación regional. Pero es el resultado menos probable a la luz de los datos actuales. Requeriría un nivel de inversión política estadounidense sostenida que Washington ha fracasado sistemáticamente en mantener tras sus campañas militares. Requeriría que la dirección iraní post-bélica consintiera concesiones que su predecesora rechazó explícitamente. Requeriría un Hezbolá dispuesto a desarmarse como condición de la recuperación del Líbano, algo que el movimiento ya ha señalado que no aceptará. Los actores regionales son más desesperados y menos predecibles, y la confianza necesaria para un acuerdo duradero ha sido erosionada por décadas de acuerdos rotos y posturas de mala fe de todos los lados. Conclusión La nueva fase de la interminable crisis de Oriente Próximo no está definida por un vencedor claramente designado ni por un perdedor identificable. Está definida por la incertidumbre — en Israel, en Estados Unidos, en todo el Golfo y en el Líbano — y por un consenso general entre actores regionales según el cual la postura operativa más segura, por ahora, consiste en hacer avanzar los propios intereses mediante la confrontación de baja intensidad, la presión por vías oficiosas y la ambigüedad estratégica antes que por el enfrentamiento abierto. Las apuestas son más altas que nunca, y los actores más desesperados que antes.

Aoun consolida su posición y denuncia el "impulso suicida" y la lealtad a potencias extranjeras.

Por primera vez desde el 28 de febrero, Líbano vivió un día de calma: no hubo ataques israelíes, ni intercambios de disparos en la frontera sur, ni combates en las aldeas fronterizas donde el ejército israelí mantiene presencia. La única excepción fue el ataque con dron israelí que causó la muerte de una persona en Kunin, al sur de Líbano. La atención se centra ahora en evaluar las víctimas —cuyos cuerpos siguen siendo rescatados de entre los escombros— y los daños materiales en los suburbios del sur de Beirut, así como en las ciudades del sur accesibles, a las que han regresado en masa los desplazados. La tregua de diez días entre Tel Aviv y Beirut, mediada por el presidente estadounidense Donald Trump, parece, a primera vista, un respiro en una guerra que dista mucho de haber terminado, como señaló el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu el miércoles, ya que persisten las causas subyacentes del conflicto armado. Líbano ha dado, sin duda, un paso importante al anunciar una serie de medidas destinadas a una solución duradera al problema que supone la presencia en su territorio de una milicia armada autónoma, totalmente subordinada a la República Islámica de Irán. Sin embargo, las autoridades siguen actuando con extrema cautela en este frente, por diversas razones, principalmente relacionadas con el deseo de preservar el sagrado equilibrio interno y evitar perturbaciones de la estabilidad. Declaraciones contradictorias Las declaraciones del presidente Joseph Aoun, las primeras desde el establecimiento de la tregua, las del ministro del Interior Ahmad Hajjar, y especialmente el tono que ambos emplearon, reflejan esta preocupación. Los líderes libaneses se mantienen firmes en cuanto a las líneas generales de la nueva política que han definido y mucho más discretos respecto a los mecanismos de implementación, que en última instancia dependen de las conversaciones bilaterales que tienen lugar en Washington, así como de las negociaciones entre Estados Unidos e Irán en Islamabad. Joseph Aoun y Ahmad Hajjar, junto con el presidente del Parlamento, Nabih Berri, aliado de Hezbolá, buscaron tranquilizar a la población respecto a su prioridad de la cohesión interna, evitando temas polémicos como las negociaciones directas con Israel, que se preparan bajo los auspicios de Washington, y el desarme de Hezbolá, esencial para liberar al Líbano de la hegemonía iraní y del riesgo de nuevas guerras. El proceso está en marcha, reafirmó Joseph Aoun en un mensaje a la nación, apenas unas horas después de las virulentas críticas del bloque parlamentario de Hezbolá contra la nueva dirección política libanesa. «Hoy negociamos por nosotros mismos y decidimos por nosotros mismos. Ya no somos peones en manos de nadie, ni un campo de batalla para otros». «Jamás volveremos a esa situación», declaró desde el principio, destacando el apoyo de la mayoría de los libaneses a estas políticas. El jefe de Estado atacó a Hezbolá sin mencionarlo directamente, criticando su retórica que presenta la “resistencia” como el único baluarte para el Líbano: “A quienes ponen en peligro el futuro del país y de su pueblo, les digo: ¡basta ya! Solo el proyecto del Estado es el más fuerte, el más sostenible y el más seguro para todos”. Continuó: “Estamos todos en el mismo barco. O llegamos juntos a puerto, o nos hundimos todos, pero nadie tiene derecho a cometer semejante crimen, bajo el manto de ningún eslogan, por impulso suicida o lealtad a una potencia extranjera”, en una clara alusión a Irán, país al que pertenece Hezbolá. Además, Joseph Aoun no mencionó a Irán, que se había apresurado a atribuirse el mérito de haber establecido la tregua, cuando elogió los incansables esfuerzos de los funcionarios libaneses, los países árabes, en particular Arabia Saudita, los estados occidentales y el presidente Trump para imponer un alto el fuego a Israel. Dirigiéndose nuevamente a Hezbolá, enfatizó que las negociaciones previstas "no son ni una señal de debilidad ni una concesión", sino que están motivadas por el deseo de proteger al Líbano "por todos los medios y, sobre todo, por nuestra negativa a morir por nadie que no sea el Líbano". En este contexto, recalcó que Beirut no hará ninguna concesión en sus derechos, particularmente en los territoriales, disipando así los temores sobre el afianzamiento de la "zona de seguridad" establecida por Tel Aviv en el sur del Líbano para proteger las ciudades al norte de su territorio. Si bien el presidente Aoun reafirmó previamente la importancia de las próximas conversaciones "delicadas y decisivas" con Tel Aviv, se limitó a esbozar los objetivos del Estado libanés en este diálogo: "consolidar el alto el fuego, retirar las fuerzas israelíes de las zonas donde mantienen presencia en el sur, extender la autoridad estatal a todo el país y liberar a los prisioneros libaneses". «Amal con Israel y la resolución de las disputas entre ambos países respecto a ciertos puntos fronterizos». Ni una palabra sobre el desarme de Hezbolá, que, sin embargo, es el eje de las próximas conversaciones. El jefe de Estado solo prometió el despliegue del ejército y las fuerzas de seguridad en el sur, «tras la retirada israelí», asegurando que «pondrán fin a las manifestaciones armadas y serán las únicas fuerzas presentes sobre el terreno». En cualquier caso, Líbano se prepara para emprender un camino plagado de obstáculos. En este contexto, aún no está claro qué agenda concreta llevará el negociador libanés, Simon Karam, a Washington, ni quién la definirá. Toda la atención se centra actualmente en este elemento, a la luz de los informes que indican que el asunto está siendo gestionado exclusivamente por la Presidencia de la República, basándose en los contactos establecidos con el tándem Amal-Hezbolá, que, como es sabido, es hostil al diálogo directo con Tel Aviv. Reapertura total del Estrecho de Ormuz Un diálogo que, de iniciarse en condiciones favorables, extendería la tregua diez días, prometió el Departamento de Estado de EE. UU. el martes. La tregua comenzó con dos puntos importantes: primero, Irán anunció la reapertura total del Estrecho de Ormuz, en lo que Teherán presentó como una muestra de buena voluntad vinculada al anuncio del alto el fuego en Líbano. Según el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, este paso marítimo estará abierto a todos los buques de carga comerciales durante la tregua en Líbano. La iniciativa iraní, bien recibida por el presidente Trump, cumple en realidad dos propósitos tácticos: señala una apertura hacia Washington en el contexto de los esfuerzos en curso para reactivar las negociaciones bilaterales entre EE. UU. e Irán. Sin embargo, Estados Unidos dejó claro que no levantaría el bloqueo impuesto a los puertos iraníes, al menos no antes de un acuerdo serio con Teherán, que inmediatamente reiteró su amenaza de cerrar el Estrecho de Gibraltar, aunque sin llegar a cumplirla. La decisión iraní también refleja el deseo de Teherán de demostrar su continuo control sobre la situación libanesa, en detrimento de las autoridades locales. El presidente Joseph Aoun respondió con contundencia en su discurso a la nación. Donald Trump, por su parte, se aseguró de reiterar el miércoles, al hablar del tema iraní, que este es independiente del libanés. El presidente estadounidense hizo hincapié en este punto al anunciar en su red social Truth que Estados Unidos tenía la intención de recuperar toda la ceniza nuclear causada por los bombarderos B-2 estadounidenses en Irán, sin compensación económica alguna. Aclaró que este acuerdo, al igual que el relativo a la reapertura del estrecho de Ormuz, «no está vinculado al Líbano» y que Washington «trabajará por separado con Beirut para resolver el problema de Hezbolá». Intercambio de amenazas El segundo punto significativo se refiere al intercambio de amenazas entre Hezbolá y Tel Aviv, en un momento en que parece surgir una discordia entre Israel y Washington respecto al manejo de ambos asuntos: el Líbano e Irán. El presidente Trump declaró categóricamente que Israel ya no atacaría al Líbano, mientras que los líderes israelíes insistieron en que la guerra contra Hezbolá no había terminado. El grupo proiraní anunció que se mantenía vigilante y "listo para la acción", advirtiendo a Israel que no violara la tregua ni asesinara a miembros del grupo. Por su parte, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y su ministro de Defensa, Israel Katz, afirmaron que la guerra no ha terminado y que Tel Aviv sigue comprometida con el desarme de Hezbolá por medios militares o diplomáticos. Ambos también afirmaron que el ejército israelí mantendrá presencia en la zona que controla actualmente a lo largo de la frontera y continuará desmantelando la infraestructura militar de Hezbolá en la zona. En este contexto, Benjamin Netanyahu reiteró que el camino hacia la paz aún es largo. "Empezamos este camino con una mano empuñando un arma y la otra extendida hacia la paz", dijo, antes de anunciar que su país había "establecido por primera vez una zona de seguridad a lo largo de toda su frontera norte". Esto ahora se extiende al Monte Hermón, ya que el ejército israelí reveló por la noche que había llevado a cabo una operación militar de última hora en Líbano, justo antes de que entrara en vigor el alto el fuego a medianoche del jueves, con el fin de tomar el control de una posición estratégica en el Monte Hermón. Esta posición se encuentra a 12 kilómetros del lado israelí de la montaña, que comparten Líbano, Siria e Israel, y a 30 kilómetros de la carretera Beirut-Damasco. Domina todo el valle de Bekaa y se encuentra lejos de las aldeas libanesas de la región aún según el ejército israelí.

La victoria de los "convencidos"
Por
Jawad Pakradouni
Publicado

Un joven adolescente regresa orgulloso a casa y anuncia a sus padres que aprobó el examen, entregándoles su hoja con una calificación de 3/20. Una nota suspensa, sin duda, pero para el estudiante, ¡es una victoria! ¿Y por qué no? Hezbolá proclamó su victoria, en un momento de gran tensión psicológica, este viernes 17 de abril, en un ambiente festivo, donde sus seguidores dejaron estallar su alegría al ritmo de los proyectiles de B7 y RPG; las ráfagas de sus ametralladoras de balas trazadoras iluminaron el cielo durante más de cuarenta minutos. Un auténtico espectáculo de luz y sonido sobre la capital, declarada zona desmilitarizada apenas unas horas antes en una conferencia… Una victoria divina (repetidamente) que jamás se verá empañada por consideraciones como el coste humano y material, por muy elevado que sea. Sin importar las muertes, las heridas, la destrucción, la tierra arrasada y la ocupación del sur, las consecuencias económicas, etc., mientras los líderes de la milicia, a pesar de su educación y conocimiento, defiendan y proclamen semejantes disparates, y lo que es peor, se los crean ellos mismos. Tener cerebro no implica necesariamente usarlo. Precisamente por eso es tan fácil lavar el cerebro a los demás. Hezbolá no solo toma decisiones por todos los libaneses, sino que también piensa por sus propios seguidores. Mientras que el ejército israelí ha cortado las comunicaciones entre el sur y el norte (a través del río Litani), los líderes de Hezbolá han logrado cortar las conexiones neuronales de sus secuaces, hasta tal punto que, en su lógica (si es que tienen alguna), dudar de su victoria equivale a ponerse del lado del enemigo. Más de 2200 muertos, ¿y qué? ¡Hay guerras con cifras mucho mayores, y por lo tanto, victoria! Más de 40 aldeas arrasadas, ¿y qué? Son solo piedras, se pueden reconstruir, ¡por lo tanto, victoria! Más de diez kilómetros del país ocupados, ¿y qué? El 25 de mayo celebraremos el día de la "liberación", y será día festivo, ¡por lo tanto, victoria! Es humanamente imposible convencer a los vencidos de que están realmente vencidos. Y puesto que la realidad parece haberse convertido en una variable a ajustar, ¿por qué parar ahora? Bastará con cambiar las palabras y sus significados para transformar los hechos. A este ritmo, cada retirada se convertirá en un avance estratégico, cada pérdida en prueba de ganancia, cada derrota en una victoria malinterpretada, la soberanía en un concepto flexible, la destrucción en una forma de inversión, la muerte en una nueva vida y, sobre todo, pensar por uno mismo será traición. Al fin y al cabo, cuando una mentira se repite a viva voz y durante mucho tiempo, acaba convirtiéndose en verdad para quienes dejan de comprobarla. Sin embargo, lo más preocupante no es que algunas personas intenten reescribir la realidad, sino que muchas parecen dispuestas a creerla sin siquiera releerla.