
Estados Unidos e Irán, vencedores perdedores


La decisión de Estados Unidos de lanzar una campaña militar de gran envergadura contra Irán fue el resultado de una confluencia de presiones. Los sectores más duros del establishment de seguridad llevaban tiempo exigiendo una acción decisiva. El lobby proisraelí ejerció todo su peso a favor de una intervención, sobre todo después de que los ataques de junio de 2025 no lograran una disuasión duradera, y de que Israel mismo pasara meses empujando a Washington hacia una postura más maximalista.
Estos factores crearon las condiciones políticas de la guerra. Pero el factor más decisivo en el plano estratégico tal vez respondió a una lógica comparable a la aplicada en Venezuela. El objetivo central del presidente Trump no era únicamente degradar la capacidad militar de Irán, sino reconfigurar la arquitectura de las transacciones petroleras globales, controlando no solo quién vende el crudo, sino quién lo compra y en qué condiciones. Al mantener y profundizar la presión de las sanciones sobre las exportaciones petroleras iraníes, Washington busca restringir el acceso de China a un crudo subsidiado o vendido a precios reducidos, en un momento en que ese acceso constituye un aporte relevante para el crecimiento industrial y militar chino.
La victoria convencional y sus límites
Lo que lograron las fuerzas armadas estadounidenses en marzo y abril de 2026 no admite discusión. Los primeros ataques mataron al Líder Supremo, eliminaron a altos mandos militares y destruyeron instalaciones institucionales neurálgicas, incluido el principal cuartel general de investigación y desarrollo de la Guardia Revolucionaria. Una parte significativa de los sistemas de defensa aérea iraníes fue neutralizada en las primeras veinticuatro horas, otorgando a las aeronaves estadounidenses e israelíes un control efectivo del espacio aéreo iraní casi de inmediato. La mayoría de los lanzadores de misiles balísticos iraníes fue destruida en las dos primeras semanas, y la mayor parte de los sitios militar-industriales identificados fue atacada, reduciendo considerablemente los ataques con misiles y drones contra Israel desde la segunda semana del conflicto. Las principales instalaciones de enriquecimiento fueron severamente dañadas, primero en junio de 2025 y luego nuevamente en 2026, mientras que un número considerable de buques de guerra iraníes fue hundido. Bajo cualquier criterio militar convencional, la campaña fue un éxito notable.
Sin embargo, esta imagen de éxito militar convencional debe matizarse. La postura estratégica de Irán nunca se ha basado prioritariamente en sus fuerzas convencionales. Se sustenta en un enfoque de defensa en mosaico, una red entrelazada de herramientas asimétricas que incluye enjambres de drones, milicias aliadas, hostigamiento naval y la amenaza latente de cerrar el estrecho de Ormuz. La campaña neutralizó la capa militar convencional de Irán, pero dejó en gran medida intactas sus capacidades asimétricas. Desmantelar la marina, los misiles balísticos y las defensas aéreas de un adversario tiene un peso estratégico innegable, pero resulta insuficiente cuando sus principales instrumentos de coerción siguen siendo los drones, las redes de milicias y la capacidad de perturbar cuellos de botella marítimos críticos. Degradar lo convencional sin neutralizar lo asimétrico equivale, en última instancia, a quitarle el rifle al enemigo mientras se le deja una pistola cargada.
Un alto el fuego ambiguo
Los límites de lo logrado ya se reflejan en los contornos del alto el fuego. El acuerdo, nunca hecho público, ha sido ampliamente calificado de ambiguo. Más grave aún, el expediente nuclear sigue completamente sin resolverse, precisamente el único tema en el que coincidían tanto la administración Trump como sus críticos. Las capacidades balísticas de Irán, aunque severamente degradadas, no están neutralizadas de forma definitiva. Su reconstrucción es una cuestión de recursos, no de voluntad, y cualquier alivio de sanciones incorporado a un acuerdo de alto el fuego reactivaría de facto la cuenta regresiva del rearme. Los hutíes en Yemen, Hezbollah en el Líbano y las facciones proiraníes en Irak ya están en fase de recomposición. Para estos actores, el alto el fuego no representa una derrota, sino una pausa táctica y una oportunidad para reconstituirse.
El Irán de posguerra
Sería igualmente engañoso presentar la posición de Irán como una victoria o una muestra de resiliencia. El régimen que sobrevivió a esta guerra no es el mismo que la inició. Más de cincuenta altos responsables fueron eliminados. El aparato militar fue severamente degradado. El programa nuclear fue retrasado varios años. La economía, ya presionada por décadas de sanciones, fue empujada al borde del colapso estructural. Los daños a la infraestructura son considerables, y el contrato social entre el régimen y sus ciudadanos, ya debilitado, enfrenta tensiones de una magnitud inédita. Las estructuras de poder dentro del régimen están sometidas a presiones internas, mientras facciones rivales compiten por definir cómo será el Irán de posguerra y quién lo liderará. Irán pudo haber evitado el peor escenario, el colapso del régimen, pero los desafíos colosales que enfrenta distan mucho de parecer una victoria.
El contraste entre las posiciones declaradas de Irán y su comportamiento efectivo en abril de 2026 es contundente. El antiguo Líder Supremo, Ali Khamenei, sostuvo de manera constante que no habría ninguna negociación con Estados Unidos. En marzo de 2026, funcionarios iraníes reiteraban que cualquier alto el fuego exigiría garantías completas de disuasión. Entre el 7 y el 10 de abril, varios responsables afirmaban públicamente que no habría conversaciones en Islamabad sin un cese previo de las operaciones israelíes contra Hezbollah. No solo Israel no se detuvo, sino que lanzó una de sus operaciones más importantes contra Hezbollah el 8 de abril. Y aun así, la delegación iraní voló a Islamabad y se sentó a la mesa de negociación. Ninguna retórica triunfalista, por engañosa que sea, cambiará ese hecho.
Una constante estadounidense
Estados Unidos tiene un patrón bien documentado de incapacidad para convertir su dominio militar en dividendos políticos. En el Líbano, en 1983, tras el atentado que mató a 241 militares estadounidenses, la administración Reagan se retiró en pocos meses, dejando un vacío que Hezbollah se apresuró a llenar. En 2003, Estados Unidos derrocó a Saddam Hussein con una precisión militar contundente, pero sin un plan coherente para el día después, generando un vacío de poder que las milicias respaldadas por Irán ocuparon rápidamente y del que nunca se retiraron. La retirada prematura de Irak en 2011 erosionó las capacidades institucionales y la autoridad del Estado en un momento crítico, agravando fallas de gobernanza que el Estado Islámico explotó sistemáticamente desde 2014.
En 2013, el presidente Obama trazó públicamente una línea roja en torno a las armas químicas en Siria, pero no la hizo cumplir cuando Assad la cruzó en Ghouta. La credibilidad estadounidense se desplomó, Rusia intervino y la guerra en Siria reconfiguró el equilibrio regional de una manera cuyas repercusiones aún persisten. En agosto de 2021, la retirada caótica de Afganistán otorgó a los talibanes una victoria de bajo costo y envió una señal en todos los escenarios donde Estados Unidos tenía aliados. En mayo de 2025, Trump declaró que los hutíes habían “capitulado”, mientras estos sostenían que había sido Washington quien retrocedió. El alto el fuego de abril se inscribe en la misma lógica de todos estos episodios: fuerza abrumadora, seguimiento político incompleto y adversarios que se adaptan para llenar el vacío.
La incapacidad estructural de Washington
La incapacidad estructural de Washington para sostener un compromiso estratégico más allá de la acción militar no es accidental. Es el resultado de la arquitectura política interna que condiciona cada decisión de política exterior.
Estados Unidos no entra ni sale de las guerras a partir de una voluntad nacional unificada. Lo hace a través del choque de intereses en competencia, rara vez conciliables. Los contratistas de defensa y el complejo militar-industrial tienen incentivos institucionales que favorecen ciclos de escalada más que soluciones duraderas. La polarización bipartidista convierte cualquier política asociada a una administración en un blanco para la otra, independientemente de su valor estratégico. Los sectores aislacionistas del movimiento MAGA se opusieron a la guerra desde el inicio; los grupos proisraelíes habrían querido ir más lejos; y los círculos tradicionales de política exterior, tanto de izquierda como de derecha, consideran el resultado una medida a medias. No existe una coalición coherente capaz de sostener la inversión política que exigiría una solución duradera.
Con las elecciones de medio mandato en el horizonte, las presiones inflacionarias y el alza de los precios del petróleo debilitan a la administración y al Partido Republicano. El resultado previsible es la misma presión hacia un retiro prematuro que, en cada episodio comparable, ha dejado intacto el problema estratégico de fondo y ha hecho que la siguiente confrontación sea más costosa que la anterior.
Conclusión
La guerra entre Estados Unidos e Irán no produjo un vencedor. Produjo una región más fragmentada que antes, un expediente nuclear más peligroso precisamente por no haber sido resuelto, y dos adversarios que volverán a enfrentarse, bajo formas distintas, en condiciones que ambos contribuyeron a empeorar. La niebla de la no victoria no es una metáfora. Es la realidad estratégica que definirá el próximo capítulo, el que aborda la segunda parte de este análisis.
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La niebla de la “no victoria”: el nuevo desorden regional