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Opinión

Líbano, la catástrofe sin fin...

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Por Mona Fayad
Publicado abr 15, 2026 - 16:58

En mi intento de comprender lo que nos sucede, de comprenderme a mí mismo y de recuperar cierto equilibrio ante lo que estamos viviendo, recurro a la lectura de libros y novelas sobre pueblos que han conocido los estragos de la guerra tal como nosotros los conocemos. Japón, con lo que padeció durante la Segunda Guerra Mundial y tras los bombardeos atómicos, representa en este ámbito un modelo que puede ayudarnos a situar nuestro propio dolor. Conviene señalar, de paso, que la cantidad de armas vertida sobre el Líbano a lo largo de los años equivale hoy a más que las bombas de Hiroshima y Nagasaki juntas.

Dos obras se imponen aquí, Urashimasō y El grito silencioso. La primera fue escrita desde el interior mismo del acontecimiento; su autor contempló las ruinas con sus propios ojos, dando testimonio y describiendo las tragedias, las mutilaciones y el extravío que observaba. La segunda fue escrita tras la derrota de Japón, y da fe de la devastación interior del ser humano. Al comparar lo que describen con lo que vivimos, comprobé que la situación libanesa reúne simultáneamente ambos sufrimientos, sin separación ni intervalo temporal de ningún tipo.

Estos dos libros ayudan a desmontar la violencia, a comprenderla, y no solo a sobrevivir a ella psicológicamente. Este tipo de escritura no mitiga el dolor, pero le da una forma y le ofrece un lenguaje, sacándolo así del caos hacia algo que puede aprehenderse.

En tiempos de guerra especialmente, esta capacidad constituye casi un acto de resistencia.

Porque la guerra reduce al ser humano a una reacción, a un cuerpo que sobrevive, que sufre o que huye; mientras que la escritura — y la lectura de esta clase de literatura — nos devuelve nuestro lugar como sujetos conscientes, en lugar de meras víctimas de las circunstancias.

En definitiva, algunos pueblos han conocido las guerras, otros las derrotas, y otros aún han salido de entre los escombros para reconstruirse.

Pero lo que vive el Líbano no se parece ni a una guerra en el sentido tradicional del término, ni a una derrota que pudiera fecharse, ni siquiera a una catástrofe que pudiera contenerse dentro de un marco temporal definido.

Es otra cosa.

En la experiencia japonesa, tal como la reflejan obras como Urashimasō y El grito silencioso, existía un recorrido, por penoso que fuera.

El choque primero, luego el silencio, luego la toma de conciencia, luego la reconstrucción.

Incluso en los momentos más terribles, como el bombardeo de Hiroshima, la catástrofe tenía en cierto modo una finalidad.

El golpe había terminado, y fue desde ahí que nació una historia.

En el Líbano, nada termina.

No existe aquí ningún momento del que pueda decirse que marca «el después».

Todo acontece simultáneamente: un trauma permanente que no puede asimilarse, una reflexión forzada que nunca llega a su término, relatos contradictorios que no resuelven nada, y una vida cotidiana que se reanuda sobre los escombros como si negara su propia existencia.

El Líbano no vive la posguerra. Vive en el interior de la guerra, de su interpretación y de su propia negación, todo a la vez.

En otras partes del mundo, la catástrofe engendra memoria, la memoria engendra conciencia, y la conciencia engendra, aunque sea tras una larga demora, el cambio.

Aquí, la cadena está rota: una catástrofe, luego gritos, luego divisiones, luego un olvido parcial, luego una nueva catástrofe.

Ninguna memoria se completa, ninguna conciencia se acumula, ningún cambio llega.

En Urashimasō, el ser humano está quebrado, pero con honestidad.

En El grito silencioso, intenta comprender, o esconderse detrás de relatos.

En el Líbano, la situación es aún más áspera: un ser quebrado, privado del derecho a expresar su quebradura, obligado a elegir un relato bajo la presión del miedo, de la pertenencia o de la acusación.

Ahí reside la particularidad de la condición libanesa, y quizás su carácter inédito: no solo una pluralidad de opiniones, sino una pluralidad de la realidad misma.

Cada comunidad vive una guerra diferente, cuenta una historia diferente y construye una memoria diferente.

No existe, por tanto, ningún «acontecimiento nacional» aglutinador, solo eventos paralelos que convergen únicamente en el dolor.

Lo que hace que la situación libanesa sea sin precedentes, especialmente en el marco del Estado-nación moderno, es que el propio

Estado ya no cumple su papel de referencia última del sentido o de la decisión.

En la mayoría de los países, el Estado declara la guerra o la termina, detenta el monopolio de la violencia y forja el relato oficial.

En el Líbano, la guerra se desarrolla tanto dentro del Estado como fuera de él, la violencia está dispersa, y el relato se halla contestado hasta la ruptura existencial.

Así, los libaneses no viven únicamente una crisis política, sino un profundo vacío referencial.

Es este vacío el que hace que la catástrofe se repita sin convertirse jamás en punto de inflexión.

Cada golpe, cada explosión, cada tragedia se añade a una larga cadena, sin cerrar nunca su círculo ni sentar las bases de lo que vendría después.

Más grave aún es lo que podría llamarse la normalización de lo absurdo: la muerte se convierte en una cifra y una imagen en una pared, la sangre en una noticia, la catástrofe en parte de la rutina.

No porque la gente haya dejado de sentir, sino porque ha sido agotada hasta el punto de no poder ya convertir el sentimiento en acción.

El Líbano de hoy no se parece ni al Japón de la posguerra ni a ningún país que haya salido de algún conflicto, porque ni siquiera se le ha concedido la oportunidad de salir de uno.

Es un país donde la guerra no ha terminado, donde la paz no ha comenzado, donde nada ha sido resuelto, pero donde todo vuelve a representarse, una y otra vez.

Quizás sea por eso que el dolor en el Líbano parece diferente: no solo porque es profundo, sino porque se despliega sin horizonte.

No porque sea inesperado, sino porque regresa.

Y no porque permanezca incomprensible, sino porque es plenamente comprendido, sin que nadie disponga del poder de cambiarlo.

No es solo la tragedia de una nación.

Es una condición humana compleja, rara y quizás sin precedentes: un Estado que vive dentro de sus fronteras reconocidas, pero privado del tiempo natural de los Estados, ese tiempo hecho de comienzos, de fines y de transformaciones.

El Líbano no es solo un país en crisis.

Es un país sustraído a toda lógica secuencial.

Y esta es, quizás, la forma más cruel de la catástrofe: que no termine… y que no vuelva a empezar.

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