


El realizador japonés Akira Kurosawa compuso su epopeya cinematográfica Kagemusha — La sombra del guerrero a comienzos de los años ochenta, para inmortalizar la gesta de un valiente caudillo que había desafiado a los poderes feudales del siglo XVI. Este pereció en combate, pese a que sus soldados no habían escatimado sus cuerpos para protegerlo de las flechas enemigas. No obstante, el mando tomó la decisión de disimular su muerte y encontrar un doble que prosiguiera la guerra, y la paradoja quiso que este duplicado perfecto saliera de la hez de la sociedad, un simple ladrón.
A la manera de los grandes cineastas, cuyo espectáculo deslumbrante plantea preguntas y problemáticas de una profundidad inquietante, Kurosawa expone la fragilidad del edificio militar, pese a toda su masa y su violencia, pues basta con que se anuncie la muerte del jefe excepcional — aquel cuyo ojo no pestañea ante la muerte — para que el conjunto se derrumbe. Deja también al descubierto el sistema de la ilusión política que gobierna a las masas y a los soldados, y quizá incluso a los oficiales de más alto rango y a los allegados más cercanos al poder.
Pero la tragedia teñida de ironía sobrevino cuando el ladrón-doble encarnó tan plenamente la piel del original que condujo al ejército de pérdida en pérdida.
En la época del estreno de la película, había transcurrido un año desde la llegada del imam Jomeini a la cúspide del poder en Irán, y ese país había dejado de ser un imperio gobernado por un sha para convertirse en una república bajo la autoridad del Guía Supremo.
Ahora que el realizador ha abandonado este mundo, no sabe que la muerte del segundo Guía Supremo, el imam Jamenei, fue anunciada sin dilación, ni que la dirección iraní proclamó de inmediato la designación de su hijo, el aquejado Mojtaba, como heredero del cargo.
Lo que tienen en común ambas situaciones es que las razones que presidieron la elección del hijo aquejado son exactamente las que Kurosawa había tratado en su película, a saber, la importancia de la solidez y la cohesión del mando y la necesidad de garantizar su continuidad. Sin lo cual el derrumbe sería tal vez inevitable. A ello se suma el principio mismo de la wilayat al-faqih y la necesidad de que haya siempre un portador del estandarte, lo cual sirve para evitar el colapso político al tiempo que alimenta la gran ilusión que impulsa a millones de seguidores a continuar combatiendo. Salvo que el nuevo Guía está, según se dice, herido, e incapaz de dirigirse a su público por la voz y por la imagen para tranquilizar a sus devotos.
En tiempos del director de La sombra del guerrero, la inteligencia artificial generativa no existía aún, que habría permitido reproducir una personalidad entera capaz de hablar y moverse, haciendo así superflua la figura del doble. Pero los partidarios del nuevo Guía necesitan verlo entre ellos, escucharlo arengarlos, estrecharle la mano, recibir sus sermones y sus directrices, en lugar de tener que vérselas únicamente con los comandantes de los Guardianes de la Revolución, quienes conducen este juego con el solo propósito de preservar la cohesión militar y la supervivencia del régimen.
Y así la gente, en la espera de aquel a quien ama, se entrega sin reservas.
Con Trump
El presidente americano ha logrado imponer su estilo insólito en el tratamiento de los asuntos grandes y pequeños por igual, con una ecuanimidad bastante desconcertante: lanza sus ataques contra su adversario venezolano, cubano o iraní, y en el mismo impulso no olvida humillar a su anciano predecesor Biden, o amenazar a un país amigo de la talla de Francia o del sultanato de Omán.
Trump se esfuerza hoy por finalizar el documento de propuestas relativo a una tregua, consolidando la parte susceptible de ser vendida tanto a la opinión interna como al exterior, y volviéndose contra cualquier cláusula de la que le sería difícil sacar provecho o que le resultaría complicado defender, si resultara menos convincente que lo que Barack Obama había conseguido una década antes. Se asiste así a un juego de ping-pong entre Washington y Teherán sobre las propuestas y las enmiendas, un juego útil para prolongar la duración de las negociaciones y abrir nuevas perspectivas a ambas partes.
Tras su visita a Pekín, que lo colmó de atenciones y fastos, Trump pudo palpar los componentes del poder blando chino y medir los límites del poder duro americano. De modo que el impacto del viaje en él trasciende con mucho lo que se logró concretamente, que resulta escaso medido frente a sus ambiciones de grandes acuerdos espectaculares.
Percibe ahora las consecuencias negativas de su relación con el presidente Putin, especialmente sobre los aliados europeos, así como el papel combinado que desempeñan Moscú y Pekín para impedir que el régimen iraní sea derrotado o se vea forzado a capitular fácilmente ante la voluntad de la Casa Blanca. Este apoyo militar, de seguridad e informacional conjunto ha proporcionado a la dirección iraní los medios para movilizar su capital de experiencia en el arte de las negociaciones complejas e imbricadas, como se observó el mes pasado durante la elaboración del memorando de entendimiento y la reordenación de las prioridades, donde el negociador más débil anotó puntos importantes en la portería del negociador más fuerte.
El vicepresidente JD Vance fracasó en su misión y regresó a la Casa Blanca con la convicción de que el iraní no era presa fácil, pese a sus debilidades y sus cuantiosas pérdidas. En cuanto a la flexibilidad que Vance había intentado en Pakistán, no podía defenderse en el interior de los Estados Unidos. Las iniciativas sucesivas orientadas a reformular una hoja de ruta preliminar habían convencido, sin embargo, a Trump de considerarla como un nuevo punto de partida, susceptible de ser perfeccionado y ejecutado. Pero la precipitación con la que se comprometió, unida a la aparición de una oposición firme entre algunos republicanos y una mayoría de demócratas, empujó a Trump a eludir sus compromisos iniciales, a volverse también contra los mediadores, y a desencadenar una tormenta de cólera contra quienquiera que se interpusiera en el camino de sus deseos apremiantes o no respondiera con la celeridad que exige.
Con Trump, es imposible fiarse ni de la validez de una posición declarada ni de su sinceridad, y es precisamente esta realidad la que ha asimilado la dirección iraní para entrar en las negociaciones con una disposición permanente a hacer frente a los giros, en cualquier momento y por cualquier motivo. Los comandantes de los Guardianes de la Revolución han reservado para sí el uso de lo que les queda como armamento para provocaciones militares frente a las flotas americanas, provocaciones calibradas para no causar daños reales, aunque les permiten reclamar una actitud de valentía, mientras que las represalias serias contra los países del Golfo, para infligir perjuicios verdaderos, se ejercen sin la menor vacilación. Lo cual revela la indigencia del poder militar iraní, y más aún la ilusión política que lo acompaña, en el momento en que el blanco americano es sustituido por el blanco del Golfo.
En esta postura iraní se transparentan la bajeza y la cobardía de los Guardianes de la Revolución, y en modo alguno el valor de ese combatiente que parecería salido de la tradición de los samuráis. El horizonte permanece, no obstante, abierto para la elaboración de un nuevo memorando que podría abrir camino a un acuerdo aceptable, con la certeza de que el próximo fracaso no llevará a Trump a retomar la guerra, algo de lo que los Guardianes de la Revolución pretenden sacar partido el mayor tiempo posible, ya que se preocupan poco por las pérdidas y su único deseo genuino es garantizar la perennidad del régimen y prevenir su colapso.
¿Quién es el vencedor?
La narración de cada bando pretende demostrar su propia victoria según criterios distintos y cuidadosamente ajustados, forjando nuevas definiciones para palabras desgastadas: tregua, alto el fuego, resistencia, logro, supervivencia, pérdidas, maniobra. Y si el fuerte no consigue alcanzar los objetivos por los que hizo la guerra, el débil ve en ese fracaso una victoria propia, de suerte que la resistencia en el estrecho se convierte en compensación de todas las pérdidas, aun cuando haya otorgado concesiones sustanciales que realizan de hecho uno de los objetivos de guerra del poderoso.
Eso es lo que hemos presenciado durante las dos últimas semanas entre Washington y Teherán, y es susceptible de prolongarse bajo formas variadas con nuevas justificaciones, hasta que la escena quede reducida a un único elemento: el control de los Guardianes de la Revolución sobre el estrecho. El factor de poder determinante reside aquí en la posición americana y en una conducta militar que se abstiene de la aventura de abrir el estrecho por la fuerza, por razones ligadas al cálculo del Pentágono antes que a cualquier otra consideración. Eso es precisamente lo que proporciona al relato iraní los argumentos de su pretensión al poder, y no los drones o los misiles que aún le quedan.
La dirección iraní ha aprovechado además la convergencia de los intereses chino-rusos para apoyar la supervivencia de un régimen que les conviene en el eje euroasiático: Moscú cosecha lo que las turbulencias de Oriente Medio le reportan, mientras que Pekín puede permitirse esperar un poco ante sus propias pérdidas, en la medida en que el mantenimiento del régimen le importa más en el corazón de Asia Central.
En cuanto al tercer factor de poder del que se beneficia Irán, reside en la estrategia racional y reflexiva de los estados del Golfo árabe. Estos han practicado una política de defensa activa y movilizado su peso político, tanto en el plano regional como internacional, para producir una solución diplomática global frente a la crisis internacional y regional más peligrosa de nuestro tiempo.
Cabe decir, pues, con toda sencillez, que los factores de poder de los que se aprovechan los comandantes de los Guardianes de la Revolución no les pertenecen ni son de su fabricación, así como cabe decir que la estrategia de Washington y el modo de gobierno del presidente Trump no han aportado todavía lo que permitiría acreditar la narración de la anhelada victoria americana. Del mismo modo, la estrategia de Israel, que hace flotar sus políticas sobre un mar de sangre en la región, particularmente en Palestina y en el Líbano, no ha producido sino masacres, destrucción y exterminio. Y ahí está Netanyahu con sus generales, en el colmo de su rabia contra Trump, soltando todo lo que el ejército israelí posee en potencia destructiva para arrancar una victoria, en Gaza, en Cisjordania, en el Líbano.
Por ello cabe afirmar con calma y convicción, a la luz de una observación política concreta del curso de las negociaciones, que la estrategia de los estados del Consejo de Cooperación del Golfo y su convergencia con las estrategias de Egipto, Turquía y Pakistán, así como su capacidad común para interactuar directa y eficazmente con las estrategias internacionales americana, china, rusa y europea, han demostrado su aptitud para producir una mediación eficaz que ha abierto un nuevo curso de los acontecimimientos y un horizonte pacífico hacia una solución. Han logrado asimismo reducir la escalada, contener la locura y el extremismo iraní, e inflejar el curso de las políticas en el preciso momento en que el triángulo del extremismo, americano-israelí-iraní, había alcanzado los confines de la violencia más hostil a la naturaleza humana.
Al releer la escena desde el momento del primero y luego del segundo ataque americano-israelí, y al medir las catástrofes que esta guerra ha infligido a la humanidad, comenzando por los pueblos iraní, árabes y musulmanes, se comprende que la búsqueda frenética de la victoria no se hallará del lado del triángulo del extremismo asesino, sino del lado de quienes enarbolaron el estandarte de la oposición a la guerra, soportaron la perfidia iraní, la impulsividad americana y la demencia israelí, y perseveraron sin descanso en su esfuerzo por producir una solución política y diplomática por la vía de la moderación y la firmeza en los principios.