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Homenaje
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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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El estrecho de Ormuz, espejo de las contradicciones del mundo

El estrecho de Ormuz ha puesto al mundo frente a un espejo que amplifica sus propias contradicciones, de manera similar a lo ocurrido durante la crisis del Covid-19 o las guerras en Ucrania y Gaza. La prosperidad moderna descansa sobre la estabilidad global y la fluidez de los intercambios materiales: rutas marítimas, moléculas, cables, puertos y tasas de interés, en una globalización basada en la economía real contemporánea. Ante una crisis energética, las reacciones siguen ya un patrón conocido: el aumento del precio del petróleo vuelve más atractivas las energías renovables, el encarecimiento del gas incrementa la importancia de rutas más seguras y los conceptos de soberanía recuperada vuelven a ocupar un lugar central en el debate. Esta lógica no es errónea, pero resulta simplemente incompleta. Con la crisis de Ormuz, la globalización entra en una fase de naufragio progresivo, perdiendo su fluidez en los laberintos de las dunas de arena. Los Estados que pretenden simultáneamente rearmarse, descarbonizar sus economías, proteger su modelo social, financiar el envejecimiento de sus poblaciones, invertir en inteligencia artificial, apoyar a su industria y reducir su deuda se encuentran atrapados en un contexto de crecimiento débil y márgenes presupuestarios cada vez más estrechos, en medio de colapsos estructurales que han acercado a Europa, antaño considerada el “corazón del mundo”, a condiciones propias del Tercer Mundo, mientras llega a su fin el capítulo de su progresismo cultural y de su autoridad intelectual. A ello se suma la desilusión melancólica provocada por la caída del sueño americano proclamado en la célebre Declaración de Independencia de 1776, mientras los espacios democráticos se disuelven entre vacíos institucionales y populismos políticos. El sector privado y la sociedad civil no pueden sustituir al Estado cuando se trata de asumir riesgos políticos o estratégicos, ni pueden hacerse cargo por sí solos de restablecer una situación más satisfactoria. La estabilidad, en realidad, solo llega después de que el sector público asume y absorbe los riesgos, no en su lugar. La ecuación es inquietante: cuanto más peligroso se vuelve el mundo, más indispensables resultan las inversiones en soberanía; pero estas exigen Estados dotados de solvencia intelectual, política, financiera y social, precisamente cuando la multiplicación de las crisis vuelve más frágiles a esos mismos Estados. El servicio público global se encuentra en vías de desintegración, con deudas compartidas y ambiciones reducidas. Las soluciones son conocidas, al igual que los desacuerdos. La crisis del estrecho no constituye únicamente un shock en los precios de los hidrocarburos, una inflación de los costos del transporte marítimo, interrupciones en las cadenas de suministro y sobrecostos industriales; también revela el golpe sufrido por la capacidad de las sociedades modernas para adaptarse a conflictos y colapsos en la “Torre de Babel” de las fracturas geopolíticas. Asimismo, pone de manifiesto la amenaza que representa una minoría de multimillonarios que se consideran superiores y todopoderosos, capaces de someter al mundo a sus intereses desmedidos sin asumir el menor costo moral. Hamlet , la obra maestra de Shakespeare dedicada al príncipe inconstante, parece atravesar un momento de singular vigencia. Esta ficción de la pérdida que inspiró la creación de Hamlet, un personaje pragmático e irreductiblemente idealista, encaja perfectamente con nuestra época, en la que el flujo incesante de malas noticias alimenta preguntas existenciales y donde los seres humanos se encuentran agotados por la avalancha de catástrofes globales. ¿Cómo puede este hombre lleno de disonancias internas encontrar su lugar en un mundo que insiste en malinterpretarlo, en reformular sus angustias mediante relatos simplificados y en confrontarlo con la complicidad de un sistema político fallido, tan parecido al nuestro que genera una tristeza generalizada y difusa? El mundo percibe claramente que todo lo que desea el presidente estadounidense Donald Trump puede resumirse, en esencia, en una frase: “Toma esta cosa y haz con ella lo que quieras”. Cada día exhibe sus gesticulaciones extravagantes, dirigiéndose directamente al público con una constancia teatral que termina por resultar pesada. Esta manera de actuar instala un malestar persistente a escala global: un presidente hiperconectado en su plataforma Truth Social, publicando cada hora, o casi, declaraciones que movilizan al mundo entero y que a menudo resultan difíciles de descifrar. El ritmo del mundo gira ahora en torno a las narrativas que rodean a Estados Unidos e Irán: que están cerca de alcanzar un acuerdo, o quizá no; que el acuerdo con Irán está prácticamente cerrado y será anunciado pronto, o que no existe ninguna urgencia para anunciarlo, o incluso que no habrá acuerdo alguno. Estos son apenas algunos ejemplos de los mensajes desconcertantes de Trump. Sin embargo, todo indica que las partes enfrentadas sí se acercan a un entendimiento, aunque este difícilmente será un acuerdo integral capaz de poner fin definitivo a la guerra. En el mejor de los casos, probablemente se tratará de un acuerdo provisional basado en un conjunto de principios generales, incluyendo una extensión del alto el fuego por al menos sesenta días, mientras se negocian los mecanismos para aplicar dichos principios. Los negociadores aún deberán trabajar en los detalles. Cada detalle, cada palabra de una declaración de intenciones tendrá peso y será examinada minuciosamente. Pero lo esencial dependerá de lo que ocurra después. Irán quiere evitar a toda costa el escenario de un acuerdo provisional y frágil que sus adversarios puedan utilizar para preparar una guerra que Trump probablemente ya no emprendería después de la Copa del Mundo y a pocas semanas de las elecciones de medio mandato. Pero ¿puede Irán obtener de Estados Unidos el compromiso de que Israel también quedará vinculado al acuerdo? Nada es menos seguro. El régimen iraní quizá haya sobrevivido a la guerra. Los Guardianes de la Revolución han consolidado su control sobre el poder y han demostrado a Estados Unidos, Israel y los países del Golfo que incluso una guerra de gran escala no fue suficiente para doblegarlos, mucho menos para derrocarlos. También han descubierto que el cierre del estrecho de Ormuz constituye un instrumento de disuasión casi equivalente a un arma nuclear y ahora pretenden obtener derechos de tránsito para compensar los daños ocasionados por el conflicto. Pero ¿quién se encargará de verificar el cumplimiento de los compromisos? ¿Qué ocurrirá con las instalaciones nucleares existentes? Estas serán discusiones nucleares largas y complejas, especialmente en torno a las reservas iraníes que superan los 400 kilogramos de uranio enriquecido. Estados Unidos ha exigido durante años que este material sea trasladado al extranjero, mientras que Irán insiste en diluirlo dentro de su propio territorio. Trump ha insinuado que podría aceptar esta última opción, quizá bajo la supervisión de una “comisión de energía atómica”, aunque no está claro si se refería a la antigua comisión estadounidense que llevaba ese nombre y fue disuelta en 1974, o al organismo de supervisión nuclear de las Naciones Unidas. La cuestión más espinosa sigue siendo la exigencia iraní de obtener beneficios económicos sustanciales. El régimen espera recuperar rápidamente parte de sus activos, estimados en 100 mil millones de dólares, congelados en bancos extranjeros. Funcionarios estadounidenses afirman estar dispuestos a conceder una exención que permita a Irán exportar parte de su petróleo, pero rechazan cualquier liberación directa de fondos mientras no se registren avances definitivos. Por su parte, el régimen teocrático ya calcula todo lo que espera obtener, comenzando por la reconstrucción de su programa de misiles balísticos y de sus milicias mediante los miles de millones de dólares que ingresarían a sus arcas en caso de levantarse las sanciones dentro de un acuerdo final, algo que no haría más que complicar una situación ya de por sí extremadamente cargada. Situaciones inquietantes, o al menos casi inquietantes: una guerra parcialmente perdida y parcialmente frustrada; una guerra para nada, o únicamente para no ganar nada. Una guerra donde las pérdidas y las ganancias resultan insuficientes para justificar la competencia y que deja a todos muy por debajo incluso del statu quo ante . Ese es el temor político: dejar a los países del Golfo y de la región conmocionados, con la moral por los suelos, amenazando a regímenes políticos poco acostumbrados, a uno y otro lado, a convivir con la inestabilidad bajo la consigna de la “paz mediante la fuerza”, llamada a extenderse sobre un Medio Oriente completamente nuevo. Y si la confianza no ha desaparecido, sino que simplemente ha abandonado Medio Oriente debido a la voluntad estadounidense de ocupar todo el espacio a miles de millas náuticas de China, de controlarlo todo, de reducirlo todo a una narrativa y de convertir cada promesa en una mercancía susceptible de ser negociada, entonces el mundo debe dejar de buscar una confianza absoluta. Los próximos dos años serán decisivos para determinar quién logra mantenerse dentro del juego mundial en los planos industrial, tecnológico y geopolítico. Cada actor llegará con sus propias presiones, temores y prioridades nacionales, justo cuando el mundo necesita pensar colectivamente para pagar la factura de una época que sigue avanzando.

La diplomacia se activa: Haykal en Islamabad
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LevantTime .
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La diplomacia paquistaní se activa en dos frentes, el libanés e iraní, con la visita oficial del comandante en jefe del ejército, el general Rodolfo Haikal, a Islamabad, y la del ministro paquistaní del Interior, Mohsin Naqvi, a Teherán. Aunque diferentes, ambas misiones se enmarcan en la continuidad de los esfuerzos sostenidos para restaurar la calma en la región. El ejército libanés anunció el sábado la partida de su comandante hacia Islamabad, por invitación de su homólogo y del ministro de Defensa paquistaní, sin precisar el objetivo de la visita. Debido a las fricciones entre Beirut y Teherán, exacerbadas por el acuerdo libanés-israelí de cese el fuego del miércoles, todo indica que el desplazamiento del general Haikal a Islamabad forma parte de la mediación llevada a cabo por Pakistán entre Estados Unidos e Irán. Y es que el dossier de Hezbolá está entre los puntos de discordia entre Washington y Teherán. Preocupada por preservar su influencia en el Líbano, a quien considera un Estado satélite, la República Islámica no piensa ceder esta carta de triunfo en vista de sus próximas negociaciones con Washington. Lo demostró una vez más el jueves al cuestionar abiertamente el acuerdo de tregua que, sin embargo, es resultado de una decisión soberana libanesa. La oposición iraní, que hizo eco el Hezbolá al rechazar a su vez el acuerdo, complica la ejecución del documento. Tres militares libaneses muertos en el sur Además, el cese el fuego, que depende del cese de los disparos de la formación proiraní contra Israel, sigue sin llegar. La guerra continúa al mismo ritmo desde el miércoles en el sur del Líbano, donde Israel dice haber golpeado «aproximadamente 150 objetivos» del Hezbolá en 48 horas. Tres militares libaneses fueron también asesinados el sábado en un ataque aéreo israelí entre Jardali y Nabatiye. Fuertemente denunciado por las autoridades libanesas, este ataque injustificado es objeto de una investigación en Tel Aviv, según el portavoz militar israelí, quien mencionó la posibilidad de un error relacionado, según él, con «un movimiento que fue considerado sospechoso cerca de una zona de combate». Este ataque fue inmediatamente instrumentalizado por un Hezbolá que sigue en busca de argumentos para justificar la aventura destructiva en la que ha envuelto al Líbano. Según él, el ataque que mató a un general de brigada, un capitán y un soldado «es la consecuencia del desprecio del poder por la soberanía, así como de sus concesiones gratuitas». Esta acusación injustificada, impregnada de mala fe, continúa los reproches formulados por el jefe de la diplomacia iraní, Abbas Araghchi, al presidente Aoun. Este último había estigmatizado el viernes, en el marco de una entrevista a CNN, el papel desestabilizador de Teherán en el Líbano. «Por lo que dice el Sr. Aoun, se podría creer que es Irán quien ha ocupado una quinta parte del Líbano, desplazado a un cuarto de los libaneses y bombardea su país diariamente», reaccionó Araghchi en X. «Si el Líbano hubiera sido una moneda de cambio para Irán, habríamos concluido un acuerdo hace mucho tiempo. Salve el Líbano de su verdadero enemigo, Señor presidente», agregó el ministro quien, igualmente con mala fe, se contenta con enfocarse en las consecuencias de la acción de la que su país es directamente responsable. Sus comentarios fuera de lugar dirigidos al presidente de la República suscitaron reacciones indignadas en el Líbano, donde el diputado Ghayath Yazbek (Fuerzas Libanesas) rogó al ministro iraní, no sin ironía, que deje en paz al Líbano. «Gracias, Sr. Araghchi. Lo relevamos de su solicitud por el Líbano. Vaya a firmar un acuerdo con Washington y déjenos vivir en paz», escribió en X, antes de comparar a Irán con un «bombero pirómano». «Su Estado lo ha convertido en el símbolo de su política exterior, basada en la mala vecindad, el sabotaje y la exportación del caos y la puesta a disposición de sus servicios», agregó. Ataques contra Bahréin y Kuwait Esta acusación se produce pocas horas después de nuevos disparos iraníes, en la noche del viernes al sábado, contra Bahréin y Kuwait, que afirmaron reservarse el derecho de defender sus respectivos países. El ataque iraní fue consecuencia de los disparos del ejército estadounidense que derribó el viernes seis de los siete misiles balísticos y drones iraníes lanzados en dirección del estrecho de Ormuz y los aliados árabes del Golfo. El séptimo no alcanzó su objetivo, según el Centcom, que aseguró haber golpeado también, en represalia, los sitios de radar, incluida una isla en el estrecho, «para defenderse contra nuevos ataques». Es en este contexto de tensión renovada que el ministro pakistaní del Interior, Mohsin Naqvi, se desplazó el sábado a Teherán, portador, según medios panárabes, de nuevas propuestas estadounidenses relativas en particular al desbloqueo de activos iraníes, sobre el cual la República Islámica insiste. Apertura del aeropuerto de Qlayaat En otro orden, Líbano lanzó el sábado el proyecto de desarrollo y explotación del aeropuerto de Qlayaat, en Akkar, durante una ceremonia oficial organizada en presencia del jefe del gobierno, Nawaf Salam y numerosos funcionarios. El aeropuerto recibió de manera simbólica su primer avión. La importancia de este proyecto no es solo de índole socioeconómica. También es política en la medida en que la entrada en servicio del aeropuerto René Moawad marca un paso adicional en el camino hacia la liberación del yugo de Hezbolá. Este último, con sus aliados en Líbano, se oponía por diversas razones. Hezbolá había logrado tener una presencia activa en el único aeropuerto internacional de Beirut, que tenía para él una importancia estratégica capital, dada especialmente su situación geográfica. El AIB está situado en su bastión, el suburbio sur de Beirut. Basta recordar, además, que esta organización realizó su golpe de mano en Beirut en mayo de 2008, cuando el gobierno de Fuad Siniora decidió, en un intento de reducir su influencia dentro del Estado, destituir al jefe de seguridad del AIB, Wafic Choucair, y desmantelar su red de comunicaciones.

Crímenes sirios y la norma «Yamashita»
Por
Youssef Mouawad
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¿Qué no haría un imputado o un acusado para salvar su pellejo! Procesado ante un tribunal de justicia por crímenes contra la humanidad o crímenes de guerra, ¿qué no diría un oficial sirio de los antiguos servicios de seguridad si tuviera que responder por sus fechorías? Las uñas arrancadas a los niños de Deraa El primero en comparecer ante los «Juicios de Damasco» fue Atef Najib. Seguimos su actuación en las redes sociales: este acusado respondía a los cuestionamientos de la Corte Penal con un tono frío y distante, como si no estuviera implicado en la suerte de los adolescentes a los que había entregado a los peores tormentos. Es verdad que había reconocido los hechos por lo que eran: una quincena de escolares que habían garabateado en los muros de su escuela consignas anti-Assad, fueron detenidos más de un mes para sufrir graves maltratos, incluyendo golpizas y arranque de uñas. Dicho esto, Atef Najib negó rotundamente su implicación directa y personal en el trato inhumano infligido a estos jóvenes. Para zafarse, argumentó la responsabilidad de otros organismos encargados de la represión. En suma, la tortura que habían sufrido estos escolares no provenía de su propia iniciativa sino más bien de una «cadena de mando» más amplia. Como si quisiera decir: ¿qué podía hacer yo si así funcionaba jerárquica y colectivamente el sistema de seguridad sirio? La transferencia de responsabilidad, mecanismo recurrente de defensa Evadir la responsabilidad ante una «instancia superior o difusa» o ante el sistema vigente es una maniobra clásica para eximirse o diluir la propia culpa. Pero, siendo honestos, los tribunales de justicia internacionales están preparados contra este procedimiento recurrente de defensa que rechaza la culpa hacia la jerarquía. No obstante, al invocar, con razón o sin ella, las instrucciones recibidas, Atef Najib ha llamado a las altas esferas del Estado detentadores del poder de decisión a asumir su responsabilidad. En definitiva, la pregunta se plantearé con aún más urgencia cuando comparezca ante la justicia el general Khardal Ayoub, implicado como está en el ataque químico de la Ghouta oriental en 2013. La doctrina Yamashita En derecho penal internacional, la responsabilidad del mando (cadena de mando) es también conocida como la doctrina Yamashita, en honor del general japonés que fue procesado y ejecutado por crímenes cometidos por sus tropas durante la Segunda Guerra Mundial. Porque un jefe militar tiene la obligación de vigilar a sus hombres y contenerlos. Y este es un concepto que no es reciente: fue establecido por las Convenciones de La Haya de 1899 y 1907 y constantemente actualizado y confirmado desde entonces. Para exculparse, el depuesto presidente sirio Bachar el-Asad no podría alegar su ignorancia de un ataque con armas químicas lanzado por subalternos, sean generales o simples soldados, ni el hecho de que no hubiera impartido instrucciones específicas al respecto. En aplicación de la doctrina antes mencionada, como comandante supremo, es responsable penalmente desde el momento «en que supo —o estaba en condiciones de saber— que habían cometido crímenes y no tomó las medidas necesarias para impedirlo o para castigarlos». Edgar Morin y el arrepentimiento Edgar Morin, sociólogo y militante antinazi, acaba de dejarnos. Judío sefardí, no había preconizado la venganza contra los «arquitectos de la solución final». Su actitud impregnada de humanismo se revela en un texto dedicado a la memoria del Holocausto donde dice: «Soy de los que esperan el arrepentimiento del malvado. Soy de los que nunca encerraron al hombre que cometió un crimen dentro del concepto de criminal que lo cubre por entero». Pero otorgar el perdón no significa consentir el olvido u la ocultación. Entonces, previamente, debe hacerse justicia. Y no sería equitativo que en Siria solo Atef Najib y Khardal Dayoub tuvieran que pagar en lugar de los fugitivos que se esconden en Moscú. Una justicia transicional es ciertamente la condición de una reconciliación nacional. Pero no se haría justicia alguna mientras Bachar, Maher y los miembros del alto mando sirio no comparezcan ante los tribunales de derecho. ¡Y mientras no tomen conocimiento, de pie en el banquillo de los acusados, de la sentencia que los condena!

Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (8)

Esta serie de artículos permitirá comprender mejor la situación actual a la luz del pasado, lejos de los discursos apasionados, ideológicos o románticos que pierden de vista las realidades. Corresponde al lector sacar las conclusiones que se imponen. Las siete partes anteriores fueron un análisis de los eventos relativos al auge de Hezbolá desde el Acuerdo de Taëf, hasta la retirada del ejército israelí del Líbano en mayo de 2000, el establecimiento de un Hezboláland en el sur y el desencadenamiento de la guerra de 33 días en julio de 2006, iniciada por Ali Larijani. La guerra de 2006 en Gaza La operación militar transfronteriza "Promesa sincera" de Hezbolá en la Línea Azul tenía un doble objetivo: abrir un segundo frente para aliviar el de Gaza y, sobre todo, desviar la atención del expediente nuclear iraní. La llevada a cabo por Israel contra Gaza en junio y julio de 2006 fue bautizada como "Lluvias de verano" (Summer Rains). Se desencadenó el 28 de junio, exactamente dos semanas antes del inicio de la guerra en el Líbano, tras el secuestro de un soldado israelí, Gilad Shalit, por parte de Hamás el 25 de junio. Fue la primera operación terrestre de envergadura de Israel en el enclave palestino desde la retirada unilateral israelí de 2005, en el marco de un plan denominado "desenganche". Los dos conflictos (Gaza y Líbano) se desarrollaron simultáneamente durante el verano de 2006. La operación "Lluvias de verano" alcanzó su punto culminante el 12 de julio con la entrada del ejército israelí en el centro de Gaza, el mismo día en que Hezbolá atacó Israel, desencadenando una guerra destructiva. En este tipo de contexto geopolítico, las coincidencias son más bien raras. La apertura de los dos frentes simultáneamente fue interpretada por muchos observadores como una maniobra estratégica coordinada entre Irán y Hamás, por un lado, e Irán, Siria y Hezbolá, por otro, para servir los intereses regionales de Teherán. El general Qasem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds en aquella época (asesinado por orden de Donald Trump el 3 de enero de 2020 a la salida del aeropuerto de Bagdad), confirmó años después que él mismo entró en el Líbano vía Siria, desde el inicio del conflicto, para supervisar las operaciones junto a Hasán Nasralá, líder de Hezbolá, asesinado por Israel en septiembre de 2023, e Imad Moghniyeh, jefe militar de esta organización y amigo personal suyo. Este último fue entrenado por oficiales iraníes desde principios de los años ochenta. Con el tiempo, se convirtió en el principal agente de enlace entre Hezbolá e Irán para las "operaciones especiales" en el extranjero. Los expertos subrayan que tenía "un pie en Hezbolá y otro en Irán". Eludía su jerarquía elaborando sus informes y recibiendo instrucciones directamente de la Fuerza Quds. Hablaba persa con fluidez y viajaba frecuentemente con documentos diplomáticos iraníes. Muchos ataques de envergadura que le son atribuidos, como los atentados de Buenos Aires (1992 y 1994) o el apoyo a milicias chiitas en Irak en los años 2000, habrían sido orquestados a solicitud directa de Teherán. "Promesa sincera" El 12 de julio de 2006, Hezbolá atacó una patrulla israelí compuesta por dos vehículos blindados tipo Humvee que circulaba por la carretera que corre junto a la valla fronteriza del lado israelí. Utilizó artefactos explosivos y misiles antitanque para inmovilizar los vehículos. Simultáneamente, lanzó una lluvia de cohetes y morteros contra varias localidades del norte de Israel, así como contra puestos militares israelíes del otro lado de la frontera para saturar las comunicaciones y desviar la atención del mando israelí. Un equipo de comandos de Hezbolá atravesó la valla fronteriza, atacó los Humvees, mató inicialmente a tres soldados israelíes y capturó a otros dos (que posteriormente resultaron muertos). En una segunda fase, otros tres soldados israelíes dentro de los vehículos blindados fueron asesinados durante el intercambio de fuego. Inmediatamente después del secuestro de los dos militares israelíes, un tanque Merkava atravesó la frontera para interceptar a los secuestradores. Sin embargo, saltó sobre una mina de gran potencia colocada por Hezbolá que lo destrozó, matando instantáneamente a los cuatro miembros de la tripulación. Otro soldado israelí fue asesinado por fuego de mortero mientras intentaba recuperar los cuerpos de los tanquistas. Esta operación, llevada a cabo profesionalmente, obligó al gobierno israelí a tomar inmediatamente la decisión de entrar en guerra. Fue el inicio de la guerra conocida como los 33 días. La emboscada había sido preparada durante varios meses por la unidad de élite de Hezbolá, con la ayuda de oficiales del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI). Estos últimos asesoraron al mando de la milicia pro-iraní sobre las tácticas de infiltración que debían cubrirse y camuflarse mediante operaciones de diversión abriendo fuego en varios sectores de la frontera libano-israelí. Los comandos de la milicia comprometidos eran miembros de la unidad entonces llamada «Fuerzas de Intervención» (futura unidad Radwan). Habían sido entrenados por instructores de la Fuerza al-Quds del CGRI en técnicas de emboscada y uso de misiles anticarro. La operación fue dirigida por Imad Moghniyeh, asesinado por el Mossad 3 años después en Siria. Operación «Telaraña de Acero» La represalia israelí resultó en una operación llamada «Telaraña de Acero», en respuesta en particular a un discurso de Hassan Nasrallah pronunciado en el estadio de fútbol de Bint Jbeil, seis años antes, apenas 24 horas después de la retirada israelí del 26 de mayo de 2000. Ese día había presentado a Israel como «más débil que una telaraña». El ejército israelí llevó a cabo una campaña aérea masiva de varios días, dirigida a todo el territorio libanés, antes de lanzar una ofensiva terrestre en el sur del Líbano contra varias localidades. La más importante fue la de Bint Jbeil, ciudad de gran significado simbólico debido al famoso discurso de Nasrallah. Los enfrentamientos más encarnizados tuvieron lugar precisamente allí. Batalla de Bint Jbeil El ejército israelí la rodeó el 24 de julio, es decir, 12 días después del inicio de los combates y la toma de Maroun el-Ras, pueblo adyacente a Bint Jbeil, en el lado sureste. El 25 de julio, un general israelí anunció el control total de la ciudad, mientras que el centro de la ciudad continuaba resistiendo. El 26 de julio, una unidad de la brigada Golani cayó en la emboscada más mortífera del conflicto, en los alrededores de la ciudad. Ocho soldados israelíes fueron asesinados y decenas de otros resultaron heridos. Al no poder asegurar el centro de la ciudad, Israel optó por bombardeos aéreos y artillería, transformando la localidad en un campo de ruinas. Bint Jbeil fue defendida por 150 combatientes incluyendo unidades de la Fuerza Radwan (1) . Atrincherados en búnkeres y túneles, rechazaron varios intentos de avance terrestre con fuego de misiles anticarro y morteros.Los combatientes de Hezbolá, desplegados a lo largo del eje Bint Jbeil-Wadi el Houjeyr, y para sorpresa de los observadores, estaban masivamente armados con misiles de precisión anticarro tipo Kornet, en sus dos versiones, rusa e iraní, y tipo Metis de fabricación rusa, suministrados por Siria e Irán.. Retranchés dans des bunkers et des tunnels, ils ont repoussé plusieurs tentatives de percées terrestres par des tirs de missiles antichars et de mortiers. Les combattants du Hezbollah, déployés le long de l’axe Bint Jbeil-Wadi el Houjeyr, et à la grande surprise des observateurs, étaient massivement armés de missiles de précision antichars de type Kornet, dans leurs deux versions, russe et iranienne, et de type Metis de fabrication russe, fournis par la Syrie et l’Iran. El balance de la batalla de Bint Jbeil, del lado israelí, fue grave: 17 militares muertos, incluidos al menos dos oficiales superiores, y varios tanques Merkava dañados por misiles. Del lado de Hezbollah, fue mucho más grave: 60 muertos, incluido el comandante de operaciones del sector, y la destrucción masiva de infraestructuras y depósitos de municiones. Otra batalla que marcó esta guerra fue la de Wadi el Houjeyr. (continuará) (1) Unidad ofensiva de élite de Hezbollah, especializada en operaciones comando e incursiones en territorio israelí, esta unidad se subdivide en dos grupos: uno con la misión de abrir brechas en la frontera libano-israelí y otro de conquistar puntos estratégicos en el norte de Israel. En uno de sus discursos, Hassan Nasrallah había amenazado con conquistar Galilea, confiando en esta unidad Radwan. Leer sobre el mismo tema: Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (7) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (6) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (5) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (4) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (3) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (2) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (1)

Beirut desafía a Teherán y acelera su giro soberanista

La declaración, calificada de «histórica», que surgió el jueves de las negociaciones en Washington, fue seguida el viernes por posicionamientos inéditos y decisivos en la cumbre del Estado libanés. Declaraciones que parecen acelerar la dinámica a favor de la restauración completa de la soberanía del Líbano frente a Irán y su brazo armado, Hezbolá. El viernes, el presidente Joseph Aoun y el primer ministro Nawaf Salam dirigieron advertencias firmes a Teherán, instándola a cesar toda injerencia en los asuntos libaneses. «Este no es su país, es el nuestro (...) No tienen derecho a intervenir en nuestro país», dijo el presidente Aoun a Irán en una entrevista concedida a CNN. El jefe de Estado también instó a Hezbolá a privilegiar el diálogo. «Hezbolá debe entender que no existe otra solución que sentarse a la mesa de negociaciones. No hay otra forma de salvar lo que queda del país que a través de la negociación y la diplomacia», declaró. «Se trata del pueblo libanés, no del pueblo de Naím Qassem», afirmando que Naím Qassem no representa al pueblo libanés, en referencia al secretario general de Hezbolá, quien rechazó el jueves el acuerdo concluido en Washington. «La mayoría del pueblo libanés está harta de la guerra». Al referirse a las operaciones militares israelíes, Joseph Aoun estimó que Israel «puede arrasar todo el país, pero nunca podrá lograr su objetivo», antes de añadir: «Lo intentaron en Gaza. ¿El Hamas sigue existiendo, no?» El presidente libanés también afirmó que existe «una gran oportunidad» hoy para poner fin al estado de hostilidad entre el Líbano e Israel, mientras subrayaba que la cuestión de Hezbolá solo podía resolverse en un marco estrictamente libanés. Dirigiéndose a las autoridades israelíes, declaró: «Deben demostrar una verdadera voluntad de poner fin a esta guerra. Estamos listos, tenemos la voluntad y el compromiso. ¿Y ustedes?» Por su parte, Nawaf Salam exhortó a Irán a dejar de utilizar el Líbano como «medio de presión» en sus conversaciones con Estados Unidos para poner fin a la guerra en Oriente Medio. Teherán exige de hecho que cualquier acuerdo con Washington incluya también el fin de las hostilidades en el frente libanés y la retirada de las fuerzas israelíes. El presidente del Parlamento, Nabih Berri, quien juega un papel de intermediario con Hezbolá, por su parte, planteó por primera vez la posibilidad de un retiro del movimiento chií del sur del Líbano, con la condición de que Israel se retire del territorio libanés y se concluya un cese al fuego «global e incondicional». En consonancia con estas declaraciones, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu declaró durante una reunión del gabinete de seguridad que privilegia la vía diplomática respecto al Líbano, mientras que varios ministros abogaban por una extensión de las operaciones militares, según medios israelíes. Netanyahu indicó sin embargo que el acuerdo de cese al fuego aún no estaba definitivamente finalizado. Israel condiciona su aprobación al mantenimiento de una zona de amortiguamiento en el sur del Líbano así como a la preservación de su libertad de acción militar. Estos desarrollos ocurren mientras la nueva tregua anunciada por Washington entre Israel y Hezbolá parece ya comprometida. Recordemos al respecto que la declaración conjunta estadounidense-libanesa-israelí que concluyó la cuarta ronda de negociaciones en Washington subraya que «el futuro de las relaciones entre Israel y el Líbano debe ser decidido por los dos gobiernos soberanos». Los tres signatarios también afirman rechazar «todo intento realizado por un Estado o actor no estatal de tomar al Líbano como rehén», en una alusión apenas velada a Irán y a Hezbolá. Sobre el terreno, el ejército israelí continuó sus ataques en el sur del Líbano después de ordenar la evacuación de una decena de localidades, manteniendo su presión militar sobre Hezbolá, que había rechazado el acuerdo el día anterior. El ejército israelí también llevó a cabo un ataque a la entrada de Tiro. Según una fuente de la Defensa Civil citada por la AFP, los bombardeos sobre la ciudad en la noche del jueves al viernes causaron siete muertos y dañaron levemente el hospital Jabal Amel. Hezbolá, por su parte, reivindicó varios ataques contra las fuerzas israelíes desplegadas en parte del sur del Líbano, sin anunciar operaciones contra el norte de Israel. Ante la magnitud de las destrucciones causadas por el conflicto, la ONU más que duplicó su llamamiento de ayuda humanitaria y ahora solicita cerca de 640 millones de dólares para los próximos seis meses.

Líbano: cuando la geografía deja de ser una ventaja

Se escuchan cada vez con más frecuencia comentarios de quienes lamentan su suerte: ¿por qué nacimos en este rincón del mundo? Porque la posición geográfica del Líbano lo ha colocado hoy en una situación por demás ingrata. La geografía no es, sin embargo, un destino ciego; constituye un marco rígido que delimita lo posible y estrecha el margen de error. En geopolítica, como nos recuerda Robert D. Kaplan en La venganza de la geografía , la geografía no desaparece tras los eslóganes, sino que vuelve a imponerse cada vez que los Estados la desdeñan, y con especial rigor sobre los pequeños Estados situados en las líneas de fractura. El Líbano es uno de ellos: se encuentra atrapado entre dos vecinos poderosos, uno que forma una enorme guarnición militar con uno de los mayores ejércitos del mundo, respaldado por los Estados Unidos y al que contribuimos a que reocupara el Líbano; y el otro, que ya ejerció sobre él una prolongada dominación y una tutela pesada bajo el régimen autoritario de los Assad. En este sentido, el Líbano constituye un ejemplo elocuente de país en el que la posición geográfica desempeña un papel decisivo. Su situación entre Israel al sur y Siria al este y al norte, sobre una fachada mediterránea abierta, lo convirtió históricamente en un espacio de tránsito e intercambio, no en un escenario de enfrentamiento. Michel Chiha comprendió pronto esta singularidad: la estrechez del litoral, la elevación de la montaña y la ausencia de profundidad estratégica continental empujan al libanés hacia el mar — es decir, hacia el comercio, la apertura y la mediación — antes que hacia las guerras y los conflictos. Nuestra historia fenicia así lo atestigua. En este sentido, la geografía libanesa nunca fue concebida para un papel militar, sino para uno económico y civilizacional. El giro peligroso se produjo cuando el Líbano se desvió de esta vocación y se dejó arrastrar progresivamente hacia conflictos regionales que superaban su capacidad, transformándose así de un espacio de equilibrio en un teatro de confrontación. En este contexto, hablar de una «maldición de la geografía» resulta engañoso. El problema no radica en la posición en sí misma, sino en el modo en que se la utiliza. La geografía que habría podido ser fuente de prosperidad — como lo fue en cierto período moderno — se convirtió en fuente de peligro cuando se la empleó como plataforma para los conflictos ajenos y cuando el Estado perdió el monopolio de la decisión de guerra y de paz. Es aquí donde la situación libanesa converge con una transformación histórica que Alexis de Tocqueville señaló en La democracia en América . En la era de los imperios, las entidades pequeñas eran fácilmente absorbidas; pero con la emergencia de los conceptos de soberanía y de los derechos de los pueblos, y luego con la aparición de un orden internacional encarnado en las Naciones Unidas, pasó a ser posible, en principio, proteger a los pequeños Estados mediante normas jurídicas y resoluciones internacionales. Esta transformación, por importante que sea, no anuló la lógica de la fuerza; simplemente la reconfiguró. El derecho internacional confiere legitimidad, pero no garantiza protección de manera automática. Los pequeños Estados se preservan no únicamente por los textos, sino cuando su estabilidad forma parte de los intereses de las potencias mayores. De ahí que la crisis libanesa se revele en toda su complejidad: el Líbano goza de pleno reconocimiento internacional de su soberanía, pero carece de las condiciones internas y externas que harían esa soberanía defendible. Las injerencias exteriores, directas e indirectas, no habrían prosperado sin la fragilidad interna que las hizo posibles — las sensibilidades confesionales, la división de la decisión soberana, la vinculación de ciertas fuerzas locales a ejes regionales — todo ello en el marco de un conflicto abierto entre Irán e Israel que se gestiona parcialmente en suelo libanés. En esta configuración, la geografía se convierte en una vulnerabilidad fatal. Un pequeño Estado, abierto geográficamente, no puede permitirse la dualidad de la decisión, ni ser al mismo tiempo parte de un conflicto y entidad que reclama protección frente a él. La solución no reside en negar la geografía, sino en gestionarla con lucidez. Y esto pasa por una redefinición de la vocación del Líbano: de teatro de conflictos a espacio de equilibrio, de instrumento de ejes exteriores a una sociedad en busca del interés común. La neutralidad, en esta perspectiva, no es un eslogan moral sino una elección estratégica condicionada. La experiencia de países como Suiza y Austria ha demostrado que la neutralidad sólo se sostiene sobre tres elementos inseparables: un consenso interno sólido, una capacidad defensiva nacional unificada y garantías internacionales explícitas. Sin estos elementos, la neutralidad se transforma en un vacío que las potencias exteriores no dejan de aprovechar. El Líbano se encuentra hoy en una encrucijada: o bien permanece prisionero de su posición como línea de frente, o bien se reposiciona como entidad cuya estabilidad resulta indispensable para todos. Esto exige recuperar la decisión soberana, unificar el referente de seguridad, y anclar la estabilidad del país a intereses económicos, regionales e internacionales que harían costosa cualquier desestabilización para el conjunto de los actores implicados. La fachada marítima del Líbano podría haber significado comercio, servicios e influencia financiera — como lo fue en los años sesenta y a comienzos de los setenta. En cambio, se ha convertido hoy en un país sitiado, amenazante y amenazado, expuesto a los golpes de todos. El Líbano no puede cambiar su geografía, pero sí puede cambiar su posición dentro de esa geografía. Y es sólo ahí donde la geografía deja de ser un destino impuesto para convertirse en una elección gestionada en función del interés nacional. Queda una pregunta fundamental: ¿puede el Líbano obtener una «garantía internacional» que proteja su neutralidad sin que ésta se convierta en una tutela? ¿Y qué entendemos por «garantía internacional»? No un nuevo mandato, ni una administración extranjera ni una pérdida de soberanía, sino una neutralización reconocida internacionalmente y un compromiso colectivo de no utilizar el Líbano como escenario de conflictos — lo que equivale a hacer de la neutralidad libanesa un interés común al que todos se adhieran. La evolución del entorno internacional da verosimilitud a este modelo: las grandes potencias ya no quieren focos de explosión permanentes en Oriente Próximo; los Estados árabes se orientan hacia el desarrollo, privilegiando la distensión y reduciendo el desorden; Europa, por su parte, necesita la estabilidad de Oriente Próximo. Todo esto abre para el Líbano una ventana de oportunidad que le corresponde aprovechar. Ha llegado el momento de que el Líbano salga del ciclo de los conflictos, de que la decisión de guerra y de paz corresponda exclusivamente al Estado, de que no sirva de instrumento a ningún eje, y de que haga de su estabilidad un interés para todos y no una carga para nadie. Porque nuestra economía, nuestras escuelas, el futuro de nuestros hijos no son moneda de cambio. Nos negamos a ser instrumentalizados — venga de donde venga esa instrumentalización.