
Desde el final de la guerra de julio de 2006, los libaneses y los observadores se habían acostumbrado a medir el poder de Hezbolá por la cantidad de misiles que poseía, la magnitud de su arsenal o su capacidad para amenazar a Israel. Pero la evolución actual impone un criterio completamente distinto. La pregunta ya no es qué armas le quedan, sino si todavía es capaz de reconstruir el poder que edificó durante más de cuatro décadas. Ese es, precisamente, el gran desafío del momento actual. Tras el encuentro entre el presidente de la República, el general Joseph Aoun, y el presidente estadounidense Donald Trump, la intensa actividad diplomática de Estados Unidos que lo precedió y siguió, el proceso de negociación iniciado en Roma, así como las crecientes discusiones sobre la ampliación del despliegue del Ejército libanés y el vínculo establecido entre la reconstrucción y el restablecimiento de la autoridad del Estado en materia de seguridad, parece claro que el enfoque de la comunidad internacional ya no busca únicamente el desarme de Hezbolá, ya sea mediante una decisión política o una operación militar. Ahora pretende hacer que la reconstrucción de su poder militar sea cada vez más difícil, e incluso imposible.








