

La escena estaba impecablemente coreografiada en el Despacho Oval este martes 21 de julio de 2026.
Por un lado, Donald Trump prometió ayuda militar y ofreció una apertura económica de gran calado al levantar un embargo aéreo de cuarenta años.
Por el otro, el presidente libanés Joseph Aoun, enarbolando un documento oficial presentado como la hoja de ruta definitiva para desarmar a Hezbolá.
Para los observadores occidentales, el intercambio tiene todas las apariencias de ser perfecto: la extensión de la soberanía del Estado libanés a cambio del respaldo estadounidense para expulsar definitivamente la influencia iraní del Levante.
Sin embargo, detrás de las sonrisas de rigor, los apretones de manos, los abrazos y los chistes, esta cumbre, aunque muy prometedora, corre el riesgo de convertirse en una nueva ilusión diplomática.
El entusiasmo exhibido en Washington omite deliberadamente tres puntos ciegos estructurales que enfrían ese optimismo: los límites de la presión estadounidense sobre Israel; la falta de credibilidad del Estado libanés a la hora de tocar las armas de la milicia proiraní; y el propio factor iraní.
La ecuación presentada por Joseph Aoun se basa en un principio de condicionalidad estricta: el desarme de Hezbolá está supeditado a una retirada total y definitiva de las fuerzas israelíes del sur del Líbano.
Es una postura clásica, anunciada ya en varias ocasiones por Aoun, y este anuncio en la Casa Blanca apacigua la tormenta política en Beirut que precedió a la cumbre, pero Washington dispone de un margen de maniobra limitado cuando se trata de la seguridad de Israel vista desde la perspectiva del Estado hebreo.
Donald Trump afirmó que Israel "está retirándose", mostrando una actitud flexible hacia Tel Aviv y Beirut, aunque no se anunció ningún calendario vinculante.
El ejército israelí solo obedece a su propia doctrina de seguridad nacional, que exige el derecho a supervisar e intervenir militarmente de forma inmediata ante cualquier amenaza percibida.
Esta exigencia de una soberanía compartida o vulnerada es intrínsecamente incompatible con el plan defendido por la presidencia libanesa.
Los disparos de advertencia israelíes contra nuestro ejército en Zawtar al-Gharbiya, apenas unas horas antes de la cumbre, vinieron a recordar que en la Línea Azul es el ejército israelí quien marca el ritmo, y no los comunicados del Departamento de Estado.
Donald Trump, cuyo apoyo a Israel sigue siendo el pilar de su política en Oriente Medio, nunca arriesgará una ruptura frontal con su aliado.
Sin una garantía absoluta de eliminación de las armas de Hezbolá, la presión estadounidense seguirá siendo superficial y la retirada israelí quedará paralizada.
En ese mismo ámbito, persisten las dudas sobre la credibilidad del poder ejecutivo libanés.
La comunidad internacional otorga escasa credibilidad a un plan de desarme que no es más que la repetición del mismo plan elaborado en agosto de 2025, cuando Israel se retiró del territorio libanés, salvo cinco puntos adyacentes a la frontera.
Además, a la vista de los últimos veinte años, la memoria política universal impone el escepticismo.
Desde las promesas vacías del diálogo nacional de 2006 hasta los acuerdos de Doha en 2008, pasando por la declaración de Baabda en 2012 y las retiradas israelíes de 2006 y 2025 conforme a la resolución 1701, cada texto que pretendía poner las armas bajo el control exclusivo del Estado terminó en el baúl de los olvidos.
El plan presentado por Aoun a Trump corre un serio riesgo de no escapar a esa regla: al parecer fue redactado sin el consentimiento de los partidos armados chiítas, Hezbolá y Amal, que controlan una parte nada desdeñable de la toma de decisiones políticas en Beirut.
Además, el presidente Aoun dio a entender en la Casa Blanca que Berri está a favor de poner fin a la guerra, lo que alimenta la ambigüedad diplomática.
En cualquier caso, esta cumbre era más que necesaria, sobre todo porque mantiene vivo un proceso en marcha, el único capaz de garantizar un mínimo de calma en el sur.
El ejército libanés, al que Washington percibe como una posible fuerza de sustitución, es una institución respetada, pero no se embarcará en un enfrentamiento directo para incautarse de los misiles de Hezbolá al norte del Litani.
Esta es claramente la voluntad del presidente Joseph Aoun, ya que según los cálculos de su equipo, semejante decisión corre el riesgo de desencadenar una inestabilidad sociopolítica, aunque los habitantes del sur se muestren a priori entusiastas ante la perspectiva de ver a las tropas desplegarse en sus pueblos, y aunque Hezbolá muestre señales evidentes de debilitamiento.
En este contexto, el plan de desarme de Hezbolá filtrado en Washington se parece más a una estrategia de comunicación que a un plan sólido o a una estrategia que contribuya al mantenimiento de la estabilidad.
Hezbolá, por su parte, dispone de una capacidad de daño que no dudará en emplear, a pesar de su debilitamiento.
La milicia proiraní, junto a su aliado Nabih Berri, puede paralizar el Estado desde dentro o provocar incidentes armados calculados en las conocidas “zonas piloto” del sur o fuera de ellas, con el fin de empujar a Israel a represalias y demostrar así al mundo la impotencia del ejército libanés.
Más allá del optimismo generado por esta cumbre centrada en el apoyo de Washington al ejército y en las presiones para restablecer la estabilidad, y a pesar de los importantes obstáculos que enfrenta el plan de Joseph Aoun, la verdadera sorpresa radica en la reapertura de las rutas aéreas directas con Estados Unidos.
Si bien la medida aporta un alivio económico y psicológico innegable para la diáspora y el turismo, también debe leerse como un gesto político que señala que el aeropuerto de Beirut está ahora bajo una estrecha vigilancia del ejército libanés, lo cual es sumamente positivo.
En cuanto al resto, a medio plazo, el horizonte libanés hasta finales de 2026 dista mucho de ser el de una normalización pacífica o un desarme ordenado; se perfila más bien como un statu quo armado bajo vigilancia internacional, con grandes esperanzas depositadas en las zonas piloto para que sirvan de trampolín hacia medidas más amplias. El Líbano seguirá así navegando a la vista, en un entorno geopolítico en plena transformación.