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Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad
Publicado sep 5, 2026 - 20:01
La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Por LevantTime . - Publicado sep 5, 2026 - 00:55
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El convoy del CICR que transportaba a los civiles liberados, procedente de la zona ocupada por Israel en el sur del Líbano, se dirigió al punto que marca el inicio de la zona controlada por las autoridades libanesas. (AFP)
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) anunció el viernes que trasladó a Líbano a otras cuatro personas liberadas por Israel, un día después de la liberación de un primer civil. Según el CICR, se trata de tres libaneses y dos sirios. Es la primera vez que se lleva a cabo una operación de este tipo desde el inicio, en abril, de las negociaciones entre Líbano e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos. Beirut había solicitado, durante la última ronda de conversaciones celebrada en agosto, la liberación de un primer grupo de ciudadanos libaneses capturados por Israel en el sur de Líbano, donde mantiene una guerra con Hezbolá, aliado de Irán. Sus familiares estiman que hay alrededor de una treintena de personas retenidas, entre ellas combatientes del movimiento islamista. El presidente libanés, Joseph Aoun, agradeció en un comunicado a Estados Unidos y al CICR, y afirmó que esta liberación «confirma lo acertado de la postura» de Líbano, que participa en negociaciones con Israel rechazadas por Hezbolá. Estados Unidos elogió el jueves «al Gobierno de Israel y al Gobierno de Líbano por haber demostrado buena fe mediante estos primeros pasos», y expresó su esperanza de que esto sirva «de base para conversaciones más amplias sobre otras cuestiones civiles». Ambos países deberán celebrar una nueva ronda de negociaciones en septiembre, en una fecha que aún no ha sido anunciada. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «se produce tras los esfuerzos realizados por Israel y Líbano para localizar y repatriar los restos de dirigentes de la comunidad judía que habían sido secuestrados y asesinados en Líbano» entre 1984 y 1986. Israel intensifica sus ataques En el terreno, ataques israelíes dejaron el viernes tres muertos y 23 heridos en el sur y el este de Líbano, según un medio estatal. Israel intensificó el viernes sus ataques en la región, después de anunciar la noche del jueves que había tomado el control de la cresta montañosa de Ali Taher, que servía como posición estratégica para Hezbolá, aliado de Irán, y domina, entre otras zonas, la ciudad de Nabatiye. El ejército reforzará ahora sus posiciones en la zona para «impedir que el enemigo vuelva a posicionarse allí», declaró el ministro israelí de Defensa, Israel Katz. Otro ataque alcanzó también la región de Tiro, en particular la localidad de Rmadiye, según la Agencia Nacional de Información (ANI). Para Trump, la guerra en Irán es «poca cosa» En cuanto a la guerra en Irán, el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó el viernes minimizar su impacto para Estados Unidos ante la proximidad de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato. «Mucha gente no lo llama guerra. Yo digo que es un conflicto militar, porque para nosotros es poca cosa (“small potatoes”). No es gran cosa. Hicimos lo de Venezuela y hemos hecho esto», respondió a periodistas en la Oficina Oval, al ser cuestionado sobre su vicepresidente, JD Vance, quien el día anterior había dicho que no quería describir el conflicto como una guerra. Mientras el fuerte aumento de los precios de los combustibles relacionado con la guerra amenaza con costarle a los republicanos de Donald Trump su mayoría en el Congreso en las elecciones de medio mandato de noviembre, su administración intenta restar importancia al conflicto. Según el presidente, Estados Unidos lleva a cabo «ataques puntuales» y aseguró que «actualmente no está combatiendo». También afirmó que Estados Unidos controla el estrecho de Ormuz y que ha diezmado a las fuerzas armadas iraníes. «Lo que hemos logrado es extraordinario. Tomamos el control de Venezuela y, en esencia, tomamos el control de Irán», declaró.
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El Plan de la Decisión
Por
Hisham Dibsi
Publicado

Benjamín Netanyahu aprovechó su asistencia al funeral del senador estadounidense Lindsey Graham para regresar una vez más a la Casa Blanca, después de que sus aliados lograran convencer al presidente Donald Trump de recibirlo. Sin embargo, esta vez la visita se produjo por la puerta trasera de la escena política, sin ofrecerle la oportunidad de capitalizar mediáticamente el encuentro como habría deseado. La entrevista televisiva que concedió posteriormente reflejó la magnitud del dilema que enfrenta. Su rostro fue incapaz de transmitir la imagen de un vencedor; en su lugar, predominaban la obstinación y una sonrisa forzada. Trump, fiel a su carácter directo y poco dado a las concesiones, parece poco dispuesto a asociarse con un aliado que le acarrea más problemas que beneficios. Aun así, Netanyahu no da señales de rendirse. No muestra disposición alguna a reconocer un fracaso, ni siquiera a admitir la posibilidad de que ocurra. Para él, el asunto trasciende la política y afecta directamente su futuro personal y electoral. Una derrota podría significar el final de su carrera política, abrir la puerta a procesos judiciales y hacer añicos su aspiración de consolidarse como el líder indiscutible del Estado de Israel. Mientras tanto, los partidos de oposición han convertido la creación de una comisión oficial e independiente de investigación sobre los acontecimientos del 7 de octubre en una de sus principales banderas electorales. Su objetivo es exigir responsabilidades por las fallas que hicieron posible el ataque de Hamás y las pérdidas humanas sin precedentes que provocó, incluso en comparación con numerosas guerras convencionales. El ataque también dejó una profunda huella colectiva en la sociedad israelí, cuyas repercusiones psicológicas, políticas y de seguridad siguen presentes hasta hoy. Sin embargo, la batalla electoral no gira únicamente en torno al 7 de octubre. Los partidos religiosos aliados de Netanyahu siguen exigiendo que los estudiantes haredíes de las escuelas religiosas queden exentos del servicio militar, además de reclamar la separación entre hombres y mujeres en determinados espacios públicos. También amenazan con abandonar la coalición gubernamental si sus demandas no son atendidas. Todo ello ocurre mientras el ejército israelí enfrenta una creciente crisis de recursos humanos. El interés por el servicio militar disminuye de forma constante, tanto entre los ciudadanos israelíes como entre los voluntarios extranjeros, ya que los riesgos asociados al servicio superan cada vez más los beneficios materiales o simbólicos que este puede ofrecer. Al mismo tiempo, la crisis económica se profundiza debido al costo cada vez mayor de la guerra, los gastos extraordinarios de seguridad impuestos por un estado de alerta permanente y la continuidad de las operaciones militares en varios frentes, una situación a la que la sociedad israelí no estaba acostumbrada desde hacía décadas. Este es el contexto político, de seguridad y económico desde el cual debe entenderse lo que ocurre actualmente en Cisjordania, no solo durante esta semana, sino desde principios de este año. Los acontecimientos allí no parecen ser una simple sucesión de medidas de seguridad aisladas, sino parte de un intento más amplio por reconfigurar el escenario interno y regional en función de los intereses políticos y electorales de Benjamín Netanyahu. Una apropiación integral Los colonos dedicados a la ganadería en Cisjordania han proclamado que los límites de su dominio llegan hasta donde alcanzan a pastar sus rebaños. Gracias a las armas que portan de manera individual y a la protección brindada por el ejército israelí, han logrado establecer decenas de puestos avanzados de pastoreo en los alrededores de Jerusalén Este y en el valle del Jordán. Esta estrategia ha privado a las comunidades palestinas beduinas y pastoriles de la mayor parte de sus tierras y de sus derechos históricos como poblaciones originarias del país. Según informes publicados este año por las Naciones Unidas, esta política sistemática también ha provocado la demolición de viviendas y el desplazamiento forzado de más de 30 mil integrantes de comunidades beduinas. Paralelamente, la cabaña ganadera ha caído a su nivel más bajo en Cisjordania. Asimismo, amplias extensiones de la Zona C, definida por los Acuerdos de Oslo, han pasado a un control israelí cada vez mayor, pese a constituir la continuidad territorial indispensable para la viabilidad de un futuro Estado palestino. Al mismo tiempo, Israel ha ampliado su control sobre los recursos hídricos superficiales, después de haber consolidado, desde hace años, su dominio sobre el principal acuífero subterráneo de Cisjordania, la mayor reserva de agua subterránea de la Palestina histórica. Durante el presente año, los medios de comunicación y las organizaciones de derechos humanos han documentado repetidos ataques contra agricultores palestinos, especialmente durante la cosecha de aceitunas, con el objetivo de impedirles el acceso a sus tierras y olivares. El Ministerio de Agricultura palestino ha registrado el arranque de 2,559 árboles, además del arrasamiento de amplias superficies agrícolas. Las pérdidas directas, derivadas de la destrucción de pozos, redes de riego y de la confiscación de tractores y otra maquinaria agrícola, superan los 100 millones de dólares. Según estimaciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), cerca de 72 mil familias campesinas necesitan actualmente ayuda de emergencia, una situación sin precedentes para estas comunidades. Las medidas no se han limitado a las zonas rurales. También han alcanzado ciudades y campamentos de refugiados. Durante el primer semestre del año fueron detenidos alrededor de 3,600 palestinos, entre ellos 276 menores de edad y 107 mujeres. El número total de presos palestinos se estima actualmente en unos 10 mil. Paralelamente, el ejército israelí ha continuado aislando las ciudades mediante puertas metálicas y retenes, mientras desarrolla operaciones de gran escala contra varios campamentos de refugiados. Estas operaciones han destruido amplias zonas de los campamentos, desplazado a decenas de miles de habitantes y convertido parte de ellos en posiciones militares israelíes. Todas estas políticas se aplican abiertamente y a la vista de los medios de comunicación. Varios ministros del gobierno de Benjamín Netanyahu presumen públicamente de los avances logrados en la aplicación del llamado «Plan de la Decisión», impulsado por los partidos del Sionismo Religioso. Este proyecto busca extender la soberanía israelí sobre la totalidad de los territorios palestinos ocupados en 1967, rebautizarlos como «Judea y Samaria» y debilitar a la Autoridad Nacional Palestina como el marco político e institucional sobre el que descansa la solución de dos Estados. En este contexto, lo que ocurre en Cisjordania aparece como una pieza central de la batalla política y electoral que libra el gobierno de Netanyahu de cara a las elecciones previstas antes de que concluya el año. Lo nuevo aún no ha nacido La declaración del presidente Trump en la que pidió a Hamás entregar sus armas apenas incomodó a la dirigencia del movimiento, ya que no aportó nada sustancialmente nuevo respecto de lo que Hamás ya había aceptado en su iniciativa de veinte puntos. Los entendimientos alcanzados posteriormente no abordaron las armas individuales con las que el movimiento sigue ejerciendo su autoridad dentro de la Franja de Gaza durante el periodo de transición. La más reciente ronda de negociaciones celebrada en El Cairo produjo avances limitados. Permitió el ingreso de la comisión administrativa palestina y de los primeros contingentes de la fuerza internacional a las zonas de Rafah y Jan Yunis, ambas bajo control total del ejército israelí. Estos avances se produjeron antes y durante la visita del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, a Washington, lo que permitió a cada parte presentarlos de la manera más conveniente para sus intereses políticos. Sobre el terreno, sin embargo, la situación permanece prácticamente sin cambios. La ayuda humanitaria continúa entrando únicamente en la medida autorizada por el mando del ejército israelí, sin que ello alivie de manera significativa la catástrofe humanitaria que vive la población de Gaza. Al mismo tiempo, los mediadores continúan sus esfuerzos por preservar la iniciativa de Trump y evitar su colapso, pues su fracaso dejaría a Israel con las manos libres para actuar en Gaza sin ningún horizonte político que acompañe las operaciones militares. En Jerusalén Este, la escalada continúa acelerándose. Las incursiones de grupos del Sionismo Religioso en el recinto de la mezquita de Al Aqsa son cada vez más frecuentes, mientras que la mayoría de los palestinos de Cisjordania sigue teniendo prohibido el acceso al lugar, además de las restricciones de edad impuestas a los fieles. Paralelamente, Israel prosigue su intervención gradual en la administración y la estructura institucional de la mezquita de Al Aqsa, pese a la histórica custodia hachemita sobre el recinto. Estas medidas responden a dos objetivos claramente definidos: imponer una división temporal y espacial de la mezquita de Al Aqsa, siguiendo el modelo aplicado en la Mezquita Ibrahimi de Hebrón, y consolidar la narrativa israelí de una «Jerusalén unificada» como capital exclusiva del Estado de Israel. Frente a estos acontecimientos en Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este, y en medio de un bloqueo político, económico y de seguridad de carácter integral, la Autoridad Nacional Palestina ha intensificado sus canales de comunicación con la Casa Blanca. Su propósito es impedir que se materialice el proyecto israelí destinado a poner fin a entidade política palestina y evitar el desmantelamiento de los Acuerdos de Oslo, que siguen siendo la principal referencia jurídica del proceso de paz para la comunidad internacional. En este marco, las elecciones locales celebradas a principios de este año, con una participación superior a la mitad del padrón electoral, adquirieron una relevancia política que va mucho más allá de su dimensión administrativa. Del mismo modo, el anuncio del calendario para las elecciones legislativas y presidenciales, así como la continuidad de la actividad de sindicatos, federaciones e instituciones nacionales, entre ellas el reciente congreso de la Unión General de Estudiantes Palestinos celebrado en Beirut, reflejan un esfuerzo por revitalizar la vida política palestina y preservar la legitimidad de sus instituciones. Estos esfuerzos convergen con el respaldo árabe e internacional en un objetivo común: garantizar que los palestinos permanezcan en su tierra, impedir el desplazamiento forzado y preservar la cohesión de la sociedad palestina frente a las políticas de desgaste y fragmentación. Hasta ahora, la sociedad palestina, especialmente en Cisjordania, ha demostrado una notable capacidad para resistir los intentos de arrastrarla hacia una confrontación generalizada que favorecería la agenda israelí, optando por la paciencia, la contención y el fortalecimiento de la solidaridad social. Sin embargo, nada de ello significa que la situación se haya estabilizado ni que el equilibrio de fuerzas haya quedado definido. Toda la región atraviesa una etapa de transición en la que el viejo orden continúa erosionándose, mientras el nuevo todavía no termina de tomar forma. Los palestinos de Gaza, Cisjordania y Jerusalén saben, por tanto, que lo que ocurre hoy no representa el final del conflicto, sino apenas uno de sus capítulos. Lo nuevo aún no ha nacido.

¿Qué pasaría si el Líbano viviera en paz?
Por
Jacques Mechelany
Publicado

Mientras se escriben estas líneas, el Líbano está de nuevo en guerra. Desde el 2 de marzo de 2026, los intercambios de fuego entre Israel y Hezbolá se han reanudado a gran escala, prolongando un ciclo de violencia que comenzó en octubre de 2023 y que nunca terminó realmente pese al alto el fuego de noviembre de 2024. Esta guerra ha costado la vida a más de 4000 personas, ha desplazado a más de un millón de libaneses – más de una quinta parte de la población – y ha destruido ciudades, pueblos y hogares enteros, algunos con varios siglos de antigüedad e irremplazables. El Fondo Monetario Internacional prevé ahora una contracción del PIB libanés de entre el 12% y el 16% en 2026, debida principalmente al colapso del turismo y a la parálisis de la actividad económica en las zonas fronterizas. ¿Todo eso, para qué? ¿Para quién? ¿Con qué propósito? En este contexto, cabe plantear la pregunta de frente: ¿y si, en cambio, el Líbano estuviera viviendo su primera década de paz duradera desde la guerra civil? Este no es un ejercicio de utopía gratuita. Se apoya en cifras reales, en planes ya redactados y en financiamientos ya prometidos, pero nunca desembolsados por falta de estabilidad. Líbano no necesita inventar su reconstrucción: ya la ha presupuestado, sobre el papel, varias veces. Lo que le falta es la calma necesaria para llevarla a cabo. El punto de partida: una economía con respiración asistida Antes de imaginar la salida, hay que medir la magnitud del agujero. El Banco Mundial ha clasificado el colapso financiero libanés posterior a 2019 entre las tres crisis económicas más severas que ha sufrido un país desde mediados del siglo XIX. La deuda pública, cuyo servicio está suspendido desde el impago de 2020, ronda el 150% del PIB. La economía se contrajo un 0,7% en 2023 y un 7,5% en 2024, antes de un frágil repunte de entre el 3,5% y el 4% en 2025, impulsado por los primeros indicios de estabilización macroeconómica y un regreso parcial de los turistas. La guerra que estalló en marzo de 2026 detuvo en seco ese impulso. Pero la cifra más reveladora no tiene que ver con el Estado, sino con los hogares. La crisis bancaria de 2019 produjo un fenómeno prácticamente sin equivalente en la historia económica reciente de un país en tiempos de paz: la destrucción casi total del ahorro privado de toda una clase media. Entre 86 000 y 93 000 millones de dólares en depósitos, repartidos en aproximadamente 1,26 millones de cuentas, siguen hoy congelados en los bancos libaneses – algunas estimaciones sitúan la cifra por encima de los 100 000 millones. No se trata de fortunas: son los ahorros de toda una vida, acumulados por familias que durante décadas habían optado por confiar en el sistema bancario libanés antes que en bienes raíces o efectivo. En el mismo período, la libra libanesa perdió más del 98% de su valor frente al dólar desde 2019, borrando de facto el poder adquisitivo de quienes no pudieron convertir sus ahorros a tiempo. La consecuencia social de esta doble destrucción – depósitos congelados y una moneda hundida – es vertiginosa. El PIB per cápita cayó de unos 8 000 dólares en 2018 a menos de 3 000 dólares a finales de 2021. La tasa de pobreza, que rondaba entre el 30% y el 35% en 2019, se disparó, según algunas estimaciones, hasta el 85%-90% de la población a finales de 2021, antes de retroceder parcialmente; el Banco Mundial, por su parte, midió una pobreza que casi se cuadruplicó en una década en las zonas estudiadas, pasando del 12% en 2012 al 44% en 2022, con más del 70% de la población afectada por alguna forma de pobreza multidimensional. Se calcula que la clase media libanesa, antaño una de las más desarrolladas de la región, representa hoy menos del 20% de la población. El propio Banco Mundial no dudó en calificar el episodio de “depresión deliberada”, al considerar que la ausencia de respuesta política a la crisis se debía menos a la incompetencia que a una decisión consciente de proteger los intereses de una élite financiera a costa del ahorro de los depositantes comunes – una caracterización poco habitual para una institución multilateral, que dice mucho sobre la inédita naturaleza del colapso libanés. Un Líbano pacífico no puede borrar esta pérdida: los depósitos congelados desde 2019 no reaparecerán mágicamente con un acuerdo de paz militar. Pero la paz es el requisito indispensable; sin ella, incluso la ley de resolución bancaria más ambiciosa quedará en letra muerta, debido a la falta de crecimiento, confianza y financiación externa que amortigüe el impacto. Este es el punto clave del capítulo sobre el sector bancario de este análisis, que se abordará más adelante. El Banco Mundial calculó el coste del conflicto entre octubre de 2023 y diciembre de 2024 en 14 000 millones de dólares, de los cuales 6 800 millones corresponden a daños físicos directos y 7 200 millones a pérdidas económicas a causa de la caída de la productividad y los ingresos no percibidos. Las necesidades de recuperación y reconstrucción se estimaron en 11 000 millones de dólares en un informe publicado en marzo de 2025, de los cuales entre 3 000 y 5 000 millones deberían financiarse con fondos públicos y entre 6 000 y 8 000 millones con financiamiento privado, principalmente para vivienda, empresas, industria manufacturera y turismo. En un escenario de paz consolidada, esa misma partida dejaría de ser una factura de guerra para convertirse en un plan de inversión. Inversión extranjera, por fin desembolsada El Líbano ostenta una singularidad: su financiamiento internacional ya está, en gran medida, asegurado. La conferencia CEDRE, celebrada en París en 2018, reunió más de 11 000 millones de dólares en préstamos y donaciones, incluyendo una línea de crédito de 1 000 millones renovada por Arabia Saudita, 1 350 millones del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo, y 500 millones del Fondo Kuwaití para el Desarrollo. Esos compromisos estaban condicionados a reformas de gobernanza, contratación pública y del sector eléctrico. Casi nunca se desembolsaron: ni las reformas ni el dinero llegaron a materializarse. En un Líbano en paz, con un gobierno estable, el retorno del Estado de derecho y un acuerdo plenamente validado con el FMI, ese bloqueo se rompe. El Banco Mundial ya ha puesto la primera piedra con el Proyecto de Asistencia de Emergencia para el Líbano (LEAP), un marco escalable de mil millones de dólares, cuyos primeros 250 millones fueron aprobados en junio de 2025. Una paz duradera convertiría ese mecanismo de emergencia en un verdadero plan de recuperación regional, reactivando tanto los compromisos de CEDRE como el apetito de los fondos soberanos del Golfo por activos libaneses con descuento, y el regreso de la diáspora, cuyas remesas han sido siempre uno de los pilares más estables de la economía libanesa, incluso en el peor momento de la crisis. Infraestructura: más allá del generador privado La electricidad sigue siendo el símbolo más visible del fracaso del Estado libanés. Un plan de reforma en siete puntos, impulsado por el ministro de Energía y Agua, Jo Saddi, prevé la construcción de dos centrales de 825 megavatios cada una por un coste de 2 mil millones de dólares, la transformación de Électricité du Liban en un simple operador de transporte y la apertura de la generación y la distribución a actores privados. En septiembre de 2025 se nombró una Autoridad Reguladora de la Electricidad, veintitrés años después de que se aprobara la ley que la preveía. El Líbano busca ahora activamente capital del Golfo para financiar grandes proyectos solares. En un escenario de paz, esta reforma dejaría de ser una lista de deseos financiada a cuentagotas para volverse bancable: los donantes internacionales, el Banco Mundial y los inversores privados del Golfo solo esperan una señal de estabilidad para comprometer el capital necesario para un suministro eléctrico de 24 horas – un objetivo fijado hace años y aplazado repetidamente. La misma lógica se aplica al puerto de Beirut, cuya reconstrucción tras la explosión de 2020 sigue inacabada, así como a la red vial y a las infraestructuras de agua y saneamiento, incluidas en el paquete de reconstrucción del Banco Mundial. Bienes raíces: el fin de la economía del efectivo El mercado inmobiliario libanés ya ofrece un anticipo de lo que puede producir la estabilidad política, incluso parcial y frágil. Los precios subieron aproximadamente un 10% en el primer trimestre de 2025, impulsados por la elección presidencial, la designación de un primer ministro y la formación de un gobierno, antes de estabilizarse. Los apartamentos de alta gama se acercan hoy a los niveles previos a la crisis en dólares frescos, mientras que las unidades de gama media siguen entre un 20% y un 30% por debajo de los precios de 2019. Achrafieh y los suburbios de Metn destacan como refugios seguros para la preservación del capital. Este mercado funciona hoy casi exclusivamente en efectivo, ante la ausencia de un sistema hipotecario fiable – una anomalía que, paradójicamente, lo ha protegido de la crisis bancaria, pero que también limita su profundidad. Un Líbano en paz, con un sector bancario reestructurado capaz de volver a emitir crédito, vería el regreso de los préstamos hipotecarios, de los promotores internacionales y de una diáspora dispuesta a invertir en propiedades en lugar de limitarse a enviar remesas de subsistencia. La reconstrucción de las zonas destruidas en el sur, la Bekaa y los suburbios sur de Beirut constituiría, por sí sola, un mercado de varios miles de millones de dólares. Turismo: el sector más sensible a la paz Ningún sector ilustra mejor la correlación directa entre paz y prosperidad. Líbano registró casi 3,46 millones de llegadas de visitantes en 2023, cifra que descendió a 2,8 millones en 2024. La recuperación en 2025, impulsada por las esperanzas de estabilización, se vio obstaculizada por una temporada turística más débil de lo esperado debido a las tensiones persistentes. Según el Banco Mundial, es precisamente el colapso previsto del turismo lo que explica la mayor parte de la contracción del PIB prevista para 2026. Las previsiones antes de la guerra actual proyectaban 2,3 millones de llegadas y unos 3300 millones de dólares en ingresos turísticos para 2026 – cifras que hoy parecen optimistas dado el contexto, pero que volverían a ser plausibles, e incluso superables, en un Líbano estabilizado. El país conserva intactos sus activos estructurales: una diáspora de varios millones de personas que constituye de forma natural su primer mercado turístico, un litoral y una montaña a menos de dos horas de vuelo de varias capitales del Golfo, y una gastronomía y vida nocturna que han resistido todas las crisis. Su patrimonio cultural e histórico es único: pocos países concentran, en un territorio tan pequeño, capas fenicias, romanas, cruzadas, otomanas y modernas. Esa profundidad, por sí sola, podría atraer varios millones más de visitantes al año procedentes de Europa, Estados Unidos y Asia, en cuanto el Líbano vuelva a ser percibido como un destino pacífico y confiable. La paz no crearía una industria turística libanesa: liberaría una industria que ya existe pero que funciona a una fracción de su capacidad. Educación y salud: frenar la fuga de talento El sector sanitario ilustra el coste social más duro de la doble crisis económica y de seguridad. El gasto público en salud cayó un 40% entre 2018 y 2022. Desde 2020, unos 5000 enfermeros y 3000 médicos han abandonado el país, y el conflicto reciente ha obligado al cierre de más de un centenar de clínicas y centros de atención primaria en las zonas fronterizas. La educación superior ha sufrido una erosión comparable, con universidades que enfrentan problemas de acceso y financiamiento de la investigación, aunque instituciones como la Universidad Americana de Beirut o la Lebanese American University han resistido mejor que la media. El Líbano ha vivido durante mucho tiempo de la exportación de su capital humano formado localmente – médicos, ingenieros, académicos – hacia el Golfo, Europa y Norteamérica. En un escenario de paz, esta dinámica podría revertirse parcialmente: la reconstrucción del sistema hospitalario, financiada a través de la parte de infraestructura del plan de recuperación del Banco Mundial, y la estabilización de los salarios en dólares bastarían para frenar la emigración del personal sanitario y devolver a las universidades libanesas su papel histórico como polo regional de formación, un sector que antaño generaba ingresos significativos gracias a los estudiantes extranjeros, en particular del Golfo y del África francófona. Industria: relocalizar una base manufacturera estrecha La industria manufacturera libanesa, ya modesta antes de 2019, se vio duramente golpeada por la devaluación de la moneda, la explosión del puerto de Beirut y el acceso limitado al crédito en divisas. Figura explícitamente entre los sectores destinados al financiamiento privado previsto en el plan de reconstrucción del Banco Mundial, junto con la vivienda y el turismo. Un Líbano estabilizado, con un sistema bancario capaz de emitir nuevamente cartas de crédito fiables para la importación y la exportación, permitiría a los fabricantes libaneses —de los sectores de procesamiento de alimentos, farmacéutico, textil y de materiales de construcción— recuperar el acceso normal a insumos importados y a los mercados de exportación regionales, en particular a Siria, el Golfo Pérsico y África Occidental, tres destinos históricos para la experiencia industrial libanesa. Agricultura: un sector infrautilizado que podría duplicar sus exportaciones La agricultura sigue siendo un punto ciego de la economía libanesa pese a su peso social: emplea aproximadamente al 11% de la población activa, lo que la convierte en el tercer mayor empleador del país, con una contribución al PIB estimada entre el 1,2% y el 4,5% según el método de cálculo. Las exportaciones agrícolas, dominadas por frutas, verduras, café y especias, se estancaron en torno a los 193 millones de dólares antes de la crisis, con un crecimiento anual modesto. Desde 2019, los agricultores pagan la mayoría de sus insumos —semillas, fertilizantes, combustible— en efectivo y en divisas, lo que ha debilitado toda la cadena de producción. Un Líbano en paz se beneficiaría de un doble efecto: la reapertura de las rutas de exportación terrestres hacia Siria y el Golfo, hoy complicadas por la inestabilidad regional, y el acceso a crédito agrícola en divisas para modernizar las explotaciones. La mejora hacia estándares internacionales, en particular para el aceite de oliva, el vino y los productos procesados, ofrece un potencial de crecimiento de las exportaciones que el sector nunca ha podido aprovechar por falta de estabilidad y financiamiento. El sistema bancario: la condición para todo lo demás Nada de lo anterior es posible sin resolver la crisis bancaria, que sigue siendo el nudo central de la economía libanesa. El Parlamento aprobó en julio de 2025 una ley de resolución bancaria, publicada en el Boletín Oficial en agosto de 2025, destinada a organizar la reestructuración o liquidación de los bancos inviables. Una ley complementaria sobre la asignación de pérdidas – la “gap law” – sigue en redacción, y las organizaciones de defensa de los depositantes critican que no garantiza una vía clara de reembolso. El secreto bancario también se restringió significativamente en abril de 2025 por presión del FMI. La estrategia actual prevé un reembolso gradual, con prioridad para los pequeños depositantes, de los depósitos inferiores a 100 000 dólares – unos 20 000 millones de dólares a movilizar a lo largo de varios años, sin una fuente de financiamiento claramente identificada por el momento. En un escenario de paz, la plena implementación del acuerdo con el FMI desbloquearía automáticamente la financiación internacional necesaria para subsanar esta deficiencia y restablecer la confianza en los bancos libaneses. Esta es la condición esencial para todo lo demás: sin un sector bancario funcional capaz de financiar préstamos inmobiliarios, comercio exterior e inversión industrial, cada uno de los sectores mencionados seguirá limitado, independientemente de la calidad de la paz política alcanzada. Lo que realmente dice este ejercicio Esta proyección no es una previsión en el sentido estadístico del término: no pretende saber exactamente cuántos miles de millones de dólares entrarían, ni en cuántos trimestres. Dice otra cosa, más simple y más inquietante: el Líbano no está esperando planes, financiamientos ni reformas que aún haya que inventar. Está esperando tres cosas que ninguna conferencia de donantes puede ofrecerle: la paz, el Estado de derecho y el tiempo. Tiempo para que una ley bancaria surta efecto, para que se construya una central eléctrica, para que una temporada turística transcurra sin interrupciones, para que una generación de estudiantes y trabajadores sanitarios se quede en vez de partir. Con cada ciclo de violencia desde 2023, ese tiempo ha vuelto a ser confiscado. La pregunta, entonces, no es si el Líbano tiene un plan de paz económico. Tiene varios, calculados y documentados, ya negociados con sus socios internacionales. La única variable verdadera que aún falta en la ecuación es la paz. ¿No deberían los libaneses, por fin, poder sopesar los dividendos de la paz frente al precio de la guerra? Fuentes: Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial (Lebanon Economic Monitor, Rapid Damage and Needs Assessment 2025), Trading Economics, Credit Libanais Economic Research, IDAL (Investment Development Authority of Lebanon), Tahrir Institute for Middle East Policy, Carnegie Endowment for International Peace, Arab Reform Initiative.

La ilusión de los «túneles fortificados» y la ceguera de los datos

¿Cómo entender que, pese a la existencia de ese otro Líbano bajo tierra, Hezbolá haya sufrido una derrota de tal magnitud, perdido a tantos de sus combatientes y provocado la muerte y el desplazamiento de los habitantes del sur del Líbano? Incluso contribuyó a alterar y fragmentar la propia geografía del país. Un discurso de Hassan Nasrallah, en el que afirmó que buscaba al soldado israelí “con una lámpara y una mecha”, me reveló no una simple exageración política pasajera, sino toda una arquitectura de la ilusión del poder. No estamos simplemente ante una brecha entre el discurso y la realidad, sino frente a una falla más profunda: una percepción irreal de la propia capacidad. El poder que Hezbolá proyectó a través de su red de túneles y de su enorme arsenal de misiles no logró “capturar a un solo soldado” ni modificar las reglas del enfrentamiento. El resultado es la realidad que hoy vivimos. Esta contradicción no puede explicarse únicamente por errores de cálculo político. Revela algo más profundo: el poder terminó convirtiéndose en un discurso más que en un instrumento efectivo de acción. Las armas existen, pero la capacidad para utilizarlas se ha visto severamente limitada. La paradoja es evidente: cuanto más se eleva el discurso, más se ponen al descubierto los límites de la capacidad real. Más importante aún, las decisiones de Hezbolá sobre la guerra y la paz no nacen exclusivamente del Líbano ni responden únicamente a sus intereses nacionales. Están ligadas a un eje regional encabezado por Irán. Eso explica las vacilaciones, las contradicciones en sus comunicados y su incapacidad para adoptar una posición coherente o tomar decisiones de manera autónoma. Durante años, Hezbolá vivió bajo la influencia de su propia narrativa mediática, construida alrededor de la ilusión del «poder absoluto» y de una “disuasión inquebrantable”. Esa narrativa se alimentó de los éxitos obtenidos en conflictos asimétricos anteriores, especialmente en Siria. Por su parte, Israel también pasó años exagerando la amenaza que representaban Hezbolá, su red de túneles y la magnitud de su infraestructura subterránea, con el fin de justificar enormes presupuestos militares y preparar a su opinión pública para la guerra. Sin embargo, cuando el enfrentamiento comenzó realmente, las exageraciones de ambos bandos se desvanecieron. Hezbolá descubrió que sus fortificaciones y ciudades excavadas en la roca no eran las fortalezas legendarias que imaginaba. En realidad, se trataba de instalaciones fijas que podían convertirse fácilmente en una carga, e incluso en una tumba para quienes se encontraban en su interior, una vez aisladas mediante operaciones de ingeniería y privadas de sus comunicaciones. Israel, por su parte, comprobó que desmantelar esas “ciudades de roca” requería un enorme esfuerzo de ingeniería y una destrucción a gran escala. Pero la tarea era perfectamente posible mientras conservara una superioridad aérea absoluta y operara sobre un territorio prácticamente despoblado. La conclusión es clara: las fortificaciones y las redes de túneles no son más que herramientas materiales. Si no cuentan con el respaldo de un Estado fuerte, un verdadero consenso nacional, una profundidad estratégica regional dispuesta a asumir el costo de sus propias decisiones y una capacidad tecnológica capaz de igualar la del adversario, esas ciudades enterradas bajo la roca dejan rápidamente de ser instrumentos de ofensiva y sorpresa. Se convierten en posiciones defensivas aisladas, condenadas a caer en cuanto colapsan las líneas de comunicación y el marco político que las sostiene en la superficie. Hezbolá cayó así en la trampa de sus éxitos anteriores. Dio por sentado que las tácticas que le permitieron establecer un cierto nivel de disuasión durante la guerra de 2006 podían reproducirse en la actualidad, sin percatarse del enorme salto tecnológico registrado desde entonces, especialmente en los campos de la inteligencia artificial, las capacidades cibernéticas y la tecnología militar de la que dispone Israel. Las redes de túneles y las fortificaciones subterráneas fueron, en otro tiempo, auténticos santuarios. Protegían a los combatientes de Hezbolá y a sus plataformas de lanzamiento de misiles frente a los bombardeos aéreos convencionales. En la actual era digital, sin embargo, se han convertido en verdaderas trampas mortales. Israel recurrió a algoritmos de inteligencia artificial, drones de reconocimiento con sensores térmicos y avanzadas tecnologías de prospección geológica para elaborar mapas tridimensionales de gran precisión de la red de túneles. Supervisó los movimientos de entrada y salida, al tiempo que dirigía sus ataques contra los conductos de ventilación y las rutas de abastecimiento. Como resultado, las fortificaciones quedaron completamente expuestas y aisladas incluso antes del inicio de la ofensiva terrestre. La dependencia de Hezbolá de métodos operativos repetitivos terminó convirtiéndose también en una vulnerabilidad. Sus patrones de comunicación y desplazamiento seguían rutinas previsibles, precisamente el tipo de comportamiento que los sistemas israelíes de inteligencia artificial están diseñados para detectar. Mediante el análisis de los hábitos cotidianos, las huellas vocales, los movimientos logísticos e incluso los relevos entre combatientes, los algoritmos predictivos habrían logrado anticipar sus movimientos. Esa profunda penetración de inteligencia convirtió cualquier intento de emboscada convencional en una operación detectable y susceptible de ser neutralizada mediante ataques preventivos de alta precisión, incluso antes de que las fuerzas israelíes entraran en contacto directo sobre el terreno. A ello se sumó una amplia campaña de penetración cibernética. Según múltiples análisis, las tecnologías israelíes de inteligencia lograron infiltrarse en servidores digitales, teléfonos inteligentes de combatientes y de sus familias, así como en las cámaras situadas alrededor de instalaciones estratégicas, hasta desembocar en lo que puede calificarse como un auténtico “asesinato tecnológico sistemático”, como ilustraron las explosiones de los pagers y de los dispositivos de comunicación inalámbrica. El impacto psicológico de estas operaciones desorganizó gravemente la estructura de mando y control de Hezbolá, al tiempo que sembró la desconfianza hacia cualquier dispositivo electrónico. Al mismo tiempo, Hezbolá seguía dependiendo de depósitos de armas fijos y de rutas logísticas tradicionales a través de la frontera, mientras Israel dirigía la batalla mediante una auténtica “nube militar digital”, capaz de conectar en cuestión de segundos a los drones en vuelo, a los oficiales de inteligencia frente a sus pantallas y a las unidades blindadas desplegadas sobre el terreno. Ese grado de integración privó a Hezbolá del factor sorpresa que había constituido una de sus principales ventajas durante la guerra de 2006. El resultado militar fue una parálisis casi total de Hezbolá. La organización no comprendió que las fortificaciones y las redes de túneles no se protegen por sí solas. Su eficacia depende por completo de la solidez del sistema de mando, control y comunicaciones, así como de la capacidad para preservar el factor sorpresa. Otra de las ilusiones de Hezbolá consistía en creer que sus fortificaciones permanecerían en secreto y seguirían sorprendiendo al enemigo. Sin embargo, todo indica que la penetración de la inteligencia israelí fue mucho más profunda de lo que imaginaba. Antes incluso del inicio de la ofensiva terrestre, el ejército israelí disponía, al parecer, de mapas detallados de esas redes subterráneas, de su diseño estructural y de sus principales vulnerabilidades. En última instancia, tanto las fortificaciones como los ejércitos necesitan una retaguardia nacional sólida y cohesionada. Durante la guerra de julio de 2006, Hezbolá gozaba de un amplio respaldo político y popular que trascendía las divisiones confesionales. Ese escenario ha cambiado radicalmente. Líbano entró en esta guerra profundamente dividido, inmerso en un colapso económico sin precedentes y con unas instituciones estatales gravemente debilitadas. Una parte muy importante de la sociedad libanesa, perteneciente a distintas comunidades, consideró que la decisión de entrar en la guerra había sido tomada de manera unilateral, al servicio de una agenda regional iraní y sin consultar al Estado ni al resto de los componentes políticos y sociales del país. Al mismo tiempo, la propia base social de Hezbolá, desplazada por miles, tuvo que afrontar una gravísima crisis humanitaria, económica y social, agravada por un creciente aislamiento. La ausencia de un respaldo nacional amplio transformó lo que podía presentarse como una causa de defensa nacional en un conflicto percibido como sectario, políticamente aislado y socialmente limitado dentro del propio Líbano. Esa evolución ejerció una enorme presión moral sobre los combatientes desplegados en el terreno. Sin embargo, el discurso de Hezbolá sigue marcado por la misma arrogancia y la misma negación de la realidad. Su problema ya no reside únicamente en la distancia entre las palabras y los hechos, sino en que el propio discurso ha terminado por desligarse de la realidad. Ya no existe un contacto directo con el enemigo, ni la capacidad de imponer el tipo de enfrentamiento que sigue proclamando, ni un cambio real en las reglas del juego. Esto significa, con toda claridad, que lo que se presenta como un poder decisivo no es más que la explotación de un capital simbólico sobredimensionado, alimentado por la repetición de una imagen que ya no existe. Los éxitos de ayer se convirtieron en un mito; el mito pasó a ser una convicción; la convicción se transformó en discurso; y el discurso terminó sustituyendo a la realidad. En ese momento, el propio arsenal pasa a formar parte del problema. Existe, pero ya no puede utilizarse del modo en que se anuncia, porque su empleo efectivo conduce de inmediato a su exposición y rápida destrucción. Estamos, por tanto, ante una fuerza que solo conserva su valor mientras permanece sin utilizar, una contradicción tan profunda como letal. A ello se suma el hecho de que ese discurso forma parte de un eje regional encabezado por Irán, lo que añade un nuevo nivel de desconexión con la realidad propia del Líbano. En el fondo, ahí reside el núcleo de la cuestión: estamos ante una estructura mental que produce la ilusión y la reproduce una y otra vez, incluso cuando los hechos sobre el terreno la desmienten. Una ilusión organizada, administrada, alimentada e impuesta como sustituto de la verdad, hasta que vuelve a derrumbarse, una y otra vez, a costa de la tierra y de su gente… “hasta que Dios cumpla un designio que ya estaba decretado.”

Trump anuncia negociaciones, Irán lo desmiente
Por
Taline Becharraoui
Publicado

Este lunes 3 de agosto estuvo marcado por las repercusiones del anuncio hecho la víspera por el presidente estadounidense Donald Trump de suspender los bombardeos de gran envergadura contra Irán previstos para el fin de semana pasado. El mandatario estadounidense había anunciado, sin embargo, que esos ataques serían "los más poderosos desde la Segunda Guerra Mundial". La mañana del lunes, el presidente Trump anunció efectivamente negociaciones con Irán para la noche del mismo día. Pero Teherán, a través del portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores, se apresuró a desmentir al jefe de la Casa Blanca, asegurando que solo mantiene conversaciones con Omán sobre la distribución de responsabilidades en el estrecho de Ormuz. Por la noche, Trump volvió a adoptar un tono beligerante frente a Irán. "Las autoridades iraníes son increíblemente engañosas", afirmó. Irán "tiene que elegir entre un acuerdo o una capitulación total", declaró, citado por la AFP. Además, el papel de Arabia Saudita en el nuevo cambio de postura adoptado por el presidente Trump el día anterior comienza a definirse con mayor claridad. Un comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores saudita informó que el ministro Faisal bin Farhan conversó con su homólogo iraní, Abbas Araghchi. El texto agrega que ambos discutieron la "desescalada". Esta llamada hace eco de la realizada por el príncipe heredero Mohammed bin Salman a Trump durante la noche del sábado al domingo, con el fin de privilegiar la vía diplomática y congelar los ataques contra Teherán. Por otra parte, pese a las apariencias, los contactos diplomáticos avanzarían intensamente entre bastidores. Según MTV, Araghchi mantuvo una extensa conversación sobre las perspectivas diplomáticas con su homólogo paquistaní, principal mediador desde el inicio de las negociaciones entre Irán y Estados Unidos. Las miradas también estuvieron puestas este lunes en Gaza, donde el Consejo de la Paz debería comenzar a supervisar el desarme de Hamás. Sin embargo, empiezan a aparecer fisuras en este proceso. En una primera reacción al acuerdo anunciado por Trump y aprobado por Hamás, Israel expresó a Washington sus "preocupaciones". "La versión hecha pública no refleja la posición de Israel", declaró el portavoz de la oficina del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, Doron Spielman, en declaraciones recogidas por la AFP. La delegación libanesa rumbo a Roma En Líbano, todo está listo para una séptima ronda de negociaciones directas con Israel, que debería celebrarse el martes en Roma, en la embajada de Estados Unidos. Estas conversaciones tienen lugar en un ambiente cada vez más tenso debido a las continuas operaciones israelíes en el sur y al aumento de las críticas contra el presidente Joseph Aoun y el primer ministro Nawaf Salam. Las diferencias parecen aumentar incluso entre las propias delegaciones. Los libaneses exigen resultados y anuncios sobre nuevas zonas piloto. Estas deberían allanar el camino para una retirada progresiva de Israel y el despliegue del ejército libanés. Sin embargo, los israelíes parecen poco dispuestos a contemplar nuevas retiradas. A ello se suma la proximidad de las elecciones legislativas, que hace que el primer ministro israelí sea poco proclive a realizar nuevas concesiones que puedan costarle votos. También cabe destacar una declaración del embajador de Estados Unidos en Beirut, Michel Issa. En un mensaje publicado en X, celebró de entrada que las conversaciones "continúen" en Roma. Aseguró que una cosa son los textos de los acuerdos y otra muy distinta su aplicación. Asimismo, advirtió contra cualquier "precipitación" en la implementación de este acuerdo para que, añadió, finalmente se logre proteger a las poblaciones que se pretende proteger. ¿Un mensaje dirigido a los libaneses para moderar sus exigencias? Las próximas negociaciones lo demostrarán.

Por enésima vez, Trump cancela el ataque anunciado contra Irán.

Una vez más, y por enésima vez (¡los precedentes en este sentido ya son incontables!), el presidente Donald Trump anunció en la madrugada del domingo 2 de agosto la «cancelación» del ataque «a gran escala» que se presentaba como «inminente» contra el régimen iraní. Durante los últimos días, la administración estadounidense había alimentado, con gran despliegue mediático, un clima que apuntaba a un ataque de gran envergadura previsto para ese fin de semana, con las infraestructuras energéticas de la República Islámica como objetivo. El anuncio de estas operaciones militares a gran escala estuvo acompañado de declaraciones del presidente Trump y de altos funcionarios estadounidenses que estigmatizaban la línea de conducta de los dirigentes iraníes y denunciaban, en términos muy duros, su actitud negativa y su comportamiento engañoso durante las conversaciones con los negociadores estadounidenses. Sin embargo, haciendo tabla rasa de esa posición tan contundente, el presidente Trump anunció en la madrugada del domingo la cancelación del ataque «a petición de Irán» (!) y de algunos países de la región, indicando que se había alcanzado un entendimiento sobre el programa nuclear iraní y la reapertura inmediata y sin obstáculos del estrecho de Ormuz… Aunque la agencia oficial iraní desmintió poco después cualquier acuerdo sobre ese paso estratégico. Hay que reconocer y, sobre todo, lamentar que estos reiterados giros del presidente Trump —que lo han llevado en numerosas ocasiones a retractarse en el último momento después de amenazar con atacar a Irán— no pueden sino perjudicar gravemente su credibilidad y, de rebote, no hacen más que fortalecer al ala radical del régimen iraní. No obstante, al anunciar la cancelación de los ataques previstos, el jefe de la Casa Blanca afirmó una vez más que «si no se negocia un acuerdo muy pronto, llevaremos a cabo los ataques más contundentes que el mundo haya visto desde la Segunda Guerra Mundial». Sin embargo, la opinión pública tiende cada vez más a no tomarse en serio las amenazas del presidente estadounidense. Esta decisión, anunciada en la red social Truth Social , se produjo tras una semana cargada de tensiones y novedades. El martes, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu se había reunido con el presidente Trump en Washington, al margen de una ceremonia en homenaje al fallecido senador estadounidense Lindsey Graham. La ausencia de una rueda de prensa conjunta entre ambos líderes había reavivado las especulaciones sobre la persistencia de desacuerdos entre ellos. Las amenazas iraníes En cualquier caso, a medida que avanzaba la semana resultaba cada vez más evidente que Israel y Estados Unidos se preparaban para un nuevo ataque contra Irán, mientras que el Estado hebreo había quedado al margen de la última escalada militar contra Teherán. El sábado se hablaba de ataques contra instalaciones energéticas iraníes, las mismas amenazas de ataques que habían precedido a la primera tregua anunciada por Trump el 8 de abril. Las embajadas de Estados Unidos en la región habían advertido el sábado a sus ciudadanos contra cualquier desplazamiento a Oriente Medio. Cabe señalar, en un intento de explicar el giro del presidente Trump, que el anuncio de la cancelación del ataque estuvo precedido de contactos iniciados el sábado por el ministro iraní de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, con sus homólogos saudí y turco, así como con el comandante del ejército pakistaní. Al mismo tiempo, el señor Araghchi lanzó amenazas contra Estados Unidos, advirtiendo a los estadounidenses contra «cualquier decisión precipitada». En paralelo, fuentes del ala radical del régimen se embarcaron en una operación de chantaje puro y duro, subrayando el sábado que si el ejército estadounidense cumplía sus amenazas, las poblaciones de los países del Golfo, Jordania e Israel no volverían a conocer la paz. En este contexto de chantaje iraní, el secretario de Estado Marco Rubio afirmó el sábado por la noche, en una entrevista con Fox News, que «el régimen iraní debe cambiar, porque es un régimen que no busca gobernar su propio país sino gobernar la región». Y Rubio subrayó que «hay que hacer pagar un precio muy alto a los dirigentes iraníes por estas prácticas, de modo que abandonen su aspiración hegemónica». La cuestión iraquí y las armas de Hamás En cualquier caso, el régimen iraní ha demostrado una vez más en los últimos días su capacidad de causar daño a través de sus grupos proxy. Los rebeldes hutíes de Yemen abrieron un nuevo frente en el mar Rojo y amenazaron con el cierre total de otro estrecho, el de Bab el-Mandeb. Sin embargo, además del Hezbolá en Líbano y los hutíes en Yemen, otro actor entró en juego esta semana. Las Fuerzas de Movilización Popular (Hachd el-Chaabi), grupo iraquí proiraní, llevó a cabo ataques con drones contra territorio saudí, lo que provocó una respuesta estadounidense-saudí a principios de semana contra las instalaciones del grupo en Irak. Sea como fuere, a finales de semana, pese a los reiterados compromisos de las autoridades iraquíes de impedir cualquier ataque desde su territorio, Jordania amenazó con atacar a los grupos iraquíes proiraníes si su territorio volvía a ser blanco de agresiones. Esta ampliación de la zona del conflicto quedó confirmada por un ataque sin precedentes, el miércoles, contra un puerto egipcio, en el que fue golpeado un buque gasero perteneciente a una empresa estadounidense. Es la primera vez que Egipto se ve involucrado en este conflicto. Otro desarrollo importante en relación con los aliados de Irán en la región: Hamás, dirigido ahora por Khalil el-Hayya, aprobó un acuerdo que contempla su desarme y que estipula, según el grupo, una retirada progresiva de las fuerzas israelíes de la franja. Un acuerdo que debería ser implementado por el Consejo de Paz establecido por Trump en enero. Cabe señalar, por último, que el presidente libanés Joseph Aoun fue recibido a mediados de semana por su homólogo turco, Recep Tayyip Erdogan, en Ankara.

¿Victoria rusa o ucraniana, qué consecuencias tendría en Oriente Medio? (5/5)

La guerra de Ucrania sigue siendo el centro de un amplio debate alimentado, entre otros factores, por bombardeos casi diarios que apuntan a centros neurálgicos de ambos bandos y, más concretamente, a las capitales rusa y ucraniana. Para comprender mejor las distintas dimensiones de este viejo conflicto, es necesario remontarse a los prolegómenos y la génesis de lo que desembocó en esta guerra (¿fratricida?), exponiendo las motivaciones y aspiraciones de las diferentes partes implicadas —en particular Occidente (Estados Unidos y Europa, extendida a todos los países de la OTAN, con excepción de Turquía)— y recordando también los inicios de la ofensiva rusa y los fracasos de los intentos por alcanzar la paz, o al menos abrir negociaciones, teniendo en cuenta que las responsabilidades en este contexto son múltiples. Para comprender bien los entresijos de los distintos aspectos de la guerra en Ucrania, conviene plantear desde el principio algunas preguntas fundamentales. ¿Qué representan Rusia y Ucrania para Occidente? ¿Cuáles podrían ser las repercusiones concretas de una eventual victoria clara de uno de los dos protagonistas? Y, en consecuencia, ¿cuáles serían las consecuencias para Occidente y el Oriente Próximo? En una serie de cinco artículos, Jean-Patrick Dayras , contralmirante de la marina francesa, expone su visión y su análisis de la cuestión. Las consecuencias de la guerra de Ucrania en el Oriente Próximo dependen en gran medida del desenlace del conflicto, y más concretamente de la forma en que este concluya (acuerdo negociado, alto el fuego o victoria militar contundente). Si Ucrania gana Para Irán Irán, que ha suministrado drones a Rusia y ha reforzado su cooperación militar con Moscú desde 2022, vería debilitado a su socio regional. Esto podría limitar algunas cooperaciones tecnológicas o militares, aunque Irán mantendría otros socios y sus propias capacidades. Para Israel Israel podría considerar que un debilitamiento de Rusia reduciría la influencia rusa en Siria, aunque ello podría generar nuevas incertidumbres si otros actores buscan llenar ese vacío. Para Siria Una Rusia con menor capacidad de proyección de fuerzas podría reducir su implicación militar o financiera en Siria, lo que podría alterar los equilibrios entre el gobierno sirio, Irán y Turquía. Para los países del Golfo Estados como Arabia Saudita o los Emiratos Árabes Unidos buscarían probablemente mantener relaciones con todas las grandes potencias. Sin embargo, una Rusia debilitada podría tener menos influencia en ciertos asuntos energéticos o diplomáticos. Si Rusia gana Fortalecimiento del eje Moscú-Teherán Una victoria rusa reforzaría la cooperación entre Rusia e Irán en los ámbitos militar, energético y diplomático. Siria Rusia podría estar en condiciones de mantener e incluso reforzar su papel de apoyo al gobierno sirio, en función de los recursos de que disponga tras el conflicto. Israel Israel tendría que seguir conviviendo con la presencia militar rusa en Siria. Buscará preservar sus mecanismos de coordinación con Moscú, al tiempo que mantiene su asociación estratégica con Estados Unidos. Turquía Turquía seguirá previsiblemente su política de equilibrio entre Rusia y los países occidentales. En los últimos años ha demostrado su capacidad para cooperar con Moscú en determinados asuntos sin dejar de ser miembro de la OTAN. Otras consecuencias Energía Sea quien sea el vencedor, las consecuencias en los mercados del petróleo y el gas dependerán principalmente de: La evolución de las sanciones o de los costes y la responsabilidad en materia de reparaciones. Las capacidades de producción y exportación. Las decisiones de la Organización de Países Exportadores de Petróleo y sus socios (OPEP+), en la que Rusia desempeña un papel importante. Los países productores de Oriente Próximo seguirán adaptando su estrategia en función de los precios mundiales y de la demanda. Influencia de Estados Unidos Una victoria ucraniana podría reforzar la credibilidad de Estados Unidos ante ciertos aliados regionales, mientras que una victoria rusa podría alimentar las dudas sobre la capacidad o la voluntad de Washington para apoyar de forma sostenida a sus aliados. Sin embargo, estas percepciones dependerán también de otros factores, en particular de la política estadounidense (post Trump) en la región. Cabe señalar que una victoria rusa acompañada de un acuerdo favorable para Irán redefiniría profundamente los pactos y alianzas en Oriente Próximo y Medio Oriente, especialmente para todos los países del Golfo Arábigo-Pérsico. Es pronto aún para enumerar todas las posibilidades, pero ya se pueden vislumbrar los temores en distintos países del Golfo, que los llevarían a reexaminar sus alianzas y su sensación de estar protegidos. ¡Un gran revolcón se avecina! Una región marcada por sus propias dinámicas Es importante subrayar que Oriente Próximo está influido por numerosos factores que no dependen directamente de la guerra en Ucrania: las relaciones entre Irán y los Estados árabes, el conflicto israelí-palestino, la situación en Siria, las rivalidades entre potencias regionales o los mercados energéticos. Una victoria rusa o ucraniana tendría repercusiones sobre los equilibrios diplomáticos y militares en Oriente Próximo, pero no determinaría por sí sola la evolución de la región. Los efectos más probables afectarían al papel de Rusia en Siria, las relaciones con Irán, los cálculos estratégicos de Turquía y los Estados del Golfo, así como las percepciones sobre el rol de Estados Unidos. Estas consecuencias serían significativas, pero se inscribirían dentro de un conjunto más amplio de dinámicas regionales que ya están en marcha. ¡El revolcón continúa! ¿Y África? ¿Olvidada? Todo el continente africano se verá afectado por uno u otro escenario de victoria. Las influencias de China, India, los Emiratos y Turquía, principalmente, se verán modificadas en mayor o menor medida, pero sobre todo en caso de una derrota rusa. Otro revolcón en perspectiva… El ganador China, que por el momento apoya cada vez más a Rusia. Mientras esta guerra continúa, la mirada occidental se desvía de Asia. Mientras tanto, Estados Unidos ofrece el triste espectáculo de una negociación con Irán que ya fracasó de antemano. Sus armas, que serían las más necesarias frente a China para defender Taiwán, están agotadas y se necesitarán al menos tres años para reconstituir las reservas. El perdedor Si China gana, Estados Unidos no puede sino perder. Temamos que algún día se diga: «Lo que cambió a partir de 2022 fueron los Estados Unidos. Dejaron de contar». Mirando atrás El primer punto de inflexión se situaría en el período post Maidán. Dialogar con Rusia, hacerle ver las posibilidades de que Ucrania —y por qué no ella misma— pudiera convertirse en uno o dos Estados asociados a Europa, manteniéndose la OTAN bien alejada de las negociaciones. Habría llevado tiempo, sin duda, pero tiempo no faltó entre 2014 y 2022. Para ello era necesario debatirlo entre todos los países de la Unión Europea y con los británicos, definir una posición común y adoptar una actitud general creíble. No hay lugar para negociaciones encubiertas con unos Estados Unidos de pasado demasiado turbio y escasa visión de futuro: el abandono de la Fuerza de Interposición en Beirut en 1982 sin lograr solución alguna —seguidos por los italianos, mientras los franceses se quedaban solos—, y la retirada de Afganistán sin previo aviso ni salida negociada. No podemos sino cuestionar la geopolítica estadounidense, plagada de fracasos, errores y hasta de faltas graves. Este país se guía únicamente por sus intereses económicos, hoy más que nunca; a lo largo de toda su historia no han hecho más que equivocarse, salvo en la época de Kissinger, un período verdaderamente excepcional. Es, por supuesto, una ilusión creer que algo así hubiera podido ocurrir. No hay que olvidar que los países de la ex-URSS se adhirieron a la UE primero para entrar en la OTAN, y después para beneficiarse de los subsidios que ofrece Europa (es decir, los contribuyentes europeos). Habría sido necesario que los países de Europa occidental (Francia, el Benelux, Alemania, Italia, España, Portugal) y los británicos hubieran sido capaces de decidirse, de una vez por todas, a no comportarse como vasallos de los EE. UU. (lo cual, evidentemente, afecta menos a Francia). Por tanto, habría hecho falta que Francia fuera fuerte y decidida para ganarse la adhesión de todos esos países. Y ese no fue el caso. Esta ucronía solo habría podido convertirse en realidad con un De Gaulle, quizás un Pompidou, un Mitterrand o un Chirac. No con los demás. Habría exigido una visión estratégica y geopolítica a largo, muy largo plazo por parte de los jefes de Estado de los países mencionados. Por eso no tenía ninguna posibilidad de hacerse realidad. Era buena, incluso excelente, para la paz, para el poderío económico y militar de la Unión Europea, preservando la soberanía de cada uno de sus miembros con una garantía genuina. La segunda ucronía podría haberse producido si los jefes de Estado y de gobierno de la Unión Europea y los británicos se hubieran impuesto una cooperación y un papel de facilitadores para permitir a Turquía alcanzar la aceptación de una paz que garantizara a los dos países beligerantes sus intereses compartidos. Los europeos no tuvieron ese valor, ni la claridad de visión que exigía la situación, y permitieron que Boris Johnson —probablemente actuando por encargo de los Estados Unidos— hiciera fracasar los primeros atisbos de un acuerdo de paz. Todos esos jefes de Estado y de gobierno comparten la responsabilidad de los millones de muertos, heridos, desaparecidos, familias enlutadas y vidas destrozadas. ¿Quién se lo dirá a los pueblos antes de que voten por un candidato? El futuro de Europa con países soberanos estaba junto a Rusia y, por supuesto, Ucrania, pero desde luego no con Ucrania sin Rusia. Por último, ¿era esta guerra la nuestra? Hay tantas guerras ignoradas. Tantas guerras que no son la nuestra. ¿Esta lo era más que las otras? ¿En nombre de qué? ¿Porque a unos cuantos «pensadores» no les gusta Putin? Hay tantos jefes de Estado que merecen no ser queridos. ¿Habría que entrar en guerra con todos ellos por eso? Esos brillantes «pensadores» deberían recordar nuestra posición sobre Kosovo y lo que ocurrió después. Esa historia no ha terminado. Ni tampoco la del conflicto entre Rusia y Ucrania.