


La guerra de Ucrania sigue siendo el centro de un amplio debate alimentado, entre otros factores, por bombardeos casi diarios que apuntan a centros neurálgicos de ambos bandos y, más concretamente, a las capitales rusa y ucraniana.
Para comprender mejor las distintas dimensiones de este viejo conflicto, es necesario remontarse a los prolegómenos y la génesis de lo que desembocó en esta guerra (¿fratricida?), exponiendo las motivaciones y aspiraciones de las diferentes partes implicadas —en particular Occidente (Estados Unidos y Europa, extendida a todos los países de la OTAN, con excepción de Turquía)— y recordando también los inicios de la ofensiva rusa y los fracasos de los intentos por alcanzar la paz, o al menos abrir negociaciones, teniendo en cuenta que las responsabilidades en este contexto son múltiples.
Para comprender bien los entresijos de los distintos aspectos de la guerra en Ucrania, conviene plantear desde el principio algunas preguntas fundamentales. ¿Qué representan Rusia y Ucrania para Occidente? ¿Cuáles podrían ser las repercusiones concretas de una eventual victoria clara de uno de los dos protagonistas? Y, en consecuencia, ¿cuáles serían las consecuencias para Occidente y el Oriente Próximo?
En una serie de cinco artículos, Jean-Patrick Dayras, contralmirante de la marina francesa, expone su visión y su análisis de la cuestión.
Las consecuencias de la guerra de Ucrania en el Oriente Próximo dependen en gran medida del desenlace del conflicto, y más concretamente de la forma en que este concluya (acuerdo negociado, alto el fuego o victoria militar contundente).
Si Ucrania gana
Para Irán
Irán, que ha suministrado drones a Rusia y ha reforzado su cooperación militar con Moscú desde 2022, vería debilitado a su socio regional. Esto podría limitar algunas cooperaciones tecnológicas o militares, aunque Irán mantendría otros socios y sus propias capacidades.
Para Israel
Israel podría considerar que un debilitamiento de Rusia reduciría la influencia rusa en Siria, aunque ello podría generar nuevas incertidumbres si otros actores buscan llenar ese vacío.
Para Siria
Una Rusia con menor capacidad de proyección de fuerzas podría reducir su implicación militar o financiera en Siria, lo que podría alterar los equilibrios entre el gobierno sirio, Irán y Turquía.
Para los países del Golfo
Estados como Arabia Saudita o los Emiratos Árabes Unidos buscarían probablemente mantener relaciones con todas las grandes potencias. Sin embargo, una Rusia debilitada podría tener menos influencia en ciertos asuntos energéticos o diplomáticos.
Si Rusia gana
Fortalecimiento del eje Moscú-Teherán
Una victoria rusa reforzaría la cooperación entre Rusia e Irán en los ámbitos militar, energético y diplomático.
Siria
Rusia podría estar en condiciones de mantener e incluso reforzar su papel de apoyo al gobierno sirio, en función de los recursos de que disponga tras el conflicto.
Israel
Israel tendría que seguir conviviendo con la presencia militar rusa en Siria. Buscará preservar sus mecanismos de coordinación con Moscú, al tiempo que mantiene su asociación estratégica con Estados Unidos.
Turquía
Turquía seguirá previsiblemente su política de equilibrio entre Rusia y los países occidentales. En los últimos años ha demostrado su capacidad para cooperar con Moscú en determinados asuntos sin dejar de ser miembro de la OTAN.
Otras consecuencias
Energía
Sea quien sea el vencedor, las consecuencias en los mercados del petróleo y el gas dependerán principalmente de:
La evolución de las sanciones o de los costes y la responsabilidad en materia de reparaciones.
Las capacidades de producción y exportación.
Las decisiones de la Organización de Países Exportadores de Petróleo y sus socios (OPEP+), en la que Rusia desempeña un papel importante.
Los países productores de Oriente Próximo seguirán adaptando su estrategia en función de los precios mundiales y de la demanda.
Influencia de Estados Unidos
Una victoria ucraniana podría reforzar la credibilidad de Estados Unidos ante ciertos aliados regionales, mientras que una victoria rusa podría alimentar las dudas sobre la capacidad o la voluntad de Washington para apoyar de forma sostenida a sus aliados. Sin embargo, estas percepciones dependerán también de otros factores, en particular de la política estadounidense (post Trump) en la región.
Cabe señalar que una victoria rusa acompañada de un acuerdo favorable para Irán redefiniría profundamente los pactos y alianzas en Oriente Próximo y Medio Oriente, especialmente para todos los países del Golfo Arábigo-Pérsico. Es pronto aún para enumerar todas las posibilidades, pero ya se pueden vislumbrar los temores en distintos países del Golfo, que los llevarían a reexaminar sus alianzas y su sensación de estar protegidos. ¡Un gran revolcón se avecina!
Una región marcada por sus propias dinámicas
Es importante subrayar que Oriente Próximo está influido por numerosos factores que no dependen directamente de la guerra en Ucrania: las relaciones entre Irán y los Estados árabes, el conflicto israelí-palestino, la situación en Siria, las rivalidades entre potencias regionales o los mercados energéticos.
Una victoria rusa o ucraniana tendría repercusiones sobre los equilibrios diplomáticos y militares en Oriente Próximo, pero no determinaría por sí sola la evolución de la región. Los efectos más probables afectarían al papel de Rusia en Siria, las relaciones con Irán, los cálculos estratégicos de Turquía y los Estados del Golfo, así como las percepciones sobre el rol de Estados Unidos. Estas consecuencias serían significativas, pero se inscribirían dentro de un conjunto más amplio de dinámicas regionales que ya están en marcha. ¡El revolcón continúa!
¿Y África? ¿Olvidada?
Todo el continente africano se verá afectado por uno u otro escenario de victoria. Las influencias de China, India, los Emiratos y Turquía, principalmente, se verán modificadas en mayor o menor medida, pero sobre todo en caso de una derrota rusa. Otro revolcón en perspectiva…
El ganador
China, que por el momento apoya cada vez más a Rusia. Mientras esta guerra continúa, la mirada occidental se desvía de Asia. Mientras tanto, Estados Unidos ofrece el triste espectáculo de una negociación con Irán que ya fracasó de antemano. Sus armas, que serían las más necesarias frente a China para defender Taiwán, están agotadas y se necesitarán al menos tres años para reconstituir las reservas.
El perdedor
Si China gana, Estados Unidos no puede sino perder. Temamos que algún día se diga: «Lo que cambió a partir de 2022 fueron los Estados Unidos. Dejaron de contar».
Mirando atrás
El primer punto de inflexión se situaría en el período post Maidán. Dialogar con Rusia, hacerle ver las posibilidades de que Ucrania —y por qué no ella misma— pudiera convertirse en uno o dos Estados asociados a Europa, manteniéndose la OTAN bien alejada de las negociaciones. Habría llevado tiempo, sin duda, pero tiempo no faltó entre 2014 y 2022. Para ello era necesario debatirlo entre todos los países de la Unión Europea y con los británicos, definir una posición común y adoptar una actitud general creíble.
No hay lugar para negociaciones encubiertas con unos Estados Unidos de pasado demasiado turbio y escasa visión de futuro: el abandono de la Fuerza de Interposición en Beirut en 1982 sin lograr solución alguna —seguidos por los italianos, mientras los franceses se quedaban solos—, y la retirada de Afganistán sin previo aviso ni salida negociada. No podemos sino cuestionar la geopolítica estadounidense, plagada de fracasos, errores y hasta de faltas graves. Este país se guía únicamente por sus intereses económicos, hoy más que nunca; a lo largo de toda su historia no han hecho más que equivocarse, salvo en la época de Kissinger, un período verdaderamente excepcional.
Es, por supuesto, una ilusión creer que algo así hubiera podido ocurrir. No hay que olvidar que los países de la ex-URSS se adhirieron a la UE primero para entrar en la OTAN, y después para beneficiarse de los subsidios que ofrece Europa (es decir, los contribuyentes europeos). Habría sido necesario que los países de Europa occidental (Francia, el Benelux, Alemania, Italia, España, Portugal) y los británicos hubieran sido capaces de decidirse, de una vez por todas, a no comportarse como vasallos de los EE. UU. (lo cual, evidentemente, afecta menos a Francia). Por tanto, habría hecho falta que Francia fuera fuerte y decidida para ganarse la adhesión de todos esos países. Y ese no fue el caso.
Esta ucronía solo habría podido convertirse en realidad con un De Gaulle, quizás un Pompidou, un Mitterrand o un Chirac. No con los demás. Habría exigido una visión estratégica y geopolítica a largo, muy largo plazo por parte de los jefes de Estado de los países mencionados. Por eso no tenía ninguna posibilidad de hacerse realidad. Era buena, incluso excelente, para la paz, para el poderío económico y militar de la Unión Europea, preservando la soberanía de cada uno de sus miembros con una garantía genuina.
La segunda ucronía podría haberse producido si los jefes de Estado y de gobierno de la Unión Europea y los británicos se hubieran impuesto una cooperación y un papel de facilitadores para permitir a Turquía alcanzar la aceptación de una paz que garantizara a los dos países beligerantes sus intereses compartidos.
Los europeos no tuvieron ese valor, ni la claridad de visión que exigía la situación, y permitieron que Boris Johnson —probablemente actuando por encargo de los Estados Unidos— hiciera fracasar los primeros atisbos de un acuerdo de paz.
Todos esos jefes de Estado y de gobierno comparten la responsabilidad de los millones de muertos, heridos, desaparecidos, familias enlutadas y vidas destrozadas.
¿Quién se lo dirá a los pueblos antes de que voten por un candidato?
El futuro de Europa con países soberanos estaba junto a Rusia y, por supuesto, Ucrania, pero desde luego no con Ucrania sin Rusia.
Por último, ¿era esta guerra la nuestra? Hay tantas guerras ignoradas. Tantas guerras que no son la nuestra. ¿Esta lo era más que las otras? ¿En nombre de qué? ¿Porque a unos cuantos «pensadores» no les gusta Putin? Hay tantos jefes de Estado que merecen no ser queridos. ¿Habría que entrar en guerra con todos ellos por eso? Esos brillantes «pensadores» deberían recordar nuestra posición sobre Kosovo y lo que ocurrió después. Esa historia no ha terminado. Ni tampoco la del conflicto entre Rusia y Ucrania.