


Una vez más, y por enésima vez (¡los precedentes en este sentido ya son incontables!), el presidente Donald Trump anunció en la madrugada del domingo 2 de agosto la «cancelación» del ataque «a gran escala» que se presentaba como «inminente» contra el régimen iraní.
Durante los últimos días, la administración estadounidense había alimentado, con gran despliegue mediático, un clima que apuntaba a un ataque de gran envergadura previsto para ese fin de semana, con las infraestructuras energéticas de la República Islámica como objetivo.
El anuncio de estas operaciones militares a gran escala estuvo acompañado de declaraciones del presidente Trump y de altos funcionarios estadounidenses que estigmatizaban la línea de conducta de los dirigentes iraníes y denunciaban, en términos muy duros, su actitud negativa y su comportamiento engañoso durante las conversaciones con los negociadores estadounidenses.
Sin embargo, haciendo tabla rasa de esa posición tan contundente, el presidente Trump anunció en la madrugada del domingo la cancelación del ataque «a petición de Irán» (!) y de algunos países de la región, indicando que se había alcanzado un entendimiento sobre el programa nuclear iraní y la reapertura inmediata y sin obstáculos del estrecho de Ormuz… Aunque la agencia oficial iraní desmintió poco después cualquier acuerdo sobre ese paso estratégico.
Hay que reconocer y, sobre todo, lamentar que estos reiterados giros del presidente Trump —que lo han llevado en numerosas ocasiones a retractarse en el último momento después de amenazar con atacar a Irán— no pueden sino perjudicar gravemente su credibilidad y, de rebote, no hacen más que fortalecer al ala radical del régimen iraní.
No obstante, al anunciar la cancelación de los ataques previstos, el jefe de la Casa Blanca afirmó una vez más que «si no se negocia un acuerdo muy pronto, llevaremos a cabo los ataques más contundentes que el mundo haya visto desde la Segunda Guerra Mundial».
Sin embargo, la opinión pública tiende cada vez más a no tomarse en serio las amenazas del presidente estadounidense.
Esta decisión, anunciada en la red social Truth Social, se produjo tras una semana cargada de tensiones y novedades.
El martes, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu se había reunido con el presidente Trump en Washington, al margen de una ceremonia en homenaje al fallecido senador estadounidense Lindsey Graham.
La ausencia de una rueda de prensa conjunta entre ambos líderes había reavivado las especulaciones sobre la persistencia de desacuerdos entre ellos.
Las amenazas iraníes
En cualquier caso, a medida que avanzaba la semana resultaba cada vez más evidente que Israel y Estados Unidos se preparaban para un nuevo ataque contra Irán, mientras que el Estado hebreo había quedado al margen de la última escalada militar contra Teherán.
El sábado se hablaba de ataques contra instalaciones energéticas iraníes, las mismas amenazas de ataques que habían precedido a la primera tregua anunciada por Trump el 8 de abril. Las embajadas de Estados Unidos en la región habían advertido el sábado a sus ciudadanos contra cualquier desplazamiento a Oriente Medio.
Cabe señalar, en un intento de explicar el giro del presidente Trump, que el anuncio de la cancelación del ataque estuvo precedido de contactos iniciados el sábado por el ministro iraní de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, con sus homólogos saudí y turco, así como con el comandante del ejército pakistaní.
Al mismo tiempo, el señor Araghchi lanzó amenazas contra Estados Unidos, advirtiendo a los estadounidenses contra «cualquier decisión precipitada». En paralelo, fuentes del ala radical del régimen se embarcaron en una operación de chantaje puro y duro, subrayando el sábado que si el ejército estadounidense cumplía sus amenazas, las poblaciones de los países del Golfo, Jordania e Israel no volverían a conocer la paz.
En este contexto de chantaje iraní, el secretario de Estado Marco Rubio afirmó el sábado por la noche, en una entrevista con Fox News, que «el régimen iraní debe cambiar, porque es un régimen que no busca gobernar su propio país sino gobernar la región».
Y Rubio subrayó que «hay que hacer pagar un precio muy alto a los dirigentes iraníes por estas prácticas, de modo que abandonen su aspiración hegemónica».
La cuestión iraquí y las armas de Hamás
En cualquier caso, el régimen iraní ha demostrado una vez más en los últimos días su capacidad de causar daño a través de sus grupos proxy. Los rebeldes hutíes de Yemen abrieron un nuevo frente en el mar Rojo y amenazaron con el cierre total de otro estrecho, el de Bab el-Mandeb.
Sin embargo, además del Hezbolá en Líbano y los hutíes en Yemen, otro actor entró en juego esta semana. Las Fuerzas de Movilización Popular (Hachd el-Chaabi), grupo iraquí proiraní, llevó a cabo ataques con drones contra territorio saudí, lo que provocó una respuesta estadounidense-saudí a principios de semana contra las instalaciones del grupo en Irak.
Sea como fuere, a finales de semana, pese a los reiterados compromisos de las autoridades iraquíes de impedir cualquier ataque desde su territorio, Jordania amenazó con atacar a los grupos iraquíes proiraníes si su territorio volvía a ser blanco de agresiones.
Esta ampliación de la zona del conflicto quedó confirmada por un ataque sin precedentes, el miércoles, contra un puerto egipcio, en el que fue golpeado un buque gasero perteneciente a una empresa estadounidense. Es la primera vez que Egipto se ve involucrado en este conflicto.
Otro desarrollo importante en relación con los aliados de Irán en la región: Hamás, dirigido ahora por Khalil el-Hayya, aprobó un acuerdo que contempla su desarme y que estipula, según el grupo, una retirada progresiva de las fuerzas israelíes de la franja.
Un acuerdo que debería ser implementado por el Consejo de Paz establecido por Trump en enero.
Cabe señalar, por último, que el presidente libanés Joseph Aoun fue recibido a mediados de semana por su homólogo turco, Recep Tayyip Erdogan, en Ankara.