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Eva Gonzalès, El despertar, 1877. Kunsthalle Bremen.
Cultura
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Por Yasmina Comair
Publicado oct 11, 2026 - 03:41
El Petit Palais dedica a Eva Gonzalès su primera gran retrospectiva, del 15 de septiembre al próximo 24 de enero, reuniendo cerca de un centenar de pinturas, pasteles y grabados. Única alumna de Édouard Manet, contemporánea de Berthe Morisot y Mary Cassatt sin llegar a pertenecer verdaderamente al grupo impresionista, fue ante todo una mujer que supo abrirse camino en un siglo XIX que dejaba pocos a las artistas de su sexo. La exposición, notablemente concebida, es también conmovedora: tras la alumna, la modelo, la esposa y la madre, deja aparecer, obra tras obra, a una pintora que conquista su libertad. El despertar, 1877. Hay artistas a quienes la posteridad encierra en una obra, y a otros, en una relación. Para Eva Gonzalès, fue Manet. Fue su alumna, la única reconocida oficialmente como tal, y también su modelo, cuando él la inmortalizó en 1870 con un largo vestido blanco, sentada ante su caballete. Sin embargo, esta estrecha relación dejó durante mucho tiempo su obra a la sombra del maestro. El recorrido del Petit Palais tiene la inteligencia de explicar este punto de partida para después alejarnos de él. A lo largo de las salas, las delicadezas heredadas de Charles Chaplin se encuentran con los negros y la modernidad de Manet, antes de que la pincelada se ensanche, los fondos se aligeren y el aire de las playas normandas penetre casi físicamente en el lienzo. Lo que contemplamos entonces ya no es solo la evolución de una pintura, sino la laboriosa conquista de una voz. Convertirse en pintora siendo mujer Esta conquista comienza mucho antes de Manet. Porque, antes de emanciparse de sus maestros, Eva Gonzalès tuvo que liberarse de aquello que su época había previsto para ella. Nacida en París en 1847, hija del escritor y periodista Emmanuel Gonzalès y de la música Célina Ragut, Eva creció en una burguesía culta en la que las artes formaban naturalmente parte de la educación. Ella misma tocaba el piano varias horas al día y podría haber seguido siendo esa joven talentosa a quien su entorno concedía de buen grado las artes, siempre que quedaran como un entretenimiento. Pero Eva eligió la pintura como destino. Sin embargo, en el siglo XIX, las puertas de la Escuela de Bellas Artes permanecían cerradas para las mujeres. Debían aprender en otros lugares, en talleres privados, y Eva se formó con Charles Chaplin a partir de 1866. El Petit Palais acompaña además su recorrido con un hilo titulado Una vida de artista en femenino, que recuerda hasta qué punto convertirse en pintora suponía ya, para una mujer, sortear las reglas de un mundo concebido esencialmente por hombres. Las primeras obras conservan una gracia casi empolvada. En La señorita, como en Las dos hermanas o El tocador, las telas son preciosas, los colores suaves y los gestos contenidos. Una hermana arregla el cabello de la otra y, en esta escena íntima, aparece ya una de las presencias más constantes en la obra de Gonzalès: Jeanne, su hermana menor, que será sucesivamente modelo, alumna, confidente y casi un doble. Atraviesa su pintura a lo largo de los años, con el rostro inclinado o la mirada perdida, ofreciendo a Eva un territorio familiar donde buscar, probar e inventarse poco a poco. Las dos hermanas o El tocador, hacia 1866-1868. A la sombra de Manet, encontrar su propia luz Cuando Gonzalès conoce a Manet en 1869, tiene veintidós años y su pintura cambia de aliento. Las delicadezas aprendidas con Chaplin no desaparecen por completo, pero se encuentran con la profundidad de los negros, la franqueza del trazo y esa manera tan moderna de dejar que el pincel exista sobre el lienzo. Gonzalès observa mucho a su maestro, por supuesto; sin embargo, a medida que avanza la exposición, lo que conmueve es precisamente verla alejarse de él, casi imperceptiblemente, hasta que la influencia deja de ser una sombra para convertirse en un legado. Une Loge aux Italiens, hacia 1874, es uno de los ejemplos más bellos. Jeanne posa junto a Henri Guérard, futuro marido de Eva, en la aterciopelada penumbra de un palco de teatro. Rechazado en el Salón de 1874, el cuadro fue criticado precisamente por lo que algunos consideraban la excesiva influencia de Manet. Gonzalès no renuncia: lo expone en su taller, lo retoma y vuelve a presentarlo al Salón en 1879, donde esta vez es aceptado. Ya hay en esa tranquila obstinación algo de su libertad: recibir, transformar, afrontar el rechazo y regresar. Une Loge aux Italiens, hacia 1874, Museo de Orsay. Sin embargo, en su obra pervive de Manet algo aún más delicado que los negros, los encuadres o la modernidad de los temas: las violetas. Reaparecen en L’Indolence y después en Le Réveil, dispuestas cerca de la cama, entre la blancura de las sábanas. La flor pertenece al universo pictórico de Manet, y el recorrido del Petit Palais invita precisamente a leer estos ramos como una evocación del maestro. En Gonzalès, estas pequeñas pinceladas malvas se convierten así en un eco discreto: ya no una influencia que se impone, sino un recuerdo que permanece. Unas cuantas flores, casi nada; como si Manet pudiera seguir presente sin proyectar ya su sombra sobre ella. Cuando la pintura sale al aire libre En Dieppe, Honfleur o Grandcamp, la pintura se abre entonces a otra luz. En Niños en las dunas de arena, Grandcamp, hacia 1877-1878, bastan unas hierbas, una cesta, dos niños y un cielo. La materia se vuelve más rápida, casi inacabada por momentos, como si importara menos describir el paisaje que retener el instante antes de que cambiara la luz. Niños en las dunas de arena, Grandcamp, hacia 1877-1878, National Gallery of Ireland. Gonzalès nunca participó en las exposiciones impresionistas y prefirió, como Manet, seguir midiéndose con el Salón. Sin embargo, su pintura se suma aquí de forma natural a algunas de sus búsquedas, no por pertenecer a un grupo, sino porque el aire y la luz parecen imponerle una nueva manera de ver. Los contornos se vuelven menos contenidos, el gesto más libre; algo se ha desprendido del precioso acabado de sus inicios sin perder jamás esa dulzura tan particular que le pertenece. La transformación se vuelve casi tangible. Ya no es solo una alumna que domina lo que le han enseñado, sino una pintora que empieza a elegir qué desea conservar y de qué puede prescindir en adelante. Esas mujeres que miran a otra parte En La Promenade à âne, hacia 1880-1882, Jeanne y Henri Guérard vuelven a estar juntos, pero estamos lejos del refinamiento contenido de los primeros años: las pinceladas se han ensanchado, el fondo se esboza más de lo que se describe y la pintura ya no siente la necesidad de terminarlo todo. Jeanne, encaramada al animal, desvía la mirada. La Promenade à âne (Henri y Jeanne), hacia 1880-1882, Bristol Museums & Archives. Esa mirada dirigida a otra parte podría casi convertirse en el hilo secreto de la exposición, pues las mujeres de Eva Gonzalès parecen poco preocupadas por la mirada que se posa sobre ellas. Leen, sueñan, se peinan, despiertan, se abandonan en un sillón o sobre una cama, contemplan lo que se encuentra fuera del cuadro. Son elegantes sin ser decorativas, están presentes sin entregarse del todo. Poseen una interioridad a la que el espectador no tiene pleno acceso y quizá sea ahí, sin manifiesto ni reivindicación, donde la pintura de Gonzalès nos parece hoy tan moderna. Porque su libertad nunca fue espectacular. Eva Gonzalès no vivió al margen de su mundo: conocía sus usos, se casó con Henri Guérard en 1879 y fue madre. Pero siguió pintando, exponiendo y enfrentándose al juicio y al rechazo, en un siglo en el que la carrera de una mujer artista seguía siendo frágil. La presencia en el recorrido de La merienda, de Marie Bracquemond, confiere a esta realidad un relieve particular. Su hermana Louise aparece absorta en la lectura, en un universo que dialoga maravillosamente con el de Gonzalès. Sin embargo, las trayectorias divergen: Bracquemond acabará renunciando poco a poco a exponer, en un contexto conyugal poco favorable para su pintura. La aproximación, sin ser insistente, dice mucho. Para una mujer del siglo XIX, aprender a pintar ya era una conquista; seguir pintando podía ser otra. Eva Gonzalès, en cambio, continúa. No en el estruendo de una rebelión, sino con esa determinación silenciosa que parece recorrer toda su obra. Su libertad se construye dentro de los propios marcos de su época: los de su sexo, su entorno, el Salón y sus maestros. No los hace añicos; los desplaza lo suficiente para abrirse en ellos su propio espacio. Una libertad interrumpida Sin embargo, el destino le dejará poco tiempo para proseguir esta conquista. El 19 de abril de 1883 da a luz a su hijo Jean-Raimond. Manet muere el 30 de abril. Seis días después, el 6 de mayo, Eva sucumbe a una embolia. Solo tiene treinta y seis años. Dos años más tarde, se le dedica una exposición póstuma en los salones de La Vie moderne; después, el tiempo irá haciendo lentamente su trabajo de borrado. Este final brutal confiere a las últimas salas una emoción particular. Acabamos de contemplar una pintura que se abre justo cuando sabemos cuán repentinamente va a cerrarse la vida. Y sin duda es ahí donde la construcción de esta retrospectiva alcanza su mayor acierto: cerca de un centenar de obras no solo relatan una carrera, sino que hacen perceptible un movimiento, el de una mujer que aprende de Chaplin, admira a Manet, conserva del primero cierta dulzura y del segundo la modernidad de la mirada y algunas violetas, antes de encontrar poco a poco su propia luz. Así se sale del Petit Palais con la sensación de haber conocido mucho más que a «la única alumna de Manet». Una pintora, por supuesto, pero también una mujer que, sin discursos ni poses, se negó a que los límites de su siglo se convirtieran en los suyos. Eva Gonzalès no se liberó de las ataduras de su época haciéndolas añicos. Su libertad fue más sutil y quizá más difícil: aprender, lienzo tras lienzo, a ser ella misma dentro de los límites que su época había trazado para ella. Eva Gonzalès. Trayectoria de una artista libre, en el Petit Palais de París hasta el 24 de enero de 2027.
Un Ojo sobre el evento
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Por Hisham Dibsi - Publicado oct 10, 2026 - 16:38
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De “Tormenta Decisiva” a “El amanecer de Yemen” La distancia entre “Tormenta Decisiva” y “El amanecer de Yemen” no se reduce a once años de guerra en Yemen. Es una distancia política y estratégica que resume una acumulación de fracasos, cambios en el equilibrio de fuerzas y transformaciones en la posición de Yemen dentro del conflicto regional, hasta llegar a un momento en que la seguridad del mar Rojo y del estrecho de Bab el-Mandeb se ha convertido en parte de los cálculos de la guerra y de sus posibles desenlaces. Cuando Arabia Saudita lanzó la operación “Tormenta Decisiva” en marzo de 2015, el objetivo declarado era restablecer la autoridad reconocida internacionalmente y frenar la expansión de los hutíes después de que tomaran Saná y avanzaran hacia Adén. La intervención parecía un intento de impedir el derrumbe de una configuración política y de seguridad que Riad consideraba indispensable para proteger sus fronteras meridionales y evitar que Yemen se convirtiera en una base de influencia hostil en el flanco sur del reino. Sin embargo, los años siguientes demostraron que la superioridad aérea no bastaba por sí sola para establecer una autoridad política estable, que recuperar posiciones no significaba necesariamente restaurar el Estado y que debilitar militarmente al adversario no implicaba desmantelar automáticamente su capacidad para conducir el conflicto. Los hutíes conservaron el control de Saná y de extensas zonas del norte de Yemen, mientras las fuerzas que se les oponían padecían divisiones internas y una multiplicidad de centros de decisión. Al mismo tiempo, la crisis humanitaria y económica seguía desgastando a la sociedad yemení. El problema no radicaba únicamente en la dimensión militar, sino en la brecha entre los objetivos declarados de la guerra y la capacidad para transformar sus resultados sobre el terreno en un acuerdo político viable. Ahí reside una de las principales lecciones de aquella experiencia: no es posible reconstruir el Estado mediante la simple recuperación del territorio si el poder permanece repartido entre fuerzas rivales y las instituciones siguen supeditadas a las lealtades militares y a los cálculos regionales. Desde esta perspectiva debe analizarse la operación “El amanecer de Yemen”, lanzada por las fuerzas gubernamentales yemeníes en octubre de 2026, con apoyo saudita, en medio de una escalada de los enfrentamientos en la costa occidental y en zonas de importancia estratégica para la navegación en el mar Rojo y el estrecho de Bab el-Mandeb. De la gestión de la guerra a la transformación de sus condiciones Lo que distingue al momento actual es que la batalla ya no se limita a las líneas del frente dentro de Yemen. El frente yemení se ha entrelazado con la seguridad de Arabia Saudita, los intereses del comercio internacional y la competencia regional por las rutas marítimas. Así, Bab el-Mandeb ha dejado de ser un simple estrecho al que se asoman las costas yemeníes para convertirse en un punto central de una ecuación de seguridad y económica que trasciende al propio Yemen. Esto permite comprender el desplazamiento del centro de gravedad hacia la costa occidental y las zonas que rodean el estrecho. La recuperación de estas posiciones no busca solamente reducir la extensión del territorio controlado por los hutíes, sino también limitar su capacidad para utilizar la geografía yemení como instrumento de presión sobre Arabia Saudita y la navegación internacional. Sin embargo, este cambio plantea una pregunta fundamental: ¿pretende Riad recuperar posiciones estratégicas y asegurar sus fronteras y rutas marítimas, o busca modificar el equilibrio de fuerzas en Yemen para imponer un acuerdo político bajo condiciones diferentes? Los tres objetivos pueden formar parte de una misma estrategia, pero cada uno plantea exigencias distintas. Garantizar la seguridad de un estrecho marítimo puede lograrse mediante una operación militar relativamente limitada. En cambio, poner fin al control de los hutíes sobre Saná requiere una campaña más amplia y compleja, mientras que alcanzar un acuerdo estable exige resolver las divisiones internas de Yemen y no limitarse a modificar las líneas de control territorial. Esta es la verdadera prueba para “El amanecer de Yemen”: ¿logrará vincular la fuerza militar con la legitimidad política y la reconstrucción de las instituciones del Estado, o volverá a reproducirse la brecha que caracterizó los años anteriores de guerra? Bab el-Mandeb: la geografía que cambió los cálculos de la guerra La evolución de los enfrentamientos muestra que el control de la costa occidental se ha convertido en uno de los principales ejes de la batalla. Sin embargo, anunciar la recuperación de posiciones estratégicas no basta, por sí solo, para establecer quién ejerce realmente el control sobre el terreno ni garantiza la capacidad de conservarlas. Las posiciones costeras requieren fuerzas capaces de proteger las líneas de suministro e impedir que el adversario vuelva a ocuparlas o las amenace desde otros frentes. Los ataques contra instalaciones sauditas y las represalias que los acompañaron también han demostrado que la confrontación no se desarrolla en una sola dirección. Cuanto mayor es la importancia de los objetivos militares y económicos, mayor es la probabilidad de represalias en un espacio geográfico más amplio. Así, la batalla podría pasar de un intento por garantizar la seguridad de la navegación a una guerra de desgaste mutuo, en la que los cálculos militares se entremezclen con la economía, la aviación y la energía. Por lo tanto, la pregunta no es solamente quién controla Bab el-Mandeb en un momento determinado, sino quién dispone de la capacidad para garantizar su seguridad de manera sostenida y quién puede impedir que se utilice como instrumento de presión política y militar. Los hutíes y el dilema de las fuerzas que los enfrentan No se puede considerar a los hutíes una fuerza que desaparecerá por el simple hecho de perder algunas posiciones. A lo largo de los años de guerra han acumulado experiencia militar y organizativa, se han beneficiado de su control sobre instituciones y extensos territorios y han desarrollado instrumentos de presión que van más allá de los frentes terrestres. Su relación con Irán también añade una dimensión regional a la confrontación, aunque sería un error reducir todo el movimiento yemení a ese vínculo e ignorar sus raíces locales. El desafío que enfrentan las fuerzas gubernamentales no consiste únicamente en avanzar hacia determinadas posiciones, sino en convertir esos avances en un cambio duradero del equilibrio de fuerzas. Esto requiere coordinación entre las distintas formaciones militares, unidad en la toma de decisiones, administración política de las zonas recuperadas y atención a los intereses locales que influyen en la continuación o el cese de los combates. Aquí aparece el dilema de las fuerzas contrarias a los hutíes. El gobierno y el Consejo de Liderazgo Presidencial no son los únicos actores del escenario. También existen fuerzas del sur con su propio proyecto político, formaciones militares con distintas bases de apoyo e intereses, y fuerzas locales en la costa occidental, Marib y Taiz. Estos actores pueden coincidir en la necesidad de enfrentar a los hutíes, pero no necesariamente comparten una misma visión sobre la forma que deberá adoptar el futuro Estado ni sobre la distribución del poder y la riqueza. La unificación de estas fuerzas no es una cuestión organizativa secundaria, sino una condición política y militar para cualquier transformación duradera. Un avance sobre el terreno que no se sustente en un consenso acerca de la administración de las zonas recuperadas podría desencadenar nuevos conflictos y reproducir las divisiones bajo otras consignas. La lección que “Tormenta Decisiva” dejó pendiente La experiencia ha demostrado que la guerra de Yemen no puede reducirse a una confrontación entre Arabia Saudita y los hutíes, ni a una pugna entre la influencia árabe y la iraní. También es una crisis del Estado, el colapso de una transición política, una competencia por el poder y los recursos, y un conflicto entre distintas concepciones del futuro de Yemen. Por eso, la comparación entre “Tormenta Decisiva” y “El amanecer de Yemen” no debería basarse en la magnitud de los bombardeos ni en el número de posiciones recuperadas, sino en las diferencias entre sus objetivos, sus circunstancias y la capacidad para transformar el poder militar en resultados políticos. La primera experiencia no consiguió poner fin a la guerra ni reconstruir una autoridad central estable. Por su parte, la nueva operación enfrenta una prueba todavía más compleja: recuperar la iniciativa en medio de divisiones yemeníes acumuladas, amenazas transfronterizas y rutas marítimas que se han convertido en parte de los cálculos del conflicto regional. Si “El amanecer de Yemen” representa un verdadero punto de inflexión, no será simplemente porque haya comenzado una operación militar o porque haya avanzado un frente, sino porque el equilibrio de fuerzas podría modificarse de manera que abra una posibilidad política hasta ahora inexistente. En cambio, si los objetivos militares permanecen desvinculados de un proyecto de Estado, esta nueva etapa podría terminar modificando las líneas de confrontación sin alterar la naturaleza de la crisis. Aquí comienzan las preguntas más difíciles que abordará la segunda parte: ¿qué busca realmente Arabia Saudita con esta nueva guerra? ¿Cuáles son los límites del papel iraní? ¿Pueden las fuerzas yemeníes construir una fórmula de cooperación política que supere sus diferencias? ¿Y qué camino podría conducir al fin de la guerra, en lugar de prolongarla mediante una nueva ronda de enfrentamientos?
Strategia
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Por Khalil Helou - Publicado oct 10, 2026 - 10:23
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Esta captura de pantalla, extraída de un video difundido por el Centro de Medios de Ansarullah el 7 de octubre de 2026, muestra a un combatiente afiliado a las autoridades hutíes disparando una ametralladora durante un avance contra las tropas gubernamentales yemeníes respaldadas por Arabia Saudita, en la gobernación de Taez, según medios hutíes. (vía AFP)
I. Resumen ejecutivo El colapso de la tregua de 2022 ha transformado el conflicto yemení en una guerra convencional de alta intensidad. El lanzamiento de la «Operación Amanecer de Yemen» por el Gobierno yemení reconocido internacionalmente y las fuerzas aliadas, respaldadas por Riad, busca neutralizar la doble amenaza de los hutíes —una milicia apoyada por Irán— sobre el corredor marítimo de Bab el-Mandeb y el mar Rojo, así como sobre las infraestructuras petroleras en el propio Yemen (Ma’rib) y en Arabia Saudí. Este conflicto se articula ahora en torno a tres grandes dinámicas: la consolidación del flanco occidental como zona segura (la costa occidental de Yemen en el mar Rojo), el estrangulamiento de los centros urbanos (Taez) y la internacionalización directa del conflicto mediante la activación de alianzas militares de terceros países (Turquía, Pakistán). II. Análisis del teatro militar costero y del entorno topográfico La estrategia de la coalición se basa en un enfoque metódico de reconquista y control de las vías marítimas internacionales. Consiste en asegurar el estrecho de Bab al-Mandeb y la ciudad portuaria de Mokha. Las fuerzas conjuntas progubernamentales (Brigadas de los Gigantes, Escudo de la Nación, Resistencia de Tihama) ya han asegurado el aeródromo militar de Dhubab, al sur de Mokha, lo que posibilita la apertura de una línea logística aérea, así como la propia ciudad de Mokha. El objetivo inmediato es privar a los hutíes de bases desde las que desplegar drones marítimos de superficie —denominados en términos militares Improvised Maritime Explosive Devices (IMED)— y minas navales. Los IMED ya han tenido usos devastadores en Ucrania, donde hundieron destacados buques de la marina rusa, y también fueron empleados por los estadounidenses en Irán contra puertos iraníes que albergaban lanchas rápidas de la República Islámica. El entorno topográfico es el siguiente: la gobernación (muhafazat) de Taez es costera y montañosa. Situada en el suroeste de Yemen, abarca las ciudades de Dhubab —cuyo nombre hace referencia a Bab el-Mandeb— y Mokha. En esta gobernación hay múltiples cumbres, algunas de las cuales dominan la llanura costera que se extiende desde Bab el-Mandeb hasta Hodeidah —un importante puerto marítimo que sigue en manos de los hutíes—, pasando por Dhubab y Mokha. Las alturas dominantes de esta gobernación, en particular las de Hayfan y Kahbub, cobran hoy importancia porque dominan no solo la llanura costera occidental de Yemen, sino también las líneas logísticas de las fuerzas gubernamentales que parten de Adén hacia Bab el-Mandeb. Las fuerzas gubernamentales han consolidado sus posiciones en los montes al-Manzara, al-Ashari y Dhiban, en el sector de Hayfan, a una altitud de entre 1.000 y 1.500 metros y a 50-60 km de la costa, y sobre todo han ocupado la estratégica cadena montañosa de Kahbub, a 40 km de la costa. Esto significa que, con artillería de largo alcance emplazada en esta elevación o con misiles convencionales, la costa oriental queda al alcance de tiro, lo que dificulta que los hutíes lancen contraofensivas. Además, el control de estas cumbres, junto con el de Jabal Zalat (desde el 22 de septiembre), priva a los hutíes del control visual de tiro sobre la carretera costera. Asegura el flanco oriental del eje logístico de la coalición, condición sine qua non para la continuación de las operaciones en el eje costero sur-norte hacia Hodeidah. Un miliciano hutí en las alturas de Taez. Todo lo descrito anteriormente podría enmarcarse en los preparativos del dispositivo de combate ofensivo sobre Hodeidah. Se trata de una exigencia geopolítica en la que convergen múltiples intereses, en particular estadounidenses, europeos, árabes, asiáticos y africanos. La costa oriental del mar Rojo, con un puerto controlado por los hutíes, es una baza en manos de Teherán que debe serles arrebatada. La operación sobre Hodeidah sería costosa, ya que los hutíes están reforzando sus defensas al sur de la ciudad y en la llanura circundante de Tihama, lo que ha llevado al presidente del Consejo de Liderazgo Presidencial, Rashad al-Alimi, a emitir una alerta de evacuación para la población civil. Las fuerzas leales están ejecutando una maniobra de pinza desde nudos de comunicaciones, en particular los de Hays y Al-Khawkha. La marina saudí ya ha bombardeado el puerto de la ciudad para destruir las reservas de minas y drones navales. Las fuerzas leales contarán sin duda con el apoyo de la aviación saudí, la más potente de la región, y sobre todo con el apoyo de inteligencia del CENTCOM estadounidense, que proporciona inteligencia táctica en tiempo real. El asalto al puerto de Hodeidah está, por tanto, en fase de preparación. Cualquier retraso en la operación sobre Hodeidah, o su cancelación, dará a los hutíes tiempo para establecer un sólido dispositivo defensivo y les brindará la oportunidad de atacar objetivos vulnerables en Adén y Arabia Saudí, incluidos aeropuertos, instalaciones petroleras y plantas desalinizadoras de agua de mar. III. Seguridad interna y estancamiento estratégico: Taiz y Marib Si la coalición avanza por el litoral, las líneas interiores sin duda sufrirán una presión muy intensa. La ciudad de Taiz está defendida por entre 15.000 y 20.000 soldados del ejército regular yemení (brigadas 22.ª, 17.ª y 35.ª), respaldados por combatientes locales y refuerzos externos (Escudo de la Nación, Gigantes). Firmemente desplegados en elevaciones urbanas alrededor de la ciudad, oponen una resistencia encarnizada a los hutíes. Estas fuerzas disponen de artillería ligera y sistemas antidrones recientes. Su capacidad defensiva en combate urbano es excelente. Desde hace algunos días, la ciudad sufre un cerco operativo completo. Las fuerzas hutíes han cortado la carretera de Heyjat al-Abd, un paso montañoso que asegura la conexión con Adén, interrumpiendo por completo la arteria de abastecimiento. Los rebeldes hutíes que sitian la ciudad reciben suministros de manera continua desde el norte a través del eje vial Saná–Dhamar–Ibb, sometido constantemente a ataques aéreos saudíes y yemeníes. Ante esta situación, los hutíes utilizan redes secundarias de valles que les permiten sortear la interdicción aérea de la coalición. El Gobierno trata de aliviar el cerco mediante violentos combates en los pasos montañosos que los rebeldes aún controlan. Marib, controlada por las fuerzas leales en el noreste de Yemen, reviste una importancia estratégica fundamental, ya que la región alberga infraestructuras petroleras y gasísticas que constituyen los principales recursos del Gobierno yemení. Una doble ofensiva gubernamental en este sector tiene como objetivo los frentes de Raghwan (al norte del frente de Marib) y las zonas meridionales, para proteger estas instalaciones, que son objetivos vulnerables prioritarios de los contraataques hutíes. Las pérdidas son cuantiosas en ambos bandos, incluido un general lealista. Además, el Gobierno ha abierto un eje ofensivo directo hacia la capital, Saná, y avanza por el norte (Hajjah/Saada), en Haradh, en dirección al bastión hutí de Haydan. No obstante, cabe esperar un estancamiento y una guerra de desgaste, pues el equilibrio de las fuerzas terrestres sigue favoreciendo a los hutíes. El punto fuerte de las fuerzas gubernamentales es su superioridad aérea y tecnológica gracias a los saudíes y estadounidenses, mientras que los hutíes, que cuentan con ventaja numérica, disponen de importantes medios asimétricos, especialmente drones, además de misiles balísticos que no dudan en emplear contra objetivos civiles. IV. Reconfiguración de las alianzas y proyección regional La internacionalización del conflicto marca un importante punto de inflexión geopolítico. De hecho, en el marco del Pacto de La Meca, Islamabad ya ha desplegado capacidades militares de apoyo en territorio saudí. Este despliegue garantiza la defensa del espacio aéreo, el reconocimiento y la coordinación tecnológica, liberando a las fuerzas saudíes para las operaciones ofensivas en Yemen. Ankara espera para ello la luz verde de su Parlamento, y aún no se sabe cuál será la naturaleza de las tropas desplegadas, pero sin duda incluirán tecnologías de vanguardia. Los Emiratos Árabes Unidos han retirado su patrocinio directo en Yemen. Abu Dabi reorienta su estrategia hacia el control de las infraestructuras portuarias del Cuerno de África, especialmente en Somalilandia, Etiopía y mediante las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) en Sudán… Sin embargo, la marina emiratí procura mantener abierto el paso del mar Rojo pese a sus discrepancias con Arabia Saudí en el Cuerno de África. Por tanto, el conflicto yemení podría extenderse a la costa africana. Eritrea y Arabia Saudí mantienen su apoyo al ejército sudanés de Abdel Fatah Al-Burhan frente a las RSF. Paralelamente, Riad vigila de cerca las aspiraciones de Etiopía —respaldada por los EAU— de acceder al mar Rojo, que podrían desestabilizar a su aliado eritreo. V. Perspectivas y evaluación de riesgos El conflicto yemení corre el riesgo de convertirse en el epicentro de una confrontación entre múltiples actores por el control de la seguridad marítima y los flujos energéticos mundiales. Al estar descartada una victoria rápida de cualquiera de los bandos, el escenario más probable es una guerra de desgaste violenta y destructiva durante los próximos meses.
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Helsinki sin barandillas
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado

Hay, en la imagen de Nicolás Maduro exhibido en Nueva York como un vulgar narcotraficante, ecos de Vercingétorix paseado como trofeo de guerra en Roma ante Julio César, en septiembre del año 52 a.C., tras el sitio de Alesia. No se trata, por supuesto, de derramar lágrimas de cocodrilo por un dictador populista al frente de un Estado díscolo. Maduro, además, no es ni Lumumba ni el Che Guevara. Es simplemente uno de esos personajes que América Latina siempre ha sabido producir en sus horas más sombrías: figuras salidas directamente de El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, cuya exuberancia externa carece de toda grandeza. Espectral. Risible. Es evidente que, con este golpe de fuerza, Donald Trump quiso demostrar una vez más la supremacía del imperio estadounidense, como lo hizo George W. Bush hace veinte años al enviar a Saddam Hussein a la horca tras la expedición en Irak. Pero, pese al impacto de la operación estadounidense, no es necesariamente una señal de poder. Por el contrario, actúa como un revelador brutal: el retorno silencioso a una lógica de esferas de influencia, cercana en espíritu a la consagrada entre la URSS y Estados Unidos en los Acuerdos de Helsinki de 1975. Con una diferencia fundamental. Desde el fin de la Guerra Fría, el orden internacional intentó presentarse como universal y normativo, basado en el derecho, la democracia y la soberanía de los pueblos. En la práctica, esta narrativa ocultó durante mucho tiempo un intervencionismo selectivo, a menudo justificado por la lucha contra el terrorismo o contra regímenes considerados “canallas”. El nuevo orden mundial era estadounidense. Una “hiperpotencia”, como la definió Védrine. Durante dos décadas, Estados Unidos golpeó a figuras situadas fuera del marco estatal clásico: los talibanes, Osama bin Laden, Abu Bakr al-Baghdadi, Qasem Soleimani. Incluso Saddam Hussein, una excepción notable, fue integrado en un relato global de proliferación y amenaza sistémica. Con Maduro, la lógica cambia. Ya no se trata de neutralizar a un actor transnacional, sino de intervenir directamente contra un jefe de Estado en ejercicio, en una región históricamente considerada por Washington como parte de su esfera estratégica natural. El gesto es menos ideológico que geopolítico. Lo que emerge se asemeja cada vez más a una Helsinki informal, sin mesa de negociación ni firmas solemnes. Una regla tácita parece imponerse: cada gran potencia actúa como gendarme de su espacio vital, evitando cuidadosamente el enfrentamiento directo con las demás. Israel impone “su” orden de seguridad regional en Oriente Medio mediante la disuasión preventiva y la acción militar selectiva; Turquía redefine sus líneas rojas desde Siria hasta el Cáucaso; Arabia Saudí gestiona su entorno inmediato con una lectura existencial de la seguridad; Estados Unidos reinvierte en el hemisferio occidental con un espíritu abiertamente monroísta; Rusia actúa en Ucrania (y antes en Siria) en nombre de su profundidad estratégica; China afirma que Taiwán es una línea roja no fragmentable; India y Pakistán retoman sus viejos estribillos… sin siquiera mencionar el Cuerno de África y su incesante maraña de intrigas. Con el derrumbe del orden instaurado en Yalta, el mundo ya no se gobierna por normas universales, sino por equilibrios de poder localizados. Aquí es donde la analogía con Helsinki alcanza su límite. En 1975, el reconocimiento mutuo de las esferas de influencia se inscribía en un marco bipolar estricto. La carrera armamentística nuclear obedecía a una lógica paradójicamente estabilizadora: la disuasión. Cada cual conocía las líneas rojas del otro. El riesgo existencial de aniquilación nuclear actuaba como freno último. La competencia dentro de la coordinación era la consigna. Hoy, ese marco ha desaparecido. El mundo es multipolar, fragmentado, atravesado por potencias intermedias, actores híbridos, milicias, Estados fallidos y tecnologías disruptivas. El arma nuclear sigue existiendo, pero ya no estructura el sistema en su conjunto. Convive con guerras convencionales prolongadas, ataques selectivos, operaciones encubiertas, ciberataques y conflictos por delegación. La disuasión ya no es un lenguaje común. En cuanto a la coordinación… basta preguntarle al judoca Putin. Este retorno a la lógica de las gendarmerías regionales produce un mundo más legible para las grandes potencias, pero infinitamente más peligroso para las zonas grises. Los Estados demasiado débiles para imponer su soberanía, pero demasiado estratégicos para ser ignorados, se convierten en escenarios permanentes de tensiones contenidas. Y, sobre todo, la ausencia de un marco global creíble hace pesar un riesgo inédito: el de un error de cálculo, de un desliz local no controlado, en un sistema en el que nadie cree realmente en las reglas que invoca. Es el otro nombre del caos. Y no será “constructivo”. Helsinki congeló el mundo por el miedo a la aniquilación mutua. El mundo actual avanza sin red de seguridad, convencido de que la fuerza local puede resolverlo todo, olvidando una evidencia elemental: junto a la política del borde del abismo coexiste siempre el riesgo de caer en él. Tal vez ese sea el verdadero presagio del mañana: un orden internacional menos “hipócrita”, pero más inestable; más asumido en su brutalidad, pero desprovisto de salvaguardias. Un mundo en el que cada uno hace de policía en su casa, hasta el día en que las fronteras entre esos “hogares” dejen, una vez más, de sostenerse. “He visto el futuro, hermano, es asesinato”, cantaba Leonard Cohen tras la caída del Muro de Berlín y del orden bipolar. Tenía razón. Entre los sueños de libertad y democracia y las pesadillas de la violencia sin límites, a menudo solo hay un paso.

Irán y Venezuela, o la fragilidad de los regímenes autoritarios

La longevidad suele confundirse con estabilidad. En geopolítica, este es uno de los errores analíticos más costosos. Algunos regímenes no sobreviven porque sean fuertes, adaptables o cuenten con un amplio respaldo social. Sobreviven porque han aprendido a administrar el deterioro : reprimir la disidencia, fragmentar a la oposición, externalizar los fracasos internos y extender la coerción más allá de la legitimidad. Con el tiempo, esto crea una ilusión de permanencia. Pero una permanencia basada en el control y no en el consentimiento es, por definición, frágil. Al acercarnos a 2026, dos Estados encarnan de manera clara esta peligrosa ilusión: Irán y Venezuela. Ambos regímenes suelen ser descritos como resilientes. Irán proyecta su poder mucho más allá de sus fronteras a través de una extensa red de actores aliados y grupos proxy en la región. El liderazgo venezolano, por su parte, ha sobrevivido a sanciones, aislamiento diplomático y colapso económico. Para muchos observadores, la mera capacidad de resistir se ha convertido en prueba de estabilidad. Esa conclusión es profundamente errónea. Los regímenes no colapsan únicamente cuando la economía se debilita. Colapsan cuando los mecanismos de control se erosionan más rápido de lo que puede reconstruirse la legitimidad; cuando la represión sustituye al consentimiento; cuando los relatos fundacionales pierden credibilidad; cuando se fractura la cohesión de las élites; y cuando el poder regional deja de compensar el agotamiento interno. Esta es la fase en la que hoy se encuentran tanto Irán como Venezuela. En ambos casos, los relatos fundacionales que justificaban el poder se han desgastado. En Irán, la narrativa revolucionaria religiosa, con casi cinco décadas de antigüedad, ha perdido su influencia sobre una población joven, urbana e hiperconectada, que ya no percibe el sacrificio, la pureza ideológica ni la confrontación permanente como caminos hacia la dignidad o la prosperidad. En Venezuela, el proyecto bolivariano de Chávez y Maduro ha derivado en un sistema de deterioro administrado , donde la supervivencia del régimen depende menos de la ideología que del clientelismo, la coerción y el agotamiento de la sociedad. Así es como se producen los colapsos de los regímenes modernos: no mediante un derrumbe repentino, sino a través de la acumulación de presiones internas dentro de sistemas fuertemente controlados — presiones que parecen manejables hasta que un choque externo revela su profundidad. Los Estados fracasan porque se vuelven sobredimensionados, vaciados internamente e incapaces de absorber tensiones. Cuando se alcanza ese punto, incluso acontecimientos externos limitados pueden generar consecuencias desproporcionadas. En Irán y en Venezuela, las dinámicas internas están llegando a un punto de ebullición. En el plano externo, ambos regímenes también enfrentan un cambio silencioso pero decisivo: su relevancia regional está disminuyendo. Durante casi medio siglo, el régimen clerical iraní se ha definido en torno a dos pilares centrales: el establecimiento de un “creciente chiita” en el mundo árabe — en competencia por el liderazgo musulmán con Arabia Saudita y Qatar — y su impulso ideológico por destruir a Israel, considerado un requisito previo para consolidar su credibilidad en los mundos árabe y musulmán. Esta estrategia exterior ha desestabilizado profundamente a Medio Oriente durante las últimas cinco décadas. Ha provocado guerra civil y hambruna en Yemen, alimentado el colapso político y económico del Líbano e impedido la consolidación de una solución de dos Estados en el conflicto israelí-palestino mediante el apoyo a facciones palestinas extremistas. Hoy, esa estrategia produce rendimientos claramente decrecientes. La red de actores aliados de Irán se ha vuelto más costosa de mantener y mucho menos eficaz desde el punto de vista estratégico. El ataque del 7 de octubre de 2023 perpetrado por Hamás desencadenó una respuesta regional contundente que debilitó severamente a Hamás en Gaza, desmanteló la cúpula dirigente de Hezbolá en el Líbano y redujo significativamente la capacidad operativa de los hutíes en Yemen. Lejos de consolidar su influencia, la ambición iraní de imponer un “creciente chiita” ha puesto de manifiesto los límites de su proyección de poder. En Venezuela, la trayectoria ha sido distinta, pero el desenlace es similar. Hugo Chávez llegó al poder en 1998 impulsado por una ola de indignación popular contra la corrupción y la desigualdad, prometiendo una transformación radical bajo la bandera de la Revolución Bolivariana. Lo que siguió no fue una renovación, sino una erosión institucional: consolidación autoritaria, mala gestión económica, subinversión masiva y una de las mayores emigraciones en tiempos de paz de la historia moderna de América Latina. Antaño una de las principales economías de la región, dotada de las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, Venezuela ha visto evaporarse progresivamente su peso estratégico. En el plano externo, su utilidad geopolítica para sus aliados se ha reducido a medida que se erosionaba su relevancia económica, diplomática y regional. La historia sugiere que la fase más peligrosa para los regímenes enquistados no es la crisis abierta, sino el momento en que la gobernanza es reemplazada por la mera gestión de la supervivencia. Ese momento ha llegado. El año 2026 es relevante no porque prometa un acontecimiento espectacular, sino porque puede marcar el punto en el que las estrategias de dilación dejan de funcionar. El envejecimiento de los liderazgos, la incertidumbre sucesoria, la fractura generacional, las filtraciones de información y el debilitamiento de los apoyos externos convergen. Cuando eso ocurre, incluso los sistemas más controlados pueden desestabilizarse con notable rapidez. Tras varias semanas de ataques de fuerzas estadounidenses contra embarcaciones venezolanas implicadas en el narcotráfico y el establecimiento de un bloqueo estricto sobre las exportaciones petroleras del país, el 3 de enero de 2025 el Ejército de Estados Unidos llevó a cabo una operación a gran escala contra Venezuela y capturó a Nicolás Maduro y a su esposa. La operación del 3 de enero marca el fin definitivo de la Revolución Bolivariana y el inicio de una nueva etapa para Venezuela. En lo que respecta a Irán y Medio Oriente, la reunión del 2 de enero entre Benjamín Netanyahu y Donald Trump, en un contexto de levantamientos populares de gran magnitud en numerosas ciudades iraníes, también podría anunciar una operación militar de gran envergadura por parte de Israel en Irán y en el Líbano — como preludio a la culminación del giro tectónico iniciado el 7 de octubre. Israel necesita regímenes sólidos en sus fronteras para alcanzar una paz duradera. Siria y el Líbano son las dos piezas que aún faltan. Neutralizar de forma permanente a Hezbolá en el Líbano e instalar allí un régimen fuerte constituye el siguiente paso. Para ello es necesaria una transformación radical del fallido sistema democrático confesional libanés. Y ello exige que Israel se libere de manera definitiva de la amenaza que representa el régimen de los mulás iraníes. El momento y las condiciones están dadas.

Una suicida ceguera política
Por
Michel Touma
Publicado

Los líderes de la República Islámica de Irán, o al menos la cúpula del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria (los Pasdaran), probablemente no leyeron, ni siquiera intentaron comprender, la fábula de La Fontaine, "La rana que quería ser tan grande como un buey," cuando estaban en la cima de su poder. Si lo hubieran hecho, sin duda habrían reconocido que no podían competir con potencias que poseían un potencial, en todos los ámbitos, a años luz de sus capacidades "divinas" reales, mediante la ideología, eslóganes vacíos, discursos encendidos, populismo, demagogia y, sobre todo, terrorismo. Si hubieran sido conscientes de las realidades de este mundo, habrían sido mucho más realistas en sus ambiciones expansionistas y geoestratégicas. Desde principios de la década de 2000 en adelante, surgió una serie de indicadores que demostraron claramente que no solo Estados Unidos e Israel, sino también toda la comunidad internacional, incluyendo Rusia y los principales países de la Unión Europea, no podían aceptar que un régimen islamista radical, mostrando una postura beligerante, pudiera poseer armas nucleares avanzadas. Parece que de documentos oficiales desclasificados hace unos días en Washington se desprende que, durante una reunión que mantuvo en Eslovenia en junio de 2001 con el jefe de la Casa Blanca, George W. Bush, el presidente Vladimir Putin enfatizó que tenía pruebas creíbles que indicaban explícitamente que el régimen iraní estaba buscando adquirir armas nucleares, expresando sus graves preocupaciones al presidente estadounidense. Durante otra reunión celebrada entre los dos jefes de estado al mismo tiempo en la Casa Blanca, el presidente Bush enfatizó a Putin, en una clara alusión a Irán, que "no necesitamos extremistas religiosos en posesión de un arma nuclear." Estos fueron los primeros signos del surgimiento de un largo enfrentamiento diplomático y mediático que enfrentaría a la República Islámica contra la comunidad internacional por el programa nuclear iraní durante más de dos décadas. En 2006, 2007 y 2008, el Consejo de Seguridad de la ONU impuso sanciones de la ONU a Irán (con la aprobación de Rusia y China) debido a su sospechosa y persistente búsqueda de enriquecimiento de uranio a un ritmo que solo podía llevar a la adquisición de la bomba. Desde entonces, las febriles discusiones tras bambalinas, las maniobras diplomáticas y las negociaciones han continuado, sin lograr prácticamente ningún progreso, siendo el objetivo de Teherán claramente simplemente ganar tiempo. Incluso el acuerdo de 2015 negociado por Barack Obama tuvo fallas y no mencionaba, por ejemplo, la producción intensiva de misiles balísticos por parte de Irán, como lo exigía el entonces Ministro de Asuntos Exteriores francés, Laurent Fabius, quien abogaba por una postura suficientemente firme hacia la República Islámica. Pero Barack Obama estuvo "vigilante" para contrarrestar cualquier intento de adoptar una posición demasiado dura hacia los mulás en Teherán… Sabemos cómo se desarrollaron los acontecimientos al respecto. Mucho antes de esta batalla diplomática librada desde principios de la década de 2000, Israel no dudó en actuar, sin empantanarse en debates estériles, y en junio de 1981 bombardeó el reactor nuclear que Irak estaba construyendo. Y en 2007, la fuerza aérea israelí llevó a cabo una incursión en Siria contra un emplazamiento nuclear en la región de Deir ez-Zor. Todos estos indicadores confirmaron, día tras día, la firme determinación de Israel, Estados Unidos, los países europeos e incluso Rusia de impedir que potencias autocráticas, y en particular un régimen tan radical como el de los mulás iraníes, completaran un programa nuclear cuyo propósito militar era obvio para todos. A pesar de esta casi unanimidad, la República Islámica persistió durante más de dos décadas en invertir cientos de miles de millones de dólares en un proyecto altamente estratégico cuya realización era demostrablemente quimérica, irracional e incluso totalmente suicida dadas las realidades internacionales. Para empeorar las cosas y profundizar su postura suicida, Irán se comprometió, a través de inversiones de decenas de miles de millones de dólares, a establecer y mantener milicias completamente subordinadas a la Guardia Revolucionaria en cinco países y regiones del Levante (incluida Gaza). Esto resultó en una exacerbación de la tensión milenaria entre sunitas y chiítas, acompañada de la desestabilización crónica de esta parte del mundo, únicamente para satisfacer las ambiciones hegemónicas del aparato de la Guardia Revolucionaria. Todo esto... envuelto en retórica antiestadounidense, antioccidental y una actitud beligerante hacia los estados del Golfo. A la luz del gran número de estos indicadores y consideraciones que se han acumulado durante más de veinte años, surge una pregunta preocupante: ¿cómo pudieron los líderes que aspiraban a desempeñar un papel clave, incluso dominante, en la región haber mostrado tal ceguera política, permitiéndose convencerse de que podían extender su alcance con impunidad, en todas partes, ignorando las realidades sociales, históricas, políticas, culturales y geopolíticas de la región del Levante? El huracán que actualmente azota la capital y numerosas ciudades iraníes es, en gran medida, una consecuencia de este deseo obstinado de forjar una estructura de poder desproporcionada, completamente desproporcionada con las capacidades reales del régimen y el extraordinario potencial del adversario al que los mulás presumieron enfrentarse.

Irán: aviso de tormenta entre los mulás
Por
Roger Barake
Publicado

No es la primera vez que los iraníes salen a las calles para protestar contra sus gobernantes. Pero este enésimo movimiento popular se distingue por la movilización de un nuevo actor: los comerciantes del Bazar, considerados uno de los pilares del régimen islámico. Todo comenzó el 28 de diciembre, cuando comerciantes de Teherán iniciaron una huelga para protestar contra la hiperinflación y el estancamiento económico. El movimiento se ha extendido desde entonces para incluir demandas políticas. Desde el comienzo de las protestas, el poder ha jugado tanto con la apaciguamiento, reconociendo "demandas legítimas" relacionadas con las dificultades económicas, como con la firmeza frente a cualquier intento de desestabilización. El Líder Supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei, en el poder desde 1989, estimó el sábado, en el séptimo día del levantamiento popular, que las demandas económicas de los manifestantes eran "justas" pero que los "alborotadores" debían ser "puestos en su sitio"…   Décadas de revuelta popular Los movimientos de protesta han marcado la vida de la República Islámica desde 1999. En julio de ese año estalló un movimiento de protesta estudiantil que buscaba defender al presidente reformista Mohammad Jatamí. La violenta intervención de los bassidj prácticamente puso fin a la protesta. En junio de 2009, la disputada reelección del presidente ultraconservador Mahmud Ahmadineyad, favorito de Jamenei, provocó un movimiento de protesta que denunciaba fraudes. El poder acabó aplastando la revuelta recurriendo a una represión severa que causó decenas de muertos y miles de arrestos, aniquilando de este modo los círculos políticos e intelectuales de la oposición bajo el peso de condenas a menudo muy severas. A finales de diciembre de 2017, cientos de personas se manifestaron en Mashhad, la segunda ciudad del país, y en otras ciudades contra el aumento de los precios, el desempleo y el gobierno. En noviembre de 2019, se organizaron manifestaciones poco después del anuncio de un fuerte aumento en el precio de la gasolina. También allí se lamentaron cientos de muertos y miles de detenciones. En julio de 2021, estallaron protestas contra la escasez de agua en la provincia de Juzestán, afectada por la sequía. Mientras que en Teherán, la gente se levantó contra los cortes de electricidad. Cada vez más iraníes se muestran con la cabeza descubierta en público en Teherán y en las grandes ciudades, desafiando la obligación de llevar velo vigente desde el advenimiento de la República Islámica en 1979. El último levantamiento, y probablemente el más sangriento, data de septiembre de 2022. La muerte, bajo custodia, de Mahsa Amini, una joven kurda iraní arrestada por presuntamente infringir el código de vestimenta vigente con un velo mal ajustado, desencadenó meses de manifestaciones en todo el país, bajo el grito de guerra "¡Mujer Vida Libertad!". Varios cientos de personas perdieron la vida, incluyendo decenas de miembros de las fuerzas de seguridad, y miles de manifestantes fueron arrestados. Una movilización inédita Volviendo a la revuelta actual, ha movilizado a grandes ciudades como Isfahán, Shiraz o incluso la ciudad santa de Qom, bastión del pensamiento jomeinista, donde un hombre fue asesinado por la explosión de una granada que pretendía utilizar. Algunos manifestantes no dudaron en corear «¡muerte al dictador!», el famoso eslogan lanzado contra el Sha durante la Revolución Islámica de 1979. Este eslogan es utilizado esta vez por el pueblo contra la tiranía de los mulás... Según el periodista libanés y especialista en Irán Ali al-Amine, hoy asistimos «por primera vez a un movimiento que ha surgido dentro del bazar iraní», lo cual, en su opinión, es «un indicador significativo que tendrá un impacto considerable». El Sr. Al-Amine recuerda que esto «nos remonta a la revolución iraní, a sus inicios en 1979: lo que cambió el curso de los acontecimientos en aquella época fue la huelga organizada por el bazar, que jugó un papel importante en la caída del régimen del Sha». ¿Por qué el bazar? «El régimen de los mulás se basa en tres pilares principales: los seminarios (las Hawza) y la autoridad religiosa, los Guardianes de la Revolución y el bazar, indica Ali al-Amine. Todos los movimientos anteriores se han desarrollado fuera de este trío». «Hoy, precisa, el bazar ha entrado en escena e incluso influye en la autoridad religiosa gracias al 'Khoms' (un quinto o 20%), un impuesto islámico que es una obligación para todos los chiítas. Este diezmo sirve para financiar de alguna manera al clero. Los seminarios se alimentan de los fondos del Khoms, etc. Este dinero siempre está en manos de las clases acomodadas, es decir, los comerciantes del bazar. Un mal, varios síntomas desencadenantes La calle iraní se mueve, porque la economía del país está debilitada por décadas de sanciones occidentales vinculadas a su programa nuclear. La depreciación crónica del rial iraní provoca una hiperinflación (52% en un año en diciembre) y una fuerte volatilidad de los precios. El malestar también es generado por las consecuencias de «la guerra de los 12 días» que enfrentó el pasado junio a Israel con Irán, cuyas instalaciones nucleares fueron atacadas por incursiones israelíes y estadounidenses. «Irán se encuentra hoy en un punto muerto, afirma Ali al-Amine. Incluso durante las manifestaciones pasadas, Irán siempre podía dirigirse a su población diciéndoles: «Estamos en las fronteras de Israel, estamos en las fronteras del Mediterráneo, controlamos Irak, controlamos Siria… Esto constituía una especie de garantía para la supervivencia del régimen a nivel interno». "¡Ni Gaza ni el Líbano, mi vida por Irán!" Las autoridades iraníes también se encuentran aisladas tras los golpes asestados a sus aliados regionales: Hamás en Gaza, Hezbolá en Líbano y la caída del régimen alauita de Bashar al-Ásad. Algunos iraníes albergan un resentimiento de larga data contra el apoyo financiero y militar de Teherán a estos aliados, mientras el país sufre económicamente. Iran International , un canal de televisión en lengua persa con sede en el extranjero y crítico con el poder, informó de un eslogan "¡Ni Gaza ni Líbano, mi vida por Irán!", coreado por algunos manifestantes. «Con su retirada de Siria y la revelación de sus actividades en otras regiones que no había atacado antes, Irán se enfrenta ahora a varios problemas: crecientes crisis internas, declive de su influencia regional e internacional, tensas relaciones exteriores y crecientes presiones estadounidenses e israelíes», continúa el Sr. al-Amine, antes de añadir: «Uno de los desarrollos más notables, según fuentes iraníes, es que las manifestaciones ahora involucran tanto a las clases medias como a las altas. Se observan manifestaciones en el corazón de Teherán, Isfahán y Shiraz, ciudades tradicionalmente marcadas por movimientos de las clases adineradas y medias, y esto es otro indicador importante. Estos movimientos se encuentran entre las opciones de las que dispone actualmente el régimen iraní, y su destino depende de la evolución de la situación». Ali al-Amine afirma que «la declaración de Trump, según la cual intervendrá para defender a los manifestantes, es un indicador significativo. ¡Refuerza la motivación del pueblo iraní y lo incita a movilizarse!». Como hecho destacable, el Mossad israelí invitó el pasado miércoles a los manifestantes iraníes a intensificar su movilización social: "Salid juntos a las calles. Ha llegado la hora. Estamos con vosotros", subrayaron los servicios secretos exteriores de Israel en su cuenta X, dirigiéndose en farsi a los manifestantes. ¿Quo vadis? Las opciones que se ofrecen a los iraníes, teniendo en cuenta este impasse interno y externo, también dependen de la evolución, la duración y la escalada de los acontecimientos. «Creo que Irán se enfrenta hoy a una elección: o bien concluir un acuerdo y aceptar importantes concesiones relativas a sus programas nuclear y balístico, o bien negociar simultáneamente un acuerdo definitivo con los estadounidenses, lo que equivaldría de hecho a una capitulación», afirma al-Amine. Según Ali al-Amine, «es un activo importante para el régimen, y también podríamos asistir a la implementación de un plan ya mencionado casi públicamente que tiene como objetivo reemplazar al Líder Supremo por un comité de tres miembros. Este comité incluiría al hijo de Jamenei, Mojtaba, un colaborador muy cercano de su padre y jefe de su gabinete, controlando de hecho las principales instituciones estatales y el proceso de toma de decisiones en Irán. Esto abriría el camino a las concesiones exigidas por los estadounidenses». Las instituciones estatales no se limitan al aparato religioso ni a los Pasdaran. Mojtaba Jamenei también supervisa una red de empresas que forman una especie de economía paralela equivalente al 60% del PIB iraní. El volumen de este imperio industrial, comercial y energético ha sido estimado en 95 mil millones de dólares por un estudio realizado por Reuters…

La intervención de EE. UU. en Venezuela: un impacto geopolítico multifacético

Como en una obra de teatro. Último acto en Venezuela… El deus ex machina de Estados Unidos, tan anunciado, finalmente ha intervenido. La administración de Donald Trump concretó sus amenazas de una intervención directa en suelo venezolano contra el gobierno de Nicolás Maduro, el sábado 3 de enero de 2026 por la mañana. Cabe mencionar que el 3 de enero de 2020, Qassem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds (parte del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica), fue asesinado en Bagdad por orden del presidente Donald Trump. También el 3 de enero, el presidente de Panamá, Manuel Noriega, se rindió a los estadounidenses tras la intervención estadounidense en Panamá. Volviendo a la operación del 3 de enero de 2026, paralelamente a los ataques aéreos lanzados cerca de posiciones militares en la capital Caracas y otras regiones de la república bolivariana, Maduro fue capturado con su esposa por una unidad de las fuerzas especiales estadounidenses y evacuado a Estados Unidos, donde enfrenta cargos penales por narcotráfico. Esta operación militar estadounidense, evidentemente, altera el panorama geopolítico en América Latina y en todo el continente americano, pero su impacto también trasciende esta parte del mundo. De manera más específica, para las poblaciones de los países del Levante, Medio Oriente y el Golfo en general, surge una pregunta fundamental a la luz de estos acontecimientos: ¿la caída de Maduro tendrá como consecuencia debilitar aún más, por repercusión, el régimen de los mulás iraníes, ya acorralado, especialmente en los últimos días? La administración estadounidense afirma de hecho que existen lazos más estrechos que nunca entre Caracas y Teherán. La República Islámica se vería privada, por consiguiente, de un valioso aliado en un momento en que se enfrenta a un levantamiento popular, una crisis socioeconómica sin precedentes y una creciente presión estadounidense. Una segunda interrogante se plantea en este contexto con agudeza para los países del Levante, y más particularmente para Líbano: ¿contribuirán realmente los cambios en Venezuela a secar aún más las fuentes de financiación de Hezbolá, acusado por la Administración Trump de explotar la situación del régimen de Maduro para dedicarse al narcotráfico a gran escala y a operaciones de blanqueo de dinero? A la espera de respuestas creíbles a estas interrogantes y también de elementos más precisos sobre los acontecimientos de las últimas horas y sus repercusiones a corto plazo en Venezuela, surgen otras tres preguntas, igualmente fundamentales, sobre las circunstancias y el impacto a corto plazo de la intervención estadounidense. Primera pregunta, de gran calado: ¿la “salida” de Maduro fue el resultado de una negociación? A pesar del estado de emergencia y las declaraciones de funcionarios venezolanos, que afirmaban el sábado por la mañana no saber dónde se encontraba el líder bolivariano, la opción de una salida negociada había sido mencionada por los medios y las cancillerías occidentales desde hacía varios meses. Si bien el intervencionismo estadounidense en el mar Caribe se justificó desde mediados de agosto por la lucha contra el narcotráfico, el cerco se estrechó desde el principio en torno a Nicolás Maduro, acusado desde hace varios años por Washington de estar al frente del supuesto Cartel de Los Soles, además de ser calificado de presidente ilegítimo. Nicolás Maduro había pedido en varias ocasiones una discusión directa con Trump, y visitas recientes de funcionarios estadounidenses a Bielorrusia habían dejado entrever una posibilidad de huida hacia Minsk. ¿El equivalente de un Bashar en Moscú... Confesión de debilidad? Lo cierto es que una operación de este tipo, como la ocurrida este 3 de enero, toma la forma inédita de una extradición forzada; una situación que no se ha presentado en América Latina desde la captura de Noriega en Panamá en 1990. No obstante, la idea de una salida negociada no es nueva, sabiendo que el resultado de tal negociación solo podía ser desfavorable para Maduro. Pero las negociaciones permitían, de alguna manera, salvar la cara... Una prueba, sin duda, de que Maduro habría tomado conciencia de su falta de legitimidad frente a las crisis a las que se enfrentaba su país desde la gran ola de represión de 2017. ¿Qué hay del futuro a corto plazo? Segunda incógnita, por ahora: ¿hay que esperar un vacío de poder en Venezuela? Cabe señalar al respecto que la oposición está fragmentada frente al chavismo. En 2017, Juan Guaidó era el delfín del presidente Trump a raíz de las manifestaciones sin precedentes que habían sacudido el país, provocando uno de los éxodos más importantes del mundo: según la ONU, más de 8 millones de venezolanos han abandonado el país desde entonces. Sin embargo, Guaidó fue relegado a un segundo plano en su retiro dorado de Florida. Tras las controvertidas elecciones de 2024, Edmundo González Urrutia había sido declarado vencedor, pero se vio obligado al exilio. A pesar de las promesas de regreso, fue finalmente María Corina Machado, recientemente galardonada con el Premio Nobel de la Paz, quien fue apoyada abiertamente por Washington. Este cambio de figura interna revela una dificultad para mantener una oposición unida y coherente, sobre todo porque las directrices de voto de Machado no fueron seguidas por la base de la oposición. Esto sin contar una parte de la sociedad venezolana afín a los ideales del chavismo y opuesta al embargo estadounidense. Este público, más allá de su apreciación o no de Maduro, mantiene un apoyo ideológico —más que concreto— al régimen actual. En este contexto, conviene destacar la actitud del presidente Trump hacia Irán, el gran aliado de Venezuela. La contundente intervención del sábado permitirá, evidentemente, facilitar el acceso a los recursos mineros, petroleros y gasísticos de Venezuela, pero también, y sobre todo, busca cortar el camino a Rusia, a China y al eje iraní. Queda por ver si las disensiones internas en Venezuela provocarán o no un caos que habría sido subestimado por Estados Unidos. La lucha contra el narcotráfico Última incógnita que se plantea, en conclusión: ¿qué impacto cabría esperar a nivel regional? El despliegue sin precedentes de fuerzas estadounidenses, sobre todo desde el 13 de noviembre, fecha del lanzamiento oficial de la «Operación Lanza del Sur», tiene como razón de ser proclamada la lucha contra el narcotráfico. Sin embargo, Venezuela está lejos de ser, según los expertos de la ONU, el principal país productor y el principal país de tránsito de la cocaína. El primer lugar en este aspecto corresponde a su vecino colombiano. Colombia, dirigida desde 2023 por el presidente de izquierda Gustavo Petro, experimenta, cabe señalar, las peores relaciones bilaterales de su historia con Estados Unidos desde el regreso del presidente Trump a la Casa Blanca. Desde el dossier migratorio hasta la guerra de Gaza, pasando por la lucha contra el narcotráfico, casi todo opone al dirigente sudamericano con Donald Trump. Aranceles aduaneros, restricciones de visado, amenaza de poner fin a la financiación del ejército colombiano, nada parece funcionar... El presidente colombiano incluso fue incluido en la famosa lista Clinton de la OFAC, lo que lo colocó a él y a varios de sus allegados bajo el yugo de las sanciones del Tesoro estadounidense. La pregunta es saber, a la sombra de la situación actual, si la escalada actual le concierne también, a cinco meses de las elecciones presidenciales de Colombia que tendrán lugar en un contexto sin precedentes de giro a la derecha, desde 2022, de los gobiernos elegidos en los países de esta parte del mundo.

¡El entrismo y la infiltración nos tienen contra la pared!

¿Quién dijo que Hezbolá solo prosperaba en escaramuzas y conflictos armados? Desde la década de 1990, el grupo ha ido “libanizándose” de manera constante, puliendo sus asperezas y adoptando el lenguaje del compromiso. O, al menos, fingiendo hacerlo para enturbiar las aguas. Al inicio, en el momento de su creación, Hezbolá no hizo ningún esfuerzo por ocultar sus intenciones. Proclamó abiertamente su ambición de instaurar un régimen calcado palabra por palabra del modelo de Jomeini. En aquel entonces, se mantuvo completamente al margen de la vida política libanesa, a la que despreciaba como un terreno indigno, reservado a los infieles. Pero luego, al replantear su estrategia, emprendió de manera astuta y deliberada un proyecto de largo aliento para infiltrarse en el aparato del Estado libanés. Tanto así que, en 2005, logró obtener una fatua del jeque Afif al Nabulsi que legitimó su participación en el gobierno. De ese modo, tras una larga y silenciosa marcha, alcanzó una fachada de legalidad. Los satisfechos y los ingenuos cayeron por completo en la trampa. A su juicio, la “alquimia” política libanesa por fin había logrado domesticar al partido de la Revolución Islámica. Hezbolá, aseguraban, se volvería libanés de corazón y adoptaría nuestra mentalidad comercial y pragmática, la misma que arrastramos desde tiempos fenicios. Tal vez, decían, el partido iraní había rebajado un poco su vino. Pero esos optimistas cantaron victoria demasiado pronto. La realidad no tardaría en desmentirlos. En este juego, la democracia no sería la ganadora. Ya no conforme con mantenerse al margen, Hezbolá se infiltró en la administración pública para impulsar mejor su agenda, tanto a corto como a largo plazo. Inoculó en el sistema su propia lógica subversiva. Y como el Estado estaba maduro para ser capturado, el dúo chiita lo fue domesticando desde dentro. Infiltración y penetración Esta estrategia de entrismo, una táctica clásica del marxismo-leninismo, consistía en insertar deliberadamente a miembros de una organización militante dentro de estructuras rivales o incluso en el propio Estado burgués. ¿Qué podía ser más eficaz que tomar el poder desde adentro y no soltarlo jamás? Tanto el contexto regional como el interno se prestaban perfectamente para ese engaño. Y si Hezbolá guarda una profunda gratitud hacia el presidente Émile Lahoud, es precisamente porque bajo su mandato logró tejer su red en todos los niveles del poder y de la administración. Amparados por la impunidad y protegidos por sus padrinos, estos peones infiltrados, estos “agentes durmientes”, echaron raíces en las instituciones públicas y escalaron progresivamente en la jerarquía. En la gestión cotidiana, su lealtad nunca estuvo en duda: obedecían las órdenes de sus superiores y se convertían, sin reparos, en cómplices de toda clase de transgresiones. Las fechorías de la conspiración La catastrófica doble explosión en el puerto, aquel fatídico 4 de agosto, constituye la prueba definitiva de una conspiración a escala nacional. ¿No seguimos haciéndonos las mismas preguntas hoy? ¿Cómo fue posible que toneladas de material explosivo permanecieran en el corazón de la ciudad sin la complicidad de todos los niveles del Estado? ¿Por qué se ignoraron tantas alertas evidentes? ¿Cuántos actos de cobardía y cuántos asesinatos sin resolver más habrá que sumar? Vaya modelo de administración pública. Tantas instituciones mirando hacia otro lado: el Poder Judicial, las aduanas, los servicios de seguridad. Y para rematar, una gran conspiración de silencio. Bien hecho, señores de Hezbolá: su proyecto de entrismo ha dado frutos. Nunca la infiltración había revelado con tanta claridad tantos vicios y tantas maniobras ocultas.