

Cuando se profundiza en la evolución de la situación iraquí desde la primavera de 2003, fecha de la caída del régimen baazista y familiar de Saddam Hussein como consecuencia de una guerra estadounidense librada por Estados Unidos, es posible comprender la postura específica adoptada por el presidente Donald Trump. Se trata de una postura negativa respecto al regreso de Nuri Maliki al cargo de primer ministro, puesto que se vio obligado a abandonar en 2014. El asunto no se refiere tanto a un político iraquí en sí mismo como, por un lado, al simbolismo que encarna Nuri Maliki y, por otro, a una decisión estadounidense de recuperar Irak de Irán.
La postura estadounidense debe entenderse a la luz del retroceso iraní en la región. Existe una realidad innegable: la “República Islámica” ha perdido todas las guerras que ha librado al margen de la guerra de Gaza, incluida la del sur del Líbano y la destinada a preservar el régimen alauí en Siria. Si se deja de lado a los hutíes en Yemen y su control sobre la mayor parte del norte del país, incluida Saná y el puerto de Hodeida, a Irán no le queda ninguna verdadera carta de presión salvo Irak. ¿Qué impide entonces que Estados Unidos recupere Irak de Irán, después de haberlo entregado en bandeja de plata hace veintitrés años?
Parece que Trump busca vengarse del fracaso estadounidense del que fue responsable la administración de George W. Bush. Un fracaso estrepitoso, fruto de una administración que decidió invadir Irak sin planificar la etapa posterior a la caída de Saddam Hussein y las consecuencias que ello implicaría. La administración Bush no comprendió que los partidos y milicias confesionales leales a Irán no podían construir sistemas democráticos que sirvieran de ejemplo a los países de la región. En última instancia, el sistema iraquí instaurado después de 2003 no ha hecho sino empujar a una parte considerable de los iraquíes a añorar el régimen sangriento y atrasado de Saddam Hussein. Desde que acaparó el poder en el verano de 1979, Saddam no dejó error sin cometer, cuando eliminó a su predecesor Ahmad Hasan Bakr y a todos aquellos cuya lealtad personal ponía mínimamente en duda.
A pesar de ello, hoy hay quienes lamentan a Saddam Hussein, que no se limitó a librar la guerra de ocho años contra Irán, el cual pensaba que sería una presa fácil. En realidad, al declarar la guerra a la “República Islámica”, Saddam cayó en una trampa iraní, dado que el ayatolá Jomeini buscaba en 1980 un enemigo externo con el que movilizar a los iraníes en torno a una solidaridad nacional. Pasaron los años y Saddam cometió otro error mortal al invadir Kuwait en el verano de 1990. Sin embargo, ello no bastaba para que George W. Bush decidiera entregar Irak a Irán, amparándose en los atentados del 11 de septiembre de 2001 perpetrados por Al Qaeda, dirigida por Osama bin Laden. Pero la lógica de lo ilógico adoptada por la administración Bush la condujo a Irak, pese a la inexistencia de vínculo alguno entre Saddam Hussein y Osama bin Laden.
Era lógico que Estados Unidos persiguiera a Al Qaeda en Afganistán, donde se encontraba bin Laden. En cambio, fue ilógico dirigirse a Irak, en una apuesta que costó muy caro a Estados Unidos. ¿Busca Trump en 2026 corregir el rumbo equivocado seguido tras los atentados del 11 de septiembre de 2001?
Desde esta perspectiva, la de la invasión de Irak en una guerra cuyo único vencedor fue Irán, Donald Trump decide poner fin al proyecto expansionista iraní. La invasión estadounidense de Irak fue el nuevo punto de partida de dicho proyecto. Por ello, Trump no tiene otra opción que recuperar Irak de Irán si quiere alcanzar su objetivo. Ese es el sentido de su oposición a que Nuri Maliki vuelva a ocupar el cargo de primer ministro, el hombre más poderoso de Irak a la luz del sistema que gobierna el país desde el terremoto de 2003 y de la Constitución que este produjo. Con Donald Trump no hay lugar para las bromas desde que rompió el acuerdo sobre el programa nuclear iraní durante su primer mandato presidencial en 2018, seguido del asesinato de Qasem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds de los Guardianes de la Revolución iraní, en Bagdad a comienzos de 2020. Soleimani no era una figura marginal, sino el verdadero gobernante de Irak, cuyas órdenes no admitían discusión.
Cada día resulta más evidente que Donald Trump no es Barack Obama, quien en 2010 alcanzó un acuerdo con Irán que mantuvo a Nuri Maliki en el cargo de primer ministro, pese a que el mayor bloque parlamentario surgido de las elecciones de ese año era el de Iyad Allawi, generalmente aceptado en el mundo árabe. Irán marginó a Iyad Allawi, a pesar de que tenía el derecho constitucional de convertirse entonces en primer ministro.
En 2026 es natural que Irak busque un nuevo primer ministro que refleje la nueva realidad regional. Es aún más natural que ese primer ministro sea de un perfil completamente distinto, alejado de Nuri al-Maliki y de su sectarismo confesional, o de Mohammed Shia Sudani. Sudani nunca ha logrado ser un primer ministro equidistante de todos los iraquíes, independientemente de su confesión, comunidad o etnia. En otras palabras, las transformaciones regionales imponen la salida de Irak de la hegemonía iraní, tal como Siria salió de ella a finales de 2024.
¿Es demasiado pedir que Irak tenga un primer ministro para todos los iraquíes, árabes, kurdos, turcomanos, chiíes, suníes y lo que queda de cristianos y yazidíes? ¿Se ha convertido la existencia de un primer ministro de este nivel en un sueño iraquí?
Tal vez ese sueño no esté tan lejos, sobre todo si Donald Trump completa la tarea de poner fin al control iraní sobre Irak y recuerda que quienes hoy gobiernan el país no habrían llegado a donde están de no haber sido por el tanque estadounidense.