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Homenaje
Portrait de l'auteur
Par Michel Hajji Georgiou
Publié sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
Portrait de l'auteur
Par Mona Fayad - Publié sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
Portrait de l'auteur
Par Youssef Mouawad - Publié sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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El ejército israelí ocupa nuevas posiciones en el sur del Líbano

¿Conducirá la iniciativa tomada por Hezbolá en la noche del 1 º al 2 de marzo para reactivar el frente del sur del Líbano, probablemente a petición de la Guardia Revolucionaria iraní, a un retorno de la ocupación israelí en una parte de la región meridional del país? Esta pregunta surgió con fuerza este martes 3 de marzo de 2026 a la luz del anuncio del ministro de Defensa israelí, Israel Katz, sobre la decisión del Estado hebreo de «tomar el control de zonas adicionales» en el sur del Líbano «para proteger a las comunidades fronterizas». Claramente, el ejército israelí avanzará en territorio libanés y ocupará nuevos sectores que se sumarán a las cinco posiciones estratégicas de las que las FDI no se habían retirado después de la aplicación del alto el fuego acordado en noviembre de 2024. Esta nueva ocupación parcial de nuevos territorios cerca de la frontera entre los dos países podría tener dos explicaciones. Podría ser el preludio del establecimiento de una zona de amortiguamiento entre Líbano e Israel para asegurar aún más la frontera y el norte de Israel. La pregunta sería entonces cuál podría ser la extensión y profundidad de esta «zona de seguridad», y qué consecuencia política podría tener esta ocupación en el ámbito de las negociaciones bilaterales. ¿Aprovecharía el Estado hebreo este avance en territorio libanés para imponer un acuerdo de paz o, al menos, un entendimiento de seguridad vinculante? Algunos observadores, en este contexto, incluso llegan a considerar la ocupación de porciones de territorio mucho más amplias que una zona de amortiguamiento, aludiendo en este sentido a un posible escenario similar al de 1982. Los defensores de esta tesis se basan en los repetidos llamamientos del ejército israelí a los habitantes del sur para que evacúen sus aldeas lo antes posible. Pero una hipótesis mucho menos ambiciosa, políticamente, se avanza a la luz del contexto actual. Las nuevas posiciones ocupadas por Israel podrían tener la función de facilitar operaciones puntuales y meticulosamente dirigidas que realizarían unidades de comandos más adentradas en territorio libanés. Por lo tanto, habrá que esperar unos días para saber más sobre las verdaderas intenciones del gabinete Netanyahu. De inmediato, el ejército libanés ha realizado un repliegue táctico de una veintena de posiciones no lejos de la frontera con Israel. En cualquier caso, a la espera de que se decanten las verdaderas intenciones de Tel Aviv, los habitantes del sur del Líbano sufren una vez más los horrores del éxodo forzado, mientras la aviación israelí continuaba el martes, por cuarto día consecutivo, bombardeando intermitentemente los suburbios del sur de Beirut y numerosos pueblos de las regiones meridionales. Por la tarde, un ataque aéreo tuvo como objetivo un cuartel general de la «Yihad Islámica» en Sidón. Intensos ataques contra Teherán En Irán, la aviación israelí anunció haber llevado a cabo el martes la novena oleada de ataques aéreos contra los centros e infraestructuras del régimen de los mulás en Teherán. Se llevaron a cabo intensos ataques contra varios sectores de la capital, que al final de la tarde estaba cubierta por una densa nube de humo negro. Uno de estos ataques tuvo como objetivo, en particular, el edificio donde debían reunirse los 88 expertos llamados a elegir al nuevo Líder Supremo de la República Islámica. El edificio fue totalmente destruido. Además, un ataque aéreo mató al nuevo ministro de Defensa iraní, quien había sucedido hace dos días al anterior ministro de Defensa que había sido asesinado el 28 de febrero durante la primera oleada de ataques contra la capital. Esta primera oleada había permitido a la aviación del Estado hebreo neutralizar las defensas aéreas iraníes y, por lo tanto, asegurar el control total del espacio aéreo de la región de Teherán. Además, cabe destacar que los disparos de misiles continuaron el martes contra varios países del Golfo. La sede de la embajada de EE. UU. en Riad fue alcanzada por dos misiles que solo causaron ligeros daños materiales. Al anochecer, se escuchó una fuerte explosión en Dubái. Este bombardeo iraní no ha perdonado a ningún país del Golfo e incluso ha englobado al sultanato de Omán, que sin embargo había redoblado sus esfuerzos en los últimos años para servir de mediador entre la República Islámica y Occidente. La intensificación de los disparos de misiles hacia el Golfo ha deteriorado sensiblemente las relaciones entre las monarquías y la República Islámica. En las últimas cuarenta y ocho horas, varios países del Golfo, más particularmente Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar y Omán, han adoptado un discurso abiertamente hostil, agresivo y firme hacia Teherán, lo que manifiestamente no dejará de tener un impacto serio en la próxima fisionomía de Oriente Medio.

El Líbano ante el reto de romper con la mentalidad suicida

Lo mínimo que puede decirse sobre el arrastre del Líbano hacia la guerra que apunta a la «República Islámica» de Irán es que constituye un crimen contra el país y contra los habitantes del Sur en particular. Todo indica que se busca liquidar al Líbano en el preciso momento en que Estados Unidos ha decidido, en coordinación con Israel, deshacerse del régimen iraní. ¿De qué sirve atar el destino del Líbano al de un régimen en Irán que quiere suicidarse? ¿Qué hacer cuando la ocupación israelí continúa expandiéndose en el Sur, el número de desplazados no deja de aumentar e incluso algunas regiones del Valle de la Bekaa se ven afectadas? ¿Acaso la exigencia iraniana de fondo es hundir al Líbano en una crisis interior de la que jamás pueda salir, convirtiendo el Sur del país en otra Gaza? Más importante que todo eso: ¿puede el Líbano evitar la catástrofe a la que Hezbolá lo ha arrastrado, o salir de ella? Hay actualmente unos 110.000 desplazados entre los habitantes del Sur, mientras que alrededor de 30 aldeas han sido destruidas. Hezbolá parece haber decidido elevar esa cifra a unos 350.000, por razones fútiles que no tienen ninguna relación, cercana ni lejana, con el Líbano. Al final, ¿qué quiere la «República Islámica» sino arrastrar al Líbano consigo en su hundimiento, ahora que ha quedado claro que el régimen que la gobierna ya no es viable? La decisión de Hezbolá —pues se trata de una orden emanada de Teherán— llega en el contexto del mayor vuelco que ha vivido toda la región desde 1979, año en que la naturaleza de Irán se transformó con su conversión en «República Islámica» y con la redefinición de su papel regional. Esta decisión, de carácter suicida, llega también cuando comienzan a perfilarse los contornos de un nuevo equilibrio regional, nacido de las entrañas de la guerra de Gaza iniciada el 7 de octubre de 2023 — una guerra que la «República Islámica» intentó explotar, sin lograrlo, a través de sus brazos armados en Irak, Siria, Líbano y Yemen. El problema al que se enfrenta Hezbolá en la actualidad es su negativa a aprender de la experiencia de la «guerra de apoyo a Gaza», que terminó como terminó. Libró esa guerra y sufrió enormes pérdidas, incluida la eliminación de su cúpula dirigente y la oportunidad brindada a Israel de regresar a la ocupación de territorio libanés. El Partido se niega a extraer lecciones de esa guerra y del asesinato de Hasán Nasralá, ejecutado de la manera en que fue ejecutado. Sigue sin comprenderse cómo un partido —que no es más que una milicia confesional subordinada a una potencia extranjera— puede embarcarse en una nueva guerra sin tener en cuenta que sus resultados son conocidos de antemano. Es un enigma sin más explicación que esta: la Guardia Revolucionaria está empujando a Hezbolá a suicidarse con ella. Resulta evidente que el Partido se encuentra ahora bajo el control total de Irán y que, de hecho, no es más que una brigada de la Guardia Revolucionaria — nada más. Antes de que Hezbolá disparara sus cohetes desde el sur del Líbano, el Estado libanés recibió claras advertencias de Israel. El contenido de esas advertencias era que la entrada del Líbano en la guerra que libra Irán tendría consecuencias catastróficas para el país. A pesar de esta advertencia, transmitida al Partido, Hezbolá sorprendió a los libaneses disparando cohetes desde el sur del Líbano… Nada explica lo ocurrido salvo la incapacidad del Estado libanés de ejercer su autoridad sobre Hezbolá. El Estado sigue temiendo al Partido. ¿Supondrá la decisión del Consejo de Ministros —que califica la actividad de seguridad y militar del Partido como «transgresión de la ley»— un gran giro en la escena libanesa y una ruptura con la lógica que impuso el funesto Acuerdo de El Cairo de 1969? ¿Logrará, en la práctica, romper el muro del miedo ante un Partido que desde su fundación no ha hecho sino destruir de manera sistemática el Líbano y las instituciones del Estado libanés, una tras otra? Se espera del Estado libanés que demuestre que puede ejecutar la decisión del Consejo de Ministros, a fin de poder dedicarse a gestionar las consecuencias de la catástrofe que se ha abatido sobre el país. En realidad, el Estado libanés, que se enfrenta a una nueva y genuina prueba, tiene que lidiar con un partido que ha hecho de la servidumbre a Irán su vocación y que ha antepuesto los intereses de la «República Islámica» a los del Líbano — e incluso a los de la propia comunidad chií. Es un partido que ve en la muerte del «Guía Supremo» Alí Jamenéi la muerte de su propio líder. Sencillamente, resulta difícil tratar con un partido que ve en el suicidio un fin en sí mismo y que considera al Líbano como parte integrante de la «República Islámica» gobernada por el vali-ye faqih . Bien. Hezbolá quiere suicidarse. Quiere que el Líbano se suicide con él y que su destino sea el destino de la «República Islámica». No hay lugar para el lenguaje de la razón con quien quiere suicidarse. Es útil, para el Líbano, definir qué es lo que realmente quiere. Es útil desengancharse de la lógica del suicidio — nada más… ¡y ha llegado el momento de hacerlo!

Pasajera en la Plaza
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Zeina Ziadeh
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Pisé la plaza de la Estrella como una hija que regresa a reconocer los rasgos de un rostro largamente oculto tras candados oxidados, alambres de espino y decisiones que pesaban sobre el corazón de la gente. La visito por segunda vez, desde que me fue cerrada en la cara —desde que nos fue cerrada, durante años, a quienes una vez creímos que las plazas habían sido creadas para pertenecernos, y que las ciudades sólo se cierran en los libros antiguos cuando los historiadores escriben sobre sitios o guerras. Durante largos años, la plaza de la Estrella fue un nombre que pronunciábamos con cautela, que señalábamos como quien señala una herida que no ha cicatrizado. Fue cerrada por quienes creyeron poseer sus llaves y las llaves de quienes la habitaban; nuestros pasos fueron confiscados, y se aplazó indefinidamente nuestro reencuentro con sus rincones, que conocen el eco de nuestras pisadas mejor que los «guardianes». La visito como turista —yo, hija de esta tierra que eligió quedarse cuando marcharse era más fácil que explicar por qué uno se queda. Elegí permanecer, no por heroísmo ni por desafío, sino porque mis raíces eran demasiado profundas para ser arrancadas por una noticia de última hora o por un largo apagón. Camino hoy entre sus edificios elegantes junto a parientes a cuyo padre el exilio llevó a los brazos de «la madre bondadosa», donde ellos nacieron. La letra ghain domina su acento. Nunca pronunciaron la lengua del dâd como nosotros la pronunciamos, y su memoria no se formó al ritmo de los generadores ni de los pregones de los vendedores ambulantes. Miraban a su alrededor con el asombro del turista, mientras yo miraba con el asombro de quien ve su propia ciudad desde fuera. Vagamos juntos, paso a paso, y un monumento, algunas piedras que permanecen testigos de edades y civilizaciones que pasaron por esta tierra, nos detienen a veces. Les explico cómo los nombres se sucedieron sobre la ciudad como se suceden las estaciones, cómo Beirut fue una vez un puerto de libros, otra una arena de cañones, y otra aún un escenario para sueños más grandes que su pequeña extensión. En mi francés salpicado de algunas palabras de inglés, intento encontrar las palabras que resumirían una historia que no se resume. Busco en mi memoria frases neutras, un relato que no hiera a nadie y no traicione a nadie, y me encuentro tropezando entre la nostalgia y la rabia. Beirut estaba vacía de un modo que inquieta el corazón. No vacía de gente, sino vacía del ruido que antes la colmaba de sentido. Sus callejuelas, que antes bullían de voces, parecían contener el aliento, y las fachadas relucientes reflejaban un cielo gris sin fondo. Está vacía, salvo de lo que permanece en mi memoria: de nuestras reiteradas revueltas con las que llenábamos las calles de clamor y esperanza, hasta la explosión del 4 de agosto cuyo estruendo sigue presente en los edificios, en las vidrieras de las iglesias y en los comercios ceñidos por puertas de hierro a medio cerrar. Cada rincón lleva aquí una huella invisible: una pequeña grieta en una pared, o la sombra de una ventana cuyo cristal ya no es lo que era. Caminaba y veía al mismo tiempo dos imágenes superpuestas: la imagen de la ciudad tal como está ante mí, y su imagen tal como vivía dentro de mí. En mi memoria, estaba coronada de risas que desafiaban el cansancio de los días. La voz de la música se colaba por balcones estrechos, mezclándose a veces con el sonido de disparos reales, y no sabíamos si era celebración o advertencia. El gas lacrimógeno era parte de nuestro vocabulario, así como el amor era parte de nuestra pequeña valentía. Fui testigo en sus escalinatas de encuentros fugaces, de confesiones susurradas y de despedidas hechas a toda prisa por miedo a una noticia de última hora. ¿Cómo describirles lo que Beirut significa para sus hijos? ¿Cómo explicar una dualidad evidente: un exilio pesado y una nostalgia que no se apacigua? Nosotros, que vivimos en ella y nos sentimos a veces extranjeros en ella, como si fuera una ciudad gobernada desde detrás de un cristal grueso que no alcanzamos. Y al mismo tiempo, no soportamos la idea de alejarnos de ella, porque nos habita como la sal del mar. Les digo que Beirut no son sólo edificios elegantes y una plaza empedrada, sino una memoria viva y una herida abierta. En aquellos momentos, sentí que era yo la verdadera turista. Descubría mi ciudad como si la conociera de nuevo. Cada rincón me empujaba a la pregunta: ¿es ésta la ciudad que conocí, o es una versión más silenciosa, menos bulliciosa, más cansada? Buscaba en los rostros una huella de lo que fue, un brillo semejante al brillo que había conocido cuando creíamos que el mañana era posible. Recordé un día lejano en que había creído que estábamos tan cerca como jamás lo estaríamos de poseer este lugar. Luego llegaron los años en que las puertas se cerraron y la plaza se convirtió en una imagen distante. Hoy, al atravesarla sin obstáculos, comprendí que el lugar no se posee, sino que se vive. Y que las ciudades no regresan tal como eran. Sentí que esta ciudad, a pesar de todo lo que había atravesado, no había perdido su capacidad de espera. No les expliqué todo esto. Me contenté con caminar con ellos como turista que ve una ciudad que no carece de belleza y que aguarda para revivir. Sonreía cuando tomaban fotografías, y señalaba los pequeños detalles que el transeúnte distraído no advierte. Y en mi interior, esperaba volver una tercera vez, no como turista, sino como una mujer reconciliada con su ciudad, por larga que sea la espera. Dejamos la plaza. Me volví hacia ella como quien se vuelve hacia una vieja casa en la que ha vivido mucho tiempo. No me despedí de ella, porque la despedida evoca el final —y comprendí que Beirut es un comienzo que se repite, que domina el arte de caer y de levantarse, y que deja a sus hijos la tarea de amarla o de abandonarla.

El Gobierno libanés declaró ilegales las acciones militares de Hezbolá

En el tercer día de la ofensiva estadounidense-israelí contra el régimen iraní, la operación conjunta “Rugido de los Leones”, los acontecimientos se aceleraron en el frente militar y se extendieron al Líbano. Durante la noche del domingo 1 al lunes 2 de marzo, y a lo largo del lunes, el frente libanés estalló en violencia tras ataques con misiles lanzados por Hezbolá contra el norte de Israel, en particular en la región de Haifa. Desafiando abiertamente la posición clara de casi todas las fuerzas políticas locales y, sobre todo, del gobierno central, que había advertido explícitamente al partido proiraní contra cualquier intento de implicarse en el conflicto con Irán, Hezbolá tomó, sin embargo, la decisión suicida de arrastrar al Líbano a esta guerra (otra guerra inútil más), para vengar la muerte del líder supremo de la República Islámica, Ali Jamenei, asesinado el sábado 28 de febrero durante el primer bombardeo israelí sobre Teherán. La reacción a esta reactivación del frente del sur del Líbano fue inmediata. Menos de una hora después de los ataques con misiles, Israel lanzó intensos bombardeos aéreos, además de un ataque naval, contra los suburbios del sur de Beirut y varias localidades del sur del país. Una de estas incursiones tuvo como objetivo al diputado Mohamed Raad, jefe del bloque parlamentario de Hezbolá y subsecretario general del partido. Este ataque dejó además cerca de treinta personas muertas. Al mismo tiempo, el ejército israelí publicó una lista de unas cincuenta aldeas del sur del Líbano y del valle de la Bekaa, instando a sus habitantes a evacuar estas zonas. Este llamado provocó enormes atascos de tráfico en los alrededores de los suburbios del sur de Beirut y en las carreteras del sur del país durante toda la noche del domingo y la mañana del lunes. Durante la mañana y la tarde del lunes, continuaron los bombardeos contra los suburbios y las localidades del sur del Líbano y del valle de la Bekaa. Israel anunció haber matado a dos altos responsables de Hezbolá, entre ellos el jefe de inteligencia del grupo. La decisión del partido chiita de implicarse en el conflicto iraní provocó una ola de indignación en los círculos políticos, especialmente dentro del gobierno. El presidente Joseph Aoun y el primer ministro Nawaf Salam condenaron explícitamente la conducta de Hezbolá, subrayando que era inaceptable que el Líbano fuera arrastrado a una guerra que no le concierne. La posición del Gobierno y de Berri El lunes por la mañana, el Consejo de Ministros celebró una reunión extraordinaria maratónica en el Palacio de Baabda, al término de la cual el primer ministro Salam leyó un comunicado oficial en el que se afirma que el gobierno considera a partir de ahora “ilegales” y “prohibidas” las acciones militares y de seguridad de Hezbolá. El texto precisa que el ejército libanés ha sido encargado de tomar todas las medidas necesarias para aplicar esta decisión, en particular en lo relativo a la entrega de las armas del grupo proiraní al Estado y la detención de los infractores. Al condenar cualquier lanzamiento de misiles o drones hacia Israel, el gobierno instó a Hezbolá a limitar en adelante su actuación al ámbito estrictamente político. Esta decisión del Consejo de Ministros constituye un giro fundamental, ya que reconoce formalmente la ilegalidad del aparato militar de Hezbolá y, en consecuencia, despoja oficialmente al partido chiita del estatus de “movimiento de resistencia” que ha reivindicado obstinadamente para sí y, sobre todo, que impuso durante décadas a las autoridades libanesas. En este contexto, cabe señalar que, según fuentes cercanas al presidente del Parlamento y líder del Movimiento Amal, Nabih Berri, este ha respaldado la posición del Estado sobre el carácter ahora ilegal de la milicia de Hezbolá. Las mismas fuentes afirman que, a la luz de los acontecimientos recientes, Berri decidió retirar el apoyo político que brindaba al grupo proiraní. De confirmarse esta información, implicaría una ruptura, o al menos un enfriamiento, entre Amal y Hezbolá. Conviene recordar que, en la década de 1980, una verdadera guerra, que se prolongó durante varios meses, enfrentó a ambas facciones chiitas. Esto terminó con la derrota del movimiento Amal, que desde entonces se alineó políticamente con el partido proiraní. Si se confirma que Berri respalda la decisión del Consejo de Ministros de declarar ilegales las acciones militares y de seguridad de Hezbolá, esto supondría un golpe severo a la alianza entre ambos grupos chiitas, una alianza que ha lastrado la vida política libanesa desde finales de los años ochenta. Este giro sería aún más significativo al producirse en el contexto del actual declive del “imperio” de los mulás iraníes, bajo los golpes de la ofensiva estadounidense-israelí, denominada “Rugido de los Leones”. Posiciones estadounidenses y británicas En cuanto al avance de la operación “Rugido de los Leones”, aviones estadounidenses e israelíes continuaron el lunes sus intensos bombardeos contra posiciones militares iraníes, incluidos sistemas de defensa aérea y depósitos y plataformas de lanzamiento de misiles. Tras asegurar y controlar completamente el espacio aéreo de Teherán, la fuerza aérea israelí tomó el control del oeste de Irán. Esta superioridad aérea permite a ambos aliados destruir de forma sistemática los arsenales de misiles iraníes. Al mismo tiempo, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica continuó con ataques intermitentes con misiles contra países del Golfo, llegando incluso a alcanzar la base británica en Chipre. En el plano político, el presidente Donald Trump indicó en una entrevista con un diario estadounidense que no descarta el envío de tropas terrestres “si fuera necesario”. El jefe de la Casa Blanca precisó además que la operación va adelantada respecto al calendario previsto, gracias a la eliminación de varios altos responsables iraníes en las primeras horas de la ofensiva. También señaló que “la operación principal aún no ha comenzado”. Por su parte, el secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, expuso los objetivos y el alcance de la ofensiva contra Irán durante una reunión con oficiales y soldados estadounidenses. Hegseth explicó que el arsenal de misiles balísticos de Irán y el programa nuclear del régimen representan un peligro real para Estados Unidos y sus aliados. El secretario subrayó la necesidad de derrocar al régimen de Teherán. El primer ministro británico, Keir Starmer, coincidió con esta postura y recalcó la necesidad de destruir los arsenales y plataformas de lanzamiento de misiles iraníes. En este contexto, indicó que su gobierno había respondido favorablemente a la solicitud estadounidense para utilizar bases británicas en ataques contra posiciones militares iraníes.

Buscamos hombres de Estado
Par
Khalil Helou
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Las dramáticas circunstancias que atraviesa el país requieren, sin lugar a dudas, la presencia de verdaderos hombres de Estado. El Líbano los ha tenido y hoy se les extraña, más aún porque su lista es reducida. Es cierto que un hombre de Estado debe estar en el poder para demostrar de qué está hecho y solo puede afirmarse plenamente en contextos de gran relevancia. Así, desde 1943, algunos presidentes de la República han estado a la altura de la función de jefe de Estado frente a los acontecimientos. Lo han hecho ya sea por su visión estratégica o por decisiones concretas que evitaron grandes catástrofes al país. También demostraron esa altura al mantenerse firmes en la defensa de la Constitución y de las leyes vigentes, mediante la fuerza, la diplomacia o una política prudente y decidida. Sobre todo, asumieron plenamente su responsabilidad en la defensa del Estado, como entidad soberana, independiente y legítima. Los acontecimientos actuales exigen que los hombres que hoy ocupan cargos de responsabilidad en el poder ejecutivo (en el ámbito legislativo, habría que remitirse al señor Nabih Berri) demuestren que son verdaderos hombres de Estado y no simples funcionarios o gestores administrativos. Hay hombres de Estado en el gobierno. Ha llegado el momento de que se afirmen como tales y eviten lo peor para el pueblo libanés.

Crónica de un suicidio anunciado
Par
Michel Hajji Georgiou
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¿Podía ser de otro modo? El Líbano, convertido desde 1973 en el único frente activo de todas las guerras regionales, ¿podía, esta vez, mantenerse al margen de un conflicto existencial para uno de sus componentes políticos, Hezbolá, cuando este forma parte integral de los Guardianes de la Revolución iraní, actualmente bajo fuego israelí-estadounidense en Irán? No. Hezbolá ignoró de forma ostensible las advertencias internacionales transmitidas en los últimos días por el Estado libanés, según las cuales su intervención en la guerra en curso entre Irán y el eje estadounidense-israelí provocaría su aniquilación y acarrearía un costo altísimo para el país. Como si buscara asestar un golpe simbólico al presidente de la República, Joseph Aoun, y al gabinete de Salam. En la noche del 1 al 2 de marzo, el partido proiraní disparó misiles y lanzó drones contra posiciones del ejército israelí en el norte de Israel, en particular en Haifa, antes de anunciar oficialmente que se trataba de una “respuesta legítima” al asesinato del wali el-faqih, Ali Khamenei, el 28 de febrero en Teherán. Con ello, Hezbolá volvió a abrir las puertas del infierno, actuando, como de costumbre, de manera unilateral en virtud de su lealtad directa a los Guardianes de la Revolución. Israel aprovechó de inmediato el pretexto que esperaba para lanzar una serie de bombardeos particularmente violentos sobre el sur del Líbano, así como sobre la periferia sur de Beirut: quince ataques en pocos minutos, con explosiones tan potentes como las que mataron a Hassan Nasrallah y luego a Hachem Safieddine a finales de septiembre de 2024, en represalia. Posteriormente, el ejército israelí anunció que había atacado “con precisión a un número de personalidades destacadas y dirigentes” del partido mediante esos bombardeos, sin dar más detalles. El presidente del Consejo, Nawaf Salam, difundió un comunicado en el que calificó de “irresponsables y sospechosos” los disparos de cohetes contra Israel y precisó que “el Estado libanés no permitirá que el Líbano sea arrastrado a nuevas aventuras y tomará las medidas necesarias para detener a los responsables de los disparos y proteger a los libaneses”. Por su parte, el ejército israelí agregó que su jefe de Estado Mayor había autorizado un ataque contra Hezbolá, acusando al partido proiraní de hundir al Líbano en la guerra y amenazando con hacer pagar un precio exorbitante a “todo enemigo que amenace nuestra seguridad”. Los medios oficiales israelíes también anunciaron que la operación contra Hezbolá “se prolongará durante varios días”, instando a los habitantes de 53 pueblos del sur del Líbano y del Valle de la Bekaa a evacuar en plena noche. Un colapso psíquico inevitable Aunque rompe 48 horas de calma libanesa, imprevista e inusual en este tipo de circunstancias, y cuando todo el Golfo, Irak e incluso Chipre ya están arrastrados a la espiral de la guerra contra Irán, el movimiento de Hezbolá no sorprende. Muchos apostaban por una mayor lucidez y pragmatismo del partido, sobre todo después de los letales bombardeos israelíes de 2024, en los que fue diezmada toda su dirección militar, incluidos su jefe Nasrallah y luego su sucesor, Safieddine. Pero eso es desconocer a Hezbolá en su estructura profunda. Desde el revés masivo de 2024, se han multiplicado las presiones estadounidenses sobre el Estado libanés para que el partido entregue sus armas y desmantele sus posiciones al sur del río Litani. Su organización paramilitar es blanco constante de asesinatos selectivos por parte del Estado hebreo; sus depósitos de armas y sus intentos de reconstruir su capacidad de ataque con la ayuda y bajo el control directo de los Pasdaran son monitoreados con precisión y destruidos sistemáticamente por la aviación israelí, en particular en Baalbek, al norte del Litani. Además, existe un consenso político casi unánime en la escena libanesa sobre la necesidad de restaurar el monopolio de la violencia legítima. Eso implica que Hezbolá deberá renunciar, tarde o temprano, a lo que ha sido su superpoder, si no a su hegemonía totalitaria de los últimos veinte años sobre todas las fuerzas políticas libanesas: su arsenal. Algo que se niega a hacer, desafiando abiertamente al poder ejecutivo y, más allá, al deseo de los libaneses de vivir por fin en una postura de neutralidad frente a los conflictos regionales. Más aún, con la desaparición de Khamenei y de toda la cúpula de los Pasdaran en las últimas 48 horas, Hezbolá perdió de golpe todos sus referentes existenciales. No solo en el plano político y militar. La propia doctrina del partido, desde su fundación a inicios de los años 80 como instrumento privilegiado de exportación de la revolución islámica al Líbano, fue golpeada en el corazón. Al matar a Khamenei, Estados Unidos e Israel eliminaron no solo la referencia política, militar y espiritual de Hezbolá y de sus seguidores, sino, a sus ojos, nada menos que al representante de Dios en la Tierra. En una lógica de secta milenarista como la del partido teocrático y martirófilo proiraní, eso solo puede provocar una descompensación total y una ruptura con la realidad. En otras palabras, con el asesinato del wali el-faqih, toda perspectiva de trascendencia quedó aniquilada en el Hezbolá. Es, en cierto modo, un choque negacionista capaz de provocar un colapso psíquico total. La única reacción posible a ese choque, para una milicia acorralada, fiel a su vocación, su misión, su doctrina y sus creencias, y enfrentada a la vez a la aniquilación de su poder militar y político y a la destrucción de su mito fundacional, no puede ser otra que un suicidio estratégico, al estilo de Masada. Incluso si eso significa la destrucción total del Líbano y de sus habitantes, empezando una vez más por el “hogar revolucionario” del partido: el sur del país, la Bekaa y la periferia sur. Y todo indica que Israel no se limitará a esas regiones, como en 2024, cuando también bombardeó también, el norte y Beirut. Hezbolá acaba de arrastrar al Líbano a una guerra por pura pulsión de autodestrucción, sin ningún beneficio viable posible, como un último gesto de bravata, un último acto desesperado, al servicio de una dirección iraní que ha demostrado durante dos décadas no tener consideración por las vidas árabes sacrificadas a sus cálculos geopolíticos y a sus intereses personales. Es otro nombre del absurdo, en la línea de Jim Jones y David Koresh. El Líbano no tiene por qué pagar el precio de un delirio mortífero de corte escatológico, de una pulsión de muerte nacida de una deriva psicopatológica de carácter gnóstico hacia la nada absoluta. Una cosa es segura: Israel solo esperaba, probablemente con pleno conocimiento del comportamiento del adversario, este gesto suicida para posicionarse como víctima y justificar una intervención militar premeditada y cuidadosamente preparada, e incluso, quién sabe, una posible invasión. Una vez más, como en 2024, al invocar el apoyo a Gaza, Hezbolá, para vengar a Khamenei y la destrucción en curso del imperio iraní, le dio a Israel el pretexto perfecto, en un gesto simbólico que recuerda a Zópiro, el notable persa que, según Heródoto, entregó insidiosamente “desde dentro” las llaves de Babilonia a Darío I.