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Homenaje
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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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Lo que hay que salvar
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Michel Hajji Georgiou
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En verdad, nada sabemos, pues la verdad yace en el fondo del abismo — Demócrito de Abdera Señores presidentes, Decir que Líbano se encuentra hoy ante una nueva y grave crisis existencial, resultado de un estreptococo malicioso llamado Hezbolá que no fue o no pudo ser tratado a tiempo, resulta casi una obviedad. Porque lo que está en juego hoy supera la mecánica habitual de las crisis libanesas. Ya no se trata de un enésimo reajuste de los equilibrios confesionales, ni siquiera de otro capítulo en la interminable guerra por delegación que otros han librado en nuestro territorio. Lo que hoy vacila, más que nunca, en medio del estruendo de la invasión israelí y del derrumbe del proyecto hegemónico iraní, es el propio sustrato del Gran Líbano: esa idea frágil, muchas veces traicionada, pero irremplazable, que permitió a comunidades antagonistas convivir, enfrentarse con violencia y, en ocasiones, reconocerse. En definitiva, lo que ocurre en toda pareja que aprende a vivir junta. En su deriva descontrolada, Hezbolá termina ahora de destruirse a sí mismo y, al hacerlo, termina también por destruir al Líbano. Su suicidio estratégico, gnóstico en su lógica de inmolación, imperial en sus ambiciones y sectario en su vértigo, revela menos una derrota militar que una fractura ontológica profunda. Durante mucho tiempo Hezbolá afirmó encarnar una resistencia y sus partidarios lo creyeron. Sin embargo, en última instancia, no encarnó más que una servidumbre: la subordinación a Irán, a sus sueños de supremacía regional y a su proyecto teocrático, exportado a las venas de un Líbano al que ha desangrado hasta el hueso. Ese supremacismo proiraní, cuya víctima final ha sido también el componente chiita del Líbano ha decidido consumirse a sí mismo y nadie puede hacer nada al respecto. Pero Hezbolá no hizo metástasis solo. Hay que decirlo sin rodeos: todo el cuerpo político, social y comunitario libanés lo acompañó en ese proceso, cada uno a su manera, especialmente durante los largos años del mandato de Michel Aoun, marcados por infinitas turbiedades y por un vasallaje asumido hacia Teherán y hacia la lógica de la alianza de las minorías. Señores, Miren el estado de las comunidades que, de hecho, representan dentro de las instituciones, en virtud de sus respectivas funciones. Los cristianos, incluso los más soberanistas, aquellos que durante décadas defendieron la idea de un Líbano pluralista e independiente en la línea del patriarca Nasrallah Sfeir, hoy se repliegan en un particularismo defensivo. La idea federalista, durante mucho tiempo marginal, gana terreno, como si al final de la desesperación la partición se convirtiera en la única posibilidad de supervivencia. Se trata de una regresión trágica por parte de quienes fueron los pioneros del Gran Líbano, los arquitectos de la idea misma de una vida común institucionalizada en un Estado compartido. Que ahora abandonen ese proyecto constituye una derrota tanto cultural como política. La comunidad chiita, por su parte, atraviesa una angustia de una profundidad que los discursos triunfalistas de otra época ya no logran ocultar. Haber creído en la resistencia y haberle entregado todo, hijos, pueblos enteros y décadas, para verla transformarse en una máquina de dominación regional al servicio de una potencia extranjera, es un duelo inmenso que pocos observadores externos miden con la empatía que merece. Los chiitas del Líbano merecen infinitamente más que lo que Hezbolá les ha ofrecido: una patología del martirio. Merecen sobrevivir a esta pesadilla que ya ha durado demasiado, sin sentirse aplastados. Los suníes, por su parte, navegan en un doloroso vacío político. No es que hayan renunciado al Líbano, ni mucho menos, pero en ausencia de figuras de referencia y de un proyecto aglutinador, algunos vuelven la mirada hacia la Siria de Ahmad al Chareh y, más allá, hacia la Turquía de Erdoğan. Esta tentación es comprensible en su origen, pero sería devastadora en sus efectos. Diluir nuevamente la soberanía libanesa en un espacio regional que no le corresponde, en nombre de una solidaridad civilizatoria mal definida, sería repetir el error árabe de 1958 con otras banderas, pero con la misma renuncia a sí mismo. La sangre de Hassan Khaled y Rafic Hariri no fue derramada en vano. En cuanto a los drusos, una comunidad visceralmente anclada en la idea del Gran Líbano y que ha pagado el precio de sangre con mayor constancia, hoy se encuentra frente a una rivalidad de liderazgo cuyas derivaciones, en el vecino Haurán, comienzan a mirar hacia alianzas que habrían sido simplemente inimaginables hace apenas diez años. No, el vértigo del vecindario sionista no es una abstracción. Señores, Este retrato no es el de un país que muere de golpe. Es el de un país que se desintegra lentamente, comunidad por comunidad, reflejo por reflejo y repliegue tras repliegue, sin que los mapas del Levante se redibujen geográficamente y sin siquiera estallar en un paroxismo visible. Basta con que el Líbano pierda su unidad nacional para que desaparezca por sí mismo, sin función propia, fagocitado por intereses que lo superan, Israel, Siria y Turquía, y que no tienen ninguna razón para preservarlo si ya no sabe defenderse mediante la coherencia de su propio proyecto. Casi siempre hemos contado con los demás para desentendernos de nuestras responsabilidades. Era más cómodo, más fácil. El resultado, calamitoso, es hoy visible a simple vista. Sin embargo, y esto es lo que queremos decirles aquí, contrario a las ideas preconcebidas que durante mucho tiempo han envenenado el debate público, el Gran Líbano no es una carga heredada del colonialismo francés ni un artificio dhimmi. Fue concebido por sus padres fundadores, de todas las confesiones, como un refugio, una garantía y un espacio de pluralismo en un Medio Oriente que ofrecía muy poco de eso. Para los cristianos, sí, pero también para los drusos, para los chiitas que la geografía y la historia habían marginado dentro del espacio otomano, y para los suníes que apostaron por la modernidad liberal frente a las tentaciones disolventes del panarabismo. El Gran Líbano fue, en su vocación original, una necesidad para todos. Errores de gestión, injusticias en la representación, ambiciones regionales incompatibles con su tamaño y naturaleza, ideologías delirantes importadas del exterior o fabricadas en su interior, así como fantasías personales grandilocuentes, han sacudido seriamente el edificio. Pero un edificio sacudido no es un edificio condenado, siempre que exista el valor de repararlo en lugar de disputarse sus escombros. La batalla que se libra hoy, frente a la arrogancia de un Hezbolá que se derrumba y al belicismo interminable del invasor israelí, supera la cuestión del monopolio de la violencia legítima o del fin de una ofensiva militar devastadora. Esos desafíos son reales y urgentes. Pero la pregunta fundamental es otra: ¿quiénes somos juntos? ¿Qué quiere seguir siendo el Líbano, para sí mismo y para sus hijos? Una vez más, Hezbolá termina de asesinar al Líbano al autodestruirse. Pero en general el Líbano y sus chiitas, en particular, merecen sobrevivir a esta pesadilla que ya ha durado demasiado. Ustedes son tres hombres a quienes la historia ha situado, en este momento preciso, al frente de tres instituciones para responder a esa pregunta. No para esquivarla ni para postergarla hasta después de la crisis, porque no habrá un después sin el trabajo que se haga ahora. Dicho esto, si bien esta responsabilidad es de todos sin excepción, porque el problema no es chiita en sentido estricto, y aunque el poder ejecutivo libanés ha pecado por falta de firmeza frente a Hezbolá desde el final de la catástrofe de 2024, su responsabilidad, señor Berry, sigue siendo la más importante. Usted siempre ha sido ambivalente, llevando al extremo el arte del funambulismo político para salir bien librado y satisfacer a todos, incluido usted mismo. Pero la astucia ya no tiene lugar. Desde hace tres décadas, el Líbano apuesta por una toma de posición histórica de su parte que marque sin ambigüedades un libanismo y un sentido del Estado frente a Hezbolá. Hasta ahora, esa apuesta ha resultado inútil. Termine su carrera política con dignidad. No traicionará a su comunidad. La salvará allí donde la secta escatológica la está desangrándola. Y con ella, al Líbano. Señores, Por supuesto, no les pedimos que estén de acuerdo en todo. La democracia libanesa, en su mejor versión, siempre se ha alimentado del desacuerdo vivo. Lo que les pedimos es que hablen con una sola voz en lo esencial: el Gran Líbano realmente vale la pena ser salvado. Y su supervivencia exige, de todos, una renuncia parcial a los cálculos particulares en favor de un proyecto común, el único que vale la pena, el único que perdura, el único que tiene sentido. Sean claros. Sean firmes. Sean responsables. Que el Estado ya no tenga miedo está muy bien. Pero no puede limitarse a distanciarse y demostrar que existe independientemente del paraestado. Debe actuar con firmeza, incluso recurriendo a la fuerza, para enterrar definitivamente los fantasmas de 1969 y evitar que la metástasis se transforme a su vez en conflictos generalizados entre regiones y barrios. Contrariamente a lo que parece, una explosión interna solo se evitará si el Estado comienza realmente a existir, sin aceptar por más tiempo el hecho consumado. No es la acción del Estado la que encendería la mecha, sino, por el contrario, su inacción. ¿El secretario general del partido los desafía abiertamente y los demoniza? Esta siniestra bufonada ya ha durado demasiado. Las armas lo han destruido todo. El Código Penal, y más allá de él, la Constitución, les otorgan el poder de actuar con decisión, sin vacilar, antes de que esta locura arrastre aun a más inocentes. De lo contrario, el precio de un inevitable acuerdo de paz será mucho más alto, si es que Israel acepta esta vez no anexar de facto una parte del territorio libanés. Evitemos entonces la rendición, la humillación y una nueva ocupación permanente hacia la que Hezbolá nos arrastra. La única vía de salvación es restaurar, de una vez por todas, la autoridad y el prestigio del Estado. Y esto se dice con un tono de mesura y moderación, incluso con una voz cansada, ciertamente no con fervor ni entusiasmo. Señores, La idea libanesa es hermosa. Quizás sea incluso la única idea verdaderamente original que este rincón del Levante ha ofrecido a la modernidad política: vivir juntos sin parecerse, reconocerse sin disolverse. No pasemos entonces otro medio siglo lamentando lo que no supimos preservar por nosotros mismos por no haber cumplido nuestras responsabilidades políticas. Reciban, señores presidentes, la expresión de mis sentimientos más respetuosos. Michel HAJJI GEORGIOU

Líbano: entre la inercia y la guerra impuesta, el Estado en el ojo de la tormenta de Hezbolá

El Líbano se encuentra hoy dividido por una profunda fractura vertical, especialmente desde que el Poder Ejecutivo decidió prohibir toda actividad militar de Hezbolá. Mientras tanto, la situación en el terreno sigue deteriorándose, a medida que el conflicto entre Israel y Hezbolá se amplía de forma sostenida. La apertura del frente sur, sumada a las respuestas políticas y mediáticas de Hezbolá, en las que critica al Consejo de Ministros y al Presidente de la República y arremete contra el Líbano en su conjunto, puede calificarse, en el mejor de los casos, como irresponsable, cuando no abiertamente desafiante. Los primeros en pagar el precio son los propios simpatizantes del grupo; después, el país entero. Los seguidores de Hezbolá y sus familias, que huyen de las amenazas y bombardeos israelíes, enfrentan su quinto desplazamiento desde 1992. Sin embargo, no hay garantía de que esta vez sea temporal, sobre todo si, como afirmó el ministro de Defensa de Israel, el país amplía su ocupación en el sur del Líbano para establecer una zona de amortiguamiento que se extienda hacia el norte. Desafiando toda lógica, muchos simpatizantes de Hezbolá aceptan esta situación. Expresan una confianza absoluta en su dirigencia, lealtad a la República Islámica de Irán y la certeza de una victoria sobre Israel, pase lo que pase. Están convencidos de que su destino es morir vengando la muerte de Jamenei. Esta lógica suicida resulta profundamente inquietante y la inacción del gobierno corre el riesgo de prolongar un statu quo que erosiona al Estado. Desde el alto el fuego de noviembre de 2024, Israel ha atacado de manera constante a la dirigencia y la infraestructura de Hezbolá, sin provocar represalias. Al mismo tiempo, el grupo persistió en negarse a restablecer la soberanía del Estado, incumpliendo así sus compromisos en ese sentido. Hasta ahora, los ataques israelíes se habían desarrollado en un marco geográfico definido y previsible. Sin embargo, desde el 2 de marzo, el Líbano ha sido arrastrado a una nueva “guerra de apoyo”, inspirada en el modelo de 2023 y 2024, versión 2.0, completamente innecesaria y sin impacto en el conflicto más amplio entre Irán, Estados Unidos e Israel. Cada vez resulta más evidente que Hezbolá no modificará su postura y seguirá privilegiando la ideología por encima del pragmatismo que alguna vez dijo defender. Ante la disyuntiva entre el suicidio y opciones que garantizarían la seguridad de sus simpatizantes, ha optado por el suicidio, un camino que no puede imponer al resto de los libaneses, quienes han elegido el Estado de derecho, continúan creyendo en él y llevan cincuenta años intentando construirlo. La ocupación siria del Líbano durante treinta años, seguida de la hegemonía de Hezbolá y el movimiento Amal, erosionó el Estado desde dentro. Facilitó el arraigo de sus partidarios, así como de otros vinculados a feudos corruptos, en la administración pública, el aparato judicial y las instituciones de seguridad, socavando sistemáticamente sus cimientos. Sin la presencia de un puñado de verdaderos resistentes, discretos pero activos dentro de estas instituciones, el Estado habría dejado de existir hace tiempo. La pasividad, la peor opción En los últimos catorce meses, el Ejecutivo y el Presidente de la República han evitado confrontar a Hezbolá, adoptando una postura pasiva mientras en Medio Oriente se producía un cambio dinámico. Nicolás Maquiavelo consideraba que la pasividad era la peor opción: si quienes ejercen el poder permanecen pasivos y neutrales, terminan siendo presa del vencedor. El Líbano no puede darse el lujo de distanciarse de Estados Unidos, donde reside más de un millón de libaneses, incluidos ciudadanos con doble nacionalidad y estadounidenses de origen libanés. Entre ellos hay senadores, miembros del Congreso y funcionarios como Thomas Barrack, Massaad Boulos, Darrell Issa, Daren Lahoud y muchos otros que trabajan incansablemente en apoyo al Líbano. Siguiendo con Maquiavelo y, sobre todo, en tiempos de beligerancia, el Líbano no puede adoptar una posición pasiva entre Washington y Teherán. Esa neutralidad se ha vuelto sinónimo de ruina. Una vez más, Israel amplía su ocupación en el sur del país y tanto Hezbolá como Irán son completamente incapaces de impedirlo o disuadirlo. Por el contrario, contribuyen a proporcionar el pretexto que Israel necesita para ocupar más territorio libanés y desplazar a sus habitantes. Algunos observadores sostienen que hacer cumplir la última decisión del Consejo de Ministros conduciría a una guerra civil o a un enfrentamiento armado entre el ejército y Hezbolá. Estos argumentos no se sostienen: tras todo lo que ha soportado, Hezbolá no puede permitirse un choque directo con la institución militar ni el riesgo de aislar aún más a la mayoría de los libaneses. Otros analistas escépticos dudan de la capacidad del ejército para ejecutar la decisión del gobierno. En un momento histórico como este, solo verdaderos hombres y mujeres de Estado, cada vez más escasos, podrían marcar la diferencia, con una visión clara y un plan preciso que evite que el país derive en una guerra civil o en un enfrentamiento interno. Por ejemplo, el Consejo Supremo de Defensa, integrado por el Presidente de la República, el Primer Ministro y los ministros de Defensa, Interior, Finanzas y Economía, debería reunirse en sesión abierta y supervisar, hora por hora, la misión de desarmar a Hezbolá, en lugar de dejar al ejército solo frente a una situación políticamente compleja que se arrastra desde hace cuarenta años. El Consejo Supremo de Defensa podría así asumir plenamente la iniciativa y sus responsabilidades, ya que el poder de decisión recae en él y no en los militares. De ese modo, reafirmaría también la primacía de la autoridad civil sobre el ejército en una crisis como la actual. Dejadas a su suerte, las acciones militares pueden tener importantes repercusiones políticas. Por ello, el ejército debe contar con respaldo político no solo mediante una decisión del Consejo de Ministros, sino también de una supervisión estrecha y constante que garantice la correcta aplicación de dicha decisión. Además, la Comisión Parlamentaria de Defensa brilla por su ausencia. Sin embargo, le corresponde reunirse periódicamente, con la frecuencia que exija la gravedad de la situación, para interpelar, asumir responsabilidades y, cuando sea necesario, adoptar las medidas legislativas pertinentes a fin de orientar las acciones emprendidas y proporcionar los recursos necesarios para que el ejército cumpla con éxito la misión que le ha sido encomendada.

La situación palestina… Piensa en los demás

Este texto no es un artículo más sobre una causa que se cree conocida, sino un intento de comprender, de entender cómo un pueblo que ha cargado su sueño durante décadas sigue sosteniéndolo sobre una tierra que nunca ha callado y que no callará. Este texto es la introducción de un estudio en varias partes sobre la situación palestina, en sus ramificaciones históricas, políticas y humanas. Porque lo que ocurre no admite atajos. Y porque el silencio también es una forma de tomar posición. Mientras preparas tu desayuno, piensa en los demás (No olvides el alimento de las palomas) Mientras libras tus guerras, piensa en los demás (No olvides a quienes piden la paz) Mientras regresas a tu hogar, piensa en los demás (No olvides al pueblo de las tiendas) Esto decía el poeta Mahmoud Darwish a finales del siglo pasado, después de regresar a su patria en virtud del acuerdo sobre los principios fundamentales de una autonomía limitada en los territorios palestinos ocupados en 1967, durante la guerra de los Seis Días, como la llama Israel, o la guerra de la Naksa, como la nombran los árabes. El poeta, que nunca declaró su apoyo a los Acuerdos de Oslo firmados en 1993 ni tampoco proclamó su oposición a ellos, se limitó a renunciar a su destacado puesto dentro del Comité Ejecutivo de la Organización para la Liberación de Palestina, la máxima autoridad política reconocida. Era como si hubiera querido poner a prueba la realidad a su manera, a través de la mirada poética, en un terreno del que había estado ausente durante mucho tiempo. Pero Darwish no tardó en expresar su sorpresa y admiración ante las celebraciones populares ininterrumpidas con las que los habitantes de Gaza y de Cisjordania recibían a los exiliados que regresaban. Celebraban con devoción al arquitecto y artífice del acuerdo, el símbolo Yasser Arafat, y desbordaban de alegría por las transformaciones profundas que aquel acuerdo había introducido en la vida cotidiana de la gente. Muchos sentían que la libertad era inminente y que la paz estaba cerca, especialmente cuando el ejército israelí se retiró primero de las grandes ciudades y el control directo de la ocupación comenzó a aflojarse sobre cinco millones de palestinos después de más de un cuarto de siglo. Pero la escena decisiva fue la aprobación de la abrumadora mayoría del pueblo y su voto a favor del presidente Arafat en las primeras elecciones que conoció la tierra de Palestina en 1996. Si volvemos a nuestro poeta tan sensible, convertido en uno de los pilares de la nueva era y respaldado por un consenso tanto entre las élites como entre la población que ni siquiera el propio presidente Yasser Arafat había alcanzado, podemos decir que su intuición profunda sobre el rumbo del proceso de paz israelopalestino, con todos los obstáculos que enfrentaba, ya lo presentía frágil y precario. Su intuición recordaba la posibilidad permanente de su derrumbe, sobre todo desde que el extremismo israelí sacó su pistola para asesinar a Yitzhak Rabin en el momento más alto de su reconocimiento, cuando era celebrado como un líder histórico. Las fuerzas del extremismo también derrotaron en las urnas al experimentado Shimon Peres. Al mismo tiempo, el extremismo palestino afilaba sus cuchillos y liberaba su energía suicida para hacer estallar lo que llamaba “el acuerdo de la traición”, como lo denominaban los actores del eje de la resistencia y del rechazo. Hoy celebran su “victoria” sobre el proceso de paz sin preocuparse ni un instante por lo que ha vivido el pueblo de las tiendas en Gaza ni por la situación de los habitantes de Cisjordania y Jerusalén Este. La intuición del poeta resultó acertada cuando llamó a cada uno a pensar en los demás. Pero los extremistas de ambos lados apenas se preocupan por ello. El terrorismo Sean cuales sean las intenciones al pensar en el otro, ya sea un hermano, un amigo, un adversario o un enemigo, y cualquiera que sea el objetivo, coexistencia, compromiso, reconciliación o vida común, quien pretende construir la paz debe enfrentar primero el extremismo dentro de su propio entorno antes de poder comprometerse con el otro. En este contexto, invito a abandonar el término “terrorismo”. Sus connotaciones han superado con creces su definición técnica y lingüística y se ha convertido en un vocablo político que los propios terroristas se lanzan mutuamente como acusación automática. Los Estados y los políticos también lo utilizan contra sus adversarios e incluso contra sus rivales más moderados. El presidente palestino Mahmoud Abbas es quizá el ejemplo más evidente. Por ello considero que términos como “arrogancia nacional” de las grandes potencias, “fanatismo religioso” y “extremismo político” resultan más objetivos para describir aquello a lo que se enfrenta hoy la humanidad que el término “terrorismo”. Si retomamos lo planteado al inicio, su dimensión ética plantea desafíos de una naturaleza completamente distinta, situados en el corazón mismo de las teorías políticas contemporáneas que dieron forma al orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial. Fue una época que presenció avances excepcionales en la ciencia, la tecnología, las ciencias humanas y sociales, así como la elaboración de algunas de las legislaciones más avanzadas en numerosos ámbitos. Pero también fuimos testigos de masacres y matanzas, desde la guerra de Vietnam hasta la guerra de genocidio en la Franja de Gaza, según la definición de la Corte Internacional de Justicia. También presenciamos actos de limpieza étnica, desde los Balcanes hasta Birmania y el Alto Karabaj, sin olvidar los desplazamientos forzados en Siria, Sudán y otros países. Y si se mencionan en particular las guerras en Afganistán, Irak y Somalia, es porque fueron libradas con un único objetivo declarado: erradicar el terrorismo y eliminar a los terroristas. El resultado, sin embargo, fue la negociación con esos mismos terroristas, mientras que el único logro real fue la destrucción de estados, naciones y pueblos. La guerra de genocidio contra los habitantes de Gaza se detuvo por decisión del ocupante de la Casa Blanca. Sin embargo, los disparos no han cesado ni un solo instante hasta hoy, y las operaciones destinadas a desplazar a millones de palestinos fuera de su tierra no han retrocedido ni un centímetro. Esta realidad exige un nuevo enfoque que puede resumirse en tres puntos. La geografía de la Palestina histórica y su pueblo constituyen un ejemplo vivo, hasta el día de hoy, de la incapacidad del derecho internacional y de las convenciones asociadas para garantizar los derechos más básicos a la vida: agua, alimentos, medicamentos. Ni siquiera para asegurar algo tan elemental como una tienda de campaña. Una tienda, nada más. ¿Quién puede creer que esto ocurre en la era de la civilización y de los valores humanos? Lo que ocurre ante nuestros ojos, un genocidio lento sin artillería pesada representa en realidad una prueba total para la credibilidad de los conceptos que los gobiernos occidentales han exportado al mundo con una mezcla de condescendencia y desprecio. La función del decreto de alto el fuego emitido por el ocupante de la Casa Blanca consiste en proteger el orden político internacional y sus mecanismos de funcionamiento según la visión estadounidense, e impedir la erosión del estatus del Estado de Israel, de acuerdo con las propias declaraciones de Trump. Y para proteger al gobierno israelí concedió generosamente a los palestinos el fin de la guerra genocida, al tiempo que permitió la continuación de una guerra de desgaste. Así, la modernidad en sus expresiones más avanzadas, a través de la inteligencia artificial y también mediante ella, ha permitido la producción del genocidio cuyos efectos continúan. El gobierno israelí no ha renunciado a sus objetivos declarados de limpieza étnica, anexión de tierras y aplastamiento político de la entidad palestina y de su tejido social histórico. Todo esto proviene de un Estado moderno respaldado por la mayor democracia laica del planeta. Y, sin embargo, con sorprendente simplicidad, se puede abandonar la modernidad y regresar al mito bíblico para afirmar que lo que ocurre busca cumplir la “promesa divina”, como declaró el embajador estadounidense en Israel. Lo que no nos dijo es si esa promesa bíblica fue escrita antes del Big Bang, después de él o en el mismo momento en que ocurrió. El ataque del 7 de octubre El ataque suicida del 7 de octubre provocó un estado de histeria colectiva en Israel. Desde la cima de la pirámide política, pasando por el ejército y hasta los colonos, la sociedad israelí no pudo asimilar la súbita caída de las barreras militares y de seguridad levantadas a lo largo de las fronteras de la Franja de Gaza. En particular, el fracaso de la barrera electrónica ultramoderna para activar una alerta temprana. Es bien sabido que este acontecimiento decisivo provocó un cambio profundo y cualitativo en la naturaleza de las relaciones israelopalestinas en todos los niveles. Nada quedó igual. La ira, el odio y la voluntad directa de aniquilar al otro estallaron. Esa se convirtió en la ecuación entre ambas partes y el mundo entero lo vio, lo filmó y lo documentó en las pantallas. Del lado palestino solo un pequeño grupo de élites condenó el ataque de Hamás, porque la gran mayoría de la población lo veía como un acto de represalia natural frente a la brutalidad y los abusos del ejército de ocupación israelí. Otros lo interpretaban como un enfrentamiento entre el fanatismo religioso judío practicado por el gobierno israelí y el fanatismo religioso islámico representado por el movimiento Hamás. En este debate resulta útil recordar la visita del secretario de Estado estadounidense Antony Blinken, durante la administración del presidente Joe Biden, a Ramala, donde se reunió con el presidente Mahmoud Abbas. Allí le pidió de inmediato que condenara el ataque y lo calificara como terrorismo. Pero el presidente Abbas, con tono agudo y voz firme, respondió: “Ustedes crearon el movimiento Hamás; ustedes lo llevaron al poder en la Franja de Gaza. La responsabilidad es suya. No me pidan nada”. Después de ese episodio, los medios estadounidenses e israelíes comenzaron a hablar de la corrupción de la Autoridad Palestina, de la necesidad de un cambio, de la vejez y la incapacidad de la administración palestina, llegando incluso a cuestionar su legitimidad política. Todo ello sin detenerse en la realidad fundamental: que la construcción de la paz entre israelíes y palestinos se detuvo desde que el equipo de Netanyahu llegó al poder en Israel sobre las ruinas del gobierno Rabin-Peres a finales del siglo pasado. Y como las administraciones estadounidenses, después de los atentados del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas del World Trade Center, solo lograron ampliar el uso de la violencia que suprime la justicia y consagra la dominación por la fuerza, aun llamándolo “proceso de paz”, hoy cosechamos los frutos de las políticas de convivencia e instrumentalización del islam político tanto en su vertiente suní como chií. El resultado es esta ola de violencia que observamos de nuevo bajo títulos viejos y nuevos que anuncian el rediseño del mapa del Gran Medio Oriente. Y no sabemos cuándo la guerra hará las maletas tras la liquidación de la élite dirigente en Irán, porque la cuestión no es quién gobierna Irán, sino quién sostiene las riendas del mundo en la Casa Blanca.

Israel y EE. UU. se reparten la destrucción de las infraestructuras del régimen iraní

«Han terminado (…). Esta guerra es siete veces más potente que la anterior.» En pocas palabras, el secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, resumió el giro que ha tomado, o que ha comenzado a tomar, la guerra lanzada el pasado 28 de febrero por Estados Unidos e Israel contra el régimen de los mulás iraníes. El ministro estadounidense subrayó que esta guerra aún está en sus inicios, precisando que nuevos aviones y nuevas fuerzas armadas serán enviados próximamente a Oriente Medio para participar en las operaciones militares. Las declaraciones del secretario de Guerra reflejan claramente los acontecimientos en curso en Irán. Este 4 de marzo de 2026 estuvo marcado principalmente por los violentos bombardeos intensivos llevados a cabo por la aviación israelí contra edificios, centros de mando e infraestructuras del régimen en la región de Teherán. Más de un centenar de centros de los basij (el brazo armado represivo de la Guardia Revolucionaria Islámica) fueron especialmente blanco de los bombarderos israelíes. «Ningún edificio de la Guardia Revolucionaria quedará en pie», afirmó al respecto una fuente oficial israelí que precisó que los ejércitos estadounidense e israelí se reparten la tarea de la destrucción de las infraestructuras militares y civiles del régimen. Según esta misma fuente, la aviación del Estado hebreo se concentra en el oeste de Irán para destruir los edificios, centros de mando e infraestructuras civiles del régimen, mientras que Estados Unidos se encarga del suroeste para destruir los sitios nucleares, los misiles balísticos, las rampas de lanzamiento, los centros de producción de misiles balísticos, las defensas antiaéreas y las fuerzas navales. Turquía, blanco de un misil iraní… El hecho más destacado de este 4 de marzo fue el lanzamiento de un misil balístico iraní en dirección a… ¡Turquía! Sin embargo, el misil fue interceptado por una unidad de la OTAN. Consecuencia práctica: Turquía no escatimó críticas al comportamiento del régimen iraní y llegó a calificar de «grave error» los lanzamientos de misiles iraníes contra los países del Golfo. Otro hecho destacado del día: el anuncio por parte de Qatar del desmantelamiento de una célula subversiva implantada por la Guardia Revolucionaria iraní para llevar a cabo operaciones de espionaje y sabotaje en Qatar. Después de Chipre y el Golfo (que han sido, y siguen siendo, blanco de los misiles iraníes), el intento de agresión contra Turquía refleja sin duda la voluntad de la Guardia Revolucionaria de extender cada vez más el campo del conflicto con la esperanza de provocar una movilización internacional destinada a detener la ofensiva estadounidense e israelí. Otro hecho destacable de las últimas veinticuatro horas: la entrada en juego de los bombarderos estadounidenses B-52. Este desarrollo significa, en la práctica, que los aviones estadounidenses e israelíes controlan ahora totalmente el espacio aéreo iraní (especialmente en el sur de Irán y en la zona de Teherán), lo que el secretario de Guerra confirmó el miércoles durante una conferencia de prensa. Los aviones B-52, se observa al respecto, son bombarderos pesados, por lo tanto relativamente lentos, que pueden ser fácilmente detectados por los radares y que representan, por lo tanto, blancos fáciles. Si el estado mayor estadounidense lanzó los B-52 a la batalla es porque, efectivamente, el espacio aéreo está prácticamente totalmente bajo el control de las aviaciones estadounidense e israelí. La entrada en juego de los B-52 reviste una importancia cierta en el desarrollo de las operaciones militares, ya que estos aparatos pueden transportar y lanzar con gran precisión bombas de muy gran calibre. El frente libanés En cuanto a las operaciones militares en el frente libanés, la aviación israelí ha intensificado y extendido a nuevas zonas sus incursiones contra infraestructuras, depósitos de municiones y arsenales de misiles y drones. Durante la mañana de este miércoles 4 de marzo, se llevaron a cabo violentos e intensivos ataques contra el suburbio sur. Las últimas veinticuatro horas también estuvieron marcadas por una extensión de la zona abarcada por los ataques aéreos. Por primera vez, el sector de Hazmieh fue blanco de la aviación israelí, que realizó una incursión contra el hotel Comfort donde, según algunas informaciones, un diplomático iraní había encontrado refugio. No ha trascendido ninguna información sobre el destino del diplomático en cuestión. Paralelamente, nuevas regiones fueron bombardeadas por la aviación de las FDI, en particular Saadiyate (en la carretera del Sur), Bchemoun y Aramoun, donde un responsable de la rama militar de los Hermanos Musulmanes habría sido asesinado. En Baalbeck, un edificio de cuatro plantas fue completamente destruido por un ataque que causó varios muertos. Sobre el terreno, las fuerzas israelíes continuaron este miércoles su despliegue, aún limitado, dentro del territorio libanés y alcanzaron la importante localidad de Khiam, situada a seis kilómetros de la frontera. Al mismo tiempo, las unidades de artillería israelíes reforzaron sensiblemente su presencia a lo largo de la frontera. Mientras los ataques aéreos continúan en más de una región, se produjo un grave acontecimiento durante este miércoles: el ejército israelí pidió a la población de toda la región situada al sur del Litani que abandonara sus aldeas y se retirara al norte del Litani. Este llamamiento aumenta las aprensiones del poder y de los círculos locales que advierten contra las veleidades israelíes de establecer una amplia zona de amortiguamiento que podría permitir al Estado hebreo, en una etapa posterior, imponer condiciones políticas y de seguridad que irían mucho más allá de las disposiciones de la resolución 1701 del Consejo de Seguridad y del acuerdo de alto el fuego de noviembre de 2024. Al tomar la iniciativa suicida de reabrir el frente del sur del Líbano, a instigación de la Guardia Revolucionaria iraní, Hezbolá habrá ofrecido así a Israel, en bandeja de plata, el pretexto de oro que le permitirá imponer a corto plazo al Estado libanés acuerdos estratégicos según sus propias condiciones…

Para que el error de 2005 no se repita
Por
Tilda Abou Rizk
Publicado

La decisión del gobierno de Nawaf Salam de prohibir las actividades militares y de seguridad de Hezbolá, así como de sancionar a sus responsables, es, sin duda, histórica. Sin embargo, resulta insuficiente ante el abismo en el que la formación proiraní ha vuelto a sumir al Líbano. Es histórica porque rompe con una larga tradición libanesa de omisión y complacencia política, motivada a veces por el temor a disturbios internos y otras por oportunismo, frente a un grupo que, con el paso de los años, ha logrado imponer su hegemonía sobre el país y construir una estructura militar y de seguridad más poderosa que la del propio Estado. Es insuficiente porque no permite a las autoridades sustraer al país y a su población del peligro que representa esta formación, cuyos líderes y miembros no hacen más que dar prueba de que solo tienen de libaneses la mención en su documento de identidad. Hezbolá es y sigue siendo uno de los principales instrumentos paramilitares transnacionales del régimen de los ayatolás en Irán. Prueba de ello, si aún hiciera falta, es su implicación previsible en la guerra entre Irán y la coalición Israel-Estados Unidos, así como su reacción ante la decisión del gobierno de prohibir sus actividades militares. Sus dirigentes no tardaron en alzar la voz. El vicepresidente del movimiento, el diputado Mohammad Raad, denunció “medidas de intimidación” y “decisiones temerarias”. Aunque reconoció al Estado el derecho de decidir sobre la guerra y la paz, acusó al gobierno de Salam de “atacar a quienes rechazan la ocupación israelí”. Por su parte, el vicepresidente del consejo político de Hezbolá, Mahmoud Comaty, reprochó al Ejecutivo “guardar silencio ante la ocupación”, “querer debilitar al Hezbolá, que es la fuerza del Líbano”, y “violar el derecho internacional que autoriza a los pueblos a resistir la ocupación”. Pero esa retórica ya no engaña a nadie. Tampoco lo hacen las motivaciones ni los objetivos de Hezbolá. La guerra suicida en la que hoy está inmerso el grupo, y de la que no puede salir indemne, se inscribe estrictamente en el marco de las represalias prometidas por los Pasdarán tras la confirmación, el 1 de marzo, de la muerte del líder supremo iraní, Ali Khamenei, fallecido el 28 de febrero en bombardeos israelo-estadounidenses de gran escala contra su cuartel general en Teherán. También forma parte de las reiteradas amenazas de Irán contra Estados Unidos, según las cuales cualquier ataque contra la República Islámica podría incendiar la región. Teherán cumplió su palabra y utiliza a sus aliados regionales para multiplicar los frentes indirectos y transformar una operación puntual en un enfrentamiento generalizado. ¿Cómo explicar, si no, el ataque con drones contra una base militar británica en Chipre durante la noche del domingo al lunes? Según medios occidentales que citan a un funcionario chipriota, los dos aparatos, de fabricación iraní, habrían sido lanzados desde el Líbano, después de que Londres autorizara a Washington a utilizar sus bases en la isla mediterránea en el marco de su ofensiva contra Irán. Cabe señalar que es la primera vez que Hezbolá, que no ha confirmado ni desmentido estas acusaciones, ataca Chipre. Pero no es la primera vez que la amenaza. En junio de 2024, su entonces secretario general, Hassan Nasrallah, asesinado en septiembre de ese mismo año por Israel, advirtió a Nicosia que habría represalias si permitía a Tel Aviv utilizar sus aeropuertos o bases militares para atacar el Líbano. Hoy, ni Israel ha atacado al Líbano desde Chipre ni Nicosia ha abierto sus bases al Estado hebreo. Hezbolá volvió a confirmar su condición de vasallo de Irán. Consolidar las decisiones del lunes ¿Tiene el Estado medios concretos para impedir que Hezbolá lleve a cabo actividades bélicas? La respuesta es no. Puede obstaculizarlas, por ejemplo, deteniendo a quienes lanzan cohetes, pero no puede impedirlas por completo, debido a los considerables recursos que Irán pone a disposición de su aliado y a la propia estructura de la organización, que cuenta con un elevado número de combatientes. Y, sobre todo, porque el Líbano no está preparado para emprender una operación de gran envergadura destinada a desmantelar toda la estructura paramilitar del Hezbolá. En cambio, sí puede reforzar las decisiones adoptadas el pasado lunes mediante otras medidas políticas que les otorguen mayor credibilidad ante los libaneses escépticos y la comunidad internacional, que sigue esperando que Beirut cumpla su compromiso de ejercer soberanía sobre la totalidad de su territorio. Para ello, el Estado debe tener el valor de sostener sus decisiones y dejar de tolerar el terrorismo, incluso verbal, que el Hezb practica contra el Estado y contra los libaneses que no comparten su orientación. Las actividades del grupo y las declaraciones beligerantes de sus dirigentes, bajo el pretexto de defender al Líbano de una ocupación que ellos mismos provocaron, violan la ley al no contar con autorización estatal. La responsabilidad primordial del Estado es proteger a sus ciudadanos, no a un grupo paramilitar que sigue arrogándose el derecho de arrastrar al país y a su pueblo a guerras destructivas, que se considera por encima de la ley y que goza de una impunidad escandalosa. Invertir la ecuación Las autoridades libanesas disponen de varios instrumentos para cambiar la situación: – En el plano jurídico, ¿qué impediría la apertura de un procedimiento judicial ante las amenazas regularmente proferidas por el secretario general de Hezbolá, Naïm Qassem, o por los altos cargos de la formación para oponerse a su desarme? En el Líbano, la Corte de Justicia, un tribunal de excepción cuyas decisiones son definitivas y no apelables, fue creada para tratar los delitos que atentan contra la seguridad del Estado. ¿Existe una amenaza más grave que la que esta milicia, cuya razón de ser es servir a los intereses de Irán, ha infligido durante años a los libaneses? ¿Es normal que el país sea arrastrado a guerras devastadoras que rechaza, por un grupo que jura lealtad a un Estado extranjero? – En el plano político, es fundamental que el Estado no repita el error monumental de 2005. Entonces, tras el asesinato del ex primer ministro Rafic Hariri y la retirada de las fuerzas sirias, la estructura político-securitaria pro-siria, de la que Hezbolá formaba parte, no fue desmantelada. La oposición priorizó las elecciones legislativas que debían celebrarse meses después, alentada por la comunidad internacional. El Líbano dejó pasar una oportunidad decisiva. Las consecuencias de ese error de cálculo fueron devastadoras. Una ola de atentados y asesinatos políticos, cuyas investigaciones nunca concluyeron y en los que Hezbolá fue señalado, tuvo como objetivo a figuras de la oposición. Con el argumento de preservar la estabilidad, se selló una alianza electoral conocida como “acuerdo cuadripartito” entre la Corriente del Futuro, liderada por Saad Hariri, el Partido Socialista Progresista del líder druso Walid Jumblatt, Hezbolá y su aliado chiita Amal. Aunque esa alianza se desmoronó un año después, permitió entretanto que el Hezbolá se impusiera en el Parlamento y, por primera vez, ingresara formalmente en el gobierno. Tras la salida de las tropas sirias, la estrategia de Hezbolá cambió. Decidido a preservar la influencia del eje al que pertenece, dejó de conformarse con una representación indirecta en el Ejecutivo a través de los ministros de Amal y aspiró a convertirse en un socio pleno del gobierno. Lo consiguió. Pero para el Líbano y los libaneses fue el fin de una esperanza y el inicio de una nueva caída al abismo. Hoy se perfila una nueva dinámica regional, distinta y aún más decisiva que la de 2005. Como entonces, podría resultar costosa para el Hezbolá y, al mismo tiempo, salvadora para el Líbano. ¿Sabrán las autoridades aprovechar esta coyuntura y liberarse del temor a las reacciones de Hezbolá para emancipar al país de la influencia destructiva iraní? No se le pide que declare la guerra a una milicia que no dudaría en volver sus armas contra los propios libaneses, como hizo en 2008. Se le pide, simplemente, que deje de ganar tiempo con la esperanza de que el problema se resuelva por sí solo. En los últimos meses, la decepción de los libaneses, que habían creído en las promesas del presidente Joseph Aoun y del jefe de gobierno Nawaf Salam sobre el desarme de las milicias y el restablecimiento de la soberanía en el marco de un Estado de derecho, ha sido proporcional a la esperanza que depositaron en ellos.

El fin de Irán, oscilando entre el Estado y la Revolución

Durante mucho tiempo vivimos bajo la sombra del poder imaginario de la propaganda iraní, o, mejor dicho, de la propaganda del llamado eje de la resistencia, que presentaba a Irán como una gran potencia cohesionada e intocable. Los acontecimientos han demostrado que existe un abismo entre el poder real y el poder narrativo. Ya había ocurrido con Hezbolá: muchos creyeron en la imagen de su supremacía absoluta. Irán nos meció con ilusiones, a través de sus partidarios y de su maquinaria mediática, canales de televisión encubiertos, periodistas financiados, influenciadores digitales y otros actores, difundiendo una narrativa ficticia sobre una supuesta superioridad tecnológica y sobre aliados poderosos que la respaldarían, como China y Rusia, forjando así en la opinión pública la idea de un “eje irrompible”. Irán olvidó que, en el sistema internacional, las alianzas no son ideológicas sino utilitarias. Y que China y Rusia actúan según sus propios cálculos, no conforme a los deseos de dirigentes iraníes portadores de una ideología revolucionaria. En el pasado, las políticas iraníes lograron resultados cuando apostaban por ganar tiempo, aplazar plazos, manipular a sus adversarios, eludir responsabilidades por las acciones de sus brazos armados y formular promesas y compromisos que luego eran desmentidos. Irán olvidó que no habría podido sostener esas estrategias si, de alguna manera, no hubieran coincidido con las políticas de Estados Unidos e Israel. La pregunta que se impone es clara: ¿es Irán realmente un Estado? Si se adopta la definición clásica del Estado como monopolio de la violencia, centralización de la decisión, soberanía sobre el territorio, Irán es un Estado con una estructura completa. Pero si se toma la definición del Estado moderno como una institución racional y burocrática, con una decisión central sujeta a la rendición de cuentas y cuya finalidad es garantizar los intereses de sus ciudadanos, el panorama cambia y se vuelve más complejo. Si recurrimos al análisis de Max Weber sobre el monopolio de la violencia legítima, constatamos que Irán, como Estado, monopoliza la violencia, pero la legitimidad está dividida entre instituciones republicanas y una estructura revolucionaria y supraconstitucional, el Guía Supremo, los Guardianes de la Revolución y los Basij. Es decir, el régimen combina dos dimensiones de poder: Estado + Revolución. De esa dualidad surge una tensión permanente entre ambas lógicas Cuando las revoluciones se transforman en Estados, enfrentan un dilema: seguir siendo una revolución permanente o convertirse en un Estado normal. El régimen iraní no ha resuelto esta cuestión desde 1979. Utiliza el discurso del Estado, pero actúa como un movimiento transfronterizo. De allí proviene la similitud entre el comportamiento del régimen y el de su partido: no porque Irán no sea un Estado, sino porque mantiene el elemento doctrinal por encima de la lógica estatal y considera que la preservación del régimen es “el más obligatorio de los deberes”. El Estado afirma ser una entidad soberana; la Revolución sostiene que es un proyecto que trasciende fronteras. Esa dualidad impide una estabilidad plena. Lo que Irán practica en su relación con el entorno y con el mundo es una forma de guerra de guerrillas equipada con misiles balísticos, librada mediante fuerzas subsidiarias desplegadas en países de la región y basada en la lógica de la guerra asimétrica. Esa es la lógica de los movimientos revolucionarios. El Estado clásico responde de manera directa a través de su ejército, dentro de ecuaciones claras. El modelo de fuerzas delegadas, en cambio, genera una opacidad deliberada que permite evadir responsabilidades. Pero la opacidad es un arma de doble filo: cuando se revela, se transforma en confusión en la cadena de mando y en contradicción de los mensajes. A todo ello se suma que Irán ha descuidado su frente interno y sus propias necesidades. Muchos análisis sobre el país se concentran en sus misiles y en sus alianzas ideológicas, olvidando por completo la realidad interna iraní, sus fracturas sociales, la rebelión de las mujeres, las aspiraciones de una generación joven distinta, el desgaste económico y su legitimidad debilitada. Un Estado fuerte no se mide solo por su arsenal, sino por su capacidad de integrar a su sociedad. La narrativa histórica se convirtió en una carga; pasó de ser un recurso a una traba en la que el propio régimen quedó atrapado. Esa narrativa otorgó sentido al régimen, permitió su continuidad y preservó su identidad religiosa confesional mediante una movilización permanente. Pero con el tiempo se transformó en un obstáculo, porque impidió cualquier reevaluación, trató todo retroceso como traición y sacralizó símbolos y políticas colocándolos por encima de la realidad vivida, en lugar de someterlos al debate y a la revisión según las necesidades de la sociedad. Así, la Revolución se ha convertido en un peso que la sociedad iraní ya no puede soportar. Finalmente, se decidió prescindir de los servicios de este régimen.