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Homenaje
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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado sep 6, 2026 - 13:31
El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026 perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del futbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el futbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales o de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen sin embargo eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El futbol de hoy, y no solamente el futbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter . Una especie de alter ego del Neo de Matrix , arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Porque, durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de hainamoration con su hijo pródigo. Poco importaban sus resultados, su talento, su brillantez… tenía que responder a una sola pregunta, despiadada: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el futbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del futbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del futbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, habían transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, ante los ojos de su pueblo, aquello reforzaba el sentimiento de hainamoration: un dios caído sigue siendo, pese a todo, un dios. Pero con un añadido que, a ojos de sus adoradores, constituye un sustrato de humanidad insoportable y, por lo tanto, perfectamente detestable: sus taras, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha, espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué mirás, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también para su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del futbol, en las lejanas tierras del soccer . Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
Opinión
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Por Youssef Mouawad - Publicado sep 5, 2026 - 13:25
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En 2010, Israel interceptó con violencia el Mavi Marmara, un barco turco fletado por una ONG humanitaria para socorrer a la Franja de Gaza, entonces bajo bloqueo israelí. Ese incidente, la gota que colmó el vaso, sacó a la luz la animosidad entre el gobierno de Erdogan y el Estado hebreo. (AFP)
La guerra aún no ha cesado en nuestro sur cuando ya amenaza con estallar entre nuestros vecinos. Es decir que vivimos con una prórroga, saltando de un conflicto a otro. ¡Y con razón! Faltó muy poco para que el bombardeo de una base siria degenerara en una batalla campal entre Ankara y Tel Aviv. Fue el pasado 18 de agosto, y Benjamin Netanyahu no se anduvo con rodeos: su país no iba a tolerar un afianzamiento militar turco capaz de extenderse hacia el sur de Siria. El mensaje resultó aún más contundente por el hecho de que ocho ataques habían tenido como blanco la base aérea de Abu al-Duhur, situada a 70 kilómetros de la frontera turca. Recordemos, por otra parte, que desde la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024, Erdogan es el principal mentor de la nueva Siria, la de Ahmed al-Sharaa, ayudándolo a reconstruir sus fuerzas armadas y convirtiéndola en un socio estratégico. Esta ya no es la Siria de Hafez al-Ásad ¿Fue este recrudecimiento de la tensión entre Ankara y Tel Aviv lo que precipitó una reunión entre el jefe de la diplomacia siria, Asaad Chaibani, y el jefe del Mosad, Roman Gofman, el pasado 23 de agosto en Jordania? Sin embargo, este cónclave no provocó una ola de indignación en el mundo árabe como sí lo hizo la visita improvisada de Anuar el-Sadat a Israel en 1977. Se ha roto oficialmente un tabú y, de hecho, ¿quién habría podido creer que semejante encuentro tendría lugar bajo el régimen baazista? El Estado hebreo debería haberse congratulado, pero, contrariamente a lo que se esperaba, no interrumpió ni sus ataques aéreos ni sus incursiones territoriales, como la del 27 de agosto en Quneitra. Es que las cosas han cambiado. Bajo Hafez al-Ásad, Siria era una potencia regional que, sin ser temible, sí era temida por sus vecinos inmediatos, fueran o no países árabes. Se evitaba buscarle pleito y, por ello, llevó a cabo, dentro de ciertos límites, una política exterior agresiva que a menudo rozaba la provocación. Y así, en virtud de la autonomía de su acción y del margen de maniobra que se otorgaba a sí misma, había constituido, aunque solo fuera geográficamente, una zona de amortiguación entre, por un lado, una Turquía «erdoganesca» que exhibía su islam sin complejos y, por otro, un Israel, el Estado consustancialmente judío. Pero he aquí que, en un país agotado por una gestión baazista y devastado por años de guerra civil, Turquía, al empezar a establecer sus marcas, se encontrará indudablemente cara a cara con un Israel que ocupa una porción del territorio sirio. ¿Qué cabe esperar? Teniendo en cuenta el ego desmesurado tanto de Netanyahu como de Erdogan, y en el supuesto de que ambos estadistas permanezcan en sus respectivos cargos, debemos esperar un duelo épico en territorio sirio, libanés, jordano, o incluso en otros lugares. Este combate estará hecho de fintas, esquivas y golpes bajos, pero también de ataques frontales, cuerpo a cuerpo y escaladas de tensión hasta el punto de ruptura. Y esto a pesar de que el informe delCongressional Research Servicede septiembre de 2025 estima que la confrontación directa entre Turquía e Israel sigue siendo poco probable, precisamente porque ambos Estados conocen el costo que tendría una guerra si esta llegara a declararse. Sin embargo, en el terreno de la polemología, ¡los dirigentes y demás élites no son necesariamente actores racionales! Tanto más cuanto que, a ojos de los observadores israelíes, el eslogan que impera en Anatolia, a saber «Make Turkey great again», no es precisamente tranquilizador para el Estado sionista. A Washington le costará cada vez más contener o separar a los dos adversarios que ya se están alineando en orden de batalla. ¿Turquía, un nuevo Irán? Sí, es una hipótesis, pero solo en un enfrentamiento cara a cara con Israel, ya que Siria se ha convertido de la noche a la mañana en una zona donde «se superponen dos perímetros de seguridad», el turco y el israelí, el musulmán y el judío. Y no cabe descartar que el activismo chiita, ese movilizador de«proxies», termine aliándose, aunque sea momentáneamente, con una «versión hermanista» del islam político promovida por Ankara. Tendríamos así, contra todo pronóstico, a un Hezbolá respaldado por su enemigo de ayer, Ahmed al-Sharaa, un islamista salido de Jabhat al-Nusra y Hayat Tahrir al-Sham. Frente a un adversario común, un vuelco en las alianzas siempre resulta legítimo y oportuno. Pero no sería más que una alianza táctica, dictada por las necesidades del momento, que no prejuzgaría el futuro. Habiendo quedado el nacionalismo árabe de lado, Turquía no se conformará con apoderarse económicamente del mercado sirio, con sus 25 millones de consumidores: querrá ejercer también una influencia política en Damasco e invertir para ello su aparato militar y de seguridad. El endeble poder del presidente sirio, incapaz de garantizar ciertas funciones soberanas ni de encuadrar a los diversos cuerpos del Estado, tendrá necesariamente que recurrir a la experiencia de su vecino del norte. ¿Debemos creer, no obstante, que este último se verá arrastrado por la espiral de la «beligerancia anunciada»? Todo apunta en esa dirección, y ya pueden percibirse los primeros indicios de un engranaje que recuerda al de Estados Unidos en Vietnam bajo Lyndon Johnson. Porque si el Estado sirio pretende reconstituirse, necesitará ante todo un ejército capaz de sofocar las tendencias centrífugas de los alauitas, los drusos y otras facciones que reclaman la fragmentación del país. Y es a Ankara a quien corresponde proveerlo y reforzar la autoridad central asentada en Damasco. Pero Israel, que ha adquirido malos hábitos en Siria y pretende conservar allí libertad de acción aérea, no puede conformarse con un ejército estructurado según el modelo de la OTAN y que podría servir de intermediario a una empresa neootomana. ¿Y el Líbano, de la primacía a la secundariedad? Un nuevo decorado queda ahora montado para un nuevo guion que definirá nuevas reglas del juego. ¿Qué será de Hezbolá, atrapado en una ratonera? Pues bien, podría beneficiarse, en ese escenario, aunque solo sea en parte, del apoyo logístico de Damasco, un respaldo que le ha faltado gravemente desde la caída de Bashar al-Ásad. Y quizás, por un desplazamiento de las placas tectónicas, el Líbano pasaría de ser el escenario inicial a convertirse en el escenario secundario de un conflicto regional. Pero, para serles sincero, ¡eso a nosotros nos va a traer sin cuidado!
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El fin de una utopía
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Michel Hajji Georgiou
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El conflicto es el padre de todas las cosas, el rey de todas las cosas. Heráclito Muchos libaneses parecen descubrir ahora, desde que Hezbolá resolvió vengar el asesinato de Ali Jameneí, tanto la dependencia del partido respecto a Tehrán como su disposición francamente suicida. Haber creído que una posible «libanesización» — alguna forma de moderación — era realmente alcanzable era ignorar la naturaleza misma del partido: una organización paramilitar emanada de — y directamente comandada por — los Guardianes de la Revolución y el wali el-faqih ; y, sobre todo, una secta milenaria gnóstica animada por una mística de la violencia. Una milicia esotérica, en otras palabras, afin a los Asesinos ismaelitas de los siglos XI al XIII — cuyo universo entero se derrumba en este preciso momento… aunque sin duda seguirá negando su propio ocaso hasta el último aliento. La destrucción es exactamente donde todo comienza y donde todo termina. Tal es el motor de la historia en la versión de Hezbolá. Desde los atentados gemelos que inauguraron su existencia en 1983, pasando por los asesinatos de figuras públicas y las expediciones milicianas de los años dos mil y dos mil diez en Líbano y Siria, la violencia — intrínseca a su identidad revolucionaria milenaria y a su proyecto hegemónico — ha presidido la totalidad de su trayectoria. Pero desde la operación maldita del 7 de octubre de 2023, la historia adoptó para el Hezb el carácter de una aceleración trágica, con efecto bumerán incluido. Su guerra en apoyo a Gaza le costó toda su dirección militar, así como el asesinato de su figura totémica Hassan Nasralá — dejándolo más vulnerable que nunca, al punto de enfrentarse a una voluntad local e internacional proactiva que buscaba desarmarlo. Sin embargo, siguió fanfarroneando, silenciando los signos de su — ¡imposible! — declive. Y entonces, el veintiocho de febrero de 2026, el propio Irán — el corazón palpitante del mundo espiritual y político del partido — se halla en la mira. Lo impensable ocurre, e inmediatamente: Jameneí es asesinado — Jameneí en persona, el wali el-faqih , el Guía Supremo, el imám sustituto, la presencia divinamente autorizada en el orden político del mundo, aquel que Hezbolá había erigido como garante trascendente de su propia existencia… Y con él, los máximos cuadros de los Pasdaran, el cuerpo teológico y pretoriano del imperio, el brazo armado y el cerebro doctrinal de la revolución jomeinista durante cuarenta años. Un choque traumático sin precedentes. ¿Qué hace Hezbolá ante la catástrofe? «Elige» — la obediencia lo compele — precisamente abalanzarse hacia adelante y abre las hostilidades, como en 2024, como si cada desastre reclamara una apuesta más alta, y como si la aniquilación no fuera nunca sino una nueva prueba en el camino hacia el Malakūt , ese mundo intermedio… Hezbolá expone así, por ideología y por disciplina jerárquica, todos sus territorios a represalias israelíes masivas. Tel Aviv ordena a los libaneses evacuar completamente el sur del Líbano hasta el Litani, así como ciertas aldeas del Bekaa occidental y, sobre todo, los suburbios del sur de Beirut — el bastión simbólico del shiïsmo militante en el hemisferio árabe. La maquinaria de la destrucción se pone nuevamente en marcha. Ha comenzado la segunda invasión del Sur. El reducto revolucionario se convierte progresivamente en escombros. Hay en todo esto algo que trasciende la mera derrota estratégica o militar — algo que se asemeja a la refutación más irrefutable que un sistema de creencias puede soportar en el tiempo humano. Y sin embargo ese sistema se sostiene, lo suficiente como para reproducir el sacrificio una vez más y producir mártires en el preciso momento en que la causa por la que mueren ha quedado objetivamente reducida a polvo. La razón de este fenómeno pertenece más al dominio de la sociología de lo sagrado — o incluso al psicoanálisis de las instituciones — que a la geopoítica: ¿cómo puede un movimiento sobrevivir a la refutación de su propio mundo? ¿Por qué mecanismo persiste la invulnerabilidad ante la evidencia grosera de la vulnerabilidad? Y sobre todo — ¿se trata de cálculo, de propaganda, de manipulación consciente, o es algo sincero, hondo y estructural, inscrito en la arquitectura misma de la creencia? La respuesta es clara: Hezbolá ha creído, y cree todavía en el seno mismo del desastre, en su propia invencibilidad — alimentada, además, por la megalomênía contagiosa de sus superiores en Irán. Y es precisamente por eso que la tragedia es tan inmensa para el Líbano — y más particularmente para la comunidad chií — que lleva pagando el precio de este delirio de grandeza desde hace más de tres décadas. Un tiempo que no conoce la derrota El suicidio de Hezbolá estaba inscrito en sus genes desde el principio. Su batalla política nunca fue «material» en ese sentido. Siempre apuntó a algo más profundo, de orden conceptual e imaginario, más allá de las instituciones y las estructuras de poder: las representaciones mismas del tiempo, la justicia y la realidad. Lo que Irán y Hezbolá siempre quisieron invertir no es tanto el mulk al-siyassi , el dominio del poder — aunque ese pareciera el punto en litigio manifiesto — sino el tiempo mismo: el tiempo cronológico, racional, histórico, occidental, el tiempo que mide victorias y derrotas, que data los acontecimientos e inscribe las causas en una cadena causal. El tiempo heredero de Hegel y de la filosofía de la historia. Ese tiempo, Hezbolá quiso controlarlo para abolirlo, o al menos suspenderlo — y sustituirlo por otro tiempo: el tiempo del Malakūt . ¿Qué es el Malakūt ? Es el mundo intermedio en la cosmología islámica esotérica — el istmo entre lo sensible y lo inteligible puro, el barzakh del alma y del acontecimiento — lo que Henry Corbin, siguiendo a Sohravardi, llamó el zaman al-latif : el tiempo sutil, el tiempo entre los tiempos, fuera de todo calendario y fuera de toda historia. El verdadero lugar de todo Gran Acontecimiento. Para Sohravardi, teórico del Ishraq, de la filosofía de la iluminación, el alba interior de Oriente revela la vanidad de la realidad sensible occidental — a la que denomina «la trampa, la ficción.» Es en el Malakūt donde el imám oculto, el Mahdi, habita en su Ocultación, aguardando el momento de su retorno. Allí se produce el verdadero acontecimiento — aquel que los historiadores no pueden medir, que el enemigo no puede ver ni comprender ni alcanzar. Hezbolá vive en ese tiempo. No metafóricamente. Ontológicamente. No le interesan las pérdidas y ganancias medidas en kilómetros ni en los cuerpos de altos oficiales. Su calendario es escatológico, y todo acontecimiento se relee a la luz de Karbala — el martirio fundacional del año 680 d.C. que transformó, de una vez y para siempre en la memoria chií, la derrota militar más aplastante en victoria espiritual absoluta. En consecuencia, en el universo mental de Hezbolá, nada es verdaderamente lo que aparenta ser. Perder no es verdaderamente perder, sino cumplir; morir no es morir, sino dar testimonio; y sobre todo, ser aniquilado no es ser aniquilado, sino purificarse en preparación para el retorno inminente. Por eso la muerte de Jameneí, la destrucción de los suburbios del sur y el derrumbe del eje de la resistencia no constituyen, en la lógica interna de Hezbolá, argumentos contra su propia legitimidad. Constituyen, por el contrario, la confirmación más deslumbrante de ella. El imám no ha muerto. Está más oculto aún. Y regresará — más allá de la violencia, la destrucción y el caos — a través de ese mismo medio, incluso. Es la promesa del eterno retorno y de la victoria sobre la vida material mediante el martirio. La gnosis como armadura: lo que el enemigo no puede ver Para comprender la arquitectura psíquica de esta invulnerabilidad, es preciso volver a las fuentes con Mohammad Ali Amir-Moezzi, cuyas obras sobre el shiïsmo original constituyen sin duda la excavación más rigurosa jamás emprendida en los estratos fundacionales de este islam esotérico. Lo que demuestra, a partir de los textos sagrados fundamentales compuestos entre los siglos IX y X, es que la figura del imám no era, desde el principio, la de un guía político o siquiera espiritual en el sentido ordinario. El imám de las primeras comunidades chiíes es un maestro de sabiduría revestido de poderes ocultos y mágicos — el alfa y la omega de la enseñanza y la manifestación terrestre del Dios escondido. La wilaya — la devoción a este imám — es el fundamento indispensable de la fe chií. Una religión privada de wilaya está mutilada en lo que tiene de esencial; no es más que una cáscara vacía. De ahí se comprende mejor la prisa con que la Asamblea de Expertos iraní busca reemplazar a Jameneí. Sin el wali el-faqih , la realidad queda suspendida, nula. Este sustrato gnóstico — pues lo es, nutrido por las corrientes esotéricas de la Antigüedad tardía que circulaban en el espacio sasánida-mesopotamio, una amalgama sincrética de docetismo, maniqueísmo y hermetismo que irrigó el islam chií naciente — tiene una consecuencia directa sobre la construcción de la identidad colectiva del movimiento. El verdadero creyente chií posee un ʿilm bātin : una ciencia de las realidades ocultas, un conocimiento interior inaccesible al adversario. Ve lo que el otro no puede ver. Sabe lo que el otro no puede saber. Está, por definición, más allá de la historia visible — en ese espacio entre mundos donde reside únicamente la verdadera verdad, la verdad del Malakūt . La doctrina de la wilayat el-faqih forjada por Jomeiní es la transposición política de esta gnosis. Al proclamar que el Guía Supremo iraní es el representante temporal del imám oculto — su lugarteniente en el mundo sensible —, Jomeiní no se limitaba a legitimar una teocracia: transfería a una institución política la invulnerabilidad ontológica propia del imám. Atacar a Hezbolá se convierte así, por definición, en una ofensa contra lo divino — lo que Hassan Nasralá repetió palabra por palabra, negándose a reconocer la distinción que incluso las grandes referencias chiíes del Líbano, como Mohammad Mahdi Chamseddine o Mohammad Hassan el-Amine, siempre habían mantenido entre una doctrina jurídica debatible y un credo religioso intangible. Jomeiní había creado un universo mental en que la política y lo sagrado se habían fundido hasta la indistinción — y en el que él era el demiurgo absoluto, señor de lo temporal y de lo espiritual. Lo que ocurrió en 2024 — con la neutralización sistemática de las estructuras de Hezbolá por los servicios de inteligencia israelíes, la penetración de las comunicaciones cifradas, la explosión simultánea de buscapersonas, la eliminación de Nasralá en un búnker que se creía inexpugnable — puede leerse, a esta luz, como algo más que una victoria táctica. Es una violación gnóstica de una profundidad existencial sin precedentes. Lo que debía, por definición doctrinal, permanecer invisible — la red clandestina, los arsenales secretos, la cadena de mando, el conocimiento oculto — fue visto. Simbólicamente, el enemigo había penetrado el Malakūt . La armadura ontológica había sido perforada. Y esa herida es sin duda más devastadora, para un movimiento construido sobre la irreductibilidad del bātin, que cualquier derrota militar. Es quizás esa herida, más que ninguna pérdida territorial o humana, la que explica la decisión de marzo de 2026 tras la inconcebible desaparición del Guía: una huida escatológica hacia adelante — el último recurso de un sistema de creencias que prefiere sin vacilar la aniquilación a la revisión. La martiropatía: la espiral que devora sus propias cenizas El sociólogo y antropólogo iraní Farhad Khosrokhavar — especialista en islamismo — acuñó, en sus obras sobre la martirología islámica contemporánea, un concepto cuya pertinencia para leer estos años posee una precisión casi cruel, y que se ajusta a Hezbolá y a su universo con una exactitud que estremece: la martiropatía. El término no designa meramente la valoración del martirio en una cultura o una doctrina. La martiropatía es una economía psíquica y colectiva en la que la muerte es el motor primero — la estructura organizadora de la acción y de la existencia. En la martiropatía consumada, el movimiento ya no acepta ser derrotado, porque ha transformado la derrota en una categoría espiritual positiva. El fracaso del yihad, dice Khosrokhavar, es lo que garantiza la legitimidad del martirio. La muerte del mártir no cierra una batalla perdida; por el contrario, la funda retroactivamente como santa, justa y necesaria. El shiïsmo original portaba en sí mismo un dolorismo quietista — una meditación melancólica sobre el duelo de Karbala — que no invitaba necesariamente a ninguna movilización política. Fue Jomeiní — y antes que él Ali Shariati, el ideólogo de la revolución cultural islámica — quien operó la transmutación decisiva: convertir ese dolorismo en fuerza movilizadora, transformar la memoria del martirio en programa de acción, y hacer de la muerte voluntaria no la excepción heróica sino la norma estructurante de la resistencia. El resultado es una espiral que Khosrokhavar describe en términos que deben tanto al psicoanálisis como a la sociología: cuantos más mártires combaten contra el enemigo, más demuestran con ese combate la superioridad del enemigo — y más deben redoblar sus sacrificios para compensar esa prueba. La martiropatía se alimenta de sí misma. Es irrefutable por construcción, porque ha integrado la derrota en su propia lógica como confirmación. Hay en esto algo que, visto desde fuera, se parece a la locura — pero que, visto desde dentro, posee una coherencia formidable. Formidable y — hay que decirlo con todas las letras — clínicamente identificable. Los psicoanálistas reconocen en las estructuras marcadas por la omnipotencia defensiva el recurso a una omnipotencia fantasmada, rígida y compulsiva, destinada a conjurar una angustia de aniquilación que el sujeto — individual o colectivo — no puede tolerar conscientemente. El yo que no soporta la representación de su propia vulnerabilidad produce una convicción compensatoria de invulnerabilidad — que se vuelve tanto más inflexíble cuanto mayor es la vulnerabilidad real. Transpuesta a la escala de una institución, esta estructura se convierte en doctrina, ritual, toda una arquitectura simbólica — como atestigua el lugar del cuerpo del mártir en la cultura de Hezbolá: sin lavar según el rito ordinario, santificado de antemano antes de la muerte, tánsito directo hacia la presencia divina, un cuerpo que no es un cuerpo derrotado sino uno consumado. Este mundo en que no se puede perder, Hezbolá lo construyó piedra a piedra a lo largo de cuarenta años. Y cuando el mundo real presentó sus cuentas, fue simplemente declarado ilusorio. El problema es que las bombas no saben que caen sobre una ficción. O quizá sí lo saben. Al fin y al cabo, ¿no provienen acaso de otro delirio de omnipotencia que funda su legitimidad en una palabra que Dios supuestamente entregó a Abrahám hace casi cuatro mil años…? Uno casi escucha los suspiros póstumos de René Girard ante esta violencia mimética — fundada sobre una mitología esotérica para sustentar un proyecto político esencialista e integralista sobre los cuerpos de todos los que no pertenecen a los «elegidos»… Y la inevitable, apocalíptica escalada hasta los extremos que le sigue… La irresistible tentación totalitaria En Los orígenes del totalitarismo , Hannah Arendt describe algo a lo que llamó la lógica de una idea — una idea que se desprende de su relación ordinaria con lo real y deja de ser una herramienta de comprensión para convertirse en un mundo cerrado, impermeable a las refutaciones que la experiencia pudiera oponerle, porque ha desarrollado su propia lógica interna que integra todo acontecimiento como confirmación. Esta ideología no es simplemente falsa — un simple error puede corregirse: está estructurada de modo que resulta incapaz de corrección. Y su axioma central no es, como en el nihilismo ordinario, que todo está permitido — sino, mucho más peligrosamente, que todo es posible: que nada en el curso de los acontecimentos humanos puede obstaculizar el libre despliegue de las leyes superiores a las que obedece el Movimiento. A título de ejemplo: las leyes de la Raza bajo Hitler; las leyes de la Historia bajo Stalin… o, cabría decir, las leyes de Dios y del imám oculto bajo Jomeiní y sus herederos… Lo que sorprende en el análisis de Arendt es la imposibilidad para tal movimiento de detenerse. Un movimiento totalitario que se detuviera en un territorio determinado, aceptara los límites de un régimen estable y reconociera una jerarquía y unas estructuras fijas, se traicionaría a sí mismo — porque cesaría de ser un movimiento para convertirse en una institución. Ahora bien, una institución puede perder; un movimiento habitado por las leyes superiores del universo, no. Esto es precisamente lo que explica por qué Hezbolá — del que todo el mundo, en los círculos informados, sabía en octubre de 2023 que no estaba preparado para una guerra total — eligió sin embargo entrar en ella, y lo repitió en marzo de 2026. Sin duda, una vez más, hay una parte de cálculo que responde a los intereses específicos de la estrategia iraní en la región, como en 2006 y en 2024 — y Tehrán dio, como siempre, la señal a sus espadas de alquiler para arrojarse hacia el martirio. Pero abstenerse hubiera significado admitir también que existen situaciones en que la prudencia política prevalece sobre la ley divina. Semejante admisión, en la psique de Hezbolá, resulta sencillamente impensable. Más que el instrumento de un régimen que busca mantenerse, el terror — en el sistema arendtiano — constituye la esencia, la ley misma que rige la conducta de los hombres cuando la posibilidad de acción libre y espontánea ha sido estructuralmente erradicada. En una organización gobernada por la wilayat el-faqih , no existe espacio político en que un cuadro pueda levantarse y decir: estamos perdiendo, el Líbano agoniza, cambiemos de rumbo. Ese espacio ha sido suprimido doctrinalmente — porque la propia doctrina lo ha vuelto impensable. No hay rumbo que cambiar cuando se obedecen las leyes del imám oculto; únicamente avanzar — hasta la aniquilación, que será vivida dentro del marco del Malakūt como el cumplimiento de la promesa divina. El terror, en ese sentido, acaba volviéndose contra quienes lo ejercen tanto como contra quienes lo padecen. Elimina a los individuos en bien de la Causa. Sacrifica al Líbano en bien de la Revolución. Y lo hace con plena conciencia tranquila — porque el Líbano real, ese país plural y fragmentado irreductible a cualquier proyecto único, no es sino una plataforma, un territorio de despliegue dentro de un espacio más amplio: el del imperio iraní. No es, nunca ha sido, y nunca será un fin en sí mismo.* El Líbano como objeto sacrificado Hay que plantear ahora la pregunta más difícil — la que verdaderamente preocupa a los libaneses: ¿por qué ha podido Hezbolá llevar a este país al abismo, al menos tres veces, sin que eso produzca en él el menor cuestionamiento de su propia legitimidad? La respuesta no es cínica, aunque el cinismo sea tentador — aunque sea grande la tentación de reducir esta historia a una manipulación calculada de una comunidad por sus dirigentes. La respuesta es estructural, y por ello mucho más inquietante. El Líbano tal como se ha construido — en su pluralismo, sus contradicciones, su negativa a dejarse definir por una única identidad, su relación vertiginosa con Occidente y Oriente que hacen su singularidad en la región — este Líbano es ontológicamente incompatible con la lógica del «Malakūt sobre la tierra» que Hezbolá quiere imponer. Un país que negocia, que transige, que admite el pluralismo de la verdad, que reconoce que la justicia puede ser un valor secular universal, que Occidente no es el Mal encarnado, que la justicia internacional es una autoridad legítima y no una emanación de la máquina infernal de los tiempos modernos — un país así contradice a cada instante la imagen fantasmada que Hezbolá tiene de él, empapada de filosofía mística sincrética y de revolución islámica a la iraní. Una vez más, el golpe gradual ejecutado por Hezbolá a partir de 2005-2006 apuntaba no solo a reducir los cuerpos a la impotencia, sino también el alma y el pensamiento. Lo que el Hezb y su ideólogo Naïm Kassem querían — siguiendo a Sohravardi convertido en programa político — era hacer triunfar el alba interior de Oriente sobre la realidad sensible de Occidente, percibida como trampa y ficción. Lo que se perseguía era una salida definitiva del exilio libanesés — el exilio de los valores occidentales y la racionalidad — para recuperar lo que consideran la visión pura de Oriente. Lo que se perseguía era el Malakūt. Y el Malakūt no deja lugar, por definición, para lo que el Líbano tiene de irreductiblemente suyo. Hay en esta historia un doble vínculo de perversidad trágica. Durante cuarenta años, Hezbolá presentó su presencia armada como la única protección del Líbano contra el enemigo exterior. Pero el enemigo exterior era parcialmente convocado, mantenido, a veces deliberadamente provocado — con el fuego sobre Galilea, con el apoyo a Gaza, con la participación en las guerras regionales del eje de la resistencia — para justificar y perpetuar esta dominación. Esta es la estructura del doble vínculo perfecto e inescapable: Hezbolá protege al Líbano de la guerra que él mismo ha hecho inevitable. Y cuando llega la guerra — en 2006, en 2024, en 2026 — prueba simultáneamente la necesidad de su presencia armada y su absoluta indiferencia ante el destino del país que dice defender. Una vez más: el Líbano es perfectamente prescindible. Lo que el Hezb deja tras de sí En marzo de 2026, el reducto revolucionario está siendo reducido a cenizas y el delirio de invulnerabilidad ya no tiene hogar. El imám sustituto ha muerto. El cuerpo de los Pasdaran ha sido decapitado. Los suburbios del sur arden por segunda vez. El Sur es invadido por tercera vez. El desplazamiento masivo de la población tiene toda la apariencia de una deportación. Y sin embargo Hezbolá continúa — porque un movimiento construido sobre la martiropatía y la lógica totalitaria no puede detenerse, no sabe cómo detenerse. Porque detenerse sería admitir que todo su edificio psíquico es un delirio, que el zaman el-latif no ha suspendido el tiempo de las bombas, y que las leyes del imám oculto no valen más, en el mundo de los hechos, que las leyes de la física y de la guerra. Hay en este momento algo de refutación absoluta — y sin embargo la martiropatía no puede reconocerla. Entonces la transforma, ingiriéndola como combustible para el próximo sacrificio. Esto, precisamente, es la locura lúcida del Movimiento — esta lucidez vuelta contra sí misma, la capacidad de ver la derrota y metabolizarla instantáneamente como confirmación de la verdad que se defiende. Sohravardi — a quien habría que arrebatar quizás de una vez por todas de las manos de quienes han convertido su filosofía en manual de revolución violenta — dijo que el alba interior no triunfa por la fuerza de las armas sino por la iluminación: esa luz que atraviesa las formas sin destruirlas. Pero no es ese Sohravardi — transmitido por el islamólogo Henry Corbin — el que Jomeiní retuvo. Y no es ciertamente el que Hezbolá ha puesto en práctica. Pero es quizás, entre los escombros de esta primavera catastrófica, el único que todavía puede decirle algo útil a quienes sobreviven. La pregunta que habrá que hacerse, una vez que la desolación haya pasado, es si algo puede nacer en estas ruinas que no sea una nueva versión del mismo delirio — una martiropatía de la derrota que reclama una martiropatía de la venganza que reclama una martiropatía de la venganza de la venganza — infinitamente, hasta que no quede nada que destruir en el Líbano. Si las comunidades humanas, desnudadas por la catástrofe, pueden encontrar el camino hacia una narrativa fundada ya no en la invulnerabilidad fantasmada sino en la vulnerabilidad reconocida. Si este país — este país cuya vocación frágil y magnífica es ser irreductible a nada: ni a Oriente ni a Occidente, ni al Islam ni al Cristianismo, ni a la resistencia ni a la colaboración, ni al Malakūt-sobre-la-tierra tal como lo fantasea el Hezb, ni a la modernidad, sino a sí mismo, a su propia complejidad irreductible — si este país puede sobrevivir a lo que se ha querido hacer de él: el territorio de un absoluto que no era el suyo. El Malakūt terrenal del Hezb está en ruinas. ¿Dónde está la victoria prometida, sino en la miseria y la destrucción? ¿Cómo se desprograma y se devuelve a la realidad a hombres que quieren permanecer en la psicosis? La invencibilidad del Hezb ya no existe — y sin duda nunca fue más que el resultado de la falibilidad de los demás: una metástasis nacida de la debilidad del Estado libanes y del instinto de conservación de una élite política demasiado ocupada en sus propios intereses y en su corrupción endémica para mirar al monstruo a los ojos. ¿Quién en esa élite tendrá la inteligencia, el valor — y el saber hacer — para tender la mano, una vez que la Nakba haya terminado, a las víctimas civiles de las fantasías del Hezb, estrecharlas entre sus brazos, romper el mecanismo obsesivo de la violencia — en un gesto fundamental de reconciliación con el espíritu y el ser del Líbano? Un gesto anti-hallali por excelencia, dirigido a romper la maldición del ihbāt — esa mezcla de frustración, derrumbe psíquico, caída edénica y desesperación existencial que ha golpeado irremediablemente, una por una, a cada comunidad libanesa en la estela del colapso de su delirio hegemónico y supremacista? Para eso hacen falta alternativas políticas — y hombres. Aún los buscamos, desesperadamente. Referencias Amir-Moezzi, Mohammad Ali — Le Guide divin dans le shīʿisme originel (Verdier, 1992); La Religion discrète (Vrin, 2006); Qu’est-ce que le shīʿisme? (con Ch. Jambet, Fayard, 2004) Arendt, Hannah — Los orígenes del totalitarismo (Alianza); La naturaleza del totalitarismo (Paidos) Corbin, Henry — En Islam iranien (Gallimard, 4 vols.); Corps spirituel et Terre céleste (Buchet-Chastel) Khosrokhavar, Farhad — L’Islamisme et la Mort (L’Harmattan, 1995); Les Nouveaux martyrs d’Allah (Flammarion, 2002) Sohravardi — L’Archange empourpré (trad. H. Corbin, Fayard, 1976)

París habría presentado un proyecto de solución definitiva

El gobierno libanés emprendió el viernes 6 de marzo una intensa actividad diplomática para intentar poner fin al galopante deterioro que sacude el país, tras la reapertura del frente del sur del Líbano por parte de Hezbolá, en la noche del 1 er al 2 de marzo, haciendo caso omiso de todas las advertencias dirigidas al Líbano al respecto en las últimas semanas. Ante esta nueva aventura suicida de la formación aliada de los Pasdaran, las actividades paramilitares y de seguridad del partido proiraní fueron prohibidas el lunes por el gobierno de Nawaf Salam. Pero Hezbolá sigue haciendo caso omiso de las órdenes oficiales y permanece profundamente comprometido, por instrucción de la República Islámica de Irán, en una guerra regional de la que Líbano es totalmente ajeno. El resultado del pulso entre el Estado y Hezbolá será determinante para el destino de un Líbano que vive, desde el jueves, bajo la amenaza de una intensificación de los ataques de Tel Aviv contra varias regiones del país, en represalia por los ataques del grupo proiraní contra el norte de Israel. El primer ministro, Nawaf Salam, quien recibió el viernes por la mañana a los embajadores occidentales y árabes acreditados en Beirut, reafirmó la determinación de su gobierno de mantener la decisión de guerra y paz y de implementar su decisión de imponer el monopolio de las armas. Les expuso las medidas oficiales tomadas con este fin y les pidió que solicitaran a sus respectivos gobiernos que intervinieran ante Israel para que, en particular, perdonara las infraestructuras civiles, insistiendo en que Líbano había sido arrastrado a esta guerra contra su voluntad. Mientras decenas de miles de desplazados del sur del Líbano y de la periferia sur de la capital permanecen sin hogar, después de haber sido conminados el jueves por Israel a evacuar las zonas donde viven, Nawaf Salam advirtió a sus interlocutores sobre la gravedad de «la catástrofe humanitaria» que se cierne en el horizonte. Paralelamente, el ministro de Asuntos Exteriores libanés, Joe Raggi, emprendió intensos contactos diplomáticos para intentar frenar una posible ofensiva israelí a gran escala. Al mismo tiempo, un portavoz oficioso de Hezbolá, el muftí yafarí Ahmad Kabalan, criticaba implícitamente al Estado por «su derrotismo», instándole a «asumir sus responsabilidades nacionales» frente a la guerra con Israel. Un proyecto francés  En este contexto, la cadena panárabe Al-Hadath informó el viernes por la mañana que Francia ha transmitido al Líbano un proyecto de solución definitiva basado en los siguientes puntos: el anuncio por parte de Hezbolá de que cesa el combate y depone las armas; el despliegue del ejército en los suburbios del sur y en los bastiones de Hezbolá en el sur y en el Bekaa para incautar las armas de la formación en un plazo máximo de dos semanas; la operación de recogida de armas se realizaría bajo la supervisión de Estados Unidos; el Estado libanés anunciaría oficialmente su disposición a iniciar negociaciones de paz con Israel.  Según la cadena panárabe, Tel Aviv ha dado al poder libanés hasta el final de la semana para dar una respuesta a este proyecto de solución, de lo contrario, los ataques contra Hezbolá se intensificarían.  Cabe señalar que fuentes de la formación proiraní, citadas por la cadena Al-Hadath, afirman que Hezbolá «reaccionará a cualquier incursión del ejército libanés en sus depósitos de armas como si se tratara de un ataque israelí». La presión israelí sigue siendo fuerte  Por parte israelí, la presión militar sigue siendo, sin embargo, fuerte. Las fuerzas aéreas israelíes, que llevaron a cabo en la noche del jueves al viernes una serie de violentos ataques contra los suburbios del sur, así como contra varias regiones de la Bekaa y del sur del país, atacaron el viernes durante el día la ciudad de Saida, de mayoría sunita, y la autopista internacional de Dahr el-Baydar. Estos ataques causaron cuatro muertos en Saida, donde fueron atacados líderes de Hamás. Hezbolá había lanzado previamente varias andanadas de cohetes contra el norte de Israel. Ante este escenario, ¿logrará el Líbano oficial sustraer al país de una catástrofe hecha inevitable por la excesiva vasallaje de Hezbolá a Teherán? El resultado de la carrera contrarreloj en la que se han embarcado las autoridades sigue siendo incierto. Por boca de su ministro de Defensa, Tel Aviv ha hecho saber que continuará su operación militar en Líbano «hasta que la batalla con Hezbolá se decida». En otras palabras, hasta que Irán sea puesto de rodillas. Según los medios israelíes, citando a oficiales del ejército, Tel Aviv ha notado una disminución en la frecuencia de los lanzamientos de misiles balísticos contra territorio israelí. «Es algo bueno, pero no debemos conformarnos con ello. Queda mucho trabajo por hacer», habría comentado un responsable de seguridad israelí, citado por Kan. El presidente estadounidense, Donald Trump, también se mostró satisfecho con la evolución de la ofensiva militar contra Irán, estimando que se desarrolla «mejor de lo previsto por el calendario inicial». Según él, la operación debería durar «algunas semanas» más, a pesar de una oposición interna en Estados Unidos a la guerra contra Irán. Sin embargo, la mayoría en el Senado y en la Cámara de Representantes sigue siendo favorable a esta guerra, como lo demostró la votación del jueves. La Cámara de Representantes de Estados Unidos rechazó así un proyecto de resolución destinado a limitar los poderes del presidente Trump y a impedirle continuar la guerra contra Irán sin la aprobación del Congreso.

Lo que hay que salvar
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado

Carta abierta a Joseph Aoun, Nawaf Salam y Nabih Berry En verdad, nada sabemos, pues la verdad yace en el fondo del abismo — Demócrito de Abdera Señores presidentes, Decir que Líbano se encuentra hoy ante una nueva y grave crisis existencial, resultado de un estreptococo malicioso llamado Hezbolá que no fue o no pudo ser tratado a tiempo, resulta casi una obviedad. Porque lo que está en juego hoy supera la mecánica habitual de las crisis libanesas. Ya no se trata de un enésimo reajuste de los equilibrios confesionales, ni siquiera de otro capítulo en la interminable guerra por delegación que otros han librado en nuestro territorio. Lo que hoy vacila, más que nunca, en medio del estruendo de la invasión israelí y del derrumbe del proyecto hegemónico iraní, es el propio sustrato del Gran Líbano: esa idea frágil, muchas veces traicionada, pero irremplazable, que permitió a comunidades antagonistas convivir, enfrentarse con violencia y, en ocasiones, reconocerse. En definitiva, lo que ocurre en toda pareja que aprende a vivir junta. En su deriva descontrolada, Hezbolá termina ahora de destruirse a sí mismo y, al hacerlo, termina también por destruir al Líbano. Su suicidio estratégico, gnóstico en su lógica de inmolación, imperial en sus ambiciones y sectario en su vértigo, revela menos una derrota militar que una fractura ontológica profunda. Durante mucho tiempo Hezbolá afirmó encarnar una resistencia y sus partidarios lo creyeron. Sin embargo, en última instancia, no encarnó más que una servidumbre: la subordinación a Irán, a sus sueños de supremacía regional y a su proyecto teocrático, exportado a las venas de un Líbano al que ha desangrado hasta el hueso. Ese supremacismo proiraní, cuya víctima final ha sido también el componente chiita del Líbano ha decidido consumirse a sí mismo y nadie puede hacer nada al respecto. Pero Hezbolá no hizo metástasis solo. Hay que decirlo sin rodeos: todo el cuerpo político, social y comunitario libanés lo acompañó en ese proceso, cada uno a su manera, especialmente durante los largos años del mandato de Michel Aoun, marcados por infinitas turbiedades y por un vasallaje asumido hacia Teherán y hacia la lógica de la alianza de las minorías. Señores, Miren el estado de las comunidades que, de hecho, representan dentro de las instituciones, en virtud de sus respectivas funciones. Los cristianos, incluso los más soberanistas, aquellos que durante décadas defendieron la idea de un Líbano pluralista e independiente en la línea del patriarca Nasrallah Sfeir, hoy se repliegan en un particularismo defensivo. La idea federalista, durante mucho tiempo marginal, gana terreno, como si al final de la desesperación la partición se convirtiera en la única posibilidad de supervivencia. Se trata de una regresión trágica por parte de quienes fueron los pioneros del Gran Líbano, los arquitectos de la idea misma de una vida común institucionalizada en un Estado compartido. Que ahora abandonen ese proyecto constituye una derrota tanto cultural como política. La comunidad chiita, por su parte, atraviesa una angustia de una profundidad que los discursos triunfalistas de otra época ya no logran ocultar. Haber creído en la resistencia y haberle entregado todo, hijos, pueblos enteros y décadas, para verla transformarse en una máquina de dominación regional al servicio de una potencia extranjera, es un duelo inmenso que pocos observadores externos miden con la empatía que merece. Los chiitas del Líbano merecen infinitamente más que lo que Hezbolá les ha ofrecido: una patología del martirio. Merecen sobrevivir a esta pesadilla que ya ha durado demasiado, sin sentirse aplastados. Los suníes, por su parte, navegan en un doloroso vacío político. No es que hayan renunciado al Líbano, ni mucho menos, pero en ausencia de figuras de referencia y de un proyecto aglutinador, algunos vuelven la mirada hacia la Siria de Ahmad al Chareh y, más allá, hacia la Turquía de Erdoğan. Esta tentación es comprensible en su origen, pero sería devastadora en sus efectos. Diluir nuevamente la soberanía libanesa en un espacio regional que no le corresponde, en nombre de una solidaridad civilizatoria mal definida, sería repetir el error árabe de 1958 con otras banderas, pero con la misma renuncia a sí mismo. La sangre de Hassan Khaled y Rafic Hariri no fue derramada en vano. En cuanto a los drusos, una comunidad visceralmente anclada en la idea del Gran Líbano y que ha pagado el precio de sangre con mayor constancia, hoy se encuentra frente a una rivalidad de liderazgo cuyas derivaciones, en el vecino Haurán, comienzan a mirar hacia alianzas que habrían sido simplemente inimaginables hace apenas diez años. No, el vértigo del vecindario sionista no es una abstracción. Señores, Este retrato no es el de un país que muere de golpe. Es el de un país que se desintegra lentamente, comunidad por comunidad, reflejo por reflejo y repliegue tras repliegue, sin que los mapas del Levante se redibujen geográficamente y sin siquiera estallar en un paroxismo visible. Basta con que el Líbano pierda su unidad nacional para que desaparezca por sí mismo, sin función propia, fagocitado por intereses que lo superan, Israel, Siria y Turquía, y que no tienen ninguna razón para preservarlo si ya no sabe defenderse mediante la coherencia de su propio proyecto. Casi siempre hemos contado con los demás para desentendernos de nuestras responsabilidades. Era más cómodo, más fácil. El resultado, calamitoso, es hoy visible a simple vista. Sin embargo, y esto es lo que queremos decirles aquí, contrario a las ideas preconcebidas que durante mucho tiempo han envenenado el debate público, el Gran Líbano no es una carga heredada del colonialismo francés ni un artificio dhimmi. Fue concebido por sus padres fundadores, de todas las confesiones, como un refugio, una garantía y un espacio de pluralismo en un Medio Oriente que ofrecía muy poco de eso. Para los cristianos, sí, pero también para los drusos, para los chiitas que la geografía y la historia habían marginado dentro del espacio otomano, y para los suníes que apostaron por la modernidad liberal frente a las tentaciones disolventes del panarabismo. El Gran Líbano fue, en su vocación original, una necesidad para todos. Errores de gestión, injusticias en la representación, ambiciones regionales incompatibles con su tamaño y naturaleza, ideologías delirantes importadas del exterior o fabricadas en su interior, así como fantasías personales grandilocuentes, han sacudido seriamente el edificio. Pero un edificio sacudido no es un edificio condenado, siempre que exista el valor de repararlo en lugar de disputarse sus escombros. La batalla que se libra hoy, frente a la arrogancia de un Hezbolá que se derrumba y al belicismo interminable del invasor israelí, supera la cuestión del monopolio de la violencia legítima o del fin de una ofensiva militar devastadora. Esos desafíos son reales y urgentes. Pero la pregunta fundamental es otra: ¿quiénes somos juntos? ¿Qué quiere seguir siendo el Líbano, para sí mismo y para sus hijos? Una vez más, Hezbolá termina de asesinar al Líbano al autodestruirse. Pero en general el Líbano y sus chiitas, en particular, merecen sobrevivir a esta pesadilla que ya ha durado demasiado. Ustedes son tres hombres a quienes la historia ha situado, en este momento preciso, al frente de tres instituciones para responder a esa pregunta. No para esquivarla ni para postergarla hasta después de la crisis, porque no habrá un después sin el trabajo que se haga ahora. Dicho esto, si bien esta responsabilidad es de todos sin excepción, porque el problema no es chiita en sentido estricto, y aunque el poder ejecutivo libanés ha pecado por falta de firmeza frente a Hezbolá desde el final de la catástrofe de 2024, su responsabilidad, señor Berry, sigue siendo la más importante. Usted siempre ha sido ambivalente, llevando al extremo el arte del funambulismo político para salir bien librado y satisfacer a todos, incluido usted mismo. Pero la astucia ya no tiene lugar. Desde hace tres décadas, el Líbano apuesta por una toma de posición histórica de su parte que marque sin ambigüedades un libanismo y un sentido del Estado frente a Hezbolá. Hasta ahora, esa apuesta ha resultado inútil. Termine su carrera política con dignidad. No traicionará a su comunidad. La salvará allí donde la secta escatológica la está desangrándola. Y con ella, al Líbano. Señores, Por supuesto, no les pedimos que estén de acuerdo en todo. La democracia libanesa, en su mejor versión, siempre se ha alimentado del desacuerdo vivo. Lo que les pedimos es que hablen con una sola voz en lo esencial: el Gran Líbano realmente vale la pena ser salvado. Y su supervivencia exige, de todos, una renuncia parcial a los cálculos particulares en favor de un proyecto común, el único que vale la pena, el único que perdura, el único que tiene sentido. Sean claros. Sean firmes. Sean responsables. Que el Estado ya no tenga miedo está muy bien. Pero no puede limitarse a distanciarse y demostrar que existe independientemente del paraestado. Debe actuar con firmeza, incluso recurriendo a la fuerza, para enterrar definitivamente los fantasmas de 1969 y evitar que la metástasis se transforme a su vez en conflictos generalizados entre regiones y barrios. Contrariamente a lo que parece, una explosión interna solo se evitará si el Estado comienza realmente a existir, sin aceptar por más tiempo el hecho consumado. No es la acción del Estado la que encendería la mecha, sino, por el contrario, su inacción. ¿El secretario general del partido los desafía abiertamente y los demoniza? Esta siniestra bufonada ya ha durado demasiado. Las armas lo han destruido todo. El Código Penal, y más allá de él, la Constitución, les otorgan el poder de actuar con decisión, sin vacilar, antes de que esta locura arrastre aun a más inocentes. De lo contrario, el precio de un inevitable acuerdo de paz será mucho más alto, si es que Israel acepta esta vez no anexar de facto una parte del territorio libanés. Evitemos entonces la rendición, la humillación y una nueva ocupación permanente hacia la que Hezbolá nos arrastra. La única vía de salvación es restaurar, de una vez por todas, la autoridad y el prestigio del Estado. Y esto se dice con un tono de mesura y moderación, incluso con una voz cansada, ciertamente no con fervor ni entusiasmo. Señores, La idea libanesa es hermosa. Quizás sea incluso la única idea verdaderamente original que este rincón del Levante ha ofrecido a la modernidad política: vivir juntos sin parecerse, reconocerse sin disolverse. No pasemos entonces otro medio siglo lamentando lo que no supimos preservar por nosotros mismos por no haber cumplido nuestras responsabilidades políticas. Reciban, señores presidentes, la expresión de mis sentimientos más respetuosos. Michel HAJJI GEORGIOU

Naïm Kassem es un mentiroso
Por
Makram Rabah
Publicado

En su último discurso, Naim Kassem intentó presentar la decisión de Hezbolá de lanzar cohetes y ampliar la guerra como un acto defensivo reluctante, impuesto por las violaciones israelíes. Según su relato, Hezbolá ejerció paciencia durante quince meses tras el alto el fuego de noviembre de 2024, dejó que la diplomacia siguiera su curso y finalmente actuó solo cuando quedó claro que Israel no cesaría en su violación de la soberanía del Líbano. Este argumento no merece debatirse seriamente, porque está construido sobre una mentira. Kassem no se equivoca, no está mal informado ni ofrece una interpretación alternativa de los hechos. Miente. Los hechos no son ni complicados ni ambiguos, y la propia cronología expone la deshonestidad de su afirmación. Hezbolá no descubrió de repente las violaciones israelíes tras quince meses de silencio, ni decidió que la soberanía libanesa había alcanzado finalmente su punto de quiebre. La organización eligió su momento con sumo cuidado, y lo hizo inmediatamente después del asesinato de Ali Jamenei. Esa sola cronología basta para desmantelar toda la narrativa. Si la guerra de Hezbolá fuera verdaderamente sobre el Líbano, debería haber comenzado mucho antes. El propio Kassem dedicó una parte considerable de su discurso a enumerar miles de presuntas violaciones israelíes durante el año pasado — incursiones en el espacio aéreo, ataques fronterizos, destrucción de propiedades y víctimas civiles. Por su propia lógica, estas violaciones eran graves y constantes. Sin embargo, a pesar de esta situación supuestamente insoportable, Hezbolá insistió repetidamente en que permanecería paciente y en que el Estado libanés debía perseguir la vía diplomática. Durante quince meses, Hezbolá esperó. Luego, de repente, tras el asesinato del líder supremo de Irán, se lanzaron cohetes desde el sur del Líbano y el país fue arrastrado una vez más al borde de la guerra. Kassem quisiera que el público libanés creyera que esta secuencia de eventos es puramente coincidental, que Hezbolá simplemente alcanzó el límite de su paciencia en el mismo momento exacto en que la dirigencia iraní era golpeada. Ningún observador serio puede aceptar semejante afirmación. Hezbolá no actuó porque la soberanía libanesa hubiera sido violada; actuó porque Irán fue golpeado. La dirigencia de la organización puede intentar envolver esta decisión en el lenguaje de la resistencia, el martirio y la defensa nacional, pero la realidad subyacente permanece inalterada. La brújula estratégica de Hezbolá no apunta hacia Beirut. Apunta hacia Teherán. De hecho, el propio Kassem reveló inadvertidamente la verdad cuando aludió en su discurso al ataque contra Jamenei como parte del contexto de la confrontación. Esa referencia no fue accidental. Expuso el centro emocional e ideológico de la reacción de Hezbolá. Cuando la dirigencia iraní fue atacada, Hezbolá se sintió compelido a responder — no como actor político libanés que defiende un interés nacional, sino como componente leal del eje regional iraní. Por eso, tratar el discurso de Kassem como si constituyera un argumento político legítimo es errar el punto. El discurso no fue un intento honesto de explicar los hechos; fue un intento de ocultarlos. La dirigencia de Hezbolá comprende perfectamente que admitir abiertamente la verdadera razón detrás de su escalada expondría la medida en que el Líbano es tratado como un campo de batalla para la guerra de otros. El comportamiento de la dirigencia de Hezbolá hoy se asemeja a algo mucho menos noble que la imagen heroica que intenta proyectar. Lo que queda de la dirigencia de la organización se parece cada vez más a un grupo de incendiarios que disfrutan prendiendo fuego al Líbano, plenamente conscientes de que serán los hogares de los libaneses ordinarios los primeros en arder. Declaran guerras, celebran el sacrificio e invocan el martirio desde la seguridad de los discursos políticos, mientras la destrucción se extiende por aldeas y barrios que nunca eligieron esta confrontación. Su reacción al asesinato del líder supremo de Irán revela esta mentalidad con una claridad inquietante. En lugar de abordar el momento con mesura, Hezbolá se apresuró a demostrar lealtad mediante la escalada, convirtiendo efectivamente al Líbano en una arena simbólica de duelo y venganza. Al hacerlo, pidieron a los civiles libaneses que pagaran el precio por la muerte de un hombre que pasó su vida gobernando Irán mediante la represión y exportando violencia por toda la región. Ali Jamenei no defendió al Líbano, no respondía ante el pueblo libanés, y no sacrificó nada por el país cuyo territorio Hezbolá coloca ahora en la primera línea de las represalias. Sin embargo, la dirigencia de Hezbolá espera que los ciudadanos libaneses acepten esta guerra como si fuera la suya. La contradicción es flagrante. Kassem habla incesantemente de soberanía mientras rechaza la autoridad del Estado libanés cada vez que ese Estado intenta regular las armas de Hezbolá. Habla de defender el Líbano mientras reserva a Hezbolá el derecho exclusivo de decidir cuándo el Líbano va a la guerra. Llama a la unidad nacional mientras acusa a los críticos de traicionar la resistencia. Pero la soberanía no puede existir en un país donde una milicia decide el destino de la nación, y la unidad no puede construirse sobre una mentira. El Líbano merece honestidad acerca de por qué es arrastrado repetidamente a guerras que devastan sus ciudades y desplazan a su gente. Lo que recibió en cambio fue otro discurso diseñado para oscurecer la verdad detrás de consignas ideológicas y apelaciones emocionales. Kassem quizás espera que repetir el lenguaje de la resistencia convencerá eventualmente al público de que Hezbolá actúa en interés del Líbano. Sin embargo, el calendario de esta guerra, la estructura de las alianzas de Hezbolá y el contenido de su propio discurso revelan algo muy diferente. Esta no es la guerra del Líbano. Es la guerra de una organización que sigue tratando al Líbano como el escenario en el que demuestra su lealtad a una causa ajena, aunque los fuegos que enciende consuman el país que dice defender.

El gabinete Salam lanza la caza a los Pasdaran

El Consejo de Ministros reunido el jueves en el Gran Serrallo adoptó varias medidas destinadas a impedir toda actividad y presencia de los Guardianes de la Revolución Islámica iraní en el Líbano, en lo que se percibe como una verdadera caza de Pasdaran en el país. El gobierno pidió a los ministerios pertinentes (Defensa e Interior), así como a los municipios y a los diferentes servicios de seguridad, que tomen todas las medidas necesarias para impedir cualquier actividad militar y de seguridad de los Guardianes de la Revolución en territorio libanés. Se encargó a las autoridades pertinentes que detectaran la presencia de Pasdaran en el país, los arrestaran y los expulsaran. Además, a propuesta del ministro de Asuntos Exteriores, Joe Raggi, el gobierno decidió imponer la obtención de un visado de entrada a todo ciudadano iraní que desee viajar al Líbano. Cabe señalar que, al inicio de la reunión del Consejo de Ministros, el jefe de gobierno estigmatizó con vehemencia a quienes «cometieron el pecado de arrastrar al Líbano a aventuras de las que bien podríamos habernos librado todos nosotros». El Sr. Salam lamentó la actitud de quienes actuaron de esa manera «ignorando las catastróficas consecuencias de su comportamiento para el país, para servir intereses extranjeros contrarios a los intereses del Líbano». Por otro lado, las calles y entradas de Beirut fueron escenario el jueves por la tarde de un gran movimiento de pánico y un bloqueo de la circulación tras la llamada del ejército israelí a evacuar sin demora varios barrios de la periferia sur. Decenas de miles de habitantes abandonaron precipitadamente sus hogares, la mayoría sin saber adónde ir. Este éxodo masivo provocó atascos inextricables en las calles de la capital. Recordamos que el ejército israelí también pidió el miércoles la evacuación de toda la región meridional situada al sur del Litani. Según diversas fuentes, el ejército israelí tendría la intención de arrasar pura y simplemente varios barrios de la periferia sur, bastión de Hezbolá. El ministro israelí de Finanzas declaró el jueves sin ambages que la periferia sur de Beirut sufrirá el mismo destino que Khan Younes, en Gaza, es decir, una destrucción total. En este contexto, cabe destacar que el presidente Joseph Aoun se puso en contacto con el presidente Emmanuel Macron para pedirle que interviniera ante el gobierno israelí con el fin de salvar la periferia sur. Recordemos en este contexto que en los últimos meses la Administración Trump había instado en varias ocasiones al poder libanés a aplicar lo antes posible el contenido de la resolución 1701 del Consejo de Seguridad, así como las disposiciones del acuerdo de alto el fuego de noviembre de 2024 relativas a la entrega del arsenal militar de Hezbolá al ejército libanés. De lo contrario, subrayaron los líderes estadounidenses, el ejército israelí se encargaría de desarmar a la milicia proiraní. Sin embargo, las gestiones de EE.UU. en este ámbito quedaron en letra muerta. Al mismo tiempo, la Administración Trump había advertido en las últimas semanas contra cualquier intento de Hezbolá de arrastrar al Líbano a una nueva aventura bélica, a raíz del conflicto con la República Islámica de Irán. Washington había advertido en varias ocasiones al poder que una implicación de Hezbolá en el conflicto con Irán tendría consecuencias desastrosas y dramáticas para el Líbano. También en este caso, las advertencias estadounidenses quedaron en letra muerta… Joumblatt se alza contra «la locura de ciertas partes en el Líbano» Cabe señalar que, al término de una reunión el jueves por la noche con el presidente Joseph Aoun, el líder del Partido Socialista Progresista, el diputado Taymour Joumblatt, declaró que «los habitantes del Sur pagan el precio de la locura de ciertas partes en el Líbano y en el extranjero». El Sr. Joumblatt subrayó a este respecto que la decisión de guerra y paz debería estar en manos del Estado central.

Israel multiplica los asesinatos de líderes; Irán extiende sus ataques a Azerbaiyán

La ofensiva estadounidense-israelí lanzada el pasado 28 de febrero contra el régimen de los mulás iraníes, así como la reapertura consecutiva del frente del Líbano-Sur por Hezbolá, en la noche del 1° al 2 de marzo, han tomado un nuevo giro en las últimas cuarenta y ocho horas. Mientras continúan los ataques aéreos contra las posiciones de Hezbolá, especialmente en los suburbios del sur de Beirut y en varios pueblos de la región meridional del país, la aviación del Estado hebreo multiplica los ataques selectivos con el objetivo de eliminar a altos mandos de la formación proiraní y de las organizaciones palestinas fundamentalistas. El miércoles 4 de marzo y durante la jornada del jueves 5 se llevaron a cabo ataques en Aramoun, Saadiyate, Bchemoun, Choueifat, Saida, Hazmieh y en la carretera del aeropuerto de Beirut (donde murieron dos dirigentes de Hezbolá), así como en Zahlé y en el campamento palestino de Baddaoui, en el norte del Líbano, donde fue abatido un alto responsable de Hamás. En cada una de estas localidades, los mandos fueron asesinados por un misil, ya sea en su domicilio o mientras circulaban en coche. Paralelamente, el portavoz arabófono del ejército israelí reiteró su llamamiento a todos los habitantes del sur del Litani para que evacuaran sus pueblos y se dirigieran al norte del río. Hizo un llamamiento similar a los habitantes de los suburbios del sur, pidiéndoles que se replegaran hacia Trípoli o a ciertas zonas de la montaña. Según una de las cadenas de televisión israelíes, las FDI tendrían la intención de bombardear y destruir «decenas de edificios en los suburbios del sur». El frente iraní A nivel de operaciones militares en Irán, se lanzaron misiles en la mañana del jueves contra Doha (Qatar), Manama (Baréin) y el Kurdistán iraquí, donde fue atacado el cuartel general de las fuerzas kurdas iraníes opuestas al régimen de los mulás. Cabe señalar que, según funcionarios estadounidenses citados por Fox News y por el sitio Axios, las fuerzas kurdas de la oposición iraní apostadas en Irak lanzaron a principios de esta semana una ofensiva terrestre en territorio iraní, con el apoyo, afirman estas mismas fuentes, de los servicios estadounidenses e israelíes. Sin embargo, la Casa Blanca negó que tenga intención de brindar ayuda a los opositores kurdos iraníes estacionados en Irak. Los Pasdarán, por su parte, indicaron en ese contexto que abrieron fuego contra «elementos secesionistas» que intentaban cruzar la frontera con Irak. Además de esta tensión en la frontera irano-iraquí, se produjo un grave acontecimiento en la mañana del jueves. Los Pasdarán lanzaron dos misiles en dirección a un aeropuerto en Azerbaiyán donde, además, se han reportado concentraciones de tropas en la frontera con Irán, según algunas informaciones. A principios de semana, recordamos, los Guardianes de la Revolución habían lanzado misiles hacia Chipre, contra una base británica, y Turquía, donde la defensa antiaérea de la OTAN interceptó el misil. Parece evidente, por lo tanto, que los Pasdarán se esfuerzan por extender cada vez más el conflicto a nuevos países y a nuevas zonas geográficas, siendo el objetivo de la República Islámica aumentar la internacionalización del conflicto para agravarlo al máximo e intentar detener la ofensiva estadounidense-israelí. Ante la potencia de fuego y la extensión de la ofensiva estadounidense-israelí, el régimen de los mulás, sin duda presa del pánico, opta por la huida hacia adelante y por la extensión del conflicto a nuevas zonas geográficas cada vez más amplias para romper su enfrentamiento con Estados Unidos e Israel. Solo que tal estrategia se vuelve contra Teherán y no hace más que aumentar su aislamiento, como lo ilustran las posiciones internacionales registradas en las últimas veinticuatro horas. El secretario general de la OTAN declaró que la abrumadora mayoría de los países de la alianza atlántica apoya la posición del presidente Donald Trump con respecto al conflicto con Irán. En el mismo sentido, la Comisión Europea estigmatizó el comportamiento del régimen iraní, subrayando que la línea de conducta de la República Islámica constituye una amenaza para la estabilidad en Oriente Medio y la seguridad en Europa. En este marco, el presidente Emmanuel Macron indicó el jueves que había propuesto a Italia y a Grecia el envío de tropas a Chipre para reforzar las capacidades de defensa de la isla. En este marco, Francia decidió autorizar el acceso de los aviones estadounidenses a sus bases militares en Oriente Medio. Gran Bretaña también había abierto sus bases a principios de semana a la aviación estadounidense. Por su parte, el primer ministro canadiense declaró el jueves que no descartaba la participación de su país en la guerra contra el régimen iraní. En cuanto a Australia, anunció el envío de «potencial militar» a la región. Finalmente, el Senado de Estados Unidos rechazó una resolución presentada por legisladores demócratas que buscaba limitar la libertad de acción del presidente Trump en Irán.