


Si escribo estas palabras hoy, no es movido por la ética, la amistad o la cortesía, sino por el inmenso respeto que profeso a un hombre que dio mucho al Líbano y que permaneció un soldado desconocido.
Este hombre se llama Mohammad Hussein Shamseddine, y pensó y redactó, de 1992 a 2026, la mayor parte de la literatura política que constituyó la piedra angular sobre la cual construimos el relato de la soberanía y la independencia del país.
Para Mohammad Hussein Shamseddine, la soberanía y la independencia estaban siempre ligadas a la unidad nacional, de la que dependían directamente. Y en el momento en que esa unidad nacional se quebraba, cualquiera fuese la razón, ello traía inevitablemente consigo una ruptura de la independencia y la soberanía del país.
Decía que la mayoría de los libaneses, comunidades o partidos, para poder ajustar cuentas con las otras comunidades y los otros partidos, habían optado por crear una asociación con una fuerza regional o extranjera, a la que cedían una parte de la soberanía del país a cambio de una fuerza de apoyo utilizada en el interior del país contra el otro diferente.
Para él, la independencia y la soberanía eran indivisibles, y ningún beneficio podía crearse a expensas de la asociación con las otras comunidades, distintas o no.
Chamseddine era un soldado desconocido porque se había atribuido a grandes pensadores el mérito de haber redactado, por ejemplo, la literatura del Congreso Permanente de Diálogo. Se había atribuido a grandes pensadores el mérito de haber redactado toda la literatura de Kornet Chehwane, del 14 de Marzo, de la secretaría general, de los manifiestos políticos elaborados cada año, de las cartas dirigidas al exterior, a los centros de decisión árabes, etc.
Todo ese patrimonio nacional y político se lo debíamos en realidad al pensamiento de Mohammad Hussein Shamseddine.
Era en torno a él que nos reuníamos en la secretaría general, cigarrillo en mano, con un río de café servido por Antoinette. En torno a ese sabio, a ese hombre de una modestia extrema que nunca había intentado, a diferencia de muchos políticos y pensadores políticos, destacar lo que sabía a expensas del otro.
Al contrario, enseñaba, con calma, como un sabio. A su alrededor, todos, todos escuchaban, viendo en él una fuente de bondad, de valentía, de buen juicio, de inteligencia y, sobre todo, de una comprensión profunda de la complejidad de la sociedad libanesa.
Mohammad, serás para mí, siempre, como lo fueron Sami Frangieh o Nassir el-Assad, un erudito de quien aprendí a mantenerme modesto, a leer intensamente y a ver y conocer el Líbano de una manera distinta.
El Líbano, como decías siempre, no puede fundarse sobre un equilibrio de fuerza, sino sobre la fuerza del equilibrio.
Ojalá seas escuchado, sobre todo en los terribles momentos que atravesamos actualmente, y ojalá tus palabras y tu pensamiento constituyan el pilar filosófico del Líbano de mañana.