
Homenaje a la memoria de Mohammad Hassan el-Amine


El espíritu y el legado del ulema Mohammad Hassan el-Amine, autoridad de referencia del chiismo amelita, libanista y estatista, permanecen más vigentes que nunca cinco años después de su partida.
Hace cinco años, el 10 de abril de 2021, el ulema chií Mohammad Hassan el-Amine sucumbía en Sidón a un COVID contraído a los setenta y cinco años.
El Líbano llevaba ya mucho tiempo desmoronándose ante sus ojos — y siguió inexorablemente dislocándose después de él.
Quién sabe si la Muerte, quizá pardójicamente magnánima en esta ocasión, concedió a este hombre sabio y bonáchon — como lo había hecho, casi una década antes, con su amigo Hani Fahs — la oportunidad de no sufrir más ante el espectáculo aterrador de la agona continua del País del Cédro y, con ella, de la comunidad chií. Sin duda la finitud le hizo una reverencia última y gentíl al arrebatarlo de este mundo antes de que sus profécias más sombrías empezaran a cumplirse con tanta exactitud. O acaso se trate de ese consuelo último que nos permite sobrevivir a la desaparición de los referentes fundamentales que fueron construyendo progresivamente toda una visión de lo político fundada en la moderación, la convivencia y la paz.
Cinco años después, las ruinas del país llevan grabados exactamente los contornos que Mohammad Hassan el-Amine había trazado. Releer sus textos hoy depara una forma de gratitud tardía por ese valor de la clarividencia que se vio obligado a desplegar en el seno mismo de su comunidad, contra la guardia pretoriana que se había erigido como su protectora, y en nombre de una idea de su comunidad que esos guardianes se empleaban metódicamente en desfigurar.
El hombre de Nayaf y de Sidón
Nacido en 1946 en Chakra, en el corazón del Yabal ʿAmil, en el seno de una familia cuya estirpe religiosa se remontaba a varias generaciones — el gran Mohsen el-Amine, autor del ʿAyan al-Shia, figuraba entre sus antepasados —, había abandonado a los catorce años su rincón periférico del mundo para recorrer las callejuelas eruditas de Nayaf, donde pasó doce años absorbiéndose en el fiqh, la filosofía y la tradición, sin dejar jamás de leer en paralelo lo que los paladines de la prohibición apenas frecuentaban: la historia de las religiones, los grandes textos del Renacimiento europeo, Averroes releído desde los márgenes, o Yamaleddine al-Afgani como fuente de interrogaciones inagotables. Regresó en 1972 portando una sutil mezcla de duda fécunda, de capacidad para separar lo divino de lo humano sin negar lo uno en beneficio de lo otro, y de la convicción de que el fiqh sin un conocimiento profundo de la historia no es, en realidad, más que una extensión infinita, una perpetuación trágica del pasado.
Juez del tribunal religioso en Tiro, luego en Sidón, presencia intelectual en una ciudad de mayoría suní donde habitaba sin replegarse sobre el ensimismamiento comunitario, Mohammad Hassan el-Amine animaba el Multaqa al-Thulatha, veladas de los martes en su casa donde se cruzaban poetas y políticos, eclesiasticos y laicos, donde Mons. Selím Ghazal venía a cruzar el acero con el sayyed en una amistad que nada — ni las fracturas confesionales ni las grietas políticas — lograría jamas resquebrajar.
Desde Sidón, Mohammad Hassan el-Amine construyó así una figura intelectual singular en el panorama chií libanés, que reivindicaba, en un entorno comunitario cada vez más letal y totalitario, la moderación, la justicia, la libertad y la cultura de la vida, y que se negaba a sacrificar ninguna de ellas en nombre de una doctrina, una ideología o una vacua pseudorretórica populista. El hombre había comprendido a la perfección que la cuestión que el Líbano lleva siglos planteando reside en esta dialéctica: liberar la religión de la política que busca constantemente confiscarla. Reformista hasta la médula, en el espíritu de la tradición amelita libanesa de la que era, a la zaga del imam Mohammad Mahdi Shamseddine, una de las autoridades más eminentes del Líbano. ¿La marea parda que asolaba su entorno? Era perfectamente inmune a ella.
Un resistente contra la resistencia confiscada
Sin embargo, el sayyed era un resistente. Nadie podía poner en cuestión su legitimidad a ese respecto. Había dado cobijo a Ragheb Harb en su casa de Sidón. Había escondido a Abdel Latif el-Amine durante los oscuros años de la ocupación israelí. Había sido detenido en julio de 1984 y expulsado a Beirut por los servicios de inteligencia militar israelíes. Pero creía a pie juntillas en el principio de una resistencia nacional libanesa que distinguía cuidadosamente, y desde hacía mucho tiempo, de la resistencia armada comunitaria.
Esta distinción reposaba sobre una convicción arquitectónica, asentada en una antropología y una teología, según la cual la resistencia sólo tiene valor real cuando la porta un pueblo y se inscribe en un proyecto de Estado, más que cuando se cede a un partido-milicia que termina siempre, habiendo monopolizado la guerra, por monopolizar también la paz, la representación y la vida y la muerte de quienes dice defender.
Lo decía sin rodeos, en una entrevista concedida a Sandra Noujeim de L’Orient-Le Jour en julio de 2015, en el momento en que la implicación miliciana de Hezbolá en Siria terminaba de revelar su verdadera naturaleza bajo las capas de retórica que la encubrían: «La resistencia en el Líbano no puede alcanzar las condiciones de su éxito sin unidad libanesa, sin un ejército capaz de enfrentarse al enemigo y sin instituciones estatales que sirvan de referencia al pueblo libanés.» Y más adelante, con una franqueza que, en boca de un respetado sayyed chií, era de un valor ejemplar: «Al convertirse en puntal del régimen sirio, que en nada difiere de las demás dictaduras represivas de la región, la resistencia se desnaturaliza progresivamente.» ¿La moumanaa, el celebrado eje de la resistencia que la propaganda del Partido de Dios blandía como un estandarte sagrado? «Dónde está, pues? No la veo.» La respuesta, perfectamente calmada, hacía estallar en pedazos el mito fundador de Hezbolá sobre la lucha por los oprimidos.
El diagnóstico y su cumplimiento
La participación de Hezbolá en la guerra siria era una prueba adicional de que el partido había transformado a la comunidad chií libanesa en combustible de un proyecto que había dejado de ser chií en el sentido de la tradición del Yabal ʿAmil, para volverse persa en sus fines escatológicos y mercenario en sus modalidades terrenales. El verano de 2006 ya había costado muy caro, y el veredicto seguía siendo muy cuestionable sobre las «victorias divinas» proclamadas por el Hezb. La década siria había comenzado ya a firmar el verdadero comienzo del fin… antes de que los misiles de septiembre de 2024 y luego los de marzo de 2026 vinieran a escribir el capítulo más brutal y más trágico.
Mohammad Hassan el-Amine poseía ese don singular de formular, sin acrimonia, verdades que sus interlocutores se negaban a escuchar, y de poner el diagnóstico sobre la mesa sin complacerse en la herida que causaba. La tristeza lúcida del médico que ve progresar la enfermedad porque el paciente rechaza el tratamiento, y que sigue repitiendo, día tras día, la receta, aun sabiendo que quienes le escuchan son cada vez menos. Tal era su posicionamiento filosófico, y eso es lo que recorría sus textos.
¿La wilayat al-faqih como fundamento de la legitimidad política? Había pasado toda su vida demostrando que el gobierno, en la tradición islámica bien entendida, pertenece al ámbito de los asuntos humanos y no del mandato divino, que la dawla nace en el campo de las mubahaat, las cosas permitidas, y que confundir la sharia con la arquitectura del poder político es cometer exactamente la traición que Muawiya cometía en su tiempo: robar la justicia en nombre de la justicia. ¿La democracia como antítesis del islam? Se había preocupado de mostrar que la democracia funciona como un mecanismo, que el principio coránico de shura no espera sino ser traducido en instituciones, y que hace catorce siglos los musulmanes perdieron una ocasión histórica de inventar la democracia antes que los europeos.
Karbala contra la martiropatía
El sayyed ya no está para asistir al suicidio de la secta guerrera, que destruyó consigo el conjunto del Yabal ʿAmil, lo cedió al enemigo y provocó sin vergüenza, para mayor gloria del faqíh, el desplazamiento de toda su población. Hezbolá emerge hoy de las cenizas de su propia implosión militar. Y sin embargo, entre las ruinas aún humeantes de esta catástrofe, la retórica martiropatica sigue funcionando, como si la gravedad del desastre fuera incapaz de romper el círculo diabólico de la ideología de la muerte. Una ideología que el-Amine había combatido toda su vida, en nombre de una dignidad superior de la vida, convencido de que el chísmo, tal como lo concebía desde sus lecturas en Nayaf hasta sus últimas conferencias en Sidón, se presenta ante todo como un proyecto de liberación humana, antes de ser instrumentado como programa de sacrificio ritual al servicio de las ambiciones imperiales de Tehrán.
La martiropatía, ese culto estructural de la muerte que transforma la derrota en victoria espiritual y la destrucción en sacrificio fundador, ocupa el corazón teológico de la lógica de Hezbolá, sin que nadie dentro del sistema posea las herramientas conceptuales para salir de él. Esto es lo que el-Amine había comprendido al releer Karbala como un llamado a no tolerar jamás la injusticia, a rechazar la sumisión al tirano y a distinguir el testimonio (shahada) de la búsqueda compulsiva del martirio (istishhad) erigida en finalidad. En sus conferencias de 1992 y 1993 en Teyr Debba, revirtía el eslogan «Cada día es Ashúra, cada tierra es Karbala» contra la lectura dominante que la milicia y sus panegiristas habían hecho de él. Este eslogan, explicaba, significa que la lucha por la justicia se plantea en cada época y en cada lugar, y que el verdadero homenaje rendido al imam Husein es construir el mundo que él propugnaba. Y que, por ende, repetir sin fin la escena de su inmolación traiciona precisamente lo que él quiso transmitir. Pero ¿cómo convencer de ello a una multitud criada desde la cuna en la idea fija y anestesiante de que la vida verdadera pasa por el martirio?
El legado y la brújula
Lo que hace que el pensamiento de el-Amine sea insustituible en el Líbano de hoy reside en la calidad de la alternativa que propuso y que aún está por construir. Un chísmo liberado de la tutela de un aparato militar que confiscó la decisión de guerra y paz a toda una sociedad sin consultarle jamás, y que impuso su destino a una comunidad instaurando una hegemonía por las armas al servicio de un proyecto ajeno. El legado de Mohammad Hassan el-Amine, más que nunca, es el de una identidad chií libanesa luminosa, radiante, cuyo anclaje primero sea el Líbano y la herencia del Yabal ʿAmil, releídos sin la servidumbre política que la wilayat al-faqih impone sobre ellos desde 1979. Una visión del Estado como proyecto común de justicia y libertad, que trasciende las pertenencias sectarias y es capaz de acoger la pluralidad libanesa en una arquitectura civil fundada en el derecho y la democracia, lejos de las armas, del narcotráfico y de los usos mefistofelicos heredados de los Asesinos.
Esta visión libanesa, Mohammad Hassan el-Amine — dignitario religioso, filósofo, escritor y poeta — la había construido en la práctica cotidiana de un hombre sencillo, austero, cálido, que vivía en una ciudad de mayoría suní, participaba en consejos interconfesionales, acogía con los brazos abiertos, en el espíritu de convivencia del Gran Líbano, a sacerdotes maronitas e intelectuales laicos, que leía a Mohammed Arkoun con tanto interés como a Shahid Sadr, y que se negaba a que su posición y sus creencias religiosas dictaran sus relaciones con sus conciudadanos.
La proximidad, el cuerpo a cuerpo con la alteridad, la convicción de que el islam constituye el patrimonio de la civilización humana en el sentido más amplio… todo ello hacía de él una especie de clérigo-erudito, de muytahid-humanista, cuya profunda tradición nunca podía obstaculizar su libertad de pensar y de ser con los demás y para los demás.
Shia al-ʻaql wal-damir — los chiíes de la razón y la conciencia.
Tal es el camino que Mohammad Hassan el-Amine, siguiendo las huellas de sus ilustres predecesores del Yabal ʿAmil, propone a los chiíes libaneses. Es un proyecto de futuro. Para la comunidad chií, como, por lo demás, para todas las comunidades libanesas, actualmente desorientadas y presa de las convulsiones identitarias más violentas, como ocurre siempre en tiempos de crisis.
Al igual que sus amigos Mohammad Mahdi Shamseddine, Hani Fahs, Nassir el-Assaad y Mohammad Hussein Shamseddine, y tantos otros, el legado de Mohammad Hassan el-Amine está ahí para recordarnos que la brújula es el Estado del Gran Líbano como patria definitiva para todos sus hijos, soberano, libre, independiente y plural.
En el silencio de la eternidad, aún espera — ahora más que nunca — ser escuchado.