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In Memoriam

Michel el-Khoury o la nobleza del borramiento

Homenaje a un gran señor del Gran Líbano

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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado ago 27, 2026 - 01:34

¿Cómo hablar de un hombre que detestaba hacer ruido? ¿De alguien que rehuía los golpes de efecto y toda forma de exhibición, aun cuando su brillantez y nobleza, muy a pesar suyo, competían de manera absolutamente desleal con su extrema modestia?

La tarea es particularmente ardua. Tanto más cuanto que el propio hombre, poco aficionado a los medios, las entrevistas, los honores o cualquier forma de exposición pública, habría desaprobado este ejercicio, por lo menos arriesgado, al que se entrega el autor de estas líneas.

Y sin embargo, precisamente porque el jeque Michel el-Khoury, fallecido el 4 de julio de 2026, poco antes de cumplir cien años, eligió a lo largo de su vida el camino del silencio y la discreción, fiel a su leitmotiv de que “hay que servir, en vez de servirse”, y colocando al Estado y su primacía por encima de cualquier otra consideración, resulta absolutamente necesario hablar hoy de él, en un momento de profunda descomposición para el Líbano. Tanto más cuanto que su visión del país y de su papel sigue siendo más vigente que nunca.

Ojalá tenga la indulgencia de perdonar este intento, que es menos el de un periodista que el de un amigo fiel y agradecido, de dar humilde testimonio de lo que fue y de lo que seguirá siendo en la memoria, aunque sea en la de quienes tuvieron el privilegio de conocerlo y frecuentarlo.

Los dos padres, los dos referentes

Brillantez. Nobleza. Devoción silenciosa por la cosa pública, el Estado y la patria.

Si hubiera que elegir un tríptico para aproximarse a la personalidad inmensamente rica y compleja del jeque Michel, sería éste.

Béchara el-Khoury, primer presidente de la República Libanesa soberana, lo había entendido bien cuando dejó escapar un día esta magnífica y lacónica frase: “Mi hijo Michel es un príncipe. Qué digo, un príncipe… ¡un archiduque!”

Michel el-Khoury fue, en efecto, un gran señor de la política libanesa, en el sentido más honorable y más noble que pueda encerrar la expresión. Un príncipe al servicio de la República y de la democracia… en tiempos desquiciados, dominados por los mastines y perros de presa de la politiquería libanesa, obsesionados con los honores… y con encontrar tutores.

Pero ¿podía ser de otra manera cuando el nombre de su padre, Béchara, se confundía con la independencia del Gran Líbano, y el de su padre espiritual, su tío Michel Chiha, con la Constitución libanesa?

Escapar del nombre del padre resultaba imposible. Tanto que, ya pasados los noventa años y pese a una trayectoria pública excepcional y una cultura impresionante, observaba, no sin cierto cansancio, que los medios seguían añadiendo a su nombre el de su padre, como si el suyo todavía no bastara…

El destino tenía sentido de la ironía. No había dejado de burlarse del jeque Michel, sin consideración por su edad, su trayectoria ni su experiencia.

El itinerario de un rebelde

Y sin embargo, desde muy joven había combatido el concepto mismo de herencia política y el nepotismo, lo que naturalmente lo colocó en conflicto con su propia familia.

Sentía admiración, respeto y un profundo apego por la figura paterna. Siendo adolescente, lo había visto desafiar, con riesgo de su vida, los fusiles de los soldados senegaleses del Mandato francés cuando, en noviembre de 1943, groseros, insultantes, amenazantes y violentos, llegaron al palacio presidencial de Kantari para conducirlo a la ciudadela de Rashaya.

La escena permanecería grabada hasta el final en la memoria del joven Michel, tanto más cuanto que su madre, Laure Chiha, sufrió aquel día una crisis cardíaca de cuyas secuelas moriría algunos años después. Las autoridades del Mandato habían negado atención de urgencia a la primera dama: primero había que asegurarse de que el presidente estuviera detenido… Puede decirse que el jeque Michel perdió así a su madre como víctima colateral de la lucha por la independencia de su tierra materna, el Gran Líbano… Esa misma madre que le había pedido que prometiera no entrar nunca en política, y a quien, precisamente, no prometió nada…

Pero cuando el jefe del Estado, cuyo entorno cercano ya había sido tocado por la corrupción y minado por el clientelismo, decidió renovar su mandato, el hijo se rebeló y abandonó el hogar familiar para refugiarse junto a su mentor, Michel Chiha, igualmente opuesto a aquella iniciativa contraria al espíritu republicano del jeque Béchara.

Y la disputa no quedó confinada al ámbito familiar. En septiembre de 1950, el jeque Michel tomó la palabra públicamente en el Cenáculo Libanés de Michel Asmar para criticar la iniciativa paterna. Llevar el nombre, sí. Pero no a cualquier precio.

He aquí un fragmento de aquella conferencia:

“Logramos la independencia. ¿Y después? ¿Qué hizo el Estado de la independencia? ¿Qué hizo para construir el Estado, construir la patria y construir al ciudadano? Nada. Retrocedimos… a los hábitos otomanos y a las prácticas del colonialismo. Volvimos a la corrupción, la negligencia y el declive… Quienes nacieron con la independencia de 1943 crecen y envejecen sin que hayamos hecho el esfuerzo ni cumplido con el deber de reunirlos como verdaderos libaneses… Hay que eliminar los residuos del pasado y esta inercia mortal de métodos obsoletos heredados del Mandato y de etapas anteriores; también hay que hacer desaparecer un obstáculo moral: la mentalidad del ‘divide y vencerás’.”

El hijo de la independencia eligió así… la independencia.

Y ésa fue una constante, una elección coherente y asumida a lo largo de toda su trayectoria, pese a su prolongada afinidad con el chehabismo. Como cuando, después de la guerra, decidió dimitir durante su segundo mandato como gobernador del Banco del Líbano por su firme oposición a la política de endeudamiento seguida por el primer ministro Rafic Hariri. Hariri insistió en que permaneciera en el cargo, pese a sus diferencias y en nombre de su amistad. La respuesta del jeque Michel fue, como de costumbre, cortante: “Precisamente para que sigamos siendo amigos, me voy…”

Aunque presidió durante algún tiempo el Destour, en vísperas de la guerra civil, Michel el-Khoury se negó a convertirlo en un partido tradicional e intentó, sin éxito, modernizarlo. Se atrevió incluso, sacrilegio supremo, a proponer a Raymond Eddé, hijo del archienemigo de su padre, Émile Eddé, una fusión con el Bloque Nacional para contrarrestar el auge de las milicias y el canto de sirena de la violencia… y recibió como respuesta una ducha fría del “Amid”: “¡Jamás el hijo de Émile Eddé pondrá su mano en la del hijo de Béchara el-Khoury!”

Raymond Eddé, por mucho estadista que fuera, no era Charles de Gaulle…

El General, en cambio, había demostrado mucha más caballerosidad y sensatez cuando Fouad Chéhab, entonces presidente de la República, encargó al jeque Michel una misión ante el Elíseo para frenar la venta de terrenos franceses en el Líbano al banquero palestino Youssef Baidas. De Gaulle, que no se levantaba por nadie, recibió de pie al hijo de su viejo adversario, lo observó desde la altura de su imponente figura y le dijo con tono terminante: “Sé de quién es usted hijo… Un día lamentarán haber expulsado a los franceses del Líbano.”

Sea como fuere, el presidente francés facilitó después la misión del joven emisario, que tuvo éxito. A raíz de esa misión, en 1967, Jean Kaplan, del Grupo Suez, encargó a Michel el-Khoury hacerse cargo del Banque Libano-Française, dando inicio a una larga carrera en el sector bancario.

El hombre entre bastidores

Michel el-Khoury se convirtió así, progresivamente, en el hombre de las misiones políticas y diplomáticas sutiles, llevadas a cabo en la sombra, primero al servicio de Chéhab y luego de Charles Hélou, quien le confió la dirección del estratégico Consejo Nacional de Turismo, organismo que permitía al chehabismo desarrollar discretamente una verdadera diplomacia paralela.

Era un papel hecho a su medida, perfectamente acorde con su personalidad de servidor del Estado y hombre entre bastidores, lejos de los reflectores… aunque también fue ministro, entre otros cargos ministro de Defensa antes de la Guerra de los Seis Días.

En esa calidad, durante reuniones con sus homólogos y con responsables militares árabes, pudo comprobar, con cifras y proyecciones en la mano, que los ejércitos de la región se encaminaban hacia una derrota aplastante frente a las Fuerzas de Defensa de Israel en caso de confrontación. La brecha entre la realidad de la correlación de fuerzas y la retórica populista de Nasser era preocupante. La derrota y, después, la extraordinaria ola de fervor popular que rodeó al líder egipcio lo marcaron profundamente. Vio en ello de inmediato uno de los males más persistentes de la región: la capacidad de un líder para conservar su dominio sobre el imaginario colectivo incluso después de una catástrofe de semejante magnitud…

Esa discreción, unida a su elegancia, hizo también que fuera consultado de manera constante y escuchado con atención por las cancillerías. Guiado por una estructura ética y política cuyo único motor era el servicio a la patria, a su independencia, su soberanía y su continuidad, Michel el-Khoury era sin duda uno de los raros políticos que no pedían nada para sí mismos… y por eso era un hombre digno de confianza. Porque era incorruptible.

Una misión oficial ante Ernest Bevin, en la Gran Bretaña de Attlee, le dejó una lección inolvidable a este respecto. En la posguerra, había pensado ofrecer, por pura cortesía, chocolates a sus interlocutores británicos en un momento en que el país seguía sometido a privaciones. Pero el regalo le fue devuelto: en un país todavía sujeto a restricciones y racionamiento, los responsables públicos no aceptaban privilegios de los que estaban privados los ciudadanos comunes.

Michel el-Khoury quedó profundamente marcado por aquello. Lo que admiraba no era la austeridad en sí misma, sino la idea casi sagrada de que un servidor público debía estar sometido a las mismas reglas que los demás. Para un hombre que pasaría toda su vida denunciando el clientelismo y la corrupción, aquella anécdota tenía el valor de una lección de civismo.

Valores para el Líbano

Pero ¿cómo contar entonces la historia de un hombre casi invisible, alguien que, como su gran amigo, compañero de ruta y cómplice Fouad Boutros, quemó antes de morir la totalidad de sus archivos para no dejar rastro?

¿Un hombre que se negó sistemáticamente a escribir sus memorias, pese a las numerosas solicitudes de distintos sectores, incluido el autor de estas líneas?

¿Un hombre que no dejó tras de sí más que una obra meditativa, íntima, introspectiva, angustiada y sublime, Ruptures vespérales, muy evocadora de uno de sus maestros, Emil Cioran… y firmada con un seudónimo, Michel Delescure?

Precisamente, a través de los valores que guiaron su acción política y recorren toda su trayectoria.

Así, cuando evocaba a Béchara el-Khoury y Michel Chiha, Michel el-Khoury expresaba un rechazo visceral a la idea misma de “tolerancia”, despreciable a sus ojos, e insistía en cambio en la importancia y el sentido de “compartir”, valor común a ambos hombres y que él había heredado de ellos.

Esta idea fundacional de “compartir” explica sin duda el apego de los dos padres y referentes de Michel el-Khoury al Gran Líbano, al Pacto Nacional y a la convivencia. Para Chiha, explicaba el jeque Michel, el sistema confesional debía desembocar, a largo plazo, en una ciudadanía inclusiva, no hundirse en un sectarismo tribal.

En cuanto a Béchara el-Khoury, según el jeque Michel, habría escrito en el manuscrito del cuarto tomo de sus memorias, destruido durante la guerra en el incendio de la biblioteca de Kantari, que su sucesor en la presidencia de la República debía ser Riad el-Solh, el primer ministro sunita… señal de que el sistema no debía fosilizarse, sino, por el contrario, evolucionar, y de que lo importante era un sentido propiamente libanés de pertenencia, no las lealtades heredadas…

Michel el-Khoury defendería esta concepción rectora hasta el final.

También explica su rechazo, en el espíritu de Chiha, del Estado de Israel, que consideraba la antítesis del modelo pluralista del Gran Líbano y al que atribuía, desde su creación en 1948, un papel decisivo en el sabotaje del joven Estado libanés y de su desarrollo. De hecho, durante una visita a Estados Unidos en los años sesenta, protagonizó una agria disputa pública con un profesor universitario que, durante una conferencia, defendía abiertamente las ambiciones de Israel sobre los países vecinos… Aquel hombre se convertiría más tarde en el todopoderoso secretario de Estado de la era Nixon. ¿Su nombre? Henry Kissinger…

Ello explica también su desprecio por el populismo y por las derivas sectarias de tendencia fascista dentro de las distintas comunidades. Intransigente en materia de independencia y en defensa de una determinada visión del Líbano, y capaz, cuando era necesario, de hacer callar a su adversario con una sola réplica bien dirigida, Michel el-Khoury era ante todo un hombre de mediación, mesura y diálogo, fiel a las enseñanzas de su mentor Chiha.

Así, cuando el presidente Élias Sarkis intentó, por medio del jeque Michel, entonces gobernador del Banco Central en su primer mandato, una mediación con los palestinos para preservar la continuidad y el funcionamiento de las instituciones, Bachir Gemayel, el hombre fuerte de la calle cristiana en Beirut Este, amenazó con humillarlo públicamente bajo el pretexto de que traicionaba el espíritu de cuerpo cristiano.

Con el mismo espíritu republicano, Michel el-Khoury se opuso firmemente a todas las aventuras paraestatales y antiestatales, desde la ocupación siria hasta las milicias, frente a las cuales llegó un día a interponer físicamente su propio cuerpo para proteger el edificio y a los empleados del Banco del Líbano cuando hombres armados intentaron irrumpir en él, y más tarde a la influencia iraní ejercida a través de Hezbollah.

El 6 de febrero de 1984, mientras la insurrección de Amal dividía al ejército y devolvía a la capital a la violencia, observó cómo el país se deshacía y dijo: “El Pacto ha volado en pedazos.”

El 14 de marzo de 2005, la violencia hizo renacer cierta esperanza tras el asesinato de Rafic Hariri. La ocupación siria llegó a su fin, para ser sustituida, a sus ojos, por el yugo de Teherán.

El jeque Michel, que había participado en el Encuentro de Kornet Chehwan bajo el amparo de su amigo, el patriarca Nasrallah Sfeir, otro convencido seguidor del pensamiento de Chiha, se sumó a las fuerzas del 14 de Marzo… pero volvió a encontrar allí el mismo mal endémico que había combatido toda su vida: las luchas por el poder, el repliegue sectario e identitario y la mediocridad de quienes tomaban las decisiones… factores que terminaron conduciendo a la pesadilla de la elección “consensual” de Michel Aoun como presidente de la República, quien representaba, a sus ojos, la quintaesencia del populismo y la negación del espíritu republicano.

El espíritu de la independencia de Béchara el-Khoury, de la República de Michel Chiha y de las instituciones de Fouad Chéhab era pisoteado en beneficio de la personalización del poder, la demagogia, el populismo y la primacía del chantaje y de la correlación de fuerzas sobre la democracia y el espíritu institucional.

“Sin libertad, el Líbano se convierte en una ficción”

En el fondo, toda su visión del Líbano descansaba en una difícil articulación entre libertad, pluralismo e independencia.

¿Detractor del sistema libanés? ¿Nostálgico de sus rigideces confesionales? En absoluto.

No era ése el estilo del jeque Michel. Para él, pese a sus defectos, el sistema había preservado un bien insustituible: la libertad. Libertad política, intelectual, religiosa y económica, sin la cual el Líbano perdería, a sus ojos, hasta su razón de ser.

A pesar de sus defectos y fallas, el pluralismo del Gran Líbano era el garante de esa libertad, y cualquier proyecto que buscara desarticularlo, diluirlo, su padre no había hecho ejecutar a Antoun Saadé en vano, o fragmentarlo bajo cualquier pretexto o denominación, constituía una amenaza real contra ese frágil equilibrio que hacía de centinela de la libertad.

“Sin libertad, el Líbano se convierte en una ficción”, subrayaba.

Pero esa libertad no podía sobrevivir sin evolución. Desde los años sesenta, el jeque Michel defendía una salida gradual del confesionalismo político, la primacía de la competencia en la administración pública, el matrimonio civil y, posteriormente, la secularización del Estado. Pero no mediante una revolución.

“Es posible cambiar el sistema desde dentro del propio sistema”, decía en sustancia. Toda reforma duradera requería primero una transformación de las mentalidades mediante la educación y la ciudadanía.

Para el jeque Michel, el Líbano poseía algo profundamente valioso: precisamente esa capacidad de hacer convivir a comunidades diferentes, lo que René Maheu llamaba un “estilo de civilización”. Pero el país había traicionado esa vocación al permitir que el confesionalismo degenerara en clientelismo, encierro identitario e instrumento de injerencia extranjera.

El Pacto, sí, pero ante todo el ser humano

Muy apegado al Pacto, el jeque Michel reprochaba a sus autores haberlo dejado en la ambigüedad, permitiendo a los libaneses pelearse por su interpretación mientras al final coincidían en no definirlo realmente. Por ello, antes del Acuerdo de Taif, llamaba a un nuevo pacto basado en nuevos objetivos comunes para todos los libaneses, a combatir una forma de derrotismo colectivo y a crear verdaderas oportunidades de progreso para todos.

“El Pacto fue una base necesaria cuando se estableció, pero se convierte en una base negativa si se pretende convertirlo en el fundamento para construir una nación. La base positiva necesaria para construir Estados modernos no se encuentra en el Pacto.”

Para él, estaba claro que el problema no residía únicamente en los textos, sino en los seres humanos.

“Hay que acelerar la formación del ciudadano en la ciudadanía, para convertirlo en un buen ciudadano; entonces ya no será imposible construir una buena patria”, escribió en 1970.

Y añadía: “La necesidad fundamental es crear un partido basado en una doctrina y capaz de reunir a los distintos componentes que forman el Líbano. Si ese partido existiera hoy, yo sería el primero en afiliarme. Habría asumido mi parte de responsabilidad y cumplido con mi deber en ese ámbito.”

“El sistema necesita grandes obras: primero la voluntad, luego la educación, luego la moral (…) He comprobado que el cambio y la reforma deben comenzar en la escuela, en el entorno familiar, en la educación.”

Y, sobre todo, la ciudadanía exigía que cada libanés pudiera “sentirse bien”, es decir, disponer de unas condiciones de vida capaces de reforzar su apego al Líbano, señalaba.

“El Pacto de 1943 no puede resistir durante mucho tiempo si una de las categorías que lo aceptaron está condenada a una vida difícil. (…) El ser humano sólo se apega a su patria si encuentra en ella las condiciones que le permiten vivir dignamente.”

Y subrayaba: “No basta con que el Líbano sea un ejemplo vivo de convivencia islamo-cristiana; es necesario además que tanto cristianos como musulmanes tengan una voluntad firme y duradera de seguir siendo libaneses.”

En cambio, ya desde los años setenta su juicio sobre los responsables políticos era implacable:

“A veces pedimos lo imposible aun sabiendo que es imposible, y sin embargo seguimos pidiéndolo. ¿Por qué? Porque algunos, en realidad, no quieren hacer nada.”

Una neutralidad inseparable de la convivencia

Y, sobre todo, el jeque Michel defendía una concepción singular de la neutralidad libanesa. No el aislamiento, sino exactamente lo contrario: la capacidad del Líbano de estar presente en varios mundos al mismo tiempo, árabe sin ser absorbido, abierto a Occidente sin quedar subordinado a él, hablando con todos sin convertirse en satélite de nadie.

Una neutralidad de apertura y soberanía.

“Pero para eso, el Líbano debe producir y saber lo que es”, decía, y, sobre todo, seguir siendo él mismo.

Años después añadiría: “El Líbano es una frontera que atraviesa a cada libanés. Pero esa frontera también suelda.”

En otras palabras, el pluralismo y la convivencia enriquecían al libanés con una personalidad compleja, permitiéndole sentir y pensar con los miembros de las demás comunidades a través de un modelo de empatía, capaz de desactivar potencialmente lo que Amin Maalouf llamaría años más tarde “identidades asesinas”.

Ésa era, para él, la verdadera manera libanesa de ser.

Más de medio siglo después, esta formulación de la vocación del Líbano, inspirada en Chiha, sigue siendo profundamente vigente en un mundo cada vez más encerrado en identidades excluyentes.

La visión de neutralidad positiva que Michel el-Khoury formuló en una conferencia en el Cenáculo Libanés en mayo de 1961 se parece mucho a la forma en que este principio sigue siendo vital para la supervivencia del Líbano en 2026: protección frente a las guerras ajenas, lejos de toda tentación autárquica, y mantenimiento al mismo tiempo de un papel activo del Líbano en su entorno.

La deuda de la lealtad

Pero una historia permite quizás comprender mejor la importancia que el jeque Michel concedía a la empatía y a la alteridad en su visión de la política, en consonancia con el humanismo integral defendido por Chiha.

Se trata de su traumática experiencia en Irak durante el mandato de Chamoun, que le enseñó, de forma mucho más brutal, una lección fundamental de ética de vida.

Acababa de almorzar en Bagdad con el joven rey Faisal II, para quien supervisaba un proyecto de construcción, cuando, el 14 de julio de 1958, la revolución derrocó sangrientamente a la monarquía hachemita. Michel el-Khoury vio entonces a los obreros de la obra levantar horcas destinadas a la familia real. Uno de ellos le confió que una estaba destinada para él porque era “amigo del rey”…

El ingeniero jefe de la obra le salvó la vida llevándolo de inmediato al aeropuerto.

De regreso en Beirut, descubrió aquella noche que su cabello se había vuelto blanco. No había sentido miedo en el momento, pero el cuerpo, por su parte, había llevado la cuenta.

Años después, cuando su providencial salvador se encontró a su vez en peligro, encarcelado y condenado a muerte en Irak, el jeque Michel movilizó sus relaciones, especialmente a través de Fouad Chéhab, para obtener su indulto y permitirle salir del país. Lo consiguió, al menos por un tiempo: el hombre fue asesinado más tarde, tras regresar a Irak.

Para el jeque Michel el-Khoury, una deuda de lealtad nunca prescribe.

Fue una máxima que hizo suya tanto en su vida personal como en su conducta política.

Casi medio siglo después seguía hablando de aquel hombre con una inquietante mezcla de gratitud y ansiedad, preguntándose todavía si había sido digno de quien le había salvado la vida.

La nobleza del alma existe o no existe.

No puede inventarse.

Quizá eso era, al final, lo que Béchara el-Khoury había entrevisto cuando llamó a su hijo “archiduque”…

El hombre del Renacimiento

Michel el-Khoury era también un hombre de una cultura casi desconcertante por su amplitud y eclecticismo. Los nombres surgían a veces al azar de la conversación, sin que jamás se le ocurriera extraer prestigio de ellos: Chaplin, a quien conoció en Londres, Cioran, Stockhausen, Hélène Carrère d’Encausse, entre tantos otros escritores, artistas, pensadores y grandes figuras del mundo político, religioso, social y cultural.

Podía pasar con total naturalidad de una conversación sobre la Constitución libanesa a la música contemporánea, de Chiha a Paul Valéry. Durante un viaje que hice a Sète en 2018, me pidió que visitara en su nombre la tumba de Valéry y guardara allí un momento de silencio. Era también uno de sus maestros.

El jeque Michel, caballero de una elegancia siempre impecable, no necesitaba exhibirse. No necesitaba demostrar nada. Ni codicia ni hambre de honores o reconocimiento.

Ruptures vespérales, la única huella íntima que dejó, revela por el contrario a un hombre atormentado por la soledad, la identidad, el tiempo y, sobre todo, la ausencia.

“Es el miedo, en suma, lo que me hace escribir, una fobia a la ausencia”, confiesa.

Cada palabra que trazaba se convertía así, de alguna manera, en un arma contra el borramiento.

Hay algo extraño y profundamente conmovedor en esa contradicción: Michel el-Khoury, que temía la ausencia y combatía la nada, se negó sin embargo a organizar su propia posteridad. O quizá, sencillamente, vivir, y los actos de vida que uno deja en la memoria de quienes le son cercanos, era la única posteridad que necesitaba, una posteridad infinitamente más valiosa que los oropeles de una gloria ilusoria consignados en papel perecedero…

Para aquel hombre del Renacimiento, casi universal en sus curiosidades, la escritura se convirtió así en una forma de resistencia existencial.

La muerte del Líbano en su alma

¿Puede uno vivir, para bien y para mal, hasta perder el deseo mismo de seguir viviendo?

A los noventa y cinco años, Michel el-Khoury repetía ante sus escasos visitantes: “Mis amigos ya no están en este mundo. Hace mucho que vivo más allá del tiempo que me correspondía en este mundo. Pero la Muerte no me quiere…”

Su desencanto político había sido inmenso. Desde su juventud, había denunciado incansablemente menos la imperfección de las instituciones que la mediocridad de quienes las deformaban.

“Demasiados se sirven, y demasiado pocos sirven.”

Tal vez toda su desilusión política cabía en esa frase.

Ese diagnóstico sería también, a su manera, el de su antiguo compañero de clase Hassan Rifaï, quien había compartido con él el mismo pupitre en La Sagesse, antes de su muerte en septiembre de 2025. También el de Fouad Boutros. Y Samir Frangieh, más joven, que llevaba ya algún tiempo luchando contra el cáncer, decidió, tras la capitulación del 14 de Marzo ante Hezbollah y el acuerdo que llevó a Michel Aoun a la presidencia de la República en 2016, apartarse de todo y volver a casa para morir allí, profundamente herido por la desilusión y la amargura políticas.

Junto con algunos otros, no pertenecían a una generación milagrosamente preservada del populismo, pues su época conoció más que suficiente, sino a otra tradición política: una tradición de mesura, competencia, entrega al Estado y convicción de que el diálogo sigue siendo uno de los elementos fundadores de la política.

Pero el desencanto de Michel el-Khoury terminó por alcanzar algo mucho más profundo que la política.

En septiembre de 2020, durante el centenario del Gran Líbano, un mes después de la explosión del puerto de Beirut, me confió por teléfono:

“Ya no siento orgullo alguno de pertenecer a este Líbano. Ya no me reconozco en él en absoluto. No quiero descansar en tierra libanesa. Quiero ser enterrado en Francia.”

En boca del hombre que había escrito que “el Líbano es un acto de fe antes de ser una fórmula política”, esas palabras tenían la violencia de una ruptura íntima.

La tragedia de la pérdida de la tierra materna golpeaba de nuevo.

Michel el-Khoury se fue de este mundo de puntillas. Se retiró tras las puertas de su casa cuando el cuerpo ya no pudo más, y después se borró como había servido: con absoluta discreción.

En nuestra última conversación telefónica, contuvo los sollozos antes de decirme: “Michel, vaya donde vaya, tú estarás siempre conmigo, y sé que yo estaré siempre contigo.”

El jeque Michel había pasado la vida borrando sus huellas.

Pero, que me perdone, no logró borrar ésta. Y nunca lo logrará.

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