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Editorial

El callejón sin salida…

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Por Jawad Pakradouni
Publicado mar 23, 2026 - 11:29

La posición actual del Ejecutivo libanés no es ciertamente envidiable. Desde el presidente de la República y su discurso de investidura, hasta el Primer Ministro y su proyecto de gobierno. Hermosos discursos, hermosas promesas, una cierta voluntad para realizarlas, buena fe (al menos para el segundo), pero el obstáculo de la realidad, del terreno, de las disensiones, de una nostalgia, de un sueño, de una utopía.

Algunos reprochan al Ejecutivo su inercia, su incapacidad para hacer frente a los acontecimientos, y le recuerdan la posición de Winston Churchill frente a Chamberlain, la elección entre el deshonor y la guerra. Es fácil criticar y transponer las situaciones. Salvo que la política del país del Cedro no es la de un solo hombre como en Gran Bretaña, sino la de un consenso, confesional además.

«No puede haber dos capitanes en un mismo barco» según el famoso proverbio. ¿Qué decir cuando hay tres, y hay que tomar en consideración la opinión de los tenientes, del vigía y de los grumetes antes de emprender cualquier paso?

El Ejecutivo, a través de Joseph Aoun y Nawaf Salam, ha anunciado claramente su posición respecto a la soberanía del país. El punto muerto se encuentra en el tercer capitán, y también en el primero que privilegia el papel de equilibrista, un golpe de martillo en el clavo y otro al lado para retomar el proverbio libanés, para no ofender a nadie.

Pero agradar a todo el mundo es agradar a cualquiera, como decía Guitry. Contra todo pronóstico, es el segundo capitán quien se mantiene firme. Nawaf Salam es quien ha demostrado estar a la altura de lo que propone y de lo que piensa. Aún falta emprender.

Para emprender, necesita el aval de toda la tripulación. Esa es la desgracia de esta utopía llamada Líbano, ese famoso eslogan de 10.452 km², lanzado por un hombre que en su momento tenía plenos poderes, pero que quiso compartirlos para que todo el mundo político se sintiera socio en el restablecimiento del país… Probablemente el último jefe de Estado digno de este título.

Nawaf Salam podría aplicar su política, la cual se topará necesariamente con consideraciones constitucionales, esa famosa carta que es constantemente violada por todas las facciones políticas a su antojo.

En efecto, la lógica querría que los dos ministros afiliados a Hezbolá fueran destituidos de sus funciones, debido a la reacción de la milicia y sus amenazas apenas veladas hacia las instituciones gubernamentales. Salvo que, ese famoso adverbio «salvo», toda destitución de un ministro requiere, según el artículo 69-2 de la Constitución, la aprobación de dos tercios del consejo de ministros, quórum que en el estado actual es imposible de reunir, por consideraciones políticas y/o confesionales.

Nawaf Salam, en su discurso para el Eid, sin embargo, lanzó un salvavidas: pidió la ayuda de Estados Unidos para resolver el conflicto actual. Este conflicto que perdura desde hace años y que se recrudece. Israel se niega a cualquier negociación mientras Hezbolá no esté desarmado. El cinismo reside en el hecho de que el Estado hebreo es el más capaz no solo de saber sino también de comprender que es imposible que el Líbano pueda desarmar a esta milicia que lo gangrena desde hace varias décadas, a pesar de la hecatombe que sufrió en 2024.

Sin embargo, existe una solución para la resolución definitiva de este problema que no es solo local sino regional. Se trata de un número, el siete, y más precisamente el Capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas. Hay que aceptar la evidencia: el Estado libanés es incapaz, por razones válidas o no, de desmantelar a Hezbolá, cuyas ramas militares y de seguridad son ahora consideradas ilegales. Ahora que este punto ha sido (finalmente) admitido y refrendado por el Consejo de Ministros el 2 de marzo de 2026, el recurso al Capítulo VII sigue siendo la única opción válida. Este recurso perjudica ciertamente la soberanía del país, pero aún falta que quede un país después de esta guerra.

El silencio de los poderes públicos y la ausencia de ejecución de las decisiones han dado un cheque en blanco de facto a Israel para resolver el problema a su manera: destrucciones, muerte y caos. Si hay una decisión que el presidente de la República debería considerar realmente, de acuerdo con el Primer Ministro, es la solicitud del Capítulo VII.

La constatación es muy amarga: nuestro Estado es un Estado fallido, aun cuando las buenas intenciones y/o la buena voluntad de algunos de sus dirigentes sean reales. Hezbolá ha prestado oficialmente lealtad al nuevo Guía Supremo, ha aumentado sus lanzamientos de misiles después de la decisión del 2 de marzo, se enorgullece de los ciberataques contra los sitios de los diferentes ministerios del país que se oponen a él, amenaza abiertamente a sus detractores con la liquidación física, y el Estado lo permite, por miedo a echar leña al fuego, mientras que el incendio ya ha quemado la mitad de su edificio.

En este punto, negarse a actuar no es preservar la soberanía, sino organizar su desaparición. No hay vergüenza en declararse incapaz de ejecutar una resolución. Al contrario, tomar una decisión sabiéndose incapaz de cumplirla consiste en una cobardía manifiesta, una hipocresía que solo lleva al país a su perdición.

Según la psicóloga Brené Brown, la verdadera fuerza es atreverse a pedir ayuda cuando se necesita. Por eso, la única salida viable es pedir asistencia, invocar el Capítulo VII.

Reclamar un capítulo para abrir una página en blanco de un nuevo libro antes de que este sea autodafé. Ciertamente, el Fénix siempre renace de sus cenizas, siempre y cuando no estén dispersas…

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