


Para muchos, olvidar es un mecanismo de supervivencia que ayuda a sobreponerse a la adversidad. Pero también es el medio, y a menudo el objetivo, de quienes han cometido abusos y buscan borrar sus huellas. Una población con memoria de pez dorado es el sueño de cualquier pescador: una forma de alzhéimer colectivo que garantiza una vida tranquila, fluida y sin sobresaltos. Líbano es quizá el ejemplo más elocuente.
Recientemente, algunas instituciones financieras comenzaron a ofrecer rendimientos con intereses sobre depósitos en efectivo, una expresión que no escuchábamos desde 2019. Para muchos, esto es peor que la manzana del Jardín del Edén: Adán y Eva estaban desnudos antes de morderla; nosotros, en cambio, sucumbimos a estas tasas usurarias que nos condujeron directamente a la erosión y la ruina. Estos anuncios son chocantes. Insinúan que antes de 2019 debimos haber sido más vigilantes frente a inversiones temerarias, decisiones tomadas sin nuestro consentimiento por los propios bancos. Los mismos bancos que antes nos vendían tranquilidad, un futuro radiante y consignas aún más empalagosas que las del régimen soviético.
Y, sin embargo, aunque es cierto que el Estado es el principal agujero negro, algunos medios aún logran absolver a los bancos de toda responsabilidad, como si sus dueños estuvieran por encima de toda sospecha. Curiosamente, todos esos banqueros trasladaron su dinero al extranjero. Al menos Philip Morris tuvo la decencia de consumir su propio producto, aunque lo mató.
Gracias a este síndrome del pez dorado que nos ha convertido a los libaneses en comparsas de una farsa, los líderes políticos y los bancos trabajan de la mano para borrar el pasado y abrir una “nueva página”. Si los bancos hubieran sido coherentes, habrían demandado al Estado hace años. Pero en este enredo político-financiero caótico es imposible separar la verdad de la mentira, y la realidad sigue enterrada en los burdeles de la contabilidad. Se nos pide empezar de nuevo, una nueva versión de If de Kipling, basada en la idea de que los libaneses “hemos visto cosas peores”.
Y esta farsa funciona de maravilla gracias a dos factores: la indecencia y la indiferencia. La indecencia define a quienes nos robaron y ahora exhiben los frutos de nuestro trabajo. Cuanto más desprecio muestran estos criminales, más crece su séquito de idiotas útiles y trepadores sociales. Algunos lo transfirieron todo al extranjero durante la crisis; otros borran la deuda pública con un trazo de pluma, es decir, nuestros ahorros.
Todo esto ocurre en medio de una indiferencia casi total, alimentada por un concepto absurdo llamado resiliencia. Esta capacidad, más potente que cualquier sedante, borra la memoria de quienes solo buscan vivir como si nada hubiera pasado, un carpe diem permanente. Indecencia e indiferencia: los dos pilares de esta república bananera llamada Líbano, que debe permanecer intacta, sobre todo durante las fiestas o la temporada de verano.
Si Kipling hubiera presenciado estos hechos, se habría horrorizado por nuestra capacidad de olvidar y quizá habría escrito:
Si puedes ver destruida la obra de tu vida
Y, sin decir palabra, por vergüenza, empezar de nuevo;
Ver robados tus ahorros sin pudor ni coartada
Y hablar del futuro entre atardeceres y daiquiris;
Si puedes reconstruir tu casa,
Devastada un 4 de agosto,
Guardar silencio y pagar sin plantear dudas;
Sabiendo que el Estado, como una pala,
Volverá mañana a cavar y apretar su garra en tu garganta;
Si puedes perderlo todo sin decir jamás que no,
Confundir la servidumbre con fuerza silenciosa
Y recomenzar sin pestañear, creyéndote resiliente,
Entonces conocerás de verdad el Líbano,
Y serás, por desgracia, un auténtico necio, hijo mío.