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Diachronia

Crisis, catástrofe y conmoción del mundo (7/7)
Por
Wissam Saadé
Publicado
jul 11, 2026 - 13:57

Este ensayo propone un recorrido por las figuras de la crisis y la catástrofe, desde las cosmologías antiguas hasta la experiencia vivida de la conmoción del mundo. Al poner en diálogo los legados griegos, bíblicos e indios con el pensamiento de Jan Patočka, examina la manera en que las civilizaciones han concebido el desorden, el colapso, lo irreversible e incluso la posibilidad misma de la acción cuando el sentido comienza a vacilar. Publicado aquí en siete capítulos-ensayos, este texto sigue un hilo exigente pero esencial: comprender si la catástrofe constituye una ruptura repentina, una lenta desintegración del mundo o la verdad más profunda de nuestro tiempo. Esta es la séptima y última entrega. Regímenes de la conmoción: Patočka, el Puruṣa y la cuestión del Frente en la era algorítmica Sin embargo, cada régimen posee su propia trama de conmoción, dentro de una línea de pensamiento inspirada en Jan Patočka (1907-1977). Para comprender el alcance de esta afirmación, conviene situar primero el gesto filosófico del fenomenólogo checo. Discípulo de Edmund Husserl y Martin Heidegger, Patočka no pensó el mundo desde la comodidad abstracta de una cátedra universitaria, sino a prueba de las convulsiones políticas y de la saturación ideológica del siglo XX. Como cofundador y portavoz de la iniciativa ciudadana Carta 77 en Praga, un compromiso ético con la legalidad y los derechos humanos que terminaría costándole la vida, elaboró en sus Ensayos heréticos sobre la filosofía de la historia el concepto radical de la “conmoción”. [1] Lejos de ser una simple reacción política, la conmoción designa una transformación de la relación del mundo consigo mismo en la experiencia histórica. Antes de la sacudida, el ser humano habita el “mundo de la vida” ( Lebenswelt ) cotidiano, dominado por las preocupaciones de la supervivencia, el confort y la gestión técnica: un espacio funcional donde los objetos y los roles se suceden sin que jamás se interrogue un sentido último. [2] La conmoción sobreviene cuando esa estructura de evidencias prácticas comienza a resquebrajarse. [3] El mundo no desaparece, pero deja de ser inmediatamente inteligible como algo evidente, obligando al ser humano a pasar de la mera subsistencia biológica a una existencia espiritual desnuda. [4] Para Patočka, esta conmoción hunde sus raíces en la experiencia concreta de la devastación histórica y del peligro extremo. Su gesto hereda directamente, aunque al mismo tiempo subvierte, la génesis del Dasein heideggeriano, él mismo marcado por el trauma de la Primera Guerra Mundial. En efecto, el concepto heideggeriano de Unheimlichkeit (la falta de hogar, el descubrimiento de encontrarse sin refugio) encontraba su fundamento histórico oculto en la experiencia de las trincheras, donde el mundo familiar se derrumbaba para dejar paso a la contingencia desnuda de la muerte. En ambos pensadores, la catástrofe desempeña el papel de un operador fenomenológico mayor: rompe la utilidad misma del mundo. Frente al peligro extremo, los objetos dejan de servir, las rutinas se interrumpen y los discursos oficiales pierden su apariencia de verdad. El Dasein heideggeriano experimenta entonces la angustia frente a la nada, mientras que el sujeto conmocionado de Patočka es arrojado a su propia finitud radical. En ambos casos, el mundo permanece, pero su inteligibilidad inmediata se ha desplomado, arrancando al individuo de la cháchara y de las tranquilizadoras evidencias del “Uno” ( Das Man ). [5] Sin embargo, es precisamente en la salida de esta crisis donde Patočka se aparta radicalmente de su maestro alemán, introduciendo una bifurcación ética decisiva. En Heidegger, la salida de la inautenticidad culmina en una ontología monádica: el ser-para-la-muerte aísla al Dasein , porque nadie puede morir en mi lugar. La autenticidad se alcanza mediante una “resolución” ( Entschlossenheit ) soberana, trágica y solitaria, en la que el sujeto asume su propio destino. Fue precisamente esta primacía de la decisión pura, desligada de toda exigencia ética universal, la que permitió históricamente a Heidegger caer en la ilusión de una resolución colectiva encarnada en un destino nacionalsocialista. Patočka, por el contrario, muestra que la catástrofe no separa a los seres humanos, sino que funda una comunidad paradójica. El paroxismo de la violencia engendra un salto más allá de la Fuerza: el conmocionado no es simplemente quien experimenta el miedo físico a morir, sino quien comprende de pronto que la guerra, la organización técnica y los conflictos de intereses son ídolos vacíos. Porque las víctimas de la catástrofe comparten el mismo despojamiento, se reconocen mutuamente como seres de libertad, definitivamente sustraídos al imperio de la Fuerza. Así, si desplegamos esta reflexión fenomenológica a través de distintos “regímenes cosmológicos”, es decir, las formas históricas en que el mundo se manifiesta y se ordena, resulta evidente que cada época posee su propia vulnerabilidad ontológica. Un régimen no se define únicamente por sus herramientas o por sus crisis internas, sino también por la trayectoria específica de su conmoción. En el régimen cíclico, cercano a las temporalidades míticas o al saṃsāra , donde la estabilidad descansa en la repetición cósmica, la conmoción adopta la forma de la ruptura del retorno. Es el vértigo de una grieta abierta en la certeza misma de la repetición. En el régimen escatológico, orientado hacia una promesa de salvación o de consumación lineal, la conmoción se encarna en la indecidibilidad del final, dejando al ser humano frente al vacío de una espera suspendida, privada de su resolución divina. En el régimen caótico, donde el orden político y conceptual intenta contener las fuerzas primordiales, la conmoción se manifiesta mediante el resurgimiento de lo informe en el corazón mismo de la forma, revelando la precariedad fundamental de todas las construcciones humanas. [6] En el régimen algorítmico contemporáneo, caracterizado por la calculabilidad integral de lo real y por la pretensión de un control técnico absoluto, la conmoción última reside en el exceso de lo imprevisible sobre lo calculable. Es el instante preciso en que la contingencia rompe la ilusión del dominio cibernético. [7] Es cuando la catástrofe o el peligro extremo hace añicos esta última coraza técnica cuando se produce la verdadera irrupción metafísica. Arrojado frente a la nada, el individuo se une a sus semejantes para dar origen a la “solidaridad de los conmocionados”. A diferencia de las alianzas políticas tradicionales, que se articulan en torno a intereses materiales o contra un enemigo común, esta solidaridad reúne a quienes ya no tienen intereses que defender, ni patria, ni clase, ni poder, sino únicamente su dignidad desnuda. El sujeto conmocionado de Patočka no busca dominar su destino ni clausurar la historia mediante una decisión de poder; mantiene abierta la herida de la catástrofe para extraer de ella una resistencia ética universal. En última instancia, este encuentro redefine el sentido mismo de lo Sagrado. El sacrificio del conmocionado nunca constituye una inversión utilitaria orientada hacia una futura victoria ideológica; se ofrece como un testimonio puro frente al absurdo, un acto que “abre” el mundo en lugar de cerrarlo sobre certezas dogmáticas. La estructura del sacrificio del conmocionado, tal como la desarrolla Patočka, un don puro, sin cálculo de reciprocidad, que “abre” el mundo en vez de clausurarlo, encuentra una profunda resonancia en la noción védica de yajña (यज्ञ), el sacrificio cósmico. En el Ṛgveda (X.90), el himno Puruṣasūkta describe la creación del mundo entero como el resultado del desmembramiento sacrificial del Puruṣa (पुरुष), el Hombre Cósmico primordial: el cosmos nace no de un acto de voluntad o de poder, sino de una entrega total de sí, sin reserva ni retorno. [8] No se lleva a cabo para obtener algo; constituye la condición misma de posibilidad del orden del mundo. El parentesco con el sacrificio del conmocionado de Patočka resulta sorprendente: en ambos casos, lo que se ofrece no es un bien particular, sino la existencia misma, y ese acto posee un alcance cosmológico, no únicamente moral o político. Al negarse a negociar su existencia en el plano del tener o del poder, y al situarse con valentía en el plano del ser, el conmocionado accede a la “Vida en la Verdad”. [9] No intenta restablecer una “paz” ilusoria, que con frecuencia no es más que otro nombre para la movilización técnica pasiva, sino preservar la dolorosa claridad conquistada en la propia desgarradura. Esta trama fenomenológica convierte la solidaridad de los conmocionados en la única fuerza espiritual capaz de enfrentar la noche nihilista de la modernidad. En la ontología de Patočka, la solidaridad de los conmocionados encuentra su paradigma en la experiencia del Frente. Permanece inseparable de la proximidad efectiva de la muerte y del desgarramiento de la cotidianidad provocado por la confrontación directa con la finitud. Sin embargo, en un mundo hiperdigitalizado, la estructura misma de la experiencia se ha transformado: la técnica ya no se limita a administrar la supervivencia, esa “vida desnuda” de la que hablaba Agamben; ahora coloniza el horizonte mismo de la presencia. El sacrificio del Puruṣa suponía un desmembramiento real, una materialidad irreductible de la ofrenda. Lo digital, por el contrario, tiende hacia la descorporización. En consecuencia, la “solidaridad de los conmocionados” corre el riesgo de disolverse en una simple “conectividad de los indignados”, donde el compromiso ya no compromete verdaderamente al cuerpo, sino únicamente a su proyección imaginaria. La exposición al riesgo cede su lugar a la puesta en escena de uno mismo; la comunidad de destino se transforma en una agregación de perfiles. En este contexto, la experiencia del Frente no desaparece; se desplaza. Consiste ahora en preservar zonas de sombra, espacios de opacidad ontológica donde la existencia escapa a su conversión en datos, a su reducción a flujos cuantificables y a información explotable. El Frente ya no se encuentra únicamente en la línea de fuego, sino en la frontera donde está en juego la irreductibilidad de lo humano frente a la digitalización integral del ser: el cuerpo convertido primero en imagen y, después, la imagen misma reducida a la circulación de un simulacro desprovisto de espesor hilemórfico, privado tanto de su hylē como de su potentia. Lo que entonces subsiste ya no es la presencia, sino únicamente su huella abstracta y calculable. El Frente se convierte así en el lugar de resistencia frente a la transparencia absoluta. En la India védica, el Ṛta , el orden cósmico del mundo, se mantenía gracias al enigma irreductible del sacrificio. La racionalidad técnica contemporánea, por el contrario, tiende a abolir toda zona de sombra y a disipar todo misterio en la univocidad del cálculo. Allí donde el sacrificio abría una brecha hacia aquello que excede el dominio humano, la algoritmización de lo real aspira a cerrarla, reduciendo el ser mismo al horizonte de su previsibilidad. El verdadero Frente de nuestro tiempo podría situarse precisamente en ese punto: en la preservación de todo aquello que, tanto en el ser humano como en el mundo, permanece refractario a toda operación de cálculo. Sin embargo, este proyecto de clausura lleva en sí mismo su propia contradicción. A medida que se expande la promesa de un dominio integral sobre lo real, se profundiza una frustración proporcional nacida de la imposibilidad de abolir definitivamente la indeterminación constitutiva de la existencia. Cuanto más pretende la técnica neutralizar el acontecimiento, más tropieza con ese residuo irreductible que escapa a sus modelos. La transparencia absoluta se convierte entonces en el horizonte de un deseo condenado a no realizarse jamás. De esta tensión surge una dinámica de aceleración en la que la búsqueda del control se precipita hacia la misma catástrofe que pretendía conjurar. Una perspectiva semejante evoca ciertas intuiciones del pensamiento indio relativas al Kali Yuga . La Edad Oscura no aparece únicamente como una época de decadencia, sino también como el momento en que las contradicciones de un ciclo histórico alcanzan su punto de saturación. La catástrofe no constituye un accidente exterior que interrumpe el orden del mundo; representa el cumplimiento mismo de una lógica incapaz ya de limitarse a sí misma. Sin embargo, a medida que se aproxima, ya se encuentra, en cierto sentido, superada. Porque la extrema cercanía de la disolución revela simultáneamente los límites de aquello que pretendía erigirse en totalidad. Así, el movimiento que parece dirigirse hacia una clausura definitiva se encuentra paradójicamente con aquello que no puede absorber: una trascendencia negativa, una reserva de ser irreductible a toda formalización. Desde la perspectiva del Kali Yuga , el final nunca es un final absoluto; es el punto en el que el agotamiento de una forma hace posible, una vez más, el surgimiento de otro comienzo. La catástrofe sigue siendo real, pero deja de ser la última. Lo que entonces se revela, en el corazón mismo del colapso anunciado, no es el triunfo definitivo del cálculo, sino su imposibilidad metafísica. Allí donde todo parecía destinado a reducirse a la transparencia, la sombra permanece; allí donde el ser parecía haberse convertido íntegramente en información, subsiste un resto imposible de asimilar. Quizá sea precisamente en la fidelidad a ese resto donde se decide hoy la verdadera solidaridad de los conmocionados. [1] Jan Patočka, Ensayos heréticos sobre la filosofía de la historia , trad. Erika Abrams, pref. Paul Ricoeur, Lagrasse, Verdier, 1981. La noción de “conmoción” ( otřes , en checo) aparece principalmente en los ensayos V y VI de la obra, dedicados a las guerras del siglo XX como experiencias límite, y se prolonga en la noción complementaria de la “solidaridad de los conmocionados”, expresión con la que Patočka designa el vínculo ético y político que une a quienes han atravesado la experiencia del frente y de la muerte inminente. En la tradición sánscrita, una conmoción semejante remite a la noción de saṃvega (संवेग), es decir, la sacudida existencial súbita o el despertar provocado por la confrontación con el sufrimiento ( duḥkha , दुःख), la impermanencia ( anitya , अनित्य) o la inminencia de la muerte ( maraṇa , मरण). En los textos budistas y jainistas, el saṃvega es precisamente aquello que sacude la existencia ordinaria ( saṃsāra , संसार) y abre el camino hacia una vida auténtica. Sin embargo, el saṃvega pertenece a una soteriología: constituye una etapa en un itinerario que conduce a la liberación ( mokṣa , मोक्ष). El otřes, en cambio, carece de cualquier finalidad soteriológica. Es una estructura ontológica de la existencia histórica y no un momento dentro de un camino espiritual. Dicho de otro modo: el saṃvega es una conmoción interior que libera de la historia; el otřes es una conmoción colectiva que compromete al ser humano con la historia. [2] La noción de Lebenswelt (“mundo de la vida”) ocupa un lugar central en la fenomenología tardía de Edmund Husserl. Véase La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental , especialmente los §§33-55. Patočka retoma directamente este concepto, pero lo radicaliza al desprenderlo de su fundamento subjetivo-trascendental para convertirlo en un campo de experiencia prepersonal e histórico. [3] La expresión “estructura de evidencias prácticas” remite a lo que Patočka, siguiendo a Heidegger, denomina el régimen de la Verfallenheit (“caída”), es decir, la absorción de la existencia en el mundo cotidiano del “Uno” ( das Man ). Véase Martin Heidegger, Ser y tiempo , §§ 35-38. [4] Jan Patočka, op. cit. Esta oposición estructura los ensayos V y VI, donde Patočka describe el paso del primer movimiento de la existencia, el arraigo ( Verankerung ), dominado por la preocupación por la supervivencia y la seguridad, hacia el tercer movimiento, el avance decisivo ( Durchbruch ) hacia una existencia auténticamente histórica. Véase también Jan Patočka, El mundo natural y el movimiento de la existencia humana . [5] Sobre el trasfondo histórico oculto de la Unheimlichkeit heideggeriana en el trauma de la Primera Guerra Mundial, véanse Rüdiger Safranski, Heidegger y su tiempo , así como Françoise Dastur, Heidegger y la cuestión del tiempo . Sobre la propia noción de Unheimlichkeit , véase Martin Heidegger, Ser y tiempo , §§ 40 y 58. La diferencia decisiva entre Heidegger y Patočka reside en el estatuto de la catástrofe. En Heidegger, la angustia ( Angst ) ante la Nada permanece como una estructura existencial formal que revela la finitud del Dasein , independientemente de cualquier contenido histórico determinado. Patočka, por el contrario, rechaza esa neutralización: la conmoción ( otřes ) es irreductiblemente histórica y política, inseparable de las guerras del siglo XX como acontecimientos singulares y colectivos. De este modo, Patočka lleva a cabo una concreción histórica de la analítica existencial de Heidegger. Allí donde Heidegger piensa la crisis como una revelación ontológica universal, Patočka la concibe como un acontecimiento civilizatorio históricamente situado, portador de una responsabilidad ética que la ontología formal, por sí sola, no puede asumir. Sobre esta transformación crítica de Heidegger por Patočka, véase Étienne Tassin, “La comunidad de los conmocionados”, así como el prefacio de Paul Ricoeur a Ensayos heréticos sobre la filosofía de la historia . [6]Sobre el régimen caótico y la tensión entre forma e informe en las cosmogonías primordiales, véase Paul Ricoeur, La simbólica del mal , especialmente la sección dedicada a los mitos del caos y de la creación. Ricoeur analiza el “mito de la creación dramática”, ejemplificado por el Enūma Eliš babilónico, como una estructura simbólica en la que el orden cósmico surge de la lucha contra el caos primordial. Tiamat, potencia de lo informe y de las aguas indiferenciadas, debe ser vencida y desmembrada por Marduk para que el cosmos ordenado pueda existir. Lo que Ricoeur pone de manifiesto es que, en este tipo de régimen, el mal no es secundario ni accidental: es cooriginario con la creación misma, inscrito en la estructura del mundo. El orden nunca triunfa definitivamente sobre el caos; lo contiene y lo reprime, pero jamás lo elimina. El resurgimiento de lo informe en el corazón de la forma constituye, por tanto, una posibilidad estructural permanente y no un accidente contingente. Esta interpretación dialoga estrechamente con Hermann Gunkel, Schöpfung und Chaos in Urzeit und Endzeit , quien mostró por primera vez la continuidad entre cosmogonía y escatología en las tradiciones semíticas: el caos primordial (Tehom) reaparece al final de los tiempos como amenaza escatológica. Para una lectura comparativa con las cosmogonías védicas, donde Indra derrota al dragón Vṛtra (वृत्र) para liberar las aguas y la luz ( Ṛgveda I.32), véanse Jan Gonda, The Vision of the Vedic Poets ; Georges Dumézil, Heur et malheur du guerrier ; y Hans Blumenberg, La legitimidad de la Edad Moderna , sobre el intento moderno, y su fracaso, de eliminar definitivamente la angustia primordial del caos reduciéndola a un problema racionalmente resoluble. [7] Bernard Stiegler, La técnica y el tiempo , t. I: La falta de Epimeteo ; así como Antoinette Rouvroy, “La gubernamentalidad algorítmica y las perspectivas de una política crítica de la web”, donde analiza los límites de la calculabilidad integral frente a la contingencia irreductible de lo real. [8] Wendy Doniger (trad.), The Rig Veda: An Anthology , Nueva York, Penguin Classics, 1981, X.90 ( Puruṣasūkta ), pp. 31-33. [9] La “Vida en la Verdad” constituye un concepto central del pensamiento de Jan Patočka. Designa una manera de existir que no se reduce a la adaptación a las exigencias de la supervivencia, de la utilidad o de la conformidad social, sino que consiste en asumir lúcidamente la verdad de la condición humana tal como se revela en las situaciones límite: la crisis histórica, la confrontación con la finitud o el derrumbe de las evidencias. Implica un desplazamiento de la existencia fuera del régimen estabilizador de la ilusión hacia una apertura a la verdad, entendida no como posesión de un saber, sino como una exposición riesgosa a aquello que se revela en la conmoción del sentido. La Vida en la Verdad no debe entenderse, sin embargo, como un estado estable opuesto a la vida en la no verdad, sino como la tensión constitutiva de la existencia conmocionada. La experiencia patočkiana está atravesada por un movimiento permanente de desestabilización y recomienzo. La conmoción no conduce simplemente a la caída o a la resignación, sino que abre la posibilidad de una conversión del modo de existir, mediante la cual el ser humano, arrancado de las formas tranquilizadoras de la vida cotidiana, permanece, sin embargo, expuesto a la tentación de volver al cierre. El conmocionado habita así un espacio intermedio, donde la verdad nunca se posee de una vez y para siempre, sino que debe sostenerse continuamente frente a la atracción de la seguridad, del olvido y de la reducción técnica del mundo.

Crisis, catástrofe y conmoción del mundo (6/7)
Por
Wissam Saadé
Publicado
jul 9, 2026 - 15:15

Este ensayo propone un recorrido por las distintas figuras de la crisis y la catástrofe, desde las cosmologías antiguas hasta la experiencia vivida de la conmoción del mundo. Al poner en diálogo los legados griegos, bíblicos e indios con el pensamiento de Jan Patočka, explora la manera en que las civilizaciones han concebido el desorden, el colapso, lo irreversible e incluso la posibilidad misma de la acción cuando el sentido comienza a vacilar. Publicado aquí en siete capítulos-ensayos, este texto sigue un hilo exigente pero esencial: comprender si la catástrofe es una ruptura repentina, una lenta desintegración del mundo o la verdad más profunda de nuestro tiempo. Esta es la sexta parte. La decisión y la guerra: Arjuna, figura épica del Mahābhārata, frente a Carl Schmitt ¿Conjurar la catástrofe? No se combate: gravita, acecha y se infiltra en las formas mismas de la razón. ¿Es posible aún separar la crisis de la catástrofe? Quizá ya no. La primera se ha convertido en un ritmo; la segunda, en un horizonte. Lo que llamamos gobernar queda reducido, entonces, a ese arte frágil: permanecer en la línea de incertidumbre donde el mundo oscila entre su final y su recomienzo. La tesis de Carl Schmitt, según la cual “es soberano quien decide sobre el estado de excepción”, eleva la crisis al momento de verdad de lo político. Sin embargo, esa elevación solo puede comprenderse plenamente si se la sitúa dentro del horizonte más amplio de la catástrofe. En Schmitt, el estado de excepción nunca aparece como un simple accidente que afecta a un orden por lo demás estable; siempre se despliega sobre el trasfondo de una amenaza, real o anticipada, de colapso del orden jurídico e institucional. La catástrofe cumple así una función hermenéutica esencial: constituye la condición misma que hace inteligible la crisis y justifica la necesidad de una decisión soberana capaz de impedir la disolución de lo político en la anomia. [1] Desde esta perspectiva, el vocabulario de la urgencia, la necesidad y el peligro existencial no se limita a describir una situación extrema; contribuye también a configurar el escenario en el que la soberanía puede manifestarse. La catástrofe deja de ser un simple acontecimiento empírico para convertirse en una configuración conceptual, en un umbral dramático donde lo político queda reducido a su posibilidad más pura. Lejos de ser contingente, la excepción funciona como un dispositivo que reconduce constantemente el derecho a su origen extranormativo: el acto mismo de decidir. No obstante, esta dramaturgia exige una toma de distancia crítica. Al identificar la catástrofe como momento fundacional de lo político, Schmitt tiende a naturalizar una visión del mundo en la que la supervivencia colectiva parecería estar siempre amenazada, legitimando así una capacidad decisoria prácticamente ilimitada. Ese esquema deja de lado la posibilidad de que los propios órdenes jurídicos incorporen mecanismos internos de resiliencia: procedimientos graduales, controles institucionales y normas de excepción cuidadosamente delimitadas precisamente para impedir que una crisis desemboque en un colapso. Al presuponer que solo una decisión soberana puede evitar la catástrofe, el pensamiento schmittiano construye una topología de lo político en la que la excepción se convierte en la clave de bóveda implícita de toda normatividad. Vista desde la perspectiva de la catástrofe, la crisis schmittiana aparece menos como un hecho objetivo que como una estructura conceptual destinada a legitimar una forma de poder que solo se afirma mediante la suspensión de la norma. La fragilidad revelada por la excepción no afecta únicamente al orden jurídico; alcanza también al propio pensamiento que lo convierte en instrumento de la soberanía. Al vincular estrechamente decisión y catástrofe, Schmitt propone una concepción de lo político fundada en el extremo, con el riesgo de confundir la excepción con la norma latente de la vida colectiva. Giorgio Agamben lleva esta lógica hasta su punto de inversión. En Homo Sacer y Estado de excepción , sostiene que la frontera entre norma y excepción se ha disuelto y que el estado de excepción ya no constituye una interrupción, sino el paradigma contemporáneo del gobierno. [2] El soberano schmittiano, figura concentrada del poder, cede así su lugar a una administración difusa de la vida, donde la “vida desnuda” queda expuesta a un poder indefinidamente expansible. La catástrofe deja entonces de ser una amenaza exterior que justifica la decisión para convertirse en una estructura permanente de la política moderna: una modalidad de gobierno biopolítico que generaliza la emergencia y desdibuja la distinción misma entre legalidad e ilegalidad. De este modo, Agamben muestra que el pensamiento de Schmitt, concebido originalmente para pensar la excepción, encuentra paradójicamente su realización en un mundo donde la excepción se ha convertido en la regla. En la crisis sin fin. En Ensayo sobre la experiencia moderna del tiempo , Myriam Revault d’Allonnes sostiene que la crisis posee una ambivalencia constitutiva: es, al mismo tiempo, la forma temporal propia de la modernidad, un mundo suspendido y atravesado por una transformación permanente, y el signo paradójico del agotamiento de lo político cuando esa crisis se vuelve permanente. Pero si toda temporalidad termina por confundirse con la crisis, ¿qué queda entonces del momento decisivo? Allí donde Schmitt veía en la excepción la escena originaria de la soberanía, Revault d’Allonnes diagnostica, por el contrario, la disolución del vínculo que unía crisis y decisión. [3] La krisis , entendida etimológicamente como el momento del juicio, deriva poco a poco hacia una inercia crónica: en lugar de abrir un espacio para la intervención, se convierte en el trasfondo indecidible de un mundo gobernado por la gestión. Este desplazamiento transforma profundamente la estructura misma de lo político. La crisis deja de ser un acontecimiento singular que reclama un acto soberano para convertirse en un estado ordinario, vigilado, cuantificado y administrado mediante dispositivos de previsión y optimización. Bajo esta forma, deja de representar un umbral crítico y pasa a constituir una lógica de neutralización: la crisis es anticipada, modelizada y absorbida por protocolos técnicos de regulación. Lo político deja entonces de definirse por su capacidad de decidir y pasa a identificarse con su facultad de estabilizar de manera continua un mundo percibido como intrínsecamente inestable. En este contexto, la catástrofe ocupa el lugar que la crisis ha dejado vacante. Mientras esta última queda integrada a las rutinas del gobierno, la catástrofe se convierte en la única forma de acontecimiento capaz de reactivar el gesto decisorio. Lejos de constituir una ruptura imprevisible, funciona como un horizonte regulador: un espectro invocado para justificar la excepción y reintroducir la decisión soberana allí donde la crisis, banalizada, ya no ofrece esa posibilidad. Este giro permite comprender la manera en que los poderes contemporáneos movilizan la posibilidad del colapso, ya sea climático, sanitario, financiero o de seguridad, para legitimar dispositivos de excepción incorporados a la normalidad misma de la gobernanza. Este desplazamiento forma parte de lo que puede denominarse un paradigma bio-datapolítico: una arquitectura del poder propia de la era tecnocientífica, en la que la gestión de la vida y la gestión de los datos se encuentran indisociablemente unidas. Lo biológico y lo digital, la vida y la información, constituyen hoy los vectores convergentes de una racionalidad orientada hacia la anticipación, la modelización y la regulación preventiva. Ya no se trata únicamente, como ocurría en la biopolítica foucaultiana, de administrar poblaciones; se trata de producir entornos calculables, comportamientos previsibles y riesgos cuantificables. La tecnociencia deja de ser un instrumento al servicio de la política para convertirse en la condición misma de su posibilidad, en su infraestructura más profunda. La biopolítica administra la vida; la bio-datapolítica formaliza la vida en datos para hacerla anticipable, modulable y algoritmizable. Este paradigma encuentra profundas resonancias en la cosmología del karman, donde todo acto ( karman ) queda inscrito como una huella inmanente y como una potencia de permanencia que se acumula dentro de una continuidad causal que excede el instante mismo de su realización. El sujeto aparece entonces menos como un agente autónomo que como el nudo de una cadena de causalidades entrelazadas, atravesado por determinaciones integradas que configuran sus devenires posibles. El mundo se presenta así como un tejido de correlaciones invisibles pero operativas, donde la infraestructura de lo real se concibe como una inteligibilidad relacional del devenir: una matriz sociocósmica en la que acción, consecuencia y disposición de las existencias se articulan conforme a una racionalidad simultáneamente normativa, procesual y profundamente estratificada. [4] Allí donde el pensamiento védico articulaba una ontología operativa del mundo a través del rito, la era digital parece instituir una ontología computacional de la realidad, en la que lo real se produce continuamente como efecto del cálculo, la modelización y la optimización. En un universo algorítmico como este, la crisis pierde su intensidad histórica. Se desingulariza, se desdramatiza y queda reducida a una variable dentro de sistemas adaptativos orientados al procesamiento continuo de señales débiles, ya se trate de la salud pública, los mercados financieros, el clima o la seguridad. La política queda reducida a un ciclo permanente de ajustes, calibraciones y respuestas preventivas. La catástrofe, por el contrario, adquiere una función paradójica: lejos de ser simplemente el colapso temido, se convierte en el resorte imaginario que permite naturalizar la excepción, automatizar las decisiones y extender indefinidamente la lógica de la vigilancia y el control en nombre de la urgencia por venir. Pensar el futuro de lo político exige, por tanto, volver a interrogar el entrelazamiento entre crisis y catástrofe a la luz del tecnocapitalismo algorítmico. No para ceder a una visión apocalíptica del presente, sino para recuperar la posibilidad de una crítica que no quede absorbida por la desrealización del poder: un poder que gobierna menos mediante decisiones que mediante correlaciones, menos mediante el derecho que mediante el cálculo, y menos mediante el acontecimiento que mediante su anticipación indefinida. El encuentro con la Bhagavad Gītā , ese diálogo filosófico y espiritual situado en el corazón del Mahābhārata , en el que Krishna instruye a Arjuna sobre la acción, el deber y la lucidez, permite operar un desplazamiento decisivo en nuestra manera de pensar la decisión, la crisis y la catástrofe. Allí donde Schmitt ve en la crisis la justificación del poder decisorio, el texto indio la convierte, por el contrario, en el lugar de una enseñanza interior. La escena inaugural, en la que Arjuna permanece paralizado ante el derrumbe simbólico del orden guerrero, constituye ciertamente una crisis, pero no una crisis schmittiana. No exige suspensión alguna de la norma; revela, más bien, que la acción nunca puede fundarse en una norma exterior. La crisis es una catástrofe interior, una disolución de los puntos de referencia, una imposibilidad de actuar que reclama no un soberano decisionista, sino una transformación de la percepción. La verdadera decisión no nace de la excepción, sino de la desidentificación. Krishna enseña a Arjuna que la acción debe ser desinteresada ( niṣkāma karma ), que el sujeto de la acción no es el ego y que solo una visión no egológica del orden del mundo ( dharma ) puede hacer posible una acción justa. La decisión no consiste, por tanto, en una ruptura, sino en una comprensión; no en la suspensión de la norma, sino en una intuición de lo real. Allí donde Schmitt sostiene que el soberano funda el orden mediante la decisión, la Gītā sugiere que es el orden cósmico, el ṛta y el dharma , el que hace posible una decisión que no sea violencia. [5] Este giro se profundiza aún más cuando la Bhagavad Gītā aborda la cuestión de la catástrofe. En Schmitt y Agamben, la catástrofe aparece como el marco dentro del cual se manifiesta lo político: el horizonte del poder de excepción o la norma difusa del gobierno. En la Gītā , en cambio, pertenece a un orden completamente distinto: es interior, existencial y cognitiva. Durante la teofanía (capítulo XI), la visión del Tiempo, destructor de los mundos ( kālo ’smi lokakṣayakṛt ), no remite a un colapso político, sino a la verdad cósmica del devenir, que disuelve la ilusión de un dominio soberano sobre el mundo. Frente a esta catástrofe ontológica, la cuestión ya no consiste en decidir con mayor firmeza, sino en comprender que toda decisión verdaderamente justa supone atravesar el miedo y reconfigurar la relación con la acción. La catástrofe, lejos de justificar la soberanía, se convierte en una pedagogía del desapego. Esta relectura resulta especialmente fecunda frente a la situación contemporánea. Mientras la bio-datapolítica transforma la crisis en una gestión algorítmica del futuro, la Gītā propone otra relación con el tiempo: un presente intensificado, alineado con el dharma , donde la acción no depende ni del miedo a la catástrofe ni de su instrumentalización gubernamental. El sujeto deja de ser soberano para convertirse en un sujeto procesual, atravesado por los guṇa , y la capacidad de actuar nunca se reduce a una mera reacción frente a señales débiles. Así, a la luz de la Gītā , la soberanía adquiere un significado profundamente distinto. La verdadera soberanía no consiste en la capacidad de suspender la norma, sino en la capacidad de desprenderse de uno mismo. No es decisoria, sino interior; no nace del colapso, sino de la lucidez. Ni la crisis ni la catástrofe fundan el orden: ambas revelan únicamente las ilusiones del sujeto que cree gobernar y los límites de los modelos que fundamentan la acción en la urgencia, el miedo o la anticipación tecnológica. La Gītā no niega la crisis: la transfigura. No niega la catástrofe: la cosmologiza. No niega la decisión: la despsicologiza. De este modo abre un camino que escapa tanto al decisionismo schmittiano como a la excepción normalizada descrita por Agamben y a la crisis permanente de la gobernanza algorítmica: otra concepción del sujeto, del tiempo y de la acción, que desplaza lo político hacia una soberanía no soberana. El pensamiento político moderno ha inscrito con frecuencia la acción dentro de una lógica de ruptura. En Schmitt, la soberanía se manifiesta en la decisión tomada en una situación de excepción, es decir, en la capacidad de decidir cuando el orden parece tambalearse. Esta concepción dramática de lo político convierte la crisis en el momento de la verdad y la catástrofe en el horizonte que justifica la suspensión de las normas. Sin embargo, una filosofía de la acción fundada en la urgencia encuentra sus límites cuando la crisis deja de ser un acontecimiento para convertirse en una condición permanente. Como ha mostrado Myriam Revault d’Allonnes, la modernidad tardía transforma la crisis en una estructura temporal difusa: ya no constituye un momento decisivo, sino un tiempo indefinido, administrado y absorbido por dispositivos de previsión hasta el punto de borrar la posibilidad misma de la decisión. En el marco bio-datapolítico contemporáneo, marcado por la centralidad de los modelos algorítmicos, la acción política se desplaza progresivamente de la intervención al cálculo y de la deliberación a la reacción frente a señales débiles. El propio sujeto queda configurado como un operador de ajuste, y ya no como una auténtica potencia de actuar. Es precisamente aquí donde la Bhagavad Gītā , sobre todo leída a través de Bal Gangadhar Tilak, abre una perspectiva filosófica radicalmente distinta. La crisis que inaugura el texto, la parálisis de Arjuna frente al colapso simbólico del orden guerrero, no tiene nada de schmittiana: no exige ni la suspensión de la norma ni la irrupción de un soberano. Revela, más bien, una verdad interior: la acción solo puede ser legítima cuando ha sido liberada del miedo, del cálculo y de la apropiación. [6] Tilak muestra con fuerza que la Gītā no enseña el retiro ni la renuncia, sino una transformación de la subjetividad que hace posible la acción justa. Lejos de reducir lo político a la decisión soberana, sostiene que la acción conforme al dharma precede a toda decisión soberana porque nace de una relación adecuada con lo real. El agente no actúa para conjurar un colapso: actúa porque su acción participa de un orden cósmico del que no es ni el dueño ni el centro. La Gītā transforma así la noción misma de crisis. Esta deja de ser un umbral político para convertirse en una prueba de la percepción. La verdadera catástrofe no es el desastre exterior, sino el derrumbe interior del sujeto cuando descubre que su acción ya no puede apoyarse en sus referencias habituales. La teofanía del capítulo XI, donde Krishna se revela como “el Tiempo convertido en destructor de los mundos”, no constituye un apocalipsis político; revela la estructura ontológica del devenir. No es el mundo el que se derrumba, sino la ilusión del sujeto soberano. En ese sentido, la catástrofe no funda una decisión de excepción: constituye un acontecimiento de verdad que disuelve la propia idea de soberanía entendida como poder autónomo. Esta perspectiva se opone punto por punto a la lógica contemporánea de la gobernanza algorítmica. Mientras los sistemas de predicción convierten la crisis en una variable de gestión permanente, la Gītā propone una temporalidad fundada en la intensidad del presente. Actuar conforme al dharma significa liberarse del predominio del futuro sobre el presente y romper con la dinámica reactiva de la anticipación ansiosa. Tilak subraya que la verdadera acción comienza precisamente allí donde el sujeto deja de estar determinado por el miedo a las consecuencias: el acto justo no es un efecto del riesgo, sino la expresión de una alineación interior. En el horizonte de esta filosofía, la soberanía deja de ser la capacidad de decidir en la urgencia para convertirse en la capacidad de emanciparse de las determinaciones afectivas y heurísticas que gobiernan la reacción. Se comprende entonces que la Gītā , especialmente en la interpretación de Tilak, reconfigura profundamente el campo de la filosofía política. Desplaza la soberanía del registro de la decisión al de la disponibilidad. [7] Rechaza la idea de que la crisis o la catástrofe puedan fundar lo político: ambas solo revelan la ilusión de un sujeto que se creía dueño del orden y capaz de suspender su curso. Lo que la Gītā pone de manifiesto es que la acción nada debe a la ruptura y todo a la lucidez. No depende del colapso, sino de una comprensión más profunda de nuestra inscripción en lo real. Lejos de justificar el poder mediante la amenaza, disuelve el poder en una ética del compromiso no apropiativo. Así, la Gītā ofrece una alternativa conceptual de primer orden a los modelos occidentales de la crisis y la excepción. No niega ni la vulnerabilidad del mundo ni la inestabilidad de la historia, pero se niega a convertirlas en el motor de lo político. Propone una ontología de la acción en la que la soberanía deja de ser el gesto excepcional de un sujeto trascendente para convertirse en la manera en que una subjetividad transfigurada asume su lugar dentro de la trama del devenir. En ese sentido, invita a repensar la posibilidad misma de la acción en un mundo saturado de crisis y acosado por la catástrofe: no buscando dominar la excepción, sino aprendiendo a actuar sin ella. Sin embargo, este desplazamiento solo resulta inteligible si se reconoce que toda teoría del gobierno descansa, explícita o implícitamente, sobre una cosmología subyacente. Gobernar significa siempre, de una manera u otra, situarse dentro de una cosmología implícita. La crisis no puede ser entonces otra cosa que un desajuste del propio mundo; la catástrofe, por su parte, no pertenece simplemente al orden del acontecimiento, sino a una transformación del régimen cosmológico de lo real. El retorno a las tradiciones bíblicas y sánscritas adquiere aquí una importancia decisiva, pues permite reconstruir los estratos más profundos de una cosmosofía política. Con ello nos referimos a una manera de pensar lo político a partir de sus fundamentos cosmológicos, es decir, situándolo dentro de una concepción global del orden del mundo ( cosmos ), del tiempo y del devenir. La cosmosofía política no considera lo político como un ámbito autónomo reducido a las instituciones, la soberanía o las normas, sino como una modulación de un orden cósmico más profundo, susceptible de desplegarse según distintos regímenes: cíclico, escatológico, caótico o algorítmico. [1] Carl Schmitt, Teología política. Cuatro capítulos sobre la doctrina de la soberanía , trad. Jorge Navarro Pérez, Madrid: Trotta, 2009 (ed. orig. 1922), p. 13. [2] Véase Giorgio Agamben, Estado de excepción , trad. Flavia Costa e Ivana Costa, Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2004; así como Homo sacer I. El poder soberano y la nuda vida , trad. Antonio Gimeno Cuspinera, Valencia: Pre-Textos, 1998. [3] Myriam Revault d’Allonnes, La crise sans fin. Essai sur l’expérience moderne du temps , París: Seuil, 2012, especialmente la introducción. [4] En Cuire le monde. Rite et pensée dans l’Inde ancienne (París: La Découverte, 1989), Charles Malamoud pone de manifiesto una estructura decisiva del pensamiento védico: la realidad no se constituye ante todo como objeto de representación o contemplación, sino como un campo de operaciones efectivas atravesado por procedimientos rituales que garantizan simultáneamente su transformación y su inteligibilidad. Dentro de esta perspectiva, el rito no puede entenderse como un lenguaje secundario destinado a significar un orden cósmico previamente dado. Constituye, por el contrario, un dispositivo productivo mediante el cual la realidad llega a sí misma bajo formas diferenciadas. El análisis de la cocción ( pāka ) desempeña aquí un papel paradigmático: condensa una misma lógica de transformación que compromete simultáneamente la materia, la forma y el sentido. Cocer no designa simplemente una operación técnica, sino una verdadera transmutación de lo real, en la que el estado de las cosas, su estatuto simbólico y su inscripción cosmológica se reconfiguran conjuntamente. El pensamiento védico puede entenderse, por ello, como una forma de ontología operativa, en la medida en que el ser nunca aparece dado como una sustancia estable, sino siempre como el resultado provisional de un conjunto de operaciones reguladas. Esta ontología se despliega a través de una continuidad diferenciada entre tres registros que no se oponen, sino que se corresponden: el gesto técnico, como organización material de la acción; la eficacia ritual, como validez normativa interna de esa acción; y la transformación cósmica, como correlato ontológico del rito cumplido. Lo decisivo en Malamoud es que estos niveles no pertenecen a esferas heterogéneas, técnicas, simbólicas y metafísicas, sino a una misma lógica de transitividad de lo real. El mundo védico aparece así como un continuo de operaciones en el que la realidad nunca es simplemente constatada, sino continuamente producida, ajustada y estabilizada mediante cadenas de gestos eficaces. De este modo se perfila una racionalidad del hacer que no separa el saber de la operación ni la técnica del cosmos. El mundo deja de ser un objeto exterior de descripción para convertirse en el correlato interno de una praxis regulada, donde conocer y transformar coinciden dentro de una misma economía operativa de lo real. Al extender el enfoque de Malamoud, resulta posible iluminar de otro modo el régimen contemporáneo de la operatividad de lo real. Esta estructura permite pensar la mutación contemporánea del mundo como el paso de una operatividad ritual-simbólica a una operatividad algorítmica e infraestructural. El mundo se convierte entonces en un campo de calculabilidad generalizada, donde la operatividad ya no pasa por el rito, sino por dispositivos técnicos continuos que organizan de antemano las condiciones mismas de la acción, la percepción y la decisión. La infraestructura algorítmica ya no se limita a procesar lo real: lo configura, lo segmenta y lo hace anticipable. Instituye así una forma de ritualización inmanente, ya no fundada en una mediación simbólica o sagrada, sino en la repetición automatizada de secuencias computacionales que estructuran los comportamientos y orientan las conductas. [5] Sarvepalli Radhakrishnan, The Bhagavadgita , Londres: George Allen & Unwin, 1948, pp. 91-118. [6] Bal Gangadhar Tilak, Shrimad Bhagavad Gita Rahasya, or Karma-Yoga-Shastra , Poona: Tilak Bros., 1915 (traducción inglesa del original en maratí), especialmente las secciones dedicadas a la doctrina del karma-yoga y a la interpretación de la Bhagavad Gītā como una enseñanza de la acción desinteresada ( niṣkāma karma ). [7] Nagappa K. Gowda, “The Sthitaprajna as the Foundation of the Nation: Tilak and the Gita Rahasya”, en The Bhagavadgita in the Nationalist Discourse , Oxford: Oxford University Press, 2011. El autor analiza la interpretación de Tilak de la Bhagavad Gītā , mostrando cómo transforma la figura de Arjuna en la subjetividad ética del dharma .

Crisis, catástrofe y conmoción del mundo (5/7)
Por
Wissam Saadé
Publicado
jul 7, 2026 - 14:09

Este ensayo propone un recorrido por las figuras de la crisis y la catástrofe, desde las cosmologías antiguas hasta la experiencia vivida de la conmoción del mundo. Al entrelazar los legados griegos, bíblicos e indios con el pensamiento de Jan Patočka, examina cómo las civilizaciones han concebido el desorden, el derrumbe, lo irreversible e incluso la posibilidad misma de la acción cuando el sentido comienza a vacilar. Publicado aquí en siete capítulos-ensayos, este texto sigue un hilo tan exigente como esencial: comprender si la catástrofe constituye una ruptura repentina, una lenta desintegración del mundo o la verdad más profunda de nuestro tiempo. He aquí la quinta parte. Del Tohu va-Bohu a Sodoma: crítica de la “Ciencia Política” Los once primeros capítulos del Génesis vuelven a representar, como en una cascada, el combate entre la estructura y la disolución, entre la creación y la ruptura. Abandona el jardín: crisis del vínculo. Caín mata a Abel: crisis de la fraternidad. El Diluvio: catástrofe cósmica. Babel: crisis del lenguaje y de la comunidad. En cada etapa, el Tohu va-Bohu es aquello que la creación reprime sin llegar nunca a desaparecerlo. Cuando aparece Abraham, entra en esta historia de crisis. No es su superviviente; se convierte en su testigo, e incluso en quien responde por ella. Ante él vuelven a desplegarse fracturas familiares y políticas, el hambre, la esterilidad, la guerra y el sacrificio. Pero solo una vez se alza el rostro completo de la catástrofe: el castigo divino sobre Sodoma y Gomorra, como si todo el Tohu va-Bohu de los orígenes, contenido desde el Bereshit , encontrara allí su último incendio antes de concentrarse en un solo hombre, Abraham, y en una sola promesa. El mundo nació de un desastre interior en la propia obra de Dios. El Tohu va-Bohu es su cicatriz: la huella visible de un desorden primordial que la Palabra contuvo sin abolir jamás. Antes de que el mundo fuera pronunciado, vacilaba. La tierra no era la nada: era informe, estremecida, todavía destinada a la palabra que la llamaría a existir. El Eterno no creó el mundo a partir del vacío, sino a partir de un temblor. Porque la creación no borra el abismo: lo domestica. Ese Tohu va-Bohu no es el mal; es el ámbito donde Dios se prueba a sí mismo como Creador, un caos potencialmente habitado. Así, entre la Nada y el Ser se extiende la zona del comienzo: allí la Palabra divina traza su frontera y hace surgir la forma a partir de aquello que se resiste. La realidad opone su peso a la Creación; Dios no la niega, sino que la ordena. Y desde entonces el mundo permanece frágil: en cualquier instante puede deshacerse y volver a caer en su caos originario. Así se revela el misterio del Tohu va-Bohu : la Creación nunca queda concluida; recomienza con cada aliento. El mundo no se sostiene por su propia fuerza, sino por la fidelidad del Verbo que lo mantiene en el ser. Así comienza la Escritura: “La tierra era Tohu va-Bohu, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo” (Gn 1:2). A medida que el relato avanza hacia el castigo anunciado contra Sodoma y Gomorra, el texto no menciona el Tohu va-Bohu , pero deja entrever su sombra: fuego y azufre, inversión y esterilidad. No es el caos el que irrumpe, sino su memoria; no es la creación la que se deshace, sino el mundo que recuerda lo que fue antes de ser ordenado. Aniquilar Sodoma significa provocar una regresión hacia la pre-Génesis, hacia ese “comienzo precreacional” donde la luz aún no había separado las tinieblas. La llanura del Jordán, antaño exaltada como el “Jardín del Señor”, experimenta una metamorfosis ontológica: se convierte en un desierto de betún, en una tierra de esterilidad absoluta. Asistimos aquí a un caos pleno. Es el retiro de la presencia divina, que deja paso a un mundo deshecho. Sodoma vuelve a representar, como en un espejo invertido, la paradoja del Génesis: allí donde la bendición ordenaba la vida, el Juicio instaura el vacío. El empleo del verbo hebreo hafakh (“voltear”, “trastornar”, “subvertir”) para describir la caída de la ciudad no designa una simple ruina arqueológica, sino una subversión del orden cósmico. Aquello que el Verbo había estructurado, el paso del caos al orden, la ira lo devuelve a lo informe. Abraham permanece sobre la brecha, entre el cosmos que aún subsiste y el caos que regresa. Su pregunta, “¿Acaso el Juez de toda la tierra no hará justicia?”, constituye un grito metafísico: ¿puede el Demiurgo consentir que Su obra vuelva a convertirse en Tohu va-Bohu ? La destrucción de las ciudades de la llanura representa una reactivación del vacío primordial, una “descreación jubilosa” que solo la oración del Patriarca consigue distinguir de un retorno definitivo a la nada absoluta. Sodoma no solo es destruida: queda ontológicamente disuelta, devuelta al borrador cósmico, al caos primordial, allí donde la luz todavía vacila antes de existir. Abraham salva a la humanidad de un aniquilamiento total, no por la fuerza de su oración, sino porque recuerda a Dios que un mundo exige un mínimo de coherencia. “Miro la tierra, y he aquí que era Tohu va-Bohu; miro los cielos, y su luz ha desaparecido.” (Jeremías 4:23) La visión del profeta Jeremías converge con el apocalipsis de Sodoma. Aquí, el lenguaje del caos primordial ya no constituye únicamente una cosmogonía, sino la gramática misma del Juicio: cuando el ser humano corrompe la Alianza, la tierra pierde su fundamento y vuelve a hundirse en la indistinción del primer día. Pensar la catástrofe, pensar el desastre: ahí es donde la pasión humana, a través de la filosofía, la mitología y la religión, nunca ha dejado de ponerse a prueba. Dos visiones se enfrentan mientras se responden mutuamente: una, cíclica, en la que la crisis y la catástrofe son las pulsaciones de una respiración cósmica; la otra, lineal, en la que el tiempo se orienta hacia un telos y la escatología se convierte en el paso obligado entre la crisis y el cumplimiento. En este segundo régimen, la historia sustituye al cosmos: el fin deja de ser un nuevo comienzo para convertirse en una revelación. Desde ese momento, la escatología se vuelve inmediatamente política, y la ciencia política, en su fundamento, no es otra cosa que una escatología aplicada. Para existir, todo proyecto político debe convocar su propia idea de la catástrofe: un fin que conjurar, un desastre que nombrar. Ya se trate del colapso del capitalismo, del derrumbe ecológico o de la disolución de la identidad colectiva, lo político suele fundarse en esa anticipación de lo peor, no para aceptarlo, sino para darse a sí mismo la necesidad de actuar. El drama de la Ciencia Política moderna reside en su esfuerzo constante por reprimir, o al menos ocultar, su trasfondo escatológico. Al constituirse como una disciplina empírica y racional, dedicada al análisis de los hechos y a la neutralidad metodológica, quiso purificarse de toda teleología. Sin embargo, como mostró Eric Voegelin, la modernidad no destruyó las estructuras religiosas del pensamiento, sino que las “inmanentizó”. [1] Lo que antes pertenecía a la salvación trascendente se convirtió en un proceso histórico: la política pasó a ser un sustituto de la soteriología. Lejos de desaparecer, la escatología se tradujo en promesa de progreso, en utopía de reconciliación o en horizonte de autonomía plena. Hans Blumenberg, en respuesta a esta interpretación, vio en esa inmanentización no una corrupción de la teología, sino una reapropiación legítima: la modernidad se dotaría así de una autonomía narrativa propia, trasladando el mito del fin al plano del proyecto humano. Pero esa “autoafirmación” ( Selbstbehauptung ) de la razón, al negar lo sagrado del que procede, ha tenido como efecto volver invisibles los fundamentos simbólicos de la acción política. [2] La Ciencia Política moderna ha permanecido deudora de la aspiración a transferir al ser humano las prerrogativas de la creación ex nihilo , antaño reservadas a Dios. El mérito de una reflexión sobre la catástrofe primordial, la del Tohu va-Bohu y sus recurrencias, ya aparezcan implícitamente en el relato de Sodoma o explícitamente en la profecía de Jeremías, consiste en revelar que el Dios del Antiguo Testamento no crea ex nihilo , sino ex confusione . La creación no es una irrupción desde la nada, sino un acto de diferenciación, de ordenación de una materia preexistente. El caos, por tanto, no queda abolido; permanece como la matriz latente del ser, siempre susceptible de reaparecer bajo diversas formas: catástrofe, juicio o pérdida del sentido. Este Tohu va-Bohu bíblico corresponde, bajo un régimen temporal diferente, a la fase del retorno a lo informe en la temporalidad cíclica india: el momento en que el nombre y la forma ( nāma-rūpa ) se disuelven en el principio indeterminado ( avyakta , “lo no manifestado”). El Tohu va-Bohu evoca el caos anterior a la creación; el pralaya , en cambio, designa el caos posterior a la creación, aquel en el que el mundo se repliega al final de cada ciclo cósmico ( kalpa ). En ambos casos, no se trata de la nada, sino de un estado liminar: la forma desaparece, pero permanece en potencia. En el pensamiento bíblico, el Tohu va-Bohu representa un desorden metafísicamente negativo: se opone a la luz y a la Palabra creadora; es aquello que Dios contiene, ordena y mantiene a raya. En el pensamiento indio, por el contrario, el pralaya y el avyakta designan estados de pura potencialidad: el desorden no se opone al orden, sino que constituye su reverso necesario. Así, en ambas tradiciones, el desorden nunca es exterior al orden, sino su condición misma. Pensar conjuntamente el Tohu va-Bohu y el pralaya es reencontrar ese punto de equilibrio donde toda cosmología, ya sea teológica o filosófica, revela ser inseparable de lo político: gobernar el mundo consiste siempre en esforzarse por mantener un orden frágil en el límite del caos primordial. Pensar conjuntamente el Tohu va-Bohu y el pralaya es presentir que el desorden no constituye un accidente del mundo, sino su profundidad misma, el ámbito donde la posibilidad del sentido vuelve a ponerse en juego sin cesar. Si toda cosmología permanece inseparable de lo político, es porque siempre implica una determinada manera de situarse frente a esa profundidad: mantener un orden supone ya negociar con un fondo que siempre lo desborda. Sin embargo, la modernidad quiso romper ese pacto originario. Al separar lo político de lo escatológico y de lo cosmológico, al disolver lo primero en la gestión y matematizar lo segundo en la ley de los números, desplazó el pensamiento del origen hacia el de la dominación. La gobernanza quiso convertirse en una ciencia del cálculo, olvidando que había nacido, en otro tiempo, de una relación con el abismo y no con la certeza. Pero cuando el orden comienza a deshacerse, cuando la crisis se convierte en la textura ordinaria del mundo, ese trasfondo cósmico reprimido vuelve a emerger: lo político redescubre que no procede de la voluntad soberana, sino de la grieta misma, del vértigo del fondo sin fondo. ¿Y si la modernidad política se hubiera equivocado de drama? ¿Y si hubiera querido ignorar la profundidad de lo indeterminado, de lo indecidible, ese lugar donde la propia decisión pierde su orientación? ¿Acaso afirmar que la crisis debe resolverse no supone ya desconocer que ha dejado de terminar? ¿Qué se extiende como condición del mundo, como atmósfera de todo presente? Tal vez ese sea, precisamente, el signo de toda modernidad: su esencia no es la novedad, sino la prolongación; dura desde hace milenios como una lenta travesía del Kali Yuga, una Edad de Hierro extendida a la escala de la conciencia. [1] En The New Science of Politics ( La nueva ciencia de la política , trad. Sylvie Courtine-Denamy, París: Seuil, 2000), Eric Voegelin desarrolla su tesis central de la “inmanentización del eschaton” ( immanentization of the eschaton ): las ideologías modernas, aunque se presentan como racionales e históricas, reproducen estructuras de salvación de origen religioso al trasladarlas a la historia humana misma. La promesa de una redención trascendente se convierte así en un proyecto político de reconciliación total, de progreso histórico o de emancipación definitiva. Sin embargo, esta lectura difiere de las de Carl Schmitt y Karl Löwith. En Schmitt, la modernidad política sigue estructurada por categorías teológicas secularizadas, como la soberanía, la decisión y la excepción; pero el acento recae, ante todo, en la continuidad formal entre los conceptos teológicos y los conceptos políticos. En Löwith, la filosofía moderna del progreso aparece como una transposición secular de la escatología cristiana a la filosofía de la historia. Voegelin radicaliza este diagnóstico: no ve en la modernidad únicamente la supervivencia de estructuras teológicas, sino una reactivación “gnóstica” de la promesa de salvación, por la cual el ser humano pretende realizar en la historia aquello que antes pertenecía a la trascendencia. En consecuencia, el problema ya no reside únicamente en la secularización de los conceptos religiosos, sino en la transformación de la política misma en un instrumento soteriológico. No obstante, Voegelin tiende a proponer una lectura marcadamente patologizante de la gnosis, entendida como una perturbación del espíritu y una voluntad de autodivinización que conduce, según él, a las formas modernas del totalitarismo. La “inmanentización del eschaton” aparece así como el intento catastrófico de realizar, dentro de la historia humana, una redención que antes pertenecía a la trascendencia, al precio de falsificar la realidad y clausurar la experiencia frente al orden del ser. Por el contrario, Jacob Taubes, aunque comparte con Voegelin el diagnóstico de la persistencia de los esquemas escatológicos en la modernidad, se niega a ver en ello un simple error espiritual o una patología política. En Occidental Eschatology ( Escatología occidental , trad. Gilles Quinsat, París: Éditions de l’Éclat, 2009 [1947]), la escatología no se entiende como una ilusión, sino como uno de los motores más profundos de la historia de Occidente. Lo apocalíptico se convierte así en la rebelión del espíritu contra la tiranía del “mundo tal como es”, contra toda pretensión de la política de constituirse en un orden definitivo. Taubes rehabilita así la figura del revolucionario, desde Pablo el Apóstol hasta Karl Marx, pasando por Thomas Müntzer, como portadores de una fuerza escatológica de separación y juicio que mantiene viva la llama del krinein frente al cierre del mundo establecido. Definiéndose a sí mismo como un “arqueólogo de lo apocalíptico”, Taubes se interesa menos por restaurar un orden trascendente que por la fuerza negativa del mesianismo: una potencia permanente de desestabilización que impide que la política se cierre sobre su propia autosuficiencia idolátrica. Allí donde Voegelin busca restaurar una trascendencia separada para reordenar la ciudad, Taubes ve en el impulso revolucionario la persistencia legítima de una esperanza irreductible a la finitud de la política. Una política privada de todo horizonte escatológico correría entonces el riesgo de convertirse en una mera administración de la nada. Véase Jacob Taubes, Occidental Eschatology, especialmente la segunda parte. [2] Hans Blumenberg sostiene que la modernidad heredó preguntas medievales y escatológicas, como el sentido o el fin de la historia, a las que se vio obligada a responder mediante recursos heterogéneos, en particular la idea de progreso. Este desplazamiento estructural genera la ilusión óptica de una continuidad sustancial con la religión. Blumenberg denomina “reocupación” ( Umbesetzung ) a este mecanismo funcional: los nuevos esquemas de pensamiento ocupan posiciones sistémicas que han quedado vacantes tras el derrumbe del marco teológico, sin que por ello sean sus derivados. Véase: Hans Blumenberg, La legitimidad de la Edad Moderna, trad. Marc Sagnol, Jean-Louis Schlegel y Denis Trierweiler, París: Gallimard, colección «Bibliothèque de philosophie», 1999, pp. 71-77.

Crisis, catástrofe y conmoción del mundo (4/7)
Por
Wissam Saadé
Publicado
jul 5, 2026 - 12:23

Este ensayo propone un recorrido por las figuras de la crisis y la catástrofe, desde las cosmologías antiguas hasta la experiencia vivida de un mundo sacudido. Al poner en diálogo las tradiciones griega, bíblica e india con el pensamiento de Jan Patočka, examina la manera en que las civilizaciones han concebido el desorden, el derrumbe, lo irreversible e incluso la posibilidad misma de actuar cuando el sentido comienza a vacilar. Publicado aquí en siete capítulos-artículos, este texto sigue un hilo tan exigente como esencial: comprender si la catástrofe constituye una ruptura repentina, una lenta desintegración del mundo o la verdad más profunda de nuestro tiempo. A continuación se presenta la cuarta parte. Del ciclo a lo irreversible Distinguir la crisis de la catástrofe, o separar la catástrofe cósmica de la catástrofe histórica o individual, constituye, en efecto, dos imposibilidades, o más bien dos impensados, dentro del pensamiento tradicional indio. En esta tradición, lo cósmico no se opone a lo histórico; se despliega en él. La catástrofe no constituye la excepción del tiempo, sino su verdad más íntima. La disociación entre crisis y catástrofe, así como la progresiva descosmización del desastre, constituye el producto de una larga genealogía propia del pensamiento occidental. Esta resulta del cruce entre los legados grecorromanos y judeocristianos, y luego de su reconfiguración en la época moderna. Es, en efecto, dentro de la tradición judeocristiana donde se consolida con mayor claridad una concepción de la catástrofe como acontecimiento absoluto. El Diluvio del Génesis , el Apocalipsis de Juan o el Juicio Final configuran una misma estructura temporal: un tiempo lineal, orientado, dotado de un comienzo y de un final irreversible; un acontecimiento terminal que no solo reorganiza el mundo, sino que lo clausura para inaugurar otro orden, el de la salvación y la redención. [1] Sería, por tanto, reductivo afirmar que el judeocristianismo separa la catástrofe terrestre de la catástrofe cósmica. Más bien mantiene la relación entre ambas, aunque dentro de una nueva jerarquía ordenada según la economía de un tiempo de dirección única. El desastre terrestre deja de percibirse como un momento entre otros del gran ciclo cósmico para convertirse en el signo, el indicio o el preludio de una catástrofe última y universal. La linealización de la temporalidad introduce aquí una mutación decisiva: el mal, la guerra y la destrucción quedan investidos de un sentido teleológico. Ya no pertenecen a la ciclicidad de la naturaleza, sino a la dramaturgia de la historia. Una transformación semejante marca una ruptura profunda con las cosmologías antiguas y, con mayor razón, con las visiones dhármicas de la India. En estas últimas, las rupturas del mundo, guerras, pestes y derrumbes, están siempre ya inscritas en un orden cíclico. No interrumpen la armonía cósmica; constituyen su pulso interior, su respiración. El desastre humano nunca se concibe como un acontecimiento definitivo, sino como una modulación necesaria y transitoria de un equilibrio más amplio. Entre el plano terrestre y el orden del cosmos no existe fractura ontológica alguna: ambos participan de un mismo devenir ( saṃsāra ), movimiento de creación ( sṛṣṭi ) y de disolución ( pralaya ). En cambio, dentro de la tradición judeocristiana, la catástrofe terrestre se convierte en un acontecimiento histórico, mientras que la catástrofe cósmica se transforma en un acontecimiento terminal. La primera traduce la culpa al lenguaje del tiempo; la segunda resuelve el tiempo mismo en el absoluto de la revelación. Lo que aquí está en juego no es su simple separación, sino la tensión entre ambas dentro de una temporalidad orientada, en la que el mundo posee un comienzo, una historia y un final. La catástrofe deja de ser la respiración del cosmos para convertirse en el cumplimiento de la historia. Así se perfila, dentro de la genealogía clásica del pensamiento occidental, ya sea greco-cristiana o moderna, una estructura escatológica del pensar: la crisis llama a la catástrofe como su desenlace, y la catástrofe, lejos de inscribirse en el ritmo infinito del devenir, designa el punto de ruptura, el cierre del tiempo. El pensamiento indio, por el contrario, concebirá siempre la catástrofe no como una disolución terminal, sino como un momento de regeneración, la fase crepuscular de un ciclo destinado a renacer. Desde una perspectiva escatológica, el tiempo se estructura como una línea orientada: comienzo, desarrollo, cumplimiento y fin. En este marco, la crisis y la catástrofe no son simplemente dos modalidades del desorden, sino dos intensidades distintas referidas a un horizonte último. La crisis aparece como un momento de tensión interna al devenir histórico, un punto de decisión todavía integrado en la continuidad del mundo. La catástrofe, por el contrario, tiende a pensarse como la irrupción de un final, no solo de un orden particular, sino potencialmente del orden mismo del mundo. Así, su relación suele quedar inscrita en una lógica escatológica: la crisis se convierte en un umbral, mientras que la catástrofe pasa a ser ya sea la figura anticipada, ya sea la consumación efectiva del fin. El hecho de que, dentro de la tradición occidental, la relación entre crisis y catástrofe esté con frecuencia estructurada por una matriz escatológica implica que estas categorías permanecen siempre inscritas en una inteligibilidad del tiempo orientado, donde el sentido del presente depende de un horizonte de fin. Esto implica, a su vez, que toda escatología es inmediatamente política, en la medida en que produce una jerarquía de los tiempos, interpreta las crisis como signos y orienta la acción en función de un final supuesto. La escatología no es la política, pero estructura el campo mismo de lo políticamente pensable. La catástrofe deriva etimológicamente del término griego katastrophḗ , procedente de la tragedia griega, que designa el “desenlace final”, el momento de resolución irreversible. No designa únicamente una ruptura del equilibrio, sino la destrucción o el colapso de un orden del mundo, percibido con frecuencia como total, irreparable o, cuando menos, irreversible (guerras mundiales, genocidios, colapsos ecológicos). Aunque lo catastrófico parezca pertenecer, en un primer momento, a un registro espacial, el derrumbe, la devastación y la dislocación de las formas, frente a la temporalidad decisional propia de la crisis, constituye paradójicamente la condición de posibilidad de cierta intuición mediterránea y, posteriormente, occidental del tiempo mismo. Porque lo que la catástrofe introduce no es solamente una ruptura en el mundo, sino una transformación del sentido del devenir: inscribe el tiempo bajo el signo de lo irreversible. A partir de ese momento, el tiempo deja de aparecer como la simple repetición cíclica o el retorno de las mismas configuraciones, para convertirse en una exposición a una pérdida que jamás puede ser plenamente reparada. Incluso la recurrencia de las estaciones, aunque conserve la apariencia del ciclo, parece entonces atravesada por esa marca de irreversibilidad: el retorno nunca reproduce estrictamente lo idéntico. Cada nuevo comienzo lleva consigo la huella de una alteración, como si la repetición misma permaneciera sometida a una temporalidad más profunda de desgaste, finitud e irreversibilidad. Es, sin duda, en el imaginario griego, y particularmente en el homérico, donde esta tensión entre el retorno y lo irreversible encuentra su primera puesta en escena. La tradición homérica ha representado siempre un desafío a lo irreversible. La experiencia de Odiseo, o Ulises, se sitúa en la intersección entre lo reversible y lo irreversible: toda la obra se organiza en torno a la posibilidad y la imposibilidad del retorno. La Odisea escenifica una lógica del regreso: el retorno a Ítaca, la restauración del hogar, el restablecimiento de la realeza y el reconocimiento final. Desde esta perspectiva, todavía parece pertenecer a un antiguo imaginario mediterráneo en el que el orden perdido sigue siendo susceptible de recuperarse. El viaje de Ulises aparece entonces como un paréntesis destinado a cerrarse; inscribe en el mito la posibilidad de una reparación de la historia. Pero, en un plano más profundo, ese retorno lleva ya la marca de lo irreversible. Porque Ulises nunca vuelve al mismo mundo: Troya ha sido destruida, sus compañeros han muerto, el tiempo ha atravesado Ítaca y él mismo, transformado por la experiencia, ya no puede coincidir con su propio pasado. El nostos [2] griego no significa, por tanto, la restauración perfecta de lo idéntico; representa un regreso marcado por la pérdida, una supervivencia más que una verdadera reversibilidad. La Odisea conserva todavía la forma cíclica del retorno, pero ese ciclo está ya atravesado por la fisura del tiempo irreversible. Incluso cuando el héroe recupera su hogar, algo permanece irremediablemente destruido: la continuidad del tiempo, la inocencia de la partida, la posibilidad de un nuevo comienzo intacto. A esta luz, el regreso de Ulises aparece como el punto de transición entre dos regímenes simbólicos: pertenece todavía a una civilización del ciclo, pero deja ya entrever una temporalidad de la alteración, en la que todo retorno lleva la marca de lo irreparable. La Odisea podría entenderse entonces como el último esfuerzo de una civilización mediterránea por salvar el mito del retorno en un mundo donde el tiempo comienza a cerrarse sobre lo irreversible. Por ello, el mar desempeña un papel central: es el lugar del extravío y de la metamorfosis, el espacio fluido donde el movimiento del retorno tropieza con su propia imposibilidad, donde la errancia se convierte en la verdad misma del viaje. Emmanuel Levinas, al releer la figura de Ulises, vio en esta tensión una de las fracturas fundamentales entre el pensamiento griego y el pensamiento bíblico. Tanto en Totalidad e infinito como en otros textos, contrapone el destino de Odiseo al de Abraham: por un lado, el pensamiento del retorno; por el otro, la aventura de la partida sin regreso, la apertura a la alteridad. [3] Para Levinas, Ulises simboliza la estructura profunda del pensamiento griego: partir, encontrarse con la extrañeza, pero regresar siempre al propio hogar. Todo desvío permanece, en última instancia, reinscribible en la identidad de lo Mismo. Monstruos, islas, tentaciones y extranjeros jalonan un recorrido que, paradójicamente, reconduce toda alteridad al ámbito de lo familiar. La alteridad es atravesada para ser finalmente reapropiada, convertida en experiencia de lo Mismo. Abraham, por el contrario, encarna una estructura radicalmente distinta. Abandona su tierra, su casa y su genealogía sin promesa alguna de regreso. Su movimiento no es el del círculo, sino el de la apertura. Se expone a lo desconocido mediante una ruptura definitiva con el origen. La experiencia bíblica se convierte así en la experiencia del no retorno: el sentido ya no procede de la restauración, sino de la promesa y de la responsabilidad. En Levinas, esta oposición adopta la forma de una diferencia entre dos regímenes de relación con el tiempo: el retorno y el éxodo. Ulises representa la circularidad y la reapropiación, la economía de lo Mismo; Abraham, la partida sin restitución, la asimetría de la alteridad que se convierte en ley. El primero arraiga en la totalidad; el segundo abre el camino hacia el infinito. Desde esta perspectiva, la crisis y la catástrofe se distribuyen según estos dos regímenes simbólicos. El universo de Ulises es el de la crisis: un desequilibrio provisional del orden, un momento de suspensión que prepara el retorno a la normalidad. Incluso las pruebas más violentas, la pérdida, el naufragio y la errancia jamás rompen la estructura del sentido: están destinadas a ser superadas y reintegradas mediante la lógica del nostos . La crisis constituye, en este sentido, un desajuste provisional de lo Mismo. El universo de Abraham, en cambio, pertenece a un régimen completamente distinto: el de la catástrofe como experiencia de lo irreversible. Aquí la catástrofe no es un derrumbe espectacular, sino una ruptura ontológica de la relación con lo Mismo. Designa la salida radical fuera del círculo, la imposibilidad de regresar al origen. Mediante este desplazamiento, Levinas redefine la catástrofe: deja de ser un acontecimiento destructor para convertirse en la estructura misma del no retorno ético, condición de posibilidad de la apertura al Otro. La crisis sigue perteneciendo al ámbito del dominio y de la regeneración del sentido; la catástrofe, al de la desposesión y de la responsabilidad. Entre Ulises y Abraham se juega así el paso de una civilización del retorno a una civilización de lo irreversible, del tiempo cíclico al tiempo orientado. La primera busca, en la crisis, la posibilidad del restablecimiento; la segunda reconoce, en la catástrofe, la condición de un sentido que ya no se cierra sobre sí mismo. Con Ulises, el mundo todavía puede recuperarse; con Abraham, se libera mediante su apertura al infinito. Bíblicamente, Abraham hace su aparición en el capítulo 12 del Génesis. Los once capítulos anteriores (Gn 1-11) pertenecen a lo que podría llamarse la prehistoria bíblica: relatan los comienzos del mundo, la desobediencia de Adán y Eva, el asesinato de Abel, la corrupción de la humanidad antes del Diluvio, la reconstrucción en torno a Noé y la dispersión de los hombres en Babel. Casi una sucesión de naufragios. Una serie de catástrofes que son, al mismo tiempo, otros tantos nacimientos frustrados. El propio relato bíblico se abre sobre una catástrofe potencial: el tohu va-bohu , esa indeterminación originaria, un caos no informe, como una materia bruta, sino ya devastado, un mundo que la Palabra creadora debe contener y ordenar. Incluso antes de la creación existe el Bereshit (“En el principio”), ese momento intermedio en el que la catástrofe ya está latente, donde el caos reclama un orden que Dios instituye sin llegar jamás a abolirlo por completo. [1] Karl Löwith , Historia y salvación: Los presupuestos teológicos de la filosofía de la historia (París: Gallimard, col. “Bibliothèque de philosophie”, 2002). [2] En griego antiguo, el término nostos (νόστος) designa, ante todo, el regreso al hogar, el retorno a casa tras una larga ausencia. En la literatura griega, y particularmente en La Odisea de Homero, alude al camino, con frecuencia arduo, mediante el cual el héroe recupera su tierra, su hogar y a los suyos después de años de errancia. [3] Véase Emmanuel Levinas , Totalidad e infinito , París, Le Livre de Poche / Biblio Essais, 1990, pp. 17-19 (Prólogo) y pp. 46-48 (inicio de la Primera parte).

Crisis, catástrofe y conmoción del mundo (3/7)
Por
Wissam Saadé
Publicado
jul 2, 2026 - 17:01

Este ensayo propone un recorrido por las figuras de la crisis y la catástrofe, desde las cosmologías antiguas hasta la experiencia vivida de un mundo sacudido. Al poner en diálogo las tradiciones griega, bíblica e india con el pensamiento de Jan Patočka, examina la manera en que las civilizaciones han concebido el desorden, el derrumbe, lo irreversible e incluso la posibilidad misma de actuar cuando el sentido comienza a vacilar. Publicado aquí en siete capítulos-ensayos, este texto sigue un hilo tan exigente como esencial: comprender si la catástrofe es una ruptura repentina, una lenta desintegración del mundo o la verdad más profunda de nuestro tiempo. A continuación se presenta la tercera parte. El Kali Yuga, o la catástrofe prolongada Desde esta perspectiva, lo político no constituye un ámbito autónomo de decisión soberana; representa, más bien, un momento transitorio dentro de un orden cíclico en el que destrucción y recomposición coinciden. Lejos de interrumpir el curso cósmico, el poder se inscribe en él como una modulación del desorden y de su superación. Sin embargo, las epopeyas, por fundamentales que sean, no bastan por sí solas para agotar la concepción india de la catástrofe. Es preciso complementarlas con el peso doctrinal y cosmológico de los Purāṇa, que prolongan la intuición épica al conferirle un alcance sistemático. Estos textos establecen una auténtica arquitectura del tiempo cíclico, en la que la cosmología se convierte, al mismo tiempo, en mito, teología y metafísica de la repetición. A partir del siglo XIX, el encuentro de la India con la modernidad colonial dio lugar a una profunda reevaluación del hinduismo. Varios reformadores, en particular los fundadores del Brahmo Samaj y del Ārya Samaj, emprendieron una campaña intelectual contra los Purāṇa, a los que responsabilizaban de la superstición, la idolatría y el atraso espiritual del país. [1] Rammohan Roy, fundador del Brahmo Samaj, propuso un retorno al monoteísmo racional de las Upaniṣad, al que oponía la proliferación ritual y el politeísmo de los Purāṇa. Swami Dayānanda Sarasvatī, fundador del Ārya Samaj, radicalizó esta postura al reclamar un retorno integral a los Vedas. A su juicio, únicamente la religión védica, anterior a toda mitopoyesis puránica, encarnaba la verdad originaria de la India. Así, «despuranizar» el hinduismo significaba racionalizarlo y depurarlo, para reinscribirlo en un horizonte compatible con la ciencia, la moral y la reforma moderna. Sin embargo, el puranismo quedó atrapado entre dos frentes: cuestionado por los reformistas en nombre de la razón y sofocado por los tradicionalistas en nombre del orden y la liturgia. Los sanatanistas, defensores del Sanātana Dharma, la Ley Eterna, afirmaban salvaguardar la tradición, pero en realidad su ortodoxia pretendía estabilizar la religión en torno a un canon rígido y ritualista, marginando la flexibilidad narrativa y simbólica del discurso puránico. [2] Sin rechazar explícitamente los Purāṇa, neutralizaban su potencia cosmológica, reduciéndolos a simples soportes cultuales antes que a matrices de sentido y de devenir. Su concepción de la fidelidad a la tradición tendía a inmovilizar un universo jerarquizado, en el que la repetición ritual prevalecía sobre la creatividad mitopoiética. Entre estos dos polos, el «pensamiento puránico», con su imaginario fluido de los ciclos ( yuga ), las disoluciones ( pralaya ) y los renacimientos ( sṛṣṭi ), fue reducido al silencio. Sin embargo, encerraba una sabiduría del tiempo y del devenir de una profundidad metafísica incomparable: una percepción de la catástrofe no como ruptura, sino como la inmanencia del Kali Yuga en la propia textura de la temporalidad. Fueron precisamente pensadores como Aurobindo Ghose, Ananda Coomaraswamy y Sarvepalli Radhakrishnan quienes intentaron rehabilitar esta intuición frente tanto a los samajistas como a los sanatanistas. Gracias a ellos, los Purāṇa volvieron a convertirse en una metafísica del tiempo, una gramática del devenir cósmico y una poética del orden y del caos. [3] Hacer justicia al legado puránico significa reconocer en él la imaginación como un auténtico modo de pensamiento, capaz de articular la condición humana con el ritmo cósmico del Sanātana Dharma; no como un arcaísmo destinado a ser superado, sino como una inteligencia simbólica del mundo, en la que lo catastrófico deja de ser un accidente para convertirse en la esencia inmanente del tiempo vivo. El Kali Yuga, anunciado al final del Mahābhārata con la muerte de Kṛṣṇa, pertenece plenamente a la visión puránica del tiempo. Esta era, inaugurada inmediatamente después de la desaparición del dios (tradicionalmente fechada hacia 3102 a. C.), corresponde a la Edad de Hierro, la era del desorden moral, la disolución espiritual y el repliegue del dharma. La justicia, la verdad y la virtud subsisten únicamente como vestigios, simples fracciones de su fuerza originaria, mientras que la codicia, la mentira y la violencia se convierten en los principios dominantes del mundo. El Sūrya Siddhānta , tratado clásico de astronomía hindú, sitúa el comienzo de esta era en el mismo instante de la muerte de Kṛṣṇa, mientras que la tradición puránica le atribuye una duración de 432 000 años humanos: una unidad de tiempo a escala del cosmos, dentro de la cual la historia humana se disuelve en el aliento de Brahmā .[4] Desde esta perspectiva, el Kali Yuga no designa una destrucción puntual del mundo, sino una catástrofe prolongada, un estado permanente de crisis del orden cósmico. El vínculo entre lo humano y lo divino se deshace poco a poco; la catástrofe se convierte así en una condición ontológica, expresión de la lenta desintegración del dharma sin posibilidad inmediata de restauración. [5] La muerte de Kṛṣṇa no pone fin al mundo; inaugura, por el contrario, el tiempo de la desorientación fundamental, una era sin redención inmediata, marcada por la confusión de los valores, el eclipse de la trascendencia y el retiro del sentido. El Kali Yuga es el tiempo de la catástrofe, no por un cataclismo repentino, sino por la duración misma del desorden, por esa corrosión lenta y continua que disuelve los fundamentos del dharma , prefigurando el gran pralaya , la disolución última, y preparando, a través de su propio derrumbe, la génesis de un nuevo ciclo cósmico. El Kali Yuga es también un tiempo de tristeza esencial. Haga lo que haga el ser humano, permanece siempre una melancolía de fondo, un velo ontológico tendido sobre el corazón del mundo. Esta tristeza no es afectiva ni moral; es más originaria que la beatitud de Spinoza y más antigua que la angustia de Heidegger. Constituye la tonalidad fundamental de la edad oscura. Primero la tristeza, luego sus metamorfosis: el disfraz, la represión, la negación. Sobrevive en todas las cosas, se oculta bajo el frenesí del mundo, se disfraza en el flujo de los deseos, pero nunca desaparece. Porque el Kali Yuga es también el tiempo de la duplicidad. Su tristeza es auténtica, pero está siempre ya traicionada por sus propios desvíos; la sinceridad se vuelve imposible porque, apenas experimentada, queda inmediatamente reintegrada al juego de sus simulacros. El mundo vive entonces en el olvido de su propio dolor: un olvido constantemente renovado, constantemente frustrado y, sin embargo, constantemente necesario. Es, finalmente, el tiempo del vaivén entre dos formas de salvación: la salvación individual e interior, buscada mediante la bhakti y el conocimiento de sí ( ātma-jñāna ), y la salvación cósmica, esperada en el descenso del último avatar, Kalki, quien clausura el ciclo y restaura el dharma . En el corazón mismo del desorden se despliega así una doble espera: la del despertar interior y la de la regeneración cósmica. El Kali Yuga, con su melancolía y su duplicidad, se convierte así en el escenario de la conciencia caída, pero también en la matriz de la esperanza: ese intervalo en el que lo divino se ha retirado solo para volver. En el Kali Yuga, el dharma , principio de equilibrio, justicia y orden cósmico, apenas subsiste de manera residual. El mundo no se derrumba bajo el efecto de un único cataclismo; se desintegra lentamente, mediante una erosión continua de la armonía. A medida que se aproxima la disolución final, esta parece cumplirse y aplazarse al mismo tiempo. La catástrofe se anuncia sin cesar, pero nunca llega a consumarse plenamente. No hay apocalipsis, sino únicamente la persistencia de un final inacabado. Esta visión encuentra un eco notable en la teoría de las cinco edades de la humanidad expuesta por Hesíodo en Los trabajos y los días . Tras la Edad de Oro, reinado de la justicia y de la cercanía con los dioses, cada época sucesiva, Plata, Bronce, Héroes y finalmente Hierro, marca un deterioro gradual de la condición humana: fractura del orden cósmico, corrupción moral y olvido de la virtud. [6] La Edad de Hierro, la última y la más miserable, corresponde directamente al Kali Yuga: el tiempo en el que los vínculos sociales se disuelven, la astucia, la violencia y la codicia prevalecen, y el ser humano vive, según Hesíodo, «sin vergüenza ni justicia». [7] En ambas visiones, la catástrofe no constituye una ruptura súbita, sino un proceso irreversible de declive. El mundo se aleja de lo divino no mediante una destrucción violenta, sino a través del desgaste de la medida, el debilitamiento de la verdad y la alteración del vínculo cósmico. Allí donde Hesíodo habla de la pérdida de Dikē, la Justicia divina, la tradición hindú habla del repliegue del dharma . Sin embargo, una diferencia esencial las separa. En Hesíodo, el tiempo es lineal y trágico: la caída parece definitiva, sin salvación ni retorno. En el pensamiento indio, por el contrario, el Kali Yuga no es más que una fase del ciclo, destinada a ser seguida por el regreso del Satya Yuga, la Edad de Oro. La oscuridad prepara la luz; la decadencia prepara el renacimiento. Así, Hesíodo presenta una catástrofe moral sin regeneración, mientras que el hinduismo puránico concibe una catástrofe cósmica regeneradora: el final y el comienzo se confunden en el propio aliento del tiempo. El mundo se acerca a la disolución; pero, en el instante mismo en que la catástrofe parece estar a punto de consumarse, vuelve a disiparse. Su verdad es la de un crepúsculo permanente, en el que la destrucción permanece a la vez inevitable e incesantemente aplazada. Pero esos aplazamientos son también velos que caen, pliegues del tiempo sobre sí mismo. El tiempo se retrae y se contrae hasta que aparece Kalki, no como una transición gradual ni como un resurgimiento posapocalíptico, sino como un salto, una irrupción de lo divino en una materia agotada, semejante a un relámpago que atraviesa la noche de un mundo agonizante. Kalki no destruye: transforma la disolución en un nuevo comienzo. Después de todo, es el avatar de Viṣṇu, y no de Śiva: el principio de preservación y continuidad del cosmos, que llega no para aniquilar el mundo, sino para devolverlo al ritmo vivo del dharma . ⸻ [1] Sobre la reinterpretación del hinduismo en el contexto de la modernidad colonial y la crítica de las tradiciones puránicas, véanse Brian A. Hatcher, Hinduism in the Modern World (Londres: Routledge, 2015), así como David N. Lorenzen, Who Invented Hinduism? Essays on Religion in History (Nueva Delhi: Yoda Press, 2006), quienes analizan la construcción moderna del «hinduismo» como una categoría reformada y racionalizada durante el siglo XIX. [2] Sobre la formación de la corriente sanatanista y la defensa del Sanātana Dharma como un intento de estabilizar normativamente la tradición hindú frente a las reformas modernizadoras, véase Kenneth W. Jones, Socio-Religious Reform Movements in British India (Cambridge: Cambridge University Press, 1989). [3] Sobre la reinterpretación modernista y neometafísica de las tradiciones puránicas y épicas frente a las reformas religiosas de los siglos XIX y XX, en particular los debates entre movimientos reformistas como el Ārya Samaj y los defensores de la llamada ortodoxia sanātana, véanse, en orden cronológico: Aurobindo Ghose, The Life Divine (1914-1919) y Essays on the Gita (1922), donde comienza a perfilarse una lectura evolutiva y cosmológica del tiempo hindú; Ananda K. Coomaraswamy, The Dance of Śiva (1918-1924), que reinterpreta los Purāṇa como expresiones simbólicas del ritmo cósmico de la creación y la destrucción; y Sarvepalli Radhakrishnan, Indian Philosophy (1923-1927), junto con The Hindu View of Life (1926), donde las tradiciones puránicas son releídas como expresiones filosóficas de una metafísica del devenir. Aunque trabajan desde perspectivas intelectuales distintas, estos autores contribuyeron conjuntamente a desplazar los Purāṇa de su condición de textos mítico-religiosos hacia una lectura especulativa del tiempo, el orden y el caos cósmico. [4] Véanse Alain Daniélou, Les Mythes et les dieux de l’Inde (París: Flammarion, 1992 [edición original en inglés, 1991]), y Shiva et Dionysos (París: Fayard, 1979). [5] Desde esta perspectiva, el Kali Yuga no debe entenderse como un acontecimiento escatológico puntual, sino como una intensificación duradera de la distancia entre el orden cósmico ( dharma ) y la condición humana, en consonancia con ciertas intuiciones de Schelling acerca de la catástrofe como algo inmanente al propio tiempo. El vínculo entre lo humano y lo divino se deshace progresivamente, no mediante una ruptura súbita, sino a través de una lenta erosión de las condiciones mismas del orden. La catástrofe deja entonces de ser un acontecimiento identificable para convertirse en la estructura misma del devenir, una modalidad prolongada de la historia, en la que la desintegración del dharma no conoce ningún umbral decisivo de restauración inmediata. Sobre este diálogo entre las temporalidades cíclicas de la India y la filosofía especulativa alemana, véase Friedrich Wilhelm Joseph Schelling, Die Weltalter (Las edades del mundo) , traducción francesa de Jean-François Courtine y Emmanuel Martineau (París: Aubier, colección «Bibliothèque philosophique», 1992), especialmente los fragmentos dedicados a la escisión interior del Absoluto y a la temporalización del fundamento originario. [6] Sobre la degradación progresiva de las edades de los metales y la ruptura del orden cósmico, véase Georges Dumézil, Heur et malheur du guerrier (París: PUF, 1969). Dumézil subraya que la Edad de los Héroes constituye una excepción propiamente griega dentro de una estructura de decadencia que, por lo demás, guarda una estrecha afinidad con las doctrinas indoiranias. [7] Hesíodo, Los trabajos y los días , traducción francesa de Paul Mazon (París: Les Belles Lettres, colección «CUF»), versos 106-201; edición digitalizada de la Bibliothèque nationale de France (Gallica), consultada el 14 de mayo de 2026.

Crisis, catástrofe y conmoción del mundo (2/7)
Por
Wissam Saadé
Publicado
jun 29, 2026 - 12:49

Este ensayo propone un recorrido por las figuras de la crisis y la catástrofe, desde las cosmologías antiguas hasta la experiencia vivida de la conmoción del mundo. Al entrelazar las herencias griegas, bíblicas e indias con el pensamiento de Jan Patočka, examina cómo las civilizaciones han pensado el desorden, el colapso, lo irreversible y la posibilidad misma de la acción cuando el sentido se tambalea. Publicado aquí en siete capítulos-artículos, este texto sigue un hilo exigente pero esencial: comprender si la catástrofe es una ruptura repentina, una lenta desintegración del mundo o la verdad profunda de nuestro tiempo. Esta es la segunda parte. Cosmología del desorden Las nociones de crisis y catástrofe atraviesan la historia conceptual de la política moderna como dos operadores fundamentales para representar el desorden y hacerlo legible históricamente. El término crisis proviene del griego krisis , que originalmente significa “decisión” o “juicio”. En el léxico médico hipocrático, designa ese momento decisivo en el que la evolución de un proceso patológico se inclina hacia dos desenlaces igualmente posibles: la curación o la muerte. Trasladada al campo político, la crisis designa un régimen de desequilibrio en el que las formas instituidas de regulación ya no logran absorber ni neutralizar las tensiones sociales, económicas o simbólicas. Adquiere entonces una doble dimensión: es reveladora, porque deja al descubierto las líneas de fragilidad de un orden; y también productora, porque exige una reconfiguración de ese orden, una reactivación de sus principios de coherencia. La crisis remite a un momento de suspensión de la decisión, a un entretiempo inestable del devenir, donde las determinaciones quedan provisionalmente suspendidas sin que el desenlace haya sido aún definido. Este referente griego contrasta con la pluralidad de sus equivalentes, que nunca son verdaderos equivalentes, en el ámbito sánscrito. Podemos mencionar especialmente सङ्कट ( saṅkaṭa ) , que designa una situación crítica, una aflicción o un nudo peligroso; विपत्ति ( vipatti ) , que remite a la adversidad o al desastre potencial; o incluso, en ciertos usos filosóficos, संशय ( saṃśaya ) , que expresa la duda o una indecisión estructurante. [1] Sin embargo, ninguno de estos términos abarca plenamente la densidad del griego krisis , entendido como el momento de una decisión inmanente, donde el juicio surge en el corazón mismo de la indeterminación. En cambio, otro término sánscrito, निष्कर्ष ( niṣkarṣa ) , puede ser utilizado no como equivalente de crisis, sino como su reverso lógico: una especie de fotografía invertida del concepto griego de krisis . Allí donde la crisis designa el momento abierto de la decisión, el niṣkarṣa remite al resultado estabilizado de un proceso de discernimiento, a la conclusión fijada después de atravesar la indeterminación, es decir, al sentido una vez resuelta la crisis del sentido. [2] Pero, observándolo más de cerca, estos conceptos se aproximan a ciertas dimensiones de lo “crítico” tal como se manifiesta en la experiencia vivida, sin que sea siempre necesario, ni siquiera posible, estabilizarlas dentro de una articulación conceptual estricta. Porque la crisis no es solamente una categoría lógica o un esquema de decisión: también pertenece a un régimen afectivo. Se presenta como vacilación, debilitamiento de los puntos de apoyo y pérdida relativa de control, pero también como esfuerzo por recuperar aquello que se escapa. Así implica una tensión entre la impotencia y la voluntad de dominar lo incontrolable. También posee una tonalidad propia: la de una inquietud frente a un tiempo que se escapa, se contrae o se suspende, como si el devenir mismo se retirara de sus coordenadas habituales. En política, la crisis no designa entonces únicamente un momento de cambio racional. Al mismo tiempo, es el surgimiento de lo político y la exposición de su reverso más tenso: un estado de crispación donde el poder se descubre simultáneamente impulsado por su propia reconfiguración y debilitado por aquello que supera cualquier dominio estable. La crisis juega y deshace la catástrofe. Lo crítico, actitud rudimentaria, incluso reflejo de supervivencia, se disfraza de alivio: “todavía no estoy en la catástrofe”. En esa distancia, se constituye como una posición de relajación relativa, una manera de aplazar el colapso manteniéndolo a distancia. La catástrofe, por su parte, se presenta como una especie de fiesta invertida de la crisis: no una celebración, sino un exceso sin sujeto, una suspensión de los puntos de referencia, una exposición desnuda del mundo a su propia disolución. Aparece así como el reverso intensivo de la crisis, allí donde esta última permanece todavía atrapada en la lógica de la gestión y del umbral, mientras que la catástrofe excede toda economía del control y del aplazamiento. Las dos grandes epopeyas indias, el Mahābhārata y el Rāmāyaṇa , despliegan cada una, a su manera, una dinámica compleja entre crisis y catástrofe, aunque sin proponer una conceptualización explícita de ellas. [3] Esta articulación se manifiesta más bien a través de una puesta en escena narrativa, cosmológica y ética del desorden, donde este aparece simultáneamente como suspensión de la decisión y como colapso del orden del mundo. En el Mahābhārata , la crisis se manifiesta primero como una confusión del dharma , entendido al mismo tiempo como orden normativo, cósmico y social. Incluso antes del inicio de la guerra de Kurukṣetra, el mundo ya ha entrado en un régimen de desequilibrio: la ley se vuelve ilegible, los linajes se contradicen, los deberes chocan entre sí y las jerarquías se descomponen. La situación pertenece entonces plenamente al registro de la crisis, en el sentido más fuerte del término, es decir, el de una indecisión estructural donde el juicio es al mismo tiempo necesario e imposible sin incurrir en falta. El ejemplo paradigmático es la figura de Arjuna, atrapado en una suspensión del juicio en el campo de batalla, incapaz de decidir sin comprometer el mismo orden que se supone que debe defender [4] Sin embargo, la crisis nunca es puramente interna a un régimen de decisión: siempre está ya atravesada por una potencialidad catastrófica. La guerra de Kurukṣetra representa su actualización absoluta, donde la virtualidad del desastre se encarna en una catástrofe integral: destrucción casi total de los linajes, derrumbe de las estructuras de filiación, agotamiento de las categorías morales ordinarias. [5] El desorden ya no se limita aquí a suspender el orden; desintegra las mismas condiciones de posibilidad de ese orden. En el pensamiento indio, la catástrofe se inscribe dentro de una lógica cósmica del ciclo ( yuga ). No es el acontecimiento contingente de una ruina, sino el momento nodal de una metamorfosis cósmica: el mundo se deshace para poder reconfigurarse. El final de un ciclo nunca es una ruptura absoluta, sino la apertura de una recomposición necesaria, donde disolución y regeneración se encadenan según el ritmo de la temporalidad cósmica. El Mahābhārata ilustra esta dinámica al presentar la catástrofe no como un cierre, sino como una nueva sedimentación del ser. El conflicto, al destruir el antiguo orden, prepara el renacimiento del mundo y el surgimiento de un nuevo equilibrio del dharma . La guerra, aunque apocalíptica por su magnitud, se convierte en el vehículo de una restauración cósmica: un tránsito de la decadencia hacia la reafirmación del sentido. El Rāmāyaṇa , en cambio, propone otra modalidad del desorden y de su resolución. La crisis no aparece allí como un cataclismo cósmico, sino que se concentra en el exilio de Rāma, símbolo de una legitimidad suspendida. La catástrofe nunca estalla plenamente: es desplazada, aplazada, contenida. El relato neutraliza el desastre mediante su propia estructura. Rāvaṇa, figura del desorden soberano, encarna la tentación del caos; su derrota marca la reconstrucción de la continuidad del dharma y la restitución de la soberanía legítima. Así, mientras el Mahābhārata convierte la catástrofe en la matriz de una refundación cósmica, el Rāmāyaṇa despliega su domesticación narrativa: el desastre se transforma en un proceso de purificación y reafirmación del orden. La crisis se convierte en tránsito, no en final; la destrucción, en principio de permanencia del mundo. Lo que distingue profundamente a las dos grandes epopeyas indias es que la crisis nunca es allí puramente decisional, ni la catástrofe puramente terminal. Ambas pertenecen a un mismo régimen cósmico, estructurado por las tres dinámicas que ordenan todo devenir del mundo: disolución ( pralaya ), recomposición ( sṛṣṭi ) y repetición cíclica ( saṃsāra ) [6] En el marco del dharma , tal como organiza el pensamiento de los itihāsas ( Mahābhārata y Rāmāyaṇa ), no existe una separación estable entre crisis y catástrofe, porque el mundo es concebido como un proceso regido por ciclos de desequilibrio y reajuste. La desarticulación del dharma nunca es absoluta: forma parte de una economía más amplia de recomposición cósmica. La crisis corresponde a una inestabilidad interna del orden, ya atravesada por la posibilidad del colapso, mientras que la catástrofe jamás implica una aniquilación pura, sino una reconfiguración del mundo, un reordenamiento del sentido después de la desintegración. [1] Sobre los usos filosóficos de saṃśaya como estructura de la duda y de la indecisión en las tradiciones de la India, véase también Jonardon Ganeri, The Lost Age of Reason: Philosophy in Early Modern India, 1450–1700 (Oxford University Press, 2011). [2] Nadja Stchoupak, Luigia Nitti y Louis Renou, Dictionnaire sanskrit-français (París: Adrien Maisonneuve, 1959). [3] Wendy Doniger, The Hindus: An Alternative History (Nueva York: Penguin Press, 2009), cap. 9 (“Women and Ogresses in the Rāmāyaṇa ”), pp. 213-250; cap. 10 (“Violence in the Mahābhārata ”); y cap. 11 (“Dharma in the Mahābhārata ”), pp. 251-338. En estos capítulos, Doniger analiza la manera en que el Rāmāyaṇa y el Mahābhārata representan la desintegración del dharma a través de guerras, conflictos dinásticos y formas de desorden cósmico-político. [4] Sobre la suspensión del juicio de Arjuna y la crisis del dharma en el Mahābhārata , véase Alf Hiltebeitel, The Ritual of Battle: Krishna in the Mahabharata (Ithaca: Cornell University Press, 1976), en particular la introducción y los capítulos dedicados a la Bhagavad Gītā , especialmente las secciones que analizan el diálogo inicial entre Arjuna y Krishna, donde se escenifican el derrumbe de los referentes del dharma y la suspensión de la decisión en el campo de batalla de Kurukṣetra. [5] Sobre la guerra de Kurukṣetra como catástrofe total y como momento del colapso del dharma , véanse, entre otros, Ananda K. Coomaraswamy, Hinduism and Buddhism (Nueva York: Philosophical Library, 1943), pp. 75-82; D. D. Kosambi, The Culture and Civilisation of Ancient India in Historical Outline (Londres: Routledge & Kegan Paul, 1965), pp. 100-108; Irawati Karve, Yuganta: The End of an Epoch (Hyderabad: Orient Blackswan, 1969), pp. 7-32 y 95-120; así como Bimal Krishna Matilal, Moral Dilemmas in the Mahabharata (Nueva Delhi: Motilal Banarsidass, 1989), pp. 1-24. [6] Upinder Singh, Ancient India: Culture of Contradictions (Nueva Delhi: Oxford University Press, 2021), capítulo “Violence in Early Indian Tradition” y las secciones dedicadas al Mahābhārata , especialmente su interpretación de la guerra de Kurukṣetra como un momento de intensificación extrema de la violencia política y cósmica, más que como un simple conflicto dinástico. Singh subraya que las fuentes épicas y normativas no elaboran una teoría unificada de la violencia, sino que ponen de manifiesto su papel estructurante en los imaginarios del poder, el parentesco y el dharma . Leer también: Crisis, catástrofe y conmoción del mundo (1/7): crisis y catástrofe: dos relaciones distintas con el tiempo

Crisis, catástrofe y conmoción del mundo (1/7)
Por
Wissam Saadé
Publicado
jun 26, 2026 - 15:14

Este ensayo explora las figuras de la crisis y la catástrofe, rastreándolas desde las cosmologías antiguas hasta la experiencia vivida de un mundo sacudido en sus fundamentos. Al poner en diálogo las tradiciones griegas, bíblicas e indias con la filosofía de Jan Patočka, examina cómo las civilizaciones han concebido el desorden, el colapso, la irreversibilidad e incluso la posibilidad de actuar cuando el propio sentido comienza a tambalearse. Publicado aquí como una serie de siete ensayos, este estudio sigue una línea de investigación exigente pero esencial: ¿es la catástrofe una ruptura repentina, una lenta desintegración del mundo o la verdad más profunda de nuestra condición histórica? Lo que sigue es el capítulo introductorio. Crisis y catástrofe: dos relaciones distintas con el tiempo Conceptualmente, la crisis se despliega dentro de una zona de transición ontológica. Habita el intervalo precario en el que el sentido comienza a vacilar, suspendido entre el ejercicio de la crítica y la inminencia de la catástrofe. Aunque crisis y crítica comparten la misma raíz etimológica en el verbo griego krinein , el acto de separar, discernir y decidir, ambas cumplen, en última instancia, funciones distintas dentro de la lógica del juicio. La crisis es el momento en que el equilibrio de un sistema o de una existencia se vuelve insostenible. La crítica, en cambio, se establece como una actividad reflexiva que busca transformar este desequilibrio en un horizonte de verdad o en una resolución inteligible. [1] La tragedia de toda crítica reside en su encuentro inevitable con las crisis. Solo despierta allí donde algo ya ha sido desgarrado. A la inversa, toda crisis contiene dentro de sí el horizonte espectral de su propio descenso hacia la catástrofe. La catástrofe puede entenderse, por tanto, como una crisis radicalmente crítica: el punto en el que la capacidad de discernimiento queda superada por la irreversibilidad del desastre. Mientras la catástrofe permanezca como una posibilidad inminente, krinein continúa vigilando. Es la propia vigilancia: una conciencia alerta que intenta detectar la fractura antes de que se convierta en un abismo. Es el momento suspendido de la decisión, cuando la distinción entre salvación y pérdida sigue siendo realmente posible. Sin embargo, una vez que llega la irreversibilidad, krinein cambia su propia naturaleza. Ya no distingue entre posibilidades; sella el destino. Ya no determina el desenlace; simplemente reconoce el cierre del sentido. Entre estos dos abismos, este término errante desde su origen etimológico nos recuerda que el pensamiento se asemeja a un equilibrista suspendido sobre el filo de una navaja, intentando preservar un espacio para el discernimiento precisamente cuando todo parece precipitarse hacia lo inevitable. La catástrofe suspende la continuidad de la existencia ordinaria. Interrumpe las secuencias habituales del sentido, la causalidad y la inteligibilidad. Produce una profunda dislocación, es decir, una pérdida de correspondencia entre las estructuras de la experiencia y aquello que efectivamente acontece. Lo ordinario deja de sostenerse como un mundo; su tejido de continuidad comienza a deshacerse. La crisis, por el contrario, no suspende lo ordinario. Lo mantiene en suspensión. En lugar de interrumpir la continuidad, la vuelve indecidible, inestable y abierta. La crisis constituye un régimen de expectativa interno a la propia existencia ordinaria. Las estructuras del mundo todavía perduran, aunque sin resolución, como si la realidad mantuviera su equilibrio mientras permanece incapaz de alcanzar un desenlace inmediato. La crisis es una tensión prolongada, no una ruptura. La catástrofe inaugura un después irreversible. La crisis, en cambio, aplaza ese después, lo mantiene suspendido sin permitir jamás que llegue a constituirse plenamente. La catástrofe desarticula el propio calendario. Devasta el tiempo como medio mismo de la experiencia, transformándolo en una temporalidad furiosa y desatada. Introduce lo demoníaco, ya no entendido simplemente como negatividad, sino como un modo de no ser que acecha al mundo. La catástrofe, por tanto, hace algo más que alterar la periodización de la historia, ya sea narrativa o científica. Desestabiliza la propia periodización del ser, penetrando en la articulación misma entre tiempo y existencia. Diferentes regímenes cosmológicos generan diferentes regímenes de crisis, catástrofe y acción política. Los regímenes cosmológicos no son meros telones de fondo metafísicos; estructuran silenciosamente las formas mismas mediante las cuales la crisis, la catástrofe y la acción política se vuelven comprensibles. Dentro de un cosmos estable regido por regularidades inteligibles y jerarquías fijas, como ocurre en ciertas cosmologías antiguas o teopolíticas, la crisis aparece principalmente como un desequilibrio interno: una perturbación que afecta un orden considerado capaz de ser restaurado y que, por tanto, invita a reparar antes que a refundar. Por el contrario, dentro del universo desencantado de la modernidad, donde la naturaleza está gobernada por leyes impersonales y la historia permanece radicalmente abierta, la catástrofe adopta cada vez más la forma de una ruptura sistémica: el colapso del sentido, la desintegración de los marcos institucionales y la aparición de contingencias irreversibles. En consecuencia, la acción política se transforma en gestión del riesgo, anticipación permanente de escenarios de fracaso e incluso gobernanza mediante la emergencia. Finalmente, dentro de las cosmologías escatológicas o apocalípticas, la crisis se vuelve estructural y está cargada de sentido. Deja de ser un accidente y se convierte en un signo, mientras que la catástrofe ya no es únicamente destrucción, sino la revelación de un fin último. La acción política puede entonces oscilar entre el retiro del mundo, la aceleración del conflicto y la búsqueda de la salvación. La manera en que el mundo es concebido, ya sea como un orden cíclico, un mecanismo impersonal o un escenario escatológico, moldea profundamente la profundidad ontológica, la temporalidad y las respuestas políticas asociadas con la crisis. Sin embargo, estos regímenes cosmológicos no se suceden simplemente unos a otros ni se excluyen de manera estricta. Se superponen, se mezclan y coexisten como estratos históricos, dando lugar a configuraciones híbridas en las que la crisis oscila entre restauración, gestión y revelación. Incluso puede convertirse en la crisis nacida del temor a perder el propio horizonte cosmológico y de ceder ante el de otro. [1] Sobre la genealogía moderna de la relación entre crisis y crítica, véase Reinhart Koselleck, Crítica y crisis: Ilustración y el camino hacia la patogénesis de la sociedad moderna (original alemán: Kritik und Krise. Eine Studie zur Pathogenese der bürgerlichen Welt , 1959; traducción al inglés, MIT Press, 1988). Uno de los principales historiadores de los conceptos ( Begriffsgeschichte ), Koselleck sostiene que la modernidad europea transformó gradualmente la crítica en una fuerza histórica autónoma. Según su interpretación, el pensamiento crítico surgido de la Ilustración dejó de limitarse a examinar la realidad; se constituyó como un tribunal moral y racional encargado de juzgar al Estado, la religión y el orden político existente. Sin embargo, esta emancipación de la crítica generó simultáneamente una crisis permanente de legitimidad política. La modernidad se caracteriza así por una tensión estructural en la que la crítica produce continuamente las mismas crisis que busca resolver, abriendo un horizonte histórico marcado por la inestabilidad y por la expectativa de una refundación del sentido. Mientras Koselleck entiende la crítica como una dinámica constitutiva de la modernidad europea, es decir, como una fuerza interna a la historia política de la Ilustración y del Estado moderno, Dipesh Chakrabarty, historiador poscolonial indio cuya obra se encuentra arraigada tanto en la tradición marxista como en los Estudios Subalternos, revela sus límites geohistóricos. Desde su perspectiva, la crisis moderna no constituye el horizonte universal de lo político, sino una experiencia históricamente situada que Europa ha tendido a universalizar al elevarla como norma global de inteligibilidad histórica. En Provincializing Europe: Postcolonial Thought and Historical Difference ( Provincializar Europa: pensamiento poscolonial y diferencia histórica , Princeton University Press, 2000), Chakrabarty sostiene que las categorías fundamentales de la historiografía moderna, entre ellas progreso, secularización, crisis y crítica, no son formas universales de inteligibilidad histórica, sino construcciones conceptuales surgidas de la propia experiencia intelectual y política de Europa. La posición de Chakrabarty no implica una universalización de una “actitud no crítica”. Más bien, reconfigura las condiciones mismas bajo las cuales la crítica se vuelve posible. Al mismo tiempo, abre un verdadero problema filosófico: ¿cómo puede conciliarse la pluralización de las racionalidades con la preservación de un horizonte común de juicio?

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