

Las promesas políticas y electorales del presidente estadounidense Donald Trump se han evaporado, en particular en el ámbito de la política exterior, y los relumbrantes titulares sobre el fin de las guerras han quedado en nada, él que se jactó, apenas elegido, de poner fin a “ocho guerras”, mientras que en contrapartida ha encendido dos nuevas, en Venezuela y en Irán, y amenaza seriamente con hacer de Cuba su tercera etapa. El arresto del presidente venezolano Nicolás Maduro transcurrió sin provocar reacción interna notable, pues el régimen abandonó a su propio jefe y asumió con pragmatismo extremo la presión estadounidense, pero el caso de Irán es bien distinto.
Los acontecimientos sobre el terreno desmintieron las expectativas estadounidenses e israelíes, pues pronto quedó claro que eliminar a la cabeza del régimen, el Líder Supremo Alí Jamenei junto con varios altos mandos, no hizo perder a los Guardianes de la Revolución el control del país ni aflojó su férreo dominio sobre él. La apuesta por el estallido de un levantamiento popular desde el interior iraní en cuanto se desatara la guerra resultó igualmente fallida, ya que aunque una parte considerable de la opinión iraní alberga una hostilidad real hacia el régimen, no tiene ningún deseo de cabalgar la ola estadounidense.
El papel desempeñado por Estados Unidos y su CIA en el derrocamiento del gobierno de Mossadegh en el golpe de 1953 permanece profundamente arraigado en la memoria popular y colectiva iraní, habiendo consolidado probablemente la convicción de que apostar por los estadounidenses no puede prosperar ni contribuir al cambio real, sobre todo porque el propio Trump no tiene interés genuino en la transformación política por razones reformistas, sino exclusivamente por cálculo de interés. La administración estadounidense no habría tenido ningún inconveniente en tratar con el nuevo Líder si este hubiera mostrado la flexibilidad que Washington esperaba, y en tal caso no se habría preocupado en absoluto por las aspiraciones del pueblo iraní a la libertad, la democracia y los derechos humanos.
El ejemplo venezolano sigue siendo elocuente: Trump prescindió de la líder de la oposición pese a que ella intentó congraciarse con él proponéndolo para el Premio Nobel de la Paz, convencida de que endosarle el galardón internacional más prestigioso podría aumentar su crédito ante el presidente estadounidense, quien hizo caso omiso de todo ello y continuó trabajando con los pilares del propio régimen de Maduro, al que mantiene en una celda del centro de detención federal de Brooklyn, Nueva York, obteniendo mientras tanto lo que quería en materia de petróleo. Naturalmente, los sueños de cambio del pueblo venezolano también se desvanecieron.
El presidente Donald Trump amenaza ahora a Cuba, la isla que inquietó a Washington durante décadas y fue durante mucho tiempo una espina clavada en su costado, y parece resuelto a barrer todos los esfuerzos de acercamiento y reconciliación emprendidos por su predecesor Barack Obama para pasar la página del pasado y a abrir un nuevo frente contra ella, lo que confirma la indiferencia de Washington hacia cualquier principio elemental de la acción internacional o la necesidad de actuar a través de la Organización de las Naciones Unidas. Es más, se perfila una voluntad clara de socavar y debilitar el orden mundial surgido tras la Segunda Guerra Mundial, del que el “Consejo de la Paz” (todavía tambaleante) creado tras la guerra de Gaza no es sino uno de los ejemplos más reveladores de esta política.
Pero ¿quién dijo que el hecho de que Washington ignore los intereses reales de los pueblos sirva verdaderamente a los suyos? ¿Y quién dijo que reforzar sus alianzas con la mayoría de los regímenes dictatoriales en Oriente Medio y más allá sirva también a sus intereses? Es cierto que los sistemas democráticos no nacen de la noche a la mañana, y es cierto que la democracia importada de Occidente puede no adaptarse a todas las sociedades, pero también es cierto que la represión de los pueblos genera inevitablemente, en un momento u otro, una explosión política y social.
Si la experiencia de las revoluciones árabes desembocó en desenlaces dolorosos, fue por circunstancias complejas: unas vinculadas a la confiscación de la revolución por los propios regímenes (Siria es el ejemplo más claro), otras a la incapacidad de las fuerzas revolucionarias para organizarse, incapacidad que a su vez obedecía al hecho de que los poderes dictatoriales habían domesticado las sociedades y las habían vaciado de las élites capaces de liderar un proyecto de cambio. Nada de ello justifica, sin embargo, que Occidente se repliegue hacia una política de rehabilitación de los regímenes existentes o de sustitución de los mismos por otros que no les van a la zaga en materia de represión.
En lo que respecta a Oriente Medio, la cuestión ya no atañe únicamente a la naturaleza de las sociedades políticas de la región árabe, sino también al empeño de Israel en encender guerras de manera continua y, algo nuevo, en arrastrar a Estados Unidos consigo a sus conflictos en múltiples frentes, aunque no exista ninguna amenaza real para la seguridad nacional estadounidense, pese a lo que Israel se afana en vender. La última de estas guerras es la que se libra contra Irán, el cual no ha dejado de causar daño a sus vecinos de los Estados árabes del Golfo, lo que convertirá la convivencia futura en un desafío permanente.
Este empeño israelí en apartar la mirada de cualquier idea de paz, más aún en sabotearla mediante guerras y ocupaciones, tendrá consecuencias profundamente negativas para toda la región durante generaciones. En el frente palestino, Israel no se conforma con destruir Gaza y bombardearla a diario incluso después del alto el fuego (alcanzando una cifra aterradora de mártires que ronda los 75.000!), sino que también arremete contra Cisjordania plantando allí sus asentamientos, lo que cierra definitivamente el paso a cualquier solución pacífica y entierra el histórico proyecto de los dos Estados, que nunca verá la luz si Israel persiste en sus políticas regionales.
Esta política de hechos consumados la aplica Israel también en el sur del Líbano y en el sur de Siria, de cuyo territorio ha ocupado nuevas porciones tras la caída del régimen de Bashar al-Assad en diciembre de 2024, amén, claro está, de su ocupación de los Altos del Golán sirio desde 1967, que se niega a devolver y que ha anexionado formalmente, sin ninguna intención de dar marcha atrás en dicha anexión.
A menos que la región logre regular el ritmo israelí mediante reglas firmes, entre ellas ejercer presión para que abandone la política de guerras permanentes y en cascada y reconozca los derechos legítimos del pueblo palestino, Israel no podrá perpetuar indefinidamente su proyecto de ocupación. Los Acuerdos de Abraham han demostrado que no aliviaron la tensión en la región, sino que la agravaron, y que tampoco proporcionaron a Israel la seguridad que persigue de guerra en guerra.
El olor del fuego y la pólvora llena el Oriente Medio, y nuevos enfoques junto con nuevas políticas se imponen ya.