
El realizador japonés Akira Kurosawa compuso su epopeya cinematográfica Kagemusha — La sombra del guerrero a comienzos de los años ochenta, para inmortalizar la gesta de un valiente caudillo que había desafiado a los poderes feudales del siglo XVI. Este pereció en combate, pese a que sus soldados no habían escatimado sus cuerpos para protegerlo de las flechas enemigas. No obstante, el mando tomó la decisión de disimular su muerte y encontrar un doble que prosiguiera la guerra, y la paradoja quiso que este duplicado perfecto saliera de la hez de la sociedad, un simple ladrón. A la manera de los grandes cineastas, cuyo espectáculo deslumbrante plantea preguntas y problemáticas de una profundidad inquietante, Kurosawa expone la fragilidad del edificio militar, pese a toda su masa y su violencia, pues basta con que se anuncie la muerte del jefe excepcional — aquel cuyo ojo no pestañea ante la muerte — para que el conjunto se derrumbe. Deja también al descubierto el sistema de la ilusión política que gobierna a las masas y a los soldados, y quizá incluso a los oficiales de más alto rango y a los allegados más cercanos al poder.














