


¿Debemos llorar al ayatolá Jamenei? ¿Nos uniremos a la procesión de los afligidos o daremos el nombre de este «mártir» a una avenida de nuestra capital? En su complacencia, nuestros gobiernos ya habían dado el nombre de Hafez al-Asad a una calle transitada para celebrar in sæcula sæculorum su edad de oro en nuestra tierra*.
Después de todo, el Líder Supremo iraní forjó el Líbano y lo gobernó de la misma manera que los usurpadores Asad, padre e hijo. Y aunque fue por personas interpuestas, dejó sus huellas indelebles en nuestra historia, violando nuestras instituciones y desgarrando nuestro tejido social tan específico. Durante décadas, nuestro país no fue más que un condominio sirio-iraní, una franja de tierra a lo largo del Mediterráneo donde Damasco y Teherán ejercían concomitantemente su soberanía conjunta.
Nuestros respectivos jefes de Estado, nuestros Primeros Ministros, nuestros comandantes en jefe y sus segundos al mando, esas eminencias grises, no veían ningún inconveniente mientras sus intereses respectivos estuvieran asegurados y su camarilla prosperara, y mientras su parentela cercana pudiera construir imperios financieros y fortunas inmobiliarias.
El miedo instaurado y el beneficio prometido
El eje de la recalcitrancia (al-moumana’a) no había abandonado la escena libanesa con la retirada de las tropas sirias en 2005. Habiendo invertido en el Estado desde el mandato de Elías Hraoui, había colocado a sus «criaturas» en todos los niveles de la administración civil y militar. Había insuflado su veneno y gangrenado el aparato estatal. Y lo peor de todo, había impuesto a los medios su narrativa oficial. A regañadientes, hubo que adoptar su pensamiento único que exaltaba la «Resistencia». ¡Y habíamos llegado a salmodiar involuntariamente sus antífonas!
La colaboración de nuestras élites era evidente: como en todos los cielos, estaba suscitada por el miedo que el Hezbolá instauraba y por el beneficio que hacía vislumbrar. La prensa libre permanecía amordazada y el ciudadano común iba a tomar un mal camino, el de no llamar a las cosas por su nombre. El silencio, llámese mutismo o discreción, esa cortesía de cobardes, hizo el resto.
Pero ahora, en este momento preciso del intervencionismo americano, en este punto de ruptura, ¿qué impide al libanés, rebelde como pocos, exclamar: «¡Basta! ¡Fuera los iraníes! ¡Vuestros sicarios se comportan aquí como en tierra conquistada!»
La apología de la liquidación física
El bombardeo estadounidense acabó con el vicario de Alá en Teherán. Mitra Hejazipour, campeona de ajedrez, una refuznik iraní, saludó sin rodeos la noticia. Y en su «insolencia», no puso freno a su exultación, a diferencia de muchos de nuestros responsables políticos que viven con el temor a una represalia. «Hace décadas, dijo textualmente, que millones de iraníes esperaban el fin de este hombre y de lo que encarnaba. Nada resucitará a las víctimas de este régimen, nada borrará las vidas destrozadas, las torturas, las ejecuciones, las humillaciones. Pero en los cuarenta y siete años que esta dictadura criminal ha mantenido a Irán, es la primera vez…».
Libaneses, que permanecéis amordazados por el miedo llamado templanza, tomad ejemplo de Mitra Hejazipour o de nuestra estrella del pop Élissa que tildó a Hezbolá de organización terrorista. ¡Una iraní y una libanesa se atrevieron!
¿Qué esperáis para denunciar lo insostenible?
*Para luego cambiarle el nombre y concedérselo a Ziad al Rahbani, conmemorando así su recuerdo, mucho más melódico.