


Nada nuevo en la frase. Pero esta vez su peso es distinto — el ritmo de su cadencia me desgarra con su estrépito.
Nos llamamos todos para tranquilizarnos.
Las respuestas llegan como un ritual diario:
Estamos bien, ¿y ustedes?
¡Bien!
Como si la palabra fuera un conjuro detrás del que nos guarecemos.
Mi madre — bien.
Mi hermano mayor y su familia — bien.
Mi hermano menor, en su destino del Golfo — bien.
Mi hermana y su familia, aquí — bien.
Los que guarda mi corazón y los que amo — bien.
¡Bien! Lo escribimos, lo repetimos hasta que se le va el filo.
Mis familiares que vinieron de Francia a pasar una semana en la tierra de los cedros — y entre ellos algunos a quienes conocíamos por primera vez, sobre todo los niños — vuelven a su país en pocas horas.
Las maletas están en la puerta.
Dos niños preguntan: ¿no vamos al aeropuerto?
Una madre que intenta sonreír para que su desasosiego no pase a los rostros de los pequeños.
Padres que fingen estar enteros.
El vuelo de las tres — cancelado. La puerta del regreso directo — cerrada.
Vi en sus ojos esa inquietud que nosotros, los hijos de esta tierra, hemos aprendido: una inquietud que no grita. Que calcula.
Nos reunimos, decidimos rápido — porque el tiempo en las crisis no concede el lujo de dudar. Tras llamadas en cascata y una búsqueda entre lo que queda disponible, se consiguen asientos desde Beirut a las nueve y media de la noche hacia Estambul, luego Bélgica, luego Lille.
Diez horas de viaje y tránsitos entre varios aeropuertos valían más que quedarse en una ciudad a cuyos cielos y costas las llamas de la región iban acercándose.
Beirut, que yo recorría aún hace unos días como turista, buscando en sus piedras algún rastro del pasado, me parecía ahora erguida de puntillas. La ciudad que sabe caer y levantarse recomponía su aliento, una vez más. Comprendí entonces: la seguridad no se posee. Se toma prestada.
Su avión despegó.
Aterrizaron en Estambul.
Un mensaje corto: estamos bien.
Una foto — están en el suelo, o en las sillas de una sala de espera.
Los niños sonríen a pesar del cansancio.
Luego el camino a Lille.
Respiro. No por mucho.
Las noticias de última hora se suceden. Leo, no lo creo, vuelvo a leer: la región arde. Capitales árabes son bombardeadas.
Los míos están allá — mi madre, mis hermanos, la mitad de mi familia. Tomo el teléfono. Vacilo. No quiero transmitirles lo que tiembla en mí.
Y vuelvo a la misma pregunta, ritual, familiar:
¿Están bien?
Pero ¿qué bien se mide por el número de aeropuertos cruzados en paz?
¿Y qué tranquilidad necesita confirmarse cada pocas horas?
Bien — porque el avión despegó y aterrizó.
Bien — porque el cielo permaneció abierto antes de que cayeran los proyectiles y temblara la tierra.
Bien — porque el peligro siguió siendo una probabilidad. Por unos minutos más.
Pienso en ese momento en la plaza, escuchándome explicar Beirut a mis familiares. No sabía que unos días después viviría una nueva lección sobre la fragilidad de la geografía.
La ciudad cuya historia conté en mi francés salpicado de inglés vuelve a recordarme: sus capítulos se escriben mientras los atravesamos.
¿Estamos realmente bien?
¿Bien cómo?
¿Qué país es este?
¿Qué región?
¿Qué paz?
¿Qué vida?
Somos una generación que sigue los movimientos aéreos y los mapas de las zonas por bombardear y la trayectoria de los misiles — como otros siguen el tiempo.
Dominamos el arte de los planes alternativos antes de atrevernos a soñar con un plan.
Vivimos de un cansancio crónico. Cargamos una oscura capacidad de espera.
Amamos, temblamos, e intentamos sobrevivir cada día — a todo.
Esa tarde la región comenzó a arder…
Y al amanecer del lunes, ardió el Líbano.
Y yo — sigo aferrada a una pequeña frase:
Déjenme ver sus rostros. Bien.