
El nuevo desorden regional


La primera parte de este análisis estableció que ni Estados Unidos ni Irán salieron de seis semanas de guerra con una victoria estratégica. Esta segunda parte examina lo que esa no resolución significa para los actores que ahora deben vivir con sus consecuencias: Israel, el Líbano, Turquía, los Estados del Golfo y la alianza occidental en sentido amplio. Lo que sigue es un panorama de las contradicciones y los cálculos peligrosos que configuran el próximo capítulo de la región.
Israel: la doctrina de la perturbación permanente
El primer ministro israelí entró en la campaña contra Irán como su principal arquitecto y promotor. Sale de ella sometido a presión desde ambos lados a la vez. Por un lado, los halcones militares y políticos que querían continuar las operaciones pese al ultimatum estadounidense de detenerlas, y que consideran que el alto el fuego, al igual que el acuerdo yemení que lo precedió, ha dejado a Israel más expuesto que antes. Por el otro, una oposición revigorizada que siempre ha descrito la estrategia de Netanyahu — escalada permanente sin horizonte político — como una fórmula de guerra sin fin antes que de seguridad duradera.
Bajo estas presiones políticas subyace una doctrina de seguridad que ha sufrido una mutación fundamental desde el 7 de octubre. En las secuelas inmediatas de los ataques de Hamás, Israel operó un giro de la disuasión hacia la prevención, partiendo del principio de que la acción militar preventiva, más que la amenaza creíble de represalias, constituye el único garante fiable de la seguridad israelí. Gaza fue la primera aplicación a plena escala de esta doctrina, y sus resultados pusieron al descubierto una limitación central: la fuerza aplastante puede destruir infraestructuras y eliminar liderazgos, pero no puede producir un control político sostenido ni impedir la reconstitución progresiva. Hamás ha sobrevivido como actor político. Israel mantiene una dominación militar incontestada sobre la Franja sin llegar a gobernarla, lo que significa que, si bien la amenaza inmediata sobre las localidades circundantes ha sido neutralizada, las condiciones para una eventual reconstitución de Hamás no lo han sido. La doctrina adaptada combina ahora zonas de amortiguamiento desmilitarizadas con esfuerzos sostenidos por mantener a los actores hostiles absorbidos por sus conflictos internos. El objetivo no es gobernar esos territorios, sino impedir que cualquier amenaza militar coherente se reconstituya en ellos. Es una doctrina de perturbación permanente antes que de victoria decisiva y puntual.
Encuestas recientes indican que apenas el 22 % de los israelíes considera que su país o Estados Unidos han ganado esta guerra, mientras que solo el 32 % declara satisfacción con el resultado global. Al mismo tiempo, el 79 % sigue respaldando la continuación de las operaciones militares en el Líbano. Las elecciones legislativas israelíes de 2026 tienen todas las probabilidades de agudizar estas tensiones antes que de resolverlas. Los dirigentes políticos enfrentarán electorados que exigen garantías de seguridad, no umbrales estratégicos abstractos — presión que debería mantener el curso de las operaciones militares en el Líbano hasta el desarme completo de Hezbolá, complementadas por una presión diplomática sostenida sobre el gobierno libanes, ataques selectivos continuos y zonas de amortiguamiento desmilitarizadas diseñadas para impedir que Hezbolá recupere su postura militar anterior a 2023.
Una aclaración se impone aquí sobre la expansión territorial. El objetivo militar declarado de Israel es el establecimiento de zonas de seguridad intermedias bajo la forma de perímetros avanzados destinados a alejar las amenazas de las fronteras existentes. Israel no puede, por tanto, contemplar la extensión de su soberanía sobre nuevos territorios. Anexar de forma permanente tierras del sur del Líbano acercaría a los civiles israelíes a las capacidades residuales de Hezbolá en lugar de alejarlos de ellas, lo que es exactamente lo contrario de lo que exige la doctrina de prevención. El balance histórico confirma esta lectura: Israel se retiró del Sinaí en los años ochenta, del sur del Líbano en 2000 y de Gaza en 2005. La única excepción es el plateau del Golán, formalmente anexado y luego reconocido por Estados Unidos durante el primer mandato de Trump, tras un intenso lobbying de los grupos pro-israelíes en Washington. En cuanto al proyecto de un Gran Israel en sentido amplio, nunca ha cristalizado en un mapa único de consenso, ni siquiera entre las corrientes más duras de la derecha israelí. Si el maximalismo territorial guiara realmente la política israelí, las retiradas de Gaza y del sur del Líbano — que figuran ambas en al menos algunas versiones de ese mapa — serían inexplicables.
El Líbano: entre esperanza desvanecida y catástrofe suspendida
En el interior del Líbano, el panorama que hace un año parecía cautelosamente optimista se ha ensombrecido considerablemente. El gobierno de Nawaf Salam, que asumió funciones a principios de 2025, era genuinamente prometedor: primer gobierno libanes en treinta años que suprimió la célebre fórmula «Pueblo, Ejército y Resistencia» de su declaración ministerial, privando así a Hezbolá de su cobertura política oficial. El Ejército libanes comenzó a desplegarse al sur del Litani por primera vez en décadas. Hezbolá, severamente debilitado por la guerra de 2023-2024 con Israel y la eliminación de su dirección, parecía, por un instante, verdaderamente contenido. Sin embargo, la actuación del movimiento desde su decisión de incorporarse a la guerra el 2 de marzo demuestra claramente que no había dejado de reconstituirse y adaptarse, pivotando hacia una postura de guerrilla más dispersa. Más importante aún, busca hoy capitalizar el giro estadounidense respecto a Irán para reconstruir su legitimidad interior, utilizando el momento presente para impedir cualquier retorno a los arreglos de preguerra o a las condiciones político-militares que anteriormente lo habían despojado de su cobertura gubernamental oficial. El grupo evalúa activamente las formas de marginar y debilitar a sus adversarios políticos, primero por vías legales y parlamentarias y, si esas vías resultan insuficientes, mediante asesinatos y liquidaciones selectivas del tipo que el Líbano padeció entre 2005 y 2013. El sistema consociacional libanes, basado en un reparto del poder confesional rígido, hace excepcionalmente difícil cualquier acción decisiva contra un actor único.
En este tenso contexto se inscribe una crisis de desplazamiento que afecta a más de un millón de personas desarraigadas, la mayoría procedentes de comunidades alineadas con Hezbolá o dependientes de él. Israel está decidido a impedir el regreso de esos aldeanos al sur del Líbano antes del desarme completo de Hezbolá. Los posibles gobiernos donantes siguen condicionando su apoyo a criterios de desarme que Hezbolá se niega a satisfacer. Los gobiernos del Golfo, más concretamente, se resisten a financiar un Estado cooptado por Hezbolá, suponiendo que las consecuencias económicas de la guerra en sus propios países les permitan todavía donar con tanta generosidad como antes. El resultado, ya visible, es una crisis de desplazamiento prolongada en un país que deriva hacia la misma catástrofe suspendida que Gaza: demasiado roto para recuperarse, demasiado armado para ser gobernado, demasiado dividido para encontrar por sí solo una salida.
Turquía: potencia ineludible de un vacío regional
Un Irán debilitado no estabiliza automáticamente la región. Crea un vacío. Antes incluso del inicio de la guerra contra Irán, Ankara era ya el actor exterior dominante en la Siria post-Assad. La degradación de Irán ha acelerado la centralidad turca en cualquier orden regional que pudiera emerger — en Siria, en Irak, y sobre todo en la forma en que la opinión política musulmana se estructura. Este poder creciente sitúa a Turquía en una trayectoria de colisión cada vez más directa con Israel. Los responsables israelíes han sido cada vez más explícitos al respecto, percibiendo a Turquía como una amenaza estratégica emergente, en particular en Siria, donde Ankara tiene más cartas que cualquier otro actor. La pregunta de por qué Turquía será un actor regional ineludible tras la guerra contra Irán ha dejado de ser una pregunta: es una realidad.
El Golfo: triple presión sobre un contrato social fragilizado
Los Estados del Consejo de Cooperación del Golfo han absorbido el choque económico más inmediato de esta guerra. El contrato social de los países del Golfo — la promesa implícita de una prosperidad casi ilimitada a cambio de la lealtad política hacia las dinastías reinantes — descansa sobre una economía regional estable, próspera e interconectada, y se encuentra hoy bajo tensión. El CCG se enfrenta a tres desafíos simultáneos, cada uno de los cuales sería exigente por sí solo. Debe, en primer lugar, restaurar la confianza en el modelo económico que ha construido desde los años setenta, modelo que depende de exportaciones petroleras previsibles, rutas de tránsito seguras e inversiones extranjeras sensibles a la inestabilidad regional. Debe luego decidir cómo gestionar un Irán herido pero no destruido, que conservará, en casi cualquier escenario de alto el fuego, la capacidad de amenazar de nuevo las infraestructuras del Golfo — la acomodación arriesgando envalentonar a Teherán, la confrontación arriesgando provocar un nuevo ciclo de devastación económica. En tercer lugar, y quizás lo más urgente, los Estados del Golfo necesitan poner en marcha un programa de recuperación económica acelerada.
Occidente ausente: un error estratégico duradero
A lo largo de esta crisis, el rasgo más llamativo de la política europea y occidental en sentido amplio ha sido su ausencia. Mientras Estados Unidos combatía a un régimen que no ha perdonado ningún interés occidental, los gobiernos europeos contemplaban en su mayoría desde las tribunas, aprovechando la crisis iraní para saldar cuentas políticas con la administración Trump en lugar de confrontarse con la realidad estratégica de que la amenaza iraní no se limita a los intereses estadounidenses. Esto será recordado como un error estratégico profundo. Independientemente de lo que uno piense de los métodos de Donald Trump, la realidad subyacente permanece: un Irán envalentonado emerge de este conflicto al mismo tiempo que un Golfo cuyos fundamentos económicos están sometidos a una presión sostenida. Al elegir no sumarse, ni siquiera apoyar mínimamente, el esfuerzo liderado por Estados Unidos para debilitar a Irán, los actores occidentales recalcitrantes han favorecido de facto un equilibrio de fuerzas más peligroso, en el que el poder de palanca iraní crece, la disuasión se erosiona y el coste de una eventual confrontación resulta considerablemente más elevado.
La zona gris como horizonte estratégico
Las capacidades asimétricas residuales de Irán no permanecerán inactivas mientras las negociaciones diplomáticas siguen su curso. A falta de un acuerdo satisfactorio para el presidente Trump, tanto Estados Unidos como Israel tienen sólidas razones estratégicas para mantener un patrón de operaciones selectivas. No obstante, las tres partes — y el CCG — no pueden permitirse un retorno a la guerra abierta tal como se libró en marzo y principios de abril de 2026. El propósito de la estrategia de zona gris que se perfila es perturbar el rearme nuclear y balístico iraní, degradar las infraestructuras de proxies supervivientes y señalar mediante la acción que el coste de la reconstitución seguirá siendo elevado. Las operaciones de zona gris — ataques de precisión, perturbación cibernética, operaciones de inteligencia — han demostrado ser más duraderas en sus efectos que las campañas militares espectaculares, precisamente porque privan a los adversarios del entorno estable que necesitan para reconstruirse. Una contención estratégica basada en la esperanza de que las negociaciones resolverán los problemas estructurales no haría, a la luz de los hechos actuales, sino ofrecer a Irán y a sus proxies el respiro que necesitan para rearmarse. El patrón se ha repetido demasiadas veces como para suponer un resultado diferente esta vez.
El escenario de un avance diplomático global que resolviera el expediente nuclear, limitara la red de proxies de Irán y produjera un nuevo orden estable y aplicable transformaría verdaderamente la ecuación regional. Pero es el resultado menos probable a la luz de los datos actuales. Requeriría un nivel de inversión política estadounidense sostenida que Washington ha fracasado sistemáticamente en mantener tras sus campañas militares. Requeriría que la dirección iraní post-bélica consintiera concesiones que su predecesora rechazó explícitamente. Requeriría un Hezbolá dispuesto a desarmarse como condición de la recuperación del Líbano, algo que el movimiento ya ha señalado que no aceptará. Los actores regionales son más desesperados y menos predecibles, y la confianza necesaria para un acuerdo duradero ha sido erosionada por décadas de acuerdos rotos y posturas de mala fe de todos los lados.
Conclusión
La nueva fase de la interminable crisis de Oriente Próximo no está definida por un vencedor claramente designado ni por un perdedor identificable. Está definida por la incertidumbre — en Israel, en Estados Unidos, en todo el Golfo y en el Líbano — y por un consenso general entre actores regionales según el cual la postura operativa más segura, por ahora, consiste en hacer avanzar los propios intereses mediante la confrontación de baja intensidad, la presión por vías oficiosas y la ambigüedad estratégica antes que por el enfrentamiento abierto. Las apuestas son más altas que nunca, y los actores más desesperados que antes.