
Hay una lógica que reaparece cada vez que se plantea la cuestión de las armas de Hezbolá. Intenta presentar al partido no como una autoridad armada que ha confiscado la decisión de una comunidad y de un país, sino como la prolongación natural de la comunidad chiita libanesa, como si cuestionar a Hezbolá equivaliera a cuestionar a los chiitas mismos, y como si desarmarlo significara desarraigar a toda una comunidad de su historia, de su memoria y de sus medios de protección. Esa lógica no solo es errónea. Es insultante. Reduce a los chiitas a su miedo. Convierte su larga historia en el simple preludio de un fusil. Trata a toda una comunidad como si solo pudiera existir dentro de la red de un partido armado, como si Jabal Amel, Nayaf, la jurisprudencia islámica, el reformismo, los ulemas, los intelectuales, los campesinos, los estudiantes, los comerciantes y toda la experiencia nacional de los chiitas libaneses no hubieran sido más que una preparación para la Wilayat al-Faqih.








