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Enorme explosión provocada por un ataque israelí cerca de la localidad de Al-Mansuri, en el sur del Líbano. (AFP)
Lo esencial de la semana
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Por LevantTime .
Publicado sep 6, 2026 - 23:27
Mientras Estados Unidos parecía haber optado únicamente por la guerra económica contra Irán, el ejército estadounidense lanzó abruptamente el martes ataques contra territorio iraní en represalia por ataques a petroleros, lo que desencadenó una espiral de violencia a lo largo de la semana. En el Líbano, Israel liberó a varios civiles detenidos en sus prisiones, mientras su ejército tomaba la estratégica colina de Ali el-Taher y proseguía sus masivos bombardeos en la zona que controla al sur del país. La semana del 31 de agosto al 6 de septiembre estuvo marcada por una clara aceleración de los acontecimientos en Oriente Medio, tras una semana anterior que parecía regida por la inmovilidad. En el frente iraní, desde la noche del martes, el ejército estadounidense llevó a cabo ataques selectivos en territorio iraní, los primeros en casi un mes. Esta captura de pantalla, realizada el 6 de septiembre de 2026 a partir de imágenes de video sin fecha difundidas ese mismo día por el Mando Central de Estados Unidos, muestra lo que el Centcom presenta como uno de los petroleros iraníes que destruyó en respuesta a intentos de ataques con misiles contra buques militares. (Centcom vía AFP) Sin embargo, su ritmo relativamente limitado da la impresión de que la administración estadounidense ha optado por una escalada controlada, al tiempo que mantiene su bloqueo y sus presiones económicas contra Teherán. Pese a todo, la tensión no ha dejado de crecer a lo largo de la semana. El sábado se escucharon explosiones en la altamente estratégica isla de Kharg, por donde transita la mayor parte del petróleo iraní. El presidente estadounidense Donald Trump, por su parte, amenazó con atacar el sitio nuclear de Kuh-e Kolang —«montaña del pico» en persa, o Pickaxe Mountain —, una instalación fuertemente fortificada situada a gran profundidad, no lejos de Natanz, el principal centro de enriquecimiento de uranio de Irán. A principios de semana, había planteado la fórmula del «petrolero por petrolero», prometiendo atacar un buque iraní cada vez que los Guardianes de la Revolución golpearan un petrolero en el estrecho de Ormuz. Eso fue precisamente lo que hizo el ejército estadounidense el sábado, al incendiar dos buques iraníes. En el plano político, Donald Trump volvió a endurecer el tono hacia Teherán. Tras afirmar en una entrevista que las conversaciones estaban definitivamente congeladas «porque un acuerdo con ellos no vale el papel en el que está escrito», el sábado consideró que el «conflicto» con Irán no era una «guerra», sino «algo rutinario» para Estados Unidos. Una forma de jugar con los nervios de los iraníes mientras tranquiliza a su opinión pública de cara a las elecciones de mitad de mandato. Un puerto, además de instalaciones de almacenamiento y bodegas, resultó dañado tras un ataque militar estadounidense llevado a cabo en la provincia iraní meridional de Hormozgán, que limita con el estrecho del mismo nombre, el 6 de septiembre de 2026. (AFP) Al mismo tiempo, el medio estadounidense Axios publicó el sábado un informe que sugiere que Estados Unidos ya proyecta su mirada más allá de este conflicto, iniciado el 28 de febrero. El sitio afirma, citando a funcionarios estadounidenses y otras fuentes informadas, que la administración Trump está elaborando una estrategia más amplia para el Oriente Medio de la posguerra. Esta se basaría en la creación de una alineación regional destinada a contener a Irán, poner fin a las repercusiones regionales de los ataques del 7 de octubre de 2023 perpetrados por Hamás en Gaza y ampliar el círculo de la normalización entre Israel y los países de la región. La amenaza contra Kuh-e Kolang, que marca el resurgimiento del expediente nuclear iraní, se hace eco de un anuncio del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), que lamentó, el 1 de septiembre, que Irán no haya vuelto a abrir sus instalaciones a sus inspectores tras los ataques de mayo de 2025. Recordemos que, a pesar de la magnitud de la ofensiva israelí-estadounidense contra los emplazamientos iraníes, es casi seguro que las reservas de uranio enriquecido permanecen intactas y fueron puestas a resguardo por las autoridades iraníes, que siguen aferradas a lo que consideran su derecho a desarrollar un programa nuclear. Tras el anuncio del OIEA, Estados Unidos, así como Francia, Gran Bretaña y Alemania, manifestaron su intención de presentar una resolución ante el Consejo de Seguridad de la ONU condenando el incumplimiento por parte de Irán de sus compromisos en materia de no proliferación nuclear. Una unidad de fachada que contrasta con la frialdad reinante entre Washington y sus aliados europeos desde el inicio del conflicto. Por su parte, los iraníes parecen seguir respondiendo a la conmoción de la misma manera: atacando a varios países vecinos, entre ellos Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos y Jordania, sin llegar a atacar directamente a Israel. Ataques masivos en el sur del Líbano En el frente libanés, Israel intensifica sus operaciones de destrucción en los pueblos del sur, llegando incluso a utilizar, en algunos casos, barriles explosivos. El presidente libanés Joseph Aoun instó a Washington y a la comunidad internacional a «poner fin» a los ataques israelíes en territorio libanés, que dejaron siete muertos el domingo en medio de una tregua frágil. Los bombardeos alcanzaron distintas localidades de la región de Nabatiye. Según el Ministerio de Salud, otras veinte personas resultaron heridas, entre ellas niños. Además, un ataque destruyó el antiguo hospital Ghandour, fuera de servicio desde hace años. Liberación de detenidos y toma de Ali el-Taher Pero el hecho más destacado de la semana en el sur fue la toma, por parte de Israel, de la estratégica colina de Ali el-Taher, en la región de Nabatiye. El lugar era un importante centro de mando de Hezbolá, formado por un vasto entramado de túneles desde donde operaban combatientes del partido chiita, así como, según ciertas informaciones, combatientes iraníes. El jueves por la noche, Israel anunció haber tomado el control del complejo. El domingo, el ministro israelí de Defensa, Israel Katz, declaró que aún quedaban túneles por volar. Este «éxito» militar quizás no fue una sorpresa tras semanas de bombardeos, pero la reacción de Hezbolá sí lo fue. Después de haber asegurado durante mucho tiempo que se negaría a ceder esta colina estratégica —al igual que los iraníes, que también habían amenazado con intervenir—, el partido chiita terminó minimizando el impacto de este suceso a través de sus medios y voceros, sin confirmar oficialmente, no obstante, la pérdida del sitio, que se había negado a preservar entregándolo al ejército libanés. La otra gran sorpresa de la semana fue la liberación, por parte de Israel, de cinco civiles libaneses y sirios detenidos en sus cárceles. Esta medida se produjo tras una visita a Tel Aviv del embajador de Estados Unidos en el Líbano, Michel Issa. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «responde a los esfuerzos realizados por Israel y el Líbano para localizar y repatriar los restos de los líderes de la comunidad judía que fueron secuestrados y asesinados en el Líbano» entre 1984 y 1986. También aquí la reacción de Hezbolá llama la atención. Aunque considera la medida positiva pero insuficiente, el partido volvió a arremeter contra las autoridades libanesas, acusándolas de «someterse al enemigo» y responsabilizándolas del desastre en el sur. Incluso les advirtió sobre «los conflictos internos». ¿Podrían los reveses militares del partido llevarlo a volcarse aún más contra el escenario interno? Por último, el ejército israelí hizo el domingo una declaración importante al anunciar que estudia reducir su zona de ocupación en el sur del Líbano, pasando de la actual «zona amarilla» a una «zona gris». Según esta interpretación, tal evolución reflejaría una disminución de la amenaza que representa Hezbolá. Sin embargo, la medida aún no ha sido aprobada por el liderazgo político israelí. Yemen y Palestina La semana también fue especialmente tensa en Yemen, donde los enfrentamientos entre los rebeldes hutíes y las fuerzas gubernamentales no dejaron de intensificarse, hasta un sábado particularmente sangriento que dejó más de 60 muertos en un solo día, elevando a unas 200 las víctimas desde el jueves. La ofensiva de los hutíes busca sobre todo hacerse con el control de ciertas zonas cercanas al paso de Bab el-Mandeb, lo que daría a este aliado de Irán una ventaja adicional sobre otro punto estratégico clave, tras el estrecho de Ormuz. En Palestina, la semana estuvo marcada por unas declaraciones especialmente preocupantes de Israel Katz sobre Gaza. Este afirmó, sin aportar pruebas, que la mayoría de los habitantes de la franja deseaban abandonarla, subrayando que Israel estaba «preparado para una evacuación» de tal magnitud. Todo apunta a que el calvario de los gazatíes está lejos de terminar. Por último, cabe destacar que el OIEA anunció, el 1 de septiembre, que unas infraestructuras descubiertas en Deir ez-Zor, Siria, indican que el antiguo régimen de Bachar al-Ásad preparaba en secreto un programa nuclear avanzado que podría haber llevado a la fabricación de un arma atómica con la ayuda de expertos norcoreanos.
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Por Michel Hajji Georgiou - Publicado sep 6, 2026 - 13:31
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El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026, perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del fútbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el fútbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales ni de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen, sin embargo, eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El fútbol de hoy, y no solamente el fútbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter. Una especie de alter ego del Neo de Matrix, arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de amor-odio con su hijo pródigo. Sin importar sus resultados, su talento o su genialidad, debía responder a una única e implacable pregunta: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el fútbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del fútbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del fútbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, había transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del fútbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletitud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, a los ojos de su pueblo, esto reforzaba esa sensación de amor-odio: al fin y al cabo, un dios caído sigue siendo un dios. Pero con el valor añadido de lo que, a ojos de sus admiradores, es un sustrato insoportable y, por lo tanto, perfectamente odioso de la humanidad: sus defectos, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué miras, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también en su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del fútbol, en las lejanas tierras del soccer. Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
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La guerra en Irán: panorama de las posiciones en juego

Tres meses, día por día, después de su inicio, la guerra en Irán parece suspendida, y en los cálculos de Washington y Teherán, la parte contraria terminará cediendo con el factor «tiempo». Aunque todo indica que Irán debería ceder tras su desastre militar y sus pérdidas económicas estimadas entre 1.000 y 1.450 mil millones de dólares estadounidenses, el Cuerpo de Guardias de la Revolución Islámica (CGRI) no cede. No tiene que rendir cuentas a su pueblo, le impide expresarse, ha masacrado al menos a treinta mil personas y encarcelado a unos cincuenta mil en enero pasado. El CGRI ha asegurado así su marco interno, preserva firmemente sus posiciones y continúa coordinándose estrechamente con Hezbolá. Frente a esta fuerza, Israel lanza ataques dirigidos y lleva a cabo una ofensiva limitada al sur del Líbano y en algunas partes de la Bekaa occidental. El estrecho de Ormuz permanece cerrado a la navegación internacional por parte de Teherán, y Washington mantiene su bloqueo sobre los puertos iraníes. A pesar de las negociaciones en curso para desbloquear la crisis, la situación en el Golfo se califica como un punto muerto estratégico. ¿Cuáles son las demandas presentadas por los beligerantes, en qué punto están las negociaciones y —pregunta formulada y reformulada muchas veces— cómo podría terminar esta guerra? La posición de Washington La Administración Trump mantiene sus exigencias, en particular la reapertura inmediata del estrecho de Ormuz y el rechazo a que permanezca bajo control iraní. Exige garantías firmes para la libre navegación internacional. En el asunto nuclear, Estados Unidos exige el cese completo del enriquecimiento de uranio para uso militar y el depósito en garantía, por sesenta días, de las reservas de uranio enriquecido de Irán, en un país tercero de confianza, mientras se negocia un desmantelamiento duradero. Los activos iraníes congelados permanecerían bloqueados mientras Teherán no cediera en todas las demandas estadounidenses. Los Acuerdos de Abraham deberían ampliarse a todos los países del Golfo y el apoyo iraní a Hezbolá debe cesar. Finalmente, el CENTCOM se reserva la posibilidad de llevar a cabo ataques defensivos inmediatos contra cualquier colocación de minas o amenaza directa, como ocurrió recientemente en Bandar Abbas, mientras no se haya firmado un acuerdo definitivo. La posición de Teherán Teherán exige el levantamiento total e inmediato de las sanciones económicas, reclama la devolución de decenas de miles de millones de dólares congelados en el extranjero y desea confiar a Qatar el papel de garante financiero del desbloqueo. Todas las restricciones sobre sus exportaciones de petróleo deberían abolirse. El régimen iraní reafirma su derecho soberano a enriquecer uranio con fines civiles y estaría dispuesto a transferir temporalmente sus reservas altamente enriquecidas a China, sin que esto forme parte de un desmantelamiento definitivo. Exige el reconocimiento pleno de su soberanía marítima sobre el estrecho de Ormuz y desea que la seguridad del Golfo Pérsico sea garantizada exclusivamente por los países ribereños, excluyendo cualquier presencia militar occidental. Teherán exige un cese inmediato de los ataques del CENTCOM y se niega a ratificar un acuerdo mientras estos ataques continúen. Finalmente, el jefe de la diplomacia iraní Abbas Araghchi se niega a vincular un alto el fuego a una normalización de los países árabes con Israel y busca convencer a las monarquías del Golfo de reducir sus lazos de seguridad con Washington. Posiciones de Pakistán y Qatar Las negociaciones están en curso gracias a Pakistán, Qatar y China, pero enfrentan una profunda desconfianza entre Irán y Estados Unidos cuyas declaraciones contradictorias no facilitan una solución. Pakistán alberga desde 1979 la sección de intereses iraní en Washington y, por lo tanto, actúa de facto como intermediario de comunicación entre los beligerantes. Sus más altos responsables coordinan estrechamente los intercambios militares y civiles entre Washington, Teherán y Pekín para preservar la tregua. Qatar, por su parte, se concentra en los mecanismos financieros, en particular en las propuestas para desbloquear fondos iraní congelados a cambio de garantías sobre la seguridad marítima. Posición de China China no asume el papel de mediador de primera línea, dejado a Pakistán y Qatar, sino que actúa entre bastidores como garante estratégico para ambas partes, y garante financiero para Irán. Propone una solución técnica importante: la del stock nuclear. Irán transferiría así su uranio altamente enriquecido a China, ofreciendo a Teherán una salida honorable y a Washington una prueba tangible de un desmantelamiento nuclear a corto plazo, aunque la administración estadounidense muestra recticencia a confiar este control a Pekín. En el plano económico, China es el pulmón financiero de Irán, ya que compra casi el 90 % de su petróleo bajo sanciones. Ha aprovechado este papel de socio económico indispensable para presionar a Teherán a fin de que acepte el cese del fuego del 8 de abril. Para protegerse de la interrupción del tráfico marítimo en el Golfo, que veía venir, China había acumulado reservas colosales de 1.400 millones de barriles de petróleo (suficiente para 6 meses). Esto le permitió negociar sin la urgencia absoluta que afecta a los mercados occidentales. Pekín insiste también en la reapertura del Estrecho de Ormuz, vital para sus importaciones, mientras respeta el discurso pro-soberanía de Irán. Finalmente, China busca reforzar su influencia regional y obtener concesiones estadounidenses sobre Taiwán, a cambio de su papel estabilizador. El arte del trato geopolítico: la estrategia de negociación de Trump En estas negociaciones, el presidente Trump aplica un estilo personalizado y agresivo, una versión geopolítica de su «Art of the Deal», combinando una retórica pública tranquilizadora y una presión concreta sobre el terreno. Por un lado, el optimismo exhibido, afirmando repetidamente un «acuerdo inminente», tiene como objetivo tranquilizar a los mercados y al electorado; por otro lado, operaciones militares selectivas y medidas económicas máximas sirven para obligar a los CGRI a ceder ante las demandas estadounidenses. El jefe de la Casa Blanca privilegia los canales bilaterales con Pakistán y Qatar, así como el diálogo directo con Xi Jinping, imponiendo así su narrativa unilateral sobre los desafíos del conflicto. Su táctica de «sobrecalentamiento» consiste en exigir desde el principio posiciones extremas (cero enriquecimiento, adhesión a los Acuerdos de Abraham) para poder hacer concesiones después y vender compromisos. Finalmente, implica a China, aceptando confiarle el uranio iraní, usándola al mismo tiempo como palanca y fusible. Si el acuerdo tiene éxito, se lleva la gloria; si fracasa, puede denunciar su responsabilidad. La estrategia iraní de negociación asimétrica La estrategia de negociación iraní es lenta, paciente y metódica, basada en una resistencia asimétrica que busca desgastar a Washington. Teherán practica la «diplomacia al borde del abismo» provocando tensiones calculadas (minado del Ormuz, implicación de Hezbollah en una guerra con Israel, ataques contra los Emiratos Árabes Unidos, ataque a buques en el Golfo) para demostrar que el costo de la inacción para Estados Unidos supera el de un compromiso. El régimen iraní explota a sus diplomáticos moderados y a la CGRI para presentar alternadamente flexibilidad y amenazas. Busca fracturar las coaliciones proestadounidenses en el Golfo y reforzar sus relaciones con China y Pakistán para demostrar que no está aislado. Utiliza el tiempo como palanca, alargando los debates técnicos para agotar a Washington, que está bajo una presión política y financiera intensa. Finalmente, la sacralización de la soberanía hace inaceptable toda capitulación pública; por eso se valorizan soluciones técnicas, como la transferencia de uranio a China, ya que resuelven el problema sin que Teherán aparezca como derrotado. Perspectivas Las negociaciones no avanzan y mientras ninguno de los dos bandos haya infligido un golpe lo suficientemente decisivo para quebrantar la voluntad del otro, la guerra se prolongará bajo una tensión medida pero explosiva (bloqueos, cierre del estrecho, ataques intermitentes de intensidad variable), lo que es tolerable para el presidente Trump pero quizás no para Teherán. A partir de ahí, la guerra podría evolucionar de dos maneras: ya sea que Irán ceda con el tiempo, lo que significaría el comienzo del fin del régimen; o que Washington ceda ante ciertas demandas iraníes salvando la cara del régimen, lo que supondría un revés para Trump. El tiempo será el factor determinante que impondrá a uno de los dos bandos un cambio de actitud, de lo contrario prevalecería el tercer escenario: una guerra total devastadora.

Diplomacia cultural libanesa: entre la influencia, la solidaridad y la resistencia (1/2)

Los días 30 y 31 de mayo se organiza en París, en la galería Aalamuna, una Pop-Up Store libanesa impulsada por la empresa ELFAN para promover a artistas del Líbano. Esta nueva iniciativa de ELFAN forma parte de un movimiento global más amplio destinado a apoyar a los artistas libaneses mediante el fortalecimiento de la presencia cultural libanesa en Francia y Europa. Antes de presentar el contexto de esta nueva Pop-Up libanesa, resulta útil ofrecer una breve panorámica de las dinámicas internacionales en curso, en las que participa el ministro de Cultura, Ghassan Salamé. Desde hace varios años, especialmente desde los acontecimientos de 2019 y la explosión en el puerto de Beirut en agosto de 2020, la cultura libanesa vive un creciente impulso en el exterior. Por supuesto, las iniciativas culturales libanesas fuera del país no son algo nuevo: la diáspora siempre ha desempeñado un papel fundamental en la promoción y difusión de la identidad cultural libanesa. Sin embargo, hoy este fenómeno parece estar adquiriendo una nueva dimensión. Muchos artistas, creadores, intelectuales y profesionales de la cultura han abandonado el Líbano en los últimos años, a veces por necesidad y otras en busca de oportunidades que el país ya no podía ofrecerles. Durante mucho tiempo, la cultura en el Líbano quedó relegada frente a las urgencias políticas, económicas y sociales. Sin embargo, pese a esta fragilidad estructural, la escena cultural libanesa continúa reinventándose y proyectándose hacia el mundo. En este contexto, resulta importante observar las iniciativas culturales libanesas en Francia, donde desde hace varios años se multiplican los eventos y proyectos relacionados con el Líbano. Hoy, las iniciativas culturales no solo buscan promover al país en el extranjero, sino también apoyar a los artistas libaneses, preservar el patrimonio del Líbano y mantener un vínculo vivo con el país en este difícil período de crisis y guerra. Una fuerte presencia libanesa El prestigioso Festival Internacional de Cortometrajes de Clermont-Ferrand constituye un ejemplo revelador. Hace dos años, el Líbano fue destacado mediante una sección especial dedicada al cine libanés. Numerosos directores, productores y profesionales del sector participaron en la iniciativa y contribuyeron a la programación, ilustrando la creciente importancia del cine libanés en la escena cultural internacional. El Instituto del Mundo Árabe (IMA) también desempeña un papel importante en esta dinámica de valorización del patrimonio y la creatividad libaneses. La exposición actual sobre Biblos, aplazada hace dos años debido a la guerra y finalmente mantenida a pesar de la ausencia de algunas piezas que aún permanecen en otros lugares, constituye otro ejemplo significativo. El ministro de Cultura, Ghassan Salamé, estuvo presente, reflejando la importancia que hoy se concede a estas iniciativas culturales en el extranjero. En el mismo marco, la exposición Fotografiando el patrimonio del Líbano 1864-1970 , tras su presentación en París, permanece abierta al público en Marsella hasta septiembre. El concierto de Ibrahim Maalouf y Hiba Tawaji en el IMA, acompañado por varios artistas libaneses, así como la presencia de Khaled Mouzanar y Nadine Labaki en el Festival de Cannes, donde Khaled Mouzanar integró además el jurado de la sección Un Certain Regard , demuestran hasta qué punto las figuras culturales libanesas ocupan hoy un lugar destacado en los escenarios internacionales. Esta dinámica también se manifestó recientemente en Saint-Malo, donde el Líbano fue el invitado de honor del festival Étonnants Voyageurs. Escritores, artistas e intelectuales libaneses participaron en diversos debates sobre la memoria, el exilio y la creación contemporánea libanesa. Ghassan Salamé también estuvo presente en este evento. “Cuanto más se suceden las tragedias, más se ha acostumbrado el pueblo libanés a expresarlas. Mientras les hablo, pintores libaneses están en la Bienal de Venecia, cineastas libaneses están en el Festival de Cannes y escritores libaneses están en el festival de Saint-Malo”, señaló acertadamente Ghassan Salamé durante su intervención en Saint-Malo. Desde hace varios meses, el ministro continúa realizando viajes y encuentros en el extranjero para promover el patrimonio cultural y la influencia del Líbano. Paralelamente, numerosos eventos artísticos se conciben como espacios de solidaridad concreta con el Líbano. Es el caso de Moments for Lebanon , una iniciativa artística y humanitaria con sede en París, fundada por un colectivo de miembros de la diáspora libanesa. Su segunda edición ya está prevista para junio de 2026 en la capital francesa, con el objetivo de continuar la movilización artística y humanitaria en torno al Líbano. La nueva iniciativa de ELFAN Esta dinámica más amplia es también la que impulsa el trabajo de ELFAN en favor de los artistas libaneses. La empresa se ha propuesto, en particular, formar a futuros profesionales de la cultura para que puedan acompañar y desarrollar este sector en plena expansión. Es en este contexto que se organiza una nueva Pop-Up Store libanesa los días 30 y 31 de mayo en la galería Aalamuna de París. El evento reunirá a creadores, artistas y emprendedores para destacar el saber hacer libanés y, al mismo tiempo, apoyar al Líbano y a la Cruz Roja Libanesa. Con el mismo objetivo, el próximo julio se organizará una semana temática dedicada al Líbano en Clermont-Ferrand, por iniciativa de ELFAN, en la galería Atelier Reine Mathilde. El programa incluirá exposiciones de pintores libaneses, talleres de caligrafía y dabke, proyecciones de cine y un brunch libanés. La meta es acercar la cultura libanesa a un público mayoritariamente francés, con el objetivo paralelo de apoyar a la Cruz Roja Libanesa. Ante esta proliferación de iniciativas, surge cada vez con más frecuencia una pregunta en los círculos culturales: ¿estamos asistiendo al surgimiento de una diplomacia cultural libanesa? ¿O se trata más bien de una forma de resistencia cultural? Porque, a diferencia de la diplomacia cultural institucional, concebida y estructurada por el Estado, muchos de estos proyectos nacen hoy de iniciativas individuales o asociativas, a nivel local o dentro de la diáspora, de manera muy similar al propio Líbano. Son artistas, colectivos y organizadores de eventos quienes sostienen la visibilidad internacional del país, a menudo sin apoyo oficial. Esta reflexión comienza además a abrirse paso incluso dentro de los debates del Ministerio de Cultura. Ghassan Salamé declaró recientemente que “lo que salvó a la cultura en el Líbano es el hecho de que está arraigada en la sociedad y no en el Estado. Cuando el Estado colapsó, la cultura siguió viva”. Sin embargo, sus numerosas participaciones en estos eventos culturales también muestran que la cultura empieza a ocupar un lugar relevante en la acción y la reflexión del Estado libanés. Más allá de la influencia internacional o de la preservación de la identidad cultural, surge ahora otra cuestión fundamental: ¿cuál puede ser la verdadera contribución de la cultura y el arte al desarrollo del Líbano? ¿Puede la cultura participar en la reconstrucción económica, en la creación de oportunidades y en el mantenimiento del vínculo entre el país y su diáspora? Estas reflexiones también abren el debate sobre la propia política cultural libanesa… Próximo artículo: La política cultural del Líbano .

Conflicto iraniano: estancamiento diplomático, escalada militar

Los libaneses, y los pueblos de los países del Levante en general, parecen tener que resignarse a someterse regularmente al régimen de la ducha escocesa en lo que respecta a la evolución del conflicto iraní. El jueves por la tarde, informaciones reportadas por el sitio estadounidense Axios informaban sobre la conclusión de un acuerdo marco entre negociadores estadounidenses e iraníes. Las mismas fuentes afirmaban que una copia de este memorándum de entendimiento había sido transmitida a la Casa Blanca y que el presidente Donald Trump había solicitado «algunos días de reflexión» antes de avalar el texto. Pocas horas después, los Guardianes de la Revolución de la República Islámica de Irán parecieron querer «facilitar» la tarea al presidente estadounidense subrayando, a través de la agencia Tasnim que refleja su punto de vista, que ningún acuerdo ha sido aún concluido entre estadounidenses e iraníes. Según las posiciones públicamente adoptadas de ambos lados, las divergencias son aún profundas entre las dos partes respecto a temas como la libre circulación en el Estrecho de Ormuz, el bloqueo naval estadounidense impuesto a Irán, la devolución al gobierno iraní de una parte de los activos iraníes en moneda extranjera congelados desde hace varios años, y la cuestión del uranio enriquecido. El Secretario del Tesoro estadounidense afirmó el jueves en este contexto que ningún acuerdo es posible con Irán antes de la reapertura del Estrecho de Ormuz al tráfico marítimo sin condiciones y sin la entrega a Estados Unidos del uranio enriquecido. Ahora bien, este último punto es rechazado por los Guardianes de la Revolución, de modo que el escepticismo era el jueves por la noche claramente perceptible respecto a un rápido debloqueo de las negociaciones estadounidense-iraníes. Señalemos en este contexto que el presidente Trump dirigió el jueves una severa advertencia al Sultanato de Omán, previniendo contra cualquier acuerdo que estuviera tentado a concluir con el régimen iraní para gestionar conjuntamente el Estrecho de Ormuz e imponer de común acuerdo un derecho de paso a los buques mercantes. Teherán insiste en controlar el Estrecho e imponer una especie de peaje sobre esta vía marítima para asegurar ingresos sustanciales. Señalemos al respecto que una fuente iraní indicó al Wall Street Journal que las reservas en moneda extranjera de la República Islámica apenas alcanzan para tres meses… Escalada en las operaciones militares Mientras que las negociaciones parecen así estancarse, se registró el jueves una clara escalada en las operaciones militares tanto en el plano regional como local. Tarde en la noche del jueves, la agencia iraní oficial Fars informaba sobre «disparos de misiles iraníes desde el sur de Irán». La agencia Tasnim indicaba por su parte que se escuchaban disparos de armas automáticas en Bandar Abbas debido a enfrentamientos en curso en las aguas del Golfo. Los medios de Teherán precisaban en este contexto que los Guardianes de la Revolución abrieron fuego en el Estrecho de Ormuz en dirección de buques de guerra estadounidenses y se produjo un enfrentamiento entre los navíos estadounidenses y los Pasdaran. Al amanecer del jueves, los Guardianes de la Revolución habían lanzado drones contra un petrolero estadounidense y tres navíos que intentaban atravesar el Estrecho de Ormuz. El ejército estadounidense indicó haber interceptado cuatro drones antes de llevar a cabo un ataque aéreo contra un sitio de lanzamiento de drones en el sector del puerto de Bandar Abbas. En reacción, los Pasdaran lanzaron misiles y drones contra Kuwait. Las sirenas de alarma fueron activadas en la capital y el ejército kuwaití precisó en un comunicado que «las defensas aéreas kuwaitíes rechazaron ataques llevados a cabo con misiles y drones enemigos». Los Pasdaran, por su parte, afirmaron haber apuntado a «una base estadounidense». Este ataque de la Guardia Revolucionaria Islámica contra Kuwait se enmarca en la estrategia seguida por los Pasdaran desde el inicio de esta guerra, el pasado 28 de febrero, orientada a centrar sus agresiones en los países del Golfo (más que en Israel) con el objetivo de presionar a estos últimos para que exijan el desmantelamiento de las bases estadounidenses en el Golfo e intervengan ante Estados Unidos para que cese su presión económica y militar sobre la República Islámica. Cabe señalar además que el ejército israelí eliminó el jueves en Gaza a dos altos responsables militares de Hamás. Gestiones de Raggi para preservar los vestigios de Tiro En el frente libanés, se reportaban informaciones entrada la noche sobre un importante avance rápido de las tropas israelíes que estarían a un kilómetro y medio de la ciudad de Nabatié y que habrían tomado el control del castillo de Beaufort, una posición estratégica importante en la región. El jueves estuvo marcado principalmente por un disparo de misil israelí contra un apartamento en Chuaifat, donde fue asesinado Ali Husseini, responsable del sistema de misiles dentro de Hezbollah. Al amanecer del jueves, se llevó a cabo un ataque aéreo israelí contra la ciudad de Tiro. El ejército israelí indicó haber atacado centros de mando de Hezbollah en la ciudad. Según algunas fuentes, un ataque aéreo también apuntó a un sector cercano a los célebres vestigios de la ciudad de Tiro. En este sentido, el ministro de Asuntos Exteriores Joe Raggi realizó gestiones diplomáticas urgentes para evitar cualquier daño al patrimonio arqueológico y cultural que constituye la riqueza de la región de Tiro. Volviendo a las operaciones militares, un disparo de misil apuntó al amanecer del jueves en Sidón a un apartamento en un edificio de varios pisos. Tres personas fueron asesinadas en este ataque. Asimismo, un vehículo fue blanco de un disparo de dron en la carretera costera de Adloun, cerca de Sidón. Este ataque habría dejado seis muertos. Además, se reportaron ataques aéreos a primera hora de la mañana contra la ciudad de Nabatié así como contra posiciones de la milicia de Hezbollah en el caza de Jezzine y en Zahrani. Una motocicleta que circulaba en las afueras de Tiro fue además blanco de un disparo de dron al amanecer.

Hezbolá: la resistencia que convoca la ocupación

En una entrevista emitida por uno de los canales satelitales libaneses, tras la retirada israelí del sur del Líbano en el año 2000 y ante lo que había producido en algunos una cierta «indigestión patriótica», el ex ministro libanés de Defensa Albert Mansour arremetió contra los habitantes del Golán sirio ocupado, quienes no llegaban entonces a veinte mil almas y habían elegido el camino de la resistencia pacífica contra la ocupación israelí, preguntando con sorna: «Por qué estos no combaten la ocupación israelí?» Muchos de los portavoces de Hezbolá y sus afines hicieron lo mismo, sin ahorrarles a los habitantes del Golán sus reiteradas acometidas por lo que denominaban su desviación del principio «donde hay ocupación, hay resistencia», como si la resistencia sólo pudiera encarnarse en cohetes y proyectiles, olvidando que la forma más elevada de patriotismo y de resistencia reside en aferrarse a la tierra, en negarse a abandonarla como presa fácil para los ocupantes y en preservar un patrimonio, una cultura y una identidad. Eso es precisamente lo que hicieron los golaneses, dentro de sus escasos y modestos medios, y de la manera más cabal posible. Lo cual obligó al autor de estas líneas a publicar, en enero de 2001, dos estudios detallados y consecutivos en el diario libanés As-Safir bajo el título «¿Y os preguntan : cuándo combatiréis a Israel?», para completarlos luego con otro artículo en «Qadaya An-Nahar» del 29 de noviembre de 2005, titulado «Carta a Hezbolá desde el Golán ocupado», en el que lo invitaba sin rodeos a neutralizar al Líbano y preservar su frente de los estragos del conflicto con Israel, una vez que los libaneses habían pagado ya su parte del tributo. Sin embargo, en una comedia de la más densa oscuridad y mediante un giro de lo más singular, fue el propio Hezbolá quien, junto al Hamas en Gaza, pasó a consagrar otra concepción de la «resistencia», tan extraña que no habría cruzado la mente de nadie, ni siquiera en los sueños más confusos, y cuya esencia se reduce a esto: donde existe la resistencia, se convoca la ocupación. Una postura que va mucho más allá de la noción de traición nacional derivada de la colaboración con el ocupante, para adentrarse en algo mucho más grave y profundo. Lo que Hezbolá ha infligido a los libaneses, y a los chiíes en particular, ha llegado al punto de requerir que la Academia de la Lengua Árabe celebre una sesión de urgencia para acuñar un término nuevo que dejara a años luz detrás de sí las palabras crimen y traición. Hezbolá nunca fue un movimiento de liberación nacional ni mereció ese honor en ningún momento; muy al contrario, fue siempre el brazo armado y auxiliar de un Estado extranjero que ocupa tierras árabes, las islas de la Gran y Pequeña Tunb y Abu Musa, antes de extender su dominio sobre el Líbano, Irak, Siria y Yemen en su totalidad. Fue ese Hezbolá quien cosechó los frutos de la liberación en el sur del Líbano en el año 2000, tras haber procedido, de común acuerdo con su aliado el régimen Assad, a liquidar los cuadros de la resistencia nacional y monopolizar la lucha armada para sí. La voz de Georges Haoui, a quien Hezbolá había de matar posteriormente, resuena aún en la memoria : cuando apareció en 2005, durante la Intifada de la Independencia, en una cadena satelital libanesa, para recordarle a Hezbolá que, tras los acuerdos de Taëf, militantes del Partido Comunista se infiltraban clandestinamente en la franja fronteriza ocupada para llevar a cabo operaciones contra la ocupación y sus agentes, con el riesgo de ser cazados por éstos, y que elementos del propio Hezbolá habían liquidado a muchos de ellos en el camino de regreso. A la vista de lo anterior, incluso la comparación con el mini-Estado de Antoine Lahad y su ejército disuelto, cuya resurrección el diputado de Hezbolá Hassan Yaaqoub advirtió al presidente de la República que podría producirse, y al que las fuerzas de ocupación israelíes sólo habían encomendado la vigilancia de una franja que no superaba el diez por ciento del territorio libanés en el Sur, incluso esa comparación ya no se sostiene frente a Hezbolá, que permitió a Irán extender su dominio sobre la totalidad del territorio libanés, aparte de las décadas de muerte, destrucción y devastación que sembró entre sus allegados y los libaneses en general, sin mencionar su implicación en el asesinato de los mejores hijos del Líbano y los innumerables indicios que lo señalan como responsable de la explosión del puerto de Beirut. En todo caso, parece que ésta es la última guerra que Hezbolá arrastra sobre los libaneses, después de haber arruinado sus hogares durante décadas. La operación que el Partido denominó «Al-A’sf al-Ma’koul» son los libaneses quienes la pagarán, y los chiíes en primer lugar. Lo más probable es que esta aventura no termine sino con la salida definitiva de Hezbolá del escenario, y quizás con la llegada a Tehrán de un régimen «amigo» o con el cercenamiento de sus brazos, eventualidades que Hezbolá parece no haber incorporado en sus cálculos esotéricos, a saber, la pérdida de su padrino iraní, mientras persiste en esta apuesta hasta el último chií libanés. Pasar la página de Hezbolá en el Líbano supondrá un alivio para los libaneses y para los sirios por igual. Pues quebrar la espina dorsal de la «Media Luna Chií» y cortar definitivamente el brazo iraní en el Líbano privaría de todo valor funcional al régimen de Abu Mohammad al-Jolani en Siria y podría acelerar su caída. El desarme de Hezbolá es, por tanto, un interés libanés en primer, segundo y tercer lugar, antes de ser un interés israelí, y es una necesidad que no admite más demora. En cuanto a la continuación de las negociaciones directas libano-israelíes con vistas a un acuerdo de paz, al contrario de lo que creen muchos, y aunque negociar con Israel o hacer las paces con él difícilmente podría calificarse de un paseo cómodo, son exageradas las afirmaciones que minimizan la capacidad de los libaneses para competir con Israel en múltiples planos y niveles, comenzando por el dinamismo del pueblo libanés y la riqueza de sus competencias, energías y experiencias, y hasta el turismo, la diversidad cultural y la economía libre. Todas las guerras van seguidas de otras guerras o de negociaciones que desembocan bien en un tratado de paz, bien en una capitulación, con la sola excepción de la guerra de Octubre en el frente sirio y la guerra del Líbano de 1982, tras cada una de las cuales el estado de «enemistad» con Israel fue explotado como un rentable «negocio nacional» para consagrar la ecuación de la ocupación eterna allá contra la tiranía y el despotismo eternos aquí. En un artículo anterior publicado en el diario Al-Modon bajo el título «17 de mayo», el ex ministro socialista Ghazi Aridi citaba al ex presidente libanés Amine Gemayel diciendo, en el programa Testigo de una época en la cadena Al-Yazira : «Fue Israel quien firmó, y yo quien no firmé.» ¿Por qué? «Le pedí al enviado americano, que venía a presionarme fuertemente para que firmara, que transmitiera un mensaje al presidente Reagan en estos términos: quiero una carta personal suya en la que se comprometa a seguir asumiendo su papel de mediador. Si Israel cumple sus compromisos, bien; y si no los cumple, habrá un compromiso americano de ponerse del lado del Líbano y proteger su soberanía y su unidad...» Y añadía: «La carta llegó, pero Israel se retiró del acuerdo.» ¿Por qué? «Se supo que Israel había firmado no por compromiso con el acuerdo, sino porque quería obtener algo de los americanos, concretamente el levantamiento de las sanciones impuestas por haber violado Israel el acuerdo que limitaba el avance de su ejército a 40 kilómetros en el Sur solamente. Lo que significa que Israel no quería realmente el acuerdo tal como era, a pesar de todo lo que había extraído de él.» A la luz de lo anterior, lo que se impone no es sólo una relectura de ese acuerdo, sino un escrutinio minucioso de cada uno de los elementos de ese período. Pues el testimonio del presidente Amine Gemayel no se limita a sacudir los muros del relato dominante sobre el «acuerdo del 17 de mayo», ese relato que ha prevalecido durante más de cuatro décadas; puede muy bien hacerlos derrumbarse por completo. La hipótesis más probable, sin embargo, sigue siendo que todas las catástrofes, los horrores y las guerras que se libraron y que continúan librándose contra sirios y libaneses no son sino vencimientos pendientes y facturas largamente aplazadas, la contrapartida de la firma por el régimen Assad de ese acuerdo de «separación de fuerzas» con Israel y de la anulación del acuerdo del «17 de mayo» en el Líbano en marzo de 1984, sin que se hubiera trazado ningún horizonte ni ninguna trayectoria sobre la manera de resolver algún día el conflicto con Israel.

El Líbano, Naim Qassem y el Estado en suspenso

En un momento de extremada sensibilidad regional, donde los expedientes de seguridad libaneses se cruzan con el curso de las negociaciones regionales e internacionales, tres temas estrechamente vinculados se imponen en el panorama interior: las amenazas del secretario general de Hezbolá, el jeque Naim Qassem, la controversia en torno al intento de reposicionar la «carta libanesa» en el juego de la negociación regional, y finalmente el expediente de los desplazados y sus concentraciones dentro de la capital, especialmente en barrios densamente poblados como Béchara el-Khoury. Estos temas, pese a su aparente disparidad, remiten en profundidad a una sola y misma pregunta: ¿en qué medida sigue siendo el Líbano un Estado capaz de controlar su propia decisión interior y sus fronteras de seguridad y sociales? Las recientes amenazas de Naim Qassem no eran simplemente un discurso político de uso interno; surgían en un contexto regional tenso, articulado alrededor de las negociaciones sobre el futuro del sur libanés, de la aplicación de la resolución 1701 y de la redefinición de las reglas de enfrentamiento tras la última guerra. En este marco, el discurso puede leerse como un mensaje con doble destinatario: hacia el interior, la reafirmación de que el expediente de las armas y el papel militar del Partido permanecen fuera de todo arreglo interno unilateral; hacia el exterior, la señal de que cualquier acuerdo concerniente al Líbano no puede disociarse de Irán y de su papel en la región. Esto es lo que reactiva la idea de que Hezbolá pretende devolver la «carta libanesa» a Irán en su totalidad, sustrayéndola de la influencia del Estado libanés. Por ello resulta llamativo que una respuesta política directa y enérgica no haya provenido desde el interior libanés, mientras que la posición del secretario de Estado norteamericano se imponía como la más explícita. Esta disparidad en las reacciones refleja una realidad sutil inherente al sistema libanés: el Estado elude la escalada interna directa en los expedientes soberanos sensibles, mientras que Estados Unidos considera que toda amenaza a la estabilidad o al proceso diplomático constituye un menoscabo directo de sus intereses y al papel que desempeña en la gestión de los equilibrios regionales. En cambio, este clima político no puede disociarse de la realidad social y de seguridad en el interior de la capital libanesa. La propia Beirut vive bajo una doble presión: la de la fractura política regional, y la del deterioro social y económico interior. Es en este contexto donde el expediente de las concentraciones de desplazados en barrios como Béchara el-Khoury emerge como una de las manifestaciones de la fragilidad del Estado en la gestión del espacio público. Las concentraciones informales en los bordes de las carreteras y en los barrios superpoblados no pueden abordarse únicamente como una cuestión humanitaria, ni únicamente como una cuestión de seguridad. Son la consecuencia directa de la ausencia de una política de Estado clara para la gestión del desplazamiento dentro de las ciudades, y de la falta de capacidad municipal y administrativa para organizar el espacio urbano de la capital. Con el tiempo, estas concentraciones se transforman en focos de presión social: saturación de las arterias, debilitamiento de los servicios, fricciones cotidianas con los vecinos y ausencia de una supervisión regulatoria eficaz. Pero el peligro real no reside en la existencia de estas concentraciones en sí mismas, sino en el entorno general que las rodea: un Estado en crisis, una fractura política aguda, un estrangulamiento económico y una tensión regional abierta. En tales circunstancias, cualquier vacío administrativo o social puede convertirse en un punto de fragilidad susceptible de ser explotado o de estallar ante la primera crisis. Es precisamente en este punto donde la articulación del nivel político, por un lado, con los niveles de seguridad y social, por otro, se vuelve necesaria. Pues cuando los mensajes políticos procedentes de actores regionales e internos se intensifican en torno al futuro de la decisión libanesa, mientras que simultáneamente la capacidad del Estado para controlar el tejido cotidiano de la capital se reduce, se dibuja un cuadro único cuya constatación central es la erosión progresiva del concepto de Estado central. Sin embargo, sería inexacto caracterizar la situación como un colapso o como una «bomba de relojería» inevitable. El Líbano, a pesar de todas sus crisis, conserva todavía un margen de estabilidad relativa, fruto ella misma de complejos equilibrios internos y regionales que impiden la explosión total. Pero esta estabilidad sigue siendo frágil, y cualquier entrecruzamiento entre escalada política de un lado y deterioro social del otro puede elevar considerablemente el nivel de los riesgos. En conclusión, las amenazas de Naim Qassem reflejan la permanencia del conflicto en torno a la definición de quién detenta realmente el poder de decisión en el Líbano, mientras que las concentraciones de desplazados en Beirut revelan los límites de la capacidad del Estado para gestionar sus propios asuntos cotidianos. Entre estos dos niveles, el Líbano aparece como un Estado que opera en un espacio extremadamente estrecho, atrapado entre una soberanía amputada y presiones internas acumuladas, lo que hace que cualquier expediente menor sea susceptible de transformarse en emblema de una crisis mayor, si no se aborda en el marco de una visión de conjunto propia del Estado y no de los ejes de alineamiento.

Amnistía general: ¡declive de la justicia, la política y la ética!

En lugar de convertirse en una oportunidad para abrir un debate serio sobre los fundamentos del sistema judicial, de la justicia y del castigo en Líbano, el debate político y jurídico en torno al proyecto de ley de amnistía general se transformó en una disputa confesional y sectaria, completamente ajena a los principios fundacionales de la ley esperada: garantizar la justicia, reparar el daño causado a detenidos privados durante años de su derecho natural a ser juzgados dentro de plazos razonables y, por supuesto, abordar la cuestión del hacinamiento carcelario, que vulnera el mínimo de los derechos humanos incluso respecto a un preso o un acusado, contradiciendo así la esencia misma de la idea reformadora de la prisión y convirtiendo las cárceles en espacios de consolidación del crimen y las desviaciones. Como ocurre en cada ocasión política o legislativa, los grupos confesionales y sectarios se apresuraron a disputar las demandas puestas sobre la mesa, buscando sacar ventaja para consolidar su control confesional y garantizar su permanencia, hasta el punto de volver la sola idea de liberarse de ello un asunto de extrema complejidad y dificultad, profundizando así las divisiones confesionales en el país y obstaculizando cualquier proceso reformista que, por lo demás, rara vez prospera. Desde el momento en que el debate sobre una ley de amnistía general se confesionaliza en el tratamiento de los expedientes, una comunidad reclamando la liberación de detenidos islamistas, otra queriendo resolver el expediente del narcotráfico cuya producción prospera en la gobernación de la Becá, y otras más exigiendo el regreso de las personas expulsadas hacia Israel en el año 2000. Aquello revela el profundo estado patológico en el que se encuentra la sociedad política libanesa y la ausencia de toda voluntad real de impulsar cualquier cambio capaz de agrietar la estructura existente. Sin embargo, el simple hecho de contemplar la adopción de una ley de amnistía general, que no llega al término de una guerra civil o de un conflicto sangriento como ocurrió en 1991, debería suscitar una multitud de interrogantes relacionados fundamentalmente con la naturaleza del sistema judicial libanés y sus múltiples problemáticas, vinculadas a los modos de funcionamiento y a los mecanismos de control y rendición de cuentas, debido a los retrasos crónicos en el tratamiento de los casos judiciales que, en cientos de expedientes, superan incluso la duración máxima de las penas previstas, constituyendo así una injusticia grave y sin precedentes contra los detenidos. ¿Quién les devolverá los años perdidos y desperdiciados? Ahora bien, si los mecanismos del trabajo judicial están prácticamente paralizados, ya sea en la emisión de sentencias, su apelación ante la Corte de Casación, el tratamiento de los recursos pendientes o incluso la inspección y sanción de jueces negligentes, corruptos o ausentes de sus obligaciones, entonces surge una pregunta urgente para el presidente de la República y el gobierno: cómo poner en marcha la dinámica de la reforma judicial, comenzando por convertir al poder judicial en una verdadera autoridad independiente, protegida en sus traslados, ascensos y nombramientos de las interferencias y presiones políticas que lo transforman en un escenario de lucha y reparto de influencias, en detrimento de la esencia misma de la idea de justicia y de su independencia. Entre las numerosas prioridades fundamentales que expuso en su discurso de investidura y en sus declaraciones posteriores, el presidente de la República, el general Joseph Aoun, incluyó la reforma judicial entre sus compromisos, expresando en repetidas ocasiones su convicción al respecto durante sus intercambios con el cuerpo judicial. Esta posición coincide con visiones similares, e incluso idénticas, del primer ministro Nawaf Salam, quien ocupó uno de los cargos judiciales internacionales más altos antes de llegar a la presidencia del Consejo de Ministros, en calidad de juez internacional cuyos escritos sobre justicia, política y reforma son numerosos. Es cierto que la guerra israelí trastocó todos los equilibrios y reconfiguró las prioridades de una manera radicalmente distinta a lo esperado. También es cierto que Líbano, y particularmente el sur del país, quedó devastado en todo el sentido de la palabra, siendo la prioridad el fin de la guerra, la retirada militar israelí y la reconstrucción. Pero también es igualmente cierto que el avance de numerosos asuntos internos sigue siendo posible y alcanzable, e incluso sería más correcto decir que quizá nunca vuelva a ser tan viable como bajo la presencia de estos dos presidentes. Desde esta perspectiva, es imperativo que el debate en torno a la ley de amnistía general se transforme en un debate sobre las formas de revitalizar la inspección judicial y activar los mecanismos de rendición de cuentas dentro de la magistratura, como antesala del desafío más fundamental relacionado con la naturaleza de las relaciones entre el poder político y el judicial, y las vías para una verdadera “liberación” de la justicia y de los jueces del control político que domestica el sistema judicial y lo vacía de su sustancia, de su papel y de su misión. En este momento regional incandescente, cargado de transformaciones que habría sido difícil imaginar apenas hace unos años, mientras Líbano pierde una tras otra las cualidades distintivas que lo caracterizaban en beneficio de países emergentes, ya no es posible seguir girando en el mismo círculo vicioso: guerras, divisiones, corrupción y deterioro.