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Análisis

La guerra y el amargo conocimiento de la geografía

Del "lugar" al "espacio"

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Por Mona Fayad
Publicado jul 11, 2026 - 21:08

En la vida cotidiana habitamos en lo que los antropólogos llaman el milieu: un espacio cargado de memoria y de relaciones humanas, compuesto por la casa, la plaza, la tienda del barrio, la mezquita o la iglesia, y el camino a la escuela. En tiempos de guerra, el lugar se transforma en un espacio. Se convierte en un objeto de medición y de gestión: alcance, campo de visión, línea de abastecimiento. Es el paso del significado a la función, del habitar al cálculo y al conteo. Como si a la tierra se le despojara de su historia para reescribirla en el lenguaje de la guerra.

La guerra fractura el sentido de pertenencia. Normalmente, este se construye a través de la estabilidad y la repetición cotidiana: el mismo camino, los mismos rostros, las mismas costumbres. Cuando el lugar pasa a estar amenazado, la pertenencia se transforma en una condición de incertidumbre: uno sigue perteneciendo a un lugar que quizá deba abandonar en cualquier momento. Surge entonces una forma de “pertenencia provisional”: se ama el lugar, pero ya no se confía en la posibilidad de permanecer en él. Esa paradoja abre una grieta interior que perdura.

También el cuerpo se transforma. En tiempos de paz se mueve por el lugar con una naturalidad casi inconsciente. En tiempos de guerra, el cuerpo aprende a agacharse, a entrar en el mundo de los cálculos: esconderse, estimar distancias, interpretar los sonidos y observar constantemente el entorno antes de moverse. Los sentidos se convierten en un sistema de alerta. La tierra comienza a comprenderse a través del peligro: ¿dónde esconderse?, ¿por dónde pasar?, ¿qué ruta ofrece menor exposición?, ¿en qué momento? Es un “conocimiento corporal” que reconfigura nuestra relación con el mundo a nivel inconsciente.

No solo cambia el lugar. También cambia el tiempo. En la guerra, el tiempo se condensa: unos cuantos instantes contienen decisiones de vida o muerte. El ser humano abandona el tiempo extendido, ese que enlaza pasado, presente y futuro, para quedar atrapado en un presente asfixiante. Esa compresión debilita la capacidad de planear y fortalece la reacción inmediata. La tierra deja de ser el escenario donde se construye una vida para convertirse en el espacio donde se administran instantes decisivos.

Las guerras convierten a los seres humanos en cifras. Desde una perspectiva filosófica, esto forma parte de la racionalización de la guerra: reducir a las personas a unidades susceptibles de ser contabilizadas.

Aquí aparece una doble alienación: respecto de uno mismo, porque nadie es un simple número; y respecto de la tierra, que ya no reconoce nuestra historia, sino únicamente nuestra ubicación. Todo ello amenaza la propia idea de dignidad, ligada al nombre, a la trayectoria y a la vida de cada persona.

Después de la guerra, la tierra deja de ser neutral. Cada colina, cada puente conserva una huella: una pérdida, un miedo, una supervivencia. La memoria se adhiere a los lugares y los recrea una y otra vez. Por eso regresar después de la guerra nunca significa volver al “mismo” lugar, sino a un lugar cuyo significado ha sido transformado. También eso explica por qué muchas personas llegan a sentirse extranjeras incluso en sus propios pueblos.

La propia tierra empieza a leerse con otros ojos, después de haber sido tratada como una posición defensiva, un puesto de observación, una vivienda insegura o una ruta de escape.

La guerra crea geografías superpuestas en lugar de una sola geografía. Esa multiplicidad genera un conflicto que no solo gira en torno al control, sino también al significado. ¿A quién pertenece la tierra? No únicamente a quien la controla, sino a quien logra imponer la manera de interpretarla.

Esta guerra nos ha revelado una geografía del Líbano que no conocíamos. Los pueblos se han convertido en posiciones militares; los caminos, en corredores de escape para huir del infierno de la guerra; los ríos, en barreras naturales. Los puentes son destruidos para cortar las comunicaciones, mientras que las alturas se transforman en puestos de observación desde donde se vigila al enemigo. Se libran combates encarnizados por conquistar esas elevaciones para dominar el terreno y mantener la vigilancia.

Los seres humanos han quedado reducidos a cifras: muertos, desaparecidos, desplazados o empujados a mendigar para sobrevivir. Los automóviles se han convertido en viviendas, mientras que las casas han sido reducidas a escombros. Hemos descubierto pueblos, caminos, colinas, valles, barrancos y terrenos escarpados cuya existencia apenas conocíamos, paisajes capaces de frenar un avance o de facilitarlo.

No conocíamos nuestro país bajo este rostro. Ya no somos personas con una historia, recuerdos y una profesión. Nos hemos convertido en blancos para aviones, misiles y drones, en un teatro de guerra donde un enemigo considera natural invadirnos y agredirnos para combatir a los soldados de un Estado ocupante, ya sea directamente por medio de sus propios oficiales o a través de su partido, que se define a sí mismo como un soldado iraní. Irán nos utiliza en su empeño por alcanzar el Mediterráneo, un sueño que persigue desde los tiempos de Ciro y del que, una y otra vez, regresa frustrado.

Todo ello me deja perpleja. Me detengo a contemplar este conocimiento tan amargo como paradójico, este saber sombrío y doloroso que la guerra nos impone.

Las guerras no solo transforman la política. También redibujan la geografía en la mirada de quienes la viven. Los lugares permanecen, pero su significado se invierte. El pueblo que antes era vida y relaciones humanas se convierte en una posición militar; el camino que antes unía a las personas pasa a ser una posible vía de supervivencia; el puente que acortaba las distancias se transforma en un objetivo.

No se trata simplemente de un “nuevo conocimiento”, sino de una deformación de la relación del ser humano con el lugar que habita. En tiempos de paz, la geografía se vive; en tiempos de guerra, se mide: alcance de tiro, campo de visión, línea de abastecimiento o ruta de escape. Incluso el lenguaje cambia: en vez de decir “casa”, decimos “posición”; en vez de “valle”, “corredor”; en vez de “colina”, “puesto”.

Y lo más cruel es que el propio ser humano también queda reducido. No solo a una cifra, sino a una categoría: muerto, desaparecido, desplazado o a la espera de ayuda. Es un proceso brutal de despersonalización, pero forma parte de la lógica de la guerra, que necesita contar, clasificar y simplificar para perpetuarse.

Es precisamente ahí donde comienza el dolor más profundo: cuando la persona siente que ha perdido su individualidad irreductible y que no es más que un “caso” entre muchos.

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