


El papa León XIV eligió al Líbano —bautizado por su predecesor, san Juan Pablo II, como “país-mensaje”— para su primer viaje apostólico fuera de Italia. Bajo el lema “Bienaventurados los que trabajan por la paz”, la visita irrumpe como un rayo de luz en la historia de un país marcado por la guerra.
“Bienaventurados los que trabajan por la paz”: cuatro palabras que fijan el tono. Marcan tanto los acontecimientos que se desarrollan como el rumbo de la historia misma, además de un programa cargado de reuniones oficiales y encuentros ecuménicos que culminarán con la misa solemne frente al litoral de Beirut. Pero cabe preguntarse: ¿necesita realmente el Líbano una comunión de paz?
El Líbano es una sociedad compleja, enriquecida por su diversidad y su composición multiconfesional. Por ello, su contrato social, alineado con el modelo libanés y garante de la unidad nacional, se sostiene en un principio clave: la neutralidad, consagrada en el derecho internacional. Es una condición esencial para evitar las polarizaciones que fragmentan a la sociedad.
Entendida en su sentido positivo, la neutralidad no supone aislarse. Al contrario: exige una participación activa en los asuntos regionales e internacionales, sin caer en alineamientos políticos ni partidismos. Permite, por ejemplo, adoptar políticas económicas independientes y reforzar la diplomacia preventiva, separando a las comunidades religiosas de los ejes de poder regional e internacional.
El caso de Hezbolá contrasta de manera frontal con la estructura y las particularidades del tejido libanés. El grupo ha monopolizado el concepto de “resistencia”, presentándolo como una resistencia islámica ligada a Irán y a la exportación de la revolución de la República Islámica. Ha separado a los chiitas libaneses de sus comunidades y de su país, subordinándolos a la influencia transfronteriza de la Wilayat al-Faqih. Ha arrastrado tanto a chiitas como a otros libaneses a una guerra perpetua, sin objetivos definidos ni horizontes claros. Resistir por resistir. Armarse para defender las armas.
Aunque Israel se retiró del Líbano en 2000, el arsenal de Hezbolá quedó como símbolo de subordinación a la influencia iraní y a su agenda regional. El grupo combatió en Siria y Yemen, y ha amenazado la seguridad árabe en países como Arabia Saudita, Kuwait y Egipto. Sus políticas han dejado al Líbano atrapado en un aislamiento mortal.
Tras la liberación, Hezbolá fue responsable del retorno a la ocupación; y tras la reconstrucción, del retorno a la destrucción, en el sur del Líbano, el valle de la Bekaa y en Beirut y sus suburbios del sur.
No obstante, la operación militar de Hamás, “Diluvio de Al-Aqsa”, contra Israel produjo un giro profundo en el tablero geopolítico regional. La respuesta de Tel Aviv debilitó a los aliados de Irán y, con la caída del régimen de Bashar al-Assad, erosionó la influencia de la Wilayat al-Faqih, que se había extendido hasta la costa siria. Hezbolá sufrió una derrota militar tras abrir el frente sur para apoyar a Hamás, dentro del proyecto iraní de “unidad de frentes”.
Todos estos acontecimientos han colocado al Líbano ante un momento de verdad. Y la verdad es que, para la sociedad libanesa en su conjunto, los reveses de Hezbolá representan una oportunidad para que el Estado recupere lo que había perdido debido a las acciones del grupo.
Sin embargo, restablecer el papel del Estado en defensa, seguridad, economía y desarrollo social depende de las condiciones fijadas por el proyecto de neutralidad del Líbano y de la búsqueda de la paz con todos sus vecinos.
La visita del Papa llega, así, en un momento crucial. Ofrece un gesto de paz asentado en los valores cristianos más nobles y humanistas, en beneficio de cada persona. Llega en el umbral de una nueva etapa, en un contexto regional e internacional favorable al Líbano, este “país-mensaje”.
Conviene subrayar que la paz que se espera no representa una amenaza para la identidad nacional ni para la seguridad del país. Por el contrario: su consolidación contribuye a reducir las violaciones de la ley y de las normas jurídicas.
En un país multiconfesional como el Líbano, la identidad común que sostiene la unidad del pueblo es una identidad compuesta, no basada en una cultura única o dominante, sino en un diálogo intercultural permanente y en el compromiso compartido con la convivencia. Ese compromiso basta para dar vida a dicha identidad. Convivir no significa imponer un modo de vida a otra comunidad ni modelar a las personas según un único patrón.
La paz también impulsa el desarrollo de una diplomacia de seguridad nacional. Permite fortalecer las instituciones legítimas de seguridad: el ejército, las fuerzas de seguridad y la policía. Las milicias y los sistemas paralelos de seguridad ya no pueden coexistir con el Estado ni burlar su monopolio legítimo de las armas.
Sin embargo, una estrategia de seguridad nacional no se reduce al papel ni a la función de las armas. El Líbano no puede protegerse solo con armamento. El Líbano, este “país-mensaje”, no es Esparta, y las comunidades que lo integran, incluida la comunidad chiita, no están formadas únicamente por soldados, combatientes y mártires.
La paz, sustentada en consideraciones de seguridad nacional, exige desarrollar la economía como parte esencial de un sistema de seguridad integral: uno que garantice la estabilidad interna, la paz civil y la unidad nacional a través de un desarrollo equitativo.
El sistema político debe fortalecer el concepto de ciudadanía, no obstaculizarlo ni levantarse contra él bajo el pretexto del predominio sectario.
La diplomacia de seguridad nacional también implica reforzar todas las relaciones internacionales del Líbano, no solo las que mantiene con sus vecinos. Supone restablecer vínculos hoy rotos con su entorno regional y global mediante una política que resguarde los más altos intereses nacionales.
¿Cómo puede la paz reforzar por sí sola los mecanismos del Estado de derecho y la independencia judicial? En un periodo de paz largamente esperado, ya no se justifican el traslado ni el acopio de armas, ni los pretextos que sostienen la movilización ideológica y la economía paralela que conduce a sanciones.
La supervivencia del Líbano, este “país-mensaje”, depende del proyecto de neutralidad nacional y de la adopción de la paz. Por ello, el Papa es recibido con cálida bienvenida, junto con su mensaje: “Bienaventurados los que trabajan por la paz”.
Que el Parlamento libanés adopte la neutralidad del país y la inscriba en el preámbulo de la Constitución, mientras trabaja para que este principio sea reconocido internacionalmente. Que el Líbano emprenda negociaciones de paz con Israel en función del interés nacional, de la seguridad del país y… de su vocación, que da sentido a su existencia misma.