

A los antropólogos no les resultó nada grato ver su disciplina presentada como un foco de “pensamiento político gregario”, ni leer que la “neutralidad científica” es, en el mejor de los casos, una ilusión y, en el peor, un dictado político. Reaccionaron con indignación al Report on the State of Scholarship in the Humanities and the Humanistic Social Sciences, encargado por la Universidad Vanderbilt y la Universidad Washington en San Luis y elaborado por un grupo de diez académicos. Publicado recientemente, el informe presenta a la antropología como ejemplo de una disciplina que atraviesa un deterioro generalizado de los estándares científicos, acompañado de un clima intelectual nocivo en el que se reprimen y sancionan las discrepancias razonables sobre temas políticamente controvertidos.
¿Qué queda, entonces, de la ciencia cuando el desacuerdo sobre el propio método queda sometido a presiones políticas, morales e identitarias?
La antropología es una disciplina relativamente reciente, pero se encuentra entre los campos que han adquirido una presencia cada vez mayor en la investigación contemporánea, en particular en la confluencia de la historia, la política, la sociedad y la cultura. La antropología política, específicamente, ha ampliado su campo de estudio, pasando del poder y las instituciones al Estado, el nacionalismo, la identidad, la ciudadanía, la violencia, la memoria colectiva, la religión y las prácticas cotidianas del poder. Asimismo, ha establecido un diálogo cada vez mayor con la historia, las ciencias políticas y la filosofía política. Instituciones y programas académicos contemporáneos presentan así la antropología y la política como un campo interdisciplinario que permite comprender las culturas, las políticas y los asuntos internacionales en sus dimensiones históricas, sociales y culturales, mediante la recopilación e interpretación de hechos procedentes de distintas regiones del mundo.
En 2023, la American Anthropological Association y la Canadian Anthropology Society cancelaron una mesa titulada Let’s Talk About Sex, Baby: Why Biological Sex Remains a Necessary Analytic Category in Anthropology. Ambas asociaciones justificaron su decisión en nombre de la seguridad y la dignidad de sus miembros, así como de la “integridad científica” del programa. Argumentaron que la mesa partía de supuestos que presentaban el sexo y el género de manera simplista como categorías binarias.
Sin embargo, la decisión suscitó objeciones de organizaciones dedicadas a la defensa de la libertad académica, entre ellas PEN America y FIRE, que consideraron que cancelar una mesa debido al posible “daño” que pudiera causar planteaba serios problemas para la libertad de debate.
¿Puede una institución científica negarse a permitir que se formule una pregunta científica porque considera que algunas de las posibles respuestas podrían resultar perjudiciales? ¿Y puede hacerlo sobre la base de juicios que quizá no tomen en cuenta toda la complejidad física, biológica y antropológica del problema? Esta preocupación por un conocimiento que sigue siendo en gran medida conjetural reavivó en 2026 intensos debates, en el marco de una crisis más amplia relacionada con la politización, los estándares científicos y su reconfiguración, en un contexto marcado por importantes rupturas teóricas respecto de la filosofía del siglo anterior.
Estos ataques provienen, en particular, de fuerzas políticas que promueven una lectura biológica del mundo. Otros discursos políticos recurren igualmente a argumentos biológicos y sociales para presentar las diferencias humanas como hechos naturales e inmutables: los multimillonarios serían genios que merecen su fortuna, mientras que los pobres serían personas débiles, nacidas para seguir siendo pobres. Estos discursos cuestionan muchos de los aportes de las ciencias sociales en torno a la raza, el género, la clase y el poder.
El problema no es determinar si las ciencias sociales son “de izquierda” o “de derecha”, sino constatar que los límites de aquello que puede ser legítimamente sometido a investigación científica se establecen a veces antes incluso de que comience la investigación. Sin embargo, la antropología surgió precisamente para deconstruir aquello que parece natural y evidente. Hoy corre el riesgo de convertir algunas de sus conclusiones teóricas en postulados que ya no estaría permitido cuestionar. En otras palabras, podría pasar de la crítica de las evidencias establecidas a la producción de nuevas evidencias.
Las ciencias sociales perturban el orden establecido de las relaciones y las distinciones sociales, y cuestionan los discursos del poder. ¿Deberían, por ello, ser silenciadas? También pueden contribuir a la justicia social. Pero ¿qué ocurre cuando la propia justicia social se convierte en un criterio para determinar qué conocimiento es aceptable?
Un informe declara una crisis en las humanidades y las ciencias sociales, y la antropología se convierte en un caso emblemático del conflicto. La cancelación de la mesa sobre el sexo biológico constituye un ejemplo. La pregunta, entonces, es la siguiente: ¿estamos ante una politización de la ciencia o ante una rectificación científicamente legítima?
La tarea parece difícil. Para un investigador, reivindicar una neutralidad científica puede equivaler a negar su propia relación con el mundo e incluso llegar a constituir una forma de mala fe. Por otro lado, la objetividad sigue siendo un principio fundamental de la ciencia, que debe reforzarse constantemente mediante procedimientos y principios que hagan posible la búsqueda de la verdad.
En Estados Unidos, los ataques se dirigieron inicialmente contra las ciencias sociales antes de extenderse a las ciencias del clima, la microbiología e incluso las vacunas. En Europa, los estudios de género llevan mucho tiempo siendo objeto de ataques en países como Hungría. En Francia, una intervención de la ministra de Educación Superior, Frédérique Vidal, en 2021 llevó a solicitar una investigación sobre determinadas corrientes de los estudios críticos.
Por ello, resulta esencial poner de relieve los protocolos y principios que rigen el trabajo científico, que no descansa en la neutralidad del investigador, sino en la objetividad de su método, así como las condiciones bajo las cuales la ciencia puede cuestionar aquello que parece evidente y ser, de este modo, verdaderamente crítica. La política no debería determinar qué es científicamente verdadero, del mismo modo que la ciencia tampoco debería pretender existir al margen de la política y de la sociedad.
Carolyn Rouse, profesora de antropología en Princeton y presidenta de la American Anthropological Association, criticó en particular a los autores del informe por haber utilizado inteligencia artificial para analizar grandes corpus de textos, pese a que este método es cada vez más común en numerosas ciencias sociales. Asimismo, sostuvo que obligar a los antropólogos biológicos a enseñar que solo existen dos sexos equivaldría “a convertir un departamento de astronomía en uno de astrología”.
Esta divergencia de perspectivas se produce en un momento en que el mundo académico enfrenta una ofensiva sin precedentes. Necesita expertos en comunicación capaces de explicar al público el valor de la educación superior. Sin embargo, muchos académicos siguen haciendo y diciendo cosas que resultan en gran medida incomprensibles fuera de sus propios círculos. Lo mismo ocurre con los presidentes de universidades que tropiezan durante sus comparecencias ante el Congreso, con los expertos en salud pública cuyas declaraciones se contradicen entre sí y con los centros de pensamiento que intentan reconstruir la confianza y ordenar las objeciones planteadas contra los fundamentos teóricos de una antropología que se concibe a sí misma en constante evolución.
La noción de “neutralidad” en la investigación suele asociarse con Max Weber. Sin embargo, el célebre concepto de “neutralidad axiológica” remite a una cuestión más compleja: la distinción entre la referencia a valores, inevitable en la elección y construcción de un objeto de investigación, y los juicios de valor formulados por el investigador. La traducción francesa de dos conferencias de Weber, reunidas bajo el título Le Savant et le Politique, fue publicada por Plon en 1959, en traducción de Julien Freund y precedida de una introducción de Raymond Aron. La propia traducción de Wertfreiheit como neutralité axiologique, o “neutralidad axiológica”, ha sido objeto de debate desde entonces, y algunos prefieren hablar de “no imposición de valores”.
Otra contribución importante a la construcción de la objetividad científica es la teoría de la reflexividad de Pierre Bourdieu (1930-2002), que subraya que el investigador en ciencias sociales también está expuesto a sesgos. La antropología nunca ha sido una ciencia “neutral” en el sentido en que podrían serlo la física o las matemáticas. Los investigadores llegan al trabajo de campo con su propia cultura, su lengua, su posición social y sus interrogantes previos.
Una de las razones citadas con mayor frecuencia para explicar la creciente desconfianza hacia el mundo académico es la percepción de que tiene una “agenda política”, seguida de cerca por el costo de la educación superior y la idea de que los títulos universitarios ya no preparan adecuadamente a los egresados para el mercado laboral. Durante años, los académicos han prestado la credibilidad de sus instituciones a diversos proyectos políticos. Ahora se encuentran en bancarrota en términos de reputación. Si no reparan el daño, muchas de sus instituciones podrían terminar también en bancarrota financiera.
Después de todo, la ciencia objetiva no puede separarse de una sociedad democrática sometida a las mismas exigencias críticas de objetividad y contextualización. La ciencia es una empresa colectiva y, para definir qué puede considerarse conocimiento, requiere cierta forma de democracia.
Una de las críticas que actualmente se dirigen contra las universidades sostiene que la libertad de expresión está siendo atacada. Sin embargo, estas acusaciones buscan a veces cuestionar un liberalismo intelectual que no ha conducido a la censura, sino al establecimiento de límites definidos por la ley, particularmente frente a discursos antidemocráticos, racistas o misóginos que algunos de estos críticos pretenden volver a legitimar.
Y, sin embargo, a veces son las mismas personas quienes, sin temor a la contradicción, atacan la libertad académica mediante políticas destinadas a controlar o silenciar a los investigadores, así como a todos aquellos que trabajan en defensa de las libertades y los derechos en los ámbitos de la justicia, el periodismo o una cultura emancipadora, al servicio del interés público y del bien común, con el propósito de hacer posible un mundo habitable para el mayor número de personas.
La ciencia no muere cuando se politiza. Muere cuando ya no puede ser corregida.