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Opinión

La alternativa chiita: ¿y si nuestro punto de partida no fuera el correcto?

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Por Houssam El-Eid
Publicado ago 13, 2026 - 14:13

Hay una idea que hoy está a punto de convertirse en una verdad incuestionable en la vida política libanesa. Cada vez que se habla de restablecer el Estado, del futuro de Hezbolá o de reconstruir el equilibrio nacional, el debate inevitablemente vuelve a la misma pregunta: ¿cómo construir un movimiento chií independiente?

Es difícil refutar esta pregunta. Parece lógica, incluso evidente. Es natural que cualquier proyecto nacional necesite una presencia chiita independiente y que pueda poner fin al monopolio de una sola fuerza de la representación de toda una comunidad. Pero las ideas más peligrosas no son las que parecen falsas, sino las que resultan tan obvias que dejamos de cuestionarlas.

¿Y si el problema fuera la pregunta misma?

¿Y si el camino hacia el Estado no pasara por la construcción de una dinámica chiita independiente, sino precisamente por el camino contrario? ¿Y si esa dinámica, con toda la diversidad y la autonomía que representa, no fuera el punto de partida, sino uno de los resultados naturales del éxito de un verdadero proyecto nacional?

Cuando la prioridad pasa a ser impulsar figuras chiitas, reunirlas, invertir en ellas o convertirlas en el emblema de esta nueva etapa, el centro de gravedad se desplaza, casi sin que nos demos cuenta, del Estado hacia la comunidad. La política vuelve entonces a convertirse en un intento por reordenar los equilibrios dentro de una sola comunidad, en lugar de redefinir la relación entre todos los libaneses y su Estado.

Aquí radica una paradoja que merece ser examinada.

Decimos querer trascender el sistema sectario, pero basamos nuestro proyecto político en la dinámica interna de una comunidad. Decimos querer construir un Estado de ciudadanos, pero comenzamos buscando representantes de las comunidades. Decimos querer que los libaneses superen el sectarismo, pero pedimos a cada comunidad que designe a su nuevo representante incluso antes de que comience el proyecto nacional.

Esta paradoja puede no ser intencional, pero merece ser reexaminada.

Hezbolá no llegó a ser lo que es únicamente porque monopolizó la representación política de la comunidad chiita. A lo largo de décadas, construyó un sistema integrado basado en el poder militar, los servicios sociales, las instituciones, una narrativa religiosa y las relaciones regionales. Un sistema semejante no se enfrenta creando otro sistema confesional más moderado, sino construyendo un Estado que se convierta en la referencia natural en materia de seguridad, servicios, economía, justicia y pertenencia.

Por ello, la pregunta no es si necesitamos figuras chiitas independientes. Sin duda, las necesitamos. La pregunta es: ¿dónde las situamos?

¿En el corazón de un nuevo proyecto chiita? ¿O en el corazón de un nuevo proyecto libanés?

La diferencia entre ambas opciones no es meramente formal. En la primera, estas figuras quedan investidas de la responsabilidad de transformar a toda una comunidad, una carga que nadie puede soportar. En la segunda, se convierten en partícipes de la construcción de un espacio nacional capaz de atraer a todos los libaneses, incluidos los chiitas.

Quizá aquí radique el error más común al abordar esta nueva etapa. En lugar de invertir en el entorno que produce a los dirigentes, invertimos en los propios dirigentes. En lugar de construir instituciones, organizaciones, redes locales, universidades, sindicatos y municipios, buscamos rostros capaces de condensar todo ese largo trabajo.

Pero la política no funciona así.

Los dirigentes no son el punto de partida de los proyectos, sino uno de sus resultados. Mientras no exista un entorno que les otorgue legitimidad y capacidad para perdurar, estas figuras seguirán siendo mayores que la base que las sustenta, que los instrumentos de los que disponen y que los resultados que pueden alcanzar.

Por ello, la pregunta más urgente ya no es: ¿cómo construir una dinámica chiita independiente?

La pregunta más importante es: ¿cómo construir un proyecto nacional que el ciudadano chiita, al igual que el ciudadano sunita, cristiano o druso, pueda reconocer como su espacio político natural?

Cuando lo logremos, ya no necesitaremos fabricar figuras chiitas. Surgirán por sí solas.

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