


Durante las últimas tres semanas, la posición negociadora del Líbano ha evolucionado discretamente, pero de forma significativa. Conversaciones directas entre el Líbano e Israel se desarrollan actualmente en Washington, en el marco de un alto el fuego de diez días que comenzó el 16 de abril y fue prorrogado por tres semanas el 23 de abril a petición expresa de Beirut.
El contexto regional e interno ha cambiado, pero el gobierno libanés todavía no parece haberse adaptado. Fuera del Líbano, y especialmente dentro del CCG, se impone cada vez más una conclusión: intentar desarmar a Hezbolá y firmar un tratado de paz completo con Israel ya no responde al realismo político.
Los actores regionales con mayor peso consideran que insistir en esos objetivos probablemente provocaría una fractura interna en el Líbano, reavivando enfrentamientos sectarios que todos buscan evitar.
Los persistentes consejos de Egipto y Arabia Saudita al Líbano para adoptar una postura mucho más prudente se explican por el resultado del alto el fuego del 8 de abril entre Estados Unidos e Irán, alcanzado sin que Teherán aceptara concesiones sustanciales sobre su programa nuclear, su arsenal de misiles balísticos o su apoyo a fuerzas aliadas.
Aunque Irán sufrió daños importantes en su infraestructura militar convencional tras las operaciones conjuntas entre Estados Unidos e Israel, conserva una reserva significativa de uranio enriquecido que, sin constituir un arma, está lo bastante cerca de ello como para seguir siendo una herramienta de presión duradera. También mantiene un arsenal balístico residual, reducido, pero no eliminado.
Más importante aún, su red regional de aliados armados, de la cual Hezbolá es el componente más visible, está debilitada, pero sigue operativa. Además, Irán demostró durante la crisis que posee una carta que no había jugado a esa escala anteriormente: su capacidad de amenazar o entorpecer parcialmente el tránsito por el Estrecho de Ormuz.
Lo que decidió no utilizar es igualmente revelador. Los hutíes en Yemen conservan capacidad autónoma de ataque. La posibilidad iraní de ejecutar operaciones de zona gris mediante redes de desestabilización dentro de los países del Golfo, e incluso en países occidentales, sigue siendo una carta reservada.
En conjunto, esas capacidades asimétricas remanentes significan que Irán entró en el periodo posterior al alto el fuego no como una potencia derrotada dispuesta a capitular, sino como un actor herido, pero aún con cartas reales por jugar.
Para los Estados miembros del CCG, esta realidad condiciona cada cálculo estratégico futuro. Una victoria total sobre Irán ya no está sobre la mesa. Comprometerse con Teherán, aceptar algunas de sus líneas rojas, ofrecerle normalización económica y atenuar, en vez de desmontar, su influencia aparece como la alternativa racional, y quizás la única viable fuera de una confrontación abierta en la que el CCG tendría mucho más que perder que un Irán golpeado.
En ese contexto, las presiones regionales sobre Beirut para acomodar, más que confrontar, los intereses iraníes, incluida la supervivencia de Hezbolá como fuerza política y militar, solo pueden intensificarse. Cada concesión que el CCG otorgue a Irán a cambio de estabilidad regional es una concesión que reduce el margen de maniobra libanés.
La hipótesis de que Irán había quedado suficientemente debilitado como para permitir una ofensiva decisiva a favor del desarme de Hezbolá fue desmentida por los acontecimientos.
En ese escenario, Riad podría intentar proponer un “paquete libanés” dentro de su acercamiento diplomático más amplio con Teherán. Un Líbano consumido por una guerra civil haría imposible entregar ese paquete y pondría directamente en riesgo los esfuerzos sauditas de desescalada.
La dimensión siria añade urgencia. Tras haber invertido considerablemente en la transición posterior a Bashar al-Assad, Arabia Saudita no puede permitirse que la inestabilidad se propague desde el Líbano hacia el este, algo muy probable en caso de violencia sectaria detonada por un intento de normalización con Israel.
Israel ha expresado su posición sin ambigüedades. No se retirará ni renunciará a su capacidad de atacar dentro del Líbano mientras Hezbolá no sea desarmado.
Ante esas exigencias rígidas, Hezbolá calificó las conversaciones como una humillación y declaró que no respetará ningún acuerdo alcanzado sin una retirada total de las fuerzas israelíes y sin un retorno organizado y generosamente financiado de las familias desplazadas a todas las localidades del sur del Líbano afectadas por las operaciones israelíes en curso.
El bloqueo estructural que esto genera no es del todo nuevo. Antes del 7 de octubre de 2023, la política libanesa descansaba sobre un equilibrio regional definido por la reticencia del CCG a cualquier confrontación directa, lo que permitía a Irán mantener su influencia y no dejaba al Líbano otra opción que acomodar la existencia de un Hezbolá armado como rasgo permanente de su paisaje político.
La cuestión ahora es si puede construirse un acuerdo sustancial que reconozca honestamente esa realidad.
La franja de seguridad israelí dentro de territorio libanés a lo largo de la frontera, el papel del ejército libanés al sur del río Litani y las reglas de enfrentamiento de la FINUL son factores reales y aún no resueltos antes de cualquier acuerdo.
El consejo egipcio-saudita al presidente Joseph Aoun es obtener el nivel mínimo de adhesión interna necesario para evitar una ruptura, reduciendo las expectativas de un tratado de paz a un acuerdo limitado en alcance, que Hezbolá y sus bases electorales no perciban como una amenaza existencial.
Sin ese consenso, cualquier acuerdo corre el riesgo de ser inaplicable o de convertirse en catalizador de un conflicto civil.
Los acuerdos que satisfagan la exigencia de consenso nacional se parecerían más a versiones mejoradas de arreglos anteriores, como la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU o el Armisticio entre Líbano e Israel de 1949. Podrían incluir un mandato más claro y vinculante para la FINUL, un redespliegue progresivo del ejército libanés al sur del Litani ligado a metas medibles, y un mecanismo gradual de retirada israelí sujeto a esas mismas metas.
Sin embargo, la cuestión central sigue siendo si Israel está dispuesto, después de todo lo ocurrido desde octubre de 2023, a volver al statu quo anterior.
Un tratado de paz completo con Israel y el desarme de Hezbolá son inalcanzables en las circunstancias actuales. Lo que todavía parece posible es un arreglo de seguridad que reduzca el riesgo de una nueva guerra, otorgue al ejército libanés un papel real en el sur y cree condiciones para que el Estado libanés reafirme progresivamente su autoridad institucional en zonas donde durante mucho tiempo ha estado ausente.
La soberanía plena no es un destino al que pueda llegar un acuerdo firmado hoy, pero sí un destino que un arreglo bien construido puede mantener dentro del campo de lo posible.