


Pisé la plaza de la Estrella como una hija que regresa a reconocer los rasgos de un rostro largamente oculto tras candados oxidados, alambres de espino y decisiones que pesaban sobre el corazón de la gente. La visito por segunda vez, desde que me fue cerrada en la cara —desde que nos fue cerrada, durante años, a quienes una vez creímos que las plazas habían sido creadas para pertenecernos, y que las ciudades sólo se cierran en los libros antiguos cuando los historiadores escriben sobre sitios o guerras. Durante largos años, la plaza de la Estrella fue un nombre que pronunciábamos con cautela, que señalábamos como quien señala una herida que no ha cicatrizado. Fue cerrada por quienes creyeron poseer sus llaves y las llaves de quienes la habitaban; nuestros pasos fueron confiscados, y se aplazó indefinidamente nuestro reencuentro con sus rincones, que conocen el eco de nuestras pisadas mejor que los «guardianes».
La visito como turista —yo, hija de esta tierra que eligió quedarse cuando marcharse era más fácil que explicar por qué uno se queda. Elegí permanecer, no por heroísmo ni por desafío, sino porque mis raíces eran demasiado profundas para ser arrancadas por una noticia de última hora o por un largo apagón. Camino hoy entre sus edificios elegantes junto a parientes a cuyo padre el exilio llevó a los brazos de «la madre bondadosa», donde ellos nacieron. La letra ghain domina su acento. Nunca pronunciaron la lengua del dâd como nosotros la pronunciamos, y su memoria no se formó al ritmo de los generadores ni de los pregones de los vendedores ambulantes. Miraban a su alrededor con el asombro del turista, mientras yo miraba con el asombro de quien ve su propia ciudad desde fuera.
Vagamos juntos, paso a paso, y un monumento, algunas piedras que permanecen testigos de edades y civilizaciones que pasaron por esta tierra, nos detienen a veces. Les explico cómo los nombres se sucedieron sobre la ciudad como se suceden las estaciones, cómo Beirut fue una vez un puerto de libros, otra una arena de cañones, y otra aún un escenario para sueños más grandes que su pequeña extensión. En mi francés salpicado de algunas palabras de inglés, intento encontrar las palabras que resumirían una historia que no se resume. Busco en mi memoria frases neutras, un relato que no hiera a nadie y no traicione a nadie, y me encuentro tropezando entre la nostalgia y la rabia.
Beirut estaba vacía de un modo que inquieta el corazón. No vacía de gente, sino vacía del ruido que antes la colmaba de sentido. Sus callejuelas, que antes bullían de voces, parecían contener el aliento, y las fachadas relucientes reflejaban un cielo gris sin fondo. Está vacía, salvo de lo que permanece en mi memoria: de nuestras reiteradas revueltas con las que llenábamos las calles de clamor y esperanza, hasta la explosión del 4 de agosto cuyo estruendo sigue presente en los edificios, en las vidrieras de las iglesias y en los comercios ceñidos por puertas de hierro a medio cerrar. Cada rincón lleva aquí una huella invisible: una pequeña grieta en una pared, o la sombra de una ventana cuyo cristal ya no es lo que era.
Caminaba y veía al mismo tiempo dos imágenes superpuestas: la imagen de la ciudad tal como está ante mí, y su imagen tal como vivía dentro de mí. En mi memoria, estaba coronada de risas que desafiaban el cansancio de los días. La voz de la música se colaba por balcones estrechos, mezclándose a veces con el sonido de disparos reales, y no sabíamos si era celebración o advertencia. El gas lacrimógeno era parte de nuestro vocabulario, así como el amor era parte de nuestra pequeña valentía. Fui testigo en sus escalinatas de encuentros fugaces, de confesiones susurradas y de despedidas hechas a toda prisa por miedo a una noticia de última hora.
¿Cómo describirles lo que Beirut significa para sus hijos? ¿Cómo explicar una dualidad evidente: un exilio pesado y una nostalgia que no se apacigua? Nosotros, que vivimos en ella y nos sentimos a veces extranjeros en ella, como si fuera una ciudad gobernada desde detrás de un cristal grueso que no alcanzamos. Y al mismo tiempo, no soportamos la idea de alejarnos de ella, porque nos habita como la sal del mar. Les digo que Beirut no son sólo edificios elegantes y una plaza empedrada, sino una memoria viva y una herida abierta.
En aquellos momentos, sentí que era yo la verdadera turista. Descubría mi ciudad como si la conociera de nuevo. Cada rincón me empujaba a la pregunta: ¿es ésta la ciudad que conocí, o es una versión más silenciosa, menos bulliciosa, más cansada? Buscaba en los rostros una huella de lo que fue, un brillo semejante al brillo que había conocido cuando creíamos que el mañana era posible.
Recordé un día lejano en que había creído que estábamos tan cerca como jamás lo estaríamos de poseer este lugar. Luego llegaron los años en que las puertas se cerraron y la plaza se convirtió en una imagen distante. Hoy, al atravesarla sin obstáculos, comprendí que el lugar no se posee, sino que se vive. Y que las ciudades no regresan tal como eran. Sentí que esta ciudad, a pesar de todo lo que había atravesado, no había perdido su capacidad de espera.
No les expliqué todo esto. Me contenté con caminar con ellos como turista que ve una ciudad que no carece de belleza y que aguarda para revivir. Sonreía cuando tomaban fotografías, y señalaba los pequeños detalles que el transeúnte distraído no advierte. Y en mi interior, esperaba volver una tercera vez, no como turista, sino como una mujer reconciliada con su ciudad, por larga que sea la espera.
Dejamos la plaza. Me volví hacia ella como quien se vuelve hacia una vieja casa en la que ha vivido mucho tiempo. No me despedí de ella, porque la despedida evoca el final —y comprendí que Beirut es un comienzo que se repite, que domina el arte de caer y de levantarse, y que deja a sus hijos la tarea de amarla o de abandonarla.