


¿Al séptimo día descansamos?
No.
Esperamos.
Seguimos viviendo en el umbral de la espera.
Revisamos, a cada instante de estas veinticuatro horas, un artículo por aquí, una declaración o un tuit por allá, para trazar los contornos de nuestro día.
Aquí no hay hoja de ruta, salvo la que dibujan para nosotros quienes no hablan nuestra lengua.
Y nosotros, soportamos.
Soportamos... y deconstruimos.
Leemos entre líneas mucho más que las líneas mismas.
Analizamos el silencio y dudamos de todo lo que parece natural.
Porque lo natural ya no es natural.
Y la calma, en nuestro país, no es descanso... sino una tregua para quien no eligió combatir.
Al séptimo día,
algunos comercios entreabren sus puertas tímidamente.
Media puerta levantada, media decisión.
Las sillas vuelven a las aceras,
el café se enciende otra vez,
y las conversaciones giran en torno a cosas pequeñas:
los precios, la electricidad, el agua y los proyectos postergados.
Todo el mundo observa, vigilan.
Los rostros son los mismos... pero los rasgos están tensos y aún no terminan de temblar.
Y, en el giro de cada frase,
aparece la sombra de otra:
"¿Y si vuelve a empezar...?"
¿Si vuelve a empezar?
Pero no ha terminado como para volver a empezar.
A apenas unos kilómetros,
la tierra ha sido arrasada,
y la sangre corre sobre ella y debajo de ella.
La calma aquí no es una ausencia... sino una distancia.
Y en esta calma inquieta,
se eleva otro rumor.
Un estruendo que no se escucha... pero se piensa.
Lo analizamos todo:
los rostros de los políticos,
sus dedos levantados,
el tono de voz,
la hora del comunicado.
Escudriñamos el cielo
no por su claridad,
sino para medir su silencio.
Un avión lejano,
una moto que pasa,
una puerta que se azota,
tantas posibilidades.
Contamos los días.
El séptimo día.
La calma aquí no es la paz.
No es más que un intersticio entre dos bombardeos.
Y en ese intersticio,
intentamos vivir.
Un poco.
Reímos... sin convicción.
Planeamos... sin certeza.
Dormimos... medio conscientes.
Una parte de nosotros permanece despierta,
como un vigilante invisible.
Despertamos con el sonido de la alarma, no de los bombardeos, y eso nos sorprendió.
Preparamos el café lentamente, como si estuviéramos aprendiendo de nuevo a hacerlo.
Abrimos los canales de información antes que las ventanas.
Escribimos: "¿Cómo estás?"
Y la respuesta llega:
"Bien... por ahora".
Salimos a la calle.
Nos miramos unos a otros,
como si buscáramos una serenidad perdida.
Hasta el saludo se volvió rápido,
breve,
sin espacio para prolongarse.
No solo tememos a la guerra,
también tememos acostumbrarnos a ella.
Que se vuelva parte de nuestra vida cotidiana,
de nuestras conversaciones,
de nuestras bromas.
A veces reímos...
y luego callamos de golpe.
Como si la risa misma se hubiera arrepentido.
Al séptimo día,
una pregunta se desliza en silencio:
¿qué hacer con todo este cansancio?
Quizá los proyectiles se detienen,
pero sus huellas, no.
Un cansancio en el cuerpo,
en los ojos,
en el corazón que aprendió a sobresaltarse ante el menor ruido.
No confiamos lo suficiente en la calma como para entregarnos a ella.
Vivimos en alerta de descanso.
Un descanso postergado,
condicional,
revocable.
Ordenamos nuestras cosas de otra manera.
Cargamos más los teléfonos de lo que los usamos.
Calculamos el tiempo... para cualquier eventualidad.
Y dentro de nosotros,
un deseo muy simple:
la calma... solamente.
Una calma que no haya que interpretar,
ni vigilar,
ni temer.
Pero no sabemos cómo creer en ella.
Entonces volvemos a la espera.
Observamos,
analizamos,
leemos,
y luego releemos.
Organizamos nuestro día sobre probabilidades,
no sobre certezas.
Decimos:
"Ya veremos".
Como si toda nuestra vida
fuera una frase suspendida.
Y al séptimo día,
no proclamamos la victoria,
no lloramos la derrota.
Nos mantenemos en medio.
Entre guerra y paz,
entre miedo y serenidad,
entre ruido y silencio.
Ese medio...
se ha convertido en nuestro lugar.
Nuestro temor a esta calma
no es una debilidad,
sino una memoria.
Una memoria que aprendió
que la calma
puede ser una advertencia.
Y, sin embargo...
seguimos.
Hacemos nuestro café,
abrimos nuestras ventanas,
escudriñamos el cielo,
respondemos mensajes,
reímos cuando podemos,
y callamos cuando no podemos.
Compramos el pan,
pasamos por la gasolinera,
postergamos proyectos,
y disimulamos una angustia.
Y tratamos, pese a todo,
de vivir un día ordinario...
Aunque ese "ordinario"
descanse
sobre el umbral de la espera.