


“¿Por qué dejaste de escribir?”
Esa es una pregunta que varias personas me han hecho recientemente.
Tomé mi teléfono y le pregunté a Michel:
“¿Cómo se escribe cuando el alma está sumida en el letargo?”
“Una letra después de otra”, me respondió.
Entonces las letras comenzaron a dispersarse en mi imaginación.
Las veía nacer y luego negarse a convertirse en palabras. Se acumulaban, sin encontrar nunca su lugar.
¿Saben cuántas palabras nacen de una letra tras otra?
Pues aquí están, escribiéndose y leyéndose en este preciso instante.
Usted y yo damos vida a las mismas palabras. Solo el tiempo nos separa. Nacen y mueren en un mismo aliento. Entre quien escribe y quien lee, quizá solo exista ese instante en el que ambos se encuentran en una misma palabra.
Pero ¿cómo escribir aquello que no muere? Aquello que permanece grabado en la memoria, en una época en la que las palabras se precipitan unas sobre otras hasta quedarse sin aire.
Cada día vemos pasar cientos de ellas. Desfilan ante nuestros ojos como desfilan los rostros sonrientes en nuestras pantallas, y luego se desvanecen. Muy pocas permanecen: aquellas que nos han conmovido con sinceridad, que han despertado nuestros sentidos, sacudido nuestra conciencia o nos han hecho detenernos, aunque solo sea por un instante.
Después llega la sequía. Esa que nadie ve. A veces se cree que el escritor deja de escribir porque ya no tiene ganas de hacerlo. En realidad, lo que ocurre es que deja de encontrar el camino hacia su imaginación. Se sienta frente a la página como quien se sienta ante una puerta cuya llave ha perdido.
La escritura es un don. El trabajo la perfecciona.
Y ese trabajo exige una disciplina cotidiana: volver a la página, incluso en los días en que ninguna idea viene a visitarnos, incluso cuando dudamos de cada frase que escribimos. Porque la inspiración, pese a toda la devoción que se le profesa, no basta por sí sola. Solo la disciplina devuelve, día tras día, al escritor a su escritorio.
Pero ¿cómo mantenerse fiel a esa disciplina en un país donde ningún día se parece al anterior? En un país que despierta cada mañana con una nueva crisis, una nueva preocupación o un nuevo miedo; donde la atención se ha convertido en un bien escaso; donde lograr recomponerse a uno mismo ya es una victoria, incluso antes de reunir las propias ideas.
Nos dejamos absorber, o quizá somos absorbidos a pesar de nosotros mismos, por todo aquello que nos agota. Los días nos engullen. Corremos detrás de los detalles, las obligaciones, las urgencias. Simplemente tratamos de atravesar la jornada con la menor cantidad de heridas posible. Entonces, reencontrarse con la propia imaginación se convierte en un viaje más largo que la escritura misma. No porque la imaginación nos haya abandonado, sino porque el camino que conduce hasta ella se ha llenado de todo aquello que nos aleja de nosotros mismos.
Quizá no temamos tanto al silencio como a terminar acostumbrándonos a él. A que la agitación se convierta en nuestro estado natural y la escritura no sea más que una promesa postergada una y otra vez, suspendida a la espera de una calma que nunca llegará.
Ojalá las palabras supieran encontrar el camino de regreso hacia nosotros cada vez que somos nosotros quienes perdemos el que conduce hasta ellas.
Y, sin embargo, cada vez que creo que me han abandonado, descubro que nunca estuvieron demasiado lejos. Solo esperaban a que el estruendo se apagara. A que yo también recuperara el silencio necesario para escuchar la voz de la primera letra.
Tal vez nunca dejé de escribir.
Tal vez simplemente estaba buscando esa primera letra que merecía que otra viniera a unirse a ella.