

Quienes han estudiado la guerra, como Gaston Bouthoul o Marvin Harris, nunca limitaron su análisis a la dimensión geopolítica inmediata. No se conformaban con preguntar “¿por qué estalló?”, sino que también planteaban “¿qué produce?” y “¿a quién beneficia?”. Cuando las sociedades se muestran incapaces de resolver sus contradicciones internas, tienden a proyectarlas hacia el exterior, y la guerra se convierte entonces en un medio para reorganizar el espacio interno mediante una violencia dirigida hacia afuera.
Este enfoque permite una lectura de las guerras contemporáneas que trasciende su reducción al ámbito militar o geopolítico. El conflicto que hoy involucra al triángulo Irán–Estados Unidos–Israel no puede entenderse simplemente como una disputa de influencia o un juego de disuasión mutua. Más bien, debe analizarse como un proceso complejo, con múltiples funciones: consolidar legitimidades internas en crisis, redibujar equilibrios regionales y producir relatos de movilización que redefinen al enemigo y a la propia identidad.
Para Bouthoul, la guerra ha dado origen a la historia, que comienza con el registro de las batallas armadas. Representa una frontera que marca grandes transformaciones y encarna una transición acelerada.
En Vacas, cerdos, guerras y brujas, Marvin Harris intenta explicar fenómenos culturales, religiosos y bélicos desde una perspectiva material, económica y ecológica. Su enfoque ayuda a dimensionar el papel de los recursos como factor de conflicto y a mostrar que la economía y la geoestrategia constituyen el trasfondo de los enfrentamientos aparentes. También permite entender por qué ciertas comunidades permanecen en estados de guerra prolongados pese a las pérdidas: la guerra cumple funciones sociales inscritas en la estructura material. Además, Harris vincula la infraestructura, entendida como economía, entorno y tecnología, con la superestructura formada por religión, símbolos y creencias.
Sin embargo, este marco resulta insuficiente para explicar el peso de las ideologías religiosas y políticas, ya sean chiitas, sunitas, sionistas o nacionalistas, así como el rol de las emociones, el odio y la memoria histórica. La agresión iraní contra los Estados del Golfo ha demostrado la fuerza de estos factores. Tampoco aborda plenamente las interacciones en tiempo real entre líderes estatales que marcan la agenda internacional.
Entonces, conviene entender la guerra actual como un conflicto de múltiples objetivos. Los recursos estratégicos son clave para la participación estadounidense: consolidación de su influencia en el Golfo, control de corredores energéticos y rutas marítimas, y afirmación de su superioridad tecnológica. A esto se suman las dinámicas internas de poder: élites políticas e industriales que capitalizan la inestabilidad, y aparatos militares y económicos que se benefician de la prolongación de las tensiones. El conflicto también sirve para mantener la cohesión interna de ciertos regímenes, en particular el de Benjamin Netanyahu, mientras que la “amenaza externa” opera como mecanismo de control social, como ocurre en Irán.
Aquí entra en juego el factor simbólico, psicológico y político. En Medio Oriente, los símbolos, la memoria y las identidades tienen un papel central. También la guerra responde a dinámicas ideológicas, religiosas y nacionalistas que el materialismo cultural no logra abarcar por completo. Se trata de luchas por la identidad, por los relatos históricos y religiosos, por la seguridad existencial y por la legitimidad interna.
Descomponer el conflicto entre los tres actores permite identificar los intereses materiales ocultos tras los discursos ideológicos. Desde el punto de vista geográfico y de recursos, Irán aparece como una potencia regional con gran profundidad territorial y vastas reservas energéticas. Israel, con un territorio limitado, basa su supervivencia en la superioridad tecnológica y militar, así como en el respaldo estadounidense. El escenario estratégico incluye el Golfo, los corredores energéticos y las aguas regionales. Israel mantiene una superioridad nuclear no declarada, mientras Irán impulsa su programa nuclear como mecanismo de disuasión. Paralelamente, la carrera en misiles, drones y guerra cibernética intensifica las tensiones.
Desde la perspectiva estadounidense, el conflicto impacta la arquitectura misma de la economía global. Las sanciones contra Irán han generado una economía de resistencia interna, mientras las industrias militares estadounidenses e israelíes se benefician del clima de amenaza. Las tensiones también justifican alianzas militares y de seguridad a escala global. El conflicto trasciende así lo doctrinal para convertirse en una disputa por hegemonía, disuasión y distribución del poder en una región rica en recursos estratégicos.
La pregunta central es cómo este conflicto beneficia a las estructuras internas de cada actor. En Irán, la “amenaza israelo-estadounidense” ha reforzado la narrativa de asedio, legitimado el endurecimiento del aparato de seguridad y consolidado el papel de los Guardianes de la Revolución. En Israel, la amenaza iraní ha reforzado la centralidad de la seguridad en la política, consolidado las corrientes que perciben un peligro existencial y generado cohesión social pese a profundas divisiones internas. Para Estados Unidos, ha permitido mantener el equilibrio regional, fortalecer alianzas y gestionar su influencia frente a potencias emergentes. En este sentido, la guerra cumple una función social interna basada en la cohesión a partir del miedo compartido.
En el plano simbólico, que incluye lenguaje, religión e identidad, emergen fórmulas como la eliminación de Israel, la defensa de la existencia, el apoyo al eje de la resistencia y la amenaza nuclear. Estas no son solo consignas: operan como herramientas de movilización. A esto se suma una dimensión metafísica en el discurso iraní y un trauma histórico en la conciencia israelí que se intensificó tras la guerra del 7 de octubre, reactivando la memoria colectiva y la ansiedad existencial.
¿Es el conflicto entre Irán e Israel estructuralmente resoluble? ¿O se ha convertido en parte de un equilibrio funcional que garantiza la supervivencia de los propios regímenes? ¿Necesita Netanyahu la continuidad del conflicto para sostener su posición? ¿Necesitaba Donald Trump ese equilibrio estratégico para contener a China y su expansión? ¿Necesita Irán mantener la confrontación para sostener su régimen frente a tensiones internas?
Sin embargo, el equilibrio funcional que acabamos de describir parece escapar de todo control. Los regímenes que se creen dueños de la escalada permanecen expuestos a cualquier evento imprevisto, ya sea un asesinato, un error de cálculo o un golpe decisivo, y he aquí que nos hallamos sumidos en una guerra cuyo coste pesa sobre todos los actores, mientras la propia supervivencia del régimen iraní se encuentra ya en juego.