
Cuando se interroga a Hezbolá, o a quienes giran en su órbita, sobre su práctica de reclutar niños — categoría que la UNICEF define con precisión, en la Convención sobre los Derechos del Niño, como todo ser humano menor de dieciocho años —, la respuesta oscila invariablemente entre varios registros: afirman que los niños lo desean ellos mismos, que son suficientemente maduros, o que se trata de algo perfectamente normal y coherente con la práctica de todas las revoluciones de la historia. Se desgrana entonces un rosario de referencias que nos lleva varios siglos atrás. Caemos así en una serie interminable de falacias.








