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Enorme explosión provocada por un ataque israelí cerca de la localidad de Al-Mansuri, en el sur del Líbano. (AFP)
Lo esencial de la semana
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Por LevantTime .
Publicado sep 6, 2026 - 23:27
Mientras Estados Unidos parecía haber optado únicamente por la guerra económica contra Irán, el ejército estadounidense lanzó abruptamente el martes ataques contra territorio iraní en represalia por ataques a petroleros, lo que desencadenó una espiral de violencia a lo largo de la semana. En el Líbano, Israel liberó a varios civiles detenidos en sus prisiones, mientras su ejército tomaba la estratégica colina de Ali el-Taher y proseguía sus masivos bombardeos en la zona que controla al sur del país. La semana del 31 de agosto al 6 de septiembre estuvo marcada por una clara aceleración de los acontecimientos en Oriente Medio, tras una semana anterior que parecía regida por la inmovilidad. En el frente iraní, desde la noche del martes, el ejército estadounidense llevó a cabo ataques selectivos en territorio iraní, los primeros en casi un mes. Esta captura de pantalla, realizada el 6 de septiembre de 2026 a partir de imágenes de video sin fecha difundidas ese mismo día por el Mando Central de Estados Unidos, muestra lo que el Centcom presenta como uno de los petroleros iraníes que destruyó en respuesta a intentos de ataques con misiles contra buques militares. (Centcom vía AFP) Sin embargo, su ritmo relativamente limitado da la impresión de que la administración estadounidense ha optado por una escalada controlada, al tiempo que mantiene su bloqueo y sus presiones económicas contra Teherán. Pese a todo, la tensión no ha dejado de crecer a lo largo de la semana. El sábado se escucharon explosiones en la altamente estratégica isla de Kharg, por donde transita la mayor parte del petróleo iraní. El presidente estadounidense Donald Trump, por su parte, amenazó con atacar el sitio nuclear de Kuh-e Kolang —«montaña del pico» en persa, o Pickaxe Mountain —, una instalación fuertemente fortificada situada a gran profundidad, no lejos de Natanz, el principal centro de enriquecimiento de uranio de Irán. A principios de semana, había planteado la fórmula del «petrolero por petrolero», prometiendo atacar un buque iraní cada vez que los Guardianes de la Revolución golpearan un petrolero en el estrecho de Ormuz. Eso fue precisamente lo que hizo el ejército estadounidense el sábado, al incendiar dos buques iraníes. En el plano político, Donald Trump volvió a endurecer el tono hacia Teherán. Tras afirmar en una entrevista que las conversaciones estaban definitivamente congeladas «porque un acuerdo con ellos no vale el papel en el que está escrito», el sábado consideró que el «conflicto» con Irán no era una «guerra», sino «algo rutinario» para Estados Unidos. Una forma de jugar con los nervios de los iraníes mientras tranquiliza a su opinión pública de cara a las elecciones de mitad de mandato. Un puerto, además de instalaciones de almacenamiento y bodegas, resultó dañado tras un ataque militar estadounidense llevado a cabo en la provincia iraní meridional de Hormozgán, que limita con el estrecho del mismo nombre, el 6 de septiembre de 2026. (AFP) Al mismo tiempo, el medio estadounidense Axios publicó el sábado un informe que sugiere que Estados Unidos ya proyecta su mirada más allá de este conflicto, iniciado el 28 de febrero. El sitio afirma, citando a funcionarios estadounidenses y otras fuentes informadas, que la administración Trump está elaborando una estrategia más amplia para el Oriente Medio de la posguerra. Esta se basaría en la creación de una alineación regional destinada a contener a Irán, poner fin a las repercusiones regionales de los ataques del 7 de octubre de 2023 perpetrados por Hamás en Gaza y ampliar el círculo de la normalización entre Israel y los países de la región. La amenaza contra Kuh-e Kolang, que marca el resurgimiento del expediente nuclear iraní, se hace eco de un anuncio del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), que lamentó, el 1 de septiembre, que Irán no haya vuelto a abrir sus instalaciones a sus inspectores tras los ataques de mayo de 2025. Recordemos que, a pesar de la magnitud de la ofensiva israelí-estadounidense contra los emplazamientos iraníes, es casi seguro que las reservas de uranio enriquecido permanecen intactas y fueron puestas a resguardo por las autoridades iraníes, que siguen aferradas a lo que consideran su derecho a desarrollar un programa nuclear. Tras el anuncio del OIEA, Estados Unidos, así como Francia, Gran Bretaña y Alemania, manifestaron su intención de presentar una resolución ante el Consejo de Seguridad de la ONU condenando el incumplimiento por parte de Irán de sus compromisos en materia de no proliferación nuclear. Una unidad de fachada que contrasta con la frialdad reinante entre Washington y sus aliados europeos desde el inicio del conflicto. Por su parte, los iraníes parecen seguir respondiendo a la conmoción de la misma manera: atacando a varios países vecinos, entre ellos Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos y Jordania, sin llegar a atacar directamente a Israel. Ataques masivos en el sur del Líbano En el frente libanés, Israel intensifica sus operaciones de destrucción en los pueblos del sur, llegando incluso a utilizar, en algunos casos, barriles explosivos. El presidente libanés Joseph Aoun instó a Washington y a la comunidad internacional a «poner fin» a los ataques israelíes en territorio libanés, que dejaron siete muertos el domingo en medio de una tregua frágil. Los bombardeos alcanzaron distintas localidades de la región de Nabatiye. Según el Ministerio de Salud, otras veinte personas resultaron heridas, entre ellas niños. Además, un ataque destruyó el antiguo hospital Ghandour, fuera de servicio desde hace años. Liberación de detenidos y toma de Ali el-Taher Pero el hecho más destacado de la semana en el sur fue la toma, por parte de Israel, de la estratégica colina de Ali el-Taher, en la región de Nabatiye. El lugar era un importante centro de mando de Hezbolá, formado por un vasto entramado de túneles desde donde operaban combatientes del partido chiita, así como, según ciertas informaciones, combatientes iraníes. El jueves por la noche, Israel anunció haber tomado el control del complejo. El domingo, el ministro israelí de Defensa, Israel Katz, declaró que aún quedaban túneles por volar. Este «éxito» militar quizás no fue una sorpresa tras semanas de bombardeos, pero la reacción de Hezbolá sí lo fue. Después de haber asegurado durante mucho tiempo que se negaría a ceder esta colina estratégica —al igual que los iraníes, que también habían amenazado con intervenir—, el partido chiita terminó minimizando el impacto de este suceso a través de sus medios y voceros, sin confirmar oficialmente, no obstante, la pérdida del sitio, que se había negado a preservar entregándolo al ejército libanés. La otra gran sorpresa de la semana fue la liberación, por parte de Israel, de cinco civiles libaneses y sirios detenidos en sus cárceles. Esta medida se produjo tras una visita a Tel Aviv del embajador de Estados Unidos en el Líbano, Michel Issa. Según la oficina del primer ministro israelí, el anuncio del jueves «responde a los esfuerzos realizados por Israel y el Líbano para localizar y repatriar los restos de los líderes de la comunidad judía que fueron secuestrados y asesinados en el Líbano» entre 1984 y 1986. También aquí la reacción de Hezbolá llama la atención. Aunque considera la medida positiva pero insuficiente, el partido volvió a arremeter contra las autoridades libanesas, acusándolas de «someterse al enemigo» y responsabilizándolas del desastre en el sur. Incluso les advirtió sobre «los conflictos internos». ¿Podrían los reveses militares del partido llevarlo a volcarse aún más contra el escenario interno? Por último, el ejército israelí hizo el domingo una declaración importante al anunciar que estudia reducir su zona de ocupación en el sur del Líbano, pasando de la actual «zona amarilla» a una «zona gris». Según esta interpretación, tal evolución reflejaría una disminución de la amenaza que representa Hezbolá. Sin embargo, la medida aún no ha sido aprobada por el liderazgo político israelí. Yemen y Palestina La semana también fue especialmente tensa en Yemen, donde los enfrentamientos entre los rebeldes hutíes y las fuerzas gubernamentales no dejaron de intensificarse, hasta un sábado particularmente sangriento que dejó más de 60 muertos en un solo día, elevando a unas 200 las víctimas desde el jueves. La ofensiva de los hutíes busca sobre todo hacerse con el control de ciertas zonas cercanas al paso de Bab el-Mandeb, lo que daría a este aliado de Irán una ventaja adicional sobre otro punto estratégico clave, tras el estrecho de Ormuz. En Palestina, la semana estuvo marcada por unas declaraciones especialmente preocupantes de Israel Katz sobre Gaza. Este afirmó, sin aportar pruebas, que la mayoría de los habitantes de la franja deseaban abandonarla, subrayando que Israel estaba «preparado para una evacuación» de tal magnitud. Todo apunta a que el calvario de los gazatíes está lejos de terminar. Por último, cabe destacar que el OIEA anunció, el 1 de septiembre, que unas infraestructuras descubiertas en Deir ez-Zor, Siria, indican que el antiguo régimen de Bachar al-Ásad preparaba en secreto un programa nuclear avanzado que podría haber llevado a la fabricación de un arma atómica con la ayuda de expertos norcoreanos.
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Por Michel Hajji Georgiou - Publicado sep 6, 2026 - 13:31
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El jugador argentino, que puso fin a su carrera internacional el 31 de agosto de 2026, no era nada menos que un prestidigitador de los estadios. Su trayectoria, hecha de prodigios, caídas y redención, quizá diga algo sobre nuestra intacta necesidad de encantamiento en un mundo que, sin embargo, pretende haberse desprendido de él. Anunciado pocas semanas después de la final del Mundial de 2026, perdida ante España, el retiro internacional de Lionel Messi no dejó de provocar una emoción para la cual resulta difícil encontrar muchos equivalentes en la historia reciente del fútbol. Probablemente habría que remontarse a Maradona, o también a Cruyff o Pelé, para recuperar esa sensación de que, con el retiro de un jugador, desaparece algo que rebasa con mucho al deporte mismo, como si cierta manera de habitar el fútbol, o incluso de creer en él, llegara también a su fin. Lejos de los glacis de la razón Basta de estadísticas interminables y de esas insoportables disputas, tediosas y estériles, sobre “quién es el mejor de todos los tiempos”. El autor de estas líneas nunca ha sido un fanático del balón, ni de las clasificaciones verticales ni de una jerarquía del mérito en general, y, por lo tanto, aprecia el talento de cada jugador con la misma mirada maravillada de un niño de once años. Por lo demás, esta obsesión particularmente contemporánea por las cifras arruina todo el placer del espectáculo. Y con razón: el procedimiento que consiste en sumar goles, asistencias, Balones de Oro, Ligas de Campeones, Copas América, Mundiales… no puede sino ser reduccionista. No deja de recordar, en otro registro, la crítica desarrollada por el filósofo germano-estadounidense Eric Voegelin contra la tentación gnóstica moderna: la de un saber convencido de que puede encerrar la realidad en un sistema y abolir aquello que se le resiste. Los récords son probablemente un indicador del genio de Lionel Messi. Pero tantos otros grandes jugadores que hicieron vibrar los estadios y los corazones, y que no lograron ni la mitad de sus hazañas, permanecen, sin embargo, eternos en la memoria. Lo que los hizo verdaderamente singulares se encuentra en otra parte, lejos de los glacis de la razón. Algo más se jugó alrededor de ellos. Algo que pertenece a cierto sentido profundo de la trascendencia, que el entendimiento nunca podría captar por completo. Ese es el caso de Lionel Messi desde hace más de veinte años, desde el día en que, bajo la mirada del “ícono” Diego Maradona, realizó su primera aparición, en junio de 2006, en la arena mundialista con los colores de la Albiceleste frente a Serbia y Montenegro. Ahora bien, ese elemento indecible que constituye el genio de Messi, como el de otros, toca quizá una de las paradojas más curiosas de la modernidad: la persistencia de la magia en un mundo que precisamente se construyó contra ella. El mundo desencantado Max Weber hablaba del desencantamiento del mundo para designar ese lento proceso mediante el cual la modernidad occidental sometió progresivamente la existencia a la racionalización, al cálculo, a la previsibilidad y a la explicación causal. El mundo ya no debía estar recorrido por poderes oscuros, signos, intervenciones sobrenaturales o voluntades invisibles; debía, al menos en principio, volverse inteligible. Por desgracia, el deporte moderno, y más ampliamente el mundo moderno heredado de la globalización, se inscribe perfectamente en esta dinámica. El fútbol de hoy, y no solamente el fútbol, es probablemente uno de los objetos más cuantificados que existen. El menor gesto se mide, y todo se calcula y modela cuidadosamente. De las matemáticas a la inteligencia artificial, el talento bruto depende ahora más de la ciencia que del encantamiento. Es aquello que hay de humano en su relación espontánea, incluso salvaje, con lo invisible que nace del corazón, lo que desaparece ante nuestros ojos en beneficio de la cuadratura del VAR. Es, de algún modo, el asesinato del deporte en nombre de una mayor rigurosidad y equidad… aun cuando la eutanasia de esa parte de espontaneidad sublime termine provocando ella misma injusticias flagrantes. Basta volver sobre algunas de las decisiones controvertidas del Mundial de 2026 para comprobarlo. Paradoja de paradojas, el propio Lionel Messi fue, desde el origen, hijo de esta modernidad técnica, a la que ciertamente debe una parte de su excepcional carrera. Su cuerpo, demasiado pequeño para los estándares esperados, fue corregido mediante un tratamiento hormonal. Detectado muy pronto, su talento quedó a cargo de una institución que organizó su formación, su alimentación, su desarrollo físico y su integración en una maquinaria deportiva ya globalizada. Nada, en apariencia, podía estar más alejado del viejo relato heroico. De entrada, la historia se parece más a distopías del tipo de Gattaca que al mundo de los mitos y los relatos mesiánicos. Y, sin embargo, aquel viejo relato regresó. Y lo hizo incluso con una insistencia casi embarazosa. Desde el inicio de su carrera, Lionel Messi fue puesto bajo el microscopio. Pero cuanto más se obstinaban en explicarlo y desmitificarlo, menos lograban disipar por completo la impresión producida por algunos de sus gestos. El hombre, sencillamente, no consigue ser circunscrito ni reducido a una acumulación de datos. A la edad en que la mayoría de los grandes jugadores regresan a las sombras, él sigue sorprendiendo. Incluso dejando estupefacto al mundo, al aportar al deporte esa parte de insensatez que escapa a la hipersistematización casi robótica del mundo. Probablemente sea ahí donde haya que buscar ese otro lugar que caracteriza a Messi. En una supervivencia de la magia en un momento en que incluso los espacios que permitían la expresión positiva de una humanidad hecha de carne y sangre van siendo progresivamente “disciplinados” por esa atracción hipnótica hacia una nueva gnosis puritana en nombre de la modernidad. El Mesías fabricado por la máquina Aunque surgido, en cierto modo, de la máquina matricial, Lionel Messi constituye por sí mismo un cuestionamiento de este modelo de prêt-à-porter. Una especie de alter ego del Neo de Matrix, arrojado a una simulación regida por parámetros que pretenden calcularlo todo. El destino del argentino adquirió progresivamente, casi a pesar suyo, la forma de un relato mesiánico. El juego de palabras con su nombre sería demasiado fácil si su propia historia no lo hubiera relanzado constantemente: la del niño frágil, al que el cuerpo parecía querer negar la realización a la que su talento lo destinaba. Luego la del exilio muy joven hacia Barcelona, la adopción por una ciudad extranjera, el ascenso casi irreal, el reconocimiento mundial y, después, esa extraña dificultad para ser reconocido por los suyos… Durante mucho tiempo, Argentina mantuvo una relación de amor-odio con su hijo pródigo. Sin importar sus resultados, su talento o su genialidad, debía responder a una única e implacable pregunta: ¿por qué no era Maradona? La comparación era ciertamente inevitable, pero también profundamente injusta. Todo separaba a ambos hombres en su manera de estar en el mundo. Maradona cargaba con Argentina y con todo lo que ella podía tener de pasional, contradictorio, excesivo y teatral. Hablaba, provocaba, peleaba, caía, volvía, mezclaba con el fútbol su vida privada, sus cóleras, sus compromisos políticos… hasta su propia destrucción. Su cuerpo mismo parecía convertirse en uno de los lugares donde se escenificaban las contradicciones de su país. Maradona era la encarnación misma de lo que el mundo esperaba del fútbol: un alma rebelde, llevando a veces el juego hasta la inmoralidad, pero dentro de una suerte de gigantomaquia futbolística. Maradona era épico. Y, sobre todo, había colocado a su país en el firmamento del fútbol en 1986. Messi, en cambio, no ofrecía nada de eso. Era silencioso, a veces casi ausente del relato que los demás construían a su alrededor, ausencia que durante mucho tiempo fue interpretada como un defecto. Casi borrado, sin personalidad. Eso era, además, lo que le reprochaban los dos gigantes, Maradona y Pelé: carecer de liderazgo, ser demasiado liso. Una especie de bebé de probeta milagroso de los estadios. También se reprochaba al niño de Rosario no cantar suficientemente el himno, no ser lo bastante argentino, haber sido “fabricado” por Barcelona y, naturalmente, no ganar con la selección lo que ganaba casi continuamente con su club. La profecía inconclusa La final del Mundial de 2014 perdida dramáticamente contra Alemania, seguida de las finales de la Copa América de 2015 y 2016, había transformado progresivamente aquella sospecha en acusación. Cuando falló su penal ante Chile en 2016 y anunció después que abandonaba la selección, ya era, sin embargo, uno de los más grandes jugadores de la historia del fútbol. Pero su relato permanecía extrañamente inconcluso. La sensación de incompletitud apenas tenía que ver con su palmarés. Se trataba más bien de esa necesidad casi arcaica que se impone continuamente a los héroes modernos: consumar su recorrido iniciático. Con los colores argentinos, Messi brillaba y después caía pesadamente. Pero no se levantaba. No cumplía la profecía. Y, a los ojos de su pueblo, esto reforzaba esa sensación de amor-odio: al fin y al cabo, un dios caído sigue siendo un dios. Pero con el valor añadido de lo que, a ojos de sus admiradores, es un sustrato insoportable y, por lo tanto, perfectamente odioso de la humanidad: sus defectos, sus debilidades. Los argentinos amaban a Maradona a pesar de su espectacular decadencia y de su humanidad falible. Pero era porque había “merecido” esa decadencia, porque, de algún modo, se había vuelto aceptable después de México 1986. Messi, en cambio, todavía no tenía derecho a caer, porque todavía no había alcanzado la cima. No, la profecía no se había cumplido. Incluso empezaba a convertirse en caricatura. Messi volvió, entonces. Pero todavía tuvo que esperar su redención. Hubo que esperar a la Copa América de 2021, en el Maracaná, para que esa relación hecha de sospecha espera y decepción con su público y con su pueblo comenzara verdaderamente a cambiar. Y hubo que esperar, sobre todo, al Mundial de 2022 para que la historia adquiriera esa forma casi demasiado perfecta que nadie se habría atrevido a escribir sin parecer entregarse a una facilidad de guionista. Curiosamente, Maradona había muerto en 2020. Era como si una especie de maldición nacional opresiva se hubiera levantado. Al mismo tiempo, el pueblo argentino necesitaba una figura paterna de sustitución y la presión no hizo sino redoblarse. ¿Pero quizá mezclada, esta vez, con un poco de ternura? Lo ocurrido en Qatar en 2022 resulta aún más interesante porque el propio Messi aparece ligeramente distinto. Protesta más, responde a las provocaciones, se enfurece, habla con una violencia que pocos le creían capaz de desplegar e incluso deja escapar aquel “¿Qué miras, bobo?” frente a los neerlandeses que divierte a Argentina. Buenos Aires descubre por fin, tardíamente, lo que siempre había esperado de él. Un poco de Maradona dentro de mucho Messi. Pero Messi no se convierte por ello en Maradona. Y quizá sea precisamente ahí donde se produzca la verdadera reconciliación: Argentina deja de pedirle que lo sea. A partir de 2022, Messi ya no necesita encarnar otro modelo del genio nacional. Finalmente puede convertirse también en su país en aquello que ya había sido en todas partes: Messi. Simplemente. El acto final de la profecía Ciertamente, el triunfo de 2022 habría podido constituir un final perfecto. Pero, como en el caso de Maradona, el acto final de la profecía heroica es la caída. Ya nadie esperaba realmente algo excepcional de Messi en 2026. A sus 39 años, se consideraba ampliamente que formaba parte de los “héroes cansados”. La caída del Capitolio había ocurrido con el amargo episodio de su salida del FC Barcelona y su desventura en el PSG. Ya no jugaba sino en la liga estadounidense, con los colores de Miami… en la periferia del mundo del fútbol, en las lejanas tierras del soccer. Y la nueva generación ya estaba allí, lista para mandar a los ancestros a Bicêtre. Sin embargo, aquel Mundial de 2026, que parecía destinado a no ser más que un epílogo, se transformó en un último golpe de brillo sensacional. Argentina alcanzó nuevamente la final, con un Messi que, a los 39 años, volvía a ser su “líder histórico” y su recurso en los momentos decisivos, logrando algo que no dejaba de recordar lo que Roberto Baggio había hecho por Italia en 1994, a los… 27 años: el deus ex machina permanente. Baggio fracasó a las puertas del triunfo contra Brasil después de haber llevado prácticamente a Italia hasta Pasadena. Su penal lanzado por encima del travesaño dejó una de las imágenes más crueles de la historia de los Mundiales: la de un hombre inmóvil, con la cabeza baja y las manos en la cintura, mientras Brasil celebraba su victoria. Aquel que había “muerto de pie”. El duende italiano nunca conoció la apoteosis. Pero aquella muerte simbólica, lejos de borrar su Mundial, acabó formando también parte de su leyenda. La historia fue más clemente con Messi, a pesar de una campaña de odio en su contra, mezclada con acusaciones de trampa y favoritismo, sobre un fondo de decisiones arbitrales controvertidas y acciones antideportivas de su equipo, como lo había sido antaño con Maradona. Incluso más. ¿Una final en un sexto Mundial, al borde del retiro y coronada por una actuación individual extraordinaria? Es precisamente ahí donde reside la magia del fenómeno Messi, aquello que desafía a la razón y a su avalancha de estadísticas. El genio no puede encerrarse en una suma de parámetros y variables. Su condición física, incluso óptima, no puede explicar por sí sola aquello de lo que el mundo entero fue testigo. Y qué importa si su relato nos recuerda que el héroe, por mítico que sea, no puede abolir la siniestra influencia de Saturno. El reencantamiento del mundo Porque, más allá de la profecía cumplida, del ascenso a la caída, con su cuota de dichas y desgracias, el argentino ofreció al mundo una última vuelta a la pista que pertenece al arte, si no a una forma de poesía homérica. Con la retirada de Lionel Messi de la escena internacional, desaparece un poco de la magia del mundo… hasta que otro héroe providencial regrese a encantar los estadios. Durante más de veinte años, Messi habrá encarnado la coexistencia de dos mundos que creíamos incompatibles: el de la racionalización extrema del deporte moderno y aquel, mucho más antiguo, del héroe, el signo, la espera y el encantamiento. Cuando Messi se va, algo de esa contradicción aparece bruscamente. Ya han surgido otros prodigios, pero quizá descubramos, en el preciso momento en que uno de sus últimos grandes representantes abandona la escena, hasta qué punto seguimos necesitando trascendencia. El mundo moderno probablemente no ha eliminado el encantamiento. No ha hecho más que desplazarlo. Durante noventa minutos, este hombre llamado Lionel Messi, que lo encarnó sobre las canchas, se marcha después de haberlo conseguido todo. Y aún más.
Análisis

¿Nos hemos vuelto más tontos?

¿O estamos viviendo una transformación en la estructura del conocimiento?
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Por Mona Fayad - Publicado sep 5, 2026 - 20:01
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La pregunta “¿Se ha vuelto el mundo más tonto?” aparece una y otra vez en los debates contemporáneos sobre los medios digitales, los motores de búsqueda y las redes sociales. A primera vista parece una pregunta sencilla, pero detrás de ella se esconde un problema mucho más profundo relacionado con la propia naturaleza del conocimiento: cómo se produce, cómo se transmite y cómo se consume. Quizás la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” no sea la más precisa. Tal vez deberíamos preguntarnos, más bien: ¿sigue transmitiéndose el conocimiento de una manera que permita comprenderlo y hacerlo productivo? ¿La mayoría de quienes leen sigue recurriendo a los textos originales? ¿O se limita a sus resúmenes y a lo que se dice sobre ellos a través de aquello que circula entre los lectores? Una de las claves para comprender este fenómeno se encuentra en los trabajos del psicólogo británico Frederic Bartlett, quien realizó en la década de 1930 una serie de experimentos sobre lo que llamó “reproducción serial”. En estos experimentos, se le pedía a una persona escuchar una historia y luego contársela a otra, que a su vez se la contaba a una tercera, y así sucesivamente. Los resultados fueron llamativos: con cada nueva transmisión, la historia no se reproducía tal como había sido contada, sino que era reformulada. Algunos detalles se eliminaban, otros se exageraban y otros eran sustituidos por elementos que se ajustaban mejor a los antecedentes, las experiencias y la cultura del receptor. Cuando la cadena alcanzaba un número suficiente de transmisores, la historia original se había convertido en algo completamente distinto. Este sencillo modelo revela una verdad fundamental: la memoria no es un recipiente neutral, sino un mecanismo de reconstrucción. Y cuando el conocimiento se transmite a través de múltiples intermediarios, no se “conserva”, sino que se “reproduce”. Aquí comienzan a aparecer los paralelismos con nuestro mundo contemporáneo y el temor de que nos estemos volviendo más tontos. En la era de los medios digitales, el conocimiento ya no circula mediante la transmisión oral, sino a través de cadenas de mediación: un artículo se resume, luego se cita, después se vuelve a publicar en forma de una publicación breve y finalmente se reduce aún más a una frase o un título. En este contexto, puede retomarse una imagen metafórica aparecida en un texto periodístico: una biblioteca cuyos libros son sustituidos por resúmenes, y después por resúmenes de los resúmenes, hasta que el lector se encuentra ante sucesivas capas de reducción. Algo parecido a lo que podríamos llamar la “cadena del mapache”, que no lee el original, sino que hurga entre sus restos. Conviene aclarar que la elección del “mapache” no es casual. Esta metáfora condensa simbólicamente una situación cognitiva que está arraigándose cada vez más. Este animal, que vive en las periferias urbanas y hurga en los contenedores de basura, no produce su alimento, sino que se nutre de los restos de lo producido por otros. A pesar de su inteligencia práctica y de su capacidad para desmontar, recoger y aprovechar objetos, no comprende realmente lo que tiene entre las manos, sino que lo trata como material susceptible de un uso inmediato. Así aparece el conocimiento en la era de la reducción serial: los textos se resumen, luego vuelven a resumirse, hasta que de ellos solo quedan migajas de sentido, reorganizadas y puestas nuevamente en circulación sin un vínculo real con su fuente. En ese punto, no solo nos hemos alejado del original, sino que hemos entrado en una nueva etapa de producción de información o conocimiento, en la que el actor cognitivo ya no es un lector o un pensador, sino un recolector de restos de significado que los redistribuye en fórmulas de consumo rápido. La “cultura del mapache” no es, por lo tanto, solamente una descripción de la superficialidad, sino un diagnóstico preciso del deterioro de la propia cadena del conocimiento: de la creación al resumen, de la comprensión al procesamiento formal, de las ideas a algo que apenas conserva una huella desvaída de ellas. Pero este fenómeno no puede entenderse al margen de la estructura tecnológica que lo gobierna. Aquí cobra importancia Marshall McLuhan, quien resumió su pensamiento en la famosa frase: “El medio es el mensaje”. El problema no está solamente en el contenido, sino en la forma a través de la cual ese contenido es transmitido. Los medios digitales contemporáneos no se limitan a transportar información, sino que la remodelan de acuerdo con una lógica de velocidad, condensación y fragmentación. El texto largo deja de ser apto para el consumo, mientras que una idea solo parece aceptable si puede reducirse a unas cuantas líneas fáciles de compartir. Esta transformación genera una paradoja llamativa: vivimos en una época en la que acceder al conocimiento ya no es difícil, sino excesivamente fácil. Y junto con esa facilidad extrema aparece lo que podríamos llamar una “ilusión cognitiva”: basta leer un fragmento breve o un resumen rápido para sentir que se ha adquirido una idea. Sin embargo, esa sensación de posesión no necesariamente va acompañada de una comprensión profunda ni de la capacidad de reconstruir o criticar el conocimiento. Aquí aparecen los que podríamos llamar “semiinstruidos”: individuos que poseen las señales del conocimiento, pero no su estructura; su vocabulario, pero no su lógica interna. El problema se vuelve aún más complejo si se observa desde el ángulo de la atención. En lugar de mantenerse en un estado de concentración prolongada, como ocurre con la lectura tradicional o la reflexión sostenida, la mente vive ahora sometida a un bombardeo constante de información: notificaciones, videos, titulares y oleadas sucesivas de contenido. Esta situación no solo dispersa la atención, sino que la reconfigura según una lógica de saltos continuos entre breves unidades de significado, en lugar de favorecer la construcción gradual y acumulativa de una idea. Recuerdo aquí una anécdota que solíamos contarnos y que circulaba mucho en la época de las manifestaciones populares. Ilustra muy bien la idea de la reducción y la transformación del contenido. Después de la ocupación de Palestina, numerosas manifestaciones salieron a las calles coreando “¡Que caiga la Declaración Balfour!”. La broma consistía en que, al final de la manifestación, el eslogan se había convertido, en árabe, en “¡Que caiga uno desde arriba!”, una frase completamente diferente que conservaba algo del ritmo y la sonoridad de la original. Tal vez esta imagen ayude a comprender mejor lo que sucede en el lenguaje cotidiano cuando el conocimiento se transforma en mensajes breves que se repiten colectivamente. La manifestación comienza con una consigna política precisa. Pero con la repetición, la inmersión colectiva y el ritmo sonoro, la frase se transforma gradualmente en otra completamente distinta. Puede conservar el ritmo y la carga emocional de la primera, pero pierde su significado y su sentido original. Lo que permanece no es el significado, sino la energía emocional de la expresión. Aquí vuelve a aparecer, bajo otra forma, lo que Bartlett había observado: no importa solamente lo que se dijo, sino cómo volvió a decirse y cómo volvió a comprenderse dentro de un contexto social cambiante. Si reunimos todos estos hilos, podemos decir que lo que vivimos hoy no es tanto un “colapso de la inteligencia” como una transformación de las condiciones en las que esta funciona. La mente humana no ha cambiado radicalmente, pero el entorno en el que opera sí se ha transformado profundamente: hemos pasado de un entorno que permitía la acumulación lenta a otro que impone la reproducción rápida y fragmentada del conocimiento. Esta transformación crea una tensión permanente entre dos tipos de pensamiento: uno reflexivo, que necesita tiempo, y otro rápido, que exige una respuesta inmediata. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿Nos hemos vuelto más tontos?” resulta parcialmente engañosa. Quizás sería más exacto decir que estamos cada vez más expuestos a condiciones que hacen menos estable, o menos posible, el pensamiento profundo, y vuelven al conocimiento más vulnerable a la fragmentación y al reciclaje. En cuanto a la estupidez, si se permite el término, quizá no sea una característica de la mente, sino un efecto secundario y un rasgo de la estructura cultural que ha surgido. Se trata de una tecnología que está remodelando nuestra relación con el mundo. Así, en lugar de contemplar este fenómeno como un descenso de las capacidades humanas, podemos entenderlo como una transformación del “entorno del conocimiento”: un entorno en el que resulta fácil saber algo, pero cada vez más difícil comprenderlo verdaderamente y en profundidad.
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Jordania, ochenta años después de la independencia
Por
Khairallah Khairallah
Publicado

No es ninguna casualidad que el Reino Hachemita de Jordania, que este 25 de mayo celebra el octogésimo aniversario de su independencia, se haya convertido en una de las piedras angulares de la seguridad árabe, o de lo que queda de ella. Todas las teorías que subestimaron a Jordania terminaron en el basurero de la historia, porque quedó demostrado que este país nunca perdió su papel en el escenario regional. Jordania resistió pese a todas las sacudidas internas y las tormentas que atravesó, y pese a las profundas transformaciones que vivió la región. En 1921, el mismo año en que fue proclamado el Emirato de Transjordania, una conferencia reunió en El Cairo a las principales figuras de la política británica bajo la presidencia de Winston Churchill. Lawrence de Arabia asistió junto a la mayoría de los expertos británicos en asuntos árabes, iraquíes y regionales, especialmente sobre Palestina. Entre esas figuras destacaba Gertrude Bell, considerada entonces la personalidad británica más influyente en Irak y la que tenía mayor ascendencia sobre ese país. Fue ella quien trazó el mapa actual de Irak y desempeñó un papel decisivo en la instalación de los hachemitas en Bagdad y en la coronación de Faisal I de Irak. Con el paso de los años quedó claro que la conferencia de El Cairo, cuyo objetivo era dividir la región en zonas de influencia entre Gran Bretaña y Francia, terminó siendo, en términos de resultados, un fracaso rotundo en todos los sentidos. Entre las manifestaciones más evidentes de ese fracaso figuran el sangriento golpe militar que derrocó a la monarquía iraquí en 1958 y, antes de eso, la crisis de Suez de 1956, que marcó el declive de la Gran Bretaña imperial, aquella sobre la que “el sol nunca se ponía”. Uno de los hechos más destacados de la conferencia de El Cairo fue la subestimación del príncipe Abdallah ibn Hussein, puesto al frente del Emirato de Transjordania antes de convertirse en rey en 1946, tras la proclamación de la independencia del Reino Hachemita de Jordania. Si se considera lo ocurrido en Palestina e Irak, Jordania puede verse como el único verdadero éxito de la conferencia de El Cairo, y ese éxito se ha mantenido hasta nuestros días, sobre todo porque la solidez de las instituciones jordanas se volvió evidente, especialmente desde 1952, cuando Hussein de Jordania ascendió al trono con apenas diecisiete años. La conferencia de El Cairo de 1921, que ilustra como poco el fracaso de la política británica en la región, no es el único episodio que merece atención. La historia moderna de Jordania está llena de acontecimientos significativos, entre ellos el papel decisivo desempeñado por la reina Zein el-Charaf, madre del rey Hussein, para imponer a su hijo como soberano pese a su corta edad. El rey Hussein ibn Talal representó un fenómeno singular en la historia del país, al suceder a un padre afectado por una enfermedad mental que lo incapacitaba para permanecer en el trono. Durante el reinado de Hussein ibn Talal, Jordania adquirió, gracias a sus instituciones, un papel decisivo en todos los niveles, pese a las sacudidas y conspiraciones de las que fue objeto, desde el ascenso de la ola nasserista, vinculada a Gamal Abdel Nasser, que desencadenó una serie de catástrofes, entre ellas el golpe militar contra la monarquía iraquí en 1958, la unión egipcio-siria de febrero de ese mismo año y la derrota árabe de 1967, cuyas consecuencias siguen pesando sobre la región hasta hoy. Jordania enfrentó todos esos acontecimientos y todas esas tormentas con una notable sangre fría, empezando por su resistencia al proyecto de una patria alternativa en 1970, cuando el ejército jordano enfrentó los intentos de distintas organizaciones palestinas de apoderarse del reino, preservando así a los palestinos de sí mismos. Esa resistencia fue posible gracias a la cohesión entre los jordanos originarios y el trono, una cohesión que hoy se ha transformado en una solidaridad que abarca a todos los componentes de la sociedad jordana. Los palestinos, marcados por sus propias experiencias, se han convertido en los más apegados al trono hachemita y al rey Abdalá II de Jordania, quien desde hace años no ha dejado de respaldar la opción de los dos Estados, la única alternativa realista para una solución entre palestinos e israelíes a largo plazo, es decir, cuando la derecha israelí abandone sus ilusiones y una dirigencia palestina digna de ese nombre esté a la altura de los acontecimientos. En 2026, ya nadie subestima a Jordania, especialmente a la luz de ese espíritu de continuidad que caracteriza a un reino que ha sabido preservarse en todas las circunstancias frente a las turbulencias iraquíes, sirias e israelíes. Jordania se preservó firmando los acuerdos de Wadi Araba con Israel en 1994, una decisión estrechamente vinculada al aprovechamiento de la oportunidad abierta por el compromiso de Yasser Arafat, líder histórico del pueblo palestino, con los acuerdos de Oslo en el otoño de 1993. La continuidad, ilustrada especialmente por la prudencia que Jordania siempre mostró en sus relaciones con la “República Islámica” de Irán desde su fundación, figura entre los rasgos más distintivos de este país, una continuidad que quedó confirmada con la serena transferencia de poder al rey Abdalá II tras la muerte de Hussein ibn Talal en 1999. Quien haya apostado por la fragilidad del Reino Hachemita de Jordania apostó por un espejismo, sobre todo desde que Abdalá II demostró su capacidad para desempeñar un papel de primer nivel tanto en Jordania como fuera de sus fronteras, incluso en Estados Unidos. Hoy el reino es un Estado que desempeña un papel vital en la estabilidad regional, pese a todas las conspiraciones destinadas a debilitar ese papel, y Jordania se ha convertido en refugio para los desplazados sirios y los provenientes de otros países, después de haber acogido mucho antes a refugiados palestinos llegados de todas partes. Los acontecimientos muestran cada día cómo Abdalá II se consolidó como un actor indispensable en la región, al tiempo que amplió el consenso interno en torno a la institución monárquica. Quedó claro que cualquier discurso sobre el retroceso del papel regional de Jordania carece de sentido. Cuanto más pasa el tiempo, más evidente se vuelve la necesidad del papel jordano frente a todas las formas de extremismo, ya sea el de los Hermanos Musulmanes o el del régimen iraní y sus distintos instrumentos. Más importante aún, los acontecimientos demuestran diariamente que la seguridad del Golfo está intrínsecamente ligada a la seguridad de Jordania, así como la seguridad de Jordania está ligada a la del Golfo…

Conflicto iraní: negociaciones de la «última oportunidad»

El sur del Líbano volvió a ser escenario de una nueva escalada en la noche del martes y nuevamente el miércoles, mientras que a nivel regional, Pakistán continúa trabajando discretamente para intentar desactivar un conflicto que amenaza con desbordarse en cualquier momento, dados los intercambios de amenazas entre Washington y Teherán. El ejército israelí llevó a cabo en las últimas veinticuatro horas una serie de ataques aéreos y de artillería contra numerosas posiciones e infraestructuras de Hezbolá en pueblos y sitios del sur del Líbano. Según el último balance dado a conocer por el ministerio de Salud libanés, estos ataques cobraron la vida de al menos 20 personas en las últimas 24 horas, de las cuales 13 únicamente en el pueblo de Deir Qanoun el-Nahr. Sin embargo, esta cifra podría aumentar mientras continúan las búsquedas el miércoles entre los escombros de las viviendas atacadas. La situación se agravó el miércoles por la mañana con ataques casi ininterrumpidos contra posiciones del partido pro-iraní en las localidades de Bint Jbeil y Nabatiyeh, mientras que Hezbolá reportaba, en una serie de comunicados, violentos enfrentamientos terrestres con las fuerzas en la zona fronteriza. Por su parte, el ejército israelí anunció en un comunicado que uno de sus oficiales resultó gravemente herido en un ataque con dron de Hezbolá. También un soldado fue ligeramente alcanzado, según el texto. Esta escalada de violencia en el sur del Líbano frustró las esperanzas de una desescalada que Beirut esperaba tras la prórroga de 45 días del alto el fuego, que había sido negociada en Washington. ¿Hacia un desenlace en el Golfo? Esto ocurre justo cuando Pakistán, mediador clave entre Washington y Teherán, intenta nuevamente encontrar un compromiso mínimo para permitir la reanudación de negociaciones entre las dos capitales. El ministro del Interior pakistaní, Mohsin Naqvi, se trasladó en este marco por segunda vez en menos de una semana a Teherán. Este viaje se produce en un contexto de creciente tensión entre Teherán y Washington. El presidente del Parlamento Mohammad Bagher Ghalibaf, que además es el principal negociador iraní en las conversaciones de Islamabad, advirtió que su país ha preparado una "respuesta contundente" ante cualquier nuevo ataque estadounidense o israelí. Los Guardianes de la Revolución también advirtieron que la guerra en Oriente Medio se extendería "más allá de la región" en caso de ataques. Respondiendo a preguntas de la prensa en la Casa Blanca, el presidente estadounidense Donald Trump insinuó que una reanudación de los ataques sigue siendo considerada en caso de que fracasen los esfuerzos diplomáticos, elogiados por Arabia Saudita. "Estamos en la fase final de las conversaciones con Irán. Veremos qué sucede. O llegamos a un acuerdo, o golpeamos duro. Esperamos que esto no suceda", afirmó, aunque dijo oponerse a cualquier precipitación. "No tengo prisa", declaró. "Todo el mundo habla de las elecciones de mitad de período, pero yo no tengo prisa. Idealmente, me gustaría ver un número reducido de personas muertas en lugar de varios", agregó. Flotilla para Gaza: un vídeo provoca indignación El presidente Trump también afirmó estar en la misma onda que el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, quien actualmente enfrenta una nueva crisis provocada por la detención contundente de activistas de la "flotilla para Gaza". El comportamiento de su ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, quien difundió un vídeo de él con los activistas arrodillados y atados tras su detención, suscitó reacciones de indignación en Europa y en el mundo, a pesar de las críticas de Netanyahu y del ministro de Relaciones Exteriores Gideon Sa'ar. Le comportement de son ministre de la Sécurité nationale, Itamar Ben Gvir, qui a diffusé une vidéo de lui avec les militants agenouillés et ligotés après leur placement en détention, a suscité des réactions indignées en Europe et dans le monde, en dépit des critiques de Netanyahu et du ministre des AE Gideon Sa’ar. Las reacciones internacionales no tardaron en llegar. El trato dado a los detenidos fue calificado de "inadmisible" por Roma, que exigió "disculpas", "monstruoso, indigno e inhumano" por Madrid, "odioso" por Ottawa. Dublín se dijo "consternado y conmocionado". Francia anunció haber convocado al embajador israelí por los "actos inadmisibles" del ministro Ben Gvir, conocido por sus excesos, al igual que Bélgica, que calificó las imágenes como "profundamente perturbadoras". Alemania calificó el episodio de "totalmente inaceptable". Turquía denunció la "mentalidad bárbara" del gobierno israelí. La ministra británica de Asuntos Exteriores, Yvette Cooper, declaró en X que estas imágenes "violan las normas más elementales de respeto y dignidad en cuanto a cómo deben ser tratadas las personas". El embajador estadounidense en Israel Mike Huckabee criticó "actos despreciables". Putin en Pekín Lejos del conflicto regional, la atención se centró este miércoles en las conversaciones en Pekín entre los presidentes chino y ruso Xi Jinping y Vladimir Putin, cuya visita se produce menos de una semana después de la del presidente Trump. Los dos países subrayaron la necesidad de volver al diálogo y las negociaciones lo antes posible en Oriente Próximo, según el texto de una declaración conjunta publicada por el Kremlin, mientras que Teherán anunciaba haber autorizado a una cincuentena de petroleros que enarbolan pabellón de "países que coordinan con nosotros" a cruzar el estrecho de Ormuz.

Farouk el-Chareh y “La narración perdida”
Por
Nabil Mamlouk
Publicado

Mi relación con la literatura memorialística suele haber sido poco satisfactoria, y eso aplica especialmente al primer volumen de las memorias del exministro de Relaciones Exteriores sirio Farouk el-Chareh, titulado La narración perdida (Centro Árabe de Investigación y Estudios Políticos, 2015). Desde su apertura poética, subjetiva e impresionista, el libro parece prometer al lector un texto de reflexión personal, antes de arrastrarlo a la lectura de una historia política escrita con un sesgo absoluto a favor del régimen de los Assad y de la figura del presidente sirio Hafez el-Assad. Assad entre la mitología política y la fabricación de la imagen En las páginas de Chareh, Hafez el-Assad aparece como un héroe todopoderoso, un “Frankenstein de Damasco”: un hombre capaz de colgarle el teléfono al presidente estadounidense Ronald Reagan, de imponerle al secretario de Estado James Baker el traslado de la conferencia de paz de Ámsterdam a Madrid, mientras el propio Chareh se presenta como el hombre cercano y favorito del mandatario, en detrimento del exvicepresidente sirio Abdel Halim Khaddam. Esta construcción narrativa no ofrece ninguna lectura crítica del poder; se limita a reproducir el relato oficial. Los grandes ausentes: acontecimientos clave fuera del texto Grandes secuencias históricas, decisivas para la historia siria y libanesa, están completamente ausentes de las memorias, entre ellas: · la desaparición del imán Moussa Sadr y de sus dos acompañantes; · los acontecimientos de Hama en 1982; · el asesinato del líder libanés Kamal Joumblatt; · la política de “ruralización de la ciudad” mediante el inflamiento burocrático del sector público, fenómeno analizado en detalle por el académico Ziad Majed en su obra Siria, la revolución huérfana . Estas omisiones difícilmente parecen olvidos; más bien reflejan una decisión deliberada de silenciar los episodios más problemáticos. El ministro obediente antes que el hombre de experiencia En estas páginas, Chareh no se concede otro papel que el de “ministro obediente” del presidente: un ministro que ejecuta las transacciones políticas de Assad, se muestra conciliador con Yasser Arafat y actúa como negociador frente a Saddam Hussein, sin construir jamás una narrativa personal autónoma ni someter su propia trayectoria política a algún tipo de examen interior. Folletos políticos más que memorias Lo escrito por Chareh se parece más a un expediente político detallado que a unas memorias en el sentido literario o humano del término. Aquí resulta inevitable pensar en lo que hizo el expresidente libanés Amine Gemayel cuando expuso sus posiciones en una obra documental, sin devolverle al lector la escenografía de la experiencia vivida. Una confrontación con las tradiciones de la memoria política A diferencia de las memorias de grandes figuras políticas mundiales como Henry Kissinger, que combinan el documento con la construcción de la experiencia interior, Chareh practica deliberadamente el salto sobre los acontecimientos y el rodeo narrativo, produciendo finalmente una historia política subjetiva más que una biografía viva de su autor. Para concluir: ¿por qué la “narración” sigue perdida? En resumen, La narración perdida se parece menos a unas memorias que a una defensa política tardía de una época y de un régimen. El primer volumen merece plenamente su título: una narración verdaderamente perdida, y que probablemente seguirá siéndolo, lo que difícilmente invita a continuar la lectura del segundo tomo mientras prevalezca el mismo enfoque, ese que consiste en esquivar las preguntas difíciles en lugar de enfrentarlas.

78 años, y la Nakba continúa…
Por
Rami Rayess
Publicado

Conmemorar la Nakba palestina como un ritual anual en el que se revive la memoria del despojo de esa tierra a sus habitantes originarios y su colonización por parte de la entidad israelí no alcanza a transmitir realmente que la Nakba sigue en curso, cuando en realidad así es. Como si este pueblo no hubiera sufrido ya suficiente desplazamiento, destrucción y derrota, los propios hechos son ahora transformados en preguntas que parecen legítimas ante la opinión pública, aunque, en el fondo, estén completamente alejadas de la realidad. Entre estas preguntas, ampliamente difundidas en los medios occidentales y en las que cualquier invitado que ose defender la causa palestina termina atrapado, aparece la siguiente: “¿Reconoce usted el derecho de Israel a existir?”. La relatora especial de la ONU para los territorios palestinos, Francesca Albanese, fue quizás quien abordó esta cuestión con mayor agudeza cuando respondió: “¡Nadie le pregunta a Italia, a España o a cualquier otro Estado del mundo que justifique su derecho a existir!”. Naturalmente, la pregunta encubre un propósito completamente distinto: desviar la atención de los derechos palestinos, sugerir que Israel ocupa eternamente el lugar del oprimido y, sobre todo, sepultar la historia ligada a la Nakba de 1948 y a las expulsiones forzadas que la precedieron, mediante las cuales cientos de miles de palestinos fueron arrancados de sus hogares, de sus propiedades y de sus medios de vida para que el movimiento sionista pudiera levantar su proyecto de un Estado judío sobre tierra palestina. La misma pregunta persigue además otro objetivo: apartar la mirada de lo que Israel hizo en 1967 al expandir su ocupación hacia nuevos territorios árabes, especialmente Jerusalén Este, Cisjordania, el Golán sirio y el Sinaí egipcio. Aunque Israel se retiró del Sinaí en virtud de los Acuerdos de Camp David firmados con Egipto a finales de los años setenta, anexó formalmente el Golán y no solo se niega a retirarse de Cisjordania, núcleo de lo que quedaría del largamente prometido Estado palestino, sino que continúa implantando asentamientos allí, creando hechos consumados sobre el terreno que vuelven imposible ese proyecto estatal, además de las imposibilidades políticas, militares y legales que ya lo asfixian. Algunos, especialmente entre los Estados simpatizantes de Israel, prestan poca atención al hecho de que no existen fronteras oficiales para un Estado que, pocos minutos después de proclamar su “nacimiento” en 1948, obtuvo reconocimiento internacional de las naciones más poderosas del mundo. Mantener deliberadamente ambigua la cuestión de las fronteras no es, evidentemente, un descuido político, sino una decisión premeditada estrechamente vinculada a proyectos expansionistas sionistas que no parecen dispuestos a detenerse ni en las fronteras de 1948 ni, quizás, siquiera en los territorios anexados tras la guerra de 1967. Es cierto que la “comunidad internacional” ha fracasado durante décadas en obligar a Israel a respetar el proyecto de los dos Estados. Sin embargo, incluso esta fórmula ha desaparecido en gran medida del discurso político internacional, especialmente del estadounidense, dado el peso y la posición global de Estados Unidos y su relación estratégica indisoluble con Israel. Este amplio retroceso político ha permitido a Israel retomar sus empresas belicistas y persistir, de manera deliberada, en rechazar toda propuesta de arreglo, desde Madrid en 1991 hasta la Iniciativa de Paz Árabe adoptada en la Cumbre de Beirut de 2002, que consagraba el principio de tierra por paz. En cuanto a los Acuerdos de Oslo de 1993, la conducta política israelí apunta a vaciarlos completamente de contenido, de modo que el pueblo palestino no obtenga ningún beneficio real. La supremacía de poder israelí, respaldada por un apoyo estadounidense ininterrumpido, ha permitido a Israel escapar de toda rendición de cuentas pese a décadas de asesinatos deliberados, desplazamientos y exterminio, cuyo punto culminante se ha alcanzado en Gaza y Líbano. La orden de arresto emitida contra el primer ministro Benjamin Netanyahu, por significativa que resulte en términos jurídicos y simbólicos, ha quedado en letra muerta: el dirigente ha viajado al extranjero en múltiples ocasiones desde su emisión, evitando cuidadosamente el reducido número de países que declararon que procederían a arrestarlo si ingresaba en su territorio. En el 78.º aniversario de la Nakba, Palestina parece encontrarse en una encrucijada histórica. La resistencia armada a la ocupación ha sido respondida con genocidio; la negociación política ha sido bloqueada por la intransigencia deliberada de Israel y ha llegado a un callejón sin salida absoluto ante la ausencia de cualquier voluntad israelí de avanzar en esa dirección. La división interna palestina agrava aún más esta situación ya de por sí difícil: una división sobre opciones estratégicas, no sobre cuestiones secundarias o tácticas. Sin embargo, es imposible no reconocer que todos los intentos de esquivar la cuestión palestina mediante acuerdos regionales, ya sea a través de sucesivas olas de normalización de las que Israel es, en primer y último término, el único beneficiario, o mediante el intento de reducir esta cuestión a un simple asunto inmobiliario o económico, han fracasado. Ha quedado claro que la estabilidad regional solo puede alcanzarse mediante una resolución justa y duradera de la cuestión palestina. La Nakba, indudablemente, continúa…

Trump cambia de opinión, Irán quiere cambiar de táctica

Después de declarar que había cancelado en el último momento el lunes un nuevo ataque contra Irán que estaba previsto para el día siguiente, el presidente estadounidense Donald Trump volvió a amenazar el martes con golpear a Irán si no se llegaba a un acuerdo. Por su parte, el ejército iraní respondió amenazando a Washington con abrir "nuevos frentes" si reanudaban sus ataques. Desde la Casa Blanca, donde presentaba a los periodistas la obra de ala Este de la sede de la presidencia, Trump reiteró que esperaba no tener que ir a la guerra. "Pero podría ser necesario darles otro golpe importante. No estoy seguro en este momento", dijo. Cuando uno de ellos le preguntó cuánto tiempo estaba dispuesto a esperar para que Irán se sentara a la mesa de negociaciones, se mantuvo evasivo: "dos o tres días, quizás el viernes, sábado, domingo, algo así, quizás a principios de la próxima semana". Donald Trump hizo una visita el martes de la obra del futuro salón de baile de la Casa Blanca a los periodistas, eludiendo preguntas sobre la financiación del edificio así como sobre el costo de vida. (AFP) Desde Teherán, cuando ya se había anunciado la suspensión de los ataques, el ejército iraní continuó con sus amenazas, declarando que "abriría nuevos frentes" si los ataques se reanudaban. Un artículo del New York Times indica, de hecho, que los funcionarios iraníes podrían considerar nuevas tácticas si se reanuda el combate, como la de tratar de controlar el estrecho de Bab el-Mandeb que controla la entrada sur del Mar Rojo. Este paso marítimo, uno de los más estratégicos del planeta, está bordeado al este por Yemen, donde las milicias hutíes, aliadas de Irán, habían provocado en varias ocasiones el bloqueo del estrecho en represalia por ataques estadounidenses. El NYT añade que Irán ha podido prepararse para lanzar una gran cantidad de misiles por día, destacando que los primeros ataques (antes del cese al fuego) no pudieron erradicar los lanzadores de misiles, que se encuentran bajo tierra. Esto explicaría los temores de los países del Golfo a una reanudación de las hostilidades. "Lucharemos contra los agentes israelíes como contra los propios israelíes" En el Líbano, mientras se discutía en el Parlamento el controvertido proyecto de ley sobre amnistía general, el diputado Hassan Fadlallah, portavoz privilegiado de Hezbolá últimamente, se destacó por una declaración de una rareza virulencia contra los líderes libaneses, acompañada de una amenaza sin precedentes. "Lucharemos contra los agentes israelíes exactamente como luchamos contra los propios israelíes", lanzó, sin por ello aclarar qué entiende por "agentes". Indicó que su partido "no aceptaría ningún nuevo Antoine Lahd impuesto por estadounidenses y sionistas, bajo ninguna forma", en referencia al fundador de la milicia pro-israelí de los años 80. El diputado de Hezbolá obviamente dispara a quemarropa contra la cooperación militar libano-israelo-estadounidense que debe comenzar el 29 de mayo en Washington, en el marco de las negociaciones, y uno de cuyos objetivos sería el desarme de Hezbolá. También arrasa los esfuerzos del Líbano oficial en las negociaciones directas con Israel cuya última ronda tuvo lugar la semana pasada en Washington, estimando que estas son "sinónimo de rendición" y que "ni siquiera pudieron lograr un cese al fuego". Sobre el terreno en el sur del Líbano, la situación se deteriora. A pesar de la prórroga del cese al fuego de 45 días desde el viernes pasado. Por primera vez, los avisos de evacuación alcanzaron la ciudad de Nabatiyé y una decena de otros pueblos. Y el número de muertes desde el 2 de marzo ha superado 3000, y el número de heridos más de 9300. Las fuerzas israelíes, por su parte, secuestraron a tres libaneses en la región de Hasbaya. Según la Agencia Nacional de Información, erigieron un puesto de control, deteniendo a estas tres personas y confiscando los teléfonos de varios otros presentes en el lugar. Mientras tanto, Siria fue escenario de un ataque terrorista el martes que dejó un muerto, un soldado, y 12 heridos, en Damasco. Las autoridades sirias se quejan regularmente de intentos de desestabilización del país, pero los autores de este atentado siguen siendo desconocidos.

Cuando la resistencia se convierte en una pregunta prohibida

Hay ciertas palabras clave cuya sola mención basta para poner en alerta a tu interlocutor del campo de la Momana’a : en el momento en que se pronuncian “Palestina”, “resistencia”, “Estados Unidos” o “Israel”, algo se activa dentro de él, una especie de interruptor mental, y se endurece hasta el punto de que cualquier discusión serena y objetiva se vuelve imposible. El problema en el Líbano de hoy ya no es el de las opiniones divergentes, sino más bien la ausencia misma del proceso de pensamiento. Las posiciones prefabricadas aparecen de inmediato, los discursos se repiten sin cambios, las elecciones se mantienen pese a todo lo que cambia a su alrededor. Como si nunca nos cuestionáramos, nunca reevaluáramos nada, nunca nos preguntáramos: ¿seguimos pensando realmente lo que hacemos o simplemente repetimos aquello a lo que nos hemos acostumbrado porque ya forma parte de nuestra identidad? Precisamente ahí comienza el peligro, cuando la repetición sustituye al pensamiento. Lo que ocurre en la mente del partidario de la Momana’a se parece más a un mecanismo de defensa psicológica programado que a una simple opinión política. Cuando se pronuncia cualquiera de las siguientes palabras —“Palestina”, “resistencia”, “Estados Unidos”, “Israel”— sucede algo dentro de él, semejante a la activación de un programa preestablecido, una suerte de respuesta lista para usar, y esto opera en varios niveles. Primero: la exclusividad de la identidad y su reducción. La causa —Palestina— ha dejado de ser una cuestión política abierta al debate, donde uno podría preguntarse qué posición la serviría mejor; se ha convertido en un componente de la identidad personal. Así, cualquier debate sobre el tema es recibido como un ataque al propio ser y no como un análisis político. Segundo: la respuesta condicionada. Siguiendo lo que la psicología denomina estímulo, ante la mención de la palabra “Israel”, la respuesta inmediata es “enemigo absoluto”, uno que nos habría atacado antes de que nosotros lo atacáramos; esto ocurre sin análisis, sin examinar posibilidades, sin reflexionar sobre la mejor manera de enfrentarlo ni sobre los resultados de esa confrontación hasta ahora. Tercero: la disonancia cognitiva. Cuando los hechos contradicen la convicción —por ejemplo, los efectos de las políticas del eje sobre el Líbano— surge una tensión interna, una ambivalencia, cuya resolución consiste en adoptar la solución más conveniente: negar la realidad reinterpretándola o atacar directamente a quien la expresa. Cuarto: el cierre colectivo y el conformismo. Predomina la alineación con el grupo: en un entorno como el de Hezbolá, la opinión no es individual sino colectiva, y cualquier desviación de la línea establecida es tratada como una traición. El pensamiento crítico se convierte en una amenaza para la cohesión. Lo que a veces nos parece rigidez o negativa a debatir no puede reducirse, por tanto, a una simple postura política radical; es el resultado de una estructura discursiva y psicológica coherente, construida cuidadosamente, repetida y reformulada con insistencia, hasta transformarse en un reflejo automático del pensamiento. Esta estructura parte de un punto decisivo: la definición previa de la realidad. Todos los términos fundamentales —“el enemigo”, “la resistencia”— no se presentan como temas de debate, sino como verdades definitivas. Dentro de este marco, Estados Unidos e Israel son presentados como un enemigo absoluto, mientras que “la resistencia” recibe una legitimidad absoluta. El debate deja de tratar sobre elecciones y se desarrolla dentro de límites trazados de antemano que no pueden cruzarse. Una vez instalado este marco, llega la segunda etapa: cargar el lenguaje de afectividad. Palabras como “sacrificios”, “firmeza”, “dignidad” y “agresión” se emplean no para describir la realidad, sino para provocar una respuesta emocional intensa. Cuando la emoción toma la delantera, el análisis retrocede, y la objeción deja de ser una diferencia de opinión para convertirse en una forma de traición moral. Sobre estas bases se construye una “dualidad cerrada” que no tolera matices: o se está con la resistencia o se está con el enemigo. La zona gris desaparece, la complejidad natural de cualquier realidad política queda borrada y ya no existe espacio para pensar en compromisos, arreglos provisionales o incluso en un interés nacional independiente de esta división tajante. Para cerrar el círculo, toda alternativa es desacreditada de antemano. Cualquier propuesta distinta es etiquetada inmediatamente como una “desviación”, una “conspiración” o una “traición a la historia y a los sacrificios”. La idea no se discute en sus propios términos, sino que se distorsiona preventivamente, de modo que el simple hecho de reflexionar sobre ella ya implica un riesgo moral. En paralelo, se invoca la noción de “comunidad” como referencia suprema. Se habla en nombre de “el pueblo”, de “las constantes nacionales”, de “los honorables” —como ocurre en el discurso de Hezbolá—, dando a entender que quien disiente no solo tiene una opinión diferente, sino que se sitúa fuera de la propia comunidad. Ahí es donde entra el miedo: el miedo a la exclusión, a la acusación de traición o a perder el sentido de pertenencia. Pero lo más peligroso de esta estructura es la articulación entre el interior y el exterior. Cuando la disidencia interna se presenta como un peligro mayor que la amenaza externa —como se desprende de las declaraciones de algunos diputados de Hezbolá—, el adversario interno se transforma en una amenaza existencial y no en un interlocutor de debate. En ese punto, la escalada interna queda justificada de antemano. Al final de este recorrido, se presenta una sola opción como la única solución posible: no existe alternativa a “la resistencia” en su forma actual, sin importar las circunstancias, el equilibrio de fuerzas o las contradicciones con los intereses del país. El círculo se cierra por completo. A medida que esta estructura se repite con el tiempo, termina pareciéndose a un “botón” que se presiona en la mente: una sola palabra basta para activar toda una cadena de juicios prefabricados. Pensar deja de ser necesario porque la conclusión ya se conoce de antemano. El debate deja entonces de ser una confrontación de ideas y se convierte en un choque de identidades. Y es precisamente en ese nivel donde la mente deja de funcionar, no porque sea incapaz de hacerlo, sino porque nunca fue entrenada para salir de ese marco cerrado.