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El Nuevo Mundo

El Líbano ante el reto de romper con la mentalidad suicida

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Miles de civiles libaneses huyen de sus hogares en el sur del Líbano y el valle de Beqaa el 2 de marzo de 2026, tras las amenazas de ataque militar israelí y los fuertes bombardeos aéreos posteriores (Foto MOHAMMAD ABUSHAMA / ANADOLU / Anadolu vía AFP)
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Por Khairallah Khairallah
Publicado mar 3, 2026 - 09:40

Lo mínimo que puede decirse sobre el arrastre del Líbano hacia la guerra que apunta a la «República Islámica» de Irán es que constituye un crimen contra el país y contra los habitantes del Sur en particular. Todo indica que se busca liquidar al Líbano en el preciso momento en que Estados Unidos ha decidido, en coordinación con Israel, deshacerse del régimen iraní.

¿De qué sirve atar el destino del Líbano al de un régimen en Irán que quiere suicidarse? ¿Qué hacer cuando la ocupación israelí continúa expandiéndose en el Sur, el número de desplazados no deja de aumentar e incluso algunas regiones del Valle de la Bekaa se ven afectadas? ¿Acaso la exigencia iraniana de fondo es hundir al Líbano en una crisis interior de la que jamás pueda salir, convirtiendo el Sur del país en otra Gaza?

Más importante que todo eso: ¿puede el Líbano evitar la catástrofe a la que Hezbolá lo ha arrastrado, o salir de ella?

Hay actualmente unos 110.000 desplazados entre los habitantes del Sur, mientras que alrededor de 30 aldeas han sido destruidas. Hezbolá parece haber decidido elevar esa cifra a unos 350.000, por razones fútiles que no tienen ninguna relación, cercana ni lejana, con el Líbano. Al final, ¿qué quiere la «República Islámica» sino arrastrar al Líbano consigo en su hundimiento, ahora que ha quedado claro que el régimen que la gobierna ya no es viable?

La decisión de Hezbolá —pues se trata de una orden emanada de Teherán— llega en el contexto del mayor vuelco que ha vivido toda la región desde 1979, año en que la naturaleza de Irán se transformó con su conversión en «República Islámica» y con la redefinición de su papel regional. Esta decisión, de carácter suicida, llega también cuando comienzan a perfilarse los contornos de un nuevo equilibrio regional, nacido de las entrañas de la guerra de Gaza iniciada el 7 de octubre de 2023 — una guerra que la «República Islámica» intentó explotar, sin lograrlo, a través de sus brazos armados en Irak, Siria, Líbano y Yemen.

El problema al que se enfrenta Hezbolá en la actualidad es su negativa a aprender de la experiencia de la «guerra de apoyo a Gaza», que terminó como terminó. Libró esa guerra y sufrió enormes pérdidas, incluida la eliminación de su cúpula dirigente y la oportunidad brindada a Israel de regresar a la ocupación de territorio libanés. El Partido se niega a extraer lecciones de esa guerra y del asesinato de Hasán Nasralá, ejecutado de la manera en que fue ejecutado.

Sigue sin comprenderse cómo un partido —que no es más que una milicia confesional subordinada a una potencia extranjera— puede embarcarse en una nueva guerra sin tener en cuenta que sus resultados son conocidos de antemano. Es un enigma sin más explicación que esta: la Guardia Revolucionaria está empujando a Hezbolá a suicidarse con ella. Resulta evidente que el Partido se encuentra ahora bajo el control total de Irán y que, de hecho, no es más que una brigada de la Guardia Revolucionaria — nada más.

Antes de que Hezbolá disparara sus cohetes desde el sur del Líbano, el Estado libanés recibió claras advertencias de Israel. El contenido de esas advertencias era que la entrada del Líbano en la guerra que libra Irán tendría consecuencias catastróficas para el país. A pesar de esta advertencia, transmitida al Partido, Hezbolá sorprendió a los libaneses disparando cohetes desde el sur del Líbano…

Nada explica lo ocurrido salvo la incapacidad del Estado libanés de ejercer su autoridad sobre Hezbolá. El Estado sigue temiendo al Partido. ¿Supondrá la decisión del Consejo de Ministros —que califica la actividad de seguridad y militar del Partido como «transgresión de la ley»— un gran giro en la escena libanesa y una ruptura con la lógica que impuso el funesto Acuerdo de El Cairo de 1969? ¿Logrará, en la práctica, romper el muro del miedo ante un Partido que desde su fundación no ha hecho sino destruir de manera sistemática el Líbano y las instituciones del Estado libanés, una tras otra?

Se espera del Estado libanés que demuestre que puede ejecutar la decisión del Consejo de Ministros, a fin de poder dedicarse a gestionar las consecuencias de la catástrofe que se ha abatido sobre el país. En realidad, el Estado libanés, que se enfrenta a una nueva y genuina prueba, tiene que lidiar con un partido que ha hecho de la servidumbre a Irán su vocación y que ha antepuesto los intereses de la «República Islámica» a los del Líbano — e incluso a los de la propia comunidad chií.

Es un partido que ve en la muerte del «Guía Supremo» Alí Jamenéi la muerte de su propio líder. Sencillamente, resulta difícil tratar con un partido que ve en el suicidio un fin en sí mismo y que considera al Líbano como parte integrante de la «República Islámica» gobernada por el vali-ye faqih.

Bien. Hezbolá quiere suicidarse. Quiere que el Líbano se suicide con él y que su destino sea el destino de la «República Islámica». No hay lugar para el lenguaje de la razón con quien quiere suicidarse. Es útil, para el Líbano, definir qué es lo que realmente quiere. Es útil desengancharse de la lógica del suicidio — nada más… ¡y ha llegado el momento de hacerlo!

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