
Desde el estallido de la última escalada militar en la frontera sur, el Líbano ha vuelto al primer plano del escenario regional como espacio de confrontación abierta, reavivando viejas preguntas sobre su papel, los límites de su autonomía decisional y su capacidad para asumir el coste de verse implicado en conflictos que lo desbordan. En este contexto, surge una pregunta fundamental: ¿cómo evaluar el bien fundado de esta confrontación desde una perspectiva estrictamente libanesa, a la luz de las consecuencias que ha generado en los planos militar, económico y social? Los datos sobre el terreno apuntan a un coste considerable. Vastas zonas del Sur sufrieron graves daños en las infraestructuras y en los bienes y propiedades privados, mientras que oleadas de desplazamiento interno afectaron a cientos de miles de habitantes, sobrecargando aún más las regiones de acogida y a un Estado ya sumido en una profunda crisis económica y financiera. Sectores productivos esenciales, el agrícola y el turístico en primer lugar, se vieron también duramente perjudicados, en el momento preciso en que la economía libanesa más necesitaba cualquier margen de recuperación.


